Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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sábado, 17 de junio de 2017

El país de las maravillas




    Arturo Melgar desapareció hace algunos años de nuestro ambiente de amigos. Dos o tres, quizá cuatro; no recuerdo bien. Y no puedo saber si ha muerto o sigue aún vivo. Sólo puedo decir que se esfumó de nuestro entorno habitual, en el que nos reuníamos con frecuencia, en distintos lugares, y que hace mucho tiempo que no se sabe nada de él. La última noche que recuerdo nos vimos en la tertulia de un café, puede que en Salamanca. De este dato tampoco estoy del todo seguro, porque mi memoria está algo difusa al respecto. En aquellos días yo andaba pendiente de otras cosas, más personales, de otra índole, y no prestaba mucha atención a esos detalles. Simplemente estaba allí, disfrutaba de los momentos, de la buena compañía, pero sin anotar mentalmente los pormenores de esos encuentros. Cuando una corriente más fuerte te atrae o te ocupa, el apercibimiento de lo demás, de lo otro, pierde fuerza y queda difuminado.
    Pero, aún así, recuerdo bien a Arturo. Era buen conversador, afable y culto, empático. Sabía escuchar, y solía encontrar la manera de introducir, en el momento apropiado, un comentario acertado e incluso chispeante en cualquier tema que estuviésemos debatiendo, ya fuera de política, filosófico o de astronomía. 
    Como he dicho, no puedo saber por qué se fue. Sin despedirse, sin decir nada, ni siquiera dejando una breve nota. Quizá Arturo emprendió un viaje lejano, y aún sigue en él, por motivos que desconozco. O tal vez algo se lo llevó...

    El caso es que hace poco, tan sólo unas semanas, otro amigo del círculo, el bueno de Sergio Gómez, encontró (digamos que por casualidad), en un hotel de Segovia en el que se había hospedado Arturo pocos meses atrás, un cuadernillo que le perteneció. Había alquilado allí Sergio una habitación para unos días, por una visita de negocios, y sucedió la extraña suerte de que el encargado del hotel le recordó nada más verle, al igual que también recordaba al amigo Arturo... Este encargado y recepcionista del pequeño hotel provinciano, quizás el dueño, de cuyo nombre no me acuerdo, había participado algunas veces en nuestras tertulias, aunque sólo como espectador. Pero con un evidente interés que se le notaba en la mirada. Detalle que sí recuerdo, porque le observé y me extrañaba que nos acompañara en esas tertulias, que llegaban a veces hasta la madrugada, sin decir nada, sin quejarse, pero siempre atento a todo lo que allí se decía. 
    Pero, bueno, cosas de la vida, el asunto es que cuando Arturo se marchó de allí dejó algunas cosas personales. No sé si por distracción o por prisa. Nada importante: objetos de aseo, una camisa, un par de zapatos, un sombrero y... un cuadernillo de notas. 
    Y en este cuadernillo, esta pequeña libreta, que ha llegado a mis manos gracias al amigo Sergio, me encontré anoche con unas líneas que me gustaron. En ellas escribió Arturo sobre lo que él denominaba "El país de las maravillas". Y esas líneas son las que voy a transcribir ahora.


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    El país de las maravillas existe, ¡ya lo creo que existe! Pero no está oculto en una mágica región subterránea o de otra dimensión, a la que se accede tras bajar por un profundo pozo, mientras se persigue a un fabuloso conejo blanco con reloj, como en el cuento de Carroll. 
    El país de las maravillas se descubre viendo a este mundo de un modo diferente; poniendo una especial actitud del corazón en la mirada.
    No estoy hablando de utopías. No doy a entender que el mundo es susceptible de cambiar sólo con que sus habitantes cambien el tono de su voz y su mirada. Pero, quizá sí sea posible introducir un matiz que, poco a poco, lo vaya mejorando. Eso hablando en general. En lo personal, hoy puede uno mismo encontrar en su entorno ese País de las Maravillas...

    No tengo ya edad para jugar con conceptos ilusorios, del orden de los que solíamos rozar en la juventud, un poco fantaseando. Necesito realidades concretas y tangibles, que pueda palpar y experimentar ahora mismo. Y de lo que hablo ahora tiene que ver con esto último, a pesar de que pueda parecer lo contrario.
    Las maravillas a que me refiero no son fantasías de cuento, sino una forma distinta de percibir la realidad. No es un intento de "dorar la píldora", sino el acto, casi mágico, de mirar de otro modo, poniéndo énfasis en detalles que normalmente nos pasan desapercibidos.

    No sabemos si la "veladura" que uno puede poner sobre las cosas con esa particular mirada es un engaño o un descubrimiento. Pero en todo caso lo que está claro es que nos ayudará a vivir un poco mejor.   
    Pero, ¿es el mundo transformable, en alguna medida, según nuestra actitud y voluntad? No sé casi nada de física cuántica ni de misticismos milenarios. Y si algo sabía, lo he olvidado. Aún así, resulta sorprendente observar cuántas diferentes visiones del mundo coexisten en el mismo mundo. El mundo es el que es, lo veas como lo veas y pienses lo que pienses. Todas esas visiones son sólo subjetivas. Pero llegamos aquí a la orilla del océano, por el que navega ese barco inquisitivo en cuyo casco está escrita esta antigua pregunta: "¿Qué es la realidad?"

    El país de las maravillas está justo detrás del muro, sólo unos pocos metros más adentro de la conciencia. Detrás de ese muro mental que el espíritu del mundo erige ante nuestros ojos, para condicionar nuestra visión y, consiguientemente, enclaustrar nuestro vivir. 

    He visto documentales, supuestamente de origen gnóstico, que aseguran que este planeta Tierra es en realidad el infierno. Hasta Aldous Huxley escribió en una ocasión que la Tierra es el infierno de otro mundo... Puede que tengan su parte de razón, visto el "desarrollo" histórico de la humanidad a lo largo de los siglos. Pero, aún así, me reafirmo en mi idea de que también aquí está el País de las Maravillas.

    "... Pero por mucho que afines tu mirada hacia la maravilla y lo positivo y luminoso, si te encuentras de noche con una hambrienta manada de lobos, de nada te va a servir..."

    ¿Quién dice eso? ¿Es acaso cierto?... ¿Quién me asegura que, sabiendo mirar, acertando en la diana del centro del universo, no pueda hacerme amigo de esos lobos, y, fuera de conflictos, de hambres, deseos y luchas, pasear con ellos bajo la luz de la luna?... 


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    Decía antes que quizá a Arturo algo se lo llevó... Pero, después de leer las olvidadas notas de su vieja libreta (aparte de si hubiera o no una incipiente locura), pienso que ese algo no fue ninguna pena, sino una alegría. 
    Una que se le mezcló con el agua lunar de algún buen sueño.



Antonio H. Martín
(17 de junio, 2017)





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música: Here's to Life - Laura Simó y Pedro Ruy-Blas

domingo, 7 de agosto de 2016

Nevermore... Forever




    Recordó el viejo Daniel, en una noche de agosto con estrellas y una preciosa luna en cuarto creciente, movido por los caprichosos aires de la memoria, aquel relato de Edgar Allan Poe en el que se repetía la palabra —como un grito desesperado— de "Nevermore! Nevermore!"... O sea, el famoso poema de El cuervo, con el que quizá se sintió identificado en otro tiempo.
    Hoy, sin embargo, desde una cierta serenidad, pensó que le hubiese dicho al amigo Poe que se quitara esa niebla de la cabeza y dejase que su corazón volara libremente. Y respecto al cuervo (a no ser que quisiese tenerlo como animal de compañía), le hubiera aconsejado que volviese a abrir la ventana para que se fuera con viento fresco y se llevara su oscura música a otra parte.
    A estas alturas de la vida, rayando los sesenta, ciertas nubes románticas habían quedado ya obsoletas. Habían caducado. Nubes pasajeras de un desvaído color azul, pálido y algo tristón, que, afortunadamente, ya no cubrían su cielo. 
    Así que aceptaba hoy ese oscuro "Nevermore" casi como si fuese una luz, un mágico y alegre rayo de luna entre las sombras. Como si fuera una buena música, de esas que te hacen sonreír y bailar, por fuera y por dentro.
    La verdad es que entre las raras estimaciones de un lobo estepario siempre tendrá mucho más valor un adiós que un hola. Porque un lobo de esa clase y con esa edad, más allá de un paisaje, de un árbol o una estrella, de algún buen libro o alguna buena música, aunque a primera vista pueda parecer lo contrario, ya prefiere no saludar a nadie.
    Porque ha llegado a la conclusión de que cualquier encuentro es ficticio, de que el río pasa sin cesar (cambiante y siempre nuevo), las sombras sólo son sombras, y los destellos sólo brillos fugaces que en seguida se traga la oscuridad. 
    Rica oscuridad, no obstante, metamórfica y brillante, porque en sus múltiples laberintos continúa latiendo la vida, que es lo único que verdaderamente importa.  

    Así que al buen amigo Poe le hubiese aconsejado, con la mejor intención, que intentase cambiar su patético Nevermore por un alegre, sereno y musical Forever... Por eso de que la vida sigue respirando a pesar de los laberintos y las sombras. Por eso de que la música y la magia continúan vivas, a pesar de cualquier muerte. 
    
