Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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martes, 18 de agosto de 2015

En el País de los Elfos




    En sus rojizas chaquetas de cuero, que les llegaban a las rodillas, los hombres de Erl se presentaron ante su señor, el augusto hombre de pelo cano en lo profundo de su estancia roja. Inclinado en la silla tallada, escuchó lo que el portavoz tenía que decir.
    Y así habló el portavoz:
    —Durante setecientos años los jefes de vuestra raza nos han gobernado bien; y sus hazañas quedaron registradas por los trovadores menores, que viven todavía de sus cancioncillas tintineantes. Pero las generaciones se suceden y nada hay de nuevo.
    —¿Qué queréis? —preguntó el señor.
    —Queremos ser gobernados por un señor dotado de magia —dijeron.
    —Así sea —dijo el señor—. Quinientos años han transcurrido desde que mi pueblo habla de este modo en parlamento, y siempre será lo que vuestro parlamento diga. Habéis hablado. Así sea.
    Y levantó la mano y los bendijo, y ellos partieron.
    Volvieron a sus antiguas tareas, a ajustar la herradura al casco de los caballos, a trabajar el cuero, a cuidar las flores, a satisfacer las duras necesidades de la tierra; seguían antiguos usos y estaban a la busca de algo nuevo. Pero el viejo señor envió un mensaje a su hijo mayor rogándole que fuera a su presencia.
    Y sin demora el joven se presentó ante él, en esa misma silla tallada de la que no se había movido, donde la luz, ya avanzada la tarde, entraba desde las altas ventanas y mostraba los ojos envejecidos que miraban el futuro a lo lejos, más allá del tiempo del viejo señor. Y allí sentado, le dio al hijo su mandato.
    —Ve —le dijo— antes de que estos mis días lleguen a su fin y, por tanto, ve de prisa desde aquí hacia el este, más allá de los campos que conocemos, hasta que veas las tierras que con toda evidencia pertenecen a las hadas; y cruza su linde, que está hecha de crepúsculo, y dirígete al palacio del que sólo puede hablarse en canto.
    —Es lejos de aquí —dijo el joven Alveric.
    —Sí —respondió él—, es lejos.
    —¿Qué mandáis que haga —preguntó el hijo— al llegar a ese palacio?
    Y su padre dijo:
    —Que te cases con la hija del Rey del País de los Elfos
    El hijo pensó en su belleza y en la corona de hielo que llevaba, en la dulzura que las runas fabulosas le atribuían. Cantos se le cantaban en las colinas salvajes donde crecen minúsculas fresas, y si se buscaba al cantor, no era posible encontrarlo. A veces sólo su nombre se cantaba gentilmente, una y otra vez. Su nombre era Lirazel.
    Era una princesa de linaje fabuloso. Los dioses habían enviado a sus sombras a su bautismo, y también las hadas habrían asistido, pero se asustaron al ver en sus campos cubiertos de rocío a las largas sombras oscuras de los dioses que avanzaban, de modo que se quedaron escondidas todas juntas en las pálidas anémonas rosadas, y desde allí bendijeron a Lirazel.
    —Mi pueblo exige que lo gobierne un señor dotado de magia. Han adoptado una decisión necia —dijo el viejo señor—, y sólo los Oscuros que no muestran su cara conocen cuáles serán las consecuencias; pero nosotros, que no vemos, seguimos la antigua costumbre y hacemos lo que dice nuestro pueblo en el parlamento. Puede que algún espíritu sabio que ellos no conocen los salve todavía. Ve con la cara vuelta hacia esa luz que llega del país de las hadas y que débilmente ilumina el crepúsculo desde la caída de la tarde y las primeras estrellas, y ella te guiará hasta que llegues a la frontera y hayas dejado atrás los campos que conocemos.


Lord Dunsany

(The King of Elfland's Daughter - 1924)


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    Así comienza La hija del Rey del País de los Elfos, del gran maestro soñador Dunsany, que según los críticos es su mejor novela. Y recomiendo, por supuesto, encarecidamente su lectura a los amantes de los cuentos de hadas y las historias fantásticas, porque en ese género es sin duda una obra magistral. Yo la leí someramente en 1989, cuando el libro llegó a mi biblioteca, y digo «someramente» porque las circunstancias de entonces no me dejaban suficiente tiempo libre para largas lecturas. Pero la leí por fin completa en el invierno del año pasado. Veinticinco años después, sí. Pero mereció mucho la pena esperar, porque quedé absolutamente encantado. Hay cosas que no deteriora el tiempo y que pueden estar guardadas en un cajón durante muchos veranos e inviernos, sin que las llegue a tocar el polvo de la edad, conservando intacta su frescura.
    El delicioso estilo de Dunsany ha sido alabado en multitud de ocasiones, por los lectores aficionados y por los eruditos. Lovecraft, por ejemplo, decía que... «La belleza es la tónica de las obras de Dunsany. Ama el vivo color verde de jade y cobrizo de los domos y el delicado resplandor de los minaretes de marfil de unas imposibles ciudades de ensueño a la puesta del sol.» Y también decía lo siguiente: «Para el lector dotado de una gran imaginación, Dunsany es el talismán y la llave que abre los ricos almacenes del ensueño y de los recuerdos fragmentarios, hasta el punto de que podemos hablar de él no solamente como de un poeta, sino como de un autor que hace de cada lector un verdadero poeta.»
    Y según el crítico Juan Ramón Vélez García (de la Universidad de Salamanca), su prosa es «fundamentalmente poética, lo que se manifiesta en el gusto por aliteraciones, anáforas, polisíndeton, en la preocupación por el ritmo y la musicalidad, o en la utilización de recursos arcaizantes».
    Es precisamente ese rico y poético lenguaje arcaizante, entre mitológico y legendario, como de historia vagamente oriental, pero en este caso esencialmente céltica, lo que nos hechiza en la obra de Dunsany. A mí me encantó, como decía, sobre todo por poder adentrarme de su mano en el fabuloso País de los Elfos (que en ocasiones llama también «país de las hadas»). Y me quedé especialmente prendado de esa «linde de crepúsculo» que menciona a menudo, y que hace de frontera entre nuestro mundo y el otro. Un mundo, ése otro, que curiosamente no recibe la luz ni del Sol ni de la Luna ni de ningún otro astro, porque posee su propia luz... Y este evocador asombro viene quizá porque de joven, en mis largos e intensos paseos por la susurrante esfera del atardecer, me encontré muchas veces con esa linde y allí, detenido y emocionado ante sus brillos seductores, y agradecido por la caricia de esa brisa que se siente diferente, intuía que de algún modo esa linde era como una auténtica puerta hacia otro mundo, hacia lo desconocido. Esa extraña dimensión que a algunos nos llama poderosamente desde más allá de las sombras de esta realidad.


Antonio H. Martín
(18 de agosto, 2015)


        

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música: Some Mother's Son - Bill Whelan
imagen 1: The Ring of Galadriel
  (Galadriel: Princesa Noldorin, hija de Finarfin - J. R. R. Tolkien)
imagen 2: "El laberinto celta" (imagen tomada del vídeo adjunto)
referencias literarias:
- La hija del Rey del País de los Elfos - Lord Dunsany
   (Ediciones Teorema - Barcelona, 1983)
- El horror sobrenatural en la literatura - H. P. Lovecraft
    (Barral Editores - Barcelona, 1974)
- Fifty-One Tales de Lord Dunsany - Juan Ramón Vélez García
    (Espéculo. Rev. de estudios literarios - U. Complutense de Madrid, 2004)



domingo, 15 de diciembre de 2013

Dos sueños...



