Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







Mostrando entradas con la etiqueta historias taoístas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historias taoístas. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de julio de 2013

El músico Wen



    HACE MUCHO TIEMPO había un músico que podía encantar a pájaros y peces haciéndolos bailar con su música. Un músico que tocaba el laúd llamado Wen, del reino de Cheng, oyó esta historia y quiso adquirir esa habilidad. Así pues, abandonó a su familia y se fue a estudiar con el maestro músico Hsiang.
    Durante mucho tiempo, Wen no pudo tocar nada. Sus dedos se agarrotaban y cada vez que tomaba el laúd no era capaz de tocar. Después de tres años no había aprendido nada. «Deberías volver a tu casa» —le dijo el maestro.
    Wen puso su laúd en el suelo, asintió, y dijo: «No es que no haya aprendido ninguna canción o que no pueda afinar mi instrumento adecuadamente. Lo que ocurre es que no puedo tocar desde mi corazón y por ello la música nunca se ha convertido en parte de mí. Ésta es la razón por la que no me puedo animar a tocar. Déjame descansar un poco y veamos qué ocurre.» 
    No mucho después, Wen volvió a su maestro.
    «¿Cómo te va con tu música?» —le preguntó el maestro. 
    «Creo que he dado un salto adelante. Déjame que te lo muestre.»
    Wen tomó el laúd y con suavidad acarició la cuerda llamada Otoño. Aunque era primavera soplaba un viento fresco, y las hojas crujían mecidas por la brisa de otoño, y el cielo estaba brillante y sin nubes. Después, en otoño, tocó la cuerda llamada Primavera y se produjo una suave brisa. Cayó una lluvia cálida y se abrieron las flores. En medio del verano, Wen tocó la cuerda llamada Invierno, y de repente cayó la nieve y los ríos se helaron. Cuando llegó el invierno, tocó la cuerda llamada Verano. Inmediatamente brilló el sol con fuerza, desapareció la nieve, y se fundió el hielo de los ríos.
    Finalmente, cuando tocó la última cuerda junto con todas las demás, sopló una brisa refrescante, aparecieron flotando nubes celestes, cayó un dulce rocío en el suelo y brotaron manantiales fragantes.
    El maestro músico Hsiang se golpeó el pecho exclamando: «Tu música supera con mucho cualquier palabra que pueda describirla. Los mejores músicos tendrán que aprender de ti a partir de ahora.»
    Wen ya era un buen músico en la época en que acudió a estudiar con Hsiang, pero se percató de que la perfección solamente de la técnica no producía una gran música. Cuando fue finalmente capaz de disolver la dualidad entre sí mismo y la música, las canciones que tocaba no sólo tenían el poder de crear estados de ánimo sino que literalmente cambiaban la realidad.


Lieh-Tse

(edición de Eva Wong - 1995)
(Editorial Edaf - Madrid, 1997)
____________________


    Para una mente racional y lógica —al estilo occidental— esta vieja historia taoísta podrá no pasar de ser el típico cuento chino, un relato fantástico en el que no hay que buscar fondo alguno, porque no lo tiene. Será tan sólo como otra historia más de fantasmas y magias imaginarias, cuyo único sentido está en el puro entretenimiento, sin relación alguna con la realidad. 
    Pero el Lieh Tse (recopilación de antiguas historias que abarcan un periodo de seiscientos años) es presentado por Eva Wong —doctora en Filosofía y miembro del Instituto de Taoísmo Fung Loy Kok— como "una guía taoísta sobre el arte de vivir". Lo que nos remite a una esfera muy distinta de la meramente fantástica. Es decir, que el libro en cuestión es una colección de viejas enseñanzas filosóficas taoístas, equiparable al Lao Tse (el conocido Tao Te King) y al Chuang Tse.
    De modo que aconsejo al eventual lector que no se detenga demasiado en detalles aparentemente fantásticos e increíbles, como los de que un músico pueda, con el simple tañer de su instrumento, provocar importantes cambios atmosféricos o hacer danzar a los animales... En mi caso, por ejemplo, me inclino mucho más a pararme ante eso de que habla la historia al final: que el tal Wen consiguió "disolver la dualidad entre sí mismo y la música". 
    En principio, cualquier historia taoísta puede parecernos abstrusa e incomprensible, porque —además de estar escrita desde un modo de pensar antiguo y muy diferente al nuestro— suele usar figuras metafóricas extrañas y se desenvuelve a veces en escenarios mitológicos, asuntos ambos que a nuestro pensamiento le parecen simplemente hiperbólicos y absurdos, entrando de lleno en el ámbito de lo irreal.
    Pero estimo que estas historias se merecen una segunda e incluso una tercera lectura. Y según nos vayamos familiarizando con su lenguaje, llegaremos a ese interesante "leer entre líneas", que nos dará el mensaje y el auténtico sentido de la historia. Ese fondo que, en un primer intento, parece escapársenos. Y entonces, quizás, sin necesidad de que nos aleccione Yu, el rey chamán, ni de que tengamos que adentrarnos en las inmensas praderas del fabuloso País del Norte, llegaremos a comprender ese misterio, esa magia de que un laúd consiga con su música cambiar la realidad. 


A. Martín Bardán      
(26 de julio, 2013)      

    

miércoles, 26 de junio de 2013

En el Tao



Los peces nacen en el agua,
el hombre nace en el Tao.
Si los peces, nacidos en el agua,
buscan la sombra profunda
del estanque o la alberca,
todas sus necesidades
son satisfechas.
Si el hombre, nacido en el Tao,
se hunde en la profunda sombra
de la no-acción,
para olvidar la agresión y las preocupaciones,
no le falta nada,
su vida es segura.

Moraleja: "Todo lo que necesita el pez
es perderse en el agua.
Todo lo que necesita el hombre es perderse
en el Tao."


Chuang Tzu

____________________
imagen: Hokusai

domingo, 9 de junio de 2013

En el monte frío...



Voy al torrente, a comprobar el fluir de su jaspe,
o a la ladera vecina, a sentarme en las peñas.
Mi mente, nube solitaria, en nada se apoya.
Cosas del lejano mundo... ¿para qué ir tras ellas?

Han Shan

(poema XVI)  


    Leer estos versos del Maestro del Monte Frío al filo de la medianoche, con la ventana entreabierta —por la que se cuela el frescor de una extraña lluvia intempestiva, coloca a la mente en un estado singular...
    Suenan muy seductoras expresiones como "lejano mundo" o "nube solitaria". Nos hablan de una rara libertad. Y esa imagen de una conciencia que "en nada se apoya"... nos acerca a sentirnos como cuando éramos niños y nuestros pies parecían caminar por encima de la hierba, cual si estuviéramos asidos a los hilos iridiscentes de los primeros sueños.
    Entorna uno los ojos, en un intento de atisbar el destello de antiguas vivencias interiores, y algo parece brillar en la lejanía. Aún queda un suave eco de aquello en el confuso espejo del tiempo. Entre la onerosa maraña de las tristes galerías, saturadas de figuras grises y opacas, que parecen querer ahogarnos con sus dedos de sombra, todavía hay un rincón de luz... Aquella luz que alguna vez casi olvidada descubrimos en un solitario paseo por el campo       —una alegre mañana o un rumoroso atardecer, cuando, libres aún del peso de lo oscuro y lo complejo, podíamos ver la primitiva belleza del mundo y escuchar el fluir de su música original. 
    Y entonces, animado por esa vislumbre, se atreve uno a decir en voz baja, a pesar del a veces sombrío cansancio y del lastre de los malos pasos, ese último verso del poeta de la montaña helada: «Cosas del lejano mundo... ¿para qué ir tras ellas?»
    Ante lo que la lluvia convierte su voz extraña y nos habla de nuevo, al igual que antaño, como una dulce aliada.


