Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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sábado, 30 de abril de 2016

Retazos de un diario




    En esta soleada pero fría tarde, la última de este mes de abril, mientras intentaba poner un poco de orden en mi caótica y dispersa biblioteca, he tenido la peregrina idea de abrir uno de mis viejos cuadernos; que estaban allí, entre los libros, perdidos y casi olvidados. Y, tras sacudir el polvo de los años (en los dos sentidos), me he visto claramente en esos viejos espejos. Lo que me ha proporcionado interesantes momentos, a veces con acentos de asombro, en los que incluso he llegado a sonreír... Agradecido a esas letras, que actúan como pequeños puentes que enlazan tiempos lejanos, casi extraños al principio pero que pronto resultan fácilmente reconocibles. Y después, acompañado por los conciertos de Giuseppe Tartini (¡por fin vuelvo a oír música!), entre sus amables violines y violoncellos, se me ha ocurrido transcribir aquí algunos de sus fragmentos.
    Son retazos de las páginas de un diario de hace diez años (signos de otra vida distante), que ahora me sirven para despedir este lluvioso y frío abril y dar la bienvenida al alegre mayo, que presiento portador de sutiles y valiosos regalos.


AHM
(30 de abril, 2016)

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(24 de septiembre, 2006)

    Después de sentarse en su trono, el recién elegido rey habló así a sus súbditos:

    —Ya hemos perdido el aura dorada de la juventud. Y la plata de nuestros sueños hace tiempo que se agotó. Ya no quedan canciones ni bailes junto al fuego, y tampoco dulces melodías a la luz de la luna. Hasta las estrellas parecen haber perdido su brillo de antaño. Así pues, llegó la hora de la verdad. Preparad vuestras armas, porque a partir de mañana vamos a... matarnos.


    Al despertar de una tranquila siesta, me levanto y se me ocurre escribir las anteriores líneas. No de una forma premeditada, sino que, aún medio dormido, las veo ante mis ojos y siento que tengo que escribirlas. ¿Qué significa esto? ¿Qué me está pasando?

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(25 de septiembre)

    Son las cinco y media. Aún quedan casi dos horas de noche. Y me paro a pensar en aquella denuncia que me hacía cuando era joven: la de que no soy serio. Ya entonces, hace unos treinta años, me daba perfecta cuenta de mi problema vital. Sabía que no era serio y que sin seriedad no se llega a ningún sitio. Mis escritos empezaban pero nunca terminaban. Todo lo mío parecía siempre un juego, frágil e inútil. Nunca quise ser escritor, pero sí me gustaba escribir. Sin embargo, no podía pasar de la segunda o tercera página. Mi pensamiento se cansaba en seguida. No tenía la fuerza para continuar.
    Una cosa veo ahora clara: muchas palabras, cien páginas en vez de diez, no me van a servir de nada. No es eso la seriedad.

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    A mí no me circunda la luz, como a Nietzsche, pero no me engaña la sombra.
    Puedo quererla, porque amo la noche, porque amo el sueño. Pero la sombra no me engaña.

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    Una pregunta, ya en el mediodía:
    ¿Por qué no me deja mi conciencia degustar, saborear el no hacer nada?
    No trabajo, estoy todo el día metido en casa, tengo mucho tiempo libre, pero ¡siempre estoy haciendo algo! Todo sin importancia, claro, pero lo hago. Yo me defiendo bebiendo vino y gozando el consiguiente sueño. Pero cuando despierto, la sensación es aún más punzante: he perdido el tiempo durmiendo y no he hecho nada que merezca recordarse. ¿Cómo puede uno librarse de esta tensión?
    Pero ¿qué tengo que hacer? ¿Limpiar la casa, pintar las paredes, lavar la ropa, escribir un libro?... ¿Y si no tuviera que hacer ninguna de esas cosas?
    Quiero estar sentado frente a mi ventana, mirando cómo se mueven las copas de los árboles con esta brisa de otoño. Quiero ver durante horas cómo pasan las nubes y cómo el cielo va cambiando de color... Me encanta hacer todas esas cosas inútiles, que en realidad son un no hacer.
    Tengo que quitarme esta presión de encima, y respirar más hondo y más despacio. Y que cuando surja la acción —si surge—, sea siempre desde la serenidad.
    De la otra manera, uno hace cosas, pero nada que merezca la pena, porque todo está mal hecho. Yo, a mis 49 años, sé perfectamente que no soy "un hombre de provecho", esa chorrada que decían antes las madres y las abuelas. Ni lo soy ni lo seré nunca. Cada uno es como es. Mi vida siempre ha sido caótica y desordenada. Hay como una pequeña corriente interior que fluye discretamente bajo la superficie, como un riachuelo entre cavernas del cual sólo oigo a veces el murmullo, el susurro. Pero todo lo demás, como digo, es caótico y desordenado.
    Lo que quiero es entregarme a ese caos sin resistencia, dejarme llevar. Creo, sinceramente, que desde esta otra actitud podré oír mucho mejor el susurro de ese río.

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(29 de septiembre)

    Dos cositas:
    A veces, o mejor dicho muchas veces, me gustaría poder desconectar mis oídos a voluntad. Sería gozoso evitar así la amalgama de ruidos circundante. Poder disfrutar de un amable silencio en medio de un entorno generalmente estridente y agresivo. Tengo unos tapones para ello, pero son insuficientes. Necesitaría, tal vez, unos cascos especiales, de obrero taladrador, para aislarme del ruido. Lo digo porque cuando estoy leyendo o escribiendo, y pasa por la calle un coche con su equipo de "música" a tope, con ese "bum-bum" que ahora está de moda, se me encoge el estómago y ya no puedo leer o me olvido de lo que quería escribir. 
    (Con los ojos es más fácil. Sólo tienes que mirar hacia arriba en vez de hacia abajo. Pero los oídos lo captan todo, mires donde mires...)
    Y la otra cosa es: ¿podría haber soportado en el año feliz de 1979, cuando vivía en mi casita de solitario, ver una imagen de mí mismo del futuro, la actual del 2006? Seguramente que no. Me habría reído de este payaso de ahora, de este ser débil y maniático, y habría creído que algo así era de todo punto imposible.

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(1 de octubre)

    Leo, por encima, el capítulo de Fernando Savater dedicado a la religión (de su "Diccionario filosófico"), y me encuentro con la actitud racionalista de siempre: que si las leyendas, que si las mentiras, que si todo son inventos para controlar, que si los "milagros" son patrañas para ignorantes...
    Según lo veo, el error de Savater (y de muchos como él) es confundir lo que hay detrás de la religión, o sea, su esencia, su verdad, con las legiones de "religionistas" o sectarios que la malinterpretan. 
    Recuerdo ahora cuando le comenté a mi amigo don Jesús (maestro docente y entendido en filosofías) el caso de alguien que predijo el hundimiento de un puente. Yo, joven entonces, se lo relaté con entusiasmo, y él, maduro y escéptico, en seguida me lo rebatió con detalles racionales...    
    O cuando le conté a mi antiguo amigo Isidro que había estado a punto de hacer un viaje astral, y me dijo que sólo eran imaginaciones, alucinaciones de la mente... ¿Alucinaciones provocadas por agua y tabaco? 
    También se lo comenté, esto último del viaje astral, a otro antiguo amigo, Paco, y me contestó, con su característica gracia de pueblo, que aprovechase la ocasión y me comprara un "opel astra"... Con razón solía yo llamarle, años atrás, "Franciscus Ludibundus"...
    En fin, sin comentarios. Los racionales, buenos o malos, son como ciegos. Por cierto, observo que Savater menciona frecuentemente a Freud, pero nunca a Jung.
    Creo que cada uno piensa como es. Para mí el mundo siempre será mágico. Y eso es algo que no puedo explicar ni a Savater ni a don Jesús ni a Isidro, y mucho menos a Paco. Savater diría que soy un pobre y simple "creyente", y yo tendría que darle la razón. 
    Reconozco que prefiero volar a pensar. ¿Pero no es acaso volar otra forma de pensamiento?

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(2 de octubre)

    ¿Por qué una rueda, cualquier rueda, del vehículo o la máquina que sea, es siempre redonda? Un cenicero, por ejemplo, puede ser de muchas formas: redondo, cuadrado, rectangular, triangular, trapezoidal, poliédrico, etc, etc. Pero una rueda, siempre y en cualquier caso, es redonda.
    ¿Por qué?, repito. Pues porque una rueda sólo puede ser redonda. Sus posibilidades formales se reducen a una. Sus aplicaciones prácticas son múltiples y variadas, casi infinitas, pero siempre y en todos los casos, ya digo, ha de ser redonda. 
    ¿A qué me suena esto? ¿No existe cierto paralelismo con el propio ser humano? Si un ser humano no es redondo, ¿qué es? Y sin embargo, ¿cuántos seres humanos "redondos" hay en el mundo? ¿O éstos no son, no somos, como la rueda sino, más bien, como el cenicero?
    Demasiadas preguntas para las diez de la mañana...

