Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







sábado, 24 de noviembre de 2007


Mirada en el tiempo

Una de mis ocupaciones, en estos días más abiertos, consiste en pasear por los viejos lugares, en recorrer de nuevo las pequeñas geografías del pasado. Resulta curioso observar a este solitario buscando relaciones en calles y plazas, en portales y balcones. En casi todas las esquinas se encuentra con algún recuerdo, con alguna imagen, con voces y aromas, con palabras, gestos y sueños. Pero lo malo es que todo eso lo ve como envuelto en una nube, como el que mira una película. Hay un cristal de extrañeza que cambia el paisaje, que lo hace diferente y triste.
Es fácil saber que se trata de un simple efecto del paso del tiempo, algo natural e irremediable. Pero a mí no me interesa la tristeza. Me interesa lo difícil. Y lo difícil aquí es remontar esa visión, romper el cristal y cruzar la barrera. Suena a magia, y seguramente lo es, pero me inclino a creer que es una magia posible. Más allá de las diferencias y las transformaciones dictadas por el tiempo, existe una continuidad, un hilo sutil que el tiempo no puede tocar. Parecerá que estoy divagando, pero sé de lo que hablo. Hay una forma, una forma especial de mirar que escapa a la condición temporal.
Es fácil fijar la atención en la superficie de las cosas, observar las huellas, los cambios de textura, de color y de forma. Y esto nos da una idea lineal del tiempo, que nos enfrenta al pasado como una imagen perdida, congelada e irrecuperable. Estamos acostumbrados a esta visión, la tenemos bien aprendida. Pero, insisto, hay otra forma de mirar, un vuelo posible que cruza la barrera del espejo. A partir de ahí sólo está el océano, y el pasado se ve como una ola más.
Bien, sé que esto parece una fantasía, pero no me atrevo a asegurar que lo sea. En cualquier caso, es una invitación a la aventura, y toda aventura es un intento vital que merece nuestra atención.

Antonio C. (febrero-1997)

domingo, 18 de noviembre de 2007

Hermann Hesse








Montagnola



A últimos de los setenta, pasé unos días felices en Suiza. Fue sólo una semana, pero una semana llena de magia en la que pude acariciar ciertos sueños. Quiero decir que esos sueños no eran quimeras lejanas e imposibles, sino que me los encontraba por calles o caminos y podía verlos directamente con mis ojos y tocarlos levemente con mis manos.
En concreto estuve, sobre todo, en Montagnola, un pequeño pueblo montañés, donde pasó la segunda mitad de su vida mi buen amigo Hermann Hesse. Le llamo así, “buen amigo”, no porque tuviera la suerte de tratarle personalmente (se fue de aquí cuando yo sólo tenía cinco años), sino porque así es como le siento.
En fin, que pasé, ya digo, unos días poco menos que encantados. Estaba solo y llevaba poco dinero, pero en ningún momento me sentí perdido o desamparado. Para mí fue como estar en casa. El tío Hermann andaba siempre por allí, siguiendo mis pasos. De hecho, nada más llegar y pararme con ojos alucinados frente al portón de su antigua casa, un hermoso gato vino hacia mí y se paró a mis pies. Le acaricié, por supuesto, y aquello fue para mí como una señal de bienvenida.
La pregunta es: ¿por qué no me quedé allí a vivir, teniendo la oportunidad de hacerlo, y me volví a este Madrid que con el tiempo se me haría extraño y hostil?
La respuesta es muy simple. No quería manchar la magia de aquellos días con una cotidianidad vulgar. Quedarse allí suponía trabajar como obrero reparador del cableado telefónico o, mucho peor, como camarero. Yo no podía dejar que la fuerza negativa de lo mediocre me llegara a tocar; no podía permitir que en mí creciera el cansancio y el hastío, que pueden convertirse en asco y estropear la conciencia. No allí, en ese preciso lugar, que para mí era como un pequeño paraíso. Así que me fui, me marché, casi escapé, pero llevándome mi alegría limpia y brillante.
Gracias por aquellos días inolvidables, tío Hermann.


Antonio H Martín
(16 de octubre, 2006)

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imagen: "Blick auf Montagnola" - Hermann Hesse (1924)



Los neanderthales


(22 de Septiembre, 2006)


Cuando veo un grupo de chavales, sentados en corro, comiendo pipas, dando voces y escupiendo media docena de idioteces por minuto, me es inevitable recordar mi infancia. Cuando descubrí, hace ya más de cuarenta años, grupos similares o idénticos a éstos. Quizá las únicas diferencias entre antes y ahora estén en un evidente cambio de jerga (aunque el tono de las voces, o gritos, es más o menos el mismo), en la forma de vestir, que ahora es una mezcla entre la ropa deportiva y la colorista y chillona de los payasos, y en el agradable y suave ruido de las motitos, esos bonitos bichos, diseñados exclusivamente para jóvenes, que son como mosquitos enormes que te acarician los oídos con su armónico trompeteo. Cuando yo era niño sólo había bicicletas, esos ruidosos armatostes que contaminaban el aire y el tranquilo silencio del barrio.
No tengo nada en contra de los neanderthales, esos primos lejanos del pleistoceno a los que no he conocido personalmente, o al menos no lo recuerdo, pero los tomo como ejemplo (por la visión que nos han dado los antropólogos o, más bien, por la imagen que se suele tener de ellos a nivel popular) para explicarme esta otra visión del presente. Es casi seguro que los genes de aquellos rudos neanderthales han llegado hasta nuestra época, a través de miles y miles de años. Ligeramente transformados, eso sí, por el cambiante espíritu de los tiempos, pero en el fondo fieles a su origen primitivo y salvaje. O quizá no debería hablar de neanderthales, que ya mostraban cierta sensibilidad, cierta humanidad, como demuestra el hecho de enterrar a sus muertos con flores y demás, sino del Homo erectus, el Homo habilis o incluso del Australopithecus.
Pero, en cualquier caso, la extrañeza y la repulsión que me provocan es exactamente la misma que tenía cuando era niño. Cuando paseaba por las calles, alucinado por el mundo que me rodeaba y empezaba a descubrir, y los veía en cualquier esquina o plaza, sentados en corro, comiendo pipas, dando voces y escupiendo media docena de idioteces por minuto. Eso o corriendo frenéticos, como en estado de trance, detrás de una pelota, revolcándose por el suelo mientras se daban de bofetadas o rompiendo cristales a pedradas.
Uno, al cabo de los años, no ha cambiado en sus gustos ni sus tendencias. Las apreciaciones y depreciaciones son más o menos las mismas, matizadas, enriquecidas y, en algún caso, desgastadas por la experiencia. Ellos tampoco han cambiado. Y mi impresión personal es que cada vez son más. O sea que los genes aquellos siguen multiplicándose y creciendo.
Llamarlos “neanderthales”, “homínidos” o simplemente “humanoides” es sólo un intento de nombrar algo concreto para lo que no tengo nombre. También podría decir “bárbaros”, pero así la cosa se complica aún más, porque todos tenemos más o menos un origen de barbarie, según la historia. De lo que sí estoy seguro es de que es un fenómeno creciente. Donde antes sólo había cuatro gamberros, ahora hay cuarenta; donde antes había mil, ahora hay un millón.
¿Será esto el final del mundo civilizado? Si es que a este mundo de cerdos y buitres se le puede llamar civilizado…
Yo, solitario, intimista, introvertido y soñador, procuro encerrarme en mi pequeño cuarto, entre cuatro paredes pobladas de libros y música de otros tiempos. Me tapo los oídos y miro al cielo desde mi ventana.
Anoche vi de nuevo, entre nubes que corrían, al gigante Orión, a Aldebarán y a la estrella azul, Sirio. Mientras, seguramente, los chavales, los neanderthales, estaban durmiendo en sus cómodas camas, soñando sus sueños de mierda.
¿El fin del mundo civilizado? Pero, ¿existió realmente alguna vez ese mundo? Quizá sólo en los sueños de algún que otro poeta, de algún que otro loco bebedor de estrellas.

Ahora voy a darme el gusto de terminar esta nota del cuaderno con una cita de Fernando Savater. No tenemos los mismos gustos en algunas cosas, pero sí en otras muchas. Como sucede siempre, los gustos son algo muy personal, privativo de cada individuo, pero con Savater es fácil construir puentes. Vamos, que podría charlar con él amigablemente durante horas, junto a una botella de buen vino y dos buenos cigarros. Yo, lógicamente, hablaría poco y me dedicaría más a escuchar. He aquí uno de los “ideoclips” de su libro, de 1998, "Despierta y lee" :

(Placeres de agosto. Chesterton dice en uno de sus artículos: “Los hombres podemos acostumbrarnos a todo. Hasta nos hemos acostumbrado al sol”. Cosa en efecto más terrible que hermosa, el sol: conviene no acostumbrarse nunca del todo a él, a su majestad, a su cariño que amodorra y calcina, a su enorme amenaza pendiente sobre nosotros. Una de las alegrías de agosto es poder meditar ---a la sombra, desde luego--- sobre el sol.
Otro gozo agosteño: las fiestas. Sobre todo si uno pone esmero en evitar ir a ellas. Es delicioso saber que la gente lo está pasando bien y aún más delicioso no tener que acompañarla en ese trance. Nada más grato que tener conciencia de que todo el mundo baila, se apretuja en los bares, se besa y se pellizca por los rincones en penumbra, disfruta con los fuegos artificiales, grita por las calles “¡Patxi! ¡Paaatxiii!” a las cinco de la mañana, mientras uno --sentado en el cuarto oscuro-- sigue pensando en el sol.)

Con estas voces sí se puede convivir, con estas voces uno logra olvidarse un poco de los “neanderthales” y creer en que existe un mundo civilizado, sensible y culto, o al menos una pequeña parcela en la que alegrarse y sentir que el hombre puede, efectivamente, ser algo más que un pobre, triste y ruidoso neanderthal.
No es que uno aspire al mundo del superhombre de Nietzsche o al de los brujos, los “hombres de conocimiento” de Castaneda, de los poetas soñadores de Novalis o de los sabios sonrientes del Tao o del Zen. Pero sí sería de agradecer que, a comienzos del siglo XXI, fueran desapareciendo, poco a poco, estos rebrotes de barbarie, estas ruidosas ---y numerosas--- chispas de salvajismo. Que a los niños se les enseñaran otras cosas aparte de silbar, gritar, dar patadas y conducir motos. Que, poco a poco, se fuera construyendo un mundo diferente.
Pero… ¿de qué estoy hablando? ¿Existe en algún lugar la voluntad de construir un mundo diferente? ¿No es éste el mejor de los mundos y ésta la mejor de las gentes? A mí me gustaría ver a los niños leyendo cuentos de los hermanos Grimm, por poner un ejemplo, y a los jóvenes paseando por el campo y acariciando nubes y árboles con la mirada. Pero yo debo estar un poco loco o un poco idiota. Quizá me falta el sentido de la realidad. Niños y jóvenes prefieren otras cosas, como las ya enunciadas. No es sólo que el mundo, la sociedad que se encuentran promueva y defienda ese tipo de cosas como necesario y vital, sino que a ellos mismos les sale de dentro ese espíritu “neanderthal”, y es ahí donde se encuentran más a gusto. Y contra eso es muy difícil luchar.
No quiero aparecer como predicador o moralista, y mucho menos como agorero (no soy ninguna de las tres cosas), pero ¿alguien ha escuchado atentamente la “música” que hoy prefieren los jóvenes? ¿Alguien ha hecho un estudio serio, psicológico, sociológico o antropológico sobre este tema? A mí personalmente, acostumbrado a música barroca o romántica, pero que también he saboreado y gozado a “monstruos” como Pink Floyd o King Crimson, este sonido de ahora me recuerda mucho a los tambores de la selva... ¿No sería entonces un signo claramente retrógrado? ¿No suena esto a una vuelta, a un resurgir de lo más primitivo? ¿No viene a significar un aparatoso y rotundo fracaso de lo que hemos convenido en llamar “mundo civilizado”? O, mejor aún, ¿no demuestra esto ---si es que tengo razón--- que ese mundo era y es sólo una especie de parche, una cortina de humo, una ficción tras la que ha existido siempre el mundo auténtico de los neanderthales?
En fin, acabando ya con estos comentarios, voy a poner ahora mi pequeño grano de arena en contra del susodicho fenómeno (que yo, inocente de mí, veo como una triste y letal regresión), y voy a escuchar, valientemente, sin miedo a parecer anticuado o estúpido, un concierto para oboe de Bach o un allegro de Vivaldi, y luego, para rematar, me voy a leer un capítulo o dos del "Hyperion" de Hölderlin o alguna sabrosa novela de Hoffmann, como "Los elixires del diablo".
¡Que empiecen a temblar los neanderthales!

