Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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lunes, 25 de abril de 2016

La biblioteca del Edén




UN SUEÑO


(Hermann Hesse)



    Huésped de un monasterio, en las montañas,
entré en su biblioteca cuando todos
salían a rezar sus oraciones.
En los muros fulgían, al crepúsculo,
mil lomos de vetusto pergamino
con raras inscripciones. Acuciado
por mi sed de saber elegí un tomo
al azar, con fruición, y leí: "El último
paso para la incógnita cuadratura del círculo."
Pensé al punto: "Este libro lo he de llevar conmigo."
Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro,
en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía:
"De cómo Adán comió también fruta de otro árbol."
¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida!
Adán es inmortal, por consiguiente...
—"Mi estancia aquí —me dije— no es inútil."
Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos
ostentaba, lucientes, los colores del iris;
pintado a mano, el título rezaba: "Analogía
del sentido y carácter
de los colores y de los sonidos.
Demuéstrase a quien lea
que cada tono musical es réplica
de un único color, directo o refractado."
¡Oh, cómo destellaban a mis ojos
los cromáticos coros, colmados de promesas!
Me vino una sospecha, confirmada
a cada nuevo tomo que escogía:
¡era la biblioteca del Edén!
Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi entraña
con mi hambre espiritual iba a saciarse,
pues dóndequiera que se detuviese
mi rápida mirada interrogante
un tejuelo me daba respuesta promisoria:
para todo apetito que sintiera
había el fruto allí con qué saciarlo:
aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante,
aquel que satisface las ansias del maestro.
Allí estaba el sentido íntimo y puro
de toda ciencia y toda poesía,
la hechicera virtud que sabe el modo
de inquirir, con sus claves y su léxico,
sutilísima esencia del espíritu
guardada en esotéricos, magistrales volúmenes:
llaves que dan acceso
a toda disposición y todo enigma
y llegan como gracia a quien las pide
en el momento mágico preciso.

    Entonces coloqué con mano trémula
sobre el atril uno de aquellos códices
y descifré la magia de sus signos
como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas
y, felizmente, aciértase. Y muy pronto yo, alado,
traspuse los espacios astrales del espíritu
y me hallé en el Zodíaco, y en este —¡oh, maravilla!—
cuanto a la intuición de los humanos
—hija de una experiencia milenaria—
se abrió en revelación de alegorías
armonizaba ahora con nexos siempre nuevos:
viejos saberes, símbolos y hallazgos,
preguntas trascendentes, nuevas siempre,
recién alzado el vuelo
volvían a acordarse unos con otros,
así que en mi lectura (minutos, tal vez horas)
volví a hacer el camino que hizo la Humanidad
y dentro de mi espíritu cobijé de consuno
el íntimo sentido
de su saber más viejo y más reciente:
vi y leí sus figuras jeroglíficas,
desplegadas a veces, otras apareadas,
otras veces dispersas, luego en orden perfecto,
y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos,
figuras alegóricas de ágil caleidoscopio,
a cada paso ungidas de sentido novísimo.

    Y como atención tanta fatigara a mis ojos
hube de levantarlos para darles descanso;
entonces vi que no me hallaba solo:
en el mismo salón, cara a los libros,
hallábase un anciano —quizá el bibliotecario—
atareado y grave, rodeado de tomos;
¿qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos?,
¿en qué consistía su afanoso trabajo?
Quise saberlo al punto; para mí, ciertamente,
era de entidad suma saberlo; le observé:
Con delicados dedos seniles, requería
un volumen tras otro volumen, y leía
las palabras escritas en los lomos; soplaba
con sus pálidos labios sobre el título —¡un título
lleno de seducciones, garantía infalible
de inagotables horas de exquisita lectura!—,
lo borraba con suaves presiones de su dedo
y, sonriendo, escribía otro título nuevo;
daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, y de idéntico modo
le cambiaba su título por otro diferente.

    Le contemplé, perplejo, largo tiempo,
sin poder comprender qué estaba haciendo;
me volví a mi tratado, del que solo leyera
los primeros renglones, pero ya no encontraba
la procesión de símbolos que antes me llevó al éxtasis;
habíase disuelto, de mi mirada huía
aquel cosmos de signos por el que avancé apenas,
tan rico en precisiones del sentido del mundo;
daba vueltas, nublábase e iba perdiendo fuerzas
y acabó evaporándose sin dejar otro rastro
que los pardos reflejos del huero pergamino.
Sentí en mi hombro una mano, y levanté la vista:
a mi lado encontrábase el solícito anciano.
Me puse en pie. El, sonriendo, cogió mi viejo libro
—un hondo escalofrío recorrió mis entrañas—
y aplicó a su tejuelo la esponja de su dedo;
en el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo
seguido de preguntas y promesas vitales
—novísimos reflejos de antañones problemas—
con pluma cuidadosa de calígrafo experto.
Y luego, silencioso,
partióse con su pluma y con mi libro.


Hermann Hesse



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    Huésped de un monasterio, en las montañas, entré en su biblioteca cuando todos salían a rezar sus oraciones. En los muros fulgían, al crepúsculo, mil lomos de vetusto pergamino con raras inscripciones. Acuciado por mi sed de saber elegí un tomo al azar, con fruición, y leí: "El último paso para la incógnita cuadratura del círculo." En seguida, pensé: "Este libro me lo tengo que llevar." Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro, en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía: "De cómo Adán comió también fruta de otro árbol." ¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida! Adán es inmortal, por consiguiente...
    "Mi estancia aquí —me dije— no es inútil." Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos ostentaba, brillantes, los colores del iris. Pintado a mano, el título rezaba: "Analogía del sentido y carácter de los colores y de los sonidos. Demuéstrase a quien lea que cada tono musical es réplica de un único color, directo o refractado." ¡Cómo destellaban a mis ojos los cromáticos coros, llenos de promesas! Me vino una sospecha, que se confirmaba a cada nuevo tomo que escogía: ¡era la biblioteca del Edén!
    Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi interior, mi hambre espiritual, iba a saciarse, pues donde quiera que se detuviese mi rápida mirada interrogante un rótulo me daba una respuesta promisoria. Para todo apetito que sintiera, había allí el fruto con qué saciarlo: aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante, y aquel que satisface las ansias del maestro. Allí estaba el sentido íntimo y puro de toda ciencia y toda poesía, la hechicera virtud que sabe el modo de inquirir, con sus claves y su léxico. La muy sutil esencia del espíritu guardada en esotéricos y magistrales volúmenes. Llaves que dan acceso a toda disposición y todo enigma y llegan como un regalo a quien las pide en el momento mágico preciso.

    Entonces coloqué con mano trémula sobre el atril uno de aquellos códices y descifré la magia de sus signos, como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas y, felizmente, se acierta. Y muy pronto yo, alado, traspuse los espacios astrales del espíritu y me hallé en las estrellas. Y en éstas —¡oh, maravilla!— cuanto atañe a la intuición de los humanos (hija de una experiencia milenaria) se me abrió en revelación de alegorías, armonizando ahora con nexos siempre nuevos. Viejos saberes, símbolos y hallazgos, preguntas trascendentes, nuevas siempre, recién alzado el vuelo volvían a acordarse unos con otros. Así que en mi lectura (minutos, tal vez horas) volví a hacer el camino de la Humanidad, y dentro de mi espíritu cobijé unidos el íntimo sentido de su saber más viejo y el más reciente. Vi y leí sus figuras jeroglíficas, a veces desplegadas, otras apareadas, unas veces dispersas, y luego en perfecto orden. Y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos, figuras alegóricas de ágil caleidoscopio, a cada paso ungidas de un nuevo sentido.

    Y como tanta atención fatigaba mis ojos, tuve que levantarlos para darles descanso. Entonces vi que no me hallaba solo... En el mismo salón, frente a los libros, estaba un anciano —quizá el bibliotecario— atareado y grave, rodeado de tomos. ¿Qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos? ¿En qué consistía su afanoso trabajo? Quise saberlo al punto. Para mí, ciertamente, era de suma importancia saberlo. Así que le observé... Con delicados dedos seniles, cogía un volumen tras otro, y leía las palabras escritas en los lomos. Soplaba con sus pálidos labios sobre el título (¡un título lleno de seducciones, garantía infalible de inagotables horas de exquisita lectura!), lo borraba con suaves presiones de su dedo y, sonriendo, escribía otro título nuevo. Daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, y de idéntico modo le cambiaba su título por otro diferente.