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(13 de octubre)

    Si con respecto a nuestro planeta Tierra somos casi invisibles, en cuanto al Sol o cualquier otra estrella ya no tenemos ni nombre.
    ¿Qué no-nombre tendremos si nos referimos a la galaxia en que viajamos, a la Vía Láctea?
    Del universo, mejor no hablar. Y mucho menos del infinito. Entonces, ¿a qué viene tanta importancia?

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(14 de octubre)

    Cuando miro a las estrellas, a veces siento, como esta noche, que estoy mirando directamente a la cara del misterio.

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    Uno ya es viejo, no cuando le empiezan a salir canas o a perder el pelo, o a fatigarse subiendo escaleras.
    Uno ya es viejo cuando se mira en el espejo y no se reconoce.
    Por mucho que se haga guiños e intente sonreír, el espejo permanece imperturbable. La imagen que tenemos delante, no hay duda, es la de un viejo. 
    Me entran ganas de reír. Y para celebrarlo, me bebo un ardiente vaso de vino.

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(26 de diciembre)

    Cuando el saxo empezó a sonar demasiado lento y dulzón, Martín despertó de su sueño y supo que aquél no era el lugar donde debía estar, que aquél no era su sitio. Cruzó el mar de cuerpos y buscó la puerta de salida. Afuera corría un aire frío, cortante, hiriente, pero lleno de libertad y con olor de estrellas.
    Y la luna, sola y brillante, sonreía...



Antonio H. Martín
(Diario de un obstinado - 2006)




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imagen: A Night to Remember - Albert Dros


      

lunes, 8 de febrero de 2016

Movimiento (8-16)




    De vez en cuando me apetece dar paseos por este cuaderno, que ya empieza a estar viejo, como quien se pasea por un museo íntimo, lleno de cuadros y espejos, y ocasionalmente me encuentro con textos que me gustan. No porque tengan algún valor literario, sino porque enlazan con asuntos del presente, o porque están situados un poco más allá de la línea regular del tiempo, rozando una esfera continua e indeleble, lo que me gusta denominar como "el tiempo infinito"... No obstante, siempre resulta curioso observar las diferencias temporales. Los tonos particulares de muchos "entonces" no concuerdan con los de ahora. Pero hay otros, esos que digo que me gustan, en que sí.
    Y ese es el caso de este breve escrito, que titulé en su día "Movimiento". Un texto simple, que no se adentra en honduras, pero que valora ese movimiento vital y habla de lo gris e inútil de la inmovilidad. 

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    Ahora mismo, en este preciso instante en que empiezo a escribir estas líneas, estamos viajando... Todo está viajando siempre, pero eso se reduce a un dato demasiado amplio para un individuo normal, algo que no le sirve para sentirse en movimiento. Nuestra conciencia personal no es consciente de ese gran movimiento cósmico en que estamos inmersos; a lo sumo puede imaginarlo, “saberlo”, pero no sentirlo. 

    Y ocurre que necesitamos de una conciencia directa del movimiento, sin intermedios ni lejanías, porque eso nos transmite la sensación de estar vivos. En el viejo Oriente puede que esto no fuera necesario, pero nuestra mentalidad occidental requiere esa premisa de la movilidad para encontrar sentido a la existencia. Para nosotros el movimiento se traduce en vida y la quietud, la inmovilidad nos recuerda demasiado a la muerte, como si fuera su sombra. Seguramente es por eso por lo que nos esforzamos en estar siempre activos, corriendo de acá para allá y haciendo cien cosas distintas, para tener esa sensación de estar vivos, de ser, de que estamos eludiendo al vacío. 

    Cuando era joven formaba parte del típico grupo de amigos que van siempre juntos a todas partes, que siempre se cuentan sus cosas y comparten sus experiencias. Y recuerdo que lo que más nos interesaba, dentro del grupo, era la fuerza que algún compañero podía transmitir en determinado momento; el entusiasmo con que nos contaba su experiencia nos hacía partícipes de la misma y nos “movía”, aunque estuviéramos cómodamente sentados en sillones o butacas. De manera que el movimiento puede ser inducido por simples gestos o palabras, y además ser algo mental y no sólo físico. Lo importante, entonces, es el sentimiento. 

    En otras muchas ocasiones en que no aparecía el brillo del entusiasmo, nos dedicábamos a pasear sin rumbo por las calles, buscando inconscientemente algo que nos moviera por dentro; siempre intentando escapar de esa ciénaga llamada aburrimiento. 
    Aburrirse es como estar parado en medio de un mundo detenido y vacío. Nada nos divierte ni nos entretiene, nada nos llama la atención, nada nos dice nada..., nada nos mueve. Es una sensación desagradable, molesta y hasta angustiosa: “¿Qué me está pasando? O ha llegado el fin del mundo, o yo estoy muerto...” 
    Sabemos que la vida tiene sentido, porque recordamos otros momentos en que así lo sentíamos, pero el aburrimiento es la desconexión de la vida, una especie de abismo que se abre entre la vida y la conciencia, y se hunde lenta y silenciosamente en la nada. 

    Necesitamos el movimiento tanto como el aire. Y, como decía, no nos sirve de nada ver otro movimiento que no sea el nuestro. Saber que algo ahí afuera se mueve, que el universo entero se mueve, sólo importa si nos ayuda a movernos. Al igual que nadie puede respirar por nosotros, es imprescindible que sintamos el movimiento, que lo hagamos nuestro; en cualquier caso, el movimiento debe ser interior, individual, consciente.

    Echando una breve mirada sobre el lejano Oriente, se me presenta la figura del venerable Buda; creo que él solía afirmar que estaba totalmente quieto, que no se movía ni un milímetro, porque había escapado a la presión de la rueda del Samsara, porque estaba fuera de esa rueda y podía ver y sentir el mundo directamente, más allá del velo de Maya. Pero seguro que si pudiéramos mirar en su interior encontraríamos que dentro del venerable Siddharta Gotama había mil universos danzando con la música del infinito... 
    El movimiento no precisa de la apariencia para ser lo que es; quien se mueve por dentro puede parecer una piedra y, sin embargo, estar lleno de vida. 

    Moverse es vivir, la vida es movimiento; pero cuántas veces estamos metidos hasta el cuello en un remolino de actividades, enredados en cien cosas diferentes, sin conseguir “movernos” realmente del sitio. Cuántas veces toda esa múltiple y frenética actividad no es más que un laberinto insoluble que nos detiene y nos encierra. 
    ¿Es movimiento el alocado y absurdo vuelo de una mosca? 

    Moverse, vivir en definitiva, no es dar manotazos al aire ni serpentear en el agua densa de las cosas. Moverse es simple y llanamente abrir el pecho y percibir el aire y la luz de la vida, llenarse con su sabor, con su aroma y caminar al son de su música. 
    Moverse es dejarse llevar por ese viento. 


Antonio H. Martín
(Octubre, 2008 - Febrero, 2016)





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imagen 1: Reaching for the Stars - NuaHs
imagen 2: eTech Wall - JohnnyBg

lunes, 23 de marzo de 2015

El bucle


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    «Una vez más es de noche, una hermosa noche de otoño, solitaria y callada. Y una vez más estoy aquí sentado, en el pequeño cuarto de estudio, con la ventana abierta, en compañía de los libros, mis viejos amigos; con los cigarrillos, que enciendo a cada momento, uno tras otro; con un poco de coñac, lo último que quedaba en la botella; y con la caja de música, que ahora me ofrece una sentida melodía al piano de Mark Isham, un bello nocturno.
    »Aquí estoy, una vez más, pensando en mi vida, en esta vida mía tan pobre, tan confusa, tan extraña. Cada día que pasa se convierte en un nuevo reproche, en una sombra más, en otro eslabón de esta cadena que me ata y me domina. Cada día encuentro más difícil la lucha, más imposible salir de este largo túnel, de este pozo sin fondo, y me parece más increíble el mañana.
    »¿Qué encontraré al final? ¿Será como dice Hesse, que todo sufrimiento tiene un límite y que a partir de ese límite o desaparece o se transforma, que asume el color de la vida? ¿Llegaré yo a ese límite? ¿Podré aguantar hasta el final?
    »Estoy cansado. Cansado de lo que me rodea, cansado de mí mismo, de mi dolor, de mi hastío, de mi debilidad, de mi propio cansancio. Durante mucho, mucho tiempo he arrastrado mis alas por el suelo, y ya no soy capaz de volar, he olvidado cómo hacerlo, qué secreto mecanismo hay que poner en marcha para que las alas se muevan con fuerza suficiente para poder elevarse por encima de toda esta miseria. 
    »¿Qué hallaré al final de este camino, de este túnel largo y oscuro, de este confuso laberinto en el que me pierdo día tras día?
    »Aquí estoy yo, un extraño caminante en la noche, buscando el sol entre las sombras, siempre esperando que llegue la mañana de un día nuevo, mil veces soñado y deseado, y mientras tanto encerrado en mi propia pesadilla, en mi propia locura, en mi propia noche, de la que sólo yo tengo la llave...»


