Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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martes, 31 de enero de 2017

En el centro de la diana




    Son unas pocas frases que he ido encontrando en la prensa, en estas últimas semanas, hojeando periódicos y revistas. Frases que dan en el centro de la diana, de sus respectivas dianas. Y las cito aquí porque me han llamado la atención, a uno u otro nivel, como si tocaran algo que tiene que ver con mi propia interioridad. No es que esto de la interioridad sea interesante para nadie, excepto para uno mismo, pero creo que las frases tienen valor por sí mismas y puede que hablen a otras muchas interioridades aparte de la mía.
    Por supuesto que cada una de ellas se merece un comentario personal. Porque a pesar de que parece sobrevolarlas un cierto aire de pesimismo (esa roca oscura que siempre rueda hacia abajo), también veo luces en su fondo. Quizá lo haga, si llega el momento apropiado. 
    Se me ha ocurrido comenzar así este nuevo año, después de dos meses de silencio en este cuaderno, con estas citas encontradas al azar (esa cosa en la que no creo). Aunque sólo sea para calentar motores. Porque siento que este caminante aún tiene algunas cosas que decir.


Antonio H. Martín
(31 de enero, 2017)


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    «Como huérfano uno aprende a ser autosuficiente. Uno se hace freelance desde los cuatro o cinco años. Trataba a los demás como si también lo fuesen, y creo que eso lo sigo haciendo. Más de la mitad de las estrellas del universo son huérfanas, no pertenecen a constelación alguna y arrojan más luz que todas las estrellas de constelación.»

    «El silencio no miente.»


John Berger 

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    «No quiero que nadie sea yo mismo.
Sólo yo soy capaz de soportarme.
Para saber tanto, para observar tanto
y para decir nada: nada acerca de nada.»


Robert Walser

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    «La desilusión no es nada malo. Si hay desilusión es que ha habido ilusión, y nunca es demasiado temprano para disipar una ilusión.»

    «A menudo me siento tentado por concluir que, en el plano intelectual, no ha sucedido nada desde 1860. Es irritante vivir en una época de mediocres, sobre todo cuando uno se siente incapaz de subir el nivel.»

    «... Quedarse tranquilo en un rincón, esperando el envejecimiento y la muerte, que terminarán solucionando el asunto.»


Michel Houellebecq

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    «Casi sesenta años caminando por este mundo, y aún no me he enterado bien de qué va... ¿Seré un idiota disfrazado? ¿O es que la esencia del mundo es, precisamente, la idiotez, y por eso no he conseguido hallar su significado, simplemente porque no lo tiene? 
    Menos mal que uno conserva aún el asidero de la vida y a veces puede seguir abrazando algún sueño.»
   

A. Martín Bardán

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lunes, 12 de septiembre de 2016

Rey de sí mismo





    Hace unos días, una buena amiga que estaba de viaje en Oporto, en el norte de Portugal, me trajo a su regreso un bonito recuerdo de allí. Se trata de un pequeño folleto publicitario que contiene fotografías de la preciosa librería LELLO (que ahora es una especie de museo), y contiene además una selección de poemas de Pessoa.   
    De esos poemas escojo ahora éste:


No tengas nada en las manos
Ni un recuerdo en el alma,

Que cuando te pongan
En las manos el último óbolo,

Al abrir tus manos
Nada te caerá.

¿Qué trono te quieren dar
Que Atropos no te lo quite?

¿Qué laureles que no se marchiten
En los arbitrios de Minos?

¿Qué horas que no te conviertan
De la estatura de la sombra

Que serás cuando te vayas
Por la noche y al final del camino?

Coge las flores pero suéltalas,
Apenas las hayas mirado.

Siéntate al sol. Abdica
Y sé rey de ti mismo.



Fernando Pessoa
(in Odes - Ricardo Reis)



    Como nota final, quiero decir que creo, sinceramente, que ser rey de sí mismo es el mayor reino que uno puede conquistar. No es tarea fácil, en absoluto, porque continuamente te asedian los conflictos y las contradicciones, desde dentro y desde fuera. Pero si uno llega a conseguirlo, si logra llegar a una especie de dominio, de control sobre esas circunstancias fluctuantes de la vida, internas y externas, la vida misma responde y el camino, antes áspero y abrupto, se allana y se suaviza. De manera que se puede respirar mucho mejor, e incluso sonreír ante cada amanecer. 
    La vida va a seguir siendo oscilante, porque ésa es su manera de ser. Pero siendo rey de sí mismo vamos a saber oscilar con ella. Da igual las vueltas que dé. La sombra que encontremos al final del camino no nos va a robar las flores que acariciamos durante nuestro caminar.



Antonio H. Martín
(12 de septiembre, 2016)





domingo, 27 de diciembre de 2015

Hechizo de luna




     «En la soledad de la terraza, una de las veces, Axel lloró el vacío del mundo. Sin embargo, conservó su ánimo resignado y fatalista.»

Isak (Karen) Dinesen
(Cuentos de invierno - 1942)

  
    «Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía.»
    «Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con el hombro cualquier rincón del aire.»
    
Julio Cortázar
(El otro cielo - 1966)


    «Enamorarse es un triste error, una equivocación que, como un invasor hechizo lunar, anega nuestra conciencia, nos hipnotiza, nos embruja y acaba colocándonos indefectiblemente ante una pared de frío, encerrándonos en algún lejano rincón de un laberinto nebuloso y oscuro, aparentemente sin salida. Después, afortunadamente, con el paso del tiempo, podemos comprobar que hay un modo de salir, pero en esos momentos de bruma nos es imposible verlo.
    Pero también en esto hay excepciones. Y en algunos raros casos, resulta ser todo lo contrario... Algo así como encontrar la puerta azul de un paraíso perdido, el mágico puente que nos lleva a un mundo de ensueño, del que no quisiéramos salir nunca.
    Hay una única compañía que es indispensable, absolutamente necesaria, sin la cual no se puede vivir, y es la de uno mismo. Me estoy refiriendo, por supuesto, a esa relación armónica básica que es ser amigo de sí mismo. Pero cuando sucede lo otro, cuando se abre de buena manera la ventana con paisaje azul y se da esa otra relación, entonces es como si ese "sí mismo" completara el círculo de su vida.
    Como decía, rara vez ocurre, pero sin duda existe esa magia.»