(De «The Dreams of a Prophet»,  por Lord Dunsany)


    Yo dormía en el campo de amapolas de los dioses, en el valle de Alderon, adonde los dioses acuden a reunirse de noche cuando la luna está baja. Y soñé que éste era el Secreto.
    El Destino y el Azar habían estado jugando, y su juego había terminado y todo había concluido: las esperanzas y las lágrimas, los sufrimientos, deseos y tristezas, todas las cosas por las que lloraban los hombres y las cosas olvidadas, y los reinos y los pequeños jardines y el mar, y los mundos y las lunas y los soles. Y lo que quedaba no era nada, y no tenía ni color ni sonido.
    Entonces dijo el Destino al Azar: «Juguemos otra vez a nuestro viejo juego». Y jugaron nuevamente, utilizando a los dioses como piezas, como habían jugado a menudo otras veces. De manera que volverán a existir las cosas que existieron; y al pie de la misma loma, un súbito destello de sol, el mismo día de primavera, hará florecer de nuevo el mismo narciso, y lo cogerá el mismo niño, y no pesarán los mil millones de años que mediaron. Y se volverán a ver las mismas viejas caras, aunque no privadas de sus lugares familiares. Y tú y yo nos volveremos a encontrar en un jardín, una tarde de verano, cuando el sol se halle a medio camino entre su cenit y el mar, donde nos reuníamos antes. Pues el Destino y el Azar sólo juegan a un juego con movimientos idénticos, y lo juegan mientras transcurre la eternidad. 


Lord Dunsany

(«The Dreams of a Prophet» II - Time and the Gods - 1906)

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    Me encontraba de viaje en un mundo extraño y muy lejano. No recordaba el porqué ni el cómo, pero allí estaba, en un orbe tenebroso, de un color antiguo y místico, de leyenda, como hundido en la niebla del tiempo. Un mundo con grandes templos de pétreas columnas y paredes de sombra, que se alzaban en medio de lo que parecía un vasto desierto, con oscuros sacerdotes que vestían túnicas doradas de raros arabescos y bruñidas tiaras como de bronce. Y éstos, similares a los humanos, aunque muy distintos, de piel grisácea y con rasgos vagamente serpentinos, me mostraron una noche sin luna (a mí, su inexplicable huésped), a la luz de anchas hogueras como piras funerarias, sobre la gran plaza de arena que  había frente a uno de esos templos, un viejo ritual secreto, de índole sagrada, cuyo arcano sentido no me fue descifrado.
    De una engalanada jaula que había sobre un altar de piedra, empezaron a extraer y a soltar, una a una, pequeñas y preciosas aves verdiazules (cuyas formas, a pesar de su color y tamaño, recordaban mucho a las águilas), las cuales fueron alejándose lentamente hacia el profundo cielo de la noche. Al poco de comenzar el vuelo, de sus alas se desprendían brillos insólitos, como diminutas estrellas, que caían hacia la arena como los restos de los fuegos de artificio. Estaba maravillado contemplando esa visión e intentando comprender el enigma, cuando una de ellas, la tercera, se dio la vuelta, en lugar de desaparecer en la negrura como sus hermanas. Yo alcé entonces un brazo, con la mano abierta, en un gesto casi inconsciente, sin saber bien por qué lo hacía, y el ave se posó en ella...
    Aquellas gentes se quedaron muy sorprendidas por este hecho, y asintieron en silencio. Mientras que yo sentí una rara alegría, como si hubiese logrado, sin esperarlo, el fruto de algún desconocido y benefactor sortilegio. Y creo que ahí acabó mi sueño. Si sucedió algo más, ya no lo recuerdo.   


A. Martín Bardán
(15 de diciembre, 2013)

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imagen: Roger Dean
     

martes, 19 de marzo de 2013

Caronte



Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.

Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.

Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.

Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.

Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.

"Soy el último", dijo.

Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.


Lord Dunsany

(Tales of Wonder - 1916)



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imagen 1: El Paso de la Laguna Estigia - Joaquim Patinir
imagen 2: concepción artística de Plutón y su luna Caronte (NASA)

domingo, 17 de marzo de 2013

Bethmoora



    "Si hubiera leído La Caída de Babbulkund o Días de Ocio en el País del Yann cuando era muchacho, tal vez hubiera cambiado a mejor o peor, y considerado esa primera lectura como la creación de mi mundo; porque cuando somos jóvenes, cuanto menos circunstancial, cuanto más lejos está un libro de la vida vulgar, más conmueve nuestros corazones y más nos hace soñar. Somos perezosos, infelices, exorbitantes, y, como el joven Blake, no admitimos ciudad hermosa que no esté enlosada de oro y plata."