A. H. Martín
(Diario de un obstinado - 11 de octubre, 1987)

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    Nada menos que veintiocho años han pasado desde que escribí las anteriores líneas. Se podría decir que casi toda una vida... Y por eso me asombra, asomado como estoy esta noche fría y lluviosa al vértigo del tiempo, que algunos matices puedan repetirse, más o menos de una forma idéntica, al cabo de los años. 
    Las circunstancias han cambiado mucho en todo ese tiempo. Casi hasta el punto de hacer irreconocible lo que fue. Pero parece que hay una esencia de fondo que puede resurgir en determinados momentos; como si un eco del pasado tuviera aún cierta vigencia en este presente... Quizá porque uno no ha cambiado tanto, y ante algunas historias la reacción sigue siendo más o menos la misma. Y la sensación que se tiene entonces es como si uno estuviese atrapado en una especie de bucle...
    Recordaba yo aquella lejana noche lo que decía el maestro y amigo Hermann Hesse, eso de que «todo sufrimiento tiene un límite y a partir de ese límite o desaparece o se transforma, asume el color de la vida»... Lo cual, de ser cierto, supone que uno no ha llegado aún a ese límite. Que todavía no se ha asumido ese sufrimiento y que, por tanto, continua habiendo una resistencia, una lucha interior, un no querer aceptar lo inevitable. Y eso, lógicamente, se expresa como una persistencia del sufrimiento. Un sufrimiento que ni ha desaparecido ni se ha transformado, sino que tan sólo ha permanecido oculto, esperando agazapado a que cualquier revés de la vida lo volviese a dejar libre, para seguir mordiendo la delicada piel de las horas.
    Nada que ver, como digo, las circunstancias de entonces con las de ahora. Hoy mi vida es tan diferente que hasta me cuesta recordar aquel tiempo. Pero parece que lo circunstancial tiene poco que ver con el fondo del ser, y ante la adversidad uno reacciona de forma muy similar a como lo hizo en otra época. Porque uno, aparte de los cambios, de llevar una vida distinta, de habitar otra casa, muy lejos de la anterior, de vestir otros trajes e incluso mirar de otra manera al mundo, sigue siendo, en esencia, exactamente el mismo que fue.  

    Quizá esto se deba simplemente a una noche un tanto turbulenta, con su dosis de amargura, una noche cuya sombra está algo más afilada de lo normal... Y tal vez mañana mismo haya desaparecido esta oscura bruma. No lo puedo saber con certeza. Pero de lo que sí estoy seguro es de lo que decía al final de ese escrito: que la llave que abre la puerta de salida está, hoy igual que entonces, en mi poder. El bucle del que hablaba antes no es más que una niebla momentánea, una ráfaga de sombra que nos engaña la mirada, aprovechando algún ligero y torpe decaimiento de la atención.
    Y lo que hace desaparecer al sufrimiento, o lo que lo lleva al límite convirtiéndolo luego en vida (es decir, en algo que ya no tiene nada que ver con sufrir), no es, fundamentalmente, un cambio en lo exterior, una modificación de lo circunstancial, sino un cambio interno. Algo que parece magia y que consiste en lograr poner una enigmática sonrisa en medio del océano de sombras, una pequeña llama entre el hielo. En saber alzar la propia voz en el opresivo pozo del silencio, hasta llegar a rozar las estrellas de afuera...
    Sí, sin duda eso es magia. Y estoy convencido de que en un mapa secreto de nuestra mente está bien marcado el lugar de la fuente que se esconde en cualquier desierto. Sólo hay que coger el pincel y pintar la frescura del agua sobre la arena. En el fondo, sepámoslo o no, todos somos magos. 


Antonio H. Martín
(23 de marzo, 2015)


        

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imagen: Theodor Kittelsen (1857-1914)
música: On the Threshold of Liberty
álbum: Vapor Drawings (1983) 
autor: Mark Isham
          

viernes, 23 de mayo de 2014

El racimo de energía




    Un buen consejo de Yukio Mishima: «He comprendido que basta practicar el kendo y blandir una espada de bambú para evadirse, aunque sea por breves instantes, del pantano del nihilismo.»
     Hay un cierto veneno que hace que el cuerpo se olvide de sí mismo. Con el paso del tiempo sólo queda una mente fantasma, aislada, que no toca, ni huele, ni respira, que piensa sin sentir, que mira sin ver: "conoce" la vida, pero no la vive. Esto lleva, creo, al nihilismo, que es la creencia en la nada, que es una opacidad en el corazón, que es la prematura presencia de la muerte.
    La nada nunca está presente, la nada no existe. Sólo existe la lucha, el deseo, la tensión y el sueño. Sólo existe la vida. Pero esa mente aislada, espectral, que colecciona ideas y archiva recuerdos, que observa, que suma y resta, que clasifica, que tira o que guarda, que rechaza, que elige. Esa mente al final tiende a pintar de nada todo cuanto toca, cada pared y cada nube... Y esto vuelve al mundo gris, esto genera el pantano en que nos hundimos.
    Por eso es bueno coger la espada de madera. Por eso es bueno bailar.

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    A propósito de lo escrito anoche: ¿qué he querido decir? Me quedo, por no caer otra vez en lo inevitable, con la imagen simple y clara de Mishima. Sé que hay un laberinto mental que lleva al nihilismo, una forma compleja de percibir que nos hunde en ese pantano, que nos precipita en esa visión gris, oscura, de la vida. Y sé también que una sacudida del cuerpo, un movimiento fresco y lúdico, una carrera o un salto, lleva a la visión contraria, rompe el embrujo, deshace la niebla. 
    El racimo de energía sale de su burbuja y danza con el viento.


A. Martín Bardán

(Diario de un obstinado - Noviembre, 1996)

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    Releo las líneas anteriores (escritas hace 18 años) y me quedo pensando en su validez... Reconozco que hay tiempos en que uno siente como si perdiera cada día una pluma de sus alas, como si se hubiese internado en un pantano de sombras, pesado y asfixiante, del que no encuentra la salida. Y que ante esa agobiante situación, no hay nada mejor que mover el cuerpo, como decía, de forma fresca y lúdica. Escapar dando un salto, corriendo, bailando... De esa forma, el racimo de energía se reconcentra, se ordena, vuelve al ámbito de la luz y sale del pantano, lejos de las peligrosas arenas movedizas, a salvo de las acechantes alimañas de la oscuridad.
    No es fácil, no, pero nada que merezca la pena lo es. Hoy, como ayer, no sé explicarlo mejor. Pero sé bien que ese salto, esa danza, es posible. La pesada sombra de la nada es sólo la amenazadora ilusión de una mente dormida. El salto, la carrera, la danza (con o sin espada de bambú) nos sacan de esa ilusión y nos recomponen la mirada. Después, el camino vuelve a ser visible, aparece de nuevo la vieja sonrisa. Y la música del sentido (esa amada melodía) regresa a nuestros oídos. Ya podemos, entonces, seguir caminando...


Antonio Martín Bardán
(23 de mayo, 2014)



sábado, 22 de marzo de 2014

El violín del aire




    Con parecida sensación a la que se tiene cuando nos encontramos con una vieja casa en ruinas, y nos detenemos a imaginar quiénes vivieron allí, cuánta vida hubo entre sus rotas paredes... Los juegos de los niños, en el patio o el jardín; las alegres o silenciosas comidas en la cocina; las tertulias de los mayores al atardecer en verano, en la fresca terraza, después del duro trabajo —o dentro, al calor de la lumbre, en el crudo invierno—, entre graciosas y reflexivas; las risas, las penas, las discusiones, los abrazos y los besos... Y también, cómo no, la danza sinuosa y brillante, durante la noche, de mil sueños, que se realizaron o no... Todas esas voces que se fueron, esas historias diluidas en el inexorable río del tiempo, que protagonizaron gentes que ya no están...
    Así me siento yo a veces, cuando paseo por mis viejos cuadernos, como entre un bosque de sueños, y releo cosas del pasado.