(Todo esto es, sin duda, otra exageración de las mías. Seguramente, esos chicos son sólo chavales normales y corrientes, como los de toda la vida, que están atravesando lo que antes se llamaba la “edad del pavo”. O sea que no son neanderthales sino cromañones o, perdón, homo sapiens en una edad crítica. Y su música estridente y negroide, sus gritos y toda su panoplia de ruidos y golpes son sólo una forma de afirmar su masculinidad y de dar una salida a la incipiente excitación de su libido. Sí, seguramente es otra exageración de las mías. Pero ¿por qué estos chicos cuando crecen y superan esa edad crítica, siguen conservando el mismo estilo? Lo siento, pero no puedo evitar la aversión. Para mí siguen siendo “neanderthales”. Uno es así de delicado.)


Antonio Castellón

Revisión de Bambi


Recuerdo que mi primera visión de la película de Disney fue tardía. Tenía ya unos 15 o 16 años, y aun así me impresionó fuertemente, me enamoró. Tanto que llegué a confesar a mi jefe en el trabajo, mi primer trabajo, que desearía ser un ciervo. Comentario que por supuesto causó las risas de mi jefe y de su adjunto. Ellos no podían entender de qué estaba hablando, ni yo sabía explicárselo.
Pero es cierto que aquella película me impresionó. Sus paisajes, su ternura, su alegría, su drama y sus luchas. Era un universo cerrado, redondo, que por fuerza tenía que atraerme y seducirme. La película de Bambi me hizo llorar mucho, pero no sólo por la manida escena de la muerte de la madre, sino por todo en general. Aquella película era una bonita visión del paraíso, o de algo parecido al paraíso. Y era algo natural para mí llorar de emoción ante una imagen clara y definida de algo lejano y utópico.
Uno era así de sensible. La breve historia de Felix Salten, seguramente pensada para lectores infantiles o tal vez juveniles, y llevada al cine por el equipo de Walt Disney, consiguió emocionarme de principio a fin. De hecho, ya lo he dicho, quería ser un ciervo. Y con esto quería expresar que deseaba abandonar la monotonía gris y pesada de mi mundo, feo y vulgar, para trasladarme a aquél otro mundo; donde también había problemas y conflictos, pero siempre rodeados por valores tan importantes como la belleza, la amistad y un cierto fondo de sentido de la vida. Es decir, un orden dentro del caos. Y además, tengo que decirlo, allí los buenos e inocentes eran, en general, los animales. Pequeños y grandes. Mientras que los malos, los depredadores, los que causaban el desastre, los caóticos, los destructores, eran, cómo no, los hombres. Por supuesto esto enlazaba con mi propia vida personal.

Pero lo que quiero preguntarme aquí y ahora, y por lo que he empezado a escribir esta nota, es: ¿sería yo capaz hoy de ver entera la película de Bambi?
Siendo adolescente conseguí un rollo de película de super-8. No duraba más de cuatro o cinco minutos. Pero era un placer tenerla y poder ver en casa esos breves minutos de paraíso. Solía ponérsela a mis hermanos pequeños, Loli y Manolo, y todos la disfrutábamos. Sin embargo, hoy, que poseo la película completa en dvd, no la veo. ¿Por qué?
Esta es la cuestión que da origen a estas líneas. ¿Después de más de treinta años, qué ha cambiado? ¿Por qué no me siento tranquilamente delante del televisor, para ver aquella película que me emocionó de joven, para gozar y disfrutar esas imágenes que entonces me impresionaron como una visión del paraíso perdido…?
¿Qué es lo que ha cambiado?
La respuesta es: más de treinta años de experiencias. Y que la mente cambia con el tiempo, y se vuelve de otro color.
Podría ver la película, y disfrutarla, e incluso emocionarme un poco. Pero lo que fue no puede volver a ser. Vería muchos errores que entonces no veía. En las escenas cómicas, donde antes me reía a carcajadas, sólo esbozaría una media sonrisa. Y donde antes veía una imagen cercana al paraíso, hoy sólo vería arte, dibujos y colores bien atemperados.
Como segundo ejemplo, puedo mencionar “La Olla de Oro”, del amigo Hoffmann. Este maravilloso cuento me impactó y me hizo feliz. Tenía más de veinte años cuando lo leí por primera vez, pero consiguió seducirme con su magia y me transportó a su mundo. Cosa que agradezco, pero a la que difícilmente puedo volver.

Este es el tema. Las películas y los cuentos no han cambiado. He cambiado yo. Algo en mí se ha gastado. No sé qué nombre darle, pero sí sé que está gastado. Quizá esto es simplemente el comienzo de la vejez. No lo sé a ciencia cierta. Siempre he creído que había en mí un fondo inagotable, que el paso de los años no podía secar. Pero es sólo una creencia. Yo, que antes me nominaba como caminante, seguidor de horizontes y buscador de estrellas, me veo hoy confinado en un espacio cerrado, sin fuerzas para caminar; habitando una vida sin vuelo alguno, pobre, miserable y vulgar. Eso, que los demás llaman normal, es para mí el infierno.
Sólo tengo 49 años. Son muchos o pocos, depende de cómo se mire. Para mí me sobran nueve, por lo menos. Pero la cuestión es: ¿volveré a tener alguna vez aquellas alegrías, aquellos placeres estéticos, románticos, de mi juventud? ¿O ya estoy condenado a sobrellevar la imagen de viejo prematuro, huraño y amargado, que es incapaz de gozar? ¿Se acabó, definitivamente, para mí la alegría?
Esto es lo que más me interesa. Y a lo que hoy no puedo responder. Quizá mañana pueda…
Hoy ya no quiero ser un ciervo. Pero echo de menos aquel paraíso.




Antonio Castellón
(22 de Julio, 2006)



Desvaríos



Esta es una carta surrealista que escribí a un buen amigo, y a la que titulé "Desvaríos".
Parece locura, pero hay que leer entre líneas...

DESVARÍOS


Hola Jose, amigo.
Tú eres un niño y sin embargo soy más joven que tú. La noche tiene flores extrañas que danzan entre las sombras, abrazadas a las minúsculas gotas de lluvia. Nada se puede hacer para llenar el vacío. El vacío se llena solo, cuando él quiere.
Más de cien veces he intentado colgarme de alguna nube para tocar el olor del cielo y saber cual es su sabor y tocar la piel de su cuerpo translúcido, pero siempre alguna mosca interrumpe mi camino.
Ya sé que hay mariposas de siete colores y conozco el rumbo de su vuelo sin rumbo, pero siempre se me escapan, como se me escapan las gotas de lluvia, en esta noche extraña que ya casi no es noche, porque las sombras se están ya acostando en sus camas de seda blanca.
Quiero decirte algo que nunca te diré, porque desconozco su significado y su nombre, pero sí te digo que sé de perros y pájaros que lo saben, aunque ellos tampoco pueden decirlo porque desconocen el lenguaje del aire y el agua.

Ahora mismo, montado en el tejado, hay un sueño diminuto y grande que me mira con ojos asombrados. No sé qué quiere de mí, imagino que nada, aunque nada ya es mucho, demasiado para mí, que soy aún más diminuto y más grande que él.
Tras la puerta cerrada está el vaivén de las cosas sin destino, y tras la ventana entreabierta está la luz que define el color de un mundo sin nombre.
Todo tiene su sentido, pero está detrás de las telarañas de su propio ruido, que quizá es silencio disfrazado.

Caminando entre luces y sombras, va el lobo solitario sin destino buscando a su presa, que es su propio destino, el cual no conoce porque en sus ojos hay nubes de colores que no entiende ni puede cazar.
El sueño te llama con fuerza, pero la fuerza de uno no puede alcanzar al sueño.

Cierro, de momento, esta breve página, porque se me acaba de colar en el cuarto una bonita mariposa y sin yo preguntarle nada me está empezando a contar no sé que extraña historia de una relación entre un gusano y una liebre.
La cosa comienza a interesarme. No conozco el lenguaje de las mariposas, pero inexplicablemente lo estoy entendiendo, más que nada por sus gestos, por su especial forma de mover las alas.

Todo esto te parecerá una simple tontería, y quizá a mí también me lo parece algo, pero me gusta ver cómo los pájaros abren sus picos en la temprana mañana para beberse el aire.
Las sombras se acurrucan en los rincones y se echan a dormir su larga siesta, y las luces empiezan a bailar con los pájaros y las hojas de los árboles, se suben sobre las nubes y acarician las tristes ventanas.

Te dejo, Jose, sigo escuchando la alegre y divertida historia de la mariposa …

viernes, 16 de noviembre de 2007


Consejos y apuntes



Consejos y apuntes personales
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  --Hacer todo despacio, a no ser que las circunstancias nos dicten lo contrario. Se trata de ir siempre por delante del tiempo. Y no por detrás.
Como solía decir Jung: “Omnia festinatio a parte diaboli est.” (Toda la prisa es del diablo).

  --No mirar fijamente a nada ni a nadie. Una atención acentuada puede volverse obsesiva, tanto con las personas como con las cosas. Y esto es perjudicial para la mente. Se crea un vínculo nocivo con respecto al objeto de nuestra atención.

  --Lo anterior es válido, asimismo, para el escuchar. Tanto imágenes como sonidos poseen un mismo poder de atracción. Y ese poder es muy capaz de atrapar nuestra atención y envolvernos en un círculo obsesivo del que nos resultará muy difícil salir.