Antonio H. Martín 
(9 de junio, 2013)         

                                                                               

domingo, 19 de mayo de 2013

La luna de Li Po



Canción para navegar

Un barco de sándalo y remos de magnolia,
en ambas puntas se sientan "flautas de jade y pífanos de oro".
Bellas cantantes, incontables cascos de vino dulce, 
oh, déjenme seguir las olas, dondequiera que me lleven.
Soy como el inmortal que se fue montado en la grulla amarilla,
sin meta vagabundeo siguiendo a las gaviotas blancas.
Las canciones de Chu-ping aún brillan como el sol y la luna.
De los palacios y torres de los reyes de Ch'u no quedan rastros en las montañas.
Con un solo golpe de mi pincel sacudo las cinco montañas,
el poema terminado, río, mi deleite es más vasto que el océano.
Si la fama y las riquezas pudieran durar para siempre,
el río Han fluiría hacia el Noroeste volviendo a su fuente.


Li Po



    Cuenta la leyenda que el poeta chino Li Po (al que ahora llaman Li Bai, según una nueva versión) murió ahogado en el río una noche de ebriedad en que quiso abrazar el reflejo de la luna en el agua. Bella muerte para un poeta, pero en realidad no es eso lo que ocurrió...
    Lo que hizo Li Po fue montarse en ese reflejo, como en una barca, para perderse río arriba, rumbo al océano de estrellas. La otra barca de madera, que había usado al principio para navegar por el río esa lejana noche, quedó vacía y a Li Po nunca más se le volvió a ver. Así nadie pudo saber en qué nuevo y fabuloso viaje se había aventurado.  
    A veces sucede que alguien traspasa los límites del mundo y consigue entrar en la dimensión del sueño, no sólo con su mirada. Y entonces se abren para él puertas que antes estaban cerradas, aparecen entre la niebla puentes que no eran visibles, y la luna sobre el río se convierte en una luminosa y mágica barca, capaz de atravesar el velo de gasa que separa lo posible cercano de la imposible lejanía.
    De esta manera se confunden y penetran, como por efecto de un sortilegio, la realidad conocida —cuyos lindes tenemos bien sabidos— y la otra realidad, la del vasto universo de los sueños. Una dimensión extraordinaria en la que reina la opulenta y exuberante diosa de la fantasía, esa enigmática dama de ojos brillantes que los antiguos llamaban Madre
    Un vate excelso como el sabio y alegre Li Po, destinado a ser inmortal, seguro que conocía bien el manejo de los hilos y el encaje de palabras y gestos necesario, para abrir la puerta oculta y poder franquear el umbral de lo maravilloso. Y así fue como decidió marcharse.  


Antonio Martín Bardán
(19 de mayo, 2013) 

sábado, 4 de mayo de 2013

Nirvana



    Tuve un amigo hace años, licenciado en filosofía y letras, maestro de escuela, que cuando hablábamos sobre budismo y se mencionaba el Nirvana, solía contarme que ese concepto le sugería una imagen de ensueño, en la que se veía a sí mismo caminando por un sendero de montaña que se hundía en un horizonte envuelto en niebla, y por el que gozosamente, con una calma absoluta y una absoluta entrega, iba desapareciendo paulatinamente, abandonando esta vida e internándose en la nada... No creo que el Nirvana deba entenderse propiamente como la "nada", pero así lo pensaba mi amigo, viendo en él la disolución del ser, la desintegración de la individualidad y la reintegración en el mar prístino de lo infinito; figura metafísica cuya imaginación le hacía sentirse alegre, sereno y aliviado de las cargas de la problemática materialidad cotidiana.
    Normalmente, el Nirvana suele concebirse como un estado de liberación, un nivel superior en el que la conciencia sobrepasa la llamada "rueda del Samsara" —el ciclo interminable de las reencarnaciones, la cadena kármica, y alcanza algo así como una beatitud, un cielo sin sombras que está más allá de cualquier deseo y conflicto. El propio Siddharta Gautama lo expresó así:

    «Hay, monjes, una condición donde no hay tierra, ni agua, ni aire, ni luz, ni espacio, ni límites, ni tiempo sin límites, ni ningún tipo de ser, ni ideas, ni falta de ideas, ni este mundo, ni aquel mundo, ni sol ni luna. A eso, monjes, yo lo denomino ni ir ni venir, ni un levantarse ni un fenecer, ni muerte, ni nacimiento ni efecto, ni cambio, ni detenimiento: ese es el fin del sufrimiento.»

    ¿Se puede deducir de sus palabras que se refiere a la nada? ¿A una especie de extraña dimensión sin dimensiones, a una zona incomprensible del universo llena sólo de vacío? ¿Quizás a una muerte absoluta, a una nulidad cósmica sin luz ni forma en la que no hay cabida para la existencia? ¿Un oscuro caos primigenio, indistinto, sin espíritu ni materia, ciego y sin sentido que da vueltas sobre sí mismo interminablemente?... No lo veo así. Parece más bien que habla de un estado singular de la conciencia. Y si lo expresó en esa forma negativa, abstrusa, paradójica e impenetrable es porque se refería a un concepto que escapa a la capacidad del lenguaje.
 
    Cuentan que la disciplina del Zen tuvo su remoto origen en un discurso silencioso de Buda —el sermón de la flor, creo que lo llaman—. Según recuerdo, ocurrió cuando los monjes le preguntaron por la verdad última, por la iluminación o algo así, y el maestro Gautama no contestó con palabras sino que se limitó a alzar la flor de loto que tenía en sus manos... Es decir, respondió con un especial gesto, como dando a entender que la verdad más profunda no puede expresarse con palabras. Lo que me recuerda asimismo a aquello que decía Lao-tse en su Tao-te-ching, de que el Tao que puede ser expresado no es el auténtico.
    Y me pregunto si esto tiene que ver con el Nirvana..., si el Buda intentó indicar con ese gesto de la flor que hay una salida a este mundo de represiones y sufrimientos, de deseos y frustraciones, de leyes, límitaciones, conceptos oclusivos y muerte, a este gran velo de Maya, y que esa puerta abierta desemboca en la paz y la libertad del Nirvana.
    Probablemente se trata de asuntos distintos, pero una cosa me evoca a la otra. Y lo hace porque ambas tocan un mismo tema de fondo: que hablar sin hablar, expresar sin decir nada con palabras, con un sencillo pero significativo gesto, es decir mucho, o decirlo todo. Emana de una aprehensión directa de aquello que no puede ser definido en términos de lenguaje, y es expresado mediante la primitiva fórmula de los signos, que habla directamente al cuerpo, sin pasar por el tamiz del intelecto.
    Tanto el Nirvana, como el Tao o el Zen entran en esa dimensión huidiza, difícil o imposiblemente definible, que sólo cabe experimentar, que únicamente es accesible a través de la propia vivencia. De modo que es necesario hacer ese gesto especial, o en su lugar decir aquello de... "hay una condición donde no hay tierra, ni agua, ni aire, ni luz, ni espacio, ni límites, ni sol ni luna...", etc. Personalmente, me quedo con el gesto.