    
Antonio H. Martín
(7 de agosto, 2016)

sábado, 16 de julio de 2016

La llamada




    La voz del otro lado del teléfono me transmitió secamente la noticia, y para mí fue como si me cayera una piedra sobre el pecho... No una piedra cualquiera, sino una muy grande y pesada, que me dejó como clavado en el suelo, sin saber qué decir ni qué pensar y casi con dificultad para respirar. Era la voz de mi padre, que con un tono frío, distante y extraño me comunicaba la reciente muerte de mi amigo Alberto Linde.
    No es que considerara a mi amigo inmortal. Sabía, lógicamente, que estaba sujeto, como todos, a cualquier eventualidad, al ataque fulminante de una enfermedad inesperada o al malhadado azar de un accidente. Pero..., hacía sólo dos días que habíamos hablado. ¿Cómo era posible que...?
    No obtuve más detalles sobre el triste asunto. Mi padre me dijo que desconocía las circunstancias, pero que había sido avisado por un amigo común del fallecimiento la noche anterior de Alberto. Cuando terminó la llamada, yo estaba como hundido en una nube gris que se iba oscureciendo poco a poco. Miré el reloj, la once y cuarto de la mañana... ¿Sería posible que aún estuviera soñando? Fui al cuarto de aseo, me lavé la cara, me miré fijamente en el espejo y hasta me pellizqué el brazo. No, no soñaba, estaba despierto. ¿Alberto, muerto...?
    Me dirigí a la cocina para prepararme un café, sin saber muy bien qué estaba haciendo. Me sentía como alucinado. Y al beber el primer sorbo, la taza se me resbaló de las manos y cayó con estrépito sobre el suelo. ¿Había recibido una llamada de mi padre diciéndome que mi mejor amigo estaba muerto? Pero... ¡si mi padre murió hace años! ¿Qué especie de pesadilla estaba viviendo?
    Dormido o no, pensé que lo mejor sería llamar a Alberto, para confirmar lo que fuese. Pero su teléfono estaba desconectado. No me alarmé por eso, porque sabía de la poca relación que tiene Alberto con los teléfonos, pero ese silencio me dejó de nuevo inmerso en la perplejidad de esa pesadilla... 


Antonio H. Martín
(16 de julio, 2016)

      

lunes, 18 de abril de 2016

La sombra de Chopin




    Hace ya algún tiempo que el amigo Alberto no me cuenta sus sueños... Y yo no le pregunto ni quiero indagar al respecto, porque sus razones tendrá. Pero no creo en absoluto que la causa sea que haya dejado de soñar. Me cuesta mucho imaginar al onírico señor Linde sin sus sueños. Pero de lo que sí hablamos hace poco fue de música, que de alguna forma está relacionada con los sueños. Fue por un comentario que le hice sobre los nocturnos de Chopin.
    El tema es que desde hace más de tres años no escucho casi nada de música, por motivos personales que no viene ahora al caso comentar. Pero una tarde, de hace unos meses, cuando iba a echarme una siesta después de comer, se me ocurrió poner un disco, para que me relajara y me ayudase a descansar y quizá entrar en algún leve sueño. Y pensé en Chopin y en sus nocturnos, que de joven disfrutaba con frecuencia. Pero la elección no fue nada correcta, porque a los pocos minutos me tuve que levantar y quitar el disco. Aquella música preciosa y dulce, a ratos lánguida y acariciante, que me deleitaba en la juventud, no sólo me puso algo nervioso sino que empezó a atraparme y a empujarme con una sutil pero fuerte mano de hierro hacia un estado de depresión.
    ¿Cómo era eso posible? ¿Tanto había cambiado con los años mi forma de leer sus notas, mi modo de sentirlas? ¿Había quizá menguado mi nivel de sensibilidad?

    Recuerdo que cuando entonces, con unos diecisiete años, relacionaba los nocturnos de Chopin con Lovecraft... Nada que ver un artista con otro, por supuesto, pero coincidió que cuando descubrí su música en la radio (grabándomela en una cassette que luego escuchaba muchas noches) estaba al mismo tiempo dedicado a varias lecturas del maestro de Providence. No eran los horrores de los relatos de Lovecraft lo que relacionaba con los nocturnos, evidentemente, sino ciertos pasajes en historias de su época dunsaniana en los que se entregaba a descripciones paisajísticas, que a mí me parecían poéticas, y hablaban de los viejos tejados coloniales de su amada Providence. La visión desde una colina al atardecer de esos tejados inclinados y como encantados, con ese fondo de nubes encendidas, y más tarde con Aldebarán despuntando en el horizonte le provocaban una intensa emoción, según contaba, y yo me quedé prendado de esa visión, emocionándome también.
    ¿Pero qué relación podía tener esto con la música de Chopin? Seguramente porque eran sus nocturnos lo que escuchaba mientras leía esos pasajes. Y en mi mente se estableció una singular y extraña conexión entre una cosa y otra. Así de simple.

    Pero hoy hace ya muchos años que no leo a Lovecraft, y dudo que pudiera volver a hacerlo, más allá de esos pasajes que mencionaba. Y lo mismo me ocurría con Chopin, hasta que llegó esa tarde en que tuve la idea de poner el disco de sus nocturnos. Y la verdad es que fue lamentable notar cómo me ganaba la tristeza con una música que antes amaba y que en ese momento sentí como una sombra fría que empezaba a hundirme. Casi como si me viese inmerso en uno de los opresivos ambientes de las novelas de Lovecraft... 

    El amigo Linde dijo que entendía mi negativa reacción, que le parecía natural, pero que el subjetivo vínculo entre Chopin y Lovecraft no explicaba nada. Porque ese vínculo se había establecido en relación a ciertos pasajes estéticos de Lovecraft que, en definitiva, muy poco tenían que ver con el tono general de su obra, dedicada exclusivamente al miedo más intenso, a lo que él llamaba "terror cósmico".
    Y después me comentó que recordaba haber leído un artículo de juventud de Hermann Hesse en donde el lobo estepario avisaba de lo "peligroso" de ciertas obras de Chopin, sobre todo de algunos de sus nocturnos. Se decía allí algo como que no debía uno entregarse demasiado a esas obras, a pesar de su evidente belleza, porque eso conllevaba un riesgo que podía incluso derivar en pensamientos de suicidio. Sobre todo si quien las escucha es un joven hipersensible, que anda todavía por el mundo con el corazón demasiado al descubierto.
    Al momento me pareció comprender de qué se trataba... Demasiada delicadeza, una sombra melancólica que se te iba clavando poco a poco en el pecho y un sutil pero venenoso acento como de desesperación. 
    Alberto estuvo de acuerdo, y añadió que él lo que veía en los nocturnos de Chopin era una música exquisita, pero tocada casi siempre por la sombra de la tristeza. Aunque en ocasiones se presenta en ellos de repente un torrente de rebeldía, la tónica general suele ser de tristeza y de resignación, como si el compositor estuviese recordando amadas cosas perdidas o anhelando utópicos paisajes imposibles.
     El pobre amigo Chopin no hizo más que expresarse a sí mismo, derramar en las partituras de sus nocturnos sus más íntimos sentimientos. Con indudable belleza y maestría, sí, incluso genialidad. Pero también con esa al parecer ineludible sombra de tristeza. Murió antes de cumplir los cuarenta (se cree que de tuberculosis, enfermedad que entonces era considerada como "romántica"...) y nos dejó la apasionada, dulce y noble huella de su música, de sus sueños, sus alegrías y su dolor.
    Quizá sus poéticos nocturnos (me comentó asimismo Alberto, poniéndose un poco romántico), sean un emotivo homenaje a lo pasajero, a la fragilidad de una existencia inevitablemente transitoria. Sensibles baladas dedicadas a esas alegres flores que encontramos en el camino, esas sonrisas de colores... Y también a esos pequeños pero brillantes rincones de magia, a esos puntos de luz que a veces nos sorprenden en medio de la oscura niebla de la noche, y que sabemos que en breve, al igual que las flores, se desharán entre las implacables manos de un tiempo que nunca regresa.

    Después de escuchar sus palabras, se me ocurrió que quizá sería una buena idea el poner de nuevo en la caja de música ese disco de nocturnos. Como para ilustrar con las notas del piano lo que habíamos estado hablando y homenajear así un poco al amigo Chopin, contra el que nada teníamos... Pero sonriendo me dijo que mejor que no, que cada música tenía su tiempo. Y que no tenía nada de triste esa noche, ni tenía por qué tenerlo. De modo que no se puso disco alguno y salimos con nuestras copas medio llenas al fresco aire de la terraza. Para escuchar, durante un buen rato, la música del silencio.

