Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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martes, 24 de noviembre de 2015

Suzuki y los Anunnaki




    «—Cuando las dudas te asalten hasta el punto de que corras peligro —dijo—, haz algo pragmático al respecto. Apaga la luz. Perfora la oscuridad. Averigua qué puedes ver.»

Carlos Castaneda
(El lado activo del infinito - 1998)


    No es que el sosegado y lúcido señor Suzuki tenga nada que ver con los míticos e inquietantes Anunnaki (ahora tan nombrados), como pudiera deducirse del título de este escrito. No, en absoluto. Pero se me ocurrió poner su serena y nítida imagen aquí —aunque sólo sea tangencialmente—, frente a ese turbio y laberíntico espejo mitológico, para ver qué pasaba... Permítaseme, como el torpe intento de un pequeño y sencillo ejercicio de juego de abalorios.

    El 9 de julio de 1936, el doctor Daisetz Teitaro Suzuki (gran experto en budismo Zen y autor de numerosas obras eruditas sobre esa materia) participó en un ciclo de conferencias y debates en un Congreso Mundial de Religiones al que había sido invitado. El congreso se celebró en el Queen's Hall de Londres, y el tema sobre el que debía disertar era nada menos que el "Supremo Ideal Espiritual"... Pero Suzuki abordó el asunto con su habitual sencillez, y con una honesta claridad lo desbrozó y lo dejó limpio, despojándolo de su rigidez y altisonancia. Transcribo aquí una parte de su conferencia, las palabras que pronunció justo después de haber estado rememorando ensoñadoramente su casa con tejado de paja en el lejano Japón: 

    «Déjenme despertar y enfrentarme a la realidad. Pero, ¿qué son estas realidades a las que ahora me enfrento? No ustedes, no este edificio, no el micrófono, sino el Supremo Ideal Espiritual, estas palabras tan altisonantes. Proceden de mí. No puedo seguir soñando por más tiempo. Debo hacer que mi mente regrese a su objetivo, el Supremo Ideal Espiritual. Pero realmente no sé qué es lo Espiritual, ni qué es lo Ideal, ni qué es el Supremo Ideal Espiritual. No me siento capaz de comprender exactamente el verdadero significado de estas tres palabras, tan conspicuamente colocadas ante mí.
    »Aquí, en Londres, salgo del hotel en que estoy alojado y veo en las calles innumerables hombres y mujeres andando, o, más bien, corriendo apresuradamente, pues, para mí, no es que estén andando, sino realmente corriendo. Puede que decir esto no sea del todo correcto, pero yo lo veo así. Además sus expresiones son más o menos tensas, sus músculos faciales están intensamente contraídos; deberían estar más naturalmente relajados. Las calles están atestadas con toda clase de vehículos, autobuses, coches y demás. Parecen estar apresurándose en una corriente continua —en una corriente incesantemente continua— y uno no sabe cómo dar un paso en esta frenética carrera de vehículos. Las tiendas están decoradas con toda clase de cosas, la mayor parte de las cuales no parecen ser necesarias en mi pequeña casa de tejado de paja. Cuando veo todas estas cosas, no puedo evitar preguntarme a dónde está yendo a parar la llamada civilización moderna. ¿Cuál es su destino? ¿Está buscando el Supremo Ideal Espiritual? ¿Son las tensas expresiones de sus gentes en algún modo simbólicas de su complacencia en contemplar la espiritualidad de las cosas? ¿Están realmente difundiendo su espiritualidad hasta los más lejanos confines del globo? No sé. No puedo responder.
    »Pero, veamos; lo espiritual aparece generalmente contrastado a lo material, lo ideal a lo real o práctico, y lo supremo a lo trivial. Hablar acerca del Supremo Ideal Espiritual, ¿significa realmente deshacerse de lo que parece ser material, no idealista sino práctico y prosaico, no supremo sino por entero vulgar? Es decir, ¿significa dejar de lado nuestra vida en esta gran ciudad? Cuando hablamos de espiritualidad, ¿hemos de deshacernos de todas estas cosas? ¿Está la espiritualidad totalmente separada de lo que vemos a nuestro alrededor? No creo que esta forma de ver las cosas, aislando el espíritu de la materia y la materia del espíritu, sea una forma provechosa de contemplar nuestro entorno. Por lo que respecta a esta interpretación dualista de la realidad entendida como materia y espíritu, ya hice algunas referencias en mi charla del otro día.
    »De hecho, la materia y el espíritu son uno, o, más bien, representan dos aspectos distintos de una misma realidad. El sabio tratará de apropiarse de la realidad en vez de andar mirando sucesivamente a un lado y a otro, contemplándola a veces como materia y a veces como espíritu. Pero cuando sólo se tiene en cuenta la vertiente material, nada espiritual aparece en la materia. Si sólo se hace hincapié en la vertiente espiritual, la materia quedará completamente ignorada. En ambos casos, el resultado es el mismo: parcialización, mutilación de la realidad, que debería ser preservada de forma total e íntegra. Me atrevería a decir que, cuando nuestras mentes están convenientemente equilibradas y son capaces de captar la realidad que no es ni espíritu ni materia y que sin embargo es, naturalmente, espíritu y materia, Londres, con toda su materialidad, resulta supremamente espiritual; y no sólo eso, sino que cuando nuestras mentes carecen de ese equilibrio, todos los monasterios y templos, todas las catedrales y órdenes eclesiásticas con ellas relacionadas, todos los lugares sagrados con su sagrada parafernalia, con todos sus fervientes adoradores, con todo lo que se incluye bajo el denominativo de religión, me atrevo también a decir que no son nada salvo materialidad, montones de basura, sumideros de corrupción.» 
     

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    Últimamente se suele hablar mucho de los «Anunnaki», una supuesta raza exterior que —según afirman algunos investigadores— es la que al parecer creó a los seres humanos, a los Homo Sapiens, hace muchos miles de años, con el objeto de que los sirvieran de diferentes maneras, principalmente como trabajadores esclavos, pero después también como una extraña y sutil forma de alimento... Esto de los Anunnaki es toda una historia delirante, como una fabulosa mitología, pero es curioso acercarse y echar una mirada, porque contiene muchos datos interesantes. 
    Cuentan que esta «creación» de los seres humanos fue llevada a cabo después de diversos experimentos de manipulación genética...
    En principio, extrajeron  los óvulos de varias primates Homo Erectus, y estos fueron fertilizados con el esperma de jóvenes astronautas Anunnaki y posteriormente reimplantados en los úteros de las hembras homínidas. Pero lo que resultó de ese experimento fueron seres deformes y enfermos, como aberraciones genéticas. Más adelante, en un segundo paso, otros óvulos fecundados fueron también implantados, pero esta vez en úteros de hembras Anunnaki. De ello surgió un ser humano primitivo (se supone que el Homo Neanderthalensis). Al primero de ellos lo llamaron Adamu, que significa «aquel que como arcilla de la tierra es», y a su pareja Ti-Amat. Es decir, los Adán y Eva bíblicos (¡adiós darwinismo!)...
    Pero con el tiempo, tras varias generaciones, los genes de los descendientes de Adamu y Ti-Amat se fueron degradando, perdiendo la esencia Anunnaki y regresando a su estado salvaje anterior. No servían los Neanderthales para sus fines, eran demasiado primitivos, agresivos y torpes. No eran lo bastante hábiles para manejar las herramientas necesarias para trabajar en las minas de oro, que era el material que los Anunnaki habían venido a buscar a la Tierra, por razones de supervivencia, con la intención de crear con él una especie de escudo que reparase la dañada atmósfera de su mundo.
    Entonces, hace unos cien mil años, el dios Enki (alto mandatario y también experto genetista de los Anunnaki), quien había ideado y llevado a cabo las anteriores manipulaciones, realizó un tercer experimento involuntario, sin proponérselo y usando su propia simiente. Que quizá fue lo que dotó a los nuevos seres de una mayor sensibilidad e inteligencia. Tuvo una ocasional cópula con dos mujeres terrestres que excitaron sus sentidos, cuando las encontró desnudas mientras se bañaban en un río. Y de esa doble unión nació la primera pareja de Homo Sapiens. A él lo llamó Adapa («el primer hombre») y a ella Titi. Unos nuevos Adán y Eva...