  --Hay que evitar caer en la costumbre. Todo aquello que empezamos a hacer un día, por causas aparentemente lógicas y racionales, y convertimos con el tiempo en algo asiduo, suele transformarse, a su vez, en un hábito ilógico e irracional y degenerar en simple manía. Al final, no sabemos bien por qué lo hacemos, pero no podemos evitar hacerlo. Estamos presos del círculo cerrado que hemos creado y mantenido durante años con nuestra reiteración. A esto, que llamamos costumbre o hábito, le debemos el llevar una vida de autómatas.

  --Referente al punto que precede, es necesario señalar que la mente ha de estar libre de todas esas rémoras y residuos que nos proporciona la continuidad de la experiencia. Sólo así podremos saber qué es eso que llamamos vivir.

  --Por lo general, no se vive. Sólo se sigue una pauta predeterminada, una larga y absurda sucesión de gestos que, al final, va a darse de bruces con la dura pared del final de la vida. Quizá entonces haya un súbito despertar, una súbita consciencia. Pero, demasiado tarde. Ya no queda tiempo.

  --Es en la infancia cuando empezamos a ver claro dónde está nuestro destino. En la adolescencia, lo vemos aún más claro, más cerca. Y en la juventud, lo sentimos al alcance de la mano, casi lo tocamos con la punta de los dedos. Pero, a partir de aquí, lo que viene son todo barreras, murallas, cadenas que nos impiden realizar aquello para lo que nos sentimos llamados. A partir de aquí, el destino va siendo poco a poco una imagen del pasado.

  --Ya situados, lamentablemente, en esta edad adulta, en que los sueños se van perdiendo, difuminando entre la niebla de los años, ¿qué se puede hacer? ¿Hay alguna salida? Me remito a los primeros de estos consejos para dar una posible respuesta. Porque es importante, porque es vital crear un vacío, un silencio en la mente que suelte el lastre de la experiencia, que borre el peso de los años mal vividos y deje entrar un aire distinto y nuevo.

  --Creo que esto es posible. Aunque suene manido, considero que es cierto aquello de que el niño y el joven que fuimos, siguen viviendo en nuestro interior, ocultos tras esta coraza de adulto maniático y amargado que nos hemos puesto, o nos han colocado a la fuerza. Más allá de esta barrera, de esta armadura asfixiante, está el hombre que presintió su destino, que vio un claro entre las nubes, un brillo azul entre el gris y el negro de la tormenta. Ese que se dijo a si mismo, una mañana de invierno, que su existir iba a ser una lucha entre lo que él llamaba mundo y lo que él llamaba vida.

  --Decía el maestro Schopenhauer : “Lo que nos convierte de manera casi ineludible en personajes ridículos es la seriedad con que tratamos el presente de cada momento, un presente que lleva en sí una necesaria apariencia de importancia. Son pocos sin duda los espíritus que han superado eso y que han pasado de ser personajes risibles a ser personajes que ríen.”

  --Nos quedamos, de momento, con estas palabras. Creo que hay aquí ya suficiente material para pensar un poco. Aunque, eso sí, espero que ese pensar no vaya por los cauces establecidos. Espero y deseo, por el bien de mi lector, que estos consejos y apuntes le ayuden en algo a empezar a salir de su jaula. Más adelante, seguiremos. Hasta entonces, amigo.


Antonio Castellón
(4 de mayo, 2006)



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Sintaxis



SINTAXIS


Un hombre mirando fijamente sus ecuaciones
dijo que el universo tuvo un comienzo.
Hubo una explosión, dijo.
Un estallido de estallidos, y el universo nació.
Y se expande, dijo.
Había incluso calculado la duración de su vida:
diez mil millones de revoluciones de la Tierra alrededor
del Sol.
El mundo entero aclamó;
hallaron que sus cálculos eran ciencia.
Ninguno pensó que al proponer que el universo
comenzó,
el hombre había meramente reflejado la sintaxis de su
lengua madre;
una sintaxis que exige comienzos, como el nacimiento,
y desarrollos, como la maduración,
y finales, como la muerte, en tanto declaraciones de
hechos.
El universo comenzó,
y está envejeciendo, el hombre nos aseguró,
y morirá, como mueren todas las cosas,
como él mismo murió luego de confirmar
matemáticamente
la sintaxis de su lengua madre.



LA OTRA SINTAXIS


¿El universo, realmente comenzó?
¿Es verdadera la teoría del Gran Estallido?
Éstas no son preguntas, aunque suenen como si lo
fueran.
¿Es la sintaxis que requiere comienzos, desarrollos
y finales en tanto declaraciones de hechos, la única
sintaxis que existe?
Ésa es la verdadera pregunta.
Hay otras sintaxis.
Hay una, por ejemplo, que exige que variedades
de intensidad sean tomadas como hechos.
En esa sintaxis, nada comienza y nada termina;
por lo tanto, el nacimiento no es un suceso claro y
definido,
sino un tipo específico de intensidad, y
y asimismo la maduración, y asimismo la muerte.
Un hombre de esa sintaxis, mirando sus ecuaciones,
halla
que ha calculado suficientes variedades de intensidad
para decir con autoridad
que el universo nunca comenzó
y nunca terminará,
pero que ha atravesado, atraviesa, y atravesará
infinitas fluctuaciones de intensidad.
Ese hombre bien podría concluir que el universo
mismo
es la carroza de la intensidad
y que uno puede abordarla
para viajar a través de cambios sin fin.
Concluirá todo ello y mucho más,
acaso sin nunca darse cuenta
de que está meramente confirmando
la sintaxis de su lengua madre.


Carlos Castaneda

(Prefacio de su último libro,
“El Lado Activo del Infinito”, 1998)


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  Leído lo anterior, que me parece muy interesante, y tiene mucho que ver con mi forma de ver las cosas, me permito hacer un breve comentario, por supuesto sin ninguna acritud. Castaneda, aunque a veces me ha liado un poco la cabeza, está en mi lista de amigos.Y digo lo siguiente:
  A un simple ser humano, con sus problemas cotidianos, sus limitaciones y sus particulares rarezas, ¿qué carajo le puede importar si el universo nació con el Big Bang y morirá en diez mil millones de años, o si por el contrario no tiene principio ni fin y todo son variedades de intensidad de un continuo infinito? A este simple ser humano lo que más le importa es el devenir de su propia y chata vida cotidiana. Sus días, sus  noches, sus breves horas, tensas o tranquilas, son el centro de su interés. En esto, por supuesto, es egoísta.        Pero es que no sabe ser de otra manera. Quien tiene alas, vuela, y quien sólo tiene pies, camina. Para el que vive en lo hondo del valle, entre flores e insectos, su mayor ocupación consiste en admirar a unas y evitar a otros, y también procurar no meter el pie en algún hoyo o no tropezar con alguna piedra oculta entre la hierba.
  También, por supuesto, están los gratos momentos en que uno mira a las lejanas montañas azules que bordean el horizonte, y se permite soñar con que algún día viajará hacia ellas. Y también algunas noches observará atentamente a la luna y las estrellas, y quizá entonces, ante la visión de esa grandeza y esa inmensa distancia, se le ocurrirá pensar sobre eso del origen del universo y su temporalidad o intemporalidad. Pero está claro que esto no forma parte de su cotidianidad. En su mundo inmediato, no hay montañas ni luna ni estrellas más que como un fondo lejano. Su mundo inmediato, como ya he dicho, consiste sólo en las pequeñas flores y en los diminutos insectos. Y esto ocupa la mayor parte de su dedicación y su tiempo.
Y esto lo apunto yo, que siempre he presumido de ser un soñador, a pesar de lo que tal cosa me ha acarreado en desdichas y sinsabores a lo largo de mi vida. Pero tenía que decirlo. Como también tengo que decir que entiendo muy bien las palabras de Castaneda. Mi existencia ha sido y es una prueba evidente de la lucha entre esas dos sintaxis contrapuestas. Siempre apostando por la segunda, por la otra, contra viento y marea. A esta otra sintaxis, yo la llamaba magia.
  Asimismo entiendo que no era necesario sacar el prefacio de Castaneda de su contexto para hacer este breve e inútil comentario personal. Pero mi forma de escribir funciona de esta manera. Como el fotógrafo viajero, que ve una imagen interesante y rápidamente la capta accionando el obturador de su cámara.
Es claro lo que Castaneda quiso decir. Y también es claro que yo lo leí, esta madrugada, en un mal momento. Sintiendo, con especial gravedad, la gran distancia que me separaba de sus palabras. Yo, también, confirmaba entonces, y lo hago ahora, la sintaxis de mi lengua madre.

  Para terminar, voy a incluir aquí una página de mi cuaderno nocturno, de la
lejana fecha de Mayo de 1997. Porque el tema que trata tiene mucho que ver con
esto de lo que hemos escrito ahora. :