Alberto Linde
(El laberinto de los sueños - 2015)

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       No he leído aún el cuento del amigo Cortázar, por lo que no puedo saber con exactitud a qué asunto se refiere, aunque me suene mucho... Pero esas frases suyas (leídas al azar) las he sentido en relación con la posterior cita del amigo Linde, y por eso las pongo. Y lo mismo me pasa con las frases de Karen Dinesen, que he encontrado también por azar, si es que eso del azar existe...
    La razón de esta entrada está en las palabras del viajero Linde, que me envió hace poco y están sacadas de una obrita que está escribiendo sobre la materia de los sueños, en la que es experto. Me parece muy bien que se desenmascaren ciertos espejismos, pero que al mismo tiempo se deje la puerta abierta a la extraña pero posible situación de que tras algunos de ellos se encuentre un fondo de realidad. De que, en algunos casos, sea efectivamente agua eso que vemos brillar en el horizonte del desierto.  
    En cuanto a lo de enamorarse..., de momento prefiero no pronunciarme. Es, sin duda, un tema interesante, pero difícil y complejo, del que hablaré en otra ocasión, cuando las runas sean favorables.


Antonio H. Martín
(27 de diciembre, 2015)



                                            

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imágenes: Leonid Afremov


martes, 24 de noviembre de 2015

Suzuki y los Anunnaki




    «—Cuando las dudas te asalten hasta el punto de que corras peligro —dijo—, haz algo pragmático al respecto. Apaga la luz. Perfora la oscuridad. Averigua qué puedes ver.»

Carlos Castaneda
(El lado activo del infinito - 1998)


    No es que el sosegado y lúcido señor Suzuki tenga nada que ver con los míticos e inquietantes Anunnaki (ahora tan nombrados), como pudiera deducirse del título de este escrito. No, en absoluto. Pero se me ocurrió poner su serena y nítida imagen aquí —aunque sólo sea tangencialmente—, frente a ese turbio y laberíntico espejo mitológico, para ver qué pasaba... Permítaseme, como el torpe intento de un pequeño y sencillo ejercicio de juego de abalorios.

    El 9 de julio de 1936, el doctor Daisetz Teitaro Suzuki (gran experto en budismo Zen y autor de numerosas obras eruditas sobre esa materia) participó en un ciclo de conferencias y debates en un Congreso Mundial de Religiones al que había sido invitado. El congreso se celebró en el Queen's Hall de Londres, y el tema sobre el que debía disertar era nada menos que el "Supremo Ideal Espiritual"... Pero Suzuki abordó el asunto con su habitual sencillez, y con una honesta claridad lo desbrozó y lo dejó limpio, despojándolo de su rigidez y altisonancia. Transcribo aquí una parte de su conferencia, las palabras que pronunció justo después de haber estado rememorando ensoñadoramente su casa con tejado de paja en el lejano Japón: 

    «Déjenme despertar y enfrentarme a la realidad. Pero, ¿qué son estas realidades a las que ahora me enfrento? No ustedes, no este edificio, no el micrófono, sino el Supremo Ideal Espiritual, estas palabras tan altisonantes. Proceden de mí. No puedo seguir soñando por más tiempo. Debo hacer que mi mente regrese a su objetivo, el Supremo Ideal Espiritual. Pero realmente no sé qué es lo Espiritual, ni qué es lo Ideal, ni qué es el Supremo Ideal Espiritual. No me siento capaz de comprender exactamente el verdadero significado de estas tres palabras, tan conspicuamente colocadas ante mí.
    »Aquí, en Londres, salgo del hotel en que estoy alojado y veo en las calles innumerables hombres y mujeres andando, o, más bien, corriendo apresuradamente, pues, para mí, no es que estén andando, sino realmente corriendo. Puede que decir esto no sea del todo correcto, pero yo lo veo así. Además sus expresiones son más o menos tensas, sus músculos faciales están intensamente contraídos; deberían estar más naturalmente relajados. Las calles están atestadas con toda clase de vehículos, autobuses, coches y demás. Parecen estar apresurándose en una corriente continua —en una corriente incesantemente continua— y uno no sabe cómo dar un paso en esta frenética carrera de vehículos. Las tiendas están decoradas con toda clase de cosas, la mayor parte de las cuales no parecen ser necesarias en mi pequeña casa de tejado de paja. Cuando veo todas estas cosas, no puedo evitar preguntarme a dónde está yendo a parar la llamada civilización moderna. ¿Cuál es su destino? ¿Está buscando el Supremo Ideal Espiritual? ¿Son las tensas expresiones de sus gentes en algún modo simbólicas de su complacencia en contemplar la espiritualidad de las cosas? ¿Están realmente difundiendo su espiritualidad hasta los más lejanos confines del globo? No sé. No puedo responder.
    »Pero, veamos; lo espiritual aparece generalmente contrastado a lo material, lo ideal a lo real o práctico, y lo supremo a lo trivial. Hablar acerca del Supremo Ideal Espiritual, ¿significa realmente deshacerse de lo que parece ser material, no idealista sino práctico y prosaico, no supremo sino por entero vulgar? Es decir, ¿significa dejar de lado nuestra vida en esta gran ciudad? Cuando hablamos de espiritualidad, ¿hemos de deshacernos de todas estas cosas? ¿Está la espiritualidad totalmente separada de lo que vemos a nuestro alrededor? No creo que esta forma de ver las cosas, aislando el espíritu de la materia y la materia del espíritu, sea una forma provechosa de contemplar nuestro entorno. Por lo que respecta a esta interpretación dualista de la realidad entendida como materia y espíritu, ya hice algunas referencias en mi charla del otro día.
    »De hecho, la materia y el espíritu son uno, o, más bien, representan dos aspectos distintos de una misma realidad. El sabio tratará de apropiarse de la realidad en vez de andar mirando sucesivamente a un lado y a otro, contemplándola a veces como materia y a veces como espíritu. Pero cuando sólo se tiene en cuenta la vertiente material, nada espiritual aparece en la materia. Si sólo se hace hincapié en la vertiente espiritual, la materia quedará completamente ignorada. En ambos casos, el resultado es el mismo: parcialización, mutilación de la realidad, que debería ser preservada de forma total e íntegra. Me atrevería a decir que, cuando nuestras mentes están convenientemente equilibradas y son capaces de captar la realidad que no es ni espíritu ni materia y que sin embargo es, naturalmente, espíritu y materia, Londres, con toda su materialidad, resulta supremamente espiritual; y no sólo eso, sino que cuando nuestras mentes carecen de ese equilibrio, todos los monasterios y templos, todas las catedrales y órdenes eclesiásticas con ellas relacionadas, todos los lugares sagrados con su sagrada parafernalia, con todos sus fervientes adoradores, con todo lo que se incluye bajo el denominativo de religión, me atrevo también a decir que no son nada salvo materialidad, montones de basura, sumideros de corrupción.» 
     