    Los Anunnaki vendrían a ser las entidades (según algunos, de apariencia reptiliana) que los pueblos antiguos consideraban como dioses, y otros como demonios. O ambas cosas, como dioses-demonios. Entidades poderosas, guerreras, soberbias y arrogantes, crueles y vengativas que, como «tiranos del cielo y de la tierra», podemos encontrar fácilmente en las mitologías de todo el mundo. Desde Mesopotamia o Egipto, hasta México, China, India o Escandinavia.
    Seres en realidad físicos, no divinos ni etéreos sino de carne y hueso, pero muy superiores en conocimientos y tecnología. Seres que se alimentaban de nuestras energías, y que aún lo hacen hoy en día, según dicen esos investigadores, aunque no seamos capaces de verlos. Son los que ordenaron a los hombres de la Antigüedad, en muchas partes del mundo, que hicieran sacrificios de animales en su honor. Y también sacrificios humanos, como, por ejemplo, en los templos aztecas o mayas, donde las víctimas eran llevadas a un estado de pánico, para luego, entre otras cosas, poder beber su sangre impregnada por la adrenalina generada por el miedo. 
    Son los que instigan e inducen en la mente del hombre, antiguo y moderno, no sólo la hipnótica esclavitud a un mundo mediocre y rutinario, sino también el que haya continuas guerras y conflictos (otra forma de sacrificio humano). Y no porque vayan luego a devorar los cuerpos de los muertos o a beberse su sangre... Parece ser que del lamentable hecho de una guerra, con su tensión, su violencia y su odio, se desprenden abundantes energías psíquicas que constituyen el principal alimento de esos seres. Como si fueran una especie de vampiros de otras esferas.
    Quizás —añado yo— incluso de cualquier simple alteración nerviosa cotidiana, de cualquier tensa emoción, ya sea ira o tristeza, emanan porciones de esa energía de baja frecuencia, energía que se pierde, que se escapa de nosotros y que sirve a esos seres (nuestros supuestos creadores) como alimento. Al igual que ocurre con aquellos otros seres de lejanas dimensiones, del espacio o de la conciencia, de los que hablaba Castaneda en sus extraños libros. Los seres inorgánicos que llamaba «voladores» y que serían los ocultos predadores del ser humano:

    «—Lo que estoy diciendo es que no nos enfrentamos a un simple predador. Es muy ingenioso, y es organizado. Sigue un sistema metódico para volvernos inútiles. El hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcanzar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un animal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil.» (Carlos Castaneda)

    Los detalles que he contado antes (que me hacen recordar a las teorías de Erich von Däniken) proceden mayormente de los libros de Zecharia Sitchin, en los que expuso su personal interpretación de las antiguas tablillas sumerias con escritura cuneiforme que se encontraron en Nínive. Y aunque haya investigadores que ponen en duda casi todo lo escrito por Sitchin, lo cuento aquí como un curioso ejemplo de esa intención de esclarecer y hallar el tesoro de realidad que subyace en la profunda cueva de las mitologías. El ufólogo y astrólogo David Parcerisa, por ejemplo, fue en principio defensor y difusor de esos libros, y hasta llegó a grabar una serie de vídeos documentales sobre ellos. Pero ahora, después de consultar directamente la fuente, las antiguas escrituras sumerias, se desdice, en un ejercicio de honestidad, y afirma que su anteriormente admirado Sitchin manipuló datos y se inventó muchas cosas... A pesar de lo cual, el interés por esa enigmática historia sigue vigente. 
    Como decía antes, se trata de toda una delirante mitología. Pero no más delirante ni fantástica que cualquier otra. Y no hay que olvidar que en ella se hallan muchos puntos de contacto con todas las demás, dando la sensación de que fuera la mitología base, la fuente de la que todas las demás han bebido. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, se encuentran casi las mismas historias que se cuentan de los Anunnaki en las tablillas de arcilla sumerias. En este sentido, se puede considerar a la Biblia hebrea como un gran plagio, una copia de las escrituras de Sumer, donde lo único que se ha hecho es cambiar los nombres y manipular algunos conceptos y situaciones en beneficio de la religión cristiana.
    Personalmente, no me hace gracia descender de una mezcla entre un primate y un anunnaki extraterrestre (sea éste reptiliano o no)... Pero he de reconocer que sin esa hipotética intervención externa es posible que estuviéramos, dentro del océano de la evolución, sumergidos aún en un nivel simiesco... 
     
    De todas formas, no me pronuncio sobre el tema. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Desde qué base podría argumentar a favor o en contra? No soy investigador ni explorador ni, por supuesto, científico. No soy paleontólogo ni historiador ni arqueólogo. No sabría descifrar ninguna tablilla con escritura cuneiforme sumeria o babilónica, ni ningún jeroglífico egipcio. Así que me tengo que conformar con lo que esos investigadores me cuentan. Confieso, eso sí, que el tema me atrae... Me atrae como me puede atraer cualquier leyenda o mito. Y confieso asimismo que algo intuitivo me dice que puede haber mucho de verdad en esta historia. Aunque esto chirríe en las sedadas y cómodas mentes bienpensantes de nuestra «civilizada» sociedad. 
    Por lo demás, ya sabemos lo que ocurre, lo que ha ocurrido siempre... Que el mundo académico, la ciencia oficial, mira a estas nuevas voces con evidente burla y menosprecio. Para ellos, los científicos con título, diploma y corbata, todo esto no es más que un conjunto de mentiras, más o menos bien anudadas. «Supercherías», suele ser el nombre asignado. Mentiras inventadas por algunos chicos listos con mucha labia que lo único que buscan es adquirir cierta fama y vender sus libros... En fin, allá ellos.
    Algún día se redescubrirá que la Tierra es plana (es broma irónica); o que la Luna es sólo un huevo hueco al que le han extraído la yema y la clara, un asteroide ahuecado que fue rellenado, hace muchos miles de años, con multitud de precisos y avanzados instrumentos de medición, vigilancia y control, como hoy afirman David Icke y otros investigadores y divulgadores cuyo nombre no recuerdo ahora. No hace falta ser selenógrafo para echarse las manos a la cabeza ante semejantes «alucinaciones teóricas»... Pero he de decir que para mí la Luna siempre será mi amiga, mi compañera íntima y ensoñadora de tantos y gratos paseos nocturnos, tanto si está ahí vigilándonos como una gigantesca máquina alienígena, como si es un simple satélite frío, desierto, ciego y mudo.
    Pero, bueno, quién sabe... Muchas extravagantes «locuras» del pasado han demostrado ser ciertas con el paso del tiempo. Sólo queda esperar a la idoneidad del momento histórico, a que el espíritu temporal abra una más de sus infinitas puertas, en el momento oportuno. Y puede entonces que lo que hoy es fantástico e increíble se torne en incuestionable realidad. 

    Lo que se me ocurre ahora pensar, ante todo esto (y lo hago con una sonrisa), es qué poco se alimentaron esos Anunnaki con la existencia del apacible, suave y sabio señor Suzuki... ¿Qué alimento podían encontrar ellos en este hombre? Un hombre que se quejaba en aquella conferencia de lo siguiente:

    «... Pero la principal dificultad estriba en cómo colocar mi casa con tejado de paja en medio de estos muros de Londres, tan sólidamente construidos; ¿cómo puedo construir mi humilde cabaña en medio de Oxford Circus? ¿cómo hacerlo en medio de este barullo de coches, autobuses y vehículos de todas clases? ¿Cómo puedo escuchar el salto de los peces y el canto de los pájaros? ¿Cómo se puede cambiar todo lo que exhiben los escaparates por el frescor de las hojas verdes cimbreadas por la brisa matinal? ¿Cómo encontrar la naturalidad, la sencillez, el absoluto autoabandono de la naturaleza en la extremada artificialidad de las obras humanas? Este es el gran problema que actualmente se nos plantea.»

    ¿Qué tipo de alimento podían hallar los Anunnaki en un hombre así, del que nunca se desprendían energías de baja frecuencia, y que sólo deseaba sentir y gozar la realidad pacíficamente en sus dos vertientes, de espíritu y materia? Con personas como el maestro Suzuki, a los Anunnaki les salió mal su plan de control mental sobre los seres humanos.
    Aunque bien es cierto que, desgraciadamente, ese perverso y funesto plan funciona hoy en día en otros muchos... Y no sólo mediante un control mental de tipo hipnótico, cuyos largos y oscuros brazos están ahogando a esta sociedad... (No hay más que mirar las noticias diarias del mundo y después observar los hábitos y aficiones de la gente actual, como su exacerbada pasión por los deportes de masas, su tendencia a diversiones idiotas o su gusto por músicas mediocres y muchas veces estridentes, cuando no directamente dementes, desequilibradas e insoportables para cualquier oído con un mínimo de finura.) Y no sólo mediante ese control mental, decía, sino que asimismo hemos de contar con las barreras metálicas, punzantes e infranqueables de una sociedad dura e injusta, cuya crueldad puede llegar hasta límites inimaginables. Una sociedad dominada y dirigida por los «amables» bancos (lobos hambrientos y sanguinarios con piel de oveja), y por ese grupo de «altos» vuelos (más bien, muy bajos) que llaman la Élite.
    En fin, un panorama muy negro el de este pobre, esclavo y enloquecido mundo. Ya sea culpa de los Anunnaki o de cualquier otra clase de demonios...
    Yo, por eso, de mayor quiero ser como el buen maestro Suzuki, y cambiar las cosas que me quiere vender el mundo por el frescor de las hojas verdes cimbreadas por la brisa.  


Antonio H. Martín
(24 de noviembre, 2015)


        


          


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música 1: The End (Varsity Blues) - Mark Isham (1999)
música 2: A Promise (Life as a House) - Mark Isham (2001)



viernes, 31 de julio de 2015

Sobre el filo...