  Vengo ahora de recrearme en una de esas cosas inútiles que tanto me gustan. Simplemente, he cogido los prismáticos y he estado mirando durante unos minutos por encima de los tejados, observando el alocado vuelo de los vencejos y el contraste de las hojas con el fondo del atardecer. Un mar de nubes encendidas, la brisa en los árboles y las evoluciones aparentemente alegres de esos pájaros, colocan a la mente en un estado singular. Por un momento, la realidad cotidiana desaparece, o baja su voz, y eso que hemos dado en llamar ensueño toma las riendas y se adueña del mundo. Dura muy poco, pero deja una bonita marca en nuestro cuaderno, un suave dibujo, algo como una mariposa, o una sonrisa.
  En un reciente libro de Luis Racionero, El genio del lugar, me encuentro con esta parábola sobre la libertad, sacada de una de las obras de Carlos Castaneda:
  “Don Juan y Castaneda, dos personajes clásicos de la antropología ficción, andaban por un barranco. Castaneda se detuvo para atarse el zapato y en aquel momento cayó una roca que pasó rozándole. Don Juan no se perdió el comentario: ’Otro día pararás a atarte el zapato y la piedra te caerá encima: en vista de la absoluta incapacidad de controlar las fuerzas que deciden el destino, la única libertad posible en el barranco consiste en atarse el zapato impecablemente.”
  A continuación cita a Samuel Johnson, el cual afirmaba que, efectivamente, somos libres, pero sólo en lo referente a nuestro centro individual. “En cuanto se intenta ampliar el radio de acción del albedrío la libertad se diluye, como la gravitación, con el cuadrado de la distancia. Como luz en la niebla oscurecida al alejarse del origen, la libertad entra en la penumbra del determinismo, lejos del centro individual…”
  Más adelante nos habla Racionero del principio de incertidumbre de Heinsenberg, que vino, si no a invalidar, sí a restar consistencia al determinismo de Laplace: “Lo que sí revela la física cuántica es que el universo no es una máquina, y que cuanto más se afinan los instrumentos de investigación más presenta las propiedades surrealistas y etéreas de la mente, en vez de confirmar la mecánica solidez de la materia tangible.”
  Esto me recuerda a Alan Watts y su crítica sobre los dos modelos de universo generalmente aceptados, que él llamaba, con su habitual jocosidad, “modelo cerámico” y “modelo superautomático”. El primero tiene un origen bíblico y consiste en pensar, en imaginar el mundo como algo fabricado, como si fuera un artefacto, al igual que la vasija de barro que hace el alfarero o la silla de madera que hace el carpintero. Según este modelo, el mundo es una construcción. Un árbol o un ser humano son construcciones, el resultado de una fuerza que opera de fuera hacia dentro. Con esto el determinismo tiene su papel asegurado.
  Pero apuntaba Watts que el mundo, por el contrario, es algo que crece de dentro hacia fuera, algo que se expande, que brota, que florece: “La forma simple original de una célula viva en la matriz, se complica progresivamente, y en esto consiste el proceso de crecimiento, algo diametralmente opuesto al proceso de fabricación.” Y nos recordaba, finalmente, que “la física actual más avanzada no se representa el mundo como materia formada, barro convertido en recipiente, sino como un diseño. Un diseño semoviente, que se dibuja a si mismo: una danza.”
  Y en cuanto al segundo modelo, contaba Watts que surgió en el siglo XVIII, cuando los intelectuales occidentales empezaron a dudar de la existencia de un arquitecto del universo. Opinaron que semejante imagen era innecesaria, pero conservaron la hipótesis de que existía una “Ley” reguladora del universo. Para estos pensadores la realidad funcionaba como un gran mecanismo, el mundo era un ingente reloj que obedecía a leyes concretas y principios regulares. Para Newton los átomos eran bolas de billar que chocan unas contra otras. Y el término favorito de los científicos del siglo XIX era “energía ciega”. Así para T. H. Huxley, “el mundo no es básicamente sino energía, una fuerza ciega carente de inteligencia”. Y para Freud, “la energía psicológica básica es la libido, que es deseo ciego”. De manera que sólo somos un producto del azar. Así lo expresaba Watts:
  “Sólo por carambola, por pura suerte, como resultado de la exuberancia de esta energía, existe gente con valores, con razón, con idiomas, con culturas y con amor. Pura carambola. Como si mil monos, tecleando en mil máquinas de escribir, durante un millón de años, llegaran a escribir la Enciclopedia Británica. Naturalmente, en cuanto acaben de escribir la Enciclopedia Británica volverán a sumirse en una total incoherencia.”
  Para Watts estos dos modelos no son sino “mitos”, es decir, imágenes o metáforas con las que intentamos dar un sentido al mundo. Pero imágenes que han demostrado ser inadecuadas. Personalmente, no veo mucha diferencia entre ambos: los dos me parecen igualmente cerrados y deterministas.
El modelo cerámico nos presenta como seres que han sido “fabricados” por una fuerza exterior, según un plano o diseño predeterminado, y en ese sentido como seres acabados, inmutables, cuya existencia ya ha sido trazada. Y el modelo superautomático nos coloca frente a una “energía ciega”, que viene a ser algo así como un dios despersonalizado, una fuerza que nos empuja como si fuéramos bolas de billar en una partida azarosa e inexplicable, sin que haya un sentido, al menos aparente, en su movimiento. Este modelo, más racional o, mejor dicho, más racionalista, nos convierte, como apuntaba Watts, en extranjeros en nuestro propio mundo, y como tales en luchadores y conquistadores que se ven obligados a combatir para salvaguardar sus mínimas islas de coherencia en un medio caótico y hostil.
  A mi modo de ver, ambos adolecen de lo mismo. Los dos niegan la vida. Representan conceptos deterministas y, por ende, catastrofistas del mundo, conceptos que cierran la puerta a una acción auténtica, vital. El modelo cerámico nos hace esclavos de un movimiento perpetuamente programado, y el otro nos convierte en víctimas del azar y la necesidad. Seguramente, ambos tienen parte de razón, pero se quedan muy lejos de captar la realidad. Son mitologías esquizoides generadoras de un mundo disociado, de una forma de vivir dividida y en constante conflicto.
  Luis Racionero, en el libro citado, lo resume de esta manera: “La realidad es enormemente más sutil y sorprendente de lo que pensaron Aristóteles y los escolásticos. No conocemos aún los límites del albedrío del electrón, menos aún los del ser humano y, por el momento, la única libertad posible en este barranco consiste en atarse el zapato impecablemente.”
Aparte de esto, me doy cuenta de que don Juan alude también a un modelo fijo y determinista, cuando habla de “las fuerzas que deciden el destino”. Y eso me obliga a subrayar algo que quizá no está expresado con la suficiente claridad en esta página. A pesar de mi crítica negativa con respecto a los modelos señalados por Watts, no soy tan tonto como para creer en una libertad ilimitada. Me parece innecesario, por su obviedad, reconocer aquí la existencia de fuerzas que escapan a nuestro poder. Es evidente, por ejemplo, que nuestro cuerpo no tiene alas y, por lo tanto, no puede volar ---a no ser con la ayuda de artefactos mecánicos. Y es seguro que cuando tenemos sed, mucha sed, resulta ineludible el beber agua. Eso o morir por deshidratación. Con el destino puede que ocurra lo mismo. Al fin y al cabo, también nosotros somos como diminutos insectos.
  No me refería a libertades imposibles, sino a la posibilidad de sentirnos como acciones y no como hechos. Como movimientos y no como cosas que se mueven. No somos seres pensantes que viven como pueden en un universo ciego y azaroso. Y tampoco los objetos animados de un creador omnipotente. No habitamos en el universo, ni él habita en nosotros. Somos el universo.
  Ni teismo, ni ateismo. Y tampoco el panteismo, tan grato al corazón, nos dice la verdad. También él nos habla de un padre, amable o cruel, que construye y ordena nuestra vida. Nada de esto es real. Lo único real es esto otro que ahora mismo pasa. Esto a lo que me gusta llamar “el vuelo del dragón”. Y lo valioso es ser conscientes de esta presencia única y total.
  Quizá el lenguaje no puede expresar bien todo esto, o quizá el lenguaje se me escapa porque no soy impecable. En cualquier caso, seguro que esta noche el dragón ha esbozado una leve sonrisa, allá en su lejana cueva, que está también aquí.

  Bien, pues esto es lo que escribí hace nueve o cien años. No recuerdo. Y lo he copiado para ilustrar mi comentario de antes a las palabras de Carlos Castaneda. Para que no se diga que yo, el amigo Antonio, el caminante, el soñador, se deja llevar por un mal momento y confunde las luces con las sombras…


Antonio H Martín
(Mayo, 2006)

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imagen: A Path to Orion

El Inconsciente Colectivo


















(12-Agosto-2006)


Vivir en esta ciudad, en este barrio, entre esta gente, me mata poco a poco.
Me gustaría tener la paciencia de un árbol, o saber volar como un pájaro. Pero ni lo uno ni lo otro. Soy humano, sólo humano, y esta ciudad me mata poco a poco.
Por otro lado, sigo leyendo a ratos el libro sobre Jung, y me parece cada vez más interesante. Un viento fuerte y fresco, que ayuda a soportar mejor el tedio de este mundo caluroso y vulgar.

También una pequeña claridad de esta mañana de agosto, me dice con voz lejana pero audible que me deje ya de tantas historias sobre mi mismo, de mis problemas, de mis pobres miserias y del recuento de mi vida vulgar, y me dedique a cambiar mi rumbo y mi atención hacia otros campos y otros aires más profundos y más luminosos.
Por ejemplo, por qué no intentar adentrarse de nuevo en el inconsciente colectivo. Volver a escuchar la voz del mito. Buscar el camino de regreso al origen. Volver a casa. La casa donde nació mi alma.



(16-Agosto-2006)


Efectivamente, como leí hace poco, creo que en Jung, estamos condicionados por muchas cosas : el ambiente que nos rodea, la cultura, el idioma, nuestra forma física, nuestra historia personal…
Pero eso atañe sólo a la personalidad, al yo, al ego. Dentro nuestro hay también algo mucho más grande. Jung lo llamó el Self, o el inconsciente colectivo.
Yo, por ejemplo, como ser individual, tengo un nombre concreto, Antonio Castellón, o Luis Pérez, da igual. Pero recuerdo que mis mejores vivencias, aventuras y alegrías de juventud, no tenían un nombre concreto. Yo sólo era un “caminante”. En esos momentos especiales no era mi ego quien vivía la experiencia, sino algo mucho más profundo y mucho más vasto. A esta grandeza, a este júbilo yo lo llamaba “magia”, porque transformaba el mundo y en medio del gris de la realidad me permitía ver encantadoras sutilezas que me devolvían la alegría de vivir. Jung diría que era una toma de contacto con el inconsciente colectivo. Hesse hablaría quizá del “dejarse caer” en el reino del alma, donde se juntan todos los pares de opuestos y la vida se hace completa y recupera su unidad. Castaneda mencionaría al Espíritu, al Poder o al “lado activo del infinito”. Los hindúes creo que lo llaman Atman o algo así. En cualquier caso, se trata de una vivencia que está más allá de nuestra persona, más allá de nuestro yo.
Cuando era joven creía que el proceso de individuación del que hablaba Jung, era tomar conciencia de uno mismo, comprender, asumir y aceptar la propia individualidad, con sus peculiaridades y limitaciones, ser uno mismo, vivirse. Pero no es así. La individuación es comprender y asumir nuestro ser por entero. Dentro de esta totalidad, nuestro yo individual es sólo una ínfima parte. La individuación sería llegar al ser completo. Tener conciencia de nuestra totalidad.
¿Cómo se coge esto? ¿qué hay dentro de mí que está más allá de mí mismo? Quizá la respuesta sea: casi todo. Y lo que justifica el “casi” es esa leve capa, esa breve imagen con nombre propio a través de la que gozo o me irrito, siento placer o aburrimiento, odio o amo… Es el tamiz que establece para mí la sutil pero abismal diferencia entre alergia y alegría. En definitiva, a través de lo que vivo.
Pero no hay que olvidar que esta individualidad andaría por ahí mucho más enriquecida si se nutriera más de lo inconsciente, si ampliara su contacto con aquello que está más allá de la superficie. Creo sinceramente que es un buceo necesario.


Antonio C.