    Todo esto viene a ser un pobre intento de explicar que no creo en absoluto que el Nirvana sea identificable con la nada, tal y como lo entendía don Jesús, mi amigo profesor. Para él era así porque su hastío y su deseo de desaparecer le hacían verlo de esa manera. A menudo me hablaba del absurdo de la existencia, de ese veneno que oscurecía cualquier ilusión o alegría (aun siendo él alguien de lo más vitalista). Y aunque añadía que ese reconocimiento no debía impedirnos el seguir caminando y que, a pesar de todo, había que abrazar a la vida, muchas de sus ideas dejaban traslucir su cansancio existencial. De esta forma acogía al Nirvana —sobre todo en los momentos de mayor desánimo— como una especie de descanso eterno, un diluirse en el cosmos, una pérdida definitiva de la identidad, de lo individual y concreto, donde poder entregarse voluntariamente a lo invisible e intangible, al vacío sin conciencia, que era lo que configuraba el vértice de su inclinación más íntima. Para mi amigo, el Nirvana era como hundirse en lo abstracto...
    Pero, insisto, no creo que sea así en realidad: el Buda hablaba del fin del sufrimiento, no de una dimensión final y absoluta contraria a la vida. En su mensaje se dejaba entrever como un mar abierto trascendido por la luz, no un océano indiferenciado y oscuro, un abismo en el que se deshacen seres y cosas, y en donde la vida y la conciencia se diluyen y se pierden. Si alguna vez vuelvo a ver a mi amigo, si es que aún sigue transitando por este mundo, así se lo haré saber.
    A mí, nirvana me suena en este momento a "mañana", como ésta misma que empieza ahora y en la que brilla un amable sol que invita a pasear libremente por los sonrientes caminos de hierba, entre la explosión alegre de las luces, junto al sereno río que murmura y canta en el centro del valle. No hay aquí flores de loto para alzar en un gesto revelador y relevante, pero no es necesario que las haya. Dejaré que los árboles escriban su vieja y verde música en el aire, y quizás llegue a ver, desde la vigilante orilla, cómo el silente nirvana destella sobre el nítido espejo del agua.
 

Antonio H. Martín
(4 de mayo, 2013)



martes, 23 de abril de 2013

Resonancia



    "Yin, un nativo de Chinchow, preguntó en cierta ocasión a un monje taoísta:
    —¿Cuál es la idea fundamental del I Ching?
    El monje le respondió:
    —La idea fundamental del I Ching se puede expresar en una sola palabra: Resonancia."


    Se cuenta que el maestro del paisajismo Wo-Tao-Tzu salió un día por encargo del emperador a pintar unos bambús junto al río. Permaneció allí todo el día y regresó sin haber dado una sola pincelada. "Lo tengo todo aquí", dijo, señalando su corazón. En esta actitud de Wu-Tao-Tzu se compendia la actitud taoísta frente al arte: el contenido del arte son estados de ánimo; el objeto del arte es transmitirlos. Y la posibilidad de transmitirlos estriba en la existencia en el universo de fenómenos de resonancia entre seres o sistemas diversos. Y la posibilidad de resonancia se basa en la existencia de isomorfismos (o similitud de estructuras) entre los diversos seres, que es el viejo postulado chino de la armonía universal. Es pertinente hacer notar aquí que el concepto de isomorfismo es la base de la moderna corriente de pensamiento estructuralista.
    Abraham Maslow mantiene que la comunicación entre la persona y el mundo depende en gran medida de su isomorfismo (similaridad de estructura o forma); que el mundo sólo puede comunicar a una persona lo que esa persona merece, es decir, lo que esa persona es capaz de captar, el nivel a que está. El significado de un mensaje depende no sólo de su contenido, sino también del grado en que la personalidad es capaz de reaccionar ante él. El significado "elevado" sólo es perceptible a la persona "elevada". Cuanto más alto es, más puede ver.
    Como dijo Emerson: "Tal como somos, así vemos" ("What we are, that only can we see"). Pero hay que añadir que lo que vemos tiende a su vez a hacernos lo que somos: "La relación de comunicación entre la persona y el mundo es una relación dinámica de formarse mutuamente y de elevarse o rebajarse el uno al otro; un proceso que podemos llamar 'isomorfismo recíproco'. Personas de alto nivel pueden entender un conocimiento de nivel más alto; pero también un nivel más alto en el entorno físico tiende a elevar el nivel de la persona, igual que un nivel bajo de ambiente tiende a rebajarla. Se hacen cada vez más el uno como el otro". (Abraham H. Maslow)


Luis Racionero

("Textos de estética taoísta", 1983)

................................................................................


    Es precisamente esa resonancia lo que anda uno buscando cuando pasea por el extenso y mágico jardín de Pan-yun-tuan, es decir, por los variados y ricos senderos de la naturaleza. Es ese "isomorfismo" lo que espera uno encontrar en cualquier recodo del camino. Y cuando esto no sucede, y tenemos que volver a casa con las manos vacías, la respuesta es evidente: el propio espejo no está lo bastante limpio, y por eso no ha podido reflejar la magia del mundo. El secreto íntimo del jardín se nos ha escapado ese día, no hemos podido captar sus destellos, la música no ha llegado a nuestros oídos, no hemos encontrado la necesaria y vital resonancia...
    Y entonces pensamos en las palabras de Maslow, de que el mundo sólo puede comunicar a alguien lo que ese alguien merece. Y viene el lamento, el sentimiento de frustración, y nos metemos absurdamente en el inútil y falso camino de la neurosis, que no hace sino revolvernos en nuestra propia sombra. No nos queda entonces otra posibilidad más que la paciencia, la de esperar al día siguiente, e intentar mientras, durante esa noche, aquietar las aguas, apagar poco a poco el ruido de fondo que nos bulle por dentro, que es precisamente lo que nos ha impedido escuchar la música del silencio.
    Porque sabemos muy bien que en ese mágico jardín hay muchas resonancias. Hemos oído ya otras veces sus violines y el piano de su alma, hemos llegado a sentir la caricia del aire, cuando el aire nos habla, y el beso de la luz inclinada, cuando la luz nos mira. Y deducimos por ello que el problema no está fuera, sino adentro. De ahí que nos sintamos pobres e incapaces ese día, culpables de haber sido momentáneamente expulsados de ese siempre maravilloso edén.
    No hemos logrado aún ser taoístas, sólo somos caminantes cuya mirada algunas veces despierta en medio de oscuridades, y cuyo corazón en ocasiones resuena con empatía frente al susurrante jardín de Pan-yun-tuan. Así que mañana volveremos al camino, a intentarlo de nuevo, a buscar la resonancia perdida. Y llevaremos como único equipaje la lámpara que esta noche nos regale algún sueño.    


Antonio H. Martín
(23 de abril, 2013)

____________________
libro: "Textos de estética taoísta" - Luis Racionero
(Alianza Editorial - Madrid, 1983)  

viernes, 31 de agosto de 2012

El trueno



Existen tres formas de conmoción: la del cielo,
que es el trueno, la del destino
y finalmente la del corazón.

Si a raíz de la conmoción del destino
se moviliza uno interiormente,
podrá superar sin mayores esfuerzos
los golpes del destino que llegan de afuera.



I Ching

(51. Chen / El trueno)

jueves, 26 de julio de 2012

La perla perdida



El Emperador Amarillo fue paseando
al norte del Agua Roja,
a la montaña de Kwan Lun.
Miró a su alrededor desde el borde del mundo.
Camino a casa,
perdió su perla del color de la noche.