    Esta noche me he encontrado con un escrito, un breve cuento dialogado, que publiqué aquí hace ya casi cuatro años (mucho, mucho tiempo), y que titulé "Su sombra y la mía"... La sensación es, como digo, similar a aquella de la vieja casa en ruinas, pero asimismo contiene una mezcla de nostalgia y extrañeza. Nostalgia por algo que se fue y que tuvo el sello de la felicidad, ese brillo inconfundible de la luna que acaricia el agua del tiempo... Y extrañeza porque siento que aquello no forma parte de mi vida (¿existió en realidad?), como si fuesen otros quienes lo vivieron, como si aquella casa en ruinas —a pesar de la familiaridad de los sentimientos— nunca hubiese sido la mía.
    Sin embargo, no hay duda: fui yo quien escribió esas letras. Lo que implica que sí, que efectivamente forma parte de mi existencia. Pero no de ésta, sino de otra...

    Esto me lleva a la simple reflexión de que estamos hechos de trazos, de que el retrato de nuestra vida se compone de múltiples cuadros o facetas, que vamos dibujando con los años, y de que quizá en el momento en que alcancemos cierta cumbre de la conciencia veremos (y sentiremos) la totalidad del dibujo, pero, mientras, sólo una parte. Es decir, que el ayer y el hoy están separados por líneas de sombra que sólo pueden ser obviadas desde una cierta altura. Por supuesto que reconocemos la autenticidad de la memoria (sabemos bien quién hemos sido y lo que hemos vivido), pero hay recuerdos que se nos vuelven extraños, y lo que alguna vez vivimos ya no lo sentimos como nuestro...
    Cualquiera puede mirar un álbum de fotos propio y reconocer fácilmente personas y situaciones como reales y vividas. Pero... a veces se encontrará con fotografías «extrañas», de las que no se acuerda bien o con las que no se identifica. No es que esos momentos se hayan perdido, es porque la conciencia los ha apartado...
    Entiendo que el hoy requiere toda nuestra atención, que la conciencia se dedica a bregar con lo que en este preciso momento tiene delante. Y pasadas experiencias, si han perdido su vigencia, es mejor soslayarlas, para que toda la fuerza sea aplicada a lo actual, a lo necesario.

    Por supuesto que con esto no quiero restar ningún valor a los recuerdos. Y mucho menos si son tan buenos como a los que me refiero en el cuento que escribí. "Su sombra y la mía" habla de una historia de amor (tan sencilla como brillante), y este sentimiento es la gema más preciosa que se pueda encontrar. Si el protagonista del cuento (que se llama como yo) escucha el violín del aire, es porque ha encontrado esa gema. Su amigo no, por eso no lo escucha. 
    La sensación que provoca estar ante una vieja casa en ruinas, y esa mezcla de nostalgia y extrañeza de la que hablaba no le quita brillo ni color al recuerdo, al buen recuerdo. No sentimos igual, porque la conciencia, como he apuntado, está ocupada en otras cosas. Pero si, en algún momento, desbrozamos un poco la maleza, si apartamos el ruido de lo cotidiano, desaparecerá la oscuridad de lo extraño, y veremos que ese brillo de luna no sólo es inconfundible, sino también indeleble, y continúa acariciando el agua del tiempo.
    El violín del aire, si se encuentra el necesario silencio, seguirá sonando entre la bruma de cualquier atardecer. Y si no fuera así, me remito a unas palabras que hay en el cuento:
    «¿Es menos bella una rosa porque se marchite en invierno? ¿Cuánto dura la vida de una mariposa?»


Antonio Martín Bardán
(22 de marzo, 2014)
    
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Su sombra y la mía


    Nuestras conversaciones transcurrían como una corriente de aguas azules en la que brillan aquí y allá las arenas doradas, y nuestra calma era como la calma de las cimas, de esas alturas espléndidamente solitarias, muy por encima del espacio de las tormentas, donde sólo el aire divino murmura todavía en la frente del audaz viajero.
    Y luego la maravillosa, la santa tristeza, cuando sonaba la hora de la separación en medio de nuestro arrobamiento, y yo exclamaba: «¡Ahora volvemos a ser mortales, Diótima!», y ella me decía: «¡La muerte es apariencia, es como esos colores que centellean en nuestros ojos cuando hemos mirado mucho tiempo al sol!»

Friedrich Hölderlin

("Hiperión")



    Los dos amigos se sentaron sobre la hierba, para descansar de su largo camino por la orilla del río. Detrás de ellos susurraban los álamos blancos, cuyas hojas danzaban con una fresca brisa que venía del oeste. Y en el horizonte, sobre una loma cubierta de olivos, se veía la despedida del sol, dorada, alegre, sonriente, como una puerta hacia el país del sueño, como una gran ventana abierta al infinito.
    Había una música en el ambiente de aquella tarde de agosto, una música dulce y animosa que tocaba el corazón, como un violín de aire que bajara de las nubes para acariciar la tierra, y encantarla. Pero sólo uno de ellos la escuchaba...

    —¿Tanto la quieres? 
    —Mira, amigo, cuando estoy con ella el mundo está completo, no falta nada. Ella lo llena todo.
    —Típica impresión del enamorado...
    —Jose, estoy enamorado, sí, pero no soy un loco adolescente que se deje cegar, mi experiencia es un grado, los fallos acumulados no restan lucidez sino que la enriquecen. Y puedo decir, desde la sensatez, que por fin he encontrado a la mujer de mi vida, la que siempre soñé.
    —¿Estás seguro de eso?  
    —Lo estoy, como nunca antes.
    —Antonio, nos conocemos desde hace mucho tiempo, y tus palabras me suenan a repetición.
    —Jose, hablo desde el sentimiento, y mi sentir ahora es éste. Claro que ha habido un pasado, pero eso ahora no cuenta, mi presente es ella y creo no equivocarme si digo que es la mujer que soñé. 
    —Bueno, siempre se sueña con un cierto modelo de mujer.
    —No, amigo, los modelos varian con el tiempo, como en un desfile de años, pero ella..., ella es el original.
    —¡Jajaja! Cómo exageras.
    —Si al menos escucharas la música...
    —¿Qué música?
    —¿Ves? No escuchas, por eso no puedes entender.
    —Lo único que entiendo es que estás loco por ella, y además que...
    —¿Qué?
    —Que ya veremos lo que dura. 
    —Eso no puedo saberlo, ni ella tampoco, pero... ¿es menos bella una rosa porque se marchite en invierno? ¿Cuánto dura la vida de una mariposa? 
    —Pues no sé, muy poco.
    —Así suele ser el amor, frágil y transitorio como una flor o una mariposa, pero a veces, sólo algunas veces, perdura en el tiempo, y eso sucede cuando se ha cruzado el puente.
    —Perdona, no te entiendo, ¿qué puente?
    —El puente que une a dos almas, a pesar del tiempo y la distancia.
    —Antonio, perdona que te diga esto, pero creo que estás un poco loco. Ya se te pasará, espero.
    —Sí, nací loco, y hoy, ya viejo prematuro, estoy más loco que nunca. Por eso he podido cruzar ese puente. 
    —¡Jajaja! Lo que decía, estás loco.
    —Sí, cierto, y ella también lo está, eso es lo que nos une.
    —Me preocupas, Antonio.
    —Pues deberías alegrarte.
    —¿Alegrarme porque te metas en una aventura que no sabes dónde te llevará? Me parece todo tan inseguro...
    —Ese precisamente es el concepto de aventura, ir hacia el horizonte sin saber qué te vas a encontrar.
    —¿Y eso te parece bien?
    —Eso es para mí la vida. 
    —Pero...
    —Pero nada, sin aventura no es posible el descubrimiento.
    —¿El descubrimiento de qué?
    —Del tesoro.

    El sol ya se había ocultado tras el horizonte, y poco a poco empezaron a verse estrellas. Aún faltaba la luna, pero ya vendría. Todo viene cuando tiene que venir.

    —Vale, Antonio, te concedo que estés enamorado, eso lo puedo entender, pero... no sé, somos amigos y me gustaría verte más consciente.
    —¿Consciente? Te aseguro que lo soy.
    —Pues yo no te veo así. Me hablas de aventuras, de tesoros... 
    —Sigues sin escuchar la música.
    —Esa música la oyes tú, porque estás alucinando.
    —Sí, en colores, verde esmeralda y azul de anochecer.
    —¿Nada más?
    —También conservo el ámbar del sol, y espero el blanco de la luna.
    —Definitivamente, estás loco, jajaja.
    —Ríete, amigo, ríete, que yo me río aun más. 
    —No oigo tu risa.
    —Me río por dentro.
    —Antonio, esa sonrisa... ¿a qué viene esa sonrisa?
    —Viene a que escucho la música que tú no escuchas, viene a que el violín del aire me dice que ella me ama...
    —¿Y eso?
    —Y si ella me ama, es que la misma vida me quiere, nos quiere, y esa es la conjunción del universo.   
    —Perdona, pero ¿qué tiene que ver el universo con esto?
    —Amigo, a esto se le llama armonía. Es muy rara entre humanos, pero a veces surge. 
    —¿Armonía?
    —Sí, aunque yo prefiero llamarlo "magia". 