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    Últimamente se suele hablar mucho de los «Anunnaki», una supuesta raza exterior que —según afirman algunos investigadores— es la que al parecer creó a los seres humanos, a los Homo Sapiens, hace muchos miles de años, con el objeto de que los sirvieran de diferentes maneras, principalmente como trabajadores esclavos, pero después también como una extraña y sutil forma de alimento... Esto de los Anunnaki es toda una historia delirante, como una fabulosa mitología, pero es curioso acercarse y echar una mirada, porque contiene muchos datos interesantes. 
    Cuentan que esta «creación» de los seres humanos fue llevada a cabo después de diversos experimentos de manipulación genética...
    En principio, extrajeron  los óvulos de varias primates Homo Erectus, y estos fueron fertilizados con el esperma de jóvenes astronautas Anunnaki y posteriormente reimplantados en los úteros de las hembras homínidas. Pero lo que resultó de ese experimento fueron seres deformes y enfermos, como aberraciones genéticas. Más adelante, en un segundo paso, otros óvulos fecundados fueron también implantados, pero esta vez en úteros de hembras Anunnaki. De ello surgió un ser humano primitivo (se supone que el Homo Neanderthalensis). Al primero de ellos lo llamaron Adamu, que significa «aquel que como arcilla de la tierra es», y a su pareja Ti-Amat. Es decir, los Adán y Eva bíblicos (¡adiós darwinismo!)...
    Pero con el tiempo, tras varias generaciones, los genes de los descendientes de Adamu y Ti-Amat se fueron degradando, perdiendo la esencia Anunnaki y regresando a su estado salvaje anterior. No servían los Neanderthales para sus fines, eran demasiado primitivos, agresivos y torpes. No eran lo bastante hábiles para manejar las herramientas necesarias para trabajar en las minas de oro, que era el material que los Anunnaki habían venido a buscar a la Tierra, por razones de supervivencia, con la intención de crear con él una especie de escudo que reparase la dañada atmósfera de su mundo.
    Entonces, hace unos cien mil años, el dios Enki (alto mandatario y también experto genetista de los Anunnaki), quien había ideado y llevado a cabo las anteriores manipulaciones, realizó un tercer experimento involuntario, sin proponérselo y usando su propia simiente. Que quizá fue lo que dotó a los nuevos seres de una mayor sensibilidad e inteligencia. Tuvo una ocasional cópula con dos mujeres terrestres que excitaron sus sentidos, cuando las encontró desnudas mientras se bañaban en un río. Y de esa doble unión nació la primera pareja de Homo Sapiens. A él lo llamó Adapa («el primer hombre») y a ella Titi. Unos nuevos Adán y Eva...

    Los Anunnaki vendrían a ser las entidades (según algunos, de apariencia reptiliana) que los pueblos antiguos consideraban como dioses, y otros como demonios. O ambas cosas, como dioses-demonios. Entidades poderosas, guerreras, soberbias y arrogantes, crueles y vengativas que, como «tiranos del cielo y de la tierra», podemos encontrar fácilmente en las mitologías de todo el mundo. Desde Mesopotamia o Egipto, hasta México, China, India o Escandinavia.
    Seres en realidad físicos, no divinos ni etéreos sino de carne y hueso, pero muy superiores en conocimientos y tecnología. Seres que se alimentaban de nuestras energías, y que aún lo hacen hoy en día, según dicen esos investigadores, aunque no seamos capaces de verlos. Son los que ordenaron a los hombres de la Antigüedad, en muchas partes del mundo, que hicieran sacrificios de animales en su honor. Y también sacrificios humanos, como, por ejemplo, en los templos aztecas o mayas, donde las víctimas eran llevadas a un estado de pánico, para luego, entre otras cosas, poder beber su sangre impregnada por la adrenalina generada por el miedo. 
    Son los que instigan e inducen en la mente del hombre, antiguo y moderno, no sólo la hipnótica esclavitud a un mundo mediocre y rutinario, sino también el que haya continuas guerras y conflictos (otra forma de sacrificio humano). Y no porque vayan luego a devorar los cuerpos de los muertos o a beberse su sangre... Parece ser que del lamentable hecho de una guerra, con su tensión, su violencia y su odio, se desprenden abundantes energías psíquicas que constituyen el principal alimento de esos seres. Como si fueran una especie de vampiros de otras esferas.
    Quizás —añado yo— incluso de cualquier simple alteración nerviosa cotidiana, de cualquier tensa emoción, ya sea ira o tristeza, emanan porciones de esa energía de baja frecuencia, energía que se pierde, que se escapa de nosotros y que sirve a esos seres (nuestros supuestos creadores) como alimento. Al igual que ocurre con aquellos otros seres de lejanas dimensiones, del espacio o de la conciencia, de los que hablaba Castaneda en sus extraños libros. Los seres inorgánicos que llamaba «voladores» y que serían los ocultos predadores del ser humano:

    «—Lo que estoy diciendo es que no nos enfrentamos a un simple predador. Es muy ingenioso, y es organizado. Sigue un sistema metódico para volvernos inútiles. El hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcanzar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un animal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil.» (Carlos Castaneda)

    Los detalles que he contado antes (que me hacen recordar a las teorías de Erich von Däniken) proceden mayormente de los libros de Zecharia Sitchin, en los que expuso su personal interpretación de las antiguas tablillas sumerias con escritura cuneiforme que se encontraron en Nínive. Y aunque haya investigadores que ponen en duda casi todo lo escrito por Sitchin, lo cuento aquí como un curioso ejemplo de esa intención de esclarecer y hallar el tesoro de realidad que subyace en la profunda cueva de las mitologías. El ufólogo y astrólogo David Parcerisa, por ejemplo, fue en principio defensor y difusor de esos libros, y hasta llegó a grabar una serie de vídeos documentales sobre ellos. Pero ahora, después de consultar directamente la fuente, las antiguas escrituras sumerias, se desdice, en un ejercicio de honestidad, y afirma que su anteriormente admirado Sitchin manipuló datos y se inventó muchas cosas... A pesar de lo cual, el interés por esa enigmática historia sigue vigente. 
    Como decía antes, se trata de toda una delirante mitología. Pero no más delirante ni fantástica que cualquier otra. Y no hay que olvidar que en ella se hallan muchos puntos de contacto con todas las demás, dando la sensación de que fuera la mitología base, la fuente de la que todas las demás han bebido. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, se encuentran casi las mismas historias que se cuentan de los Anunnaki en las tablillas de arcilla sumerias. En este sentido, se puede considerar a la Biblia hebrea como un gran plagio, una copia de las escrituras de Sumer, donde lo único que se ha hecho es cambiar los nombres y manipular algunos conceptos y situaciones en beneficio de la religión cristiana.
    Personalmente, no me hace gracia descender de una mezcla entre un primate y un anunnaki extraterrestre (sea éste reptiliano o no)... Pero he de reconocer que sin esa hipotética intervención externa es posible que estuviéramos, dentro del océano de la evolución, sumergidos aún en un nivel simiesco... 
     