Mandó a la ciencia a buscar a su perla, y no consiguió nada.
Mandó al análisis a buscar a su perla, y no consiguió nada.
Mandó a la lógica a buscar a su perla, y no consiguió nada.
Entonces preguntó a la nada, ¡y la nada la tenía!

El Emperador Amarillo dijo:
"¡Es en verdad extraño: la nada,
que no fue mandada,
que no trabajó para encontrarla,
tenía la perla del color de la noche!"


Chuang Tzu


________________________

foto: MSonsoles
link: http://www.flickr.com/photos/msonsoles/6576170119/

domingo, 13 de febrero de 2011

El valor de lo inútil




Shih, el carpintero, se dirigía hacia el reino de Chi cuando llegó a Chu Yuan y descubrió un roble que servía de lugar de reunión de la población. El árbol se erguía sobre un montículo próximo a la población, sus ramas más bajas -algunas de las cuales eran tan grandes como para poder construir con ellas varias embarcaciones- se hallaban a unos veinte metros de altura, tenía más de veinte metros de diámetro y su copa era tan grande como para dar sombra a un centenar de bueyes. La muchedumbre se congregaba alrededor del árbol como lo hace en la plaza de un mercado. Nuestro carpintero, sin embargo, ni siquiera lo miró cuando pasó por su lado.

Su aprendiz, sin embargo, no cesaba de mirarlo y se dirigió a su maestro, Shih, diciéndole: "Maestro, desde que soy tu alumno jamás había visto un árbol tan hermoso como éste. Pero tú, sin embargo, has pasado a su lado sin echarle siquiera un vistazo".

Shih, el carpintero, replicó: "¡Atiende! Ese árbol es inútil. Si hiciera una barca se hundiría; si construyera ataúdes se pudrirían; si lo aprovechara para hacer herramientas se romperían de inmediato; si hiciera una puerta rezumaría resina; si hiciera vigas las termitas acabarían pronto con ellas. Es una madera inútil que no sirve para nada. Por eso ha podido vivir tanto".

Cuando el carpintero Shih retornó a su casa el roble sagrado se le apareció en sueños y le dijo: "¿Con qué me comparas? ¿Me comparas acaso con árboles útiles como los cerezos, los perales, los naranjos, los limoneros, los pomelos y los demás árboles frutales? A ellos se les maltrata cuando la fruta está madura, se les quiebran las ramas grandes y las pequeñas quedan maltrechas. Su misma utilidad es la que les amarga la vida. Por eso llaman la atención de la gente vulgar y son talados antes de alcanzar la vejez. Así sucede con todo.
Hace mucho tiempo que intento ser inútil y, aún así, en diversas ocasiones casi han conseguido destruirme. Al final, sin embargo, he llegado a ser completamente inútil, lo cual me resulta muy provechoso. ¿Crees que si hubiera servido para algo me hubieran permitido llegar a crecer tanto? Además, tanto tú como yo somos cosas y ¿cómo puede una cosa juzgar a otra? ¿Qué puede saber un hombre inútil y mortal como tú sobre un árbol inútil?"

Shih, el carpintero, despertó y trató de comprender su sueño. Entonces su aprendiz le preguntó: "Si quería ser inútil ¿por qué sirve de santuario a la población?"
Shih, el carpintero, respondió: "¡Calla! Su única intención era no ser dañado por aquéllos que ignoran su inutilidad. Si no se hubiera convertido en un árbol sagrado probablemente hubieran terminado talándolo, por ello se ha protegido de un modo diferente a cómo suelen hacerlo el resto de las cosas. Por tanto, cometeríamos un grave error si juzgáramos a este árbol con criterios ordinarios".


Chuang Tzu


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



Es muy curioso este afán de Chuang Tse por recalcarnos el valor de la inutilidad, cosa que hace en muchas de sus fábulas. A nosotros, habitantes del siglo XXI, nos resulta cuando menos chocante, ya que se supone que el valor más preciado de esta sociedad es lo contrario, o sea, la utilidad. Un valor que no sólo viene a destacar la necesidad de ser útil, para encajar en la maquinaria social y poder así devengar sus comodidades, como en un fructífero intercambio de servicios, sino que alcanza incluso cotas de moralidad, como si poseyera un rango especial, con un brillo ético muy marcado.
Para muchos, ser útiles a la sociedad significa ser "solidarios", implicarse en los problemas de la comunidad y trabajar codo con codo para resolverlos, poniendo su grano de arena en la mejora de este mundo tan caótico; significa, ante todo, servir. Y eso conlleva una satisfacción particular, una sensación de "deber cumplido" que les deja una amplia sonrisa, una serenidad de ánimo, y ese grato cosquilleo de creer que la propia vida tiene un sentido, es decir, una función, una utilidad. La certeza de que uno no es un lastre para la sociedad, sino alguien que forma parte integrante de sus cimientos y de su progreso.

Pero viene el loco de Chuang, un jocundo sabio de hace más de dos mil años, y nos dice todo lo contrario. Defiende el valor de lo inútil, alegando motivos de supervivencia, y nos deja confundidos y un poco dudando de nuestra propia tabla de valores, que empezamos a ver como invertida y errátil... ¿Será posible que este original taoísta amante de la libertad tenga razón?
Como decía Thomas Merton: "A Chuang Tzu no le dicen nada las palabras y las fórmulas acerca de la realidad, sino la captación existencial directa de la realidad en sí misma. Tal captación es, por necesidad, oscura y no se presta a análisis abstractos."
Y continúa: "...La totalidad de las enseñanzas, el camino contenido en estas anécdotas, poemas y meditaciones, son características de cierta mentalidad que aparece por doquier en el mundo, un cierto gusto por la simplicidad, por la humildad, la autodifuminación, el silencio y, en general, la negativa a tomar en serio la agresividad, la ambición, el empuje y la prepotencia que debe uno exhibir para funcionar dentro de la sociedad."

Así pues, debe haber algo oculto en esa aparente inutilidad, algo muy positivo. El árbol de esta historia se salva de la tala gracias a su aureola de cosa que no sirve para nada. Una fama que él se esforzó en conseguir a través de años de arduo trabajo, hasta lograr una especie de invisibilidad. La gente que pasaba por su lado ni se fijaba en él, porque normalmente la gente sólo se fija en aquello de lo que puede sacar algún provecho. Así que pasó el tiempo y este roble fue creciendo y viviendo su vida de árbol sin molestia alguna, sin interrupción, fuera del peligro que conlleva la depredadora atención humana.
Está bien, llego a entender los beneficios que esta actitud puede otorgarnos, pero... ¿quién de entre los normales se siente seducido por el silencio? ¿Quién de entre ellos estaría dispuesto a autodifuminarse y a renunciar a los brillos del reconocimiento social? ¿Quién daría la espalda a esa sensación de utilidad e importancia que parece ser la culminación de la sociedad en que vivimos?
Sinceramente, creo que entre los normales no hay nadie con esta intención. Porque en el mismo momento en que se sintiera atraído por ella, dejaría de ser normal.