    Le contemplé, perplejo, largo tiempo, sin poder comprender qué estaba haciendo. Luego me volví a mi tratado, del que sólo leyera los primeros renglones. Pero ya no encontraba el proceso de símbolos que antes me llevó al éxtasis. Se había disuelto. Huía de mi mirada aquel cosmos de signos por el que avancé apenas, tan rico en precisiones del sentido del mundo. Daba vueltas, se nublaba e iba perdiendo fuerzas y acabó evaporándose sin dejar otro rastro que los pardos reflejos del huero pergamino. Sentí entonces una mano en mi hombro, y levanté la vista... A mi lado se encontraba el solícito anciano. Me puse en pie. Él, sonriendo, cogió mi viejo libro (un hondo escalofrío recorrió mis entrañas) y aplicó a su rótulo la esponja de su dedo. En el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo seguido de preguntas y promesas vitales (novísimos reflejos de antiguos problemas) con pluma cuidadosa de calígrafo experto. Y luego, silencioso, se fue con su pluma y con mi libro.


Hermann Hesse


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traducción: Mariano y Agustín Santiago Luque 
versión prosada: Antonio H. Martín

lunes, 21 de marzo de 2016

La máquina de los sueños





      Conozco al amigo Alberto Linde, el viajero onírico, desde hace muchos años, y mientras veía la otra noche la antigua película "La Máquina del Tiempo", de 1960 (basada en la novela homónima de H. G. Wells, de 1895), recordé una curiosa escena en su compañía, de hace sólo unos meses. Sucedió durante una de nuestras tranquilas e íntimas conversaciones nocturnas después de los habituales paseos por el valle. Me habló de un deseo muy querido, de un fuerte anhelo de sus primeros años. Sonreía al recordarlo, pero me confesó que entonces casi llegó a obsesionarle... Se trataba de que cuando empezó a tener sueños importantes, sueños lúcidos y sorprendentemente intensos, le atrajo tanto ese mundo interior y mágico que se le ocurrió la peregrina idea de que le encantaría tener una "máquina de los sueños"... Es decir, no una máquina generadora de sueños sino una que grabase los suyos propios, para después poder verlos atentamente en una pantalla, como en un cine o un televisor.
    Ya por aquel entonces, hacia el final de su infancia, a los nueve o diez años, era muy consciente de que esa máquina no existía y de que seguramente era imposible de construir, pero se deleitaba imaginando su realidad. Y tenía muy claro que si lograse tener esa fantástica máquina en su poder no haría más que dos cosas en esta vida. La primera, soñar, y la otra mirar sus sueños en esa pantalla durante horas y horas, olvidándose del mundo. No concebía entretenimiento ni ocupación más interesante ni más valiosa. Ninguna otra cosa le parecía ni siquiera comparable. Así que todo lo que haría sería eso: soñar y luego ver y revivir sus aventuras ante una pantalla. No saldría casi de casa ni tendría casi relación alguna con nadie. Tal era la fuerza con que le atraían el juego y la danza de esferas brillantes y multicolores del universo de sus sueños.
    Le pregunté por la causa de ese extraño deseo, y me respondió que la idea había surgido, probablemente, porque le costaba mucho soportar la sensación que tenía después de despertar. Una sensación decepcionante, como de exilio y de pérdida. Recordaba, por un lado, que en uno u otro sueño había sido inmensamente feliz, y el contraste con la prosaica y algunas veces amarga realidad del mundo cotidiano le dejaba abatido y sin ánimos. Y por otro, que en muchas ocasiones sabía con certeza que había encontrado en algunos de sus sueños tesoros inapreciables, que luego, en la vigilia, era incapaz de recuperar. No tesoros de oro y joyas, sino auténticos tesoros de vida, como fórmulas mágicas, caminos de cuento de hadas que llevaban a paraísos, a paisajes y ciudades en los que uno quería quedarse mucho tiempo, o incluso para siempre. Por eso pensaba que sería ideal tener esa máquina de sueños. Aparte de para revivir aquellas aventuras oníricas y volver a maravillarse con ellas, también para poder reencontrar esas fórmulas mágicas, esos caminos ocultos...
    Con el tiempo fue consiguiendo tal maestría en su modo de viajar, a lo que mucho más tarde llamaría El País del Sueño, que olvidó lo de la máquina. Ya no le era necesario imaginar ni desear tal artilugio porque podía elegir volver a determinados sueños sólo con su voluntad. La manera en que llegó a esa asombrosa pericia es un misterio, hasta para él mismo, pero supongo que era algo que estaba y está en su particular naturaleza de soñador nato. Al igual que en algunos hay una natural predisposición para la pintura o la música, él había nacido con una rara habilidad para soñar.
    Sobre ese punto, Alberto siempre ha preferido mostrarse más bien reservado. Pero no por hacerse el enigmático ni por ninguna otra presunción o arrogancia, ausentes en su carácter, sino porque se trata de algo tan personal y tan poco expresable en el lenguaje cotidiano, que considera que es mejor quedarse callado y correr un tupido velo sobre el asunto.

    Después de comentarme su recuerdo de la máquina, me preguntó directamente qué me parecía semejante idea. Si a mí también me gustaría disfrutar de ese increíble artefacto y poder luego observar mis sueños como en una película... En principio, no supe qué contestar y necesité más de un minuto para imaginarme en esa inusitada actividad. Aunque complicada y algo estrambótica, como de ciencia ficción, la idea me gustó. No todos los sueños, desde luego, porque en mi caso muchos son ciertamente olvidables, pero sí algunos sueños... Esos de los que uno se despierta con una intensa sensación de haber vivido, como difícilmente ocurre en la normal existencia de todos los días. Así que asentí y le dije que me gustaría tener esa experiencia, al menos alguna vez.
    En ese preciso momento sonó el timbre de su teléfono móvil. Debía ser una llamada de carácter privado, porque Alberto salió a la terraza para contestar. Me quedé solo en el salón, fumando tranquilamente mi cigarro y apurando lentamente la copa de vino. Dándole vueltas a esa idea de la máquina de sueños... A través de la ventana se veía la luna, en cuarto creciente y rodeada de pequeñas nubes que se encendían con su presencia. Estaba muy a gusto en mi sillón, la noche era serena y silenciosa y mi mejor amigo estaba ahí cerca, en la terraza. De modo que, pasados unos veinte minutos o media hora, me quedé adormilado y tuve un leve sueño...



    Soñé, o imaginé, que Alberto, con una rara sonrisa, después de oír mi respuesta a su pregunta sobre la máquina, se levantaba e iba hacia el sofá sobre el que había dejado su maleta. La abrió y sacó de ella un estuche de tela dura, como los que se usan para llevar los ordenadores portátiles. Lo puso en la mesa baja ante la que nos sentábamos, y al descorrer la cremallera me encontré frente a un extraño aparato...
  
    —Ahí la tienes —me dijo escuetamente.
    —¿Cómo? ¿Estás de broma? ¿Quieres decir que...?
    —Sí, aunque no la buscaba, porque no me hacía falta, la encontré. De una extraña manera, pero la encontré. Ésta es una máquina de los sueños como la que deseaba cuando era niño.
    —No me lo puedo creer, Alberto, es imposible. No existe una máquina así.
    —Eres libre de pensar lo que quieras, amigo. Lo único que puedo hacer es dejártela un tiempo para que la pruebes, y ya me contarás.

    Me quedé mirando fijamente al aparato. Una caja negra metálica de poca altura, sin adorno de ningún tipo, con los lados pintados de un azul oscuro brillante. Por supuesto, no daba crédito, pero viniendo del amigo Linde...
    Pensé vagamente en aquella película ("Brainstorm", creo que se llamaba) en la que había una máquina que registraba en una cinta las experiencias y visiones internas de quien la usaba. Y luego, conectándose a la máquina, otra persona podía ver y sentir esas mismas experiencias y visiones como si fueran propias. Ahora que había tantos avances tecnológicos, con ayuda de la mecánica cuántica, ¿habrían inventado por fin una máquina que grabase los sueños?  
    Y empecé, casi sin darme cuenta, a fantasear sobre su uso. La verdad es que sería muy grato poder ver algunos sueños, pensé. Sobre todo esos tan vívidos, los raros y los felices, que te dejan la sensación de querer regresar a ellos. Y además estaba el atractivo de esa peculiaridad onírica del cambio de perspectiva, por la que cambia el punto de vista y uno puede ver la escena desde sí mismo, como protagonista de la historia, y un segundo después desde fuera, como un espectador que, en una especie de desdoblamiento, se ve a sí como si fuera otro, pero sintiendo que es uno mismo... Imaginé que sería alucinante poder observar todo eso en una pantalla.
    Así que agradecí a Alberto el préstamo de la máquina, a pesar de mi lógica incredulidad, y me quedé con ella. Luego seguimos hablando un rato más del tema de los sueños y a continuación de otras cosas. Pero ya no pude evitar durante esa velada mirar de vez en cuando de reojo a la extraña máquina, ansiando el momento de estar a solas con ella en la intimidad de mi habitación.
    Al abrir la máquina me encontré, para mi decepción, con un moderno ordenador portátil de última generación. Con un diseño nuevo y muy estilizado pero básicamente lo mismo de siempre. Es decir, la típica pantalla y el típico teclado. Solté una carcajada (no exenta de un hilo de amargura) y me pregunté después, cuando ya había superado la sorpresa, el por qué de esa broma... Porque no es el amigo Linde muy amigo de bromas, y menos en lo referente al tema de los sueños. 
    Al día siguiente, inquirí a Alberto sobre el asunto. Y nos reímos a gusto mientras tomábamos el desayuno. Aunque yo lamentaba por dentro el haber sido tan ingenuo. Después, poniéndose serio, me dijo lo siguiente:

    —Amigo, la máquina de los sueños existe de verdad, no lo dudes. Pero está en ti. No es necesario ningún artefacto manufacturado para ver de nuevo aquellos sueños que te impresionaron en su momento. Es ciertamente posible rastrear esa huella , y no sólo volver a verlos sino volver a vivirlos...       