    Recuerdo que hace muchos años, leyendo un libro de Carlos Castaneda, me encontré con una interesante conversación, uno de cuyos fragmentos, aparte de interesarme, me chocó... Muchos de esos diálogos son interesantes, hacen reflexionar y hasta impresionan vivamente, pero algunos además —como éste de ahora— me vienen de vez en cuando a la memoria, al menos en retazos, como si quisieran que los siguiera pensando. Y hoy, entre el ruido vulgar de este tedioso ambiente festivo, he vuelto a escuchar estas palabras en concreto... 
    Don Juan Matus, su maestro brujo, le decía a Carlos, con su habitual lenguaje, directo y sin ambages ni eufemismos, que sólo había dos clases de individuos: los "pises" y los "pedos"... Castaneda replicó entonces, quejándose, que él no era ni lo uno ni lo otro. A lo que don Juan le rectificó diciéndole que eso era porque aún no se había decidido por una u otra opción... Dando a entender que no hay más posibilidades en este mundo.
    Quizá lo expresó así porque formaba parte de una estrategia de brujo, buscando cierto movimiento en la conciencia de su discípulo, en el punto de encaje de su percepción, para hacerle comprender alguna otra cosa oculta, como había hecho ya en numerosas ocasiones. Eso no puedo saberlo. Pero me atrevo a afirmar, desde mi humilde posición de lego en la materia, de simple e ignorante aficionado —tanto en psicología como en magia—, y con todos los respetos para el conocimiento del maestro-brujo tolteca, que opino, como en su momento Castaneda, que existe otra posibilidad, y que ni soy un "pís" ni soy un "pedo". 
    Aplicando ese criterio a mí mismo y mi vida, me veo como caminando sobre un estrecho pasillo, un angosto sendero, a veces casi como un filo de navaja, que está justamente entre medias de esas dos opciones. O, en todo caso, fuera de ellas. Y no porque esté indeciso respecto de elegir entre una u otra. Puedo ser muy simpático y afable en algunas ocasiones, y en otras desagradable y hosco. Suave o áspero, optimista o pesimista, claro u oscuro, gnóstico o agnóstico, fresco y húmedo o seco y arenoso, cálido como el último sol de la tarde o frío como el hielo nocturno, destello o sombra, voz o silencio... Depende, lógicamente, de la situación en que me encuentre. Y eso supongo que le ocurre a cualquiera y es lo más normal del mundo. Pero mientras los demás se comportan de uno u otro modo respondiendo según las diferentes circunstancias, noto que siempre lo hacen desde la convicción de una identidad personal, de una base característica, de una idiosincrasia, que, efectivamente, suele estar dentro de ese concepto psicológico binario que señalaba el brujo don Juan.
    Curiosamente, sin embargo, yo por donde suelo caminar no es por ahí, ni desde esa base supuestamente fija, en ocasiones ficticia pero siempre con apariencia de solidez, sino por esa otra angosta orilla, por ese filo, que corta algunas veces, pero que es por naturaleza mi casa. 
    Es como un finísimo margen que está unos centímetros fuera del mundo. Un margen que no se decide nunca definitivamente (ni, por supuesto, se obsesiona) por la claridad o la oscuridad, aunque pueda moverse por ambas vertientes, por ambos lados de la realidad, por uno u otro polo. Que en el fondo no se identifica ni con la risa ni con el llanto, ni con alegrías ni con tristezas, ni con los sonrientes fulgores de la mañana ni con las ominosas sombras de la noche... Puede sonar ambiguo, o incluso como ambivalente, pero no es exactamente así. Se trata de un camino distinto, estrecho y apartado, marginal, que se encuentra, como digo, un poco más allá del mundo. Quizá en el borde. Más arriba o más abajo, a un lado o a otro... Eso da igual. 
    Esta rareza ha constituido mi extraño hogar desde casi siempre. Por eso me considero algo dentro, o muy cerca, de ese grupo que Hesse denominó como los lobos esteparios. Seres un tanto raros y apartados, en cierta medida singulares, que transitan como oblícuamente por un mundo al que está claro que no pertenecen. A veces con apariencia de sombras o de fantasmas, pero siempre con un acerado brillo en la mirada o un estigma indefinible en la frente... No porque sean superiores o procedan de alguna otra dimensión desconocida. Son absolutamente humanos. De alguna manera distintos, pero humanos. 
    Aunque —eso sí— son totalmente incapaces, por ejemplo, de participar en ningún tipo de fiesta normal y corriente, de esas a las que la gente acude en grupos o directamente en masa con gestos de júbilo. Ahí es donde se les podrían romper los nervios, o podrían ser atacados por una nube tóxica de mortal aburrimiento o por una ácida lluvia de amargura. Lo saben bien, y por eso evitan esas celebraciones, esos eventos para ellos absurdos o simplemente vacíos (ajadas vestiduras y cortinajes de un viejo teatro abandonado, que luces giratorias, risas y petardos no pueden revivir). A no ser, claro está, que determinada situación de necesidad les obligue a acudir y tengan que fingir. Entonces se ponen su armadura de "locura controlada" y se esfuerzan, aunque les pese, en parecer normales. Ríen las payasadas de turno, comentan someramente —pero con aparente seriedad—sobre temas de política o deportes, y hasta son capaces de bailar... Pero es un asunto en el que casi nunca consiguen afinar del todo. 
    Porque suelen dar la impresión de que donde debería estar lo que normalmente se entiende por "humanidad" hay sólo una especie de vacío, como una ausencia. Como si no supiesen o no pudieran tomarse al mundo "real" (de normas y deberes, de gravedades y conflictos, de "divertidas" rutinas pueriles y fiestas ruidosas e idiotas) lo bastante en serio...

    Pienso ahora que no era en absoluto necesario escribir sobre esto. ¿A quién puede importarle un tema tan personal y subjetivo? Aunque ponga como pantalla cómplice a Hesse y a Castaneda, está claro que hablo de mí mismo... Si se es de éste o aquél modo, o de otro diferente, ¿a quién le importa, excepto a uno mismo? Pero sucede que éste ha sido y es un cuaderno íntimo, y todo lo que escribo en él lo hago, en principio, para mí. Tal y como empecé a hacerlo hace mucho tiempo, en aquellos viejos cuadernos de papel, mientras con la ventana abierta intentaba refrescarme la piel con el aire de la noche, y la mente con la osadía de nuevos pensamientos y jóvenes palabras, que anhelaban encontrar algún brillo en la oscuridad. 

    Así que —reitero y concluyo—, ni "pedo" ni "pís". Por mucho que pueda parecer una u otra cosa en determinados momentos. Sino sólo un pequeño lobo estepario, un caminante sobre lo que a menudo parece el filo de una navaja, que intenta siempre guardar un cierto equilibrio. Y que, aunque sea difícil, muchas veces lo consigue.
    Gracias a que afortunadamente, en algunas especiales ocasiones, ese camino me parece como un fino y brillante hilo de luna entre las tinieblas, un mágico puente colgante entre los mundos de la realidad y el sueño. Y yo siempre he sido, aparte de extraño viajero, un amante de la luna.


Antonio H. Martín
(31 de julio, 2015)


        


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imagen: The Lake and the Night - Lucien Lévy-Dhurmer (1910)
música: The Invisible Man - John Foxx y Harold Budd

           

martes, 24 de julio de 2012

Descripción



"Los seres humanos no son objetos; no tienen solidez. Son seres redondos, luminosos; no tienen límites. El mundo de los objetos y de la solidez no es más que una descripción que fue creada para ayudarlos, para facilitar su paso por la tierra."

"La razón hace que los seres humanos olviden que la descripción del mundo es tan sólo una descripción, y antes de que se den cuenta, han atrapado la totalidad de sí mismos en un círculo vicioso del cual raramente escapan en toda su vida."

"Los seres humanos son perceptores, pero el mundo que perciben es una ilusión: una ilusión creada por la descripción que les contaron desde el momento mismo en que nacieron.
Así pues, el mundo que su razón quiere sostener es, en esencia, un mundo creado por una descripción que tiene reglas dogmáticas e inviolables, reglas que su razón aprende a aceptar y a defender."

"Lo malo de las palabras es que nos hacen sentirnos iluminados; pero cuando nos damos la vuelta para enfrentarnos al mundo, siempre nos fallan y terminamos enfrentándonos al mundo como siempre: sin iluminación. Por esta razón, un guerrero busca actuar en vez de hablar, y para ello obtiene una nueva descripción del mundo, una descripción en la que hablar no es tan importante y en la que los actos nuevos conllevan reflexiones nuevas."