Esta sociedad se ha esforzado desde siempre en aleccionarnos sobre una determinada tabla de valores, y en esa tabla no tienen cabida actitudes inútiles, ni alegrías íntimas, ni sueños ni silencios al atardecer... Sino, sobre todo, la consecución de un lugar, de un puesto, de un hueco dentro de su ingente maquinaria. La sociedad exije al individuo que sea útil, y le convence, enajenándole, de que todo lo demás que le pasa por la mente no tiene importancia alguna, que son sólo pájaros fantásticos de un cuento utópico, sin esencia, sin peso, sin realidad.
Así que, muchos se resignan y guardan sus sueños, sus tímidos intentos de una vida distinta, en el invernáculo de un triste olvido, en el polvoriento armario de los secretos que nunca saldrán a la luz, y se convierten en sirvientes, en árboles talados. Todo por seguir el comando de la sociedad, por entrar en ese laberinto mecánico con la correspondiente chapa de identificación sobre la solapa.

Pero, también están los extraños... Esos que no están dispuestos a pasar por el aro, los obstinados, que cubren su utilidad con una cortina de humo, los invisibles, que viven al margen de un mundo que no aceptan y caminan sobre baldosas de colores que los otros no pueden ver, los que no renuncian a sus sueños, porque estiman que son lo más valioso que pueden nunca atesorar. Con ellos no vale ese comando, ese imperativo de la sociedad, con ellos no vale el mundo.
Estos extraños suelen, como el roble de la fábula, ser invisibles, y crecen en el borde del camino sin que nadie se fije en ellos. No les llama la atención lo más mínimo la arrogante importancia que marca el paso en el otro lado, ellos están afuera, lejos, dentro de sí mismos. Se escurren entre los vericuetos de la ciudad y adoptan formas diversas, disfraces para pasar desapercibidos, para ser confundidos con cualquier otro. Pero interiormente su vida es intensa y propia, sin concesiones a nada ni a nadie, excepto a la misma vida.
Son los extraños inútiles, que no sirven prácticamente para nada, pero cuyos pasos sobre la arena dejan una huella indeleble, una que quizá algún día descubra asombrado cualquier infausto obediente, haciéndole pensar en que es posible recuperar los sueños perdidos y vivirlos...


Antonio H. Martín
(13 de febrero, 2011)


___________________________


- foto: "Frosted Leaf Orion", por Masahiro Miyasaka

jueves, 22 de julio de 2010

El culto de la vida ociosa




"No es la verdad lo que engrandece al hombre, sino el hombre lo que engrandece a la verdad."
(Confucio)

"Solamente quienes toman sosegadamente aquello por lo cual se atarea la gente del mundo pueden atarearse por aquello que la gente del mundo toma sosegadamente."
(Chang Ch'ao)


...Este culto del ocio estaba ligado siempre, pues, a una vida de calma interior, un sentido de despreocupada irresponsabilidad y un goce intenso y pleno de la vida de la naturaleza. Los poetas y los estudiosos se han dado siempre nombres raros, como "El Huésped de Ríos y Lagos" (Tu Fu); "El Recluso de la Colina Oriental" (Su Tungp'o); "El Hombre despreocupado de un Lago Nebuloso" y "El Anciano de la Torre Envuelta en Niebla", etcétera.

No, el goce de una vida ociosa no cuesta dinero. La capacidad para el verdadero goce del ocio se pierde en la clase adinerada y sólo puede encontrarse entre la gente que tiene un supremo desprecio por la riqueza. Debe provenir de la riqueza íntima del alma en un hombre que ama las formas simples de la vida y a quien impacienta a veces el negocio de hacer dinero. Hay mucha vida que gozar para el hombre decidido a gozarla. Si los hombres no alcanzan a gozar esta existencia terrena que tenemos, es porque no aman suficientemente a la vida y permiten que se convierta en una monótona existencia rutinaria.

Lao Tse ha sido falsamente acusado de ser hostil a la vida; por el contrario, creo que enseñó a renunciar a la vida del mundo precisamente porque amaba con tanta ternura a la vida que no podía permitir que el arte de vivir degenerara en el simple negocio de vivir.



Lin Yutang

_________________________

- del libro "La Importancia de Vivir"
- trad.: Román A. Jiménez
- Edhasa (Barcelona, 1980)
_________________________

¿Qué es lo que más deseamos cuando somos niños? Está claro: ¡jugar!
Pero luego el mundo nos enseña que eso no es lo conveniente, que debemos asumir unos papeles sociales, que debemos tomar responsabilidades... Bien, ¿y qué pasa con el juego, qué pasa con la vida?
Nos condenan a una existencia "útil", cuando lo que queremos, lo que sentimos y deseamos es una vida "inútil".
Hay muchos matices, que se pueden discutir, pero estoy convencido de que la esencia de la vida, por muy dura que pueda parecer, es básicamente lúdica.
Lo demás son las obligaciones, los límites, las fronteras, pero... a pesar de los años, seguimos queriendo jugar, estar ociosos, contemplar, observar, meditar, cantar, reir.
Es lo vivo que hay dentro nuestro lo que nos pide eso. Y en ese ocio no hay inactividad, aunque lo parezca, porque fijaros que todos los buenos artistas que ha habido y hay en este mundo han desarrollado su arte en ese ambiente lúdico y libre del ocio.

Os aconsejo un libro de Hermann Hesse: "El Arte del Ocio"; está descatalogado, pero quizá pueda encontrarse aún en alguna librería de viejo.


Antonio HM.

_________________________

imagen 1: "Beneficial Herbs", por Nicholas Roerich
imagen 2: "Lao Tse", por Nicholas Roerich


martes, 20 de julio de 2010

Huida de la sombra



"Había un hombre que se alteraba tanto al ver su propia sombra y se disgustaba tanto con sus propios pasos, que tomó la determinación de librarse de ambos. El método que se le ocurrió fue huir de ellos.

Así que se levantó y echó a correr. Pero cada vez que bajaba el pie había otro paso, mientras que su sombra se mantenía a su altura sin dificultad alguna.

Atribuyó su fracaso al hecho de que no estaba corriendo con la suficiente rapidez. De modo que empezó a correr más y más rápido, sin detenerse, hasta que finalmente cayó muerto.

No se dio cuenta de que, si simplemente se hubiera puesto a la sombra, su sombra se habría desvanecido, y si se hubiera sentado y quedado quieto, no habría habido más pisadas."


Chuang Tse

____________________

- The Way of Chuang Tzu
- versión de Thomas Merton
- Ed. Debate (Madrid, 1999)

jueves, 10 de diciembre de 2009

Morlita *



Se supone que la tortuga tiene mucha paciencia, dada la lentitud de sus movimientos, pero hasta una tortuga puede cansarse de esperar, sobre todo si se ve encerrada y quiere salir afuera, que es donde está su mundo natural.
La tortuga sabe que es lenta, pero también que es segura. Y sabe asimismo que es mucho más rápida que el caracol, que su casa es más resistente y más fuerte su voluntad.
¿Conseguirá esta tortuga abrir la ventana y perderse entre la hierba y la lluvia?

Y ya que esto hoy va de tortugas, voy a poner un texto taoísta del amigo Chuang Tse:


LA TORTUGA

Chuang Tzu, con su caña de bambú,
pescaba en el río Pu.

El príncipe de Chu
mandó a dos vicecancilleres
con un documento oficial:
"Por la presente queda usted nombrado
primer ministro."

Chuang Tzu cogió su caña de bambú.
Observando aún el río Pu,
dijo:
"Tengo entendido que hay una tortuga sagrada,
ofrecida y canonizada
hace tres mil años,
que es venerada por el príncipe,
envuelta en sedas,
en un precioso relicario
sobre un altar,
en el Templo.