    De todas formas, no me pronuncio sobre el tema. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Desde qué base podría argumentar a favor o en contra? No soy investigador ni explorador ni, por supuesto, científico. No soy paleontólogo ni historiador ni arqueólogo. No sabría descifrar ninguna tablilla con escritura cuneiforme sumeria o babilónica, ni ningún jeroglífico egipcio. Así que me tengo que conformar con lo que esos investigadores me cuentan. Confieso, eso sí, que el tema me atrae... Me atrae como me puede atraer cualquier leyenda o mito. Y confieso asimismo que algo intuitivo me dice que puede haber mucho de verdad en esta historia. Aunque esto chirríe en las sedadas y cómodas mentes bienpensantes de nuestra «civilizada» sociedad. 
    Por lo demás, ya sabemos lo que ocurre, lo que ha ocurrido siempre... Que el mundo académico, la ciencia oficial, mira a estas nuevas voces con evidente burla y menosprecio. Para ellos, los científicos con título, diploma y corbata, todo esto no es más que un conjunto de mentiras, más o menos bien anudadas. «Supercherías», suele ser el nombre asignado. Mentiras inventadas por algunos chicos listos con mucha labia que lo único que buscan es adquirir cierta fama y vender sus libros... En fin, allá ellos.
    Algún día se redescubrirá que la Tierra es plana (es broma irónica); o que la Luna es sólo un huevo hueco al que le han extraído la yema y la clara, un asteroide ahuecado que fue rellenado, hace muchos miles de años, con multitud de precisos y avanzados instrumentos de medición, vigilancia y control, como hoy afirman David Icke y otros investigadores y divulgadores cuyo nombre no recuerdo ahora. No hace falta ser selenógrafo para echarse las manos a la cabeza ante semejantes «alucinaciones teóricas»... Pero he de decir que para mí la Luna siempre será mi amiga, mi compañera íntima y ensoñadora de tantos y gratos paseos nocturnos, tanto si está ahí vigilándonos como una gigantesca máquina alienígena, como si es un simple satélite frío, desierto, ciego y mudo.
    Pero, bueno, quién sabe... Muchas extravagantes «locuras» del pasado han demostrado ser ciertas con el paso del tiempo. Sólo queda esperar a la idoneidad del momento histórico, a que el espíritu temporal abra una más de sus infinitas puertas, en el momento oportuno. Y puede entonces que lo que hoy es fantástico e increíble se torne en incuestionable realidad. 

    Lo que se me ocurre ahora pensar, ante todo esto (y lo hago con una sonrisa), es qué poco se alimentaron esos Anunnaki con la existencia del apacible, suave y sabio señor Suzuki... ¿Qué alimento podían encontrar ellos en este hombre? Un hombre que se quejaba en aquella conferencia de lo siguiente:

    «... Pero la principal dificultad estriba en cómo colocar mi casa con tejado de paja en medio de estos muros de Londres, tan sólidamente construidos; ¿cómo puedo construir mi humilde cabaña en medio de Oxford Circus? ¿cómo hacerlo en medio de este barullo de coches, autobuses y vehículos de todas clases? ¿Cómo puedo escuchar el salto de los peces y el canto de los pájaros? ¿Cómo se puede cambiar todo lo que exhiben los escaparates por el frescor de las hojas verdes cimbreadas por la brisa matinal? ¿Cómo encontrar la naturalidad, la sencillez, el absoluto autoabandono de la naturaleza en la extremada artificialidad de las obras humanas? Este es el gran problema que actualmente se nos plantea.»

    ¿Qué tipo de alimento podían hallar los Anunnaki en un hombre así, del que nunca se desprendían energías de baja frecuencia, y que sólo deseaba sentir y gozar la realidad pacíficamente en sus dos vertientes, de espíritu y materia? Con personas como el maestro Suzuki, a los Anunnaki les salió mal su plan de control mental sobre los seres humanos.
    Aunque bien es cierto que, desgraciadamente, ese perverso y funesto plan funciona hoy en día en otros muchos... Y no sólo mediante un control mental de tipo hipnótico, cuyos largos y oscuros brazos están ahogando a esta sociedad... (No hay más que mirar las noticias diarias del mundo y después observar los hábitos y aficiones de la gente actual, como su exacerbada pasión por los deportes de masas, su tendencia a diversiones idiotas o su gusto por músicas mediocres y muchas veces estridentes, cuando no directamente dementes, desequilibradas e insoportables para cualquier oído con un mínimo de finura.) Y no sólo mediante ese control mental, decía, sino que asimismo hemos de contar con las barreras metálicas, punzantes e infranqueables de una sociedad dura e injusta, cuya crueldad puede llegar hasta límites inimaginables. Una sociedad dominada y dirigida por los «amables» bancos (lobos hambrientos y sanguinarios con piel de oveja), y por ese grupo de «altos» vuelos (más bien, muy bajos) que llaman la Élite.
    En fin, un panorama muy negro el de este pobre, esclavo y enloquecido mundo. Ya sea culpa de los Anunnaki o de cualquier otra clase de demonios...
    Yo, por eso, de mayor quiero ser como el buen maestro Suzuki, y cambiar las cosas que me quiere vender el mundo por el frescor de las hojas verdes cimbreadas por la brisa.  


Antonio H. Martín
(24 de noviembre, 2015)


        


          


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música 1: The End (Varsity Blues) - Mark Isham (1999)
música 2: A Promise (Life as a House) - Mark Isham (2001)



miércoles, 11 de noviembre de 2015

Humano, demasiado humano




«Donde los demás ven ideales, yo sólo veo lo que es humano, demasiado humano.»

Friedrich Nietzsche


«Tuvo Nietzsche talento y malicia de verdadero psicólogo —cosa poco frecuente en sus paisanos—, de hombre que ve muy hondo en sí mismo y apedrea con sus propias entrañas a su prójimo.»