    Uno de ellos, el llamado José, se quedó como meditabundo, sin decir palabra, y mientras tanto apareció la luna por el sureste, grande, espléndida, y todo el camino adquirió un tono marfil que convertía la escena en una especie de sueño. Ahora la brisa soplaba con más fuerza, sin llegar a ser viento, agitando suavemente las copas de los árboles y peinando el espejo del río.

    —Jose, ¿te encuentras bien?
    —Sí, estaba pensando.
    —¿Y en qué pensabas, si puede saberse?
    —Pensaba en que me gusta lo que te pasa, y que envidio sanamente tu situación. No es una situación lógica ni racional, pero...
    —¿Pero qué?
    —Que me gustaría sentirla también, y escuchar como tú ese violín de aire.
    —¡Bien!
    —Antonio, no puedo razonar tu sentimiento, pero, de alguna forma, lo añoro.
    —Amigo, no pienses más y mira a la luna.

    Y eso hizo. La luna estaba llena y miraba al mundo con su gran ojo blanco, prendado de sueños. Jose fijó sus ojos en ella, intentando no pensar en nada, sólo observar, sólo mirar, sólo sentir... Y la luna le miró, y le sonrió. 
    Algo extraño le sucedió en ese momento, porque inesperadamente empezó a sentir el roce de la brisa, a la que antes no había prestado atención, y él también sonrió.

    —Antonio, amigo, creo escuchar a lo lejos ese violín de aire...
    —Bien, ¿me comprendes ahora?
    —Sí, y te deseo lo mejor en esa relación.
    —Gracias, amigo. ¿Ves esas dos sombras alargadas de los álamos que hay enfrente, en la orilla del río?
    —Sí.
    —Pues esas son su sombra y la mía.


Antonio Martín Bardán 

(19 de agosto, 2010)

martes, 9 de julio de 2013

El perdedor


(viernes, 12 de diciembre, 1997)

     «El perdedor no es propiamente un mediocre o un fracasado a secas, sino quien ha intentado ser más y desde ahí ha llegado al derrumbe. En todo perdedor hay un salto (aunque sea hacia atrás), por pequeño que sea, y ese impulso —que puede ser autodestructivo— convierte al perdedor, respecto a la mayoría común, en un aristócrata.»

Luis Antonio de Villena
("Biografía del fracaso")


    Pocas cosas puede inspirarme un hombre satisfecho, y siempre estarán relacionadas con la indiferencia y el desprecio. El perdedor, por el contrario, puede ser mi hermano. De hecho, la mayoría de los personajes a los que admiro y quiero, a pesar de estar envueltos en una aparente aureola de éxito, guardan en su interior un poso de perdición, una sustancia de pérdida frente al mundo. Son seres diferentes, con una o dos ventanas de más en su alma, que se resisten a doblegarse y se queman en una lucha generalmente perdida de antemano. Qué mayor aristocracia que ser distinto, que no ser seducido por la mediocridad, aunque eso pueda llevar a hundirse en el barro.
    De todas formas, no es exactamente perder lo que busca el perdedor. Lo que quiere es ganar en otra cosa, en otro asunto que no es el normal, el oficial, el mediocre. Creo que encuentra cierto regusto en perder frente al mundo, pero es sólo porque eso le reafirma en lo que de verdad le interesa. Una pérdida objetiva en términos mundanos, puede él transmutarla en ganancia subjetiva, en crecimiento, en riqueza interior.
    Pero, claro, esto no siempre funciona. Hay, o debería haber, un delicado equilibrio de fuerzas que no siempre se consigue o, mejor dicho, se consigue muy pocas veces. Mayormente, el perdedor suele perder en todos los ámbitos y con todas las consecuencias, y eso se debe a que también él, por supuesto, es un ser relacional, abierto y expuesto a las circunstancias y condiciones del medio en que vive. El perdedor tendría que saber jugar a un doble juego, saber desligar mundos que son diferentes y que dificilmente pueden unirse. El perdedor tendría que conocer, valorar y distinguir bien su propio camino, para no confundirlo con otros. Sólo eso le podría convertir en ganador, esa clase extraña de ganador que puede asentir ante su imagen en el espejo e incluso dibujar una sonrisa, mientras afuera los poderes del mundo normal están aporreando la puerta...
    No conozco todavía las conclusiones a las que llega Villena en su libro, pero me aventuro a afirmar que el perdedor es sólo un extraño, alguien que no puede evitar perder, porque sus propios valores, su inclinación personal no está en la línea del mundo que le rodea. El extraño pierde siempre frente al mundo. Y lo único que necesita es ese equilibrio de fuerzas, ese saber desligar, ese saber caminar sobre el filo de la navaja. Comprender, en fin, que lo que le convierte en perdedor es sólo que confunde la tierra con la luna. 


Antonio H. Martín

(del "Diario de un obstinado" - 12 de diciembre, 1997)

  



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imágenes: AHM

viernes, 22 de marzo de 2013

Sobre lo abstracto...




  Dispongo ahora de mucho tiempo libre y de un lugar privado donde recogerme, así que puedo entregarme a la lectura a mi gusto, sin interrupciones ni interferencias. Y entre varios libros amigos, releo también, de vez en cuando, mis viejos cuadernos, como en un intento de recuperar una parte de la memoria perdida, esos recodos del camino que se nos diluyen entre los múltiples ruidos oscuros del tiempo... Incluyendo este mismo cuaderno virtual en que ahora escribo esta nota. Después de más de cinco años de existencia, hay muchos textos aquí que tengo casi olvidados. Y me sorprende a veces encontrarme incluso con algún escrito, de los que no recordaba, que me llega de forma un tanto especial.
  De alguna manera, estas lecturas me retrotraen al momento en que las escribí, me ayudan a remontar la pendiente del tiempo y, cuando el fondo es positivo, me colocan en una tesitura favorable que me permite revivir aquellos instantes y acariciar pasadas alegrías.
  La breve historia que transcribo a continuación la publiqué aquí, en este cuaderno nocturno, hace más de tres años, con el título de "Lo abstracto"...


Antonio HM.

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  Era una tarde serena, tranquila, sin excesivo ruido. La gente estaba un poco como ausente, o al menos medio silenciosa. Los transeúntes pasaban por la calle y hablaban entre ellos, como siempre, o por el móvil, pero sin levantar demasiado la voz. Y los coches que recorrían las calles buscando aparcamiento no tocaban sus bocinas en los cruces, o llamando a sus familias para que bajaran a recoger los bártulos del maletero...
  A Alfredo le parecía algo raro, pero lo agradecía profundamente. Era una tarde clara, con mucho sol, pero también había nubes, nubes viajeras que no entorpecían al sol pero dejaban un presentimiento de otoño, un acento de cercana lluvia en el ambiente con su presencia. Y además, corría el aire. ¡El aire... se movía! Y cuando el aire se mueve se mueve la vida.

  Así que a Alfredo, asomado a su terraza de barrio, con la mirada bailando entre edificios, calles y nubes, le dio por pensar...

  "Se puede decir que vine de lo abstracto y algún día volveré a lo abstracto. Pero incluso ahora que vivo en lo concreto, que tengo una forma definida, que respiro y pienso, que parece que 'existo', sigo siendo muy abstracto...
  "De manera que a veces siento que en realidad casi no me he movido.
  "Soy el mismo que ayer caminaba por la orilla del río, el mismo que subía a los montes para ver más amplio el horizonte, para acercar la lejanía, el que navegaba por las aguas brillantes de los libros amigos, el que buscaba la luz en otros ojos, el que sonreía entre los almendros al anochecer, el que se enredaba en los sueños y quería quedarse en ellos como si fueran su auténtica casa.
  "Lo concreto muerde a veces, pero es sólo una sombra tenue en el mar de lo abstracto, una figura solitaria y sin poder en medio del océano.
  "Cuando me vaya de aquí, será casi como si nunca hubiera venido. El azul del que vine me abrazará de nuevo, y esto de ahora será sólo un recuerdo, un breve trazo, quizá una mancha agridulce en el cuadro de mi existencia, una mínima sombra en el ángulo inferior izquierdo... Muy poca cosa en comparación con las dimensiones del cuadro, que, además, no es cuadrado, sino redondo.
  "Sí, mi cuadro es redondo, circular, y da vueltas como una noria, tocando todos los puntos del universo, danzando entre calles, nubes, sueños y estrellas..."