¿Qué creen ustedes:
es acaso mejor otorgar la propia vida
y dejar atrás una concha sagrada
como objeto de culto
en una nube de incienso
durante tres mil años,
o será mejor vivir
como una tortuga vulgar
arrastrando la cola por el cieno?"

"Para la tortuga", dijo el vicecanciller,
"será mejor vivir
y arrastrar la cola por el cieno."

"¡Váyanse a casa!", dijo Chuang Tzu.
"!Déjenme aquí
para arrastrar mi cola por el cieno!"


________________________

- del libro "El Camino de Chuang Tzu" (o Chuang Tse)
- versión de Thomas Merton
- Ed. Debate (Madrid, 1999)

- (*) el nombre de "Morlita" quiere ser un pequeño homenaje a Michael Ende y su Historia Interminable.

sábado, 10 de octubre de 2009

La torre del espíritu



El espíritu tiene una torre inexpugnable
a la cual no puede alterar peligro alguno,
siempre y cuando la torre esté guardada
por el invisible protector
que actúa inconscientemente, y cuyos actos
se desvían cuando se hacen deliberados,
reflexivos e intencionales.

La inconsciencia
y total sinceridad del tao
se ven alteradas por cualquier esfuerzo
de demostración de autoconciencia.
Todas esas demostraciones
son mentiras.

Cuando se exhibe
de tan ambigua manera,
el mundo exterior entra en tromba
y lo aprisiona.

Ya no está protegido
por la sinceridad del tao.

Cada nuevo acto
es un nuevo fracaso.

Si sus actos son realizados en público,
a plena luz del día,
será castigado por los hombres;
si son realizados en privado
y en secreto,
será castigado
por los espíritus.

¡Que cada cual comprenda
el significado de la sinceridad
y se guarde de exhibirse!

Ése estará en paz
con los hombres y los espíritus,
y actuará correctamente, sin ser visto,
en su propia soledad,
en la torre de su espíritu.


Chuang Tse


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...


No sé si comprendo bien este texto de Chuang Tse...
Parece que aboga por el silencio, y por un actuar oculto, en secreto. Pero yo no siento que mi torre se vea atacada por "exhibirme", ni que mi sinceridad sea afectada por ello. Entre otras cosas, porque yo no me estoy exhibiendo al escribir en este cuaderno. Hablo de sentimientos, sentimientos que siento, sí, pero los sentimientos son nubes que uno caza al vuelo. No son propiedad de nadie. Están ahí, delante de los ojos, y uno los ve y los coge para sí, si puede, y luego los cuenta, si quiere.
Eso, creo, no afecta a la torre, porque la torre ya tiene sus propios sentimientos bien guardados.

Si alguien quema un cuadro de La Gioconda, por la razón que sea, o le hace un comentario o un poema, o le escribe todo un libro, es porque puede hacerlo, pero ninguna de estas cosas afectará al cuadro original. Porque la pintura original está a buen recaudo dentro de la torre. Incluso si desapareciera un día aciago el museo del Louvre, La Gioconda seguiría bien viva dentro de nuestra torre.
No pienso que nadie sea culpable por cantar la belleza de una luz en el cielo de poniente. La cante o no, esa luz seguirá estando. Lo que hace el que canta, pinta o escribe es intentar comunicar el sentimiento que eso le produce. No se exhibe él, lo que muestra es el hecho y la sensación, que es lo que desea transmitir.

Aunque, pensándolo más detenidamente, creo que ya sé a qué se refiere el maestro Chuang: se refiere a alzar la voz, a complicar las cosas, a intentar vestirlas con demasiados ropajes, a camuflarlas con excesivas explicaciones.
Ahí sí puede que la "sinceridad del tao" se vea alterada, porque demasiadas palabras enturbian la claridad del agua.

Intentaré ser sobrio y escribir sólo lo justo. No quiero ser castigado ni por hombres ni por espíritus de ninguna clase. Y ante todo, no deseo que por mi culpa se oscurezca esa "sinceridad del tao" que habla con voz tan diáfana, a todos los que saben escuchar.
Quiero que la "torre de mi espíritu" esté en paz.


AHM.
(10 de octubre, 2009)

sábado, 1 de agosto de 2009

El arpa III



He estado ausente unos días por simples razones climáticas, pero no quería acabar este mes sin añadir el texto que algunos me habeis pedido sobre el tema del arpa.
Así que pongo a continuación la última parte del escrito de "La apreciación del arte", para que se entienda mejor lo que quiso expresar Okakura y para que ilustre el cuento taoísta que nos narraba anteriormente, el de la "Doma del Arpa".

AHM.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

LA APRECIACIÓN DEL ARTE
(texto final)

por Okakura Kakuzo


Debemos recordar que el arte sólo es de valor si nos dice algo a nosotros. Puede ser un lenguaje universal en la medida en que nosotros seamos universales en nuestra simpatía. Nuestra naturaleza finita, el poder de la tradicción y del convencionalismo y nuestros instintos hereditarios restringen el alcance de nuestra capacidad de gozar con lo artístico. Nuestra misma individualidad establece un límite a nuestro entendimiento; nuestra personalidad estética busca sus propias afinidades con la creación del pasado. Es cierto que, con el cultivo, nuestro sentido de apreciación artística crece, y somos capaces de disfrutar de muchas expresiones artísticas que hasta entonces no reconocíamos. Pero, después de todo, vemos sólo nuestra imagen en el universo; nuestras idiosincrasias particulares nos dictan el modo en que percibimos. Los maestros del té coleccionaban solamente los objetos que caían estrictamente dentro de la medida de su apreciación personal.

En relación a esto recuerdo un relato que concierne a Kobori Enshiu. Enshiu era admirado por sus discípulos por el gusto admirable con que había formado su colección. Decían: "cada pieza es tal que uno no termina de admirarla. Muestra que tienes mejor gusto que Rikiu, ya que su colección tan sólo podía ser apreciada por uno entre mil". Lleno de pena, Enshiu replicaba: "Esto os prueba lo vulgar que soy. El gran Rikiu se atrevía a amar objetos que le gustaban personalmente, mientras que yo inconscientemente me proveo de lo que gusta a la mayoría. Verdaderamente, Rikiu fue uno entre mil entre los maestros del té".

Es muy lamentable que parte del entusiasmo aparente que existe hoy en día por el arte no tenga sus fundamentos en la sensibilidad real. En esta época democrática nuestra los hombres exigen lo que popularmente se considera mejor, independientemente de lo que les dicen sus sensaciones. Desean lo costoso y no lo refinado; lo de moda y no lo bello. Para las masas, la contemplación de periódicos ilustrados, el producto avalado por su propio industrialismo, parece dar un alimento de goce artístico más digerible que un cuadro italiano antiguo o los maestros Ashikaga, a los cuales fingen admirar. Para ellos el nombre del artista es más importante que la calidad de su trabajo. Como se quejaba un crítico chino de hace muchos siglos: "El público critica un cuadro con los oídos". Es esta carencia de apreciación genuina la responsable de los horrores seudoclásicos que hoy nos reciben a todas partes donde vayamos.