La Huida


 















LA HUIDA


  Aquella noche se sentía especialmente cansado. Nada más llegar a casa se metió en su cuarto y cerró la puerta. Encendió la pequeña lámpara de mesa, que dejaba todo medio en sombra, y se dejó caer en el sillón. Venía de pasear por la avenida y el parque, de andar sin rumbo durante horas entre escaparates extraños y árboles dormidos, de colarse en alguna taberna para beber uno o dos vinos, deprisa como siempre, para poder escapar pronto de aquel bullicio de máquinas tragaperras, de televisión y comentarios deportivos que tanto le ahogaba. No había ya, como antes, tabernas silenciosas, en penumbra, donde cuatro o cinco solitarios se sentaban a beber, a pensar, a recordar, quizá a olvidar… Tampoco estaba muy seguro de haber conocido estos lugares en el pasado. Tal vez sólo los había visto en alguna novela o película, o simplemente los había soñado. En cualquier caso, los prefería a estos modernos bares llenos de gente que hablaba a gritos como si estuviera medio sorda, o más bien, como si quisiera compensar lo vacío y absurdo de sus palabras subiendo el volumen. Si mi voz es más potente, si se oye más, yo soy más importante y más fuerte y lo que digo es más valioso. Así de payaso es el vulgar ser humano.
  Ahora, en el silencio de su cuarto, estaba más a gusto, tranquilo. La botella de coñac que había sobre la mesa le invitaba a una copa. No debería beber tanto, pensó, y menos sin antes haber cenado algo. Sonriendo cogió la botella. Tantas cosas no debería hacer.
  A su alrededor estaban los libros, sus viejos amigos de siempre, y también los discos, su amada música, puente veloz hacia otros mundos interiores, y los papeles donde a veces había intentado explicarse a si mismo, expresar su propio mundo contradictorio y lunático, sus problemas y sus sueños. Pero ahora no iba a leer ni a escuchar música, y mucho menos a escribir. Era noche de domingo, noche breve y amarga.
  Últimamente había llegado a aborrecer estos días de fin de semana, con sus noches huidizas. Tampoco es que en los días laborables le fuera mejor la cosa, pero un jueves, o mejor un viernes uno aún podía animarse, cargarse de imágenes, hilar algún proyecto, ilusionarse con algo. En el domingo esta luz se apagaba, se volvía vacía, imposible. El domingo no era más que la fría antesala del lunes, el umbral que daba a otra semana gris, a otra más, igual a las de siempre.
  Encendió un cigarrillo y siguió dejando que el tiempo pasara. Era como un río invisible y espeso que se llevaba las cosas, las sensaciones, los recuerdos, los sueños; que lentamente, con un pesado silencio, se iba llevando la vida.
  Era ya un experto en esto, lo había hecho muchas veces en los últimos años, pero lo hacía, este no hacer nada, con una rabia callada, con una oculta amargura. Algo en su interior se resistía aún a la derrota. No podía aceptar la inutilidad de sus sueños. Era demasiado pronto para eso. Andaba por los treinta y tantos, y ya una extraña clase de muerte le seguía de cerca. No, no podía ser. Todo esto de la realidad, del trabajo gris y el tiempo vacío no era más que un mal sueño. Algún día despertaría y volvería a ser el de antes, el buen soñador, el caminante, el seguidor de horizontes, el que sabía dónde estaba el pozo escondido del desierto.
  Intentaba animarse con estos pensamientos, pero el tiempo, inexorable, le devolvía una y otra vez a su viejo sillón, a su ya viejo y sordo silencio, a su antigua impotencia. Se estaba haciendo tarde, había que acostarse, descansar unas horas antes de volver a la rutina del tedioso trabajo. Ya ni siquiera era domingo. La una de la noche. Lunes. Dentro de poco volvería a ver las mismas caras, a hacer las mismas cosas, a oír e incluso hablar el mismo idioma de siempre, extraño y absurdo, hecho de palabras que nunca decían nada. Esto era lo real, la medida, el orden, la prisión, lo que tenía poder sobre su vida, lo que engullía sus horas, sus días, sus noches y su sangre. Lo demás, lo otro, era sólo ilusión, esperanza, sueño.
  Recordó aquellas palabras del lobo estepario, cuando se preguntaba si no habría llegado el momento de sufrir un accidente al afeitarse. Más de una vez había pensado en ello, y en alguna ocasión estuvo a punto de hacerlo. Pero siempre le ganaba la esperanza, siempre venía en su ayuda alguna imagen amable, algún recuerdo que él transmutaba en futuro, para seguir viviendo. No, no era esto lo que quería, sino lo otro, lo de romper la barrera del tiempo, neutralizar el veneno, cambiar su gris cotidiano por el azul de sus sueños. Volver a encontrar el pozo escondido en el desierto, y beber.
  Dio un último y largo trago a su copa. Se levantó y apagó la lámpara. Iban a dar las dos, no había más tiempo. Si no se acostaba ahora, por la mañana estaría peor que de costumbre, y todo le pesaría aún más.
Había, sin embargo, una inusual sonrisa, una rara luz en su cara cuando se fue a dormir, quizá a soñar.

  A eso de las ocho, el zumbido metálico del reloj empujó su conciencia y le trasladó a otro mundo, a este mundo. Abrió torpemente los ojos. Torpemente comenzó a percibir la luz, los sonidos, las formas y las ideas que debían colocarle en el lugar establecido. Seguía estando cansado, su cuerpo pesaba como si fuera de piedra. Otro día más, pensó, otro vacío más que añadir a su extensa colección llena de nada. Pero no había tiempo para pensar, los minutos corrían como locos sobre la esfera del reloj, como si tuvieran prisa por llegar a algún sitio. Luego, en el trabajo, se volverían lentos y pesados, como si quisieran alargarse en el espacio. También el tiempo era cruel.
  De su casa al trabajo había unos veinte minutos de camino. Había que esquivar montones de coches nerviosos, y también montones de señoras tranquilas que volvían de dejar a sus hijos en el colegio y bloqueaban las aceras con su paso rutinario, lento, ruidoso. Luego estaban la compra del periódico, parada fugaz, y el café en el bar de la esquina. Lo mejor era el parque. A ciertos árboles los saludaba con una sonrisa. También a la pequeña fuente.
  Algunas mañanas le asaltaba el deseo de quedarse allí, de perderse entre la arboleda y ganar así el tiempo. Como había hecho cuando era niño, cuando cargado con su cartera llena de libros, cuadernos y lápices, tomaba otro camino. Uno que no iba al maldito colegio.
  Pero, en fin, uno ya era mayor y no podía pensar seriamente en esas cosas. Una breve ojeada al periódico ayudaba a fijar las coordenadas. Desde sus páginas grises --también grises--, tronaba la voz del mundo. Todo estaba allí, definido y concretado. Las imágenes y las palabras eran claras y rotundas. No había escapatoria. Ya sabía uno dónde estaba y lo que tenía que hacer. Apretó el paso.

(inconcluso)


 A.C. (1994)



El lado activo del Infinito


















No todo en el universo es claro y luminoso. Esto lo saben hasta los más tontos. Lo que otros llaman oscuridad, maldad o demonio, yo lo llamo la ponzoña, el veneno.
Pero también quiero apuntar que hay como una corriente en el universo, una fuerza, un camino… Si te juntas a esta corriente, si andas por esta vía, al veneno ese le resulta mucho más difícil tocarte.
Y no estoy hablando de dios, que es (para mí) un personaje demasiado concreto para ser cierto. Hablo más bien de lo que Castaneda definía como “el lado activo del infinito”, o de lo que algunos antiguos chinos nombraban como el Tao.


A.C.
(22 de noviembre, 2006)


El camino que se adentra en el mar me parece como un regreso al Infinito del que vinimos.

El bosque de los sueños


















A esta imagen me gusta llamarla el Bosque de los Sueños.
Las ramas y hojas que se acumulan y alfombran el suelo son todos los años perdidos.
Seguro que allí, al fondo, donde brilla la luz, hay algún tesoro escondido...

A los cuarenta





17 de Junio, 1997


Hace tiempo me marqué a mí mismo una meta : llegar a los cuarenta y poder soportar la mirada del espejo. Es sólo la singularidad, ilusoria, de los números redondos, la atracción de las fechas marcadas en rojo. Una tontería más, otro escondite. Pero, bueno, la marca está hecha y ejerce su inventada importancia sobre mis días, proyecta su sombra, me obliga al encuentro.
El caso es que esa fecha llega esta misma semana y, claro, estoy un poco con los nervios del examen. ¿Quién me mandaría a mí marcar fechas, con lo a gusto que se está sin mirar el reloj ni el calendario, viviendo en pacífica continuidad? Pero esto forma parte de nuestro modo de pensar, de la manera en que entendemos y concebimos el mundo y la vida. Y puede que, mirándolo bien, tenga su parte positiva. Al menos en mi caso. Porque hay que reconocer que existe cierto peligro en esa “pacífica continuidad” : es demasiado fácil cruzar la raya del abandono, practicar el odioso y tedioso deporte del “dejar pasar”. Y no está uno en condiciones de dejar pasar nada, al menos no un montón de cosas interesantes que es necesario vivir. En este sentido, no está mal lo de la marca en el calendario. Es como un aviso que nos impide olvidar.
Cuarenta años no es mucho tiempo, sobre todo si se tiene en cuenta el tiempo perdido. Entre unas cosas y otras, se quedan en menos de veinte. Pero aun así no deja de ser un número con cierto peso simbólico, tal vez por aquello de la mitad de la vida. Cuarenta años es quizá la edad más apropiada para hacer balance, y esas cosas que se dicen, pero yo soy un negado para las matemáticas y ni siquiera sabría sumar ni restar nada. Así que me presentaré al examen, pero con otro tipo de armas, con otra clase de saberes. Lo que sea esto, lo sabré cuando llegue el día. Porque no sé ese día qué me vivirá por dentro.
En cualquier caso, allí estaremos el espejo y yo.

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21 de Junio, 1997


La aguja del reloj pasa de las cinco. Aún es de noche. Una hora queda aproximadamente para que la luz inunde esta pequeña isla. Aquí estoy, como otras muchas noches, con mi lámpara y mis libros jugando a mi juego favorito. Supongo que todos somos adictos a un determinado juego, y esto de la lámpara y los libros sin duda forma parte del mío. No se trata de hacer algo en concreto sino de navegar, simplemente navegar por ese mar lleno de posibilidades que es la noche.
He estado leyendo al joven y animoso Kerouac : “Me metí en el agua y chapoteé un poco y estuve mirando la esplendorosa noche estrellada, el universo diez veces maravilloso de oscuridad y diamantes de Avalokitesvara.” Hace unos quince años me encontré con sus Vagabundos del Dharma, y lo celebré como si fueran las andanzas de un viejo amigo. Leer a Kerouac es, como digo, animoso, gozoso, pero también me produce cierta envidia: esa forma tan alegre y tan libre de viajar, ese montón de buenos amigos en uno y otro lado del continente… Es provocador, sanamente provocador.
Otra cosa es el final de Kerouac. Recuerdo haber leído algo al respecto, y recuerdo también cierto sabor amargo. Pero eso no quita valor a sus andanzas, que brillan con luz propia. No es que fueran, por otra parte, un gran viaje, pero tienen el gozo y la frescura suficientes para que las quiera, para que las sienta como algo íntimo. Hay imágenes en su obra, sobre todo en esa novela de los “vagabundos”, que me tocan muy de cerca, porque me remiten a vivencias propias bastante parecidas, salvando las distancias. Lo que pasa con Kerouac es, simplemente, que me evoca cierto sueño de juventud, sueño que además conserva aún buena parte de su valor.
Lo del final de las historias personales es un asunto aparte. La locura final de Hölderlin no debe impedirnos apreciar el Hiperión en todo lo que vale, o el Zarathustra, en el caso de Nietzsche. Comprendo que la sombra pueda ser inevitable, pero sólo si nosotros permitimos que lo sea, sólo si confundimos las
cosas.