       
Antonio H. Martín
(18 de abril, 2016)






                                        

                                     

jueves, 31 de marzo de 2016

El zen del frío




    De pequeño, Daniel era aficionado a la serie de televisión "Kung Fu". No era su favorita, pero sin duda estaba entre sus preferidas. Aunque las historias, ambientadas en el viejo oeste americano, solían parecerle flojas y los números de artes marciales, que invariablemente salpicaban cada capítulo, dejaban mucho que desear (dado que el actor no era experto en esas artes), le atraía el personaje protagonista, un monje shaolin llamado Kwai Chang Caine que andaba buscando a su perdido hermano en las lejanas tierras americanas. Le atraía su relación casi mística con la vida y el mundo, su valiente soledad y su forma de enfrentarse a los problemas que encontraba en el camino, que eran muchos.
    De esta serie le gustaban sobre todo las escenas en flashback, cuando el monje guerrero recordaba su pasado y se veía a sí mismo en el templo zen en el que fue adiestrado. Allí, entre la paz y el silencio del templo, en desnudas salas adornadas sólo con velas o en adustos jardines casi vacíos, su maestro ciego (quien gustaba de llamar a su joven alumno con el mote de "pequeño saltamontes") le transmitía el conocimiento mediante métodos simples pero eficaces.
    Así que Daniel, buscando el necesario contraste con la aburrida rutina del colegio (donde los profesores, ya fueran de física, lenguaje o matemáticas, solían impartir las lecciones a bofetadas), procuraba no perderse ningún capítulo de este "Kung Fu" televisivo que proyectaban semanalmente. Porque tenía la seguridad de que en el colegio sólo querían enseñarle cosas que no le interesaban en absoluto, cosas que se suponía iban a convertirle en un buen ciudadano y hombre de provecho, cosas que nada tenían que ver con su visión de la vida. Mientras que esa serie de televisión le mostraba otras cosas mucho más cercanas, atractivas e importantes.
    Con el tiempo preferiría ver películas como "Cuentos de la luna pálida de agosto", de Kurosawa, pero aún era un niño y las aventuras que le ofrecía la pequeña pantalla eran todo cuanto podía ver en casa (aparte de cómics y libros ilustrados), y lo que le servía en gran parte como compensación para contrarrestar ese pozo gris que para él representaba la absurda y a veces agobiante cotidianidad del colegio. En las aulas todo apuntaba a convertirle en un ser normal y uniformado, en un servidor más de la mediocridad, en otro actor del teatro del mundo. Pero esa serie de "Kung Fu" le hablaba de que era posible otra clase de vida, una vida libre y con conciencia propia, una vida individual y auténtica. No lo razonaba así entonces, pero era eso lo que sentía. 
   
    Influido por esto, cogió la rara costumbre de salir en las noches de invierno al porche de la casa en camiseta... Cuando venían las gélidas oleadas, como aves grises y afiladas, se quedaba muy quieto, respiraba hondo y dejaba que éstas pasaran a su través... El resultado es que inmediatamente desaparecía la sensación de frío, y podía estar allí un buen rato sin sentirla, sin tiritar ni siquiera un poco, tranquilo y a gusto, casi como si estuviera en una noche de verano. Recuerda especialmente cómo el frío le traspasaba en esos momentos, para después dejarle en paz, sin volver a tocarle, como si respetara su osadía... Esto le hacía sentirse feliz, como si hubiese conectado con el lado mágico del universo, con una extraña fuente de poder que normalmente permanecía oculta tras el velo de una realidad que, al parecer, tenía mucho de ficticia.
    Y sucedió así regularmente, hasta que una noche fue descubierto por su familia, y le prohibieron terminantemente hacer esas locuras, que podían costarle un serio resfriado. No volvió a hacerlo. Pero le quedó grabado en la memoria el poder de la mente, y la certeza de que un cambio en el tono de la propia actitud podía variar los efectos de fenómenos naturales, como el frío o el calor. Lo que también funcionaba (como comprobó en otras ocasiones) con asuntos interiores, como la tristeza o la ira.
    Claro que por aquel entonces, con sólo once o doce años, se decía amigo del viento. Y la nieve era como su aliada. Una tarde de viento, cerca del crepúsculo, le podía transportar a una esfera de ensueño, como si el aire le trajera el aroma de un invisible paraíso cercano. Y una buena nevada transformaba el mundo para él de tal manera que se sentía directamente en ese paraíso.

    Muchas nevadas han pasado desde aquel tiempo, y muchos vientos. Hoy se abriga en invierno todo lo que puede y caldea su habitación por las noches con una buena estufa. Pero, de vez en cuando, aún se aventura a salir de casa alguna de esas noches, aunque esté helando intensamente, y camina durante una hora por las solitarias calles del pueblo. Cuando siente el afilado mordisco del frío, que le impele a volver a casa, se acuerda de aquellos años lejanos y sigue caminando aún un rato más. Como si buscara aquel hechizo de la infancia, aquella ilusión, que le permitía lograr que el aire helado pasara a través suyo, casi como si no tuviera cuerpo, o como si éste se abriera para dejar que el frío le traspasase sin afectarle.
    De acuerdo en que posiblemente aquello se debía a una simple sugestión. Pero el caso es que le funcionaba, al menos en aquel entonces, y mientras todos andaban envueltos con jerseys, abrigos, gorros y bufandas, Daniel iba con el torso casi desnudo, y caminaba por la noche helada como si estuviera en el paisaje amigo de un sueño. Era su pequeño zen del frío.
    ¿Pero se atrevería hoy, en alguno de esos paseos nocturnos de crudo invierno, a quitarse la chaqueta y la camisa y quedarse sólo en camiseta? Dos poderosas razones le aconsejaban lo contrario. Una, el ridículo que representaba la posibilidad de ser visto por alguien del pueblo. No solía pasear nadie a esas horas intempestivas, las calles estaban vacías, pero casi siempre se cruzaba con el coche de algún vecino que inexplicablemente circulaba por ahí, viniendo o yendo no sabía ni de dónde ni adónde... Y otra, el riesgo claro de que, debido a su edad, pudiese pillar un severo resfriado, de esos que hacen que se tenga fiebre alta y te dejan unos días baldado sin poder levantarte de la cama.
    Pero, aun así, hay ciertas locuras que nunca desaparecen del todo, y Daniel, a pesar de los años, sigue siendo un adicto a ese tipo de locuras...


Antonio H. Martín
(31 de marzo, 2016)


   

lunes, 21 de marzo de 2016

La máquina de los sueños





      Conozco al amigo Alberto Linde, el viajero onírico, desde hace muchos años, y mientras veía la otra noche la antigua película "La Máquina del Tiempo", de 1960 (basada en la novela homónima de H. G. Wells, de 1895), recordé una curiosa escena en su compañía, de hace sólo unos meses. Sucedió durante una de nuestras tranquilas e íntimas conversaciones nocturnas después de los habituales paseos por el valle. Me habló de un deseo muy querido, de un fuerte anhelo de sus primeros años. Sonreía al recordarlo, pero me confesó que entonces casi llegó a obsesionarle... Se trataba de que cuando empezó a tener sueños importantes, sueños lúcidos y sorprendentemente intensos, le atrajo tanto ese mundo interior y mágico que se le ocurrió la peregrina idea de que le encantaría tener una "máquina de los sueños"... Es decir, no una máquina generadora de sueños sino una que grabase los suyos propios, para después poder verlos atentamente en una pantalla, como en un cine o un televisor.
    Ya por aquel entonces, hacia el final de su infancia, a los nueve o diez años, era muy consciente de que esa máquina no existía y de que seguramente era imposible de construir, pero se deleitaba imaginando su realidad. Y tenía muy claro que si lograse tener esa fantástica máquina en su poder no haría más que dos cosas en esta vida. La primera, soñar, y la otra mirar sus sueños en esa pantalla durante horas y horas, olvidándose del mundo. No concebía entretenimiento ni ocupación más interesante ni más valiosa. Ninguna otra cosa le parecía ni siquiera comparable. Así que todo lo que haría sería eso: soñar y luego ver y revivir sus aventuras ante una pantalla. No saldría casi de casa ni tendría casi relación alguna con nadie. Tal era la fuerza con que le atraían el juego y la danza de esferas brillantes y multicolores del universo de sus sueños.
    Le pregunté por la causa de ese extraño deseo, y me respondió que la idea había surgido, probablemente, porque le costaba mucho soportar la sensación que tenía después de despertar. Una sensación decepcionante, como de exilio y de pérdida. Recordaba, por un lado, que en uno u otro sueño había sido inmensamente feliz, y el contraste con la prosaica y algunas veces amarga realidad del mundo cotidiano le dejaba abatido y sin ánimos. Y por otro, que en muchas ocasiones sabía con certeza que había encontrado en algunos de sus sueños tesoros inapreciables, que luego, en la vigilia, era incapaz de recuperar. No tesoros de oro y joyas, sino auténticos tesoros de vida, como fórmulas mágicas, caminos de cuento de hadas que llevaban a paraísos, a paisajes y ciudades en los que uno quería quedarse mucho tiempo, o incluso para siempre. Por eso pensaba que sería ideal tener esa máquina de sueños. Aparte de para revivir aquellas aventuras oníricas y volver a maravillarse con ellas, también para poder reencontrar esas fórmulas mágicas, esos caminos ocultos...
    Con el tiempo fue consiguiendo tal maestría en su modo de viajar, a lo que mucho más tarde llamaría El País del Sueño, que olvidó lo de la máquina. Ya no le era necesario imaginar ni desear tal artilugio porque podía elegir volver a determinados sueños sólo con su voluntad. La manera en que llegó a esa asombrosa pericia es un misterio, hasta para él mismo, pero supongo que era algo que estaba y está en su particular naturaleza de soñador nato. Al igual que en algunos hay una natural predisposición para la pintura o la música, él había nacido con una rara habilidad para soñar.
    Sobre ese punto, Alberto siempre ha preferido mostrarse más bien reservado. Pero no por hacerse el enigmático ni por ninguna otra presunción o arrogancia, ausentes en su carácter, sino porque se trata de algo tan personal y tan poco expresable en el lenguaje cotidiano, que considera que es mejor quedarse callado y correr un tupido velo sobre el asunto.