    Quedé de acuerdo, porque por lo que me había contado de sus experiencias era realmente como decía. Pero le reconocí asimismo que eso era algo para mí muy difícil de conseguir, casi imposible. Porque no todos tenemos su habilidad para soñar. Y entonces el amigo Alberto me prometió que me enseñaría algunos de sus secretos para viajar.
    Alberto Linde se fue esa misma tarde, de regreso a su lejana casa en las montañas. Pero se le olvidó llevarse ese estuche con la caja negra. En cuanto lo descubrí, pensé en llamarle para decírselo, pero..., bueno, me lo había prestado por un tiempo, así que no ví ninguna urgencia en ello. Y esa noche, antes de acostarme volví a abrir el maletín y puse sobre mi mesa ese moderno ordenador. Al encenderlo me pidió una contraseña de acceso, y no se me ocurrió otra cosa que escribir "máquina-de-los-sueños"... Y, extrañamente, funcionó. El sistema operativo se puso en marcha y en la pantalla salió un menú en el que se me pedía que tecleara una fecha o un nombre. Y supuse, fantaseando de nuevo, que se refería a mis sueños. Por supuesto que no pensé en ese momento que era imposible que respondiera adecuadamente, porque no había ningún registro de mis sueños en esa máquina, pero la lógica onírica suele pasar por alto ese tipo de detalles. Así que escribí en el teclado una fecha en concreto, una en que recordaba haber tenido un buen sueño. 
    Fue impresionante ver cómo tomaba forma en la pantalla la imagen de aquella casa, bajo una luz de atardecer, y la de alguien que en ese entonces la habitaba y que me miraba sonriente desde la puerta, invitándome a entrar... 
    


    El sonido de unos pasos me indicaron que Alberto volvía de la terraza, y me desperté de mi duermevela. Con el sueño bailando y brillando aún en mi mente. Y en seguida se lo conté, antes de que se difuminase. Había pasado casi una hora, y me sentía como si hubiera viajado a otro mundo, aunque creía no haberme dormido del todo... Nos reímos a gusto, como en mi sueño. Y exactamente como en mi sueño, me dijo que la máquina de los sueños existía, pero que estaba en el interior. Y añadió también esa promesa de mostrarme algunos secretos para viajar. Me dijo que puede que él tuviera ciertas habilidades desde niño, pero que todo se podía aprender. Sólo había que dejarse guiar, llevar un buen farol y andar el camino. 
    Y, bueno, esa fue la escena que recuerdo de hace unos meses con el amigo Alberto Linde. Ahora pienso que estaría muy bien tener una máquina del tiempo, pero creo que una máquina de los sueños estaría mucho mejor.  


Antonio H. Martín
(21 de marzo, 2016)


  


viernes, 18 de marzo de 2016

Flores




«No basta abrir la ventana
para ver los campos y el río.
No es suficiente no ser ciego
para ver los árboles y las flores.
También es necesario no tener ninguna filosofía.
Con filosofía no hay árboles: no hay más que ideas.
Sólo hay como una cueva en cada uno de nosotros.
Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo fuera;
y un sueño de lo que podría ver si la ventana se abriese,
que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.»

Fernando Pessoa
(Poemas de Alberto Caeiro)


«Los sueños no son creaciones premeditadas y arbitrarias, sino fenómenos naturales, que no son otra cosa que lo que representan. No engañan, no mienten, no falsean ni encubren, sino que anuncian ingenuamente lo que son y piensan. Sólo son enojosos y equívocos porque no los comprendemos. No emplean artificio alguno para ocultar algo, sino que dicen lo que forma su contenido, tan claramente como les es posible a su modo. Podemos también comprender por qué son tan peculiares y difíciles: la experiencia muestra concretamente que se esfuerzan constantemente en expresar algo que el Yo no sabe y no comprende.»

Carl G. Jung
(Psychologie und Erziehung



    Hace un par de noches soñé que viajaba a un país lejano. El sueño era complicado y estaba lleno de detalles que no puedo recordar ahora con exactitud. Bueno, ni con exactitud ni con aproximación. Sólo quedan vagas sensaciones. Pero sí recuerdo algunas cosas... Recuerdo que, embarcado en un tren, veía desde la ventanilla que estaba, inexplicablemente, en México, donde nunca he estado realmente. Observé que ante mí pasaban pequeños núcleos urbanos, con casas blancas y gente tranquila que me gustaron mucho. Y durante unos momentos el tren fue muy despacio, y pude asomarme y ver muy de cerca unas flores silvestres que estaban junto a las vías. Ver esas flores, rojas, violetas y amarillas, me emocionó de tal manera que lloré. Lloré como hace mucho tiempo no lo hacía. Lloré de alegría. Más tarde sucedieron otras cosas extrañas, como hablar con un caballo... Pero eso ya es otra historia.

    Hablan los físicos modernos de que hay once dimensiones en el universo. Las tres dimensiones visibles de este mundo, la cuarta del tiempo, una quinta (que desconozco a qué se refiere), y seis más, absolutamente desconocidas. Según sus cálculos y ecuaciones parece que debe ser así... Digo "universo", pero parece que ya se habla habitualmente (ya era hora) del multiverso o de universos paralelos. Dice la Teoría de Cuerdas que posiblemente el Big Bang fue el resultado de un choque (o varios) entre dos de esos universos paralelos, y que no fue el primero sino que hubo más, y los seguirá habiendo. Es decir, que el Big Bang no fue, realmente, una singularidad. A mí, que no sé nada de física, ni clásica ni moderna, me parece lógico que por fin se vea así. Porque siempre me sonó a imposible el que el universo hubiera surgido de la nada. ¿Qué provocó esa extraordinaria condensación de energía y su posterior deflagración? ¿Y dónde estaba anteriormente y de qué forma esa energía condensada o dispersa? ¿En la nada? ¿Qué es "la nada"? ¿Qué sentido puede tener eso de "la nada", si es imposible que algo así exista...? Hablar de un vasto océano indiferenciado, de un magma primigenio, y, por contra, de un orden conformado y armonizado, de caos y de cosmos, lo entiendo, pero el concepto de la nada me parece absurdo.
    Las antiguas sabidurías ya hablaban de una sucesión de "creaciones", de universos que surgen, se expanden y luego se destruyen, para formar nuevos universos. Después del Ragnarok nórdico, en el que morirán todos los dioses y sus mundos, vendrá el amanecer de un nuevo universo con otros dioses y otros mundos. Y esto parece que ha sido, es y será siempre así. A las edades de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro las seguirán nuevas edades, en un nuevo ciclo... De manera que el universo que conocemos puede haber nacido con ese famoso Big Bang, pero esto no representa más que un capítulo en la interminable historia de la vida. Una historia sin principio y sin final. 
    Sea como fuere, y sin querer meterme en laberintos que me caen demasiado grandes, yo me quedo con esas flores silvestres que me hicieron llorar de alegría, las que me encontré en un sueño.
    Lo que significa ese sueño no puedo saberlo, pero me quedo con la afirmación de Jung, de que los sueños nunca mienten... Y en cuanto a Pessoa, no hay problema, porque yo no tengo ninguna filosofía, más allá de cuatro ideas poco hilvanadas, pero dictadas por el corazón. 


Antonio H. Martín
(18 de marzo, 2016)






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imagen 1: de B.I.G. (Banco de Imágenes Gratuitas)
imagen 2: Alan Cleaver


miércoles, 24 de febrero de 2016

En casa




«Lo observo alejarse, vencido y vencedor, ya olvidado en esta ciudad en la que no tiene sitio, y pienso que da a la vez testimonio de la existencia absoluta del hombre y de su absoluta imposibilidad.»