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22 de Junio, 1997


Bien, ayer llegó por fin el gran día, la fecha señalada. Y, como era de esperar, no tuvo nada de grande ni hubo nada que señalar. Cuarenta primaveras cumplidas y ningún trueno en el aire, ningún estallido de colores, ninguna sinfonía, ningún poema. Sólo la musiquilla de siempre, mezclada con un poco más de vacío y una pizca de mal humor. Por la mañana me hice un bonito regalo, y al terminar la tarde ya estaba roto.
Esto me pasa por confundir al reloj con el tiempo.
Tampoco es que esperase una fiesta. Se trataba sólo de soportar la mirada del espejo, y eso, mal que bien, lo he conseguido. Nos miramos varias veces a lo largo del día la imagen y yo, y el cristal sigue entero. Pero, no sé, me hubiera gustado alguna cosa, algún gesto que tuviera algo de especial, un brillo más intenso, un pequeño vuelo de la conciencia, una música más cercana… No ha sido así. El espejo, implacable, me ha devuelto una imagen dura y fría, apagada y seca. Por mucho que mirara era incapaz de encontrar la sonrisa que buscaba. Debe ser porque ya no hacen espejos como los de antes.
De todas formas, aquí estoy otra vez en mi sitio, con el tabaco y el agua, oyendo respirar a la noche. No entiendo de números, así que saldré al balcón y saludaré a la luna como siempre. Y luego, de espaldas al tiempo, leeré al amigo Kerouac como si nada hubiera pasado:

“Cabeza abajo antes de irme a la cama encima de aquel techo de roca iluminado por la luna, podía ver claramente que la tierra estaba en realidad cabeza abajo y que el hombre era un bicho raro y vano lleno de ideas extrañas
que caminaba al revés presumiendo…”

Al fin y al cabo, sólo eso es lo que pasa: que uno anda al revés y cabeza abajo. La solución es tan simple como difícil. Darse la vuelta. Quizá entonces suene más cerca la música y encuentre la sonrisa en el espejo.


Antonio Castellón (AHM)
(1997)


oooooooooooooooooooo






jueves, 15 de noviembre de 2007

Hacia un sueño...


Notas del Diario de un Obstinado

























(23 de Septiembre, 2006)


Siete de la mañana, pero aún de noche. Aún veo claramente las estrellas. Betelgeuse, Bellatrix, Saiph, Rigel, Aldebarán, Procyon, Sirio… Si hubiera que escoger una imagen de dios, yo elegiría ésta de la oscuridad inmensa salpicada de estrellas. Es la imagen que mejor representa al infinito.
Por cierto, me acuerdo ahora de un pensamiento que tenía de joven: la mente humana es incapaz de imaginar el infinito, pero tampoco puede imaginar un universo que sea finito. Eso me daba una idea de la limitación de la mente humana.
Hoy sigo pensando lo mismo. O es mi propia mente la que está limitada, o es que tengo razón. Una vez soñé que viajaba hasta el límite, hasta el final del universo. Lo que allí encontré era una habitación de una casa. Rompí el techo para poder mirar si había un más allá, y volví al punto de partida.
¿Acaso es esto una forma incomprensible de imaginar el universo como algo finito e infinito a la vez? Se lo preguntaré a Stephen Hawking cuando le vea.

Otra cosa: quizá la mayor desolación del ser humano sea el comprobar, con el paso de los años, sus propias limitaciones, que sus expectativas no se cumplen, que sus mejores sueños quedan cada vez más lejanos, más inalcanzables, más imposibles.
De jóvenes lo vemos de otra manera, estamos convencidos de nuestra capacidad para llegar a la meta, para unirnos a lo que sentimos como nuestro destino, que por supuesto es alegre, gozoso, entero. Pero es que en la juventud el mundo es otro mundo. Para empezar es inmenso, misterioso y está lleno de aventuras y posibilidades.
Hoy, en la madurez, el mundo es algo cerrado, conocido. Hoy sabemos que vayas donde vayas todo es igual. ¿Para qué viajar entonces?
Pero quizá esto es un error. Hay un viaje posible y necesario, el mismo en el que estábamos metidos cuando éramos jóvenes, el viaje hacia el interior.


Antonio H. Martín

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imagen: Rene Magritte

Paisajes con magia







Relatividad


















Esta es una página de mi Cuaderno Nocturno (el de papel), que titulé en su momento... Relatividad.

Me entero, por un artículo de la prensa, de que Albert Einstein tenía vocación de lobo estepario. Aparte de su famosa teoría de la relatividad --tan descriptiva de lo que ha sido este siglo que ya termina--, dejó también escritas cosas como ésta: “Soy un auténtico solitario que nunca ha pertenecido de corazón al Estado, a la patria, al círculo de amistades e incluso a la familia más cercana, y frente a todos estos vínculos he experimentado una inaplacable sensación de extrañamiento y necesidad de soledad.”
O sea que el viejo Einstein era uno más de la familia, de esta otra familia aparte, diseminada y múltiple, que anda por la tierra, cada uno por su lado, conociéndose sólo a través de algún gesto, alguna llamada desde la lejanía. No lo sabía, y me alegro egoístamente de saberlo. Noticias así siempre aportan esa pizca de compañía que tanto anhela el solitario. Porque el solitario, según yo lo veo, siempre tiene hambre de compañía, y eso es precisamente lo que busca en su soledad, aunque parezca contradictorio. Lo que no encuentra en el día, lo busca en la noche.
Me imagino que cualquier psicólogo de hoy metería ese extrañamiento y esa necesidad de soledad de que hablaba Einstein, dentro de algún cuadro patológico. Pero seguro que cualquier solitario inteligente podría meter al psicólogo en otro cuadro parecido. En esto, como en todo, nos movemos según las normas de la relatividad.
La enfermedad, lo verdaderamente patológico, viene cuando el solitario tampoco halla en su soledad aquello que buscaba, y que necesita para vivir. Entonces se siente preso de un complicado laberinto, y la vida se le vuelve amarga y previsible.
Quiero creer, sin embargo, que siempre hay una salida en alguna parte. Quizá a través de la laguna …



Me encuentro, al azar, con este comentario de Fernando Savater : “Que un señor que no haya leído a Proust sea un inculto, y se considere culto a otro que, habiéndole leído, crea que la Teoría de la Relatividad es que todo es relativo, es una de las ficciones de este país.”
Precisamente escribía yo la otra noche sobre esto de la relatividad, y lo hacía en el sentido que critica Savater. Así que confieso mi error y rectifico lo dicho. Evidentemente, cuando hablaba de relatividad no me refería a la teoría del señor Einstein (a pesar de estar éste en el centro de mi comentario), sino sólo a la relatividad a secas, tal y como se entiende por ahí. No estaba hablando de la constancia de la velocidad de la luz, ni de la equivalencia entre masa y energía, sino de la multiplicidad de referencias éticas, contradictorias entre si, que convierten cualquier escala de valores en algo susceptible de ser refutado y anulado, lo que nos da una visión global bastante compleja y caótica, que ralentiza e incluso paraliza la acción.
Entiendo, por otro lado, que se pueda ver esta complejidad también como riqueza, como el variado mosaico de un mundo dotado de múltiples voces. Pero esto no me vale más que hasta un punto, hasta el punto en que no se encuentra la necesaria conjunción. Si no aflora la corriente subterránea --suponiendo que exista, que creo que sí--, si no hay una línea de unión en la diversidad, entonces todo se vuelve relativo, en su peor acepción, nada es auténticamente valioso, y la riqueza se torna en miseria, en miseria humana plagada de enfrentamientos, de luchas, de mutuas negaciones que no llevan a ninguna parte. Un mundo relativo, en este sentido, es un mundo prisionero, incapaz de movimiento.
Personalmente, soy de los que creen en la necesidad de lo absoluto, como referencia única que sirva de base e impulso para la vida. Pero también soy consciente de que esto es moverse en un terreno resbaladizo y peligroso : muchos, enarbolando esa misma bandera, lo que han hecho es someter a otros a los dictados de su propia y personal creencia, cortando las alas de todo aquello que consideraban equivocado. No quiero pensar aquí en maldad, sino sólo en error e ignorancia. La mente es muy dada a aferrarse a aquello en lo que cree, con uñas y dientes, y sin mirar a ningún otro lado, precisamente por esa necesidad vital de lo absoluto. Supongo que es como una tabla de salvación : ante todo, no queremos hundirnos, y cargamos toda la tinta en ese punto, aunque para ello tengamos que arrastrar a los otros al imposible de la uniformidad. Inevitablemente, la tabla se revela como insuficiente para abarcar la complejidad del mundo, y todo lo que se ha hecho es dañar el tejido humano y generar un conflicto brutal e innecesario, una guerra absurda.

Entonces, qué pasa. Esto está dando la vuelta y me encuentro otra vez en lo relativo. La solución, imagino, estaría en saber a ciencia cierta qué es lo absoluto, pero eso parece una utopía. ¿Qué hacer entonces?
Me temo que el tema se me escapa. Sólo me atrevo a decir aquello de que cada uno siga su propia conciencia, que es el banco de relaciones con que percibe al mundo y a si mismo, y que intente ser tolerante y comprensivo con las otras formas, las otras voces, las otras conciencias, procurando ver más allá de la línea divisoria.
En fin, creo que queda claro que no soy una persona culta. Me falta la lectura en profundidad de Einstein, y la de Proust y la de tantos otros, pero sobre todo me falta la lectura del entendimiento, eso que no sé donde está escrito. Quizá en todas partes y en ninguna.


Antonio HM.
 (Enero, 1997)

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Balada del Caminante Nocturno



BALADA DEL CAMINANTE NOCTURNO



Es de noche: ahora hablan más fuerte todas las fuentes.
Y también mi alma es una fuente.
Es de noche : sólo ahora se despiertan todas las canciones de los
amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.
En mí hay algo insaciado, insaciable, que quiere hablar. En mí hay
un ansia de amor, que habla asimismo el lenguaje del amor.
Luz soy yo : ¡ay, si fuera noche! Pero ésta es mi soledad, el estar
circundado de luz.
¡Ay, si yo fuese oscuro y nocturno! ¡Cómo iba a sorber los pechos
de la luz!

Friedrich Nietzsche




Pero me vuelvo hacia el valle, a la sagrada, indecible, misteriosa Noche.
Lejos yace el mundo --sumido en una profunda gruta--, desierta y solitaria
es su estancia.