    Después de comentarme su recuerdo de la máquina, me preguntó directamente qué me parecía semejante idea. Si a mí también me gustaría disfrutar de ese increíble artefacto y poder luego observar mis sueños como en una película... En principio, no supe qué contestar y necesité más de un minuto para imaginarme en esa inusitada actividad. Aunque complicada y algo estrambótica, como de ciencia ficción, la idea me gustó. No todos los sueños, desde luego, porque en mi caso muchos son ciertamente olvidables, pero sí algunos sueños... Esos de los que uno se despierta con una intensa sensación de haber vivido, como difícilmente ocurre en la normal existencia de todos los días. Así que asentí y le dije que me gustaría tener esa experiencia, al menos alguna vez.
    En ese preciso momento sonó el timbre de su teléfono móvil. Debía ser una llamada de carácter privado, porque Alberto salió a la terraza para contestar. Me quedé solo en el salón, fumando tranquilamente mi cigarro y apurando lentamente la copa de vino. Dándole vueltas a esa idea de la máquina de sueños... A través de la ventana se veía la luna, en cuarto creciente y rodeada de pequeñas nubes que se encendían con su presencia. Estaba muy a gusto en mi sillón, la noche era serena y silenciosa y mi mejor amigo estaba ahí cerca, en la terraza. De modo que, pasados unos veinte minutos o media hora, me quedé adormilado y tuve un leve sueño...



    Soñé, o imaginé, que Alberto, con una rara sonrisa, después de oír mi respuesta a su pregunta sobre la máquina, se levantaba e iba hacia el sofá sobre el que había dejado su maleta. La abrió y sacó de ella un estuche de tela dura, como los que se usan para llevar los ordenadores portátiles. Lo puso en la mesa baja ante la que nos sentábamos, y al descorrer la cremallera me encontré frente a un extraño aparato...
  
    —Ahí la tienes —me dijo escuetamente.
    —¿Cómo? ¿Estás de broma? ¿Quieres decir que...?
    —Sí, aunque no la buscaba, porque no me hacía falta, la encontré. De una extraña manera, pero la encontré. Ésta es una máquina de los sueños como la que deseaba cuando era niño.
    —No me lo puedo creer, Alberto, es imposible. No existe una máquina así.
    —Eres libre de pensar lo que quieras, amigo. Lo único que puedo hacer es dejártela un tiempo para que la pruebes, y ya me contarás.

    Me quedé mirando fijamente al aparato. Una caja negra metálica de poca altura, sin adorno de ningún tipo, con los lados pintados de un azul oscuro brillante. Por supuesto, no daba crédito, pero viniendo del amigo Linde...
    Pensé vagamente en aquella película ("Brainstorm", creo que se llamaba) en la que había una máquina que registraba en una cinta las experiencias y visiones internas de quien la usaba. Y luego, conectándose a la máquina, otra persona podía ver y sentir esas mismas experiencias y visiones como si fueran propias. Ahora que había tantos avances tecnológicos, con ayuda de la mecánica cuántica, ¿habrían inventado por fin una máquina que grabase los sueños?  
    Y empecé, casi sin darme cuenta, a fantasear sobre su uso. La verdad es que sería muy grato poder ver algunos sueños, pensé. Sobre todo esos tan vívidos, los raros y los felices, que te dejan la sensación de querer regresar a ellos. Y además estaba el atractivo de esa peculiaridad onírica del cambio de perspectiva, por la que cambia el punto de vista y uno puede ver la escena desde sí mismo, como protagonista de la historia, y un segundo después desde fuera, como un espectador que, en una especie de desdoblamiento, se ve a sí como si fuera otro, pero sintiendo que es uno mismo... Imaginé que sería alucinante poder observar todo eso en una pantalla.
    Así que agradecí a Alberto el préstamo de la máquina, a pesar de mi lógica incredulidad, y me quedé con ella. Luego seguimos hablando un rato más del tema de los sueños y a continuación de otras cosas. Pero ya no pude evitar durante esa velada mirar de vez en cuando de reojo a la extraña máquina, ansiando el momento de estar a solas con ella en la intimidad de mi habitación.
    Al abrir la máquina me encontré, para mi decepción, con un moderno ordenador portátil de última generación. Con un diseño nuevo y muy estilizado pero básicamente lo mismo de siempre. Es decir, la típica pantalla y el típico teclado. Solté una carcajada (no exenta de un hilo de amargura) y me pregunté después, cuando ya había superado la sorpresa, el por qué de esa broma... Porque no es el amigo Linde muy amigo de bromas, y menos en lo referente al tema de los sueños. 
    Al día siguiente, inquirí a Alberto sobre el asunto. Y nos reímos a gusto mientras tomábamos el desayuno. Aunque yo lamentaba por dentro el haber sido tan ingenuo. Después, poniéndose serio, me dijo lo siguiente:

    —Amigo, la máquina de los sueños existe de verdad, no lo dudes. Pero está en ti. No es necesario ningún artefacto manufacturado para ver de nuevo aquellos sueños que te impresionaron en su momento. Es ciertamente posible rastrear esa huella , y no sólo volver a verlos sino volver a vivirlos...       

    Quedé de acuerdo, porque por lo que me había contado de sus experiencias era realmente como decía. Pero le reconocí asimismo que eso era algo para mí muy difícil de conseguir, casi imposible. Porque no todos tenemos su habilidad para soñar. Y entonces el amigo Alberto me prometió que me enseñaría algunos de sus secretos para viajar.
    Alberto Linde se fue esa misma tarde, de regreso a su lejana casa en las montañas. Pero se le olvidó llevarse ese estuche con la caja negra. En cuanto lo descubrí, pensé en llamarle para decírselo, pero..., bueno, me lo había prestado por un tiempo, así que no ví ninguna urgencia en ello. Y esa noche, antes de acostarme volví a abrir el maletín y puse sobre mi mesa ese moderno ordenador. Al encenderlo me pidió una contraseña de acceso, y no se me ocurrió otra cosa que escribir "máquina-de-los-sueños"... Y, extrañamente, funcionó. El sistema operativo se puso en marcha y en la pantalla salió un menú en el que se me pedía que tecleara una fecha o un nombre. Y supuse, fantaseando de nuevo, que se refería a mis sueños. Por supuesto que no pensé en ese momento que era imposible que respondiera adecuadamente, porque no había ningún registro de mis sueños en esa máquina, pero la lógica onírica suele pasar por alto ese tipo de detalles. Así que escribí en el teclado una fecha en concreto, una en que recordaba haber tenido un buen sueño. 
    Fue impresionante ver cómo tomaba forma en la pantalla la imagen de aquella casa, bajo una luz de atardecer, y la de alguien que en ese entonces la habitaba y que me miraba sonriente desde la puerta, invitándome a entrar... 
    


    El sonido de unos pasos me indicaron que Alberto volvía de la terraza, y me desperté de mi duermevela. Con el sueño bailando y brillando aún en mi mente. Y en seguida se lo conté, antes de que se difuminase. Había pasado casi una hora, y me sentía como si hubiera viajado a otro mundo, aunque creía no haberme dormido del todo... Nos reímos a gusto, como en mi sueño. Y exactamente como en mi sueño, me dijo que la máquina de los sueños existía, pero que estaba en el interior. Y añadió también esa promesa de mostrarme algunos secretos para viajar. Me dijo que puede que él tuviera ciertas habilidades desde niño, pero que todo se podía aprender. Sólo había que dejarse guiar, llevar un buen farol y andar el camino. 
    Y, bueno, esa fue la escena que recuerdo de hace unos meses con el amigo Alberto Linde. Ahora pienso que estaría muy bien tener una máquina del tiempo, pero creo que una máquina de los sueños estaría mucho mejor.  


Antonio H. Martín
(21 de marzo, 2016)


  


miércoles, 24 de febrero de 2016

En casa




«Lo observo alejarse, vencido y vencedor, ya olvidado en esta ciudad en la que no tiene sitio, y pienso que da a la vez testimonio de la existencia absoluta del hombre y de su absoluta imposibilidad.»