W. B. Yeats

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BETHMOORA

por Lord Dunsany


    Hay en la noche de Londres una tenue frescura, como si alguna brisa desmandada hubiérase apartado de sus camaradas en los altos de Kentish y penetrado a hurtadillas en la ciudad. El suelo está húmedo y luciente. En nuestros oídos, que han llegado a una singular acuidad a esta tardía hora, incide el golpeteo de remotas pisadas. El taconeo crece cada vez más y llena la noche entera. Y pasa una negra figura encapotada y se pierde de nuevo en la oscuridad. Uno que ha bailado se retira a su casa. En alguna parte, un baile ha terminado y cerrado sus puertas. Se han extinguido sus luces amarillas, callan sus músicos, los bailarines han salido al aire de la noche, y ha dicho el Tiempo: «Que acabe y vaya a colocarse entre las cosas que yo he apartado.»
    Las sombras comienzan a destacarse de sus amplios lugares de recogimiento. No menos calladamente que las sombras, leves y muertas, caminan hacia sus casas los clandestinos gatos; de esta manera, aun en Londres tenemos remotos presentimientos de la llegada del alba, a la cual las aves y los animales y las estrellas cantan clamorosos en los despejados campos.
    No puedo decir en qué momento percibo que la misma noche ha sido irremisiblemente abatida. Se me revela de súbito en la cansada palidez de los faroles que están aún silenciosas y nocturnas las calles, no porque haya fuerza alguna en la noche, sino porque los hombres no se han levantado todavía de su sueño para desafiarla. Así he visto exhaustos y desaliñados guardias aún armados de antiguos mosquetes a las puertas de los palacios, aunque los reinos del monarca que guardan se han encogido en una provincia única que ningún enemigo se ha inquietado en asolar.
    Y ahora se manifiesta en el semblante de los faroles, estos humildes sirvientes de la noche, que ya las cimas de los montes ingleses han visto la aurora, que las crestas de Dover se ofrecen blancas a la mañana, que se ha levantado la niebla del mar y va a verterse tierra adentro.
    Y ya unos hombres, con unas mangueras, han venido y están desbrozando las calles.
    Ved ahora a la noche muerta.
    ¡Qué recuerdos, qué fantasías se atropellan en nuestra mente! Una noche acaba de ser arrebatada de Londres por la mano hostil del Tiempo. Un millón de cosas vulgares, envueltas por unas horas en el misterio, como mendigos vestidos de púrpura y sentados en tronos imponentes. Cuatro millones de seres dormidos, soñando tal vez. ¿En qué mundos han entrado? ¿A quién han visto? Pero mis pensamientos están muy lejos, en la soledad de Bethmoora, cuyas puertas baten en el silencio, golpean y crujen en el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy bellas, pero nadie las ve. El viento del desierto vierte arena en sus goznes, pero nadie llega a suavizarlos. Ningún centinela vigila las almenadas murallas de Bethmoora; ningún enemigo las asalta. No hay luces en sus casas ni pisadas en sus calles; está muerta y sola más allá de los montes de Hap; y yo quisiera ver de nuevo a Bethmoora, pero no me atrevo.
    Hace muchos años, según me han dicho, que Bethmoora está desolada.
    De su desolación se habla en las tabernas donde se juntan los marineros, y ciertos viajeros me lo han contado.
    Yo tenía la esperanza de haber visto otra vez Bethmoora. Muchos años han pasado, me dijeron, desde que se hizo la última vendimia de las viñas que yo conocí, donde ahora es todo desierto. Era un radiante día, y los moradores de la ciudad danzaban en las viñas, y en todas partes sonaba el kalipak. Los arbustos florecidos de púrpura cuajábanse de yemas, y la nieve refulgía en las montañas de Hap.
    Fuera de las puertas prensaban las uvas en las tinas para hacer el syrabub. Había sido una gran vendimia.
    En los breves jardines de junto la linde del desierto sonaba el tambang y el tittibuck, y el melodioso tañido del zootivar.
    Todo era regocijo y canto y danza porque se había recogido la vendimia y habría larga provisión de syrabub para la invernada, y aun sobraría para cambiar por turquesas y esmeraldas a los mercaderes que bajan de Oxuhahn. Así se regocijaban durante todo el día con su vendimia en la angosta franja de tierra cultivada que se alarga entre Bethmoora y el desierto tendido bajo el cielo del Sur. Y cuando empezaba a desfallecer el calor del día, y se acercaba el sol a las nieves de las montañas de Hap, las notas del zootivar todavía saltaban claras y alegres de los jardines, y los brillantes vestidos de los bailarines giraban entre las flores.
    Durante todo aquel día vióse a tres hombres, jinetes en sendas mulas, que cruzaban la falda de las montañas de Hap. En uno y otro sentido, según las revueltas del camino, veíase mover los tres puntitos negros sobre la nieve. Primero fueron divisados muy de mañana en el collado de Peol Jagganot, y parecían venir de Utnar Véhi. Caminaron todo el día. Y al atardecer, poco antes de que se encendieran las luces y palidecieran los colores, llegaron a las puertas de cobre de Bethmoora. Traían báculos, como los mensajeros de aquellas tierras, y sus trajes parecieron ensombrecerse cuando los rodearon los danzarines con sus ropajes color verde y lila. Los europeos que se hallaban presentes y oyeron el mensaje ignoraban la lengua, y sólo pudieron entender el nombre de Utnar Véhi. Pero era conciso y cundió rápidamente de boca en boca, y al punto la gente prendió fuego a las viñas y empezó a huir de Bethmoora, dirigiéndose los más al Norte y algunos hacia Oriente. Salieron precipitadamente de sus bellas casas blancas y cruzaron en tropel la puerta de cobre; cesaron de pronto los trémolos del tambang y del tittibuck y el tañido del zootivar, y el tintineo del kalipak extinguióse un momento después.
    Los tres extraños emisarios volvieron grupas al instante de dar su mensaje. Era la hora en que debía haber aparecido una luz en alguna alta torre, y una después de otra hubieran vertido las ventanas a la oscuridad la luz que espanta a los leones, y hubiéranse cerrado las puertas de cobre. Mas no se vieron aquella noche luces en las ventanas, ni volvieron a verse ninguna otra noche, y las puertas de cobre quedaron abiertas para no cerrarse más, y levantóse el rumor del rojo incendio que abrasaba los viñedos y las pisadas del tropel que huía en silencio. No se oía gritar, ni otro ruido que el de la huída resuelta y apresurada. Huían las gentes veloz y calladamente, como huye la manada de animales salvajes cuando surge a su lado, de pronto, el hombre. Era como si hubiese sobrevenido algo que se temiera desde muchas generaciones, algo de lo que sólo pudiera escaparse por la fuga instantánea, que no deja tiempo a la indecisión.
    El miedo sobrecogió a los europeos, que huyeron también. Lo que el mensaje fuera, nunca lo he sabido.
    Creen muchos que fue un mensaje de Thuba Mleen, el misterioso emperador de aquellas tierras, que nunca fue visto por nacido, avisando que Bethmoora tenía que ser abandonada. Otros dicen que el mensaje fue un aviso de los dioses, aunque se ignora si de dioses amigos o adversos.
    Y otros sostienen que la plaga asolaba entonces una línea de ciudades en Utnar Véhi, siguiendo el viento Suroeste, que durante muchas semanas había soplado sobre ellas en dirección a Bethmoora.
    Otros cuentan que los tres viajeros padecían el terrible gnousar, y que hasta las mulas lo iban destilando, y suponen que habían llegado a la ciudad empujados por el hambre; mas no dan razón para tan terrible crimen.
    Pero creen los más que fue un mensaje del mismo desierto, que es dueño de toda la tierra por el Sur, comunicado con su grito peculiar a aquellos tres que conocían su voz; hombres que habían estado en la arena inhospitalaria sin tiendas por la noche, que habían carecido de agua por el día; hombres que habían estado allí donde gruñe el desierto, y habían llegado a conocer sus necesidades y su malevolencia.
    Dicen que el desierto deseaba a Bethmoora, que ansiaba entrar por sus hermosas calles y enviar sobre sus templos y sus casas sus torbellinos envueltos en arena. Porque odia el ruido y la vista del hombre en su viejo corazón malvado, y quiere tener a Bethmoora silenciosa y quieta, y sólo atenta al fatal amor que él murmura a sus puertas.
    Si yo hubiera sabido cuál fue el mensaje que trajeron los tres hombres en las mulas y dijeron al llegar a las puertas de cobre, creo que hubiera vuelto a ver Bethmoora. Porque me invade un gran anhelo aquí, en Londres, de ver una vez más la hermosa y blanca ciudad; y, sin embargo, temo, porque ignoro el peligro que habría de afrontar, si habría de caer bajo el furor de terribles dioses desconocidos, o padecer alguna enfermedad lenta e indescriptible, o la maldición del desierto, o el tormento en alguna pequeña cámara secreta del emperador Thuba Mleen, o algo que los mensajeros no habían dicho, tal vez más espantoso aún.