Carlos Castaneda

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Estas citas de Castaneda me hacen recordar algo que me decía a mí mismo cuando era muy joven: que de lo que se trataba era de una lucha entre la vida y el mundo. Por supuesto, me refería a mis propios problemas, que intentaba superar, y por "vida" entendía mi particular sensibilidad, mi pequeña colina de sentimientos, mi forma de percibir la existencia. Mientras que "mundo" era todo lo demás, el ingente océano de conceptos y tendencias que imperaba a mi alrededor, y que parecía contradecir y oponerse a que yo pudiera vivir, serena pero intensamente, en mi remota e íntima isla personal.
Parece que ya intuía yo entonces que el llamado "mundo" no era sino una particular descripción, compartida por millones, y que lo mío era otra descripción diferente que no encajaba en la anterior. Y me planteé así la vida: como una lucha por conservar siempre mi propia visión de las cosas, y no caer nunca en la otra, que para mí disminuía y degradaba la existencia a algo trivial, muy lejano a mi sentir.
Ya sé que mirar las cosas de esta forma es muy simplista, pero sólo tenía dieciocho años, y lo que me importaba no era ponerme a examinar el problema desde un punto de vista filosófico, psicológico o sociológico (aparte de que no hubiera sabido hacerlo), sino, sobre todo, conservar y defender mi ilusión, mi alegría de vivir contra esa inmensa marea que la amenazaba continuamente. Creo que es un egoísmo muy lícito ese.
Sobre el resultado de esa personal lucha, he estado escribiendo en este cuaderno virtual durante más de cuatro años, así que no voy ahora a extenderme más. Sólo añadiré que me hace gracia cuando dice Castaneda eso de que el mundo es una ilusión que nos contaron desde el momento mismo en que nacimos. Y me hace gracia porque recuerdo que, de niño, cuando los mayores se empeñaban en enseñarme las reglas de su particular descripción, yo solía poner cara de circunstancias y un poco como de perplejidad, y entonces ellos decían: "mírale, por un oído le entra y por el otro le sale."
Y así sigo, perplejo ante una descripción de la realidad que no puedo ni quiero aceptar, pero también asombrado de conservar aún el poder de mi propia mirada y encontrar así, de vez en cuando, retazos de otra descripción distinta, la misma que me enamoró hace ya cien años.
Pero no olvido la última cita que he puesto aquí de Castaneda, en la que menciona que los actos son más importantes que las palabras. Así que, sin sentirme para nada iluminado por lo que acabo de escribir, voy ahora mismo a enfrentarme al mundo sin hablar, con un acto simple, sin pliegues ni flecos mentales que lo desfiguren. Voy a abrir la ventana, en esta tranquila noche de verano, y voy a sentir la brisa del norte, escuchar la voz del río y mirar si alguna estrella ha venido por aquí de visita con su sonrisa lejana...


Antonio H. Martín



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música: Infinite Beauty
álbum: Prelude to Infinity
autor: Robert Haig Coxon
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(Nota: Quizá a algunos, tanto el vídeo como la música os parezcan demasiado "celestiales", y puede que lo sean. Lo son. Pero es una música que suelo usar para relajarme y me ha parecido bien ponerla aquí. Porque relajarse ayuda mucho a parar el diálogo interno, el constante parloteo de la mente, y eso deshace la normal descripción del mundo y deja el camino libre para que otra descripción nueva haga acto de presencia.) AHM

sábado, 10 de diciembre de 2011

Los surcos del tiempo



Siempre que me he acercado a la obra de Castaneda ha sido con respeto y admiración, sabiendo que me iba a encontrar con conceptos interesantes, con matices distintos y otras formas de mirar, que me iban a inducir a nuevas reflexiones sobre este misterio que nos envuelve y del que formamos parte indisoluble.
Y hace poco, releyendo su último libro (La Rueda del Tiempo, de 1998 -una selección de sus escritos), me he reencontrado con esta maravilla:

"(...) Otra estupenda unidad de aquel extraño sistema cognitivo residía en la comprensión que tenían los chamanes acerca de los conceptos de tiempo y espacio, y el modo en que los utilizaban. Para ellos, el tiempo y el espacio no eran los mismos fenómenos que forman parte de nuestras vidas en virtud de constituir parte integral de nuestro sistema cognitivo normal. Para el hombre corriente, la definición clásica de tiempo es un ''continuo no espacial en el que los eventos se producen en una sucesión aparentemente irreversible que va desde el pasado hacia el futuro a través del presente''. Y el espacio se define como ''la extensión infinita del campo tridimensional, dentro del cual existen las estrellas y las galaxias: el universo''.
"Para los chamanes del antiguo México, el tiempo era algo así como un pensamiento; un pensamiento pensado por algo de tal magnitud que rebasaba toda comprensión. Su conclusión lógica era que el hombre, siendo parte de ese pensamiento pensado por fuerzas inconcebibles para su mente, todavía retenía un pequeño porcentaje de dicho pensamiento; un porcentaje que podía ser redimido bajo determinadas circunstancias de extraordinaria disciplina.
"El espacio era, para aquellos chamanes, un ámbito abstracto de actividad. Lo llamaban el infinito y se referían a él como la suma total de los esfuerzos de todas las criaturas vivas. El espacio era, para ellos, más accesible, algo casi práctico. Era como si hubieran desarrollado en mayor porcentaje la formulación abstracta del espacio. Según las versiones aportadas por don Juan, los chamanes del antiguo México nunca contemplaron el tiempo y el espacio como oscuras abstracciones tal y como lo hacemos nosotros. Para ellos, tanto el tiempo como el espacio, si bien incomprensibles en sus formulaciones, formaban parte integral del hombre.
"Aquellos chamanes poseían otra unidad cognitiva, llamada la rueda del tiempo. Su manera de explicar la rueda del tiempo era decir que el tiempo era como un túnel de longitud y anchura infinitas, un túnel con surcos reflectantes. Cada uno de los surcos era infinito, y había un número infinito de ellos. Los seres vivos eran compelidos, por la fuerza de la vida, a fijar sus miradas en uno de los surcos. Mirar sólo uno de los surcos implicaba ser atrapados por él, vivir ese surco.
"La meta final de un guerrero es la de enfocar, mediante un acto de profunda disciplina, su atención inquebrantable en la rueda del tiempo con el fin de hacerla girar. Los guerreros que han logrado hacer girar la rueda del tiempo son capaces de mirar en el interior de cualquier otro surco y extraer de él lo que deseen.
"Al librarse de la fuerza hechizante que nos obliga a contemplar sólo uno de esos surcos, los guerreros pueden mirar en cualquiera de las dos direcciones: la llegada o la partida del tiempo."


Carlos Castaneda



Me encanta la idea, la imagen, el concepto, la posibilidad de ese camino, que nos permitiría mirar en otros surcos del tiempo y sacar de ellos aquello que necesitamos. Será cuestión de convertirse en esa clase de guerreros del espíritu, que tienen la capacidad, gracias a la fuerza de su disciplina interior, de viajar por esos surcos y enfocar su atención en lo que les interesa, para que eso... viva para ellos.
Esto me parece como montarse en un barco hacia lo desconocido, y poder atracar en cualquier orilla de ese mar infinito. Tener, por fin, acceso a la inmensidad de la vida...

Antonio H. Martín

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- imagen: AHM
- libro: La Rueda del Tiempo, Carlos Castaneda
- (Gaia Ediciones - Madrid, 1998)

domingo, 3 de julio de 2011

Anselmo



"No importa cómo lo hayan criado a uno. Lo que determina el modo en que uno hace cualquier cosa es el poder personal. Un hombre no es más que la suma de su poder personal, y esa suma determina cómo vive y cómo muere."

"El poder personal es un sentimiento. Algo así como tener suerte. O podríamos llamarlo un talante, un ánimo. El poder personal es algo que se adquiere a través de toda una vida de lucha."


Carlos Castaneda
(Viaje a Ixtlán)



Sin entrar en la particular filosofía de Castaneda, me atrevo a añadir que el poder personal es algo que reconocemos ya desde la infancia. Un signo muy especial, como una fórmula mágica que tenemos desde siempre y que nos acompaña durante toda la vida. Un sentimiento que nos identifica, que nos permite volar sobre muchas cosas, y que da valor y sentido a nuestra existencia.
Por supuesto, este poder puede crecer o disminuir, y eso dependerá de nuestros actos y no de otra cosa. Es como seguir un camino o no seguirlo... Si lo hacemos, llegaremos más lejos; si no lo hacemos, si nos quedamos parados o andamos por otros caminos, será como perder el tiempo y nuestro poder personal caerá. Hasta el punto, incluso, de llegar a perdernos y a no saber volver.
Es muy fácil caer en esos laberintos del pensamiento o la emoción que nos distraen del camino. Demasiado fácil. Por eso, debemos ser muy serios en esto y estar siempre alertas ante cualquier posible error. La vida es muy compleja y está llena de estímulos, de múltiples llamadas de trompeta que quieren acaparar nuestra atención. Estar lúcidos ante esto es una exigencia incuestionable. Está en juego nuestro poder personal, que es el color de nuestra vida, su tono, su música, su valor.

No soy maestro de nada, pero saber si algo va bien o no, si lo que hacemos nos acerca a donde queremos llegar o, por el contrario, nos aleja, es sencillo. Hay mil cosas que nos lo dicen, mil voces y detalles que nos lo indican. Lo único necesario es escuchar, mirar, estar bien atentos. Y si nos sentimos atraidos poderosamente por algo, debemos pararnos en la orilla, quedarnos quietos, y mirar el paisaje de ese presente desde una cierta distancia... Nuestro poder personal, el que nos quede, nos dirá claramente si aquello, lo que sea, nos conviene o no.

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Después de escribir lo anterior, Anselmo se puso los zapatos, y aunque era ya muy entrada la noche, se fue a pasear. Quería llegar hasta el viejo puente y mirar allí, en el agua del río, como en un espejo, el brillo de su propio poder.
Aunque era verano, una suave brisa hacía moverse las ramas de álamos y sauces. La ciudad estaba tranquila y vacía. Todos dormían, todos menos este caminante loco que quería escuchar la voz del río.
Cuando llegó y se paró en mitad del puente, vio que el agua discurría con calma, sin prisa, como siguiendo una danza serena y ensoñadora. Y después de reconocer su propia silueta entre las otras sombras, cerró los ojos y pensó intensamente en su vida actual...
La voz del río era amplia, profunda, coral. Sus aguas estaban llenas de susurros, de murmullos varios, diferentes, cada uno con un tono y un timbre distinto, pero todos unidos, mágicamente, musicalmente, como los instrumentos de una orquesta interpretando una misma sinfonía. Y entre esa multiplicidad de voces, reconoció una, como de mujer, que decía...
"Anselmo... Anselmo... Todo está bien..."