Jean-Paul Sartre



    El viejo Luigi tenía un sueño:

    Meterse en casa... Un piso alto, donde el ruido del mundo sólo llegara amortiguado, suave, lejano, casi inaudible. En invierno, cerrar bien las ventanas y encender la estufa. Una tenue lámpara, el caldeado salón en penumbra, y quedarse allí tranquilo, durante muchas horas, entre los libros, viendo cómo todo pasa despacio, sin prisa alguna, como hacen las nubes cuando casi no hay viento.
    Recogerse en el sillón, frente a la terraza que da al cielo del oeste y, entre Cortázar, Dunsany y Goethe, escuchar el lento resonar de los minutos, gotas de mansa lluvia, como quien navega en una barca por un lago tranquilo. Darle de vez en cuando pequeños cortes al hilo del tiempo, con las tijeras verdes que encontró en aquel otro sueño de hace años, y también horadar poco a poco los espejos con la aguja brillante, la que le regaló la anciana costurera, hasta ver que se puede mirar al otro lado. 
    Después, esos momentos de confluencia entre sus ojos, la lectura y el cielo tras el cristal, hasta sentir que de lejos se acerca la música, una extraña melodía hecha de silencios, agua y estrellas, pero con voz de violín, saxo o piano, un raro aroma de luces, un sabor sin tiempo... Es entonces cuando se abre la puerta invisible, y una magia sencilla e íntima se cuela dentro de la casa como una caricia, esmaltando todas las cosas, también a él mismo. Y fuera brilla la luna, como una sonrisa de la noche.   

    El viejo Luigi... abandonó hace tiempo su sueño. Pero, algunas veces, lo recuerda. 


Antonio H. Martín
(24 de febrero, 2016)





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imagen 1: Amsterdam - Anghelo Flores
imagen 2: Lunar Halo - Dave McGlinche

viernes, 20 de noviembre de 2015

El teatro




    Pensaba, en sus mejores momentos, que la vida es un viaje de la conciencia, un largo y azaroso caminar a través del bosque enmarañado de las circunstancias, los hechos y las cosas. En el que uno iba creciendo, ensanchándose, evolucionando, a medida que conseguía iluminar las sombras del bosque con su mirada, según encontraba la forma de sortear los obstáculos y lograba pasar entre trampas y espinos, hasta llegar a campo abierto. 
    Pero no obstante, en muchos otros momentos, no tan buenos, el mundo de cada día le parecía como si fuera un teatro. Entonces se veía a sí mismo como un espectador que asistía a una extraña y caótica obra, cuyo sentido resultaba muchas veces incomprensible. Los actores, como en una moviente y nerviosa galería de figuras, venían, entraban en escena y, siguiendo el hilo de una historia aparentemente absurda, soltaban su texto entre gestos y posturas que parecían significar algo, pero que para él no significaban nada. Y después se iban, salían del campo de visión, abandonando el decorado y dejando en el aire la sensación, el clima emocional  de sus últimos gestos y palabras. Luego, en el siguiente acto, venían otros que, más o menos, hacían lo mismo y que igualmente acababan marchándose. Y ahí terminaba todo, al llegar la noche con su oscuridad, sus estrellas y su silencio.
    Pero a veces, durante algunas noches de luna, sucedía que después del final, una hora más allá de la última bajada del telón, de los saludos y los aplausos, o las hosquedades e indiferencias, éste volvía a subir, inexplicablemente... Y lo que se podía ver entonces era sólo un escenario vacío, sin voces ni figuras, unos decorados inertes, sin aliento, unas luces apagadas, algunos vagos recuerdos emotivos, de risas o de llantos, penas o alegrías, cuyo eco aún resonaba levemente en medio del sobrecogedor silencio. Y... a ese raro espectador, inquisitivo y asombrado, que se había quedado solo en el patio, sentado en su butaca de viejo terciopelo rojo, y que se resistía a irse. Como si esperase que detrás de la función hubiera algo más...


Antonio H. Martín
(20 de noviembre, 2015)



          

      

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imagen: Facundo Sanchez Sosa
música 1: Adagio Gayaneh - Aram Khachaturian
música 2: Masquerade Waltz - Aram Khachaturian 
pinturas vídeo: Bob Pejman

      

martes, 17 de noviembre de 2015

La ventana




    Una noche de invierno, mientras caía una intensa helada y las estrellas titilaban en un cielo nítido, expresivo, susurrante e invocador, decidió liarse la manta a la cabeza y tirar su casa por la ventana. Y se marchó persiguiendo un sueño. Uno muy atractivo y brillante que le pareció ver moviéndose, como danzando, entre las sombras de la lejanía. La casa cayó en las aguas de un frío y oscuro lago y se hundió. Para siempre. Más tarde, ocurriría lo mismo con su sueño.
    Hoy, en medio de una tierra desconocida, entre extrañas voces y vacíos silencios, sólo le queda... la ventana. Suspendida misteriosamente en medio de la nada, sujeta por hilos invisibles, como encantada por la luna. 


Antonio H. Martín
(17 de noviembre, 2015)


          
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imagen: del vídeo "El flautista de Hamelin" (1985)
música: Four Last Songs - Richard Strauss
    (poemas: Hermann Hesse, Joseph von Eichendorff y otros)
    (soprano: Elisabeth Schwarzkopf)
    (director: George Szell)

    

viernes, 21 de agosto de 2015

La otra puerta




La otra puerta

(viaje al fondo de un sueño)



I


    Miró por la ventana de su cuarto de estudio y vio una mañana gris, unas nubes enormes que juntas tapaban el cielo, ocultando el limpio y alegre azul. Más abajo, los edificios de siempre, las feas casas anodinas de todos los días, que quizá contenían historias pero cuya voz no trascendía el umbral de un vacío silencio. Y un poco más abajo, en el suelo mojado por la lluvia de la noche, coches, muchos coches que iban y venían en todas direcciones, como si buscaran un destino que no acababan de encontrar, transmitiendo una sensación como de ansiedad, de desasosiego. Todos esos coches circulaban de prisa, sin aliento, nerviosos, y Alberto imaginaba, dentro de cada uno de ellos, a un ser sin aliento y nervioso que tenía una extraña prisa por llegar a algún sitio al que en realidad no quería llegar... 

    La vieja historia de casi siempre, pero que envuelta en el gris de la mañana adquiría un matiz más amargo, más crudo, más infeliz que otras veces. Era un mundo extraño, cuyo sentido se le escapaba, lo que ahora le miraba a los ojos con desprecio. Ese mundo que él sentía como irremediablemente absurdo parecía sentirse a gusto en medio de esta mañana opaca, de esta ausencia de luz y color, sin azul y sin música, Parecía ser su acuarela preferida, su fondo predilecto, y se diría que devoraba cada minuto con rabioso deleite, como un monstruo sucio y gris, de mirada de humo y voz estridente, que sólo existiera para comerse el tiempo, para anular la vida y dejar sólo un rastro irreconocible de lo que podía haber sido y no fue, por su culpa. Era como una gran sombra que transformaba el día en una falsa noche sin historia. 

    Alberto cerró los ojos, como queriendo borrar esa imagen, pero la mañana gris seguía allí, imperturbable, y llevaba un triste mundo sobre su espalda... No quiso mirar más, se fue a la cocina a prepararse un café; tenía frío, aunque había puesto la calefacción hacía más de una hora. Tal vez el frío no era real, tal vez lo que sentía era otra cosa: el gris de la mañana, que se le había metido dentro. Volvió al cabo de un rato a su cuarto y miró otra vez a través de la ventana. Había empezado a llover; diminutas perlas de agua se pegaban en el cristal y hacían que la mañana fuera aún más extraña y borrosa, más lejana y más oscura. Aún así, Alberto siguió mirando, quizá con el deseo inconsciente de encontrar algo, algún pequeño detalle que pudiera salvar la mañana con una leve sonrisa; el juego de un perro, el vuelo de un gorrión, el saludo cimbreante de un árbol...



II


    Pero no encontró nada de eso. En su lugar, vio venir desde lejos a una figura pálida, una presencia entre las nubes que se acercaba lentamente. En seguida reconoció sus ojos tristes y apagados, su boca fruncida, el suave gesto de su mano abierta que parecía querer sujetar algo que ya no estaba entre sus dedos... Sí, era ella, volvía a él como si la hubiera llamado, como si le perteneciera. Salía del espejo de la mañana y le miraba con sus ojos heridos. Le lanzaba preguntas antiguas que no podía responder. Alberto se limitó a saludarla:
    
    —Hola, Melancolía, ¿qué haces aquí? No te he llamado, ¿por qué vienes? ¿Te ha traído esta mañana gris?

    Ella no respondía, sólo le miraba fijamente y en sus ojos empezó a arder un fuego extraño, una llama azul que le trajo viejos y dolorosos recuerdos. 

    —¡No, no lo hagas! —exclamó Alberto, asustado y tembloroso; sabía bien lo que se le venía encima y no quería volver a pasar por ese trance.— ¡No me mires así! No te he invocado. ¡Vete!

    Pero la dama triste seguía hiriendo con su mirada, cada vez con más fuerza, con más fuego, hasta que Alberto empezó a ver que la mañana se transformaba, que desaparecía el gris y la lluvia y ante él se abría un paisaje maravilloso, hermoso y apacible como un antiguo sueño de juventud.
    Ya no veía el mundo conocido; no había gente nerviosa, ni feas casas anodinas, ni humo ni ruido. Ante él sólo había un valle espléndido rodeado de montañas azules, y un cielo abierto y luminoso donde un tranquilo sol conversaba con nubes blancas, donde resonaba el murmullo de un arroyo cercano y una suave brisa hacía danzar a las flores...