Novalis


1


Con las primeras sombras del anochecer, empezó a caer una suave lluvia sobre la pequeña ciudad. Había sido un día seco y ardiente. La tierra se había quemado bajo un sol implacable y estaba saturada de realidad, sedienta de noche y de estrellas, ansiosa por volver a encontrar sus sueños entre la oscuridad.
Lentamente, minuto a minuto, el mundo cotidiano desaparecía entre las sombras, se deshacía, se convertía en un fantasma huidizo que corría asustado a esconderse en el recuerdo o el olvido. Todo se unía para borrar esa realidad, esa triste y pesada telaraña, para conquistarla, para romper el embrujo de lo absurdo, de lo mediocre, de lo vacío. Lluvia, viento, sombras…, poco a poco difuminaban los contornos del mundo, derribaban sus diques, abrían sus estrechas fronteras y dejaban que otra clase de vida, ensoñadora, mágica, fluyera libremente sobre el desierto.
Al cabo de una hora, la lucha estaba ganada. La noche era dueña del mundo. Como una acuarela blanca y azul dormía la ciudad bajo las sombras, suspendida en el tiempo, más allá de la realidad, como la imagen de un sueño. El silencio se había vuelto música, y cantaba en el viento, en cada gota de lluvia, en cada sombra… Mil estrellas danzaban sobre el oscuro océano.
Desde un rincón del pequeño parque, medio oculto entre los árboles, Martín contemplaba este milagro, esta mágica transformación del mundo en sueño, visible sólo para los caminantes nocturnos, para los que como él gustaban de aventurarse más allá de las fronteras de lo real. Los amantes sombríos y extraños, los locos bebedores de estrellas. Contemplaba el hechizo de la noche, del viento y de la lluvia, y después de mucho tiempo, de muchas horas vacías y amargas, volvía a sonreír, encantado por esa magia, llevado por esa viva música.
Había deseado fervientemente la llegada de la noche, porque sólo en ella encontraba su propio mundo interior, porque sólo en ella podía sentirse vivo, a solas con sus mejores sueños y rodeado de una tierra que le hablaba y a la que podía comprender y amar. Quizá no era más que una ingenua fantasía el creer que el mundo despertaba al anochecer, y que en medio de sueños y de sombras todo se volvía más auténtico, más vivo que bajo la luz del sol. No lo sabía. Sólo conocía su amor por la noche, y esa sensación extraña y misteriosa que tenía entre las sombras, de estar más cerca de la vida, de sus secretos, de sus sueños, de su alma. O puede que sólo fuera su propia alma y sus sueños lo que descubría entre las sombras. Tampoco esto lo sabía, tampoco sobre esto podía estar seguro, pero no le importaba demasiado. En el fondo era un romántico, y no era la ciencia ni el pensamiento lo que amaba, sino, por encima de todo, el sentimiento, la música, la poesía, ese algo inexpresable que le empujaba hacia lo desconocido, que tiraba de su alma y le hacía volar como un pájaro en medio de la tormenta. Y lo importante ahora era beber esta copa hasta el fondo, saciarse con esta música, entregarse al hechizo…




2



Había estado muchas horas vagando por la ciudad, esquivando al sol, buscando los rincones más apartados y solitarios, donde todavía quedara un poco de silencio, un poco de paz. Se había refugiado en más de una sombría taberna, tras una jarra de cerveza o una copa de vino, intentando ahogar todo ese maldito ruido del verano, esa necia alegría, ese fuego fatuo y estridente que le quemaba por dentro y le incitaba a odiar al mundo entero. Martín no podía soportar a esa gente que goza con estos días secos y calientes del verano, que se siente a gusto y sale a pasear bajo el sol, llenando las calles, las plazas, los parques con sus risas y sus gritos de locos. Son muchos, demasiados, y todos entonan el mismo himno, la misma vieja y chillona canción de siempre. Por todas partes se oye el himno de la realidad. Los hombres cantan a gritos su ópera preferida, y con ella construyen el mundo, su mundo, y hacen de la vida una fiesta absurda. Es como una gran hoguera en la que todos ofrecen sus propias vidas, grises y vacías, a su dios, al feo dios de la mediocridad.
No, a Martín no le gustaba esa gente, la rehuia, escapaba de ella. Estar en medio de esa gente le hacía sentirse más solo, más triste, más cerca de la muerte. Quizá no era el verano en sí lo que odiaba, sino el hecho de que es en el verano cuando más fuerza tiene la realidad, cuando los hombres vulgares, a salvo del frío y del miedo, más dominan al mundo, más lo hacen suyo. Cuando esa insidiosa telaraña más se extiende sobre la tierra, envenenando hasta el último rincón, asfixiando toda poesía, ahogando, destruyendo, convirtiendo a la música en ruido. Sí, era esto lo que odiaba y de lo que huía en estos días de verano. Siempre esperando a la noche, para perderse entre las sombras y reencontrar sus sueños.
Había parado de llover. Martín salió de entre los árboles y respiró a pleno pulmón el fresco aire de la noche. Olía a tierra mojada. Caminó por el parque sin rumbo fijo, con los sentidos bien abiertos. Ahora que el ardiente sol y su realidad habían desaparecido, ahora que el mundo cotidiano y vulgar estaba profundamente dormido, podía descubrirse, si uno estaba lo bastante atento, la presencia de un íntimo latir, de un aliento mágico que danzaba en todas las formas y en todos los vacíos, vibrando entre la luz y la sombra. Esa otra realidad de la que hablan los poetas y los visionarios, esa otra música, ese otro silencio… Escuchó la antigua melodía, fue seducido por el viejo y querido sueño, atisbó el brillo de plata entre las sombras. No, aún no estaba todo perdido en este verano estridente y loco. Todavía podía extraer algunas gotas de vida, seguía siendo sensible a la magia de la noche. Aún podía sentirse libre en medio de este mundo absurdo, libre para vivir, para amar, para pintar sus propios colores en medio del cuadro negro y gris de la realidad. Todo volvía a tener un sentido en esta encantada noche de verano, se hacía claro como el cristal. Sintió cómo se alejaba el vacío, cómo la música se hacía fuerte dentro de su pecho, y volvía a encontrar su propio latir, su sonrisa, su alegría. Sí, este era su mundo, su sentir, la única forma en que sus ojos podían ver. Fuera de esto, no había nada más, sólo mentiras, sólo falsedad. Una niebla gris que ocultaba su camino y le empujaba al abismo.



3

Sus pasos le habían llevado más allá del parque, al interior de la ciudad, que ahora aparecía quieta y callada, envuelta en sombras, entregada al poder de la noche. Reconoció el lugar y se acordó de una vieja taberna que había por allí cerca, en una calleja solitaria y tranquila, junto al lago. Estaba un poco cansado y tenía sed. Sí, buscaría una buena mesa junto a la ventana y bebería un vaso de vino, una jarra entera, y brindaría por esta fresca noche de verano que le había ayudado a disipar su miedo y su soledad, que le había mostrado que no era tan viejo ni estaba tan cansado de vivir, y que aún podía rescatar algún pequeño tesoro de entre la niebla que le rodeaba e invadía su alma.
Su alma… Sí, él aún tenía un alma. Sólo tenía que encontrar el momento justo, el hueco de silencio por donde colarse a través del ruido de la realidad, para pasar al otro lado y encontrarla de nuevo. Ella siempre estaba ahí, esperando, oculta tras la incredulidad y el hastío, en un oscuro rincón, confinada por la pereza y el miedo, esperando el momento en que él, Martín, abriera la pesada puerta y fuese a su encuentro.
Vio una pequeña luz verde al final de la calle. Era lo que buscaba. Entró en la vieja cueva y la halló vacía. Quizá era más tarde de lo que pensaba. Tomó asiento junto a la abierta ventana y pidió una jarra de vino. Le pareció raro que no hubiese nadie en las mesas o en la barra. Supo luego, por el tabernero, que esa noche se celebraba una fiesta en el centro de la ciudad, una fiesta muy importante a la que acudía mucha gente. Bien, esta noche todo parecía ir sobre ruedas. Las personas normales estarían todas apiñadas en la plaza mayor, divirtiéndose y haciendo un ruido de mil demonios. Tenía una taberna para él solo, una buena jarra de vino y mucho silencio para poder pensar. Pero no, no era pensar lo que quería ahora. Ya había pensado mucho, demasiado en estos últimos días. Lo que quería era sentir, degustar esta inesperada copa, sorber hasta la última gota de esta paz, de esta rara armonía.
Por la ventana entraba una fresca brisa. Seguía oliendo a tierra mojada. Le gustaba mucho ese olor. Esta era una buena noche para él. Levantó su vaso y brindó por ella. Afuera aún caían algunas gotas de lluvia de los árboles de la orilla del lago, y un aire suave y fresco susurraba en sus hojas. Por una gran ventana abierta entre las nubes, se asomaba la luna, redonda y brillante, rodeada de estrellas, reina de la noche. El mundo no existía, la realidad era sólo una imagen del pasado, un eco sordo y vacío, perdido entre las sombras, olvidado.
En estos momentos, Martín, el caminante, el vagabundo, el noctámbulo, volvía a casa, regresaba al origen de su sueño, descubría de nuevo su destino. La vieja y querida imagen, la antigua canción tantas veces olvidada. Más allá del mundo mediocre que le rodeaba, conocía él otra vida, otro sentido, un camino íntimo y secreto. Era como un pozo escondido en el desierto que sólo él conocía, del que sólo él podía beber. Eso le separaba del abismo. Era su pequeña y brillante isla solitaria en medio del negro océano, desde la que desafiaba a la muerte. Desde donde podía atacar al gris de la realidad con el azul, el verde y el rojo de sus sentimientos, de su pasión, de su intenso amor a la vida.




4

Sí, él tenía un alma y un destino. Pero cuántas veces el pozo desaparecía bajo la arena, cuántas veces su pequeña isla era anegada por las olas. Demasiadas veces, demasiadas… Presintió que también esta vez iba a pasar lo mismo de siempre. La magia de esta noche también se le escaparía de entre las manos, y volvería a quedarse solo, triste, vacío. Conocía ya la historia, su historia de hombre taciturno, extraño, apagado, que sólo era capaz de sentir la alegría durante raros y escasos momentos, relampagueantes, llenos de magia, de color, de vida, pero que pronto, demasiado pronto desaparecían en la oscuridad, se hundían en las sombras, en el olvido, en la nada.
Sí, conocía muy bien su maldita historia, y eso le encadenaba, hacía amargo su viaje. En cualquier hora, en cualquier momento, aparecía su demonio y rompía sus sueños, le devolvía al mundo, le empujaba al abismo de lo real, de lo absurdo, de lo sin alma.
Empezó a notar que poco a poco la música bajaba de tono, que se iba apagando lentamente el hechizo, como un fuego que se extingue. Al final, no quedaría más que el silencio, un silencio vacío y estéril. Se sentiría otra vez solo, en medio de un mundo extraño, y tendría miedo.
¡Cuánto daría ahora por tener un buen amigo! Beberían juntos; muchas jarras de rojo vino quedarían vacías sobre la mesa. Beberían hasta emborracharse, y luego saldrían afuera y andarían toda la noche hasta más allá de la ciudad, hasta más allá del mundo, gritando canciones, ahuyentando al vacío con sus risas, espantando a la muerte. Uno siempre vería en los ojos del otro el reflejo de su propia alegría, y se sentirían fuertes, para amar y conquistar, para alzarse sobre el abismo y volar con las nubes hacia la luna, hacia las mismas estrellas…
Pero allí no había ningún amigo. La taberna estaba vacía, el mundo entero estaba vacío, y él tenía que beber su vino a solas. Dulce o amarga, nunca había más de una copa en su mesa. ¿Por qué era así? ¿Qué había hecho para llegar a esto? ¿Formaba parte de su destino el encontrarse siempre solo? El no quería estar solo. La soledad era como un vacío que oprimía el corazón. Era dolorosa, era amarga. Martín conocía bien la soledad. Algunas noches, en las que el tiempo se alargaba como una infinita y absurda cadena, echado en la cama, despierto, sin poder dormir, después de muchas horas de lucha interior, derrotado, lleno de cansancio, de amargura. Entonces la había sentido. La soledad era como una sombra, fría y triste, que te envolvía el corazón. Hielo, vacío, oscuro desierto... Era como sentirse caer en un pozo sin fondo, donde no había nada a lo que agarrarse, ninguna luz, ningún sonido. Sólo el lento e interminable caer, en medio de tinieblas y silencio, hacia la nada.
Una vez más, todo había vuelto a ser lo mismo. Su pequeña llama se había apagado, ya no oía ninguna música. Estaba de regreso. Un mundo extraño y gris le rodeaba por todas partes y se confundía con la vida, la envenenaba.
Pidió otra jarra de vino y siguió bebiendo despacio y en silencio, con el corazón cansado, sin alegría. Afuera, la luna seguía brillando sobre el lago, sobre los árboles, sobre las nubes, sobre la noche. Pero todo esto ya no era más que una pintura en el marco de la ventana, un bonito cuadro, sí, pero carente de vida, de sentimiento, desligado del presente, sin eco, sin música, perdido, lejano.