Otra equivocación corriente es la de confundir el arte con la arqueología. La veneración hacia la antigüedad es uno de los rasgos mejores del carácter humano y está muy bien que sea cultivado largamente. Los maestros antiguos son merecidamente honrados, porque abren un sendero hacia la iluminación futura. El mero hecho de que hayan pasado sin merma siglos de crítica y hayan llegado hasta nosotros cubiertos de gloria merece nuestro respeto. Pero seríamos tontos si evaluáramos sus logros basándonos simplemente en su edad. Y sin embargo, permitimos que nuestra simpatía histórica pase por encima de nuestra discriminación estética. Ofrecemos flores de aprobación cuando el artista ya está sin problemas en la tumba. El siglo diecinueve, preñado por la teoría de la evolución, nos ha creado el hábito de perder de vista al individuo entre las especies. Un coleccionista está ansioso por adquirir especímenes que ilustren un período o una escuela y olvida que sólo una obra maestra nos puede mostrar mucho más que cualquier número de productos mediocres de una escuela o período dado. Clasificamos demasiado y disfrutamos muy poco. El sacrificio del esteta al método científico de exhibición ha sido la ruina de muchos museos.

Las exigencias del arte contemporáneo no pueden ignorarse en ningún esquema de vida. El arte de hoy es lo que realmente nos pertenece: es reflejo nuestro. Condenándolo nos condenamos nosotros. Decimos que la era presente no posee arte: ¿quién es el responsable de esto? Es indudablemente una vergüenza que a pesar de todas nuestras rapsodias sobre la antigüedad, prestemos tan poca atención a nuestras propias posibilidades. ¡Batalladores artistas, almas agotadas languideciendo a la sombra del frívolo desdén! En este siglo de egocentrismo, ¿qué inspiración les ofrecemos?
El pasado puede bien mirar con piedad la pobreza de nuestra civilización; el futuro se reirá de la aridez de nuestro arte. Al destruir lo hermoso de la vida estamos destruyendo el arte. Ojalá un poderoso brujo pudiese, con el tronco de la sociedad, crear un arpa poderosa cuyas cuerdas resonaran al toque de los genios.


Okakura Kakuzo
The Book of Tea, 1956


miércoles, 15 de julio de 2009

El arpa



LA APRECIACIÓN DEL ARTE

por Okakura Kakuzo


¿Has oído el cuento Taoísta de la Doma del Arpa?
Erase una vez, en la Cañada de Lungmen, un árbol de kiri, un verdadero rey del bosque. Alzaba su cabeza para hablar a las estrellas y sus raíces se hincaban profundamente en la tierra, mezclando sus espirales bronceadas con las del plateado dragón que duerme más abajo.
Y sucedió que un poderoso mago hizo de este árbol un arpa maravillosa, cuyo espíritu terco tan sólo podía ser domado por músicos excelsos. Por mucho tiempo guardó el instrumento el Emperador de China, pero fueron vanos todos los esfuerzos de los que trataban de arrancar melodías de sus cuerdas.
Como respuesta a sus grandes esfuerzos sólo salían del arpa notas llenas de desdén, en desacuerdo con las canciones que ellos cantaban. El arpa rehusaba reconocer un amo.

Al fin vino Piewoh, el príncipe de los artistas. Con manos tiernas acarició el arpa tal como uno haría para calmar a un caballo indómito, y muy suavemente tocó las cuerdas.
Cantó la naturaleza y las estaciones, las altas montañas y las aguas que corren , ¡y todas las memorias del árbol despertaron! Una vez más el aliento dulce de la primavera jugueteó entre su ramaje. Las cataratas jóvenes, al danzar por los barrancos, se reían de las flores en capullo. De pronto se escucharon las voces adormecidas del verano con sus diez mil insectos, el goteo suave de la lluvia, el lamento del cucú.
¡Grrr! Ruge un tigre y el valle le responde con su eco. Es ya otoño; en la noche desierta, aguda como una espada brilla la luna sobre la hierba helada. Ahora reina el invierno, y por el aire lleno de nieve giran bandadas de cisnes y el granizo repica en las ramas de los árboles con deliciosa fiereza.

Luego Piewoh cambió de modo y cantó al amor. El bosque se cimbreaba como un ardiente enamorado profundamente perdido en sus pensamientos. En lo alto, como una soberbia doncella, pasa una nube brillante y hermosa; pero al pasar, deja largas sombras en el campo, negras como la desesperación.
De nuevo cambió el modo; Piewoh cantó la guerra, el fragor de aceros y los corceles en carretera.
Y en el arpa se alzó la tempestad de Lungmen, el dragón cabalgaba sobre el rayo y una avalancha de truenos rompía entre las colinas. En éxtasis, el monarca Celestial preguntó a Piewoh cuál era el secreto de su victoria.
"Señor, le respondió, los otros fracasaron porque cantaban para sí. Yo dejé que el arpa escogiese su tema, y no supe con certeza si el arpa era Piewoh o Piewoh era el arpa."

Esta historia ilustra el misterio de la apreciación artística. Una obra maestra es una sinfonía tocada sobre nuestros sentimientos más delicados. Piewoh es el arte verdadero, y nosotros somos el arpa de Lungmen. Al toque mágico de lo bello las cuerdas secretas de nuestro ser despiertan y nosotros vibramos y nos estremecemos en respuesta a su llamada. La mente habla a la mente. Oímos lo que no se puede decir, miramos lo invisible.
El maestro hace salir notas que nosotros no conocemos. Las memorias que hacía mucho tiempo se habían olvidado regresan todas con significados nuevos. Esperanzas que habían sido apagadas por el miedo, deseos que no nos atrevemos a reconocer, se alzan con gloria renovada.

Nuestra mente es el lienzo en que el artista coloca sus colores; sus pigmentos son nuestras emociones; sus claroscuros, la luz del gozo, la sombra de la tristeza. Nosotros somos la obra maestra y nosotros somos de la obra maestra.


Okakura Kakuzo (1862-1913)
(The Book of Tea, 1956)

____________________________

- Del libro "Textos de estética taoísta"
- Luis Racionero
- Alianza Editorial, Madrid, 1983

domingo, 21 de junio de 2009

El bote vacío



EL BOTE VACÍO

por Chuang Tse


Aquel que gobierna sobre los hombres vive en la confusión.
Aquel que es gobernado por hombres vive en el dolor.
Por tanto, Yao deseaba
no influir en los demás
ni ser influido por ellos.
El camino para apartarse de la confusión
y quedar libre del dolor
es vivir en el tao,
en la tierra del gran vacío.

Si un hombre está cruzando un río,
y un bote vacío choca con su esquife,
por muy mal genio que tenga
no se enfadará demasiado;
pero si ve en el bote a un hombre,
le gritará que se aparte.
Si sus gritos no son escuchados, volverá a gritar,
una y otra vez, y empezará a maldecir.
Y todo porque hay alguien en el bote.
No obstante, si el bote estuviera vacío,
no estaría gritando, ni estaría irritado.

Si uno puede vaciar su propio bote,
que cruza el río del mundo,
nadie se le opondrá,
nadie intentará hacerle daño.

El árbol derecho es el primero en ser talado,
el arroyo de aguas claras es el primero en ser agotado.
Si deseas engrandecer tu sabiduría
y avergonzar al ignorante,
cultivar tu carácter
y ser más brillante que los demás,
una luz brillará en torno a ti
como si te hubieras tragado el Sol y la Luna:
no podrás evitar las calamidades.

Un hombre sabio ha dicho:
"Aquel que está contento consigo mismo
ha realizado un trabajo carente de valor.
El éxito es el principio del fracaso.
La fama es el comienzo de la desgracia."