    —No, Melancolía, no me hagas esto. Lo que me muestras no existe, es sólo una imagen del pasado, un bello recuerdo de algo... muerto.

    La voz de Alberto era sólo un susurro. Y sin dejar de mirar ese paisaje, comenzó a llorar. Sus lágrimas, largo tiempo guardadas, resbalaron en silencio por sus mejillas.
    Entonces, oyó la voz; lejos al principio, pero cada vez más cerca:

    —¡Alberto! ¡Albertooo! ¿Dónde estás? 

    Se restregó los ojos, apartó las lágrimas y miró a la lejanía... ¡Sí! ¡Era ella! ¡Ella! Quiso gritar su nombre, «¡Yolanda! ¡Yolanda!», pero no oía su propia voz, no tenía voz. La muchacha estaba lo bastante cerca y pudo ver su cara, sus ojos castaños, su pelo largo y oscuro, su fina boca que antaño había besado con pasión, esa boca en la que muchas veces había visto la más dulce de las sonrisas, y esos ojos que le habían mirado a él, a Alberto, con el brillo del más sincero e intenso amor.

    —¡Esto no puede ser! ¡No esta locura! —exclamó.

     Reunió entonces toda la fuerza de que era capaz en ese momento, apretó los puños y golpeó el cristal de la ventana mientras gritaba por fin:

    —¡Yolandaaaa!



III


    Pero su esfuerzo fue inútil. Todo lo que vio ante sí fue el rostro encendido de Melancolía, que le seguía mirando fijamente a los ojos. Y detrás ya no estaba el hermoso valle, ni la magia que contenía. El sueño se había roto, como si fuera una película adherida al cristal de la ventana y se hubiera hecho añicos con ella. 
    Alberto comprendió... Había llegado la hora, su hora; ya era tiempo de hacer lo que debía hacer. No tenía sentido seguir alargando la espera. ¿Qué hacía él aquí? Este no era su mundo, aquí nunca iba a encontrar nada que le colmara, ninguna copa que saciara su sed. Andaba siempre a vueltas con el anhelo de lo infinito, de lo absoluto, y lo único que encontraba eran pequeñas migajas, restos que otros habían dejado en su camino y que no le servían para encontrar el suyo. Sólo eran viejos letreros en medio del bosque; ayudaban al caminante perdido, pero carecían de la fuerza para caminar. No eran fuentes de energía. De los letreros no surge esa fuerza, sólo orientan, indican el camino, un posible rumbo a seguir, pero es uno mismo el que tiene que caminar, y Alberto no encontraba la fuerza y el coraje necesarios para hacerlo. 
    Su anhelo de infinito no se traducía en nada espectacular y grandioso. Alberto no deseaba volar a las estrellas o conquistar un mundo. Para él lo infinito podía encerrarse en un pequeño sueño, una esfera mágica donde la vida se hiciese redonda y pudiera amarse a sí misma. Esto le bastaba. Pero aún esto tan sencillo le resultaba imposible. Por todas partes crecían barreras, algunas casi tan altas como montañas, que le impedían llegar a la meta, que le cortaban el paso y le robaban hasta la más pequeña de las alegrías. 

    Estaba cansado de tantas sombras, harto de tanto dolor sin recompensa, de tanta lucha sin victoria. Todos los días eran breves batallas contra el monstruo del absurdo, y todas resultaban perdidas. Había noches en que conseguía dar algún paso, rescatar del vacío algo de valor, con lo que poder respirar un aire más puro y libre, un mínimo brillo en medio de la oscuridad, pero el día siguiente se encargaba siempre de destruirlo, lo convertía en arena entre las manos, quemaba con una dura luz cualquier rastro del sueño. 
    Y ya no quería más de esto. Ya era bastante, demasiado. Había tenido que venir la vieja dama triste para recordarle su camino, y estaba bien que así fuera. Esta mañana gris había sufrido su último dolor. Alberto se levantó y dirigió una última mirada a la dama del vestido de gasa y los ojos penetrantes, de los que había surgido la imagen de su perdido sueño. La miró un instante, sonrió y se marchó hacia otra parte de la casa.
    Arriba, en el viejo desván, escondía Alberto su secreto más valioso. Dentro de un arcón, envuelto en paños como si fuera una joya, estaba el libro.



IV


    Lo encontró hacía mucho tiempo, mientras rebuscaba en una librería de anticuario, y nada más verlo, sin saber qué contenía, supo que debía ser suyo. Fue como si el libro le llamara... «Seguro que es un códice antiguo —pensó, fantaseando—, o tal vez un simple compendio de leyes o recetas del siglo XIX, o a lo sumo del XVIII; pero me encanta su cubierta y esos adornos tan raros que exhibe...» Esto lo pensaba porque, extrañamente y en contra de lo acostumbrado en estos sitios, el libro en cuestión estaba cerrado, cubierto por una fina capa de plástico transparente. Sabía además que sería inútil preguntar al librero, porque solía comprar los libros a bulto, y no tendría ninguna idea sobre su contenido. Y tampoco quiso pedir permiso para abrirlo; no era necesario.
    Se llevó el libro a casa por un precio que estimó aceptable, y una vez allí descubrió que no era ningún antiguo códice, escrito en latín y con exquisitas miniaturas que aún no habían perdido del todo su color, como vagamente dejaba sospechar su apariencia; ni tampoco un conjunto de leyes, normas o recetas, sino un libro moderno del siglo pasado, de 1902, escrito por un tal Joseph Howard, que se decía erudito en ciencias ocultas. Estaba escrito en inglés, aunque se adornaba con un pomposo título en latín, Somnus Limen. Por supuesto, no le importó y en seguida aceptó al libro como un pequeño tesoro. Lo interesante vino después... 

    Durante años, Alberto bajaba el libro del desván, donde prefería que estuviera para preservarlo de eventuales miradas indiscretas. Y al abrigo de la noche, encerrado en su cuarto, leía con avidez y creciente interés lo que allí estaba escrito. Según se daba a entender, el autor no era precisamente un erudito, ni profesor de ciencia alguna, sino un viajero, un explorador de lo que él mismo denominaba simplemente como The Dream's Land, el país del sueño.
    Era emocionante seguir los distintos y jugosos capítulos donde Howard narraba sus «viajes» a ese país de maravilla, sus descubrimientos y extraordinarios hallazgos. Pero lo más interesante era que este onírico viajero tuvo la inapreciable deferencia de explicar ciertas normas para quien quisiera seguir sus pasos y adentrarse en ese otro mundo. Algo así como una guía de viaje, que incluía fórmulas secretas que servían para abrir las puertas y poder pasar al otro lado. 
    En un principio, Alberto leyó todo esto como si se tratara de una novela de Verne, o más bien como una colección de cuentos de Hoffmann o Dunsany. Pero una de esas noches se atrevió, movido por la curiosidad o por simple impulso lúdico, a poner en práctica las fórmulas detalladas por Howard. 
    Lo que ocurrió después fue para él un suceso de lo más extraño y fantástico que había vivido nunca. Alberto consiguió efectivamente traspasar esas puertas y «viajar» al país de los sueños.
    Y lo que esto significara realmente no le importaba lo más mínimo. Lo valioso para él era que vivía intensamente esas experiencias, que sentía que estaba allí, en la tierra de los sueños, y que nunca antes se había sentido tan vivo. La autenticidad de estos «viajes» era para sus sentidos algo que estaba fuera de toda duda. Y le parecía absolutamente irrelevante ponerse a discutir sobre ello. Lo que pudiera decir un psicólogo al respecto le daba igual. Carecía de valor la opinión de nadie, por muy científico que fuera, en un mundo que ni siquiera tiene una consciencia cierta de su propia realidad, y que época tras época va cambiando su visión de la misma. 
    Así que Alberto se aficionó sin restricciones a esas lecturas nocturnas y a sus consiguientes «viajes». Varios años estuvo usando la magia del libro; muchas y extraordinarias fueron sus vivencias. Y precisamente allí, en ese país del sueño, fue donde conoció a la mujer de su vida, a Yolanda. 
    Pero parece ser que es cierto lo que se dice de que toda felicidad es transitoria... Sin que mediara una razón poderosa para ello, pero tal vez influido por multitud de pequeñas razones que constantemente le asediaban, Alberto fue distanciándose paulatinamente de su actividad onírica. Cada vez subía menos al desván para tomar el libro y usarlo para sus propias incursiones en esa amada tierra ya no tan desconocida, pero siempre maravillosa y sorprendente. 