Lord Dunsany
(1910)



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libro: Cuentos de un soñador (Fco. Arellano, Ed. - Madrid, 1977)
trad.: Amparo Nieto Bort
imagen 1: Reflections on the Thames - John Atkinson Grimshaw
imagen 2: de Big.com

lunes, 16 de noviembre de 2009

Lord Dunsany (II)



Para terminar este breve homenaje a la figura de Dunsany, pongo aquí una introducción escrita por alguien que le conoció personalmente: Pradaic Colum.
Mi deseo es que los anteriores relatos y este texto sirvan para que os sintáis atraídos por su obra. Lord Dunsany era un buen soñador, y un buen narrador de sueños... Si en algo ha servido mi humilde labor de transcriptor, me doy por satisfecho, porque merece la pena leer al barón de Dunsany.

AHM.

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INTRODUCCIÓN a los CUENTOS DE UN SOÑADOR

por Pradaic Colum


Un joven alto y ceñudo, cuyos ojos vivísimos y penetrantes miraban a través de incongruentes antiparras, disertaba en una sociedad literaria de Dublín. Alguien decía: "Parece un retrato de Robert Louis Stevenson"; y en verdad que había cierta semejanza en el esparcido mostacho, en la punzante mirada y en la sugestión del rostro. Hablaba de poesía, y su profundo interés por el propio tema dábale poder para fascinar al auditorio con el hechizo de la misma poesía. Todos los poemas que recitó eran inspirados. No empleaba ningún artificio, mas todos pudieron comprender que escuchaban a un orador nato.

Era Lord Dunsany, cuyas piezas dramáticas La Puerta Brillante y El Rey Argimiris y el guerrero desconocido habíanse presentado en el teatro Irlandés (en 1909 y 1911). Era oficial del Ejército Británico, notable criketer, buen cazador, y ya había pasado por una guerra. Mas podía observarse que prefería, por encima de todo, las cosas de imaginación.


Encomiaba la obra de un joven poeta de su mismo distrito de Irlanda, el condado de Meath. Hablaba de ese condado con tal afición, que se comprendía que el propio Dunsany anteponía el hecho de ser de Meath al de ser irlandés. Meath es el condado central de Irlanda. Su suelo es muy fértil, y, por esa razón, fué siempre ambicionado por todos los conquistadores que invadieron Irlanda. Antes que vinieran los normandos contaba ya Meath con mil años de historia. Eran los dominios de Ard-ri, el emperador de los estados célticos de Irlanda. En Meath está Tara, tan sagrada y venerable, que el rey que logró poseerla tuvo por vasallos a los otros reyes de la antigua Irlanda. Y Cuchullain, cuyo nombre evoca todo un ciclo de mito e historia, tuvo una parte de Meath por patrimonio. "Hasta el hombre que batió a Napoleón era de Meath", proclamaba Lord Dunsany. Pero esto no es exacto. Aunque descendiente de una familia de Meath, Wellington nació en otro condado de Irlanda.

Los progenitores de Lord Dunsany, los Plunkett, normando-irlandeses, o norse-irlandeses, pudieron arraigarse en este famoso, por no decir fabuloso, territorio de Irlanda. El primer conquistador fundó dos señoríos: el señorío de Fingall y el de Dunsany. Los dominios, los castillos y los títulos proceden del siglo XIII y forman la más antigua baronía de las Islas Británicas. Así que Lord Dunsany pertenece a una de las seis familias de la más elevada aristocracia británica actual que datan de la época normanda.

Es de interés hacer notar que su padre fué notable orador y su tío el célebre estadista irlandés Sir Horacio Plunkett. Edward John Moreton Drax Plunkett, décimo octavo barón de Dunsany, cursó en una escuela pública inglesa y en una universidad inglesa; fué oficial de Guardias e hizo la guerra del Africa del Sur antes de empezar a escribir.



Como las antiguas literaturas, su obra comenzó por la mitología. Nos contó primero los dioses de los países en que habían de vivir sus reyes, sus sacerdotes y sus pastores. Los dioses de Pegana eran extraños y remotos; pero por debajo de ellos había mil dioses familiares: Roon, el dios de la Marcha, cuyos templos están más allá de los más lejanos montes; Kilulugung, el Señor del Humo; Jabim, que se sienta detrás de la casa a plañir las cosas rotas y abandonadas; Tribugie, el Señor de lo Obscuro, cuyos hijos son sombras; Pitsu, el que pega al gato; Hobith, el que aplaca al perro; Habinabah, el Señor del Rescoldo Encendido; el viejo Gribaun, que se sienta en el corazón del fuego y convierte la leña en ceniza.

"Y cuando cierra la noche, en la hora de Triburgie", dice en el capítulo de Los Dioses de Pegana que versa sobre los mil dioses lares, "surge calladamente de la selva Hish, el Señor del Silencio, cuya prole son los murciélagos, que han quebrantado el mandato de su padre, pero siempre en voz baja. Hish acalla al ratón y todos los susurros de la noche, y deja quedos todos los ruidos. Sólo el grillo se rebela. Pero Hish envía contra él tal hechizo, que luego de cantar mil veces, su voz se apaga y entra a formar parte del silencio."

Después de escribir Los Dioses de Pegana descubrió Lord Dunsany una figura más sugestiva para él que cualquiera de sus dioses: la figura del Tiempo. "De pronto, la atezada figura del Tiempo se alza ante los dioses; de sus manos gotea la sangre, y una roja espada cuelga perezosamente de sus dedos". El Tiempo había arrasado a Sardathrion, la ciudad que ellos habían levantado para su solaz, y cuando el más viejo de los dioses le preguntó, "el Tiempo le miró a la cara y avanzó hacia él, acariciando con sus dedos ensangrentados el puño de su ágil espada".
Una y otra vez narra de las ciudades que fueron maravilla antes de que el Tiempo prevaleciera contra ellas: Sardathrion, con su león de ónice, que asoma sus patas en la obscuridad; Babbulkund, llamada por quienes la amaban la Ciudad de Maravilla, y por quienes la aborrecían la Ciudad del Perro, donde, sobre las techumbres de palacio, "alados leones volaban como murciélagos, cada uno del tamaño de los leones de Dios, y las alas más anchas que ninguna de las creadas"; Bethmoora, cuyas ventanas vierten una tras otra a la sombra "la luz que espanta a los leones".
Todos nosotros hemos de lamentar que no figurasen esas historias de Dunsany entre las que leíamos en nuestra juventud:

"Si hubiera leído La Caída de Babbulkund o Días de Ocio en el País del Yann cuando era muchacho -dice W.B. Yeats-, tal vez hubiera cambiado a mejor o peor, y considerado esa primera lectura como la creación de mi mundo; porque cuando somos jóvenes, cuanto menos circunstancial, cuanto más lejos está un libro de la vida vulgar, más conmueve nuestros corazones y más nos hace soñar. Somos perezosos, infelices, exorbitantes, y, como el joven Blake, no admitimos ciudad hermosa que no esté enlosada de oro y plata".



De los cuentos ha pasado al poema teatral y ha llevado a la escena la impresionante sencillez de sus mitos y fábulas.
Sus reyes, mendigos y esclavos son sobremanera sencillos e inocentes; no tienen más que una pasión, o una visión, o una fe. Llegó al teatro con escaso conocimiento de lo que se llama "construcción teatral", pero con una pasmosa intuición para la situación dramática. Esta capacidad para el sentimiento de la situación es la que ha hecho de sus Dioses de la Montaña, su Rey Argimiris y el guerrero desconocido y su Noche en una posada verdaderas obras dramáticas.