AHM.
(23 de septiembre, 2009)

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  Varias son las acepciones que encontramos en el diccionario para "abstracto". Entre ellas, por ejemplo, la de... "se dice de las ideas o conceptos que no tienen realidad material o palpable", o esta otra de... "impreciso, poco definido". Y como sinónimos, hallamos: "inconcreto, inexacto, indefinido, indeterminado"...
  En esencia, cuando uso ese vocablo me estoy refiriendo al espíritu, en los términos de Carlos Castaneda: "Para el guerrero, el espíritu es abstracto sólo en el sentido de que lo conoce sin palabras, incluso sin pensamientos. Es abstracto porque no puede concebir qué es el espíritu. Y aun así, sin tener la menor oportunidad o deseo de comprenderlo, un guerrero maneja el espíritu. Lo reconoce, lo llama, lo incita, se familiariza con él y lo expresa con sus actos."
  Las licencias que uno suele concederse al escribir en un cuaderno íntimo, personal, me permiten emplear ese adjetivo de una forma peculiar y convertirlo en un sustantivo de dimensiones extraordinarias. Así pues, hablo de "lo abstracto" como de ese fondo universal, ese vasto océano que nos rodea y del que, asimismo, estamos hechos. Tal y como, en ocasiones, hacía el mismo Castaneda; aunque él solía preferir la denominación de "el espíritu". Algo así como el "inconsciente colectivo" de Jung, pero ensanchado hasta el infinito.
  A eso me refiero cuando escribo que... "se puede decir que vine de lo abstracto y algún día volveré a lo abstracto". Que es como afirmar que este tránsito que llamamos "vida" es sólo un puente brillante entre dos inmensas y misteriosas oscuridades. Lo que no deja de ser una obviedad.
  Pero hay algo más. Y es que en mi breve historia dejo traslucir mis creencias, al menos mis creencias de entonces, y doy a entender que la propia conciencia es indeleble y subyace más allá de los avatares temporales. Por eso escribo que "soy el mismo que ayer caminaba por la orilla del río, el mismo que subía a los montes para ver más amplio el horizonte, para acercar la lejanía..." Acciones esas que databan de muchos años atrás. Y es que en realidad así lo sentía cuando escribí ese texto. No percibía ninguna distancia entre el ayer y el hoy. Me veía a mí mismo como una figura inmanente, que conservaba su esencia a pesar de la multiplicidad y de los cambios de escenario. Dicho trivialmente: como el protagonista de muchas y variadas películas que, no obstante, seguía siendo el mismo viejo caminante de siempre.
  Quizá el asunto se sobredimensiona y exagera cuando lo extiendo más allá de los límites razonables y digo aquello de que... "el azul del que vine me abrazará de nuevo..." Pero es que posiblemente, en momentos como ese, acariciado tal vez por las brisas de Oriente, uno se siente poco menos que inmortal. Hoy, sólo unos pocos años después, no sería capaz de escribir algo así. Pero quién sabe si lo haré mañana...
  Al fin y al cabo, con una cosa sí que sigo estando de acuerdo: con que mi cuadro es redondo, circular. Y aun cuando no me gusta ya la metáfora de la noria, continúa siendo cierto que toca, si no todos, sí muchos puntos del universo, y danza entre calles, caminos, nubes, sueños y estrellas...


Antonio H. Martín
(22 de marzo, 2013)          



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imagen 1: fractal - Alice Kelley (1999)
imagen 2: un caminante - J.A. Beorlegui (2012)

jueves, 14 de febrero de 2013

Mayo del 2009




Una vez más me ha vuelto a sorprender, y muy gratamente, la aparición en la lista de entradas populares -que se supone son las más leídas últimamente- de un escrito que no recordaba: "Abriendo la mirada". Que, por cierto, se parece mucho a una entrada reciente, la de "El prado".
Y lo mejor no ha sido releer mi breve texto, sino los comentarios que siguen, llenos de frescura e interés. Es por ellos por los que vuelvo a poner aquí esa antigua entrada. Me han hecho recordar el ambiente de entonces, que, aparte de frescura, tenía una alegría que este cuaderno ya no tiene. Aunque, ya se sabe, los tiempos siempre cambian...
Pero bueno, tengo el orgullo y el placer de reponer esta entradita, de hace casi cuatro años, con vuestros correspondientes comentarios, que no tienen desperdicio y me han alegrado el día, este día que también es, como el de ayer, de viento y lluvia.
La mirada a veces se abre y a veces se cierra, pero este particular lobo estepario sigue en esa tesitura de intentar abrirla, cuando y como pueda, para ver aquello que necesita ver y que sabe que, por supuesto, existe, entre los múltiples pliegues de esta confusa realidad.
Gracias por vuestras animosas palabras de entonces. Gracias por vuestra complicidad, simpatía y amistad. Un abrazo.


Antonio H Martín
(14 de febrero, 2013)

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ABRIENDO LA MIRADA...


Cuando abrimos la mirada, cuando olvidamos sombras y problemas, y abrimos bien los ojos podemos llegar a ver maravillas.
La belleza no viene y se va, siempre está ahí, sólo hay que limpiar nuestros ojos de las brumas que los empañan, a veces.
En alguna otra ocasión he escrito aquí sobre el "ver", pero creo que es importante insistir en el tema. La mirada "encerrada" nunca verá más allá de sus propias narices, y una mirada encerrada es una mirada ciega. Ante la visión de un precioso valle, de un bosque mágico o una impresionante montaña, sólo verá... hierba, árboles mudos, campos de cultivo y una gran roca inútil y vacía.
Pero eso que "vemos" no es la realidad, sino un reflejo de nuestra momentánea ceguera.
Así pues, es muy importante abrir la mirada. Importante para nosotros, los que queremos ver lo que vale la pena ver, y constatar que siempre, siempre está ahí, si sabemos mirarlo...

AHM.
(31 de mayo, 2009)





COMENTARIOS:


Alma-en-vivo (31 de mayo de 2009)

muy certeras tus palabras hay que abrir los ojos y saber mirar .
un saludo.
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Momentos de la Vida (31 de mayo de 2009)

Claro que tus palabras son muy certeras, hoy veo con claridad y puedo disfrutar de lo que veo!! un gran beso Antoño!!
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Mardelibertad (31 de mayo de 2009)

No es mas ciego el que no ve
aprender a mirar, aprender a disfrutar
Un abrazo
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Antonio HM (31 de mayo de 2009)

Hola, Alma-en-vivo.
Gracias por tu comentario. Me gusta eso de tener un blog para "el lado oscuro", es muy buena idea.
Un saludo.
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Antonio HM (31 de mayo de 2009)

Pues me alegro, Fabiana.
Entonces hoy es un buen día para ti.
Un beso, amiga.
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Antonio HM (31 de mayo de 2009)

Eso es, Mar: aprender a mirar.
No siempre lo que veamos será agradable, pero sabiendo mirar seguro que nada de lo que es verdaderamente bueno se nos escapa.
Te mando un gran abrazo hasta tu atolón.
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Malvada Bruja del Norte (31 de mayo de 2009)

Hola Antonio,
Efectivamente la foto no estaba antes. Visité esta tarde a mi amigo Alberto, y le comenté que tenía dos fotografías que le iban perfectas a mi último post y el me propuso un trueque: mis fotos por tu texto. Et voilà!

Y ahora paso a comentarte el texto. Cuanta razón tienes que muchas veces vemos las cosas según nuestro estado emocional, pero otras muchas porque somos así. Tuve un novio (tiempo a), con quien hice una excursión a un bosque mágico, yo estaba extasiada. Otoño: festival de colores, hojas amarillas fluorescentes, naranjas, rojas, verdes, hojas pardas caducas alfombrando con su cric-cric nuestros pasos. Los rayos de luz pasando tímidos entre las ramas. Y entonces...Silencio. Milagro, una hoja cae, bailándole al viento. Yo emocionada le digo a él, mira, te has fijado, no te encanta? Y él me suelta: "Ver muertos"...

Después de aquella excursión hubo un antes y un después. Tiempo más tarde rompí con él, sabía que nunca sería feliz con una persona que no me entendía y no podría entenderme jamás.
....................

Antonio HM (31 de mayo de 2009)

Ay, amiga Bruja, te entiendo perfectamente.
Eso mismo me ha ocurrido a mí (y lo expliqué aquí un poco en "Amor del ayer").
Compartir la misma sensibilidad con alguien que está a nuestro lado es, la mayoría de las veces, algo "milagroso". Lo normal es que cada uno viva en mundos distintos.
Hiciste bien en separarte de esa persona, porque sólo te habría amargado la vida, por muy buena persona que fuera.