¿Quién puede liberarse del éxito
y de la fama, descender y perderse
entre las masas de los hombres?
Fluirá como el tao, sin ser visto,
se moverá con la propia vida
sin nombre ni hogar.
Él es simple, sin distinciones.
Según todas las apariencias, es un tonto.
Sus pasos no dejan huella. No tiene poder alguno.
No logra nada, carece de reputación.
Dado que no juzga a nadie,
nadie lo juzga.
Así es el hombre perfecto:
su bote está vacío.


Chuang Tse

________________________

- De "El Camino de Chuang Tzu"
- Versión de Thomas Merton
- Editorial Debate, 1999

domingo, 21 de diciembre de 2008

Tendido en una nube...



Por la mañana chapoteo en un morado mar de lino.
Por la noche, me envuelvo en nubes rojas.
Cojo una rama del divino árbol
y abanico con ella al sol poniente.
Tendido en una nube recorro el universo.
Tengo mil años y mi cara tersa está como el jade.
Ingrávido, flotando en un mundo muy alto e infinito,
me inclino y saludo al rey del cielo.
Me llama a sí y me manda visitar sus sagrados imperios
y me ofrece un transparente líquido en una taza de jade.
El ágape ha durado dos mil años del calendario humano.
¿Para qué tornar ya al país donde nací?
No: siempre he de seguir al viento que no cesa;
navegaré sin rumbo y a placer por el vacío del cielo.

Li Po

(traducción de Marcela de Juan)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Sinfonía para un ave marina


SINFONÍA PARA UN AVE MARINA


No se puede poner una carga grande en una bolsa pequeña,
ni tampoco se puede, con una cuerda corta,
sacar agua de un pozo profundo.
No se puede hablar con un político poderoso
como si fuera un hombre sabio.
Si busca comprenderte,
si mira dentro de sí mismo
para buscar la verdad que le has dado,
no consigue encontrarla.
Al no encontrarla, duda.
Cuando un hombre duda,
matará.

¿No habéis oído contar cómo un ave marina
fue arrastrada tierra adentro por el viento y se posó
a las afueras de la capital de Lu?

El príncipe ordenó una recepción solemne.
Ofreció al ave marina vino en el reducto sagrado,
mandó llamar a los músicos
para que interpretaran las composiciones de Shun.
Sacrificaron vacas para darle de comer.
Aturdida por las sinfonías, la infeliz ave marina
murió de desesperación.

¿Cómo se debe tratar a un ave?
¿Cómo a uno mismo
o como a un ave?

¿Acaso no debería un ave anidar en los bosques profundos,
o volar sobre los valles y las marismas?
¿Acaso no debe nadar en los ríos y estanques,
alimentarse de anguilas y pescado,
volar en formación con otras aves marinas
y descansar en los cañaverales?

¡Bastante malo es para un ave marina
estar rodeada de hombres
y asustada por sus voces!
¡Pues no fue suficiente para ellos!
¡La mataron con música!

Tocad todas las sinfonías que queráis
en los pantanos de Thung-Ting.
Las aves escaparán
en todas las direcciones;
los animales se esconderán;
los peces bucearán hasta el fondo;
pero los hombres
se reunirán en torno para escuchar.

El agua es para los peces
y el aire para los hombres.
Las naturalezas difieren, y con ellas las necesidades.

Por esto los sabios de antaño
no medían todo
por el mismo rasero.


Chuang Tse

(de ‘El Camino de Chuang Tse’ – ibídem)

______________________________________


Aconsejo a todas las gaviotas y similares que se pasen por este cuaderno que desactiven la reproducción automática de música. Para ello sólo tienen que pulsar la tecla de pausa.

AC.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El árbol inútil



EL ÁRBOL INÚTIL


Hui Tse le dijo a Chuang:
“Tengo un árbol grande,
de los que llaman árboles apestosos.
El tronco está tan retorcido,
tan lleno de nudos,
que nadie podría obtener una tabla derecha
de su madera. Las ramas están tan retorcidas
que no se pueden cortar en forma alguna
que tenga sentido.

Ahí está junto al camino.
Ni un solo carpintero se dignaría siquiera mirarlo.

Iguales son tus enseñanzas,
Grandes e inútiles.”

Chuang Tse replicó:
“¿Has observado alguna vez al gato salvaje?
Agazapado, vigilando a su presa,
salta en esta y aquella dirección,
arriba y abajo, y finalmente
aterriza en la trampa.

Pero ¿has visto al yak?
Enorme como una nube de tormenta,
firme en su poderío.
¿Qué es grande? Desde luego.
¡No puede cazar ratones!

Igual ocurre con tu gran árbol. ¿Inútil?
Entonces plántalo en las tierras áridas.
En solitario.
Pasea apaciblemente por debajo,
descansa bajo su sombra;
ningún hacha ni decreto preparan su fin.
Nadie lo cortará jamás.

¿Inútil? ¡Eres tú el que debería preocuparse!”



(de ‘El Camino de Chuang Tse’
- versión de Thomas Merton, 1965)

domingo, 5 de octubre de 2008

Kuan


KUAN

Tengo por costumbre abrir de vez en cuando el I Ching al azar, quizá porque creo en eso de la sincronicidad de Jung y se me ocurre que de alguna forma hay una relación entre mi estado de ánimo y la página que va a ser mostrada. Ya sé que para hacer una consulta seria a este libro hay que seguir un procedimiento, con varillas de bambú o simplemente con monedas, pero no se trata de una consulta, sino sólo de abrir el libro para ver con qué me encuentro.
Es una bonita edicción de bolsillo que suelo tener sobre la mesa, y esta mañana al abrirlo el librito me ha enseñado estas palabras mágicas...


"Los efectos producidos por la vida son los que ofrecen una imagen que nos autoriza a decidir qué es progreso o retroceso.
El autoconocimiento no consiste en ocuparse de los propios pensamientos, sino de los efectos que emanan de uno."


Este comentario se corresponde con el hexagrama número veinte (Kuan / La observación), y tengo que reconocer que ha pasado lo mismo que otras veces: tiene que ver conmigo y mucho. Mis últimas notas, por ejemplo, son un tanto pesadas y espesas... No porque se alarguen demasiado o empleen términos abstrusos, sino porque dan vueltas a cuestiones personales sin relevancia. Si me considero escritor o no es algo que no le interesa a nadie, ni siquiera a mí mismo; y el hecho de descubrir una aficción inesperada en cierto estimado barón no significa nada.

Uno aborda esas cuestiones por un afán de expresión y las cuenta como si conversara con un amigo, pero al mismo tiempo hay como un deseo inconsciente de delimitar, de definir aquello que se supone que uno es y que, según parece, aún anda descubriendo... Lo que hago con esas notas es agregar un archivo más a la memoria, lo que da la sensación de que la estoy enriqueciendo y que poco a poco me voy conociendo en profundidad. Pero no son más que un simple comentario, casi como hablar del tiempo con alguien. No tienen mayor importancia.

El verdadero conocimiento, tal y como apunta el Libro del Cambio, está en la misma vida. Los ecos de nuestros actos son las señales inequívocas del rumbo que llevamos. Eso es lo importante, lo que nos refleja, lo que dice quiénes somos, y no las mil vueltas que podamos dar a un tema cualquiera.

El espejo de la vida nunca miente ni se equivoca. Nosotros puede que sí.


AC. (4 de octubre, 2008)