Antonio H. Martín

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- Imagen extraida del álbum musical "An Ancient Muse", de Loreena McKennitt

domingo, 24 de octubre de 2010

El último paso



Este vídeo, que encontré gracias a J. Miur (artífice del blog "Vagabundia"), me enfrenta a una idea, a una imagen, a un sentimiento...
La del último paso, ese que todos vamos a dar, más tarde o más temprano, y que cada uno se imagina a su manera. Por supuesto, me gusta cómo lo representa este breve vídeo, me gusta su tono positivo y amable. Nadie sabe, en realidad, cómo va a ser, pero esta manera está muy bien, como ejercicio de imaginación.
Ya sabemos que la imaginación es aliada del deseo, y ambos se mezclan con los sueños. Personalmente, he imaginado mi muerte de muchas formas diferentes, pero si pudiera elegir... ésta sería para mí una muy buena manera de irse.

Recuerdo ahora lo que escribía Castaneda sobre ese último paso: decía que un guerrero, un hombre de conocimiento, que había acumulado suficiente poder, tenía el derecho de hacer que la muerte se esperara... Así que ésta tenía que quedarse quieta, hasta que el guerrero ejecutara "su último baile", la última danza de su vida, en la que con sus movimientos expresaría todo lo que para él significó su vida, antes de que la muerte le llevara a cruzar el puente.

Yo no sé bailar, pero quizá podría entonar alguna canción de despedida, una que expresara, ante todo, agradecimiento por esa íntima alegría que me nació por dentro en alguno de esos atardeceres dorados con viento, en mi juventud, esos que luego iban seguidos de la sonrisa de la luna y el brillo de las estrellas, con esa música que sonaba entre el aire y las sombras, y que te contaba secretos inolvidables...


Antonio H.M.


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- vídeo: "Tir Nan Og", corto animado, dirigido por Fursy Teyssler

jueves, 27 de agosto de 2009

La oscuridad del día



por Carlos Castaneda


21 de mayo, 1968

No pasó nada fuera de lo común durante mi viaje para ver a don Juan. La temperatura en el desierto andaba por los cuarenta grados y era casi insoportable. El calor disminuyó al caer la tarde, y al anochecer, cuando llegué a casa de don Juan, había una brisa fresca. No me hallaba muy cansado, de manera que estuvimos conversando en su cuarto. Me sentía cómodo y reposado, y hablamos durante horas.
No fue una conversación que me hubiera gustado registrar; yo no estaba en realidad tratando de dar mucho sentido a mis palabras ni de extraer mucho significado; hablamos del tiempo, de las cosechas, del nieto de don Juan, de los yaquis, del gobierno mexicano.
Dije a don Juan cuánto disfrutaba la exquisita sensación de hablar en la oscuridad. Contestó que mi gusto estaba de acuerdo con mi naturaleza parlanchina; que me resultaba fácil disfrutar la charla en la oscuridad porque hablar era lo único que yo podía hacer en ese momento, allí sentado.

Argumenté que era algo más que el simple hecho de hablar lo que me gustaba. Dije que saboreaba la tibieza calmante de la oscuridad en torno. El me preguntó qué hacía yo en mi casa cuando oscurecía. Respondí que invariablemente encendía las luces, o salía a la calle hasta la hora de dormir.

-¡Ah! -dijo, incrédulo-. Creía que habías aprendido a usar la oscuridad.
-¿Para qué puede usarse? -pregunté.
Dijo que la oscuridad -y la llamó "la oscuridad del día"- era la mejor hora para "ver". Recalcó la palabra "ver" con una inflexión peculiar.
Quise saber a qué se refería, pero dijo que ya era tarde para ocuparnos de eso.


Carlos Castaneda
(1971)

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- del libro "A Separate Reality" (Una realidad aparte)
- por Carlos Castaneda
- traducción de Juan Tovar
- Fondo de Cultura Económica, México (1974)

La locura controlada II



por Bernard Dubant y Michel Marguerie


Mi risa -dice Don Juan- como todo cuanto hago, es real. Pero se trata también de locura controlada, porque es inútil. No cambia nada y, sin embargo, yo siempre río. No habiendo nada más importante que cualquier otra cosa, el guerrero escoge cualquier acción y la ejecuta como si le importase. Su locura controlada le hace decir que concede importancia a lo que hace, le hace actuar como si cada acción la tuviese verdaderamente, y, sin embargo, él sabe que no la tiene. De esta manera, puesto que ha realizado sus acciones, se siente en paz. Que sus acciones hayan sido buenas o malas, acertadas o no, no le concierne en manera alguna.

La locura controlada hace que el guerrero no se ate a nada: Él ama aquello que quiere, pero se sirve de su locura controlada para no interesarse... Amar a la gente o hacerse amar por ella no es lo único que podemos hacer en cuanto que hombres. Este amor que nos tira de las orejas no es sino una forma de vampirismo. Amar lo que se quiere y no atarse es también no atar a quien se ama: es la manera más noble de amar. El guerrero puede dar curso libre a sus sentimientos a condición de que no crea, es decir, que no se ate. Sus sentimientos son su locura controlada, deseo sin deseo, y él pasa a otra cosa sin dejar la menor huella.

Y Don Juan añade que su locura controlada se aplica sólo a sí mismo y a sus semejantes. En suma, la locura controlada permite pasar a través de la locura de sus semejantes sin ilusión, sin apego; sirve, dice Don Juan, para poder reír siempre.

(Una intuición próxima a ésta se encuentra en un escritor como Jacques Vacher: el humor -escribe- es la sensación de la inutilidad teatral y sin alegría en absoluto. El humor tal como se experimenta es distinto de la jovialidad benevolente o malévola de los hechiceros negros. Esto es ya una visión de la falta de importancia de las cosas.)

El guerrero, no perteneciendo ya al mundo y a sus semejantes, escoge, sin embargo, ejercer y, en apariencia, actuar como ellos. La única diferencia radica en que él equilibra su espíritu controlando su locura, mientras que los hombres en general mueren locos.


Bernard Dubant y Michel Marguerie
(1981)

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Imagen:
- "Painter's Kitchen"
- por Jacek Yerka

martes, 25 de agosto de 2009

La locura controlada



Quizá no queda del todo claro en el siguiente texto, porque es un tema complejo, pero es muy interesante y por eso lo expongo aquí. Hace 28 años dos ensayistas franceses se dedicaron a glosar y explicar los libros de Carlos Castaneda, que por entonces sólo sumaban cinco, e intentaron dar todas las explicaciones posibles a ese nuevo o viejo conocimiento con que el amigo Castaneda asombraba al mundo de los inquietos y buscadores. Un poco al estilo de Louis Pauwels y Jacques Bergier, pusieron toda la carne en el asador e intentaron explicar lo inexplicable.
Quizá fueron un poco "más papistas que el papa", y puede que hasta el mismo Castaneda quedara asombrado de tanta explicación... Pero este mundo es libre para expresarse (excepto en algunas "culturas"), y estos dos amigos hicieron mucho por acercar los difíciles textos del "brujo" Carlos Castaneda.
Por ello, todos los buscadores de estrellas les quedamos profundamente agradecidos.

AHM.
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La locura controlada

por Bernard Dubant y Michel Marguerie


El guerrero considera al mundo como un misterio sin límites, y lo que hacen los hombres como una locura sin nombre.

Todos los actos de los hombres son locura, o más bien son percibidos como locura por quienes ya no creen en el sentido de los actos ordenados por la razón. Los hombres actúan según las reglas que juzgan normales, con fines que estiman necesarios, justos, buenos, y llaman locura a los comportamientos extrarracionales. Volverse loco es perder la razón. Luego, el uso de la razón también es locura: esta normalidad, la razón entera, la explicación racional de las cosas, no es más que locura. Los actos y la vida de los hombres nada significan propiamente: la gente se pasa la vida envejeciendo, y su vida, a pesar de los credos ilusorios a que se aferran, nada significa para ellos ni para nadie.

Los actos de los hombres corrientes son sólo ruido y furor, como dijo Shakespeare. El dramaturgo había así intuído que el mundo no es sino un teatro y los hombres actores. El guerrero no percibe las cosas de distinta manera. Sus actos también son locura, pero como él no cree, es una locura controlada.

Con todo el mundo se sirve Don Juan de su locura controlada; todo lo que hace es locura controlada, lo cual no significa que no sea sincero, sino que sus actos son sólo los de un actor. Para mí -dice- no hay ni una sola cosa que sea importante, y menos mis actos que los de cualquiera de mis semejantes. A pesar de ello, continúo viviendo porque es mi voluntad... Mi voluntad controla la locura de mi vida.