Antonio Machado 



    No me considero especialmente dionisíaco. Y tampoco me estimo como epicúreo o hedonista. Aunque estas negaciones sean sólo relativas, porque hay muchas y diferentes formas de encontrar placer y de gozar la vida. Tantas como sensibilidades... Y cada uno elige la suya propia, o es elegido por ella. Pero, aunque lo anterior sólo tenga que ver parcialmente con el autor del Zarathustra (y sin querer —en absoluto— ser epígono de nadie), confieso que me hubiera gustado tener una vida como la suya.
    Nietzsche tuvo una vida intensa y profunda (aunque sobre todo fuera interiormente) a pesar de sus problemas y limitaciones. Una vida auténtica, me atrevo a decir. Eso es lo que me atrae. Y no me importa su final de locura. Un final provocado por sus enfermedades crónicas, o quizá por no poder soportar sus personales claridades y las exigencias que conllevaban. Nada menos que conseguir una «transvaloración de todos los valores»... O tal vez por no poder soportar el peso del mundo, un mundo sordo, ciego y extraño, demasiado ocupado en sus vulgares quehaceres y en sus nimias y pueriles diversiones, que nunca quiso escuchar esa voz en el desierto de Zarathustra, esa voz solitaria que luchó por desenmascarar trampas milenarias y sacar al hombre de su ignorancia, su indolencia, su esclavitud y su engaño.  
    Creo que sobra decir que no hago mío el pensamiento nietzscheano. En él encuentro contradicciones y desarmonías que no puedo aceptar. Y por supuesto no me gustan sus alardes, sus excesos, sus pretensiones o petulancias, esos niveles casi de endiosamiento en los que cae en muchas ocasiones. Quizá porque ya le andaba rondando la locura... Nietzsche, por problemas de vista, escribió sus últimos libros en forma aforística o fragmentaria, que más tarde pedía a algún amigo que pasara a limpio y que nunca releía. Y uno se puede acercar a cualquiera de ellos y estar de acuerdo con algún aforismo, para más adelante estar, por el contrario, en total desacuerdo con otro. Aceptar una parte y disentir con la siguiente: eso es lo que me ha ocurrido siempre con Nietzsche. 
    Pero en todo ello noto asimismo, aquí y allá, como una valiosa corriente de fondo que me seduce. Y, muchas veces, relámpagos de lucidez que me fascinan. Y lo que más admiro en el pensador Nietzsche es su seriedad, su autenticidad, su verdad. No sé realmente qué es lo que quería ser... Si un profeta o un aventurero que se atrevía a cruzar nuevas fronteras de la conciencia. Pero sea lo que fuere, luchó por ello hasta el final, con una absoluta entrega. Por eso digo que su vida fue auténtica. No creo, sinceramente, que hubiese ninguna impostura en su vivir. Nietzsche fue como fue porque no podía, literalmente, ser de otra manera. Había como un sello sobre su espíritu que le impedía ser de ningún otro modo.
    Su filosofía era eso: un amor a la verdad, al conocimiento, a la claridad de la conciencia. Como humano, demasiado humano, puede que este amor se expresara a veces de un modo compulsivo y neurótico, pero era sincero, era real. Nietzsche no fue, en definitiva, ningún payaso ni embaucador, ningún vendedor de mentiras y humo, ningún intelectual de salón. No uno de esos que sueltan su florido discurso más o menos académico, más o menos brillante y seductor, mientras piensan en la cena que les espera después, y que al día siguiente pueden decir algo muy diferente, si eso les conviene (a su estómago o a su cartera, o a ambas cosas). Como pasa, por ejemplo, con los políticos de hoy en día.
    El señor Nietzsche era un ser de verdad, auténtico. No un ridículo pelele ni un triste títere del mundo. Desde una primera sensibilidad romántica, desde un apasionado amor por la música y cualquier otra forma noble de arte, fue descubriendo lo que a sus ojos era una esclavitud mental que encadenaba a los hombres y convertía al mundo en un lugar triste y oscuro. Frente al «valle de lágrimas» de los cristianos, él propugnó entonces el sí a la vida. En ese aspecto entiendo su afecto a Dioniso, su anhelo por liberar al hombre de la tristeza por medio de la entrega a la alegría de vivir. Por eso escribió aquello de que no podría creer en ningún dios que no supiera bailar... De ahí surgió después su Zarathustra y su imagen del «superhombre». Que significaba una superación de la condición humana, un levantarse, un dejar de estar de rodillas ante dios alguno ni encogido ante ninguna sombra. Concepto que en absoluto tiene nada que ver con la posterior y nefasta impostura del nazismo, que tan sólo buscaba una forma, cruel e inhumana, de dominación. ¿Inhumana, o quizá demasiado humana...?

    Y, en fin, aquí me paro. Porque no soy especialista en filosofía ni tengo erudición alguna sobre la obra de Nietzsche. Sólo soy un simple y ocasional lector que se siente atraído por su figura, por su pasión, por su afán de romper espejismos. Mi vida también ha tenido momentos de intensidad y, algunas veces, ciertas claridades, más o menos profundas. Pero nada que ver con la existencia del «ermitaño de Sils-Maria». Cuando pienso en Nietzsche me viene la imagen de la fuerza interior, que a pesar de mil debilidades exteriores encuentra siempre el modo de expresarse. Así que, como decía al principio, me hubiera gustado tener una vida como la del difícil amigo Nietzsche.      


Antonio H. Martín
(11 de noviembre, 2015)    





                             



miércoles, 15 de julio de 2015

Un asa de viento



    «Para Hesse, el discípulo (Govinda en el caso de Siddhartha) es el parásito que vive a costa de otro. Romano Guardini, el teólogo católico, aconsejaba este parasitismo a los cristianos con respecto de Jesús. Pero el hombre original, es decir, aquel que quiere vivir su propia vida, que acepta su propio destino después de la penosa lucha por descubrirlo, salta fuera de la dialéctica discípulo-maestro y hasta fuera de las doctrinas mismas que el magisterio segrega.

    »Todo esto explica la suma independencia de Hesse, su vida retirada, su marginación, su oposición no sólo a la vulgar y grosera doctrina hitleriana que pretendió convertir Alemania en un país de ciegos discípulos, sino incluso a la naciente República de Weimar, de carácter democrático-burgués. Hesse se ha convertido en el hijo pródigo perfecto que Andre Gide quería: el que reniega de la casa paterna, de la seguridad de cualquier doctrina y de cualquier iglesia, y permanece para siempre en la intemperie de la soledad.

    »A partir de entonces, Siddhartha hace el camino solo. Busca la unidad, pero ya no en el rechazo de la vida sino en la aceptación de la vida y de la multiplicidad de manifestaciones del universo: en las flores, en los pájaros y, seguidamente, en el placer de la unión carnal. Se hace amante de la más famosa cortesana que le enseña las artes y técnicas del amor, y se hace comerciante para aprender todos los trucos de la vida del mundo y hacerse rico. Poco importa que este camino tampoco le satisfaga: lo importante es que ahora busca la unidad del Todo por medio de la multiplicidad y del enriquecimiento de la experiencia. Al final, Siddhartha encontrará la salvación, la plenitud, la unidad en el Nirvana, contemplando el transcurrir del amplio río, sumo signo de esa unidad perfecta: la duración en el cambio de las apariencias, la unidad en la transformación. Ahora es cuando Siddhartha es propiamente Siddhartha, pues este nombre en sánscrito significa "el que ha logrado su objetivo".