5

Podía seguir bebiendo toda la noche, convertir toda su sangre en vino, inundar su estómago y su cerebro, pero su corazón permanecería seco. Ya no podía brindar. Se le había vuelto extraña la noche, y su alma estaba, una vez más, lejos.
Qué triste era ahora estar aquí sentado, solo, bebiendo una copa tras otra, inclinado sobre el abismo, perdido en una noche desconocida, sin calor, sin amigos, sin sueños… No, ni siquiera era triste, sólo era absurdo. ¿Por qué no inclinarse un poco más? ¿Por qué, a pesar de todo, uno se aferraba al borde y se quedaba allí eternamente, encerrado en si mismo, a vueltas con su dolor, jugando con la muerte? ¿Qué sentido tenía? ¿Para qué todo esto?
Todavía no había aprendido la lección. A pesar de haberla leído y repasado más de cien veces, aún no la había asumido, no formaba parte de él, y una y otra vez caía en el mismo error, resbalaba y se hundía en el mismo pozo, en la misma oscuridad, en el mismo absurdo. Siempre olvidaba su condición, la otra cara de su destino, su sombra, su cadena, su demonio interior. Olvidaba que su alegría era sólo una estrella fugaz, que la música duraba sólo un momento. Que una noche llena de brillo y de magia podía deshacerse en sombras en sólo unos instantes, y llenarse de vacío, de soledad.
Ahora recordó porque estaba solo. Mirando fijamente la pequeña lámpara sobre su mesa, a través del rojo del vino en su copa, se encendió un rincón de su memoria que solía mantener oculto. Se había marchado, había dejado su casa y se había ido lejos, a otra ciudad, donde no conocía a nadie y nadie sabía de él. Sí, era esto lo que había deseado, la soledad, romper todas las ataduras, alejarse de todo lo pasado, sentirse libre, empezar una nueva vida. Había huido. Pero, ¿por qué había huido? ¿De qué había huido? De si mismo, de su propia vida, burguesa y mediocre. Había huido de la sombra en que se estaba convirtiendo, de ese ser cobarde y sumiso que se inclinaba ante el poder del mundo. Un día decidió que ya era bastante, que ya había aguantado demasiado, y escapó. Simplemente, escapó. Hizo su maleta, batió sus alas y se fue.
Y ahora estaba aquí, sentado en una taberna vacía, en una ciudad extraña, bebiendo su copa solitaria, pero sin encontrar la chispa de magia que buscaba.
Sólo habían pasado dos meses desde su marcha, y ya había empezado a reconocer su derrota. No había huido de nada. Seguía siendo el mismo, su dolor era el mismo, su sombra era la misma de antes. No había forma de escapar. En todas partes encontraría siempre la misma realidad, el mismo mundo, vacío y sin alma. A todas partes le acompañaría su sombra.
No, no podía huir. Siempre estaría abierta la herida. Todo su mal lo llevaba dentro, y no había forma de extirparlo. No podía irse a otra ciudad y esperar que eso le curase. Aparte de algunos encantos de otros tiempos, todas las ciudades eran iguales. El mundo era igual en todas partes. Y tampoco podía encerrarse en una cueva, en una montaña lejana y solitaria, perdido, oculto, apartado del mundo y de la realidad, y vivir como un antiguo eremita, a solas con sus pensamientos, rodeado de las mil voces de la naturaleza.


6


No, sabía que también allí llevaría consigo su mal, también allí le seguiría su sombra. Entre él y el amor, entre él y lo bello, lo puro, lo noble, siempre se abriría un abismo, siempre se interpondría una pared de sombras, un silencio mudo, o una estridencia, un grito que rompería la música. Siempre habría un maldito agujero por donde se colara el vacío, lo absurdo, lo caótico. No había forma de escapar.

En ese momento, un trueno resonó en la bóveda de la noche. Algo se agitó entre las sombras, vibró en medio del silencio, removió la oscuridad. Una ráfaga de viento entró por la ventana, refrescando la vieja cueva. Martín se animó, abrió más los ojos, volvió a mirar hacia fuera. Los árboles, en la orilla del lago, volvían a bailar, la luna sonreía desde su lecho de estrellas. ¡Había vuelto la música! Dentro de unos instantes, la lluvia caería otra vez con fuerza sobre el oscuro desierto. El mundo volvería a deshacerse, perdería su gravedad, extendería sus alas, se hundiría en la mágica noche.
Sólo esto le quedaba. Que la magia volviera a él durante breves momentos. Como una estrella fugaz. Volvió a mirar a la luna, misteriosa, fulgurante en medio de lo oscuro, de lo infinito, y levantó otra vez su copa. El mundo estaba lleno de estrellas, de lluvia, de viento. Bebió, bebió hasta el fondo su copa, y volvió a llenarla de rojo vino. Una vez más, no existía el vacío, no había dolor. ¡Todo era música, eterna música, brillante, gozosa, sin sombras, que hacía danzar al mundo!
Con esto seguiría viviendo, bebería aún muchas copas de vino, escribiría aún muchos poemas, soñaría, amaría. Y cada vez, con cada nueva vuelta, con cada paso, con cada nuevo dolor, con cada nueva alegría, se acercaría más a su destino, estaría más cerca de su alma, de su horizonte, de su último sueño.
Sólo esto daba sentido a su vida, y era suficiente. Por esto era por lo que se aferraba al borde del abismo y se resistía a dejarse caer. En el fondo de su alma, de su ser roto y taciturno, brillaba, a veces, una pequeña luz. Era todo cuanto tenía. Y por ello era capaz de sobrevivir en medio de la noche, de su propia noche interior, y de luchar contra mil sombras vacías, contra mil silencios, contra los mil demonios de su ardiente locura.



Antonio H. Martín (1987)

miércoles, 14 de noviembre de 2007




La figura en el puente




  Cuando vi aquella silueta difusa que se aproximaba a paso lento entre las sombras y la bruma, sentí recelo y, por qué no decirlo, cierta sensación de miedo. A esas horas de la noche nadie solía cruzar el viejo puente. Si yo lo hacía es por razones que ahora no puedo explicar, pero para mí aquello era algo normal, que repetía cada noche. Y en los dos años que llevaba viviendo en esa ciudad, nunca me había cruzado con nadie en el puente. Lo mío había sido siempre un caminar solitario, meditabundo y silencioso.
Por eso, ante el inesperado encuentro, opté por ralentizar el paso. Y terminé parándome del todo cerca de una de las escasas farolas. La figura siguió avanzando despacio, y al llegar a mi altura, se detuvo y me miró fijamente sin decir nada. No podía distinguir bien su rostro, y menos la intención de su mirada. Sólo veía una silueta enjuta y oscura que me observaba desde el otro lado del puente, rodeada por la niebla y la oscuridad de la noche.
  En momentos así uno sólo puede pensar en lo peor. O era un ladrón, o un loco, o un asesino. Me apoyé en la farola e hice una de esas extrañas cosas que se hacen en momentos límite. Estaba realmente asustado, pero mi miedo se disfrazó de serenidad y tranquilamente, despacio, como si estuviera en el salón de mi casa, saqué el paquete de cigarrillos de mi chaqueta y me llevé uno a la boca. Luego encendí el mechero y, sin dejar de mirar al extraño paseante, me puse a fumar.
  Entonces sucedió lo que temía. La figura comenzó a caminar hacia mí con pasos lentos y seguros. La cosa se ponía difícil, pero aguanté en mi postura y seguí fumando como si nada.
  --Buenas noches ---me dijo con voz ronca. ¿Me puede dar un cigarrillo, por favor?
  --Sí, claro ---contesté, con aire de indiferencia.
  Era un hombre viejo, de unos setenta años, pero con una mirada extraña, dura, fría.
  Aspiró una larga bocanada de humo y me preguntó:
  --Perdone mi curiosidad, pero ¿qué hace un joven como usted paseando una noche de invierno en medio de la niebla, con este frío, y solo?
  Por supuesto, la pregunta me pilló desprevenido, y casi me atraganto con el humo del cigarro. Al miedo ahora venía a sumarse la sorpresa.
  --No creo que eso sea de su incumbencia, señor ---le contesté, con el mayor aplomo de que fui capaz.
Sonrió de forma un tanto siniestra y me dijo:
  --¿Ah, no? Lleva usted cruzando este puente desde hace unos dos años, si no recuerdo mal. Siempre en noches como ésta, de invierno y con niebla. Y siempre sin rumbo fijo. Más allá de este puente no está su casa, ni nada que le interese. Por eso al final se da la vuelta y vuelve a cruzarlo. ¿Qué sentido tiene eso? ¿Por qué lo hace?
  Ahora el cigarrillo se me cayó de la boca, y sin saber qué decir me quedé mirando fijamente al hombre extraño a los ojos. Al cabo de casi medio minuto de silencio, balbuceé:
  --¿Pero, quién es usted? ¿Me conoce? ¿Me ha estado espiando?
  --No, no le conozco. Pero usted sí debería saber quién soy yo.
  --¿Qué?
  --Sí, caminante nocturno, perdido en la niebla. Yo soy quien has venido a buscar todas estas noches. Al principio no estaba muy seguro de tu verdadera intención, pero ahora ya está claro. Ha llegado el tiempo. Tu reloj marca la hora exacta. Ven conmigo. Te llevaré donde quieres ir. Más allá del puente está lo que tanto has buscado.
  --Pero… ¿qué dice? ¿Está loco? ¡Yo no voy con usted a ninguna parte!
El hombre extraño agachó la cabeza, masculló algo entre dientes y luego, sonriendo y mirándome fijamente a los ojos, dijo con una voz oscura, que intentaba parecer amable:
  --Perdone, joven. A veces yo también me equivoco. Seres raros como usted me confunden. Aparentemente, reunen todos los requisitos: son oscuros, negativos, tristes y algo perversos. No tienen alegría y se dejan seducir por las sombras. Pero…, no sé qué pasa: en el último momento, encuentran algo adentro a lo que agarrarse. Una mínima luz, un íntimo secreto. Es extraño... Quizá lo suyo es sólo un juego, o tal vez está dividido entre dos mundos, entre dos horizontes. En cualquier caso, le cedo la razón: efectivamente, no es de mi incumbencia. De nuevo le pido que disculpe mi error. Gracias por el cigarro. Le dejo solo con su puente, su niebla y su noche.
  Y dicho esto, la extraña figura se dio la vuelta y se perdió entre la bruma. Yo encendí otro cigarrillo y seguí caminando por el puente con lentitud, pensativo. De vez en cuando miraba hacia arriba, por si un claro entre las nubes dejaba ver la luna o alguna estrella.



Antonio H. Martín
(noche del 6 al 7 de Julio, 2006)


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