Jean-Paul Sartre



    El viejo Luigi tenía un sueño:

    Meterse en casa... Un piso alto, donde el ruido del mundo sólo llegara amortiguado, suave, lejano, casi inaudible. En invierno, cerrar bien las ventanas y encender la estufa. Una tenue lámpara, el caldeado salón en penumbra, y quedarse allí tranquilo, durante muchas horas, entre los libros, viendo cómo todo pasa despacio, sin prisa alguna, como hacen las nubes cuando casi no hay viento.
    Recogerse en el sillón, frente a la terraza que da al cielo del oeste y, entre Cortázar, Dunsany y Goethe, escuchar el lento resonar de los minutos, gotas de mansa lluvia, como quien navega en una barca por un lago tranquilo. Darle de vez en cuando pequeños cortes al hilo del tiempo, con las tijeras verdes que encontró en aquel otro sueño de hace años, y también horadar poco a poco los espejos con la aguja brillante, la que le regaló la anciana costurera, hasta ver que se puede mirar al otro lado. 
    Después, esos momentos de confluencia entre sus ojos, la lectura y el cielo tras el cristal, hasta sentir que de lejos se acerca la música, una extraña melodía hecha de silencios, agua y estrellas, pero con voz de violín, saxo o piano, un raro aroma de luces, un sabor sin tiempo... Es entonces cuando se abre la puerta invisible, y una magia sencilla e íntima se cuela dentro de la casa como una caricia, esmaltando todas las cosas, también a él mismo. Y fuera brilla la luna, como una sonrisa de la noche.   

    El viejo Luigi... abandonó hace tiempo su sueño. Pero, algunas veces, lo recuerda. 


Antonio H. Martín
(24 de febrero, 2016)





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imagen 1: Amsterdam - Anghelo Flores
imagen 2: Lunar Halo - Dave McGlinche

miércoles, 10 de febrero de 2016

Más allá de este sueño




    Suelen decir los escépticos aquello de que la muerte es algo definitivo, de que no existe ningún más allá y que después de cruzar el umbral la persona desaparece para siempre en la nada... 
    Yo, sin embargo, sin encerrarme en el escepticismo (ni tampoco en creencia alguna), me inclino a pensar que lo que en verdad ocurre no es que el yo desaparezca en la nada, sino que se diluye en el todo. Es decir, que lo concreto abandona su forma temporal y se reintegra en lo abstracto de donde surgió.
    De esta manera, la conciencia sigue viva más allá de la muerte. Ya no se llama María ni Martín, ni Lucía ni Pedro, ni Juana ni José, pero continúa existiendo dentro de la corriente universal, como una gota de agua en el ancho y profundo río de la vida. Para quizá, en algún otro instante del tiempo, volver a concretarse en una nueva forma. 
    ¿Recuerda esa gota, mezclada con el infinito, la vida personal que tuvo antes? ¿A los seres a los que amó y los lugares en que vivió? Seguramente sí, pero ya desde fuera de la ego-burbuja en la que estuvo encerrada durante esa existencia.
    
    Si me leyese algún escéptico, en seguida concluiría que esto que digo es otra simple proyección del deseo de continuidad. Pero lo digo desde una sencilla lógica objetiva, no como resultado de deseo personal alguno.
    Al igual que se afirma que la energía no desaparece sino que se transforma, mi modo de mirar y pensar me dice que es muy probable que suceda exactamente lo mismo con la conciencia.
    Cuando termina un camino siempre nos encontramos con algo, nunca con nada. Puede ser la ciudad o el pueblo que andábamos buscando, un valle, un bosque, un prado, un río, un lago, un mar, un desierto, una montaña, o el comienzo de otro camino, de otro nuevo sueño... Nunca con nada.
    El viaje de la conciencia, de una forma u otra, continúa hasta el infinito.


Antonio H. Martín
(10 de febrero, 2016)


    




lunes, 18 de enero de 2016

El tiempo de antes...



  
    «Qué cansado es esto de vivir para nada... —pensó Sergio Gómez, mientras vaciaba la última copa de esa noche.
    Luego subió a su cuarto, cerró las cortinas (estaba ya cerca el amanecer) y se acostó para intentar dormir. Aunque sabía que, como mucho en dos horas, volvería a estar despierto. Despierto e igualmente cansado.»

Alessandro Castelli
(Cuaderno de penumbra - 2004)



    ¿Por qué nos parece tan diferente el tiempo de antes del tiempo de ahora? Porque se supone que la medida del tiempo no ha variado entre una y otra época... Así que, ¿por qué esa diferencia? Lo que ocurre es simplemente eso que todos sabemos de que nuestra percepción del tiempo es subjetiva. No es en absoluto lo mismo la duración de una hora conversando tranquilamente con un amigo, que la duración de una hora esperando en la estación la llegada del tren. Es decir, la duración objetiva sí es la misma, de sesenta minutos, pero nuestra percepción varía considerablemente según una u otra circunstancia.
    Es por eso que recordamos los años de la infancia y la adolescencia como mucho más largos, en comparación con los de ahora. Porque entonces vivíamos el tiempo de una manera mucho más intensa. Habitábamos bien despiertos y atentos en cada hora del día, casi en cada minuto. Y cada jornada era una aventura, con sus emociones, sus peligros y alegrías, sus descubrimientos y sus pequeños tesoros. Eso alargaba el tiempo, o lo ensanchaba, y trescientos sesenta y cinco días se convertían, como por arte de magia, en mil quinientos o en dos mil.
    Cuando recuerdo mi infancia, muchas veces me cuesta encajar las fechas con los hechos, y me pregunto cómo pudieron pasar tantas cosas en tan poco tiempo... Por ejemplo, entre los siete y los ocho años, transcurrió para mí un tiempo equivalente a más de cuatro años de los de ahora. Hoy, sin embargo, sucede lo contrario, que cuatro años se convierten fácilmente en tan sólo uno.
    De la misma manera, cuando uno recuerda su juventud y compara esa imagen de sí con la que encuentra hoy en el espejo, se puede llegar a preguntar si ambos seres son el mismo... Evidentemente lo son, pero hay tantos cambios entre una y otra visión que se produce el espejismo de que son diferentes personas. Nada que ver, nos decimos, entre aquel joven lleno de ilusión y de fuerza y éste de ahora que, aparte del desgaste físico, pareciera haber perdido aquellas facultades, lo que le deforma tanto con respecto al pasado que da la sensación de ser otro.
    Pero, a pesar de ello, creo que subsiste una línea de plata que —aunque no de un modo claramente perceptible— enlaza ambos tiempos... Hay un fondo personal (quizá nuestro ser más auténtico, nuestra alma o como queramos llamarlo) que está igualmente presente en ambas edades. Aparte de que podamos o no reconocernos en el deformador espejo de los años.
    Esta noche, por ejemplo, hace poco más de media hora, cuando he interrumpido estas notas para bajar a la cocina y combatir el frío con un café, me ha venido un bostezo, y al cerrar los ojos he visto fugazmente la imagen de un sueño, uno en que salía el escenario de un pequeño teatro nocturno en el que me sentí feliz... No sé con qué sentido me ha enviado el inconsciente esa imagen en ese momento, rescatada de mi amplia colección de sueños, pero el caso es que la he visto y me he quedado muy sorprendido. No porque el hecho tenga en sí nada de particular ni de extraño, sino porque ese sueño lo tuve, si mal no recuerdo, ¡hace unos cincuenta años! 
    Lo que me inclina a creer que existe realmente esa línea de continuidad que mencionaba antes, una línea de plata (me gusta llamarla así) que enlaza todos y cada uno de nuestros diversos avatares temporales. 
    Apunto lo del sueño porque en ese brevísimo instante del bostezo, al ver la vieja imagen, me he sentido, literalmente, dentro del sueño. Y la sensación ha sido muy clara: yo era exactamente el mismo de entonces...
    De modo que llego a la conclusión de que aparte de las medidas subjetivas del tiempo, de las diferentes percepciones del mismo, hay un fondo común e inalterable, intemporal, que está más allá de cualquier contingencia o eventualidad. Y también de que hay como una especie de velo, una ilusión, un espejismo que nos hace creer en cambios que en realidad no existen. No en un nivel interior y auténtico, sino sólo en una superficie leve, circunstancial, que toca a nuestro ser únicamente de forma aparente. Ese velo es lo que nos engaña, lo que nos induce a tomarnos algunos cambios como reales, como si nos afectasen directa y profundamente. Es lo que nos hace sentir que las pérdidas y las sombras son definitivas e irremediables y lo que deforma nuestra imagen en el espejo. 