Tan fundamental como el sentido de la situación debiera ser para los dramaturgos el del lenguaje exaltado. Hay palabras, palabras, palabras, pero no lenguaje; entendiendo por tal su exaltación en el teatro actual. Lord Dunsany, con W.B. Yeats y J.M. Synge, ha restaurado y potenciado el lenguaje teatral.

"¡Oh, espíritu guerrero!", exclama el Rey Argimiris apostrofando al muerto cuya espada ha encontrado en campo esclavo; "¡oh, espíritu guerrero, dondequiera que ahora vagues, cualesquiera que sean tus dioses, ya te castiguen o te bendigan; oh, espíritu caballeresco que dejaste aquí tu espada: mira cómo te adoro sin dioses a quienes adorar, porque el dios de mi pueblo ha sido roto en tres esta noche! Mi brazo está torpe por tres años de esclavitud y se ha olvidado de la espada. Pero guía tu espada hasta que haya matado a seis hombres y armado a los más fuertes esclavos, y tendrás todos los años el sacrificio de cien hermosos bueyes. Y erigiré en Ithara un templo a tu memoria, donde todo el que entre te recordará; y así serás honrado y envidiado entre los muertos, porque los muertos son muy celosos del recuerdo. Aunque hayas sido un bandido que arrancases vidas ilícitamente, raras hierbas se abrasarán en tu templo, y jóvenes vírgenes cantarán, y recién cortadas flores cubrirán las naves solemnes... ¡Oh, pero tiene una buena hoja esta vieja espada; no querrías verla errar el golpe; no querrías verla hendir sedienta el aire; una espada tan enorme necesita un buen hueso lleno de médula! ¡Ven a mi brazo derecho, oh, antiguo espíritu, oh, alma del desconocido guerrero! Y si te oyen algunos dioses, háblales contra Illuriel, el dios del rey de Darniak."

He aquí un parlamento dramático, realmente exaltado y noble. La elocuencia que le es natural cuando habla de cosas imaginarias, y que acaso le viene de herencia, alcanza sus más fina expresión en los parlamentos de sus dramas.



Todos somos hoy ficcionistas; Lord Dunsany era esa rara criatura: el fabulista. No pretende cultivar las formas impositivas de lo que llamamos realidad, graciosas, impresionantes o expresivas; propónese, por el contrario, transportarnos en absoluto fuera de esta realidad. Es como el hombre que viene a los refugios de los cazadores y dice: "Os maravilláis de la Luna. Yo os diré cómo y por qué se hizo la luna". Y luego de contarles de la Luna, sigue narrando de las maravillosas ciudades que están más allá del bosque, y del joyel que hay en el cuerno del unicornio. Si tal escritor fuese censurado por llenar a la gente de sueños y ociosos cuentos, podría contestar (si tuviera la necesaria filosofía): "He mantenido viva en su espíritu la capacidad de maravillarse, y maravillarse en el hombre es santidad".

Lord Dunsany podría decir de sí mismo, con Blake: "La imaginación es el hombre". Podría, creo, llegar hasta declarar que lo más digno que puede hacer la Humanidad es exaltar cada vez más la imaginación. Apenas si es posible sorprender en su obra una idea social. Hay una, sin embargo: la impecable hostilidad contra todo lo que empobrece la fantasía del hombre, contra las ciudades viles, contra los intereses comerciales, contra la cultura que dimana de la organización material.
El se cierne sobre las cosas que despiertan la imaginación: espadas y ciudades, templos y palacios, esclavos en revuelta y reyes en desgracia. Tiene la mentalidad de un creador de mitos, y puede dar a los barcos, a las ciudades y a los torbellinos, vastas y propias formas.

Fácil es encontrar sus orígenes literarios. Son la Biblia, Homero y Herodoto. Hizo de la Biblia, cuando joven, su libro de maravillas, inducido por la censura de su madre, que era enemiga, según él mismo nos cuenta, de que leyese periódicos vulgares y corrientes. La Biblia le ha dado su exaltada y rítmica prosa. También de ella ha tomado los temas que tanto ha repetido: lejanas e increíbles ciudades, con sus profetas y sus dioses paganos.
Gusta de Homero y de los relatos de Herodoto sobre las antiguas civilizaciones. No creo que sea muy aficionado a la literatura moderna, y estoy seguro de que no lee ninguna de las obras filosóficas, sociológicas y económicas que llenan hoy las librerías. No juzgará un libro por la cubierta; pero estoy seguro de que los juzgaría por su título.
Le he visto arrobarse con los títulos de dos libros que fueron reseñados a la vez. Era uno Los altos hechos de Finn, y el otro, La Historia del Imperio Romano Oriental desde la subida de Irene a la caída de Basilio III. (No estoy seguro de haber citado exactamente a los soberanos bizantinos.)

Tiene una imaginación pródiga. Le he visto abocetar un escenario para una obra, escribir una breve historia e inventar una docena de episodios de cuento en el espacio de una mañana, sin cesar de hablar fantásticamente. Piensa mejor, presumo, al aire libre, mientras tira o caza en torno a su castillo. Y despliega una graciosa hospitalidad en ese castillo del siglo XII, en el condado de Meath; y haría una larga caminata a pie, lo sé muy bien, para descubrir un buen interlocutor y traerlo a su círculo.
Hace mucho tiempo que un antiguo historiador de Irlanda escribió en los Anales de los Cuatro Señores: "Hay dos grandes ladrones barones en el camino a Drogheda: Dunsany y Fingall; y si conseguís libraros de las manos de Fingall, seguramente caeréis en las de Dunsany."


Pradaic Colum

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- del libro "Cuentos de un Soñador"
- Francisco Arellano, Editor (Madrid, 1977)


miércoles, 11 de noviembre de 2009

El campo


EL CAMPO

Lord Dunsany


Cuando se han visto caer ya en Londres las flores de la primavera y cómo ha aparecido madurado y decaído el verano, con esa rapidez con que transcurre en las ciudades, y, sin embargo, se está en Londres todavía, entonces, en un momento imprevisto, el campo alza su cabeza florida y nos llama con su voz clara, urgente e imperiosa. Cerros y colinas parecen surgir como surgirían en el horizonte celestial las filas angélicas de un coro dedicado a rescatar a las almas empedernidas en el vicio, arrancándolas de sus tugurios.
El trajín callejero no hace suficiente ruido para ahogar su voz, ni las mil asechanzas londinenses podrían distraernos de su llamada. Una vez que se le ha oído, nos es imposible sujetar la fantasía, que se siente fascinada por el recuerdo de cualquier arroyuelo rural, con sus guijarros de colores... Londres entero cae vencido por aquel, como un Goliath metropolitano atacado de improviso.
De muy lejos vienen esas voces interiores, muy lejos en leguas y en remotos años, porque esos montes y colinas que nos solicitan son los montes que "fueron"; esa voz es la voz de antaño, cuando el rey de los duendecillos soplaba aún su cuerno.