Un abrazo, amiga Bruja.

Pd.- Me parece no equivocarme si te digo que las "hojas pardas caducas" que alfombran el suelo otoñal, no hacen "cric-cric" cuando las pisamos. Ese sonido lo hacen los grillos.
¡Jajaja!
Perdona, pero las hojas de otoño hacen "chunk-chunk".
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Azul (31 de mayo de 2009)

Mucho a nuestro alrededor desea ser descubierto, cosa de tener la intención.

Deseo disfrutes de alegres días amigo Antonio.

Un abrazo
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Antonio HM (31 de mayo de 2009)

¡Muchas gracias, Azul!
Lo mismo te deseo, y a ver cuando vuelves por tu blog, que lo tienes un poquito abandonado.

Un fuerte abrazo, amiga, y que te vaya de lo mejor.
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Terry (31 de mayo de 2009)

Antonio, de todos los blogs, que he podido leer hasta hoy, bien te pudieran otorgar el premio por ser el rey de la templanza... Prudencia tambien.


Me queda mucho que aprender.

Saludos.
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Yurenaguillen (31 de mayo de 2009)

Creo que tienes mucha razón. Muchas veces lo que vemos no es bueno, nos horroriza o no nos gusta, pero la única manera de entender lo que sucede a nuestro alrededor.
Un abrazo grande.
....................

Luisa Arellano (1 de junio de 2009)

Siempre tienes razón en tus observaciones, Antonio.

Es cierto que la belleza está ahí y lo único que debemos hacer es "verla" eliminando esa tela que lo cotidiano, los problemas, las ambiciones desmedidas, las amarguras... etc. etc. nos coloca encima empañando lo real.

Mientras voy en el coche al trabajo entre un paisaje precioso disfruto muchísimo, pues he ido viendo como cada día hay un matiz nuevo... primero los árboles comenzaban a mancharse de verde con los primeros brotes. Poco a poco los robles, las higueras y los alisos se fueron llenando de hojas... las retamas y escobones se pintaron todo de blanco y amarillo. Los cerezos totalmente blancos en mis primeros días están ahora repletos de frutos rojos en una mezcla imposible con el verde de sus hojas... Hace poquitas mañanas al tomar una curva entre frondosos árboles descubrí maravillada que todo el borde de la carretera estaba "sembrado" de amapolas... No hay palabras para describir tanta belleza. Yo me limito a disfrutarla y a dejar que me impregne.

Es una buena forma de emprezar la jornada laboral y hacerla más llevadera :)

Cuídate mi amigo.

Besos
....................

Antonio HM (1 de junio de 2009)

Amigo Terry, ¿el rey de la templanza, y de la prudencia?
¿Por qué dices eso?
¿Tan sereno me ves?
Pues si es así, no creas, amigo, que uno anda también metido en torbellinos varios. Lo que pasa es que aquí, en este cuaderno, intento poner lo mejor de mí mismo.
A mí también me queda muuucho por aprender, pero lo que no me va a faltar nunca es precisamente eso: las ganas de aprender, de aprender a saber vivir, a estar en contacto directo con la vida.

Un saludo, Don terry.
....................

Antonio HM (1 de junio de 2009)

Eso es Yurena: no todo lo que veamos será bueno, pero si no tenemos los ojos abiertos, lo bueno también se nos perderá.
Un abrazo, amiga.
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Antonio HM (1 de junio de 2009)

¡Luisa!
Me encanta leerte. ¿Cuando vuelves?
Qué bien que en el trayecto hacia el trabajo encuentres toda esa belleza, pero... ¡no te distraigas, amiga! Que una cosa es ir paseando a pie y otra conduciendo un coche.
Si tanto te encanta ver las amapolas, párate un ratito en el arcén y míralas tranquila y sin peligros.

Un abrazo, Luisa, y cuídate tú también. Se te aprecia.

Besos
....................

Alfaro (1 de junio de 2009)

Hay que saber ver y vivir lo bueno, lo regular y lo malo y según el cristal del momento...
yo a veces ya solo quisera ser el árbol y no perderme en palabras.
Un abrazo.
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Antonio HM (1 de junio de 2009)

¿El árbol, amiga Alfaro? ¿el árbol mudo? Noooo, por favor, no digas eso.
¿Esto qué es, una epidemia?

Si de verdad tuviérais consciencia, todos los que escribís, del poder de vuestras palabras, no pensaríais nunca en dejar de escribir.
"Perderse en palabras"..., no, al contrario, las palabras son el encuentro, las palabras son el puente entre el caos y la armonía, entre la ceguera y la visión.
A veces puede uno caer en la desidia, pensando que "escribir para qué, si de nada sirve", pero ¡cómo que de nada sirve!
Sin las palabras, seríamos todos unos "zoquetes", sin las palabras todos estaríamos en el lado de la normalidad, es decir, viendo partidos de fútbol y yendo por la noche al bingo...
Las palabras son la llave mágica que compensa el vacío de este mundo idiota.
Sin las palabras, el mundo entero sería vacío y estéril. Sólo piedras rodando cuesta abajo, por simple inercia.
Así que, os lo ruego, los que teneis el don de la palabra, no dejeis de usarlo. Porque el mundo si no se quedará mudo. Y bastante tenemos con la cruz de que sea sordo.

Un abrazo, Alfaro, amiga poeta, y tú sigue dale que te pego, hasta que te salgan callos en los ojos y en las manos, porque te aseguro que en algún lugar (que quizá nunca sepas) tus callos se volverán flores.

Un gran abrazo, vamos, tan grande que no cabe aquí ni por asomo.

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Y un beso.

(sigue escribiendo, no te canses nunca)
....................

Isis de la noche (1 de junio de 2009)

Bellísima la melodía de Bach..

A veces hay que cerrar los ojos para poder VER.

Nos han enseñado que solo existe una forma de conocer, de saber. Pero la vida, conforme se nos muestra en todo su esplendor, nos enseña a abrir el corazón y comprender que no existe una sola perspectiva del mundo; sino que este es un misterio tan grande, que necesariamente debe ser aprehendido con la sensibilidad, la intuición, la visión del alma...

Maravillosas tus palabras, querido Antonio, que nos invitan a abrir los ojos... del corazón ;)

besos!!

PD: yo creo que hay que CREER PARA VER... No al revés jeje.. ;)
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Antonio HM (1 de junio de 2009)

Hola, amiga Isis.

Estoy totalmente de acuerdo contigo: hay que creer para ver, porque el que no cree no puede ver, sus ojos están sellados.
Eso ya lo dijo el maestro Jesús, con aquello de "hombre de poca fe, que necesitas ver para creer".
Pero ¿qué es creer? ¿cómo se llega a eso?
Para muchos "creer" es estar como en un estado hipnótico, fuera de la realidad, sin darse cuenta de que son ellos los hipnotizados por una realidad a todas luces falsa, engañosa, parcial.
Pero, insisto, ¿cómo se llega a creer?
Pues muy fácil y sencillo: simplemente limpiando nuestro mirar. Quien limpia sus ojos de "realidades" y consigue ver con el corazón, ve cosas que para otros son invisibles.
Pero, ay amiga, no todos quieren ese "mirar", porque presienten que algo que les pertenece y a lo que tienen mucho aprecio, se perderá en el camino.
Se escudan en la incredulidad, en el "¡Bah, pamplinas, tonterías, la vida es lo que es y no hay vuelta de hoja!"
Pero lo que les inmoviliza no es sino el miedo a perder.

En fin, cada uno que haga lo que quiera, por supuesto. Yo prefiero abrir la mirada, porque no quiero perderme la maravilla de la vida. Lo demás no me importa.

Es lo mismo que dice el maestro Bach, a su manera, con su preciosa música, que abre puertas y ventanas.

Un beso, Isis.
....................

Cristal00k (1 de junio de 2009)

Un texto breve el de hoy y que sin embargo me ha sugerido una larga reflexión.
Decía Parménides, que "no se piensa lo que no es".
La realidad es hermética querido amigo y la mirada engañosa, sólo la revelación nos acerca al conocimiento, a la gnosis, que resulta de la observación con los ojos del alma y de la voluntad de querer "ver".
No basta con mirar.
En cuanto a las palabras, decían los herméticos, algo que luego se han apropiado diversas religiones, que al principio fue el verbo, en una referencia clara a que Dios, o el concepto que ellos tenían de divinidad, creó el mundo con la palabra y no con las acciones de sus manos. Y cito esto, porque son realmente importantes y generadoras de realidad las palabras, tanto o más que las acciones. La palabra es el instrumento del pensamiento y lo habita, y es su aliento vital. A alguien tan amante de la simbología como tú seguro que le encanta el Hermetismo.
Bueno, que me enrollo... cual persiana vil... que tienes toda la razón Antonio y que ya tengo "pacavilarunratillomas" ¡hala!
Un abrazo galáctico.