    Así que pienso que la forma de esquivar el tono amargo de la cita del señor Castelli que pongo arriba (de su "Cuaderno de penumbra"), es ser consciente de la capciosidad de ese velo, de esa mala ilusión. No es posible «vivir para nada», porque eso no es propiamente vivir, sino morir. Hay que evitar a toda costa ese cansancio absurdo, basado en algo que en realidad no existe. Es un espejismo que surge de una percepción distorsionada del tiempo, y de un olvido imperdonable de nosotros mismos, que nos sepulta bajo escombros ficticios y envenenados.
    Miremos, pues, atentamente al espejo y al mundo, y veremos que la línea de plata sigue viva, uniendo desde el fondo al paraíso gozoso y aventurero del ayer con este hoy que nos parece tan insulso y anodino. La insustancialidad del tiempo presente, que tan deprisa parece discurrir, y el vacío que lo acompaña son sólo sucios retales de ese velo múltiple y engañoso que, en favor de nuestra existencia, debemos romper.

    Lo que acabo de escribir puede que a algunos les suene a necedad o a simple fantasía, y también puede que lo sea. No soy ningún sabio del tiempo... Pero, sinceramente, es así como lo veo y como lo siento.


Antonio H. Martín
(18 de enero, 2016)

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(dedicado a mi amiga de siempre)



viernes, 23 de octubre de 2015

Sueños con luna




    «... Poseía ese don glorioso aunque funesto, común a los poetas y los niños, por el que con unos pocos detalles insignificantes el alma construye para sí todo un cielo donde habitar.»  

Algernon Blackwood
(El valle perdido - 1910)


    Me dijo hace poco el amigo Alberto Linde que en el país del sueño todas las noches son de luna llena. Al menos, en todos los sueños a los que él había viajado. El sentido de esto se nos escapa... Pero quizá se trate de algo bien simple: es evidente que la luz de la luna llena ayuda mucho a ver con mayor nitidez en un escenario nocturno, y seguramente el inconsciente se sirve de ello para mostrar cualquier detalle valioso del sueño. Aparte del efecto estético que esa luz supone proyectada sobre cualquier paisaje, dotándolo de un cierto encanto, que —no se sabe bien por qué— le da un toque como de magia.
    No creo que Alberto esté de acuerdo con esta apreciación, porque para él (como he señalado otras veces) lo que llama «país del sueño» nada tiene que ver con lo que normalmente consideramos como sueños, sino que se trata de algo así como otra dimensión, con lo cual el propio inconsciente no actúa sobre las características del sueño, ni en un sentido ni en otro. De modo que si en uno de esos sueños o viajes se ve una luna llena es porque efectivamente la hay, no por causa de una manipulación del inconsciente personal del individuo que está viviendo la historia.     
    Mis propios sueños son últimamente demasiado complejos, enrevesados y sin gracia como para contarlos, enredados en exceso en cuestiones que tienen mucho que ver con lo trivial y mundano. Pero no así los de mi amigo, que continúa haciendo sus particulares «viajes» por tierras que muchas veces rayan —o incluso entran de lleno— en la esfera de lo fantástico. Hasta ahora sólo me ha contado pequeños fragmentos sueltos de esos sueños, pero es muy probable que pronto rompa su reserva y me narre alguno de ellos más completamente, con lujo de detalles, visión de conjunto y sentido de historia, con lo que podré escribirlo yo aquí. A mi manera particular, pero intentando siempre ser fiel al relato original de mi amigo.  
    Espero que sea uno de esos sueños con luna llena...


Antonio H. Martín
(23 de octubre, 2015)

viernes, 21 de agosto de 2015

La otra puerta




La otra puerta

(viaje al fondo de un sueño)



I


    Miró por la ventana de su cuarto de estudio y vio una mañana gris, unas nubes enormes que juntas tapaban el cielo, ocultando el limpio y alegre azul. Más abajo, los edificios de siempre, las feas casas anodinas de todos los días, que quizá contenían historias pero cuya voz no trascendía el umbral de un vacío silencio. Y un poco más abajo, en el suelo mojado por la lluvia de la noche, coches, muchos coches que iban y venían en todas direcciones, como si buscaran un destino que no acababan de encontrar, transmitiendo una sensación como de ansiedad, de desasosiego. Todos esos coches circulaban de prisa, sin aliento, nerviosos, y Alberto imaginaba, dentro de cada uno de ellos, a un ser sin aliento y nervioso que tenía una extraña prisa por llegar a algún sitio al que en realidad no quería llegar... 

    La vieja historia de casi siempre, pero que envuelta en el gris de la mañana adquiría un matiz más amargo, más crudo, más infeliz que otras veces. Era un mundo extraño, cuyo sentido se le escapaba, lo que ahora le miraba a los ojos con desprecio. Ese mundo que él sentía como irremediablemente absurdo parecía sentirse a gusto en medio de esta mañana opaca, de esta ausencia de luz y color, sin azul y sin música, Parecía ser su acuarela preferida, su fondo predilecto, y se diría que devoraba cada minuto con rabioso deleite, como un monstruo sucio y gris, de mirada de humo y voz estridente, que sólo existiera para comerse el tiempo, para anular la vida y dejar sólo un rastro irreconocible de lo que podía haber sido y no fue, por su culpa. Era como una gran sombra que transformaba el día en una falsa noche sin historia. 

    Alberto cerró los ojos, como queriendo borrar esa imagen, pero la mañana gris seguía allí, imperturbable, y llevaba un triste mundo sobre su espalda... No quiso mirar más, se fue a la cocina a prepararse un café; tenía frío, aunque había puesto la calefacción hacía más de una hora. Tal vez el frío no era real, tal vez lo que sentía era otra cosa: el gris de la mañana, que se le había metido dentro. Volvió al cabo de un rato a su cuarto y miró otra vez a través de la ventana. Había empezado a llover; diminutas perlas de agua se pegaban en el cristal y hacían que la mañana fuera aún más extraña y borrosa, más lejana y más oscura. Aún así, Alberto siguió mirando, quizá con el deseo inconsciente de encontrar algo, algún pequeño detalle que pudiera salvar la mañana con una leve sonrisa; el juego de un perro, el vuelo de un gorrión, el saludo cimbreante de un árbol...



II


    Pero no encontró nada de eso. En su lugar, vio venir desde lejos a una figura pálida, una presencia entre las nubes que se acercaba lentamente. En seguida reconoció sus ojos tristes y apagados, su boca fruncida, el suave gesto de su mano abierta que parecía querer sujetar algo que ya no estaba entre sus dedos... Sí, era ella, volvía a él como si la hubiera llamado, como si le perteneciera. Salía del espejo de la mañana y le miraba con sus ojos heridos. Le lanzaba preguntas antiguas que no podía responder. Alberto se limitó a saludarla:
    
    —Hola, Melancolía, ¿qué haces aquí? No te he llamado, ¿por qué vienes? ¿Te ha traído esta mañana gris?

    Ella no respondía, sólo le miraba fijamente y en sus ojos empezó a arder un fuego extraño, una llama azul que le trajo viejos y dolorosos recuerdos. 

    —¡No, no lo hagas! —exclamó Alberto, asustado y tembloroso; sabía bien lo que se le venía encima y no quería volver a pasar por ese trance.— ¡No me mires así! No te he invocado. ¡Vete!

    Pero la dama triste seguía hiriendo con su mirada, cada vez con más fuerza, con más fuego, hasta que Alberto empezó a ver que la mañana se transformaba, que desaparecía el gris y la lluvia y ante él se abría un paisaje maravilloso, hermoso y apacible como un antiguo sueño de juventud.
    Ya no veía el mundo conocido; no había gente nerviosa, ni feas casas anodinas, ni humo ni ruido. Ante él sólo había un valle espléndido rodeado de montañas azules, y un cielo abierto y luminoso donde un tranquilo sol conversaba con nubes blancas, donde resonaba el murmullo de un arroyo cercano y una suave brisa hacía danzar a las flores...

    —No, Melancolía, no me hagas esto. Lo que me muestras no existe, es sólo una imagen del pasado, un bello recuerdo de algo... muerto.

    La voz de Alberto era sólo un susurro. Y sin dejar de mirar ese paisaje, comenzó a llorar. Sus lágrimas, largo tiempo guardadas, resbalaron en silencio por sus mejillas.
    Entonces, oyó la voz; lejos al principio, pero cada vez más cerca:

    —¡Alberto! ¡Albertooo! ¿Dónde estás? 

    Se restregó los ojos, apartó las lágrimas y miró a la lejanía... ¡Sí! ¡Era ella! ¡Ella! Quiso gritar su nombre, «¡Yolanda! ¡Yolanda!», pero no oía su propia voz, no tenía voz. La muchacha estaba lo bastante cerca y pudo ver su cara, sus ojos castaños, su pelo largo y oscuro, su fina boca que antaño había besado con pasión, esa boca en la que muchas veces había visto la más dulce de las sonrisas, y esos ojos que le habían mirado a él, a Alberto, con el brillo del más sincero e intenso amor.