Yo las veo ahora, aquellas colinas de mi infancia, porque ellas son las que me llaman, las veo con sus rostros vueltos hacia un atardecer de púrpura, cuando las frágiles figurillas de las hadas, asomándose entre los helechos, espían el caer de la tarde. Sobre las cumbres pacíficas no existen aún ni apetecibles mansiones ni regaladas residencias, que han echado hoy a las gentes del lugar, y las ha sustituido por efímeros inquilinos.
Cuando sentía interiormente la voz de las montañas, iba a buscarlas pedaleando en una bicicleta, carretera adelante, porque en el tren perdemos el efecto de verlas acercarse poco a poco y no nos da tiempo para sentir que vamos despojándonos de Londres como de un viejo y pertinaz pecado. Ni se pasa tampoco por las aldehuelas del camino, guardadoras de alguno de los últimos rumores de la montaña; ni nos queda esa sensación de maravilla de verlas siempre allí, siempre las mismas, conforme nos acercamos a sus faldas, mientras a lo lejos, distantes, sus santos rostros nos miran acogedores. En el tren nos las encontramos de improviso, al doblar una curva; de repente, allá se presentan todas, todas sentadas bajo el sol.

Creo yo que si uno escapase al peligro de algún enorme bosque tropical, las bestias salvajes decrecerían en número y en crueldad conforme nos alejásemos, las tinieblas se irían disipando poco a poco y el horror del lugar terminaría por desaparecer. Pues bien: conforme uno se aproxima a los límites de Londres y las crestas de las montañas comienzan a dejar sentir su influencia sobre nosotros, nos parece que las casas urbanas aumentan en fealdad, las calles en abyección, la oscuridad es mayor y los errores de la civilización se muestran más a lo vivo al desprecio de los campos.
Donde la fealdad alcanza su apogeo, en el sitio más hórrido y miserable, nos parece oír gritar al arquitecto: "¡Ya he alcanzado la cumbre de lo horrible! ¡Bendito sea Satanás!". En aquel instante, un puentecillo de ladrillos amarillentos se nos presenta como puerta de afiligranada plata, abierta sobre el país de la maravilla.
Entramos en el campo.
A derecha e izquierda, todo lo lejos que la vista alcanza, se extiende la ciudad monstruosa. Pero ante nosotros los campos cantan su vieja, eterna canción.

Una pradera hay allá llena de margaritas. Al través de ella, un arroyuelo corre bajo un bosquecillo de juncos. Tenía la costumbre de descansar junto a aquel arroyuelo antes de continuar mi larga jornada por los campos, hasta acercarme a las laderas de las montañas.
Allí acostumbraba yo a olvidarme de Londres, calle tras calle. Algunas veces cogía un ramo de margaritas y se lo mostraba a las montañas.
Frecuentemente venía aquí. En un principio no noté nada en aquel campo, sino su belleza y la sensación de paz que producía.
Pero a la segunda vez que vine pensé que algo ominoso se ocultaba en aquellas praderas.
Allí abajo, entre las margaritas, junto al somero arroyuelo, sentí que algo terrible podía acontecer. Allí precisamente, en aquel mismo sitio.
No me detuve mucho en ese lugar. Quizá, pensé, tanto tiempo pasado en Londres me había despertado estas mórbidas fantasías. Y me fuí a las colinas tan de prisa como pude.
Varios días estuve respirando el aire campesino, y cuando tuve que volverme fuí de nuevo a aquel campo a gozar del pacífico lugar antes de entrar en Londres. Pero algo siniestro se ocultaba todavía entre los juncos.

Un año entero pasó antes de volver por allí. Salía de la sombra de Londres al claro sol, la verde hierba relucía y las margaritas resplandecían en la claridad; el arroyuelo cantaba una cancioncilla alegre. Mas en el momento en que avancé en el campo, mi antigua inquietud renació; y esta vez peor que en las anteriores. Me parecía notar como si entre la sombra se cobijase algo terrible, algún espantoso acontecimiento futuro, que el transcurso de un año habría acercado.
Quise tranquilizarme haciendo el razonamiento de que tal vez el ejercicio de la bicicleta era malo y que en el momento en que se toma descanso se despertaría ese sentimiento de inquietud.
Poco después volvía a pasar ya de noche por aquella pradera. La canción del arroyo en medio del silencio me atrajo hacia ella. Y entonces me vino a la fantasía el pensar lo terriblemente frío que sería aquel lugar para quedarse allí, bajo la luz de las estrellas, si por cualquier razón uno se viese herido, sin posibilidad de escapar.

Conocía a un hombre que estaba informado al detalle de la historia de la localidad. Fuí a preguntarle si había ocurrido algo histórico alguna vez en aquel lugar. Cuando me estrechaba a preguntas para que le explicase la razón de las mías, le contesté que aquella pradera me había parecido un buen sitio para celebrar una fiesta. Pero me dijo que nada de interés había ocurrido allí, nada absolutamente.
Así, pues, era del futuro de donde procedía la inquietud.
Durante tres años hice visitas más o menos frecuentes a esa campiña, y cada vez con más claridad presagiaba cosas nefastas, y mi desasosiego se agudizaba cada vez que me entraba el deseo de descansar entre su fresca hierba, junto a los hermosos juncos.
Una vez, para distraer mis pensamientos, intenté calcular la rapidez con que corría el arroyuelo, pero me asaltó la conjetura de si correría tan de prisa como la sangre.
Y comprendí que sería un lugar terrible, algo como para volverse loco, si de improviso se empezase a oír voces.

Por fin fuí allá con un poeta a quien yo conocía. Le desperté de sus quimeras y le expuse el caso concreto. El poeta no había salido de Londres durante todo aquel año. Era necesario que fuese conmigo a ver aquella pradera y decirme qué era lo que estaba próximo a acontecer en ella. Era a fines de julio. El suelo, el aire, las casas y el polvo estaban tostados por el verano; se oía a lo lejos, monótonamente, el trajín londinense, arrastrándose siempre, siempre, siempre. El sueño, abriendo sus alas, se remontaba en el aire y, huyendo de Londres, se iba a pasear tranquilamente por los lugares campestres.
Cuando el poeta vió aquel prado se quedó como en éxtasis; las flores brotaban en abundancia a lo largo del arroyo; después se acercó al bosquecillo cercano. A la orilla del arroyo se detuvo y pareció entristecerse mucho. Una o dos veces miró arriba y abajo, con melancolía; se inclinó y miró las margaritas, una primero, luego otra, muy detenidamente, moviendo la cabeza.

Durante un gran rato estuvo silencioso, y, entretanto, todas mis antiguas inquietudes volvieron con mis presagios para lo futuro.
Entonces le dije: "¿Qué clase de campo es este?".
Y él movió la cabeza con pesadumbre.
"Es un campo de batalla", dijo.