    »Para concluir recordaré aquellas palabras que Henry Miller, en Books in my life, dedica a esta obra: Les he dicho con frecuencia a mis amigos y hay una cierta verdad en mi exageración, que si yo no hubiese podido encontrar Siddhartha en otro idioma que en turco, en finés o en húngaro, lo hubiese leido y comprendido igualmente, a pesar de que no sé ni una palabra de estas lenguas bárbaras. Y, seguidamente, Miller recuerda unas palabras de Hesse que naturalmente habían de satisfacer a un escritor como Miller así como a la mayoría de los novelistas de su país: " ...a mí me falta el verdadero respeto por la realidad".» 

José M.ª Carandell
(1977)


    «Se ha dicho que Hermann Hesse fue viejo en la juventud y joven en su vejez. He aquí sus lecciones de iniciación: librarse de cualquier vínculo con los afectos dolorosos, disolverse en la ilusión del nihilismo, ser el creador de la propia alma, sintetizar en ella todas las fuerzas opuestas, absorber la magia de la naturaleza más allá de todas las patrias, agarrarse a un asa de viento para alcanzar todo aquello que deseábamos ser cuando, al salir de la adolescencia, le leíamos en verano tumbados en una hamaca a la sombra de los álamos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser como él un lobo estepario?»

Manuel Vicent
(2009)

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    Había leído ambas notas sobre Hesse hacía tiempo, pero a Alberto Linde le sorprendió gratamente volverse a encontrar con estos textos, que casi había olvidado. Aunque no era casual, porque ya que Hesse nació en un mes de julio había estado buscando, en libros y periódicos, comentarios sobre este autor, en una especie de pequeño homenaje a alguien por quien sentía mucho aprecio. 
    Después de leerlos y saborearlos, no se le ocurrió otra cosa que irse a un local cercano y amigo, y tomarse tranquilamente una copa de vino, como si estuviera en un grotto del Tesino, a la luz de la luna de una noche antigua, existencial y romántica. Y allí, en la terraza al aire libre, junto al alegre albaricoque y las orondas hortensias, bajo el paso de las nubes y junto al íntimo murmullo de las sirenas de aire y cristal, que sólo él podía oír, se bebió despacio su copa, en un brindis al estimado lobo estepario.
   Más tarde, cuando las sombras empezaran a nacer y el silencio abrazase al mundo, se acercaría al río, para escuchar y ver esa unidad en el cambio, ese fulgor continuo en la multiplicidad, esas mil voces unidas en una sola figura, en una sola sinfonía. Y quizá contemplar también el propio rostro del amigo Siddhartha, del joven y viejo caminante que logró encontrarse con su destino, con su personal nirvana... Para Linde iba a ser como entrar en un sueño. Porque también él, viajero soñador, estaba desde hace tiempo agarrado a un asa de viento...


Antonio H. Martín
(15 de julio, 2015)







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imagen 1: Amanecer junto a la montaña (B.I.G.)
imagen 2: Hermann Hesse (1904) 
música: Serenade - Franz Schubert


lunes, 29 de junio de 2015

Ganas...




    Tengo ganas esta noche de disiparme, de difuminarme y hundirme en un camino entre la niebla... Salir de la estrecha isla, de la jaula, de la cueva, haciéndome yo también niebla, confundiéndome con ella... Respirando como ella respira. Solo, tranquilo, sereno, con un brillo en la mirada y una frescura en el corazón. Ganas como de perderme en un sueño y no saber volver...
    ¿Para qué volver de un buen sueño? 
    Tengo ganas de que el ruido se convierta en silencio, de que las voces hablen en vez de gritar, de que las esquinas por una vez sean curvas y se dejen seducir por la música del aire que pasa sobre ellas, acariciándolas... 
    Tengo ganas de que los árboles me sonrían de nuevo, como antaño, pintando de verde lo gris. Y de que el agua me cuente lo que antes me contaba... De que la lluvia azul, con sus miles de gotas amigas, me moje de verdad, humedeciendo mi pensar, sedando las tensiones, transformando el desierto... De que la nieve me abrace y me duerma... Y de que el sol me caliente con certeza y cariño, como en aquellas mañanas de la infancia...
    Tengo ganas, en esta noche de luna, de montarme en una nube y viajar hacia un destino incierto, pero intenso, donde sé que la vida, en una forma u otra, estará presente...
    Tengo ganas... de besar y de ser besado, como en el jardín aquél, junto a los amables almendros, los cerezos y los castaños, entre susurros de brisa enamorada, que una tarde sin ganas, envenenada de sombra, se nubló para siempre.
    Tengo ganas de perderme en un sueño y no saber volver... 


Alessandro Castelli
(Gentilino - 2009)


        

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imagen: Portrait of Georges Rodenbach - Lucien Lévy-Dhurmer (1895)
música: Listen to your Heart - Mike Rowland

martes, 23 de junio de 2015

También esto pasará...




    Dos joyitas me regaló el domingo 21 (que, casualmente, fue mi cumpleaños) la revista de El País Semanal. La primera vino de la mano de Javier Cercas, que nos cuenta, para empezar, que... "Y luego dicen que no es mágico el mundo y que lo real sólo es caos y que es falso que, como dice Freud, la verdad tiene estructura de ficción"... Y a continuación nos narra que en un vuelo de Londres a Madrid, camino de la Feria del Libro, en el Borges de Bioy Casares, leyó la siguiente historia (contada por Borges): 
    "El rey David le pidió a un joyero que fabricase un anillo que le recordara, en los momentos de júbilo, que no debía ensoberbecerse y, en los momentos de tristeza, que no debía abatirse..."
    El joyero se abrumó por el difícil encargo del rey y salió a la calle, supongo que para buscar inspiración. Y entonces se le acercó un joven y le preguntó qué le inquietaba. El joyero le explicó su problema y el joven le dijo que no se preocupara, que lo que debía hacer era fabricar un anillo de oro con la inscripción de "También esto pasará".
    Cuando el joyero, siguiendo el consejo del joven, le presentó el anillo al rey, éste le inquirió sobre cómo había llegado a esa solución, y el joyero le contó su encuentro con el joven. Entonces el rey exclamó: "¡Ah! Ese joven es mi hijo Salomón." 
    Más adelante, Cercas nos dice que esa misma historia se encuentra en una novela de Milena Busquets (con el mismo título de "También esto pasará"), y en antiguos escritos orientales, por ejemplo en un cuento sufí, en el que "un sabio sirviente del rey salva a su señor con un mensaje que esconde en su anillo y que le recuerda que éxito y fracaso son sólo dos espejismos..." 
    Por supuesto que me agradó saber de esta historia, que podría también haber sido un breve cuento zen o taoísta, porque anda uno ahora metido en problemas mundanos y materiales, y viene muy bien recordar que todas las cosas, buenas o malas, acaban pasando.