El guerrero que ha anulado la importancia de las cosas, si escoge vivir, no puede considerarlo como una locura; pero como ejercita una elección que su voluntad dirige, su locura está controlada. El hombre que está bajo el control de su razón, no se controla; por eso su locura no está controlada, y su lado siniestro no puede apenas ser compensado por su lado alegre: el hombre ordinario no cree estar loco; ¡sus actos son endiabladamente serios! El guerrero elige actuar, debe creer sin creer, como hemos visto. Su acto es puramente gratuito, y él sabe que todos los actos pretendidamente serios son también gratuitos.
Tus actos -dice Don Juan-, así como, de manera general, los de tus semejantes, te parecen importantes porque has aprendido a pensar que son importantes.

Sí, pero entonces hay que agarrarse a algo. Como ya hemos visto, el guerrero no se agarra a nada; en nada se parece a esa gente que ha pretendido abrumar a su generación haciendo el vacío (¡que vacío tan ilusorio!, y ¡qué pérdida de tiempo!) y que, beoda, se agarra a algún mito movilizador, lo que prueba que se ha quedado convertida en hechiceros negros deseosos de creer, es decir, de comer el alimento que trafican sus semejantes.

La locura controlada es el deber creer; la locura no controlada es la creencia. Una cosa es importante cuando se nos ha dicho así y nosotros, solamente, balamos con el rebaño: es el es necesario creer en algo. Pero ACTUAR con todo su ser sin creer y sin conceder la menor importancia a lo que se hace, pero con toda la perfección que da un perfecto control y un perfecto abandono, es un acto de águila solitaria. Es la única manera desinteresada de actuar, y el guerrero debe actuar sin esperar nada a cambio.
(Cabe decir que este desinterés nada tiene que ver con un acto caritativo, que da buena conciencia.)

Y este desinterés es vulnerabilidad, y placer sin límites. Si la palabra nobleza tiene sentido, no puede significar más que esto.

(continuará...)
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- del libro "Castaneda: El camino del guerrero"
- Bernard Dubant y Michel Marguerie
- traducción de Eugenia Frutos
- Ediciones Mascarón, 1981

domingo, 14 de diciembre de 2008

¿El Águila...?



Esta imagen del centro de nuestra galaxia fue tomada hace tres días. Y no me cuesta imaginar lo que interpretaría un brujo tolteca de hace siglos ante semejante visión...

Y eso que hablo de nuestra dimensión normal y cotidiana. En otros planos de la realidad, o desde otros niveles de percepción, las visiones deben ser muy diferentes y dar lugar a interpretaciones de lo más extraño.

Pero siempre la mente humana 'traducirá' lo que percibe en términos que ella pueda entender. Lo cual, por demás, es bastante lógico.
Así que a saber qué era en realidad lo que aquellos brujos de antaño llamaron 'el Águila'...

AC.
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Este comentario me parece desafortunado. He estado a punto de borrarlo, pero prefiero hacer una aclaración:

Según lo expreso, parece que me estuviera burlando de la interpretación que hicieron en su día los brujos toltecas, como si fueran ignorantes incapaces de distinguir una nebulosa de otra cosa. Y si así lo parece es que el ignorante soy yo, por no saber escribir.

Se supone que aquellos hombres eran 'brujos', lo que significa que eran videntes y tenían el raro arte de poder ver lo que los demás no vemos.

Pero no era esa mi intención. Lo que yo quería era acentuar el hecho de que ante la presencia de lo desconocido nuestra mente siempre traduce lo que ve en términos de lo que conoce. Y esto vale para todos, sean videntes o no.
Ante una visión de esa magnitud y extrañeza, la mente no puede hacer otra cosa que buscar relaciones y referencias para situarla, y de paso situarse. Porque la línea que separa cordura y locura es muy fina...

Esto es lo que quería decir, y no otra cosa.

AC. (16 de diciembre, 2008)

sábado, 13 de diciembre de 2008

El Águila




Como otras muchas veces, es la lectura de un buen libro lo que me incita a escribir de nuevo. En este caso es “El Fuego Interno” de Carlos Castaneda, que por lo visto hasta ahora –sólo he leído los primeros capítulos-, se trata de un libro extraordinario, cargado de conocimiento.
De las otras obras anteriores de Castaneda sobre don Juan y su mundo mágico, ya había sacado muchas cosas buenas; especialmente de “Viaje a Ixtlán”. Cosas nada normales, como lo conveniente que resulta borrar la propia historia personal para poder ser libres y que nadie tenga dominio sobre nuestros actos y pensamientos, ni siquiera nosotros mismos. Cosas como considerar a la muerte como nuestra mejor consejera, porque de una sola mirada nos deja desnudos frente a la realidad, solos ante lo desconocido, con lo que toda la mezquindad de nuestra pequeña vida se derrumba y toda nuestra grave importancia personal se viene abajo. Cosas, en fin, como la necesidad de “parar el mundo” dentro nuestro para que otra realidad más amplia y profunda sea visible a nuestros ojos.

Puedo decir que he llegado a apasionarme con esos libros en más de una ocasión. La conjunción de conocimiento y poesía es algo que siempre ha sido motivo de afecto para mí. Y si a esto le agregamos el elemento del humor, de un humor superior que deshace la pesadez de lo humano y la convierte en espuma, que cambia las negras alas del cuervo por las de la mariposa y sopla a las nubes grises del pensamiento y la realidad con el viento de una risa fantástica, entonces estamos ante la fórmula perfecta, la mejor de todas.
Todo esto he hallado en los libros de Castaneda, donde la realidad conocida, el mundo cotidiano, no es más que una ínfima parte, en muchos casos despreciada, minimizada e incluso puesta en ridículo frente a una visión muchísimo más grande de lo que es la vida y lo que es el hombre.

Pero, por otra parte, hay algo sobre lo que también quiero hablar. A lo largo de los años me he encontrado con las obras de varios hombres de conocimiento, filósofos y poetas, artistas de la vida y el pensamiento, que me han fascinado con sus visiones del mundo, con sus sentimientos y sus razones. Pero, a veces, hallaba en ellas ciertos tonos que rompían la armonía del conjunto, o al menos así lo sentía. Era como cuando uno se deleita con la contemplación de un bello cuadro, que nos transmite un aire de paz y de gozo, y de pronto descubre que en un ángulo de la pintura hay algo que no nos gusta, que nos molesta incluso; quizá solamente un simple punto oscuro en el fondo, cierto tono opaco que se nos antoja ominoso y amenazador, algo abstracto que provoca desasosiego y quiebra la feliz armonía del cuadro. Ante ello uno reacciona a la defensiva y se aleja, procurando olvidarlo. Puede que se llegue a intuir que hay mucho de verdad en ese tono inarmónico, en esa ‘mancha’ que contrasta con la luminosidad del cuadro en general, pero aún así, o tal vez precisamente por eso, uno se aleja y rechaza en su mente la fugaz irrupción de lo desconocido.

Recuerdo que eso mismo me ocurrió en un determinado momento con Hermann Hesse. Sólo había leído de él hasta entonces “Siddharta”, “Peter Camenzind” y poco más. Y un día descubrí que en Hesse había otras cosas aparte de bella poesía, sueños místicos y la exaltación de la figura del solitario. Llegó a mis manos un breve ensayo titulado “Misterios”, que empezaba así:

“De vez en cuando el poeta, y seguramente muchos otros hombres, siente la necesidad de olvidar durante un rato las simplificaciones, sistemas, abstracciones y otras mentiras totales o parciales y contemplar el mundo tal como realmente es, es decir, no como un sistema de conceptos muy complicado, pero en definitiva descifrable y comprensible, sino como la selva virgen de misterios sobrecogedores, siempre nuevos y totalmente incomprensibles que es en realidad...”

Esto, y lo que sigue, lo leí durante un paseo por el campo al atardecer y viniendo como venía de Hesse, al que ya admiraba y quería, hizo que el día se me volviera gris y que, por un momento, mirara a mi alrededor y viera al mundo como una realidad impenetrable y misteriosa, ajena a todo lo humano, indiferente para con nuestros sueños y esperanzas, que no eran más que niebla surgiendo de nuestras mentes infantiles. Ante esta imagen retrocedí asustado, quizá porque presentí que en el fondo era real, demasiado real.

Algo parecido me sucedió con Jiddu Krishnamurti, el filósofo y poeta hindú, defensor de la libertad de espíritu. Al principio me encontré en su obra con imágenes de la más pura poesía, imágenes que colocaban al hombre muy por encima de la realidad mundana, en íntima y gozosa unión con todo lo creado. Como premisa la libertad de todo pensamiento, de toda crítica personal, de todo juicio condicionado, de toda atadura en relación con el tiempo pasado o futuro; como camino el amor a la vida y a la verdad, por encima de todo lo demás; y como fondo la vasta y desconocida realidad que nos abraza y nos trasciende.
Esto me parecía hermoso y bueno. Pero sólo por fuera, sólo mientras se quedaba en simple imagen, mientras era sólo música en la lejanía. Cuando uno intentaba adentrarse en ello, en seguida aparecía una fuerte resistencia de la propia conciencia a abandonarse a sí misma y entrar en un terreno totalmente desconocido, por muy hermoso y noble que pudiera parecer. Había que dejar mucho de uno mismo al lado del camino para poder seguir caminando... No, era preferible quedarse en casa y no perturbarse con visiones extrañas que amenazaban con destruir mi bien conocida y querida identidad.