    —¡Esto no puede ser! ¡No esta locura! —exclamó.

     Reunió entonces toda la fuerza de que era capaz en ese momento, apretó los puños y golpeó el cristal de la ventana mientras gritaba por fin:

    —¡Yolandaaaa!



III


    Pero su esfuerzo fue inútil. Todo lo que vio ante sí fue el rostro encendido de Melancolía, que le seguía mirando fijamente a los ojos. Y detrás ya no estaba el hermoso valle, ni la magia que contenía. El sueño se había roto, como si fuera una película adherida al cristal de la ventana y se hubiera hecho añicos con ella. 
    Alberto comprendió... Había llegado la hora, su hora; ya era tiempo de hacer lo que debía hacer. No tenía sentido seguir alargando la espera. ¿Qué hacía él aquí? Este no era su mundo, aquí nunca iba a encontrar nada que le colmara, ninguna copa que saciara su sed. Andaba siempre a vueltas con el anhelo de lo infinito, de lo absoluto, y lo único que encontraba eran pequeñas migajas, restos que otros habían dejado en su camino y que no le servían para encontrar el suyo. Sólo eran viejos letreros en medio del bosque; ayudaban al caminante perdido, pero carecían de la fuerza para caminar. No eran fuentes de energía. De los letreros no surge esa fuerza, sólo orientan, indican el camino, un posible rumbo a seguir, pero es uno mismo el que tiene que caminar, y Alberto no encontraba la fuerza y el coraje necesarios para hacerlo. 
    Su anhelo de infinito no se traducía en nada espectacular y grandioso. Alberto no deseaba volar a las estrellas o conquistar un mundo. Para él lo infinito podía encerrarse en un pequeño sueño, una esfera mágica donde la vida se hiciese redonda y pudiera amarse a sí misma. Esto le bastaba. Pero aún esto tan sencillo le resultaba imposible. Por todas partes crecían barreras, algunas casi tan altas como montañas, que le impedían llegar a la meta, que le cortaban el paso y le robaban hasta la más pequeña de las alegrías. 

    Estaba cansado de tantas sombras, harto de tanto dolor sin recompensa, de tanta lucha sin victoria. Todos los días eran breves batallas contra el monstruo del absurdo, y todas resultaban perdidas. Había noches en que conseguía dar algún paso, rescatar del vacío algo de valor, con lo que poder respirar un aire más puro y libre, un mínimo brillo en medio de la oscuridad, pero el día siguiente se encargaba siempre de destruirlo, lo convertía en arena entre las manos, quemaba con una dura luz cualquier rastro del sueño. 
    Y ya no quería más de esto. Ya era bastante, demasiado. Había tenido que venir la vieja dama triste para recordarle su camino, y estaba bien que así fuera. Esta mañana gris había sufrido su último dolor. Alberto se levantó y dirigió una última mirada a la dama del vestido de gasa y los ojos penetrantes, de los que había surgido la imagen de su perdido sueño. La miró un instante, sonrió y se marchó hacia otra parte de la casa.
    Arriba, en el viejo desván, escondía Alberto su secreto más valioso. Dentro de un arcón, envuelto en paños como si fuera una joya, estaba el libro.



IV


    Lo encontró hacía mucho tiempo, mientras rebuscaba en una librería de anticuario, y nada más verlo, sin saber qué contenía, supo que debía ser suyo. Fue como si el libro le llamara... «Seguro que es un códice antiguo —pensó, fantaseando—, o tal vez un simple compendio de leyes o recetas del siglo XIX, o a lo sumo del XVIII; pero me encanta su cubierta y esos adornos tan raros que exhibe...» Esto lo pensaba porque, extrañamente y en contra de lo acostumbrado en estos sitios, el libro en cuestión estaba cerrado, cubierto por una fina capa de plástico transparente. Sabía además que sería inútil preguntar al librero, porque solía comprar los libros a bulto, y no tendría ninguna idea sobre su contenido. Y tampoco quiso pedir permiso para abrirlo; no era necesario.
    Se llevó el libro a casa por un precio que estimó aceptable, y una vez allí descubrió que no era ningún antiguo códice, escrito en latín y con exquisitas miniaturas que aún no habían perdido del todo su color, como vagamente dejaba sospechar su apariencia; ni tampoco un conjunto de leyes, normas o recetas, sino un libro moderno del siglo pasado, de 1902, escrito por un tal Joseph Howard, que se decía erudito en ciencias ocultas. Estaba escrito en inglés, aunque se adornaba con un pomposo título en latín, Somnus Limen. Por supuesto, no le importó y en seguida aceptó al libro como un pequeño tesoro. Lo interesante vino después... 

    Durante años, Alberto bajaba el libro del desván, donde prefería que estuviera para preservarlo de eventuales miradas indiscretas. Y al abrigo de la noche, encerrado en su cuarto, leía con avidez y creciente interés lo que allí estaba escrito. Según se daba a entender, el autor no era precisamente un erudito, ni profesor de ciencia alguna, sino un viajero, un explorador de lo que él mismo denominaba simplemente como The Dream's Land, el país del sueño.
    Era emocionante seguir los distintos y jugosos capítulos donde Howard narraba sus «viajes» a ese país de maravilla, sus descubrimientos y extraordinarios hallazgos. Pero lo más interesante era que este onírico viajero tuvo la inapreciable deferencia de explicar ciertas normas para quien quisiera seguir sus pasos y adentrarse en ese otro mundo. Algo así como una guía de viaje, que incluía fórmulas secretas que servían para abrir las puertas y poder pasar al otro lado. 
    En un principio, Alberto leyó todo esto como si se tratara de una novela de Verne, o más bien como una colección de cuentos de Hoffmann o Dunsany. Pero una de esas noches se atrevió, movido por la curiosidad o por simple impulso lúdico, a poner en práctica las fórmulas detalladas por Howard. 
    Lo que ocurrió después fue para él un suceso de lo más extraño y fantástico que había vivido nunca. Alberto consiguió efectivamente traspasar esas puertas y «viajar» al país de los sueños.
    Y lo que esto significara realmente no le importaba lo más mínimo. Lo valioso para él era que vivía intensamente esas experiencias, que sentía que estaba allí, en la tierra de los sueños, y que nunca antes se había sentido tan vivo. La autenticidad de estos «viajes» era para sus sentidos algo que estaba fuera de toda duda. Y le parecía absolutamente irrelevante ponerse a discutir sobre ello. Lo que pudiera decir un psicólogo al respecto le daba igual. Carecía de valor la opinión de nadie, por muy científico que fuera, en un mundo que ni siquiera tiene una consciencia cierta de su propia realidad, y que época tras época va cambiando su visión de la misma. 
    Así que Alberto se aficionó sin restricciones a esas lecturas nocturnas y a sus consiguientes «viajes». Varios años estuvo usando la magia del libro; muchas y extraordinarias fueron sus vivencias. Y precisamente allí, en ese país del sueño, fue donde conoció a la mujer de su vida, a Yolanda. 
    Pero parece ser que es cierto lo que se dice de que toda felicidad es transitoria... Sin que mediara una razón poderosa para ello, pero tal vez influido por multitud de pequeñas razones que constantemente le asediaban, Alberto fue distanciándose paulatinamente de su actividad onírica. Cada vez subía menos al desván para tomar el libro y usarlo para sus propias incursiones en esa amada tierra ya no tan desconocida, pero siempre maravillosa y sorprendente. 

    En cierta ocasión, se atrevió a confesar todo esto a su amigo más íntimo, a Martín, que también era muy aficionado a los sueños y propenso a todo lo que oliera a fantasía, y éste le contestó que el problema venía de su amor por Yolanda. Esa relación era tan buena, tan perfecta, que la sombra del miedo se había aliado con el frío de la duda, porque la mente no podía aceptar que algo tan bueno fuese real. 
    Puede que el amigo tuviera razón. El caso es que Alberto dejó una noche de bajar el libro, y poco a poco se fue olvidando de él. Su vida cambió. Salía con gente a divertirse por las noches, se pasaba horas y horas hablando de temas intrascendentes, conoció a varias mujeres y tuvo algunas relaciones que aparentaban ser serias, pero que nunca terminaban de cuajar. 
    Pero después de unos meses, lentamente, sin que se diera cuenta, le desapareció esa fementida alegría, se volvió irascible y huraño. Se convirtió en un ser intratable que todos rehuían. Y a Alberto se le llenó de frío el corazón.
    Ya casi no salía de casa, sólo lo imprescindible, y encerrado con sus pensamientos, a solas entre las cuatro paredes desde donde los libros, los viejos amigos, le miraban en silencio, una tarde triste y apagada de otoño le visitó por primera vez la Dama del vestido de gasa y lánguidos ojos, la de la mano inerte que parecía aferrarse a un objeto inexistente. Y aquel encuentro le dolió en lo más hondo. 
    Pero la Dama siguió viniendo, pasaba un rato a su lado sin decir nada, y luego se iba. Pero siempre, antes de marcharse, le dejaba un recuerdo sobre la mesa, cualquier cosa, una hoja seca, un verso, la estrofa de una canción, el dibujo de una gema de azul intenso, el pétalo de una flor, la huella de un beso... 