Lord Dunsany

(A Dreamer's Tales, 1910)
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- "Cuentos de un Soñador"
- trad.: Amparo Nieto Bort
- Francisco Arellano, Editor (Madrid, 1977)

lunes, 2 de noviembre de 2009

La ventana maravillosa




LA VENTANA MARAVILLOSA


Lord Dunsany



La policía estaba haciendo circular al viejo de indumentaria oriental, y eso fue lo que hizo que se fijase en él, y en el paquete que llevaba debajo del brazo, el señor Sladden, quien se ganaba el sustento en los almacenes de los Sres. Mergin y Chater, o sea en su establecimiento.
El señor Sladden tenía fama de ser el joven más atontado para los negocios: un asomo -un simple atisbo- de fantasía hacía que se quedase con la mirada perdida, como si las paredes de la tienda fuesen de gasa y Londres mismo fuese una pura ficción, en lugar de atender a los clientes.
El solo hecho de que el mugriento papel que envolvía el paquete del viejo estuviera cubierto de letras árabes bastó para suscitar en el señor Sladden ideas de aventura, y siguió tras él hasta que se dispersó la pequeña multitud, y el extranjero se detuvo en el bordillo de la acera, desenvolvió el paquete, y se dispuso a vender su contenido. Era una ventanita de madera vieja con pequeños cristales emplomados; tenía como un pie de ancho, y menos de dos pies de alto. El señor Sladden jamás había visto vender una ventana en la calle, así que preguntó el precio.

-Su precio es todo lo que usted tenga -dijo el viejo.
-¿De dónde la ha sacado? -dijo el señor Sladden, porque era una ventana muy rara.
-Di por ella todo lo que tenía, en las calles de Bagdad.
-¿Y tenía mucho? -dijo el señor Sladden.
-Tenía cuanto quería -dijo-, menos esta ventana.
-Debe ser una buena ventana -dijo el joven.
-Es una ventana mágica -dijo el viejo.
-Yo sólo llevo encima diez chelines; pero en casa tengo quince, y seis peniques.
El viejo meditó un momento.
-Entonces, el precio de la ventana es de veinticinco chelines y seis peniques -dijo.

Sólo cuando quedó cerrado el trato, y pagó los diez chelines, y le acompañaba el extraño viejo para cobrar sus quince chelines y seis peniques y colocarle la mágica ventana en su única habitación, se le ocurrió al señor Sladden que no necesitaba ninguna ventana. Pero ya estaban en la puerta de la casa donde tenía alquilada la habitación, y parecía demasiado tarde para entrar en explicaciones.
El extranjero pidió que le dejase solo mientras colocaba la ventana, así que el señor Sladden se quedó delante de la puerta, al final de un pequeño tramo de crujientes escalones. No oyó ruido de martillazos.
Poco después salió el extraño viejo con su descolorida túnica amarilla y su larga barba, y con la mirada perdida en la lejanía. "Ya está", dijo; y se despidieron él y el joven. Y si siguió en Londres como una mancha de color y un anacronismo, o regresó a Bagdad, y qué oscuras manos pusieron en circulación sus veinticinco chelines y seis peniques, son cosas que el señor Sladden no llegó a saber jamás.

El señor Sladden entró en la habitación de desnudo entarimado donde dormía y pasaba todas sus horas de recogimiento desde que cerraban hasta que abrían los Sres. Mergin y Chater. Para los penates de tan desastrada habitación, su impecable levita debía de ser objeto de constante admiración. El señor Sladden se la quitó y la dobló cuidadosamente; y allí, en la pared, un poco alta, estaba la ventana del viejo. Hasta ese momento no había habido ninguna ventana en esa pared, ni otro adorno que una pequeña alacena; así que cuando el señor Sladden hubo guardado con todo esmero su levita, echó una mirada por su nueva ventana. Ocupaba el sitio donde había estado antes la alacena en la que guardaba los cacharros del té: ahora los tenía encima de la mesa. Cuando el señor Sladden miró por su nueva ventana declinaba ya la tarde de ese día de verano: las mariposas habrían cerrado sus alas hacía rato, aunque aún no habrían salido los murciélagos a hacer sus recorridos... Pero esto era Londres: las tiendas habían cerrado, aunque aún no habían encendido las luces de las calles.

El señor Sladden se frotó los ojos, después frotó la ventana, y vio todavía un cielo azul intenso; y allá abajo, a una distancia desde la que no le llegaban ni el ruido ni el humo de las chimeneas, percibió una ciudad medieval erizada de torres. Techumbres marrones, calles empedradas, y luego blancas murallas y contrafuertes; y más allá, campos verdes y minúsculos riachuelos. En lo alto de las torres había arqueros recostados, y piqueros a lo largo de las murallas; de vez en cuando, alguna carreta recorría una calle vetusta, cruzaba pesadamente la puerta de la ciudad, y salía al campo; de vez en cuando, entraba alguna que otra, también, procedente de la bruma que iba cubriendo los campos con el atardecer. A veces, la gente asomaba la cabeza a sus ventanas enrejadas; otras, se ponía a cantar algún trovador ocioso, y nadie tenía prisa ni se atribulaba por nada. Aunque la altura era enorme y vertiginosa -porque el señor Sladden se encontraba, al parecer, más alto que una gárgola de catedral-, sin embargo, percibió con toda claridad un detalle clave: las banderas que ondeaban en cada torre, por encima de los indolentes arqueros, ostentaban pequeños dragones dorados sobre un campo blanco puro.
Por la otra ventana le llegaba el estruendo de los autobuses y el vocear de los vendedores de periódicos.





El señor Sladden se volvió más soñador que nunca, después de eso, en el establecimiento de los Sres. Mergin y Chater. Pero en un asunto se reveló lúcido y alerta: hacía constantes y minuciosas indagaciones acerca de una bandera blanca con dragones de oro, y no hablaba con nadie sobre su maravillosa ventana. Llegó a saberse las banderas de todos los reyes de Europa, se interesó incluso por la historia, e hizo averiguaciones en los comercios familiarizados con la heráldica; pero en ninguna parte consiguió descubrir el menor rastro de pequeños dragones de oro sobre campo argén. Y considerando que aquellos dorados dragones ondeaban para él solo, llegó a quererlos como un exiliado en el desierto puede querer los lirios de su tierra natal, o un enfermo a las golondrinas cuando sabe que no es fácil que viva otra primavera.
En cuanto los Sres. Mergin y Chater echaban el cierre, el señor Sladden regresaba a su sórdida habitación, a mirar por la maravillosa ventana, hasta que oscurecía y pasaba la guardia, linterna en mano, haciendo la ronda de las murallas, y surgía la noche como si fuese de terciopelo, cuajada de estrellas desconocidas. Otro dato clave intentó obtener una noche, trazando en un papel las figuras de las constelaciones; pero tampoco le llevó esto a ninguna parte, ya que no se parecían en nada a las que brillaban en uno y otro hemisferio.

Todos los días, en cuanto se despertaba, lo primero que hacía era ir a la ventana maravillosa: y allí estaba la ciudad, diminuta por la distancia, brillando a la luz matinal, con los dragones de oro danzando al sol, y los arqueros estirándose o balanceando los brazos en las torres azotadas por el viento. La ventana no se abría, de manera que no oía las canciones que los trovadores cantaban al pie de los dorados balcones; ni siquiera oía los carillones de los campanarios, aunque a cada hora veía salir disparadas de sus nidos a las cornejas. Y lo primero que hacía él siempre era echar una ojeada a las torres que descollaban por encima de las murallas, para ver si seguían volando los pequeños dragones de oro sobre sus banderas. Y cuando los veía ondear en cada torre sobre blancos pliegues, contra el azul intenso y maravilloso del cielo, se vestía contento y, tras una última ojeada, se marchaba al trabajo con el espíritu radiante. Les habría sido difícil a los clientes de los Sres. Mergin y Chater adivinar la exacta ambición del señor Sladden mientras les atendía con su elegante levita: ser hombre de armas o arquero para luchar, bajo los pequeños dragones de oro que tremolaban sobre una bandera blanca, en favor de un rey desconocido de una ciudad inaccesible. Al principio, el señor Sladden solía dar vueltas y vueltas en torno a la calleja miserable donde vivía, pero no consiguió averiguar nada; y no tardó en advertir que debajo de su ventana maravillosa soplaban aires muy distintos de los del otro lado de la casa.

En agosto, las tardes comenzaron a acortar -ése fue precisamente el comentario que le hicieron los otros empleados de los almacenes, por lo que casi temió que sospecharan su secreto-, y tuvo mucho menos tiempo para dedicar a la ventana maravillosa, ya que había pocas luces abajo, y las apagaban temprano.
Una mañana de finales de agosto, antes de salir para el trabajo, el señor Sladden vio que una compañía de piqueros corría por la calle empedrada en dirección a las puertas de la ciudad medieval, la Ciudad de los Dragones de Oro solía llamarla él, pero sólo en su pensamiento, ya que nunca hablaba de ella con nadie. Lo siguiente que observó fue que los arqueros de las torres hablaban vivamente entre sí y se repartían manojos de flechas, además de las que llevaban en las aljabas. En las ventanas se asomaban más cabezas de lo habitual; una mujer salió corriendo, llamó a unos niños y los metió en casa; pasó un caballero calle abajo, y a continuación aparecieron más piqueros en las murallas; y las cornejas estaban todas en el aire. En la calle no cantaba ningún trovador. El señor Sladden echó una mirada a las torres para comprobar que seguían izadas las banderas, y que ondeaban al viento los dorados dragones. Luego tuvo que irse al trabajo.

Esa tarde cogió el autobús para volver y subió la escalera corriendo. No parecía ocurrir nada especial en la Ciudad de los Dragones de Oro, aparte de haber una multitud en la calle empedrada que se dirigía a las puertas de la ciudad; los arqueros parecían seguir indolentemente recostados en sus torres, como de costumbre; luego arriaron una bandera blanca con sus dragones dorados. No se dio cuenta el señor Sladden, al pronto, de que los arqueros estaban todos muertos. La multitud venía en riada hacia él, hacia el altísimo muro desde donde observaba: los de la bandera blanca cubierta de dragones retrocedían poco a poco, acosados por unos hombres que portaban otra bandera, una bandera en la que había un gran oso rojo. Arriaron otra bandera de una torre. Entonces lo comprendió todo: los dragones de oro... sus pequeños dragones de oro, estaban siendo derrotados. Los hombres del oso habían llegado al pie de su ventana; cualquier cosa que les arrojase desde esa altura caería con fuerza tremenda: los hierros de la chimenea, carbón, su reloj, lo que fuese; pero tenía que luchar por sus pequeños dragones de oro.

De una de las torres brotó una llamarada que lamió los pies de un arquero reclinado: no se movió. Seguidamente, dejó de ver el estandarte extranjero, que se había situado justo debajo de él. El señor Sladden rompió los cristales de la ventana maravillosa y desprendió con el atizador el plomo que los sujetaba. En el instante mismo de romperse el cristal, vio tremolar aún una bandera cubierta de dragones de oro; luego, al dar un paso atrás para arrojar el atizador, le llegó un aroma de especias misteriosas; pero no había nada allí, ni siquiera claridad; porque tras los fragmentos de la ventana maravillosa no estaba sino la pequeña alacena donde guardaba los cacharros del té.

Y aunque el señor Sladden es hoy más viejo, y conoce más el mundo, y hasta tiene su propio negocio, jamás ha podido comprar otra ventana igual ni, desde entonces, ha logrado averiguar una sola palabra, por los libros o los hombres, sobre la Ciudad de los Dragones de Oro.


Lord Dunsany


- "The Wonderful Window"
- (The Book of Wonder; 1912)

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- del libro En el País del Tiempo
- traducción: Francisco Torres Oliver
- Ediciones Siruela, Madrid 1988

viernes, 30 de octubre de 2009

Lord Dunsany




La próxima entrada de este cuaderno será un cuento de Lord Dunsany, uno titulado "La ventana maravillosa", de su libro The Book of Wonder, de 1912.
Pero antes quiero poner aquí, como presentación, una breve semblanza que le dedicó un escritor muy conocido, llamado Borges...




La literatura, nos dicen, empieza por cosmogonías y mitos; Edward John Moreton Drax Plunkett, Lord Dunsany, ensayó con felicidad ambos géneros en The Gods of Pegana (1905) y Time and the Gods (1906).
Se ha comparado la cosmogonía de Dunsany con la de William Blake, anterior en un siglo. Hay una diferencia esencial: la de Blake corresponde a una renovación total de la ética, que procede de Swedenborg y que Nietzsche prolongará; la de Lord Dunsany, a un libre y gozoso juego de la imaginación.
Matthew Arnold, en 1867, había declarado que lo esencial de la literatura celta es el sentimiento mágico de la naturaleza; la obra de Dunsany confirmaría espléndidamente esa aseveración.
En 1921 manifestó: "No escribo nunca sobre las cosas que he visto; escribo sobre las que he soñado".


Jorge Luis Borges

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Imágenes:

- Castillo de Dunsany
- Lord Dunsany

domingo, 5 de octubre de 2008

Dunsany




Me entero de que mi estimado Lord Dunsany era, aparte de capitán del ejército inglés, un gran aficionado a la caza mayor, lo que le llevó a viajar por tierras lejanas de África y la India... No importa, pero caigo en la cuenta de que se hace uno unas ideas muy equivocadas sobre las personas que quiere y admira.

Imaginaba al señor Dunsany como un hombre más bien tranquilo, pacífico, que acostumbraba a dar largos paseos por el campo y luego, al anochecer, se encerraba en su castillo a escribir cuentos maravillosos. Me lo figuraba como un maestro de la fantasía, como un veterano viajero que conocía bien la tierra de los sueños. Y seguramente era así en realidad, pero, como todos los hombres, poseía también otras facetas, otras inclinaciones...

Lo de capitán lo entiendo, por la presión de las circunstancias --en este caso la guerra mundial--, pero lo de apasionado de la caza mayor me descoloca un poco. Y la culpa, por supuesto, no es de Dunsany, sino de esta manía que tengo de imaginar a los otros como prefiero que sean, sin molestarme primero en indagar cómo fueron realmente.

Mi manía es comprensible, pero no tiene disculpa, porque lo que hago con ella es recortar la realidad para que se ajuste a mis deseos. El paisaje queda muy bonito y agradable después de este recorte pero, lamentablemente, es un paisaje falso.

Seguiré evocando la figura del estimado Dunsany, maestro de sueños, a mi manera, pero con el añadido de nuevos datos que, por otra parte, para nada ensombrecen su buena imagen. Y para demostrar que aquí no ha pasado nada, esta misma noche voy a leer su cuento de La Ventana Maravillosa.

AHM.