Por lo tanto, dejé de leer a Krishnamurti. Pero como no podía rechazarle y meramente olvidarme de él, porque también intuía que había algo o mucho de verdad en su filosofía, en su visión del mundo y del hombre, tuve que buscar una justificación a mi apartamiento, y la encontré escudándome tras esta apreciación: él era un viejo y noble águila que volaba muy alto, demasiado alto; yo sólo era un joven halcón que acababa de dejar su nido y mis alas no eran aún lo bastante fuertes, y tampoco era tan fuerte mi deseo de volar, no tan alto, no tan lejos... Aunque parezca increíble, en esta necia imagen fundaba mi quietud y mi indolencia ante lo desconocido y lo maravilloso. Ahora sé con certeza que detrás de todo eso no había más que miedo.

Y, bueno, volviendo ya con Castaneda y sobre todo con don Juan, el maestro brujo, tengo que decir que también me pasó lo mismo con ellos. Lo confesado anteriormente sobre las muchas cosas buenas que he sacado de esos libros es cierto, pero al lado de estas cosas me he topado asimismo con otras diferentes que no he sabido asimilar. Por no hacerlo demasiado extenso, hablaré sólo de una de esas cosas: la referente al concepto o supuesta realidad del Águila, y lo que esa imponente imagen implica.

Ya en el libro anterior se menciona al Águila como “el poder que gobierna el destino de todos los seres vivientes”, y se explica que semejante denominación viene dada por la forma en que ese poder se presenta a los videntes: como algo inmensurable que evoca vagamente la figura de un águila. Y he aquí una descripción de lo que el vidente puede contemplar:

“El Águila se halla devorando la conciencia de todas las criaturas que, vivas en la tierra un momento antes y ahora muertas, van flotando como un incesante enjambre de luciérnagas hacia el pico del Águila para encontrar a su dueño, su razón de haber tenido vida. El Águila desenreda esas minúsculas llamas, las tiende como un curtidor extiende una piel, y después las consume, pues la conciencia es el sustento del Águila.”

Esta imagen por sí sola fue suficiente para generar en mí ese sentimiento de rechazo ante la amenaza de lo desconocido. Y, en este caso, con mucha más razón, puesto que venía a aseverar lo definitivo de la muerte humana, la imposibilidad de cualquier tipo de trascendencia individual, la absoluta desintegración de todo cuanto somos en el seno de algo inconmensurable e incomprensible. Nadie me negará que la imagen de por sí es aterradora... Hagas lo que hagas, seas quien seas, al final morirás, y tu conciencia será devorada y consumida por el mismo poder indefinible que te la otorgó al nacer. Ante esto no hay rebatimiento posible, sólo es posible la huida hacia pensamientos y creencias más acordes con lo humano, más benignas. La imagen es demasiado concluyente y definitiva como para poder enfrentarla; es incluso mucho peor que aquella otra que nos inculcaron cuando éramos niños sobre las eternas llamas del infierno. En el infierno todavía queda una esperanza, pero bajo el pico implacable del Águila todo está perdido.

En “El Fuego Interno”, don Juan, el maestro brujo, vuelve a hablar del asunto y dice que “la conciencia de ser se separa de los seres conscientes y se aleja volando en el momento de la muerte, y luego flota como una luminosa mota de algodón justo hacia el pico del Águila, para ser consumida”, lo cual representó para los antiguos videntes “la evidencia de que los seres conscientes viven sólo para acrecentar la conciencia del ser: el alimento del Águila.”

Pero luego puntualiza que es más importante lo que hacen los videntes con su visión que la visión en sí, y que a él personalmente le parecía grotesco que un acto tan indescriptible como lo que nos sucede después de la muerte fuese interpretado con la imagen del Águila devorando nuestra conciencia.

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Lo anterior lo escribí hace más de veinte años, y el terror existencial que pudiera sentir ante esa imagen hoy se ha transformado mucho. La imagen del Águila devorando nuestras pobres conciencias me parece absurda y pueril. Creo sinceramente que lo desconocido nunca debe interpretarse, porque corremos el riesgo de caer en el pozo de lo ridículo.
Lo que aquellos antiguos videntes ‘vieron’ lo interpretaron a su manera. Y seguro que los videntes actuales, ante la misma visión, dirán otra cosa muy distinta. De cualquier forma, lo desconocido sigue siendo lo desconocido y no hay mente humana que pueda definir lo indefinible.

Todos, en el caso de lograr esa visión, pensaríamos algo diferente, acorde a nuestra forma personal. Y donde otros vieron un águila, nosotros veríamos un dios o un carro de fuego, un caballo o una sirena... El caso es que, independientemente de lo que pensemos y de cómo lo veamos, aquello que algún día tendremos delante no tiene nombre propio ni forma que podamos percibir y mucho menos comprender.
Pero para darse cuenta de eso no hace falta morirse. La misma vida que pasa todos los días ante nuestros ojos es también algo desconocido e indefinible.

En mi caso, si fuera brujo y me encontrara ante esa enorme visión no vería a un águila comiéndose la riqueza amasada con esfuerzo por sus vástagos, sino a una madre que recibe amorosamente a sus hijos que vuelven a casa. Y quizá, afilando más la mirada, vería una laguna inmensa cuyas ondas vuelven a la calma después de pasar la agitación provocada por aquella piedra.

Todo es, en definitiva, una interpretación. Y creo que no estamos aquí para interpretar nada, por mucho que nos guste hacerlo, sino para vivir. Ese es el único misterio que debemos descifrar, y la clave está oculta en cada hora que pasa...


Antonio H Martín
(1986-2008)

viernes, 16 de noviembre de 2007

Sintaxis



SINTAXIS


Un hombre mirando fijamente sus ecuaciones
dijo que el universo tuvo un comienzo.
Hubo una explosión, dijo.
Un estallido de estallidos, y el universo nació.
Y se expande, dijo.
Había incluso calculado la duración de su vida:
diez mil millones de revoluciones de la Tierra alrededor
del Sol.
El mundo entero aclamó;
hallaron que sus cálculos eran ciencia.
Ninguno pensó que al proponer que el universo
comenzó,
el hombre había meramente reflejado la sintaxis de su
lengua madre;
una sintaxis que exige comienzos, como el nacimiento,
y desarrollos, como la maduración,
y finales, como la muerte, en tanto declaraciones de
hechos.
El universo comenzó,
y está envejeciendo, el hombre nos aseguró,
y morirá, como mueren todas las cosas,
como él mismo murió luego de confirmar
matemáticamente
la sintaxis de su lengua madre.



LA OTRA SINTAXIS


¿El universo, realmente comenzó?
¿Es verdadera la teoría del Gran Estallido?
Éstas no son preguntas, aunque suenen como si lo
fueran.
¿Es la sintaxis que requiere comienzos, desarrollos
y finales en tanto declaraciones de hechos, la única
sintaxis que existe?
Ésa es la verdadera pregunta.
Hay otras sintaxis.
Hay una, por ejemplo, que exige que variedades
de intensidad sean tomadas como hechos.
En esa sintaxis, nada comienza y nada termina;
por lo tanto, el nacimiento no es un suceso claro y
definido,
sino un tipo específico de intensidad, y
y asimismo la maduración, y asimismo la muerte.
Un hombre de esa sintaxis, mirando sus ecuaciones,
halla
que ha calculado suficientes variedades de intensidad
para decir con autoridad
que el universo nunca comenzó
y nunca terminará,
pero que ha atravesado, atraviesa, y atravesará
infinitas fluctuaciones de intensidad.
Ese hombre bien podría concluir que el universo
mismo
es la carroza de la intensidad
y que uno puede abordarla
para viajar a través de cambios sin fin.
Concluirá todo ello y mucho más,
acaso sin nunca darse cuenta
de que está meramente confirmando
la sintaxis de su lengua madre.


Carlos Castaneda

(Prefacio de su último libro,
“El Lado Activo del Infinito”, 1998)