    Y el segundo regalo lo encontré (unas páginas más adelante de la misma revista) en una breve y emotiva semblanza que hace Javier Rioyo del extraño y estimado poeta Fernando Pessoa. En la que empieza diciendo: "La soledad le desolaba y la compañía le deprimía. Vivió con el temor de que hablaran de él. Si le miraban, decía estremecerse; si alguien mostraba interés en él, huía. Le gustaba soñar, beber y escribir." 
    Y continúa, más adelante:
    "No jugó al fútbol, no cantó fados, ni ganó el Nobel. No es un gallo de Barcelos, ni un clavel rojo en un fusil. No es un tranvía, ni un bacalao. Ni siquiera es una sardina. Es un hombre solo, un personaje con sombrero, traje gris y cigarro en mano. Es un bebedor a pie de cualquier barra de barrio. Se pasó la vida huyendo del falso prestigio de la pompa, escapando a los afectos, fugándose de sí mismo. Frecuentó tertulias, creó revistas, escribió artículos y poemas. Ni persiguió el éxito, ni conoció el dinero, y apenas consiguió la escasa fortuna de publicar un solo libro en vida..."
    "Gustó de vivir conscientemente aislado. Reivindicó la nobleza del tímido, de no saber hacer nada o de no tener la habilidad para saber vivir. Sin embargo, vivió intensamente otras vidas sin salir de su ciudad, sus bares, sus habitaciones, con su manera de callar y beber. Murió antes de cumplir 50 años, quiso vivir solo y sin que le recordaran..." 

    ¿Hay relación entre estos dos regalos de encuentro? Seguro que sí. Tantas cosas me tocan en ellos, sobre todo en estos tiempos de problemas, cambios y zozobras... Pessoa me recuerda al amigo Kafka (y también, salvando largas distancias, a mí mismo, lobo estepario triste y esquinado). Y la frase de "también esto pasará", me ayuda a ver las cosas desde una perspectiva un poco más alta. Como si uno se saliera por un momento de la galería de sombras, saliendo por alguna ventana del museo de figuras grises y opacas, y pudiera ver la vida con una mirada más despierta, desde fuera de los muros, subido a alguna torre, o quizá... asombrosamente dotado con unas inesperadas alas de ensueño. Esas alas de azul anochecer que te transportan al lejano país del alma.  
    Por supuesto que el mundo es mágico, amigo Cercas. Basta con entornar un poco los ojos, en cualquier momento del día o de la noche, y dejar que el silencio aquiete la mente. Lo que viene después... es la música de la magia. Que supera todos los laberintos, traspasa todas las puertas y rompe cualquier barrera. Sí, Freud tenía razón: la verdad tiene estructura de ficción. Aunque solamos vivir atrapados en la ficticia realidad de la mentira. Y esto de la magia, sepamos percibirlo o no, tal vez sea lo único que nunca pasará. Por lo menos hasta que se apague la luna, caigan las estrellas y los sueños se duerman en el olvido...


Antonio Martín
(23 de junio, 2015)
   

sábado, 9 de mayo de 2015

Beberse el tiempo...




«No siempre soy igual en lo que digo y escribo.
Cambio, pero no cambio mucho.
El color de las flores no es el mismo al sol
que cuando pasa una nube
o cuando entra la noche
y las flores son color de sombra.
Mas quien mira bien ve que son las mismas flores.
Por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo,
fíjense bien en mí:
si estaba vuelto a la derecha, 
me he vuelto ahora a la izquierda,
pero siempre soy yo, teniéndome en los mismos pies.
El mismo siempre, gracias al cielo y a la tierra
y a mis ojos y a mis oídos atentos
y a mi clara simplicidad de alma...» 

Fernando Pessoa
(Poemas de Alberto Caeiro)


«... Yo no quería estropearme el buen humor de la noche, ni con la lluvia, ni con la gota, ni con la araucaria; y aunque no podía contar con una orquesta de cámara y aunque no pudiera encontrarse un amigo solitario con un violín, aquella linda melodía seguía, sin embargo, sonando en mi interior, y yo mismo podía tarareármela con toda claridad cantándola por lo bajo en rítmicas inspiraciones. No, también se las podía uno arreglar sin música de salón y sin el amigo, y era ridículo consumirse en impotentes afanes sociables. Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas.»

Hermann Hesse
(El lobo estepario)


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    Se me ocurre, en esta noche deslizante, húmeda, callada, pero también susurrante, brillante y hermosa, bella y profunda. En esta noche que puede ser la última, o la primera, en esta noche primitiva, pasada, presente o futura, fundamental, primigenia, casi mítica, con esperanza o sin ella, con destellos o con sombras, con voces o silencios, vacía y oscura, desierta, o con paisaje de lagos y montañas, de prados y sonrisas, musical o muda, en la que la vida resbala como el agua o como la arena entre los dedos, pero dejando su marca, su tacto, cálido o helado, brusco o suave, su herida o su caricia. En esta noche llena de tiempo, pero no con el calculado tiempo del reloj, ficticio, maquinal, con su tictac incomprensible, vacío, como de olvido. En la que los minutos no pasan ordenadamente, uno tras otro, como en un desfile absurdo, sino que bailan, y las horas sonríen entre la niebla, como hadas felices, enamoradas, plenas, encendidas, como si fueran acariciadas y besadas por la brisa. En esta noche infinita en la que la luna llena no se ve, pero se intuye tras las leves nubes viajeras, tras la lluvia que no acaba de caer (agua que se presiente y se anhela), en la que la oscuridad parece conversar con el silencio, y los sueños (esos lúcidos duendes que caminan por los intrincados senderos de los bosques del misterio, jugando con los espejos sutiles de lo imposible) tejen quimeras y utopías, valles y estrellas, tiernos, amables caprichos en el nocturno paisaje vacío, ondulantes colinas que brillan en medio de la nada y que consiguen dibujar un todo... Se me ocurre, en esta noche especial, porque especial es su aroma y su color, de fin o de principio, que somos... el resultado de fuerzas. Poderes, energías, magias aéreas e inasibles, sedientas, que danzan, ordenadas o confusas, en medio del escenario de lo infinito.
    Pessoa no parecía ser el mismo cuando hablaba y cuando escribía. Pero ya lo explica en su poema con la metáfora de las flores, que no se ven igual de día que de noche. Uno habla desde un espejo y escribe desde otro, pero el alma es la misma, es el mismo corazón usando diferentes lenguajes.
    Y Hesse deja bien claro que amaba su soledad. Todos, por naturaleza, por necesidad, somos seres sociales, pero hay soledades escogidas que ninguna sociedad, ninguna compañía puede mejorar, sino más bien entorpecer o incluso empeorar o ensombrecer. Lo social, en esos raros casos, va por dentro. Hay relaciones íntimas, preciosas, interiores, que, igualmente, como columnas invisibles y etéreas, pero fuertes e intensas (hilos de una seda irrompible), pueden conformar un mundo pleno y completo, sin la necesidad de presencias humanas, sin cercanías, sin voces ni miradas. Se puede uno relacionar con los árboles, con los libros, con las nubes, con las estrellas y los sueños, y hasta con el mismo aire...
   Fuerzas, sí, energías que necesitan expresarse, manifestarse, moverse entre las sombras, escribir sus palabras en las paredes del silencio, hacer dibujos en la oscuridad. ¡La vida quiere vivirse! Es muy posible que ese sea su único sentido. Parece simple, y puede que lo sea. Pero..., cuando la vida se vive de verdad, cuando esas fuerzas logran alcanzar su expresión, no hay estrella más brillante en el cielo de la noche. Hasta la luna, que ahora no veo, sonríe cuando digo esto.
    No hablo de dioses, aunque quizá ese sea el nombre que usaban los antiguos para denominar a esas fuerzas, a esas energías. Decir «fuerzas» suena a impersonal, a cosa ciega y sin corazón. Pero cualquier emoción, cualquier alma, por compleja que sea, está hecha de esas fuerzas. A las que me gusta imaginar como nubes brillantes, como brumas esteladas, semovientes, que buscan, siguiendo los senderos del viento, el rincón del universo en el que puedan besar a aquello que aman, y que configura el sentido de su existencia.    
    Esto es lo que yo entiendo por «beberse el tiempo»... 
    