    Alberto no entendía al principio qué significaban aquellas cosas. Las miraba sin comprender, las cogía y cerraba los ojos con fuerza intentando recordar. Hasta que cierto día un susurro le vino desde muy lejos, como desde más allá del tiempo y el espacio, como si fuera el eco perdido de un sueño, y ese susurro le dibujó claramente los trazos de un nombre en el aire, un nombre de mujer: YO...LAN...DA... 



V


    Alberto cerró la puerta del desván con llave desde dentro. No quería ninguna interrupción. Vivía solo y nadie iba a molestarle, pero así se sintió más seguro. Después corrió las pesadas cortinas de color granate y en el desván se hizo la noche. Encendió la pequeña lámpara que había sobre la mesa, para poder moverse entre tanto trasto sin tropezar, y se dirigió hacia el viejo arcón. Allí estaba el libro, el grimorio que tantas veces, en un pasado más feliz, había usado como una llave hacia otros mundos. 
    Mucho tiempo lo había tenido olvidado y ahora había llegado el momento de volver a su magia, pero no para hacer un viaje más, no para embarcarse en otra fantástica aventura en el país del sueño, no. Esta vez no iba a ser un viaje de ida y vuelta. Quería ir hasta el fondo del sueño... Alberto sintió todo el peso de lo que iba a hacer. La duda y el temor a equivocarse estaban ahí, junto a él, intentando detenerle, pero era inútil: la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás. 

    Buscó la página que quería y dejó el libro abierto sobre la mesa. Volvió a leer la seria advertencia del principio, donde se avisaba al desprevenido viajero soñador de que aquello no era una empresa más y que, de seguir adelante, se enfrentaba a un cambio definitivo de su propio destino. Aquí el amigo Howard era muy claro y directo. Se notaba que sabía bien de qué estaba hablando, no porque él hubiera llevado a cabo ese último viaje —dado que volvió a este mundo, escribió el libro y lo hizo publicar—, pero parece que conocía bien el caso de alguien que sí lo había hecho y se sentía en la obligación de avisar sobre el carácter irreversible de ese paso. 
    Pero Alberto ya estaba subido a la nube y no pensaba bajar. Se sentó frente al libro, y a la débil luz de la lámpara empezó a leer en voz alta el hechizo... 
    Sabía de esta fórmula mágica desde hace tiempo, pero nunca pensó en usarla. Ahora era diferente. Su voz ronca resonaba extrañamente en el silencio del desván. Parecía como si esas antiguas palabras flotaran en el aire con entidad propia. Alberto cerró los ojos y siguió repitiendo la fórmula, que ya guardaba en su memoria. En su oscuridad el sonido de las palabras se iba transformando en imágenes, en formas confusas y borrosas que se movían. Abrió un instante los ojos, para comprobar si era fruto de su imaginación, pero aquellas formas seguían presentes ante él, oscilando y retorciéndose por el aire del desván, como extrañas figuras de otro mundo. 
    Al cabo de un tiempo, Alberto vio por fin la cueva, la oscura cueva en la que había estado otras veces y que era como la antesala de sus viajes al País del Sueño. Siguió el camino conocido y ante sus ojos, pequeña y lejana al principio, apareció la luz. Un brillo azul que relucía allá en el fondo de la cueva, entre espesas sombras. Caminó hacia ella y llegó a un espacio más amplio. Allí estaba, como siempre, la vieja puerta por la que había entrado en múltiples ocasiones al País del Sueño. Estuvo tentado de tocar la brillante gema azul que hacía las veces de llave; sabía bien que sólo con poner su mano sobre ella la puerta se abriría y el camino hacia los sueños estaría abierto. Pero esta vez no había venido con esa intención, buscaba algo más, mucho más. Quería nada menos que cambiar de mundo, y quedarse allí para siempre. 

    Pasados unos minutos, que le parecieron interminables y en los que llegó a sospechar que el hechizo no funcionaba, consiguió encontrar lo que quería: la otra puerta. No era fácil verla porque su color se confundía con el de las paredes de la cueva, y porque en ella no brillaba gema alguna. Sobre la antigua madera sólo resaltaban unos extraños signos que no pudo descifrar. Pero daba igual, tenía la certeza de que esa era la puerta que buscaba, porque en anteriores incursiones, y después de explorar a fondo la cueva, nunca había visto otra puerta, sólo la de la gema azul. Y éste era el efecto del hechizo: hacía visible la otra puerta, la entrada definitiva. 
    Alberto sintió que el pulso se le aceleraba ante esta puerta, que no sólo significaba el paso a otro mundo, también a otra vida. ¿Cómo se abría esta puerta? El libro no decía nada sobre eso... Puso sus manos abiertas sobre la vieja madera arañada por el tiempo, y dejó que su corazón se inundara de sentimientos. Recordó el valle, las montañas azules, la brisa y, sobre todo, la mirada y la sonrisa de Yolanda.

    Parece que eso hubiera servido de llave, porque a continuación se abrió ante él un torbellino de luces y fuerzas que le atrajo hacia el interior. La puerta había desaparecido y Alberto sintió que caía vertiginosamente en lo que parecía un pozo sin fondo. A su alrededor podía ver imágenes cambiantes, miles de figuras, entre las que reconoció escenas de su propia vida... ¿No era esto lo que decían que pasaba cuando uno se acercaba a la muerte? ¿Se habría equivocado de puerta? Pero ya no había vuelta atrás, el regreso era imposible, y Alberto seguía cayendo en esa tiniebla circundada de luces indescriptibles y figuras de otros tiempos, quizá de otros mundos... Un raro sonido, como el zumbido del vuelo de muchas aves mezclado con el tronar de una cascada lejana, acompañaba esta caída hacia lo desconocido. Pero a Alberto le pareció oír también retazos de música conocida, que había escuchado y gozado en su vida normal, en su mundo ahora ya perdido y lejano. 
    Logró ver una última imagen antes de hundirse en la más absoluta negrura. Era el rostro de la vieja dama triste, Melancolía. Le miraba fijamente con sus grandes ojos, pero esta vez algo había cambiado... Su mirada aparecía brillante, luminosa, alegre. ¿Cómo podía ser? Inevitablemente, le recordó otros ojos, otra mirada... 
    Después, se hundió en la sombra. 



VI


    Una fuerte lluvia golpeaba con obstinación el tejado de la casa. Alberto la oía como un sonido lejano y extraño que no lograba identificar, y se le mezclaba con el zumbido insistente de su cabeza. Se sentía mareado y confuso... ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? 
    Abrió lentamente los ojos y se encontró tirado en el suelo del desván. Ante él estaba la mesa y sobre ella el libro abierto, mudo testigo de su reciente aventura sin final, de su viaje a ninguna parte... La cruda realidad le cayó encima como una pared de sombras, como un pozo de silencio.

    —No ha funcionado. ¡Sigo aquí! 

    Alberto pronunció esas palabras sin dar todavía crédito a lo que veían sus ojos. Era muy duro para él tener que aceptar que todo había sido en vano. ¿Qué había hecho mal? ¿En qué se había equivocado? 
    Recordaba haber atravesado la puerta secreta, haber caído en un largo túnel rodeado de imágenes y sonidos y luego... la nada. Y aquí estaba ahora, en medio de esta otra nada, mirando como un idiota las cuatro paredes del viejo desván y, sobre todo, la mesa con el libro abierto, con el libro inútil que no le había servido para consumar el viaje que con tanta fuerza había anhelado. 

    Se sintió preso de una densa telaraña, incapaz de moverse, de pensar con claridad, como un insecto al que sólo le queda resignarse a su suerte. Pronto vendría la hacedora de la red, con sus ocho ojos fríos, y le inocularía su veneno. Se incorporó y volvió a fijar su mirada en cada detalle, en cada objeto, en cada resquicio de luz, en cada sombra. Sí, no había ninguna duda, estaba en el desván, en su casa, nada se había movido, todo estaba igual. 
    Poco a poco su conciencia se fue templando y recuperó el tono triste de los últimos tiempos, triste pero seguro en su frialdad. Era la actitud que le acompañaba y a la que se había acostumbrado. Le servía de tabla para seguir a flote en medio de un mundo que no podía amar. Era su patético seguro de vida.
    Alberto se acercó a la mesa, miró el libro, que seguía abierto en la página en que se hallaba el capítulo de «La Otra Puerta», y observó un detalle en el que no había reparado antes: junto a las extrañas palabras del hechizo había unos signos, y le pareció que eran los mismos que vio impresos sobre la puerta oculta que había logrado encontrar en la cueva. ¡Pero qué importaba ya eso! Ahí estaban los antiguos signos, indescifrables, seguramente mágicos, pero su vida estaba aquí, donde siempre. Y su amable sueño existía en algún lugar lejano al que ya no tenía acceso. Había perdido la gracia de viajar, y quizá por eso el sortilegio de los signos y las palabras no había funcionado con él. Cuando el alma se endurece, se cierran las puertas... 