    En cierta ocasión, se atrevió a confesar todo esto a su amigo más íntimo, a Martín, que también era muy aficionado a los sueños y propenso a todo lo que oliera a fantasía, y éste le contestó que el problema venía de su amor por Yolanda. Esa relación era tan buena, tan perfecta, que la sombra del miedo se había aliado con el frío de la duda, porque la mente no podía aceptar que algo tan bueno fuese real. 
    Puede que el amigo tuviera razón. El caso es que Alberto dejó una noche de bajar el libro, y poco a poco se fue olvidando de él. Su vida cambió. Salía con gente a divertirse por las noches, se pasaba horas y horas hablando de temas intrascendentes, conoció a varias mujeres y tuvo algunas relaciones que aparentaban ser serias, pero que nunca terminaban de cuajar. 
    Pero después de unos meses, lentamente, sin que se diera cuenta, le desapareció esa fementida alegría, se volvió irascible y huraño. Se convirtió en un ser intratable que todos rehuían. Y a Alberto se le llenó de frío el corazón.
    Ya casi no salía de casa, sólo lo imprescindible, y encerrado con sus pensamientos, a solas entre las cuatro paredes desde donde los libros, los viejos amigos, le miraban en silencio, una tarde triste y apagada de otoño le visitó por primera vez la Dama del vestido de gasa y lánguidos ojos, la de la mano inerte que parecía aferrarse a un objeto inexistente. Y aquel encuentro le dolió en lo más hondo. 
    Pero la Dama siguió viniendo, pasaba un rato a su lado sin decir nada, y luego se iba. Pero siempre, antes de marcharse, le dejaba un recuerdo sobre la mesa, cualquier cosa, una hoja seca, un verso, la estrofa de una canción, el dibujo de una gema de azul intenso, el pétalo de una flor, la huella de un beso... 

    Alberto no entendía al principio qué significaban aquellas cosas. Las miraba sin comprender, las cogía y cerraba los ojos con fuerza intentando recordar. Hasta que cierto día un susurro le vino desde muy lejos, como desde más allá del tiempo y el espacio, como si fuera el eco perdido de un sueño, y ese susurro le dibujó claramente los trazos de un nombre en el aire, un nombre de mujer: YO...LAN...DA... 



V


    Alberto cerró la puerta del desván con llave desde dentro. No quería ninguna interrupción. Vivía solo y nadie iba a molestarle, pero así se sintió más seguro. Después corrió las pesadas cortinas de color granate y en el desván se hizo la noche. Encendió la pequeña lámpara que había sobre la mesa, para poder moverse entre tanto trasto sin tropezar, y se dirigió hacia el viejo arcón. Allí estaba el libro, el grimorio que tantas veces, en un pasado más feliz, había usado como una llave hacia otros mundos. 
    Mucho tiempo lo había tenido olvidado y ahora había llegado el momento de volver a su magia, pero no para hacer un viaje más, no para embarcarse en otra fantástica aventura en el país del sueño, no. Esta vez no iba a ser un viaje de ida y vuelta. Quería ir hasta el fondo del sueño... Alberto sintió todo el peso de lo que iba a hacer. La duda y el temor a equivocarse estaban ahí, junto a él, intentando detenerle, pero era inútil: la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás. 

    Buscó la página que quería y dejó el libro abierto sobre la mesa. Volvió a leer la seria advertencia del principio, donde se avisaba al desprevenido viajero soñador de que aquello no era una empresa más y que, de seguir adelante, se enfrentaba a un cambio definitivo de su propio destino. Aquí el amigo Howard era muy claro y directo. Se notaba que sabía bien de qué estaba hablando, no porque él hubiera llevado a cabo ese último viaje —dado que volvió a este mundo, escribió el libro y lo hizo publicar—, pero parece que conocía bien el caso de alguien que sí lo había hecho y se sentía en la obligación de avisar sobre el carácter irreversible de ese paso. 
    Pero Alberto ya estaba subido a la nube y no pensaba bajar. Se sentó frente al libro, y a la débil luz de la lámpara empezó a leer en voz alta el hechizo... 
    Sabía de esta fórmula mágica desde hace tiempo, pero nunca pensó en usarla. Ahora era diferente. Su voz ronca resonaba extrañamente en el silencio del desván. Parecía como si esas antiguas palabras flotaran en el aire con entidad propia. Alberto cerró los ojos y siguió repitiendo la fórmula, que ya guardaba en su memoria. En su oscuridad el sonido de las palabras se iba transformando en imágenes, en formas confusas y borrosas que se movían. Abrió un instante los ojos, para comprobar si era fruto de su imaginación, pero aquellas formas seguían presentes ante él, oscilando y retorciéndose por el aire del desván, como extrañas figuras de otro mundo. 
    Al cabo de un tiempo, Alberto vio por fin la cueva, la oscura cueva en la que había estado otras veces y que era como la antesala de sus viajes al País del Sueño. Siguió el camino conocido y ante sus ojos, pequeña y lejana al principio, apareció la luz. Un brillo azul que relucía allá en el fondo de la cueva, entre espesas sombras. Caminó hacia ella y llegó a un espacio más amplio. Allí estaba, como siempre, la vieja puerta por la que había entrado en múltiples ocasiones al País del Sueño. Estuvo tentado de tocar la brillante gema azul que hacía las veces de llave; sabía bien que sólo con poner su mano sobre ella la puerta se abriría y el camino hacia los sueños estaría abierto. Pero esta vez no había venido con esa intención, buscaba algo más, mucho más. Quería nada menos que cambiar de mundo, y quedarse allí para siempre. 

    Pasados unos minutos, que le parecieron interminables y en los que llegó a sospechar que el hechizo no funcionaba, consiguió encontrar lo que quería: la otra puerta. No era fácil verla porque su color se confundía con el de las paredes de la cueva, y porque en ella no brillaba gema alguna. Sobre la antigua madera sólo resaltaban unos extraños signos que no pudo descifrar. Pero daba igual, tenía la certeza de que esa era la puerta que buscaba, porque en anteriores incursiones, y después de explorar a fondo la cueva, nunca había visto otra puerta, sólo la de la gema azul. Y éste era el efecto del hechizo: hacía visible la otra puerta, la entrada definitiva. 
    Alberto sintió que el pulso se le aceleraba ante esta puerta, que no sólo significaba el paso a otro mundo, también a otra vida. ¿Cómo se abría esta puerta? El libro no decía nada sobre eso... Puso sus manos abiertas sobre la vieja madera arañada por el tiempo, y dejó que su corazón se inundara de sentimientos. Recordó el valle, las montañas azules, la brisa y, sobre todo, la mirada y la sonrisa de Yolanda.

    Parece que eso hubiera servido de llave, porque a continuación se abrió ante él un torbellino de luces y fuerzas que le atrajo hacia el interior. La puerta había desaparecido y Alberto sintió que caía vertiginosamente en lo que parecía un pozo sin fondo. A su alrededor podía ver imágenes cambiantes, miles de figuras, entre las que reconoció escenas de su propia vida... ¿No era esto lo que decían que pasaba cuando uno se acercaba a la muerte? ¿Se habría equivocado de puerta? Pero ya no había vuelta atrás, el regreso era imposible, y Alberto seguía cayendo en esa tiniebla circundada de luces indescriptibles y figuras de otros tiempos, quizá de otros mundos... Un raro sonido, como el zumbido del vuelo de muchas aves mezclado con el tronar de una cascada lejana, acompañaba esta caída hacia lo desconocido. Pero a Alberto le pareció oír también retazos de música conocida, que había escuchado y gozado en su vida normal, en su mundo ahora ya perdido y lejano. 
    Logró ver una última imagen antes de hundirse en la más absoluta negrura. Era el rostro de la vieja dama triste, Melancolía. Le miraba fijamente con sus grandes ojos, pero esta vez algo había cambiado... Su mirada aparecía brillante, luminosa, alegre. ¿Cómo podía ser? Inevitablemente, le recordó otros ojos, otra mirada... 
    Después, se hundió en la sombra. 



VI


    Una fuerte lluvia golpeaba con obstinación el tejado de la casa. Alberto la oía como un sonido lejano y extraño que no lograba identificar, y se le mezclaba con el zumbido insistente de su cabeza. Se sentía mareado y confuso... ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? 
    Abrió lentamente los ojos y se encontró tirado en el suelo del desván. Ante él estaba la mesa y sobre ella el libro abierto, mudo testigo de su reciente aventura sin final, de su viaje a ninguna parte... La cruda realidad le cayó encima como una pared de sombras, como un pozo de silencio.

    —No ha funcionado. ¡Sigo aquí! 

    Alberto pronunció esas palabras sin dar todavía crédito a lo que veían sus ojos. Era muy duro para él tener que aceptar que todo había sido en vano. ¿Qué había hecho mal? ¿En qué se había equivocado? 
    Recordaba haber atravesado la puerta secreta, haber caído en un largo túnel rodeado de imágenes y sonidos y luego... la nada. Y aquí estaba ahora, en medio de esta otra nada, mirando como un idiota las cuatro paredes del viejo desván y, sobre todo, la mesa con el libro abierto, con el libro inútil que no le había servido para consumar el viaje que con tanta fuerza había anhelado. 