Antonio H. Martín
(9 de mayo, 2015)


        
        

miércoles, 4 de marzo de 2015

Ceniza de espuma...



(Dedicado a la amiga Rafaela, en el infinito...)


Fue un día


    Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin que yo te lo pidiese, en mi corazón, como un desconocido cualquiera, rey mío; y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. 
    Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días olvidados.
    Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son los mismos que resuenan ahora de estrella en estrella.


Rabindranath Tagore
(Gitánjali - Ofrenda lírica)*


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    El poeta Tagore murió en 1941, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas arrojadas al Ganges, según la costumbre hindú. Y ocho años después, otro poeta, Juan Ramón Jiménez, escribía lo siguiente:
     
    Estando yo un día en la playa que yo sé, cogí con mi mano la espuma de una ola que me gustó, como una fresca ceniza de nácar, que se quedó en mi palma.
    Sin saber por qué, una idea se me hizo en un instante palabra, palabra segura y natural; y yo dije alto: «Es ceniza de Tagore».
    ¿Por qué lo dije yo? Tú lo viste. Y me viste en la palma de mi mano aquella ceniza de espuma que no se me iba, que centelleaba como si estuviera viva.
    El Ganges se llevó hacia el mar total la preciosa vida de Tagore, ya en cenizas de la quema de su cuerpo. Y el poeta se unió en ceniza al mundo por medio del mar. (...)

    No soy lector de Tagore, más allá de algún que otro poema, pero quiero dedicar estas letras suyas al recuerdo de una querida amiga, Rafaela Marcos Gómez, buena maestra de escuela y buena lectora, mujer inteligente, luchadora y llena de alegría a la que conocí en mi juventud y con la que mantuve durante años muy interesantes conversaciones, sobre literatura, filosofía y religión, en largos paseos por la ciudad o por el campo; o sentados ante una taza de té en el salón de su pequeña y acogedora casa de Madrid (en donde solía estar también la que era entonces mi compañera, que había sido alumna suya cuando niña). Largas y amenas tertulias que entre risas, bromas y veras, nos dejaban siempre un buen sabor a amistad y a vida que nunca podré olvidar.
    Nos conocimos, curiosamente, por leer a Hermann Hesse, como me ha ocurrido con otros buenos encuentros a lo largo y ancho de esta vida... Se enteró por un maestro compañero del mismo colegio, don Jesús Gómez Pinto, filósofo, político y escritor (de cuya casa era yo asiduo), de mi preferencia por los libros de ese autor romántico y estepario, que a ella le gustaban mucho, y después de oírme hablar en las reuniones empezó a verme como una especie de joven Siddharta... Lo cual no deja de ser muy exagerado, pero que entiendo, dada mi presencia en aquellos tiempos, con menos de veinte años, pelo negro largo, sin casi afeitar y con un brillo aventurero e inquisitivo en la mirada, como si fuera un samana del bosque... Pero, bueno, eso no viene ahora al caso. 
    Rafaela sí que era muy aficionada a poesías, filosofías y misticismos orientales, y le gustaba mucho Tagore. Solía ver, en mis visitas a su casa de Madrid, un pequeño retrato de Tagore en un lugar principal de su vitrina, junto a otras imágenes de Jesús y de Buda, y algunos otros místicos o profetas cuyo nombre no recuerdo. Por eso le dedico estas letras. No porque sea hoy una fecha señalada. No recuerdo ahora exactamente cuando murió, sólo que fue ya hace algunos años. No sé si su cuerpo fue incinerado o enterrado. Y no he ido a ninguna playa a coger con la mano la espuma de ninguna ola... Pero he encontrado esta noche, entre mi revuelta biblioteca, un librito dedicado a Rabindranath Tagore y eso me ha traído su recuerdo. Leyéndolo por encima, se me ha presentado la cálida imagen de la amiga Rafaela, su voz risueña, su chispeante mirada... Y, sinceramente, la he echado de menos.
    Es por eso que, dentro de la esfera del infinito, en el círculo de lo que escapa a los límites del espacio y el tiempo, le dedico estas letras. Esté donde esté ahora su conciencia, su risa, su mirada, me encantaría que le llegase algo, aunque fuese sólo una mínima parte, del cariño con que las escribo. Porque sé, de buena tinta, que a Rafaela le hubiese gustado mucho este humilde, nocturno y estepario cuaderno, que no llegó a conocer. Y porque seguro que le gustaría también mucho saber que aún la recuerdo. Imposible para mí el no hacerlo.       

    En el poema de Tagore, donde dice «rey mío», yo hubiese escrito... «magia». Porque es sin duda la magia la que ha puesto su sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. Cualquier otra cosa, fuera de esto, la siento como secundaria, e incluso terciaria o cuaternaria. Sin magia, sin sus mensajeros sueños, fulgentes o sombríos, el mundo y la misma vida me sabrían a nada.    


Antonio H. Martín
(4 de marzo, 2015)    






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(*) versión de Zenobia Camprubí
imagen 1: Atardecer en la playa (de B.i.g.)
imagen 2: Rabindranath Tagore (1861-1941)
imagen 3: Albert Einstein y Rabindranath Tagore