P.D. el que llegue primero, ha de recibir a los que lo hagan más tarde O.K.?
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Cristal00k (1 de junio de 2009)

Dormir, lo que se dice dormir... no es lo nuestro, al menos de noche... jajaja
Un abrazo del buho de al lado.
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Antonio HM (1 de junio de 2009)

Hola, amiga Cristal (búho), jeje.

A mí me pillas al amanecer. ¿Cuál es tu desayuno favorito? ¿Churros, porras, croissants, napolitanas, pañuelos, tostadas...? ¡Ah, Parménides!
¿Ese señor no fue el creador del "eleatismo", del que luego surgieron las filosofías de Platón y Aristóteles? ¡Pues vaya un desayuno!
Ese señor dijo, por ejemplo:
"El pensamiento y el ser son lo mismo". "Lo mismo es el pensar y el objeto del pensamiento: sin el ser en el cual el pensamiento se expresa, tú no podrías encontrar el pensamiento, puesto que no hay ni habrá nada fuera del ser". "El ser es y no puede no ser". "Nada hay que impida al ser llegar a sí mismo"...
¡Pues claro! ¿Qué desayunaba este señor, panecillos de perogrullo?
Y estas frases tan contundentes dieron lugar a que más tarde los "Megáricos" dijeran aquello de... "lo que es posible se realiza, lo que no se realiza no es posible".
Teorema que me recuerda a la famosa frase del torero: "Esto no puede ser, y además es imposible".

En fin, amiga, ¡vaya desayuno que me estoy jalando!

Continúo en el próximo episodio.
....................

Antonio HM (1 de junio de 2009)

He dicho muchas veces que no soy filósofo, porque es la pura verdad, pero añado que tampoco soy tonto (o eso creo). Nada más lejos de mi intención que criticar al señor Parménides ¡Dios me libre! o mejor ¡Zeus me libre!
Pero, vamos a ver, ¿qué tienen que ver las churras con las merinas, aparte del hecho de ser ovejas?

Me dices, amiga Cristal, que "la realidad es hermética y la mirada engañosa". ¡Claro que sí! Eso es lo que intentaba expresar con mi humilde texto. Por eso digo lo de la necesidad de abrir la mirada. Decía: "limpiar nuestros ojos de las brumas que los empañan", porque es la única forma de convertir el "mirar" en "ver".

Las palabras, ah las palabras. Creo que antiguamente, muy antiguamente, las palabras eran "mágicas", es decir que conjuraban con su poder a la realidad misma, o sea que la creaban.
"La palabra es el instrumento del pensamiento", afirmas, y tienes toda la razón, pero se te olvida decir que asimismo el pensamiento es un intrumento de la palabra. Quiero decir que la palabra es la expresión de un pensamiento -obviamente- (bueno, no siempre), pero el pensamiento mismo procede a su vez de la palabra, de esa sintaxis concreta. Es decir, pensamos según hablamos, pero también hablamos según pensamos. Es la pescadilla que se muerde la cola...
Por eso los maestros zen, entre otros, luchan por romper ese "embrujo".

La realidad es hermética, por supuesto, pero todavía lo es más si estamos "enganchados", "trabados" con un idioma concreto. Porque los límites de ese idioma serán los límites de nuestro pensamiento.
Bueno, en absoluto quería yo tocar estas profundidades con mi escrito. Sólo me refería a algo tan simple como "abrir" la mirada, en el sentido de sacudirse el peso de las rutinas y poder así ver algo más que una triste y opaca realidad. Sólo eso.

Pero tú, me arrastras a los fondos, amiga Cristal. La próxima vez me avisas y me pongo la máscara de oxígeno, jejeje.

¿Pacavilarunratillomas? Pues no sé bien qué es, pero ya tengo unas cuantas, jeje.

Parménides que siga en su siesta ontológica, que yo me voy a desayunar café con leche y unas galletas.

Un abrazo, amiga, y gracias por mantenerme despierto y ayudarme a abrir la mirada.

I love you!

(en el mejor de los sentidos y con todos mis respetos)
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Malvada Bruja del Norte (1 de junio de 2009)

Jajajaja...¿no hacen chunk-chunk las zapatillas deportivas mojadas de lluvia?
Jajajaja, es verdad que los grillos hacen cric-cric, pero las hojas en un bosque también...has olvidado las pequeñas ramitas que hay muchas veces debajo :-))
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Cristal00k (1 de junio de 2009)

No,no, ni cric, cric, ni chunk chunk, sino crhass, crachss, ¡que lo sepais!
Hola Brujita!
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Antonio HM (1 de junio de 2009)

Ah, Bruja, más que bruja, ahora cambias de estrategia, ¿eh?
De manera que no te referías a las hojas sólo sino a las que tienen ramitas debajo, ya, ya...
Y añado yo que si hay un pobre caracol debajo suena "¡Crunch!".
Bueno, crunch más cric-cric, más chunk-chunk, ¡vamos, toda una banda sonora de peli de terror!
¡Jajaja!
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Antonio HM (1 de junio de 2009)

Vaya, vaya, y Cristal en vez de decirme algo sobre mis sesudos comentarios, va y se apunta al juego de las onomatopeyas... ¡Si ejjjqueee!
¡País éste, oyes! Y luego nos quejamos de que hay crisis, y que si patatín y que si patatán...

¡A ver, por favor, alguien por ahí que tenga un diccionario onomatopéyico!
O en su defecto, alguien que haya andando el pasado otoño por un bosque con hojas en el suelo que debajo tengan ramitas.

Lo de "crachss" suena creíble, Cristal, siempre y cuando haya ramitas debajo, porque sigue siendo un sonido que denota fractura. Y que yo sepa, una hoja no se rompe porque la pises, a no ser que esté muy seca, con lo cual no hablaríamos de otoño sino de verano... ¡Jod...! Esto se está alargando.
¡Sabeis lo que os digo! ¡Que cada uno pise las hojas como le dé la gana! Que las mismas ya dirán lo que tengan que decir, jejeje.

¡Hala, a pisar hojas! ¡Y a pasar hoja!

Un abrazo, pisadoras de hojarasca.
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Alfaro (1 de junio de 2009)

Gracias,
a veces hecho de menos jugar con los colores y todo no se puede hacer.
Muchas gracias,
un beso.
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Antonio HM (1 de junio de 2009)

¿Gracias, por qué, Alfaro?
No será por el comentario que acabo de dejar en tu ciudad...
¡Pues sí que eres rápida, amiga! Jejeje.

Un abrazo.
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Alfaro (2 de junio de 2009)

Gracias, por el comentario de allí también, pero eran por tu respuesta a mi comentario de aquí.
buenas noches.
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Lirio (2 de junio de 2009)

¡Claro que sí, Antonio!

Asi es, precisamente asi. Todo es del color del cristal con que se mira... y no es lo mismo mirar superficialmente que "ver", con todo lo que ello implica.

Y aún hay más, pues al observar por ejemplo un paisaje con detenimento y con disposición a dejarse impactar por él, sobrevienen siempre otro tipo de pensamientos y reflexiones sobre la vida, la grandeza, la eternidad, la belleza,etc... De modo que en el ver está el entender muchas cosas. Creo yo.

O bien, cuando miramos con mente abierta una obra de arte, no estamos solamente considerando su forma externa, sino que nos dejamos impactar por su fuerza, interpretamos sus simbolismos, o hasta "vemos" la mano de su creador, aunque éste ya no esté presente.

Es una alegría leerte y escuchar la hermosísima música que acompaña tus letras.

Besos
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Antonio HM (2 de junio de 2009)

Ah, Alfaro, perdona, en ese momento no me acordé de mi anterior respuesta. Si es que está uno muy 'liao'...

Un abrazo, amiga.
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Antonio HM (2 de junio de 2009)

¡Bien, mi amiga Liz me comprende!

¿Quieres que te regale un lirio? Como veo que has vuelto a perder el tuyo...

Liz, cuando miras con "la mente abierta", como dices, no sólo puedes ver otras cosas que no son evidentes a simple vista, sino que... ¡te puedes hasta meter dentro!
El tío Hermann lo hizo una vez. ¿No has leído esa historia?

Un beso luminoso como un lirio.
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música: "Serenade" - Franz Schubert
imagen: Big.com