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  Leído lo anterior, que me parece muy interesante, y tiene mucho que ver con mi forma de ver las cosas, me permito hacer un breve comentario, por supuesto sin ninguna acritud. Castaneda, aunque a veces me ha liado un poco la cabeza, está en mi lista de amigos.Y digo lo siguiente:
  A un simple ser humano, con sus problemas cotidianos, sus limitaciones y sus particulares rarezas, ¿qué carajo le puede importar si el universo nació con el Big Bang y morirá en diez mil millones de años, o si por el contrario no tiene principio ni fin y todo son variedades de intensidad de un continuo infinito? A este simple ser humano lo que más le importa es el devenir de su propia y chata vida cotidiana. Sus días, sus  noches, sus breves horas, tensas o tranquilas, son el centro de su interés. En esto, por supuesto, es egoísta.        Pero es que no sabe ser de otra manera. Quien tiene alas, vuela, y quien sólo tiene pies, camina. Para el que vive en lo hondo del valle, entre flores e insectos, su mayor ocupación consiste en admirar a unas y evitar a otros, y también procurar no meter el pie en algún hoyo o no tropezar con alguna piedra oculta entre la hierba.
  También, por supuesto, están los gratos momentos en que uno mira a las lejanas montañas azules que bordean el horizonte, y se permite soñar con que algún día viajará hacia ellas. Y también algunas noches observará atentamente a la luna y las estrellas, y quizá entonces, ante la visión de esa grandeza y esa inmensa distancia, se le ocurrirá pensar sobre eso del origen del universo y su temporalidad o intemporalidad. Pero está claro que esto no forma parte de su cotidianidad. En su mundo inmediato, no hay montañas ni luna ni estrellas más que como un fondo lejano. Su mundo inmediato, como ya he dicho, consiste sólo en las pequeñas flores y en los diminutos insectos. Y esto ocupa la mayor parte de su dedicación y su tiempo.
Y esto lo apunto yo, que siempre he presumido de ser un soñador, a pesar de lo que tal cosa me ha acarreado en desdichas y sinsabores a lo largo de mi vida. Pero tenía que decirlo. Como también tengo que decir que entiendo muy bien las palabras de Castaneda. Mi existencia ha sido y es una prueba evidente de la lucha entre esas dos sintaxis contrapuestas. Siempre apostando por la segunda, por la otra, contra viento y marea. A esta otra sintaxis, yo la llamaba magia.
  Asimismo entiendo que no era necesario sacar el prefacio de Castaneda de su contexto para hacer este breve e inútil comentario personal. Pero mi forma de escribir funciona de esta manera. Como el fotógrafo viajero, que ve una imagen interesante y rápidamente la capta accionando el obturador de su cámara.
Es claro lo que Castaneda quiso decir. Y también es claro que yo lo leí, esta madrugada, en un mal momento. Sintiendo, con especial gravedad, la gran distancia que me separaba de sus palabras. Yo, también, confirmaba entonces, y lo hago ahora, la sintaxis de mi lengua madre.

  Para terminar, voy a incluir aquí una página de mi cuaderno nocturno, de la
lejana fecha de Mayo de 1997. Porque el tema que trata tiene mucho que ver con
esto de lo que hemos escrito ahora. :


  Vengo ahora de recrearme en una de esas cosas inútiles que tanto me gustan. Simplemente, he cogido los prismáticos y he estado mirando durante unos minutos por encima de los tejados, observando el alocado vuelo de los vencejos y el contraste de las hojas con el fondo del atardecer. Un mar de nubes encendidas, la brisa en los árboles y las evoluciones aparentemente alegres de esos pájaros, colocan a la mente en un estado singular. Por un momento, la realidad cotidiana desaparece, o baja su voz, y eso que hemos dado en llamar ensueño toma las riendas y se adueña del mundo. Dura muy poco, pero deja una bonita marca en nuestro cuaderno, un suave dibujo, algo como una mariposa, o una sonrisa.
  En un reciente libro de Luis Racionero, El genio del lugar, me encuentro con esta parábola sobre la libertad, sacada de una de las obras de Carlos Castaneda:
  “Don Juan y Castaneda, dos personajes clásicos de la antropología ficción, andaban por un barranco. Castaneda se detuvo para atarse el zapato y en aquel momento cayó una roca que pasó rozándole. Don Juan no se perdió el comentario: ’Otro día pararás a atarte el zapato y la piedra te caerá encima: en vista de la absoluta incapacidad de controlar las fuerzas que deciden el destino, la única libertad posible en el barranco consiste en atarse el zapato impecablemente.”
  A continuación cita a Samuel Johnson, el cual afirmaba que, efectivamente, somos libres, pero sólo en lo referente a nuestro centro individual. “En cuanto se intenta ampliar el radio de acción del albedrío la libertad se diluye, como la gravitación, con el cuadrado de la distancia. Como luz en la niebla oscurecida al alejarse del origen, la libertad entra en la penumbra del determinismo, lejos del centro individual…”
  Más adelante nos habla Racionero del principio de incertidumbre de Heinsenberg, que vino, si no a invalidar, sí a restar consistencia al determinismo de Laplace: “Lo que sí revela la física cuántica es que el universo no es una máquina, y que cuanto más se afinan los instrumentos de investigación más presenta las propiedades surrealistas y etéreas de la mente, en vez de confirmar la mecánica solidez de la materia tangible.”
  Esto me recuerda a Alan Watts y su crítica sobre los dos modelos de universo generalmente aceptados, que él llamaba, con su habitual jocosidad, “modelo cerámico” y “modelo superautomático”. El primero tiene un origen bíblico y consiste en pensar, en imaginar el mundo como algo fabricado, como si fuera un artefacto, al igual que la vasija de barro que hace el alfarero o la silla de madera que hace el carpintero. Según este modelo, el mundo es una construcción. Un árbol o un ser humano son construcciones, el resultado de una fuerza que opera de fuera hacia dentro. Con esto el determinismo tiene su papel asegurado.
  Pero apuntaba Watts que el mundo, por el contrario, es algo que crece de dentro hacia fuera, algo que se expande, que brota, que florece: “La forma simple original de una célula viva en la matriz, se complica progresivamente, y en esto consiste el proceso de crecimiento, algo diametralmente opuesto al proceso de fabricación.” Y nos recordaba, finalmente, que “la física actual más avanzada no se representa el mundo como materia formada, barro convertido en recipiente, sino como un diseño. Un diseño semoviente, que se dibuja a si mismo: una danza.”
  Y en cuanto al segundo modelo, contaba Watts que surgió en el siglo XVIII, cuando los intelectuales occidentales empezaron a dudar de la existencia de un arquitecto del universo. Opinaron que semejante imagen era innecesaria, pero conservaron la hipótesis de que existía una “Ley” reguladora del universo. Para estos pensadores la realidad funcionaba como un gran mecanismo, el mundo era un ingente reloj que obedecía a leyes concretas y principios regulares. Para Newton los átomos eran bolas de billar que chocan unas contra otras. Y el término favorito de los científicos del siglo XIX era “energía ciega”. Así para T. H. Huxley, “el mundo no es básicamente sino energía, una fuerza ciega carente de inteligencia”. Y para Freud, “la energía psicológica básica es la libido, que es deseo ciego”. De manera que sólo somos un producto del azar. Así lo expresaba Watts:
  “Sólo por carambola, por pura suerte, como resultado de la exuberancia de esta energía, existe gente con valores, con razón, con idiomas, con culturas y con amor. Pura carambola. Como si mil monos, tecleando en mil máquinas de escribir, durante un millón de años, llegaran a escribir la Enciclopedia Británica. Naturalmente, en cuanto acaben de escribir la Enciclopedia Británica volverán a sumirse en una total incoherencia.”
  Para Watts estos dos modelos no son sino “mitos”, es decir, imágenes o metáforas con las que intentamos dar un sentido al mundo. Pero imágenes que han demostrado ser inadecuadas. Personalmente, no veo mucha diferencia entre ambos: los dos me parecen igualmente cerrados y deterministas.
El modelo cerámico nos presenta como seres que han sido “fabricados” por una fuerza exterior, según un plano o diseño predeterminado, y en ese sentido como seres acabados, inmutables, cuya existencia ya ha sido trazada. Y el modelo superautomático nos coloca frente a una “energía ciega”, que viene a ser algo así como un dios despersonalizado, una fuerza que nos empuja como si fuéramos bolas de billar en una partida azarosa e inexplicable, sin que haya un sentido, al menos aparente, en su movimiento. Este modelo, más racional o, mejor dicho, más racionalista, nos convierte, como apuntaba Watts, en extranjeros en nuestro propio mundo, y como tales en luchadores y conquistadores que se ven obligados a combatir para salvaguardar sus mínimas islas de coherencia en un medio caótico y hostil.
  A mi modo de ver, ambos adolecen de lo mismo. Los dos niegan la vida. Representan conceptos deterministas y, por ende, catastrofistas del mundo, conceptos que cierran la puerta a una acción auténtica, vital. El modelo cerámico nos hace esclavos de un movimiento perpetuamente programado, y el otro nos convierte en víctimas del azar y la necesidad. Seguramente, ambos tienen parte de razón, pero se quedan muy lejos de captar la realidad. Son mitologías esquizoides generadoras de un mundo disociado, de una forma de vivir dividida y en constante conflicto.
  Luis Racionero, en el libro citado, lo resume de esta manera: “La realidad es enormemente más sutil y sorprendente de lo que pensaron Aristóteles y los escolásticos. No conocemos aún los límites del albedrío del electrón, menos aún los del ser humano y, por el momento, la única libertad posible en este barranco consiste en atarse el zapato impecablemente.”
Aparte de esto, me doy cuenta de que don Juan alude también a un modelo fijo y determinista, cuando habla de “las fuerzas que deciden el destino”. Y eso me obliga a subrayar algo que quizá no está expresado con la suficiente claridad en esta página. A pesar de mi crítica negativa con respecto a los modelos señalados por Watts, no soy tan tonto como para creer en una libertad ilimitada. Me parece innecesario, por su obviedad, reconocer aquí la existencia de fuerzas que escapan a nuestro poder. Es evidente, por ejemplo, que nuestro cuerpo no tiene alas y, por lo tanto, no puede volar ---a no ser con la ayuda de artefactos mecánicos. Y es seguro que cuando tenemos sed, mucha sed, resulta ineludible el beber agua. Eso o morir por deshidratación. Con el destino puede que ocurra lo mismo. Al fin y al cabo, también nosotros somos como diminutos insectos.
  No me refería a libertades imposibles, sino a la posibilidad de sentirnos como acciones y no como hechos. Como movimientos y no como cosas que se mueven. No somos seres