    Se sintió preso de una densa telaraña, incapaz de moverse, de pensar con claridad, como un insecto al que sólo le queda resignarse a su suerte. Pronto vendría la hacedora de la red, con sus ocho ojos fríos, y le inocularía su veneno. Se incorporó y volvió a fijar su mirada en cada detalle, en cada objeto, en cada resquicio de luz, en cada sombra. Sí, no había ninguna duda, estaba en el desván, en su casa, nada se había movido, todo estaba igual. 
    Poco a poco su conciencia se fue templando y recuperó el tono triste de los últimos tiempos, triste pero seguro en su frialdad. Era la actitud que le acompañaba y a la que se había acostumbrado. Le servía de tabla para seguir a flote en medio de un mundo que no podía amar. Era su patético seguro de vida.
    Alberto se acercó a la mesa, miró el libro, que seguía abierto en la página en que se hallaba el capítulo de «La Otra Puerta», y observó un detalle en el que no había reparado antes: junto a las extrañas palabras del hechizo había unos signos, y le pareció que eran los mismos que vio impresos sobre la puerta oculta que había logrado encontrar en la cueva. ¡Pero qué importaba ya eso! Ahí estaban los antiguos signos, indescifrables, seguramente mágicos, pero su vida estaba aquí, donde siempre. Y su amable sueño existía en algún lugar lejano al que ya no tenía acceso. Había perdido la gracia de viajar, y quizá por eso el sortilegio de los signos y las palabras no había funcionado con él. Cuando el alma se endurece, se cierran las puertas... 

    Cerró el libro y volvió a guardarlo en el viejo arcón. Seguramente no volvería a abrirlo. ¿Para qué? Ni siquiera pensó en tratar de usar de nuevo la puerta de antes, la de la gema azul, e intentar un último encuentro. En su situación actual no soportaría volver a tocar el cielo con las manos durante un breve lapso de tiempo para luego tener que regresar otra vez a lo gris. No, sería demasiado cruel. 
    Pero... ¿y ella? ¿No vería con buenos ojos un nuevo encuentro? ¿Aunque fuera el último, la despedida? No, pensó, era inútil y absurdo. ¿Para qué alargar el sufrimiento? Si lo imposible era imposible, cualquier cosa que se hiciera al respecto no haría sino añadir más piedras a la muralla, más peso en el lado negativo de la báscula; no haría sino alargar más la distancia... ¿Qué diferencia hay entre querer viajar a una estrella como Sirio, que está a ocho años luz, o a otra como Betelgeuse, que se encuentra a más de quinientos años luz? La diferencia es ninguna, porque ambos destinos son imposibles. 
    Así pues, que otros se dedicaran a fantasear. Él ya estaba en su sitio. Había viajado al País del Sueño muchas veces y había visto maravillas sin nombre; había incluso rozado el paraíso, pero todo eso acabó. Se sentía agradecido por lo vivido, pero no quería volver. Porque la flor del sueño es demasiado... bella, para poder olvidarla, demasiado buena para que el corazón pueda soportar la separación y la distancia. Es mejor dejar que el tiempo cubra los recuerdos con el polvo de los días, con el peso de los años, que proporciona el bálsamo de un tenue olvido... Y aprender a vivir en este presente que no nos gusta y al que odiamos a veces. Pero guardando siempre el brillo azul, la esencia de ese recuerdo, por el que sabemos que es verdad que en algún lugar del desierto hay un pozo escondido.



VII


    Después de salir del desván, bajando las escaleras hacia su cuarto, Alberto iba pensando en esta última experiencia con el libro, en este viaje fallido. Aún estaba algo aturdido, pero los recuerdos iban aclarándose en su mente por momentos. Volvía a ver las imágenes fugaces que presenció durante su caída, volvía a escuchar el estruendo mezclado con música que le acompañaba y... sí, también aquella última imagen de la dama Melancolía sonriendo... A la vista de los hechos, se le escapaba el sentido de aquella sonrisa... Pero, en fin, ya estaba bien de mezclar la realidad con los sueños. ¿Sentido? No tenía por qué tener un sentido. Y además, los sueños manejan un lenguaje diferente al de la vigilia, un lenguaje muchas veces extraño que parece hecho con jeroglíficos procedentes de un tiempo muy lejano, y es muy difícil descifrarlo y entenderlo. 
    Abrió la puerta de su cuarto. Allí seguían sus libros, su mesa de escritorio, su sillón. Todo como esperando su presencia para recobrar la vida. Se sentó y cerró los ojos para descansar un poco. No tenía la certeza de haber viajado realmente. Puede que la visión de la cueva, las puertas y la caída sólo fuera eso, una visión, pero se sentía muy cansado, como si hubiera caminado una larga distancia. Así que el cuerpo agradeció la postura, y Alberto se quedó profundamente dormido. 

    Al despertar, al cabo de una o dos horas, sintió frío y entonces se acordó de la ventana. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Seguro que había entrado la lluvia y había mojado hasta los libros... Fue en busca de un cartón para taparla y cuando volvió se quedó estupefacto... ¡La ventana estaba intacta! Recordaba muy bien haberla hecho añicos hacía poco, cuando vio por última vez a... 
    Abrió la ventana, que estaba en perfecto estado, y se asomó al exterior. Ya no llovía, pero la mañana seguía siendo gris, y estaba envuelta en niebla. No se veía nada más allá de unos pocos metros. Alberto volvió al sillón e intentó poner en orden sus pensamientos. ¿Por qué la ventana estaba bien? ¿No la había roto de un golpe hacía poco? ¿O es que todo, todo había sido un sueño? 
    El libro, el hechizo, la cueva, la puerta de la gema azul, la otra puerta oculta, la caída hacia lo desconocido entre luces, formas y sonidos... ¿todo había sido un largo, intenso y extraño sueño?

    Alberto no esperó más y subió corriendo hacia el desván. Descorrió las pesadas cortinas y una tenue luz gris iluminó débilmente la estancia. No tenía tiempo para encender la pequeña lámpara. Abrió el arcón, lo cual le costó cierto esfuerzo porque parecía que hubiera permanecido cerrado durante años, y ante él se mostró... el vacío. ¡El libro no estaba! ¡Allí no había nada, salvo unas cuantas telas viejas! 
    Se dejó caer en el suelo, preso de la confusión. Otra vez en el aire, sin saber qué había pasado... ¿Por qué no estaba el libro? Los pensamientos corrían por su mente a velocidad de vértigo y no conseguía encontrar un punto seguro donde detenerlos. 
    Si el libro no estaba puede que también fuera parte del sueño, como la ventana rota, y entonces... ¿todos sus anteriores viajes al País del Sueño habían sido sólo imaginaciones? Eran conclusiones muy rotundas que no podía aceptar fácilmente sin sentirse herido en lo más hondo. Todas esas experiencias maravillosas, ¿sólo sueños subjetivos...? ¿el producto de una simple siesta? Todo, tan vívido, tan real ¿era sólo una fabulación de la mente para ocupar y entretener un descanso cotidiano?
    ¿Yolanda era sólo... un sueño? 

    Pero la evidencia golpeaba sus sentidos con fuerza: el libro no estaba, y daba la impresión de que nunca había estado allí, de que nunca había existido... Alberto bajó la cabeza y una vez más, en silencio, lloró amargamente. 



VIII


Epílogo.


    No se sabe cuánto tiempo siguió Alberto postrado en el desván, ante un arcón vacío. Pero sí sabemos bien lo que aconteció después. Se irguió, agotadas ya las lágrimas, y se encaminó hacia la gran ventana circular, siguiendo un rayo de luz que penetraba a su través. Se había levantado la niebla y la mañana gris terminaba convertida en una apacible y luminosa tarde de otoño.
    Alberto observó asombrado el paisaje que se extendía risueño ante sus ojos. Las calles con sus coches ruidosos y humeantes y las feas casas anodinas habían desaparecido, y en su lugar pudo contemplar un hermoso valle rodeado de montañas azules. 
    Pero en el corazón del amigo Alberto ya no había cabida para la sorpresa, ni tampoco para la duda ni el desaliento. Simplemente, sonrió ante la escena que se le mostraba y la aceptó sin más. Ni se le ocurrió pensar que aquello que veía pudiera ser solamente un sueño. Y si lo fuese, tampoco le hubiera importado. Porque había aprendido lo caprichosa que puede ser la línea que separa uno y otro mundo, y que los seres y las cosas se mueven constantemente entre las esferas, en una danza interminable, a veces amarga y otras veces gozosa. 

    Pasados unos largos minutos de contemplación, en los que disfrutó respirando el limpio aire del valle, Alberto llegó a ver una figura lejana que le saludaba desde la distancia... Una mujer, con larga melena castaña y un vestido claro, le hacía señas desde el camino que había junto al arroyo. 
    No lo pensó ni un segundo. ¡Era ella! El pecho se le llenó de alegría y bajó corriendo las escaleras del desván.

    —¡Yolanda! 
    —Alberto, sabía que encontrarías la forma de volver.
    —Yo... 
    —¿Te quedarás? 

    La respuesta de Alberto no se hizo esperar y aquellos dos seres, que parecían destinados el uno para el otro, se fundieron en un cálido y tierno abrazo. Cuando se besaron me pareció, a mí, que observaba la escena desde una prudente distancia, que un brillo azul surgía de la unión de sus labios, y eso me recordó la gema de la puerta. Sí, la puerta que yo mismo descubrí hace mucho tiempo, la fabulosa entrada al País del Sueño.
    Y, debo confesarlo, me sentí orgulloso de haber escrito aquel libro.


Joseph Howard 


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Antonio H. Martín
(2008-2015)