    Cerró el libro y volvió a guardarlo en el viejo arcón. Seguramente no volvería a abrirlo. ¿Para qué? Ni siquiera pensó en tratar de usar de nuevo la puerta de antes, la de la gema azul, e intentar un último encuentro. En su situación actual no soportaría volver a tocar el cielo con las manos durante un breve lapso de tiempo para luego tener que regresar otra vez a lo gris. No, sería demasiado cruel. 
    Pero... ¿y ella? ¿No vería con buenos ojos un nuevo encuentro? ¿Aunque fuera el último, la despedida? No, pensó, era inútil y absurdo. ¿Para qué alargar el sufrimiento? Si lo imposible era imposible, cualquier cosa que se hiciera al respecto no haría sino añadir más piedras a la muralla, más peso en el lado negativo de la báscula; no haría sino alargar más la distancia... ¿Qué diferencia hay entre querer viajar a una estrella como Sirio, que está a ocho años luz, o a otra como Betelgeuse, que se encuentra a más de quinientos años luz? La diferencia es ninguna, porque ambos destinos son imposibles. 
    Así pues, que otros se dedicaran a fantasear. Él ya estaba en su sitio. Había viajado al País del Sueño muchas veces y había visto maravillas sin nombre; había incluso rozado el paraíso, pero todo eso acabó. Se sentía agradecido por lo vivido, pero no quería volver. Porque la flor del sueño es demasiado... bella, para poder olvidarla, demasiado buena para que el corazón pueda soportar la separación y la distancia. Es mejor dejar que el tiempo cubra los recuerdos con el polvo de los días, con el peso de los años, que proporciona el bálsamo de un tenue olvido... Y aprender a vivir en este presente que no nos gusta y al que odiamos a veces. Pero guardando siempre el brillo azul, la esencia de ese recuerdo, por el que sabemos que es verdad que en algún lugar del desierto hay un pozo escondido.



VII


    Después de salir del desván, bajando las escaleras hacia su cuarto, Alberto iba pensando en esta última experiencia con el libro, en este viaje fallido. Aún estaba algo aturdido, pero los recuerdos iban aclarándose en su mente por momentos. Volvía a ver las imágenes fugaces que presenció durante su caída, volvía a escuchar el estruendo mezclado con música que le acompañaba y... sí, también aquella última imagen de la dama Melancolía sonriendo... A la vista de los hechos, se le escapaba el sentido de aquella sonrisa... Pero, en fin, ya estaba bien de mezclar la realidad con los sueños. ¿Sentido? No tenía por qué tener un sentido. Y además, los sueños manejan un lenguaje diferente al de la vigilia, un lenguaje muchas veces extraño que parece hecho con jeroglíficos procedentes de un tiempo muy lejano, y es muy difícil descifrarlo y entenderlo. 
    Abrió la puerta de su cuarto. Allí seguían sus libros, su mesa de escritorio, su sillón. Todo como esperando su presencia para recobrar la vida. Se sentó y cerró los ojos para descansar un poco. No tenía la certeza de haber viajado realmente. Puede que la visión de la cueva, las puertas y la caída sólo fuera eso, una visión, pero se sentía muy cansado, como si hubiera caminado una larga distancia. Así que el cuerpo agradeció la postura, y Alberto se quedó profundamente dormido. 

    Al despertar, al cabo de una o dos horas, sintió frío y entonces se acordó de la ventana. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Seguro que había entrado la lluvia y había mojado hasta los libros... Fue en busca de un cartón para taparla y cuando volvió se quedó estupefacto... ¡La ventana estaba intacta! Recordaba muy bien haberla hecho añicos hacía poco, cuando vio por última vez a... 
    Abrió la ventana, que estaba en perfecto estado, y se asomó al exterior. Ya no llovía, pero la mañana seguía siendo gris, y estaba envuelta en niebla. No se veía nada más allá de unos pocos metros. Alberto volvió al sillón e intentó poner en orden sus pensamientos. ¿Por qué la ventana estaba bien? ¿No la había roto de un golpe hacía poco? ¿O es que todo, todo había sido un sueño? 
    El libro, el hechizo, la cueva, la puerta de la gema azul, la otra puerta oculta, la caída hacia lo desconocido entre luces, formas y sonidos... ¿todo había sido un largo, intenso y extraño sueño?

    Alberto no esperó más y subió corriendo hacia el desván. Descorrió las pesadas cortinas y una tenue luz gris iluminó débilmente la estancia. No tenía tiempo para encender la pequeña lámpara. Abrió el arcón, lo cual le costó cierto esfuerzo porque parecía que hubiera permanecido cerrado durante años, y ante él se mostró... el vacío. ¡El libro no estaba! ¡Allí no había nada, salvo unas cuantas telas viejas! 
    Se dejó caer en el suelo, preso de la confusión. Otra vez en el aire, sin saber qué había pasado... ¿Por qué no estaba el libro? Los pensamientos corrían por su mente a velocidad de vértigo y no conseguía encontrar un punto seguro donde detenerlos. 
    Si el libro no estaba puede que también fuera parte del sueño, como la ventana rota, y entonces... ¿todos sus anteriores viajes al País del Sueño habían sido sólo imaginaciones? Eran conclusiones muy rotundas que no podía aceptar fácilmente sin sentirse herido en lo más hondo. Todas esas experiencias maravillosas, ¿sólo sueños subjetivos...? ¿el producto de una simple siesta? Todo, tan vívido, tan real ¿era sólo una fabulación de la mente para ocupar y entretener un descanso cotidiano?
    ¿Yolanda era sólo... un sueño? 

    Pero la evidencia golpeaba sus sentidos con fuerza: el libro no estaba, y daba la impresión de que nunca había estado allí, de que nunca había existido... Alberto bajó la cabeza y una vez más, en silencio, lloró amargamente. 



VIII


Epílogo.


    No se sabe cuánto tiempo siguió Alberto postrado en el desván, ante un arcón vacío. Pero sí sabemos bien lo que aconteció después. Se irguió, agotadas ya las lágrimas, y se encaminó hacia la gran ventana circular, siguiendo un rayo de luz que penetraba a su través. Se había levantado la niebla y la mañana gris terminaba convertida en una apacible y luminosa tarde de otoño.
    Alberto observó asombrado el paisaje que se extendía risueño ante sus ojos. Las calles con sus coches ruidosos y humeantes y las feas casas anodinas habían desaparecido, y en su lugar pudo contemplar un hermoso valle rodeado de montañas azules. 
    Pero en el corazón del amigo Alberto ya no había cabida para la sorpresa, ni tampoco para la duda ni el desaliento. Simplemente, sonrió ante la escena que se le mostraba y la aceptó sin más. Ni se le ocurrió pensar que aquello que veía pudiera ser solamente un sueño. Y si lo fuese, tampoco le hubiera importado. Porque había aprendido lo caprichosa que puede ser la línea que separa uno y otro mundo, y que los seres y las cosas se mueven constantemente entre las esferas, en una danza interminable, a veces amarga y otras veces gozosa. 

    Pasados unos largos minutos de contemplación, en los que disfrutó respirando el limpio aire del valle, Alberto llegó a ver una figura lejana que le saludaba desde la distancia... Una mujer, con larga melena castaña y un vestido claro, le hacía señas desde el camino que había junto al arroyo. 
    No lo pensó ni un segundo. ¡Era ella! El pecho se le llenó de alegría y bajó corriendo las escaleras del desván.

    —¡Yolanda! 
    —Alberto, sabía que encontrarías la forma de volver.
    —Yo... 
    —¿Te quedarás? 

    La respuesta de Alberto no se hizo esperar y aquellos dos seres, que parecían destinados el uno para el otro, se fundieron en un cálido y tierno abrazo. Cuando se besaron me pareció, a mí, que observaba la escena desde una prudente distancia, que un brillo azul surgía de la unión de sus labios, y eso me recordó la gema de la puerta. Sí, la puerta que yo mismo descubrí hace mucho tiempo, la fabulosa entrada al País del Sueño.
    Y, debo confesarlo, me sentí orgulloso de haber escrito aquel libro.


Joseph Howard 


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Antonio H. Martín
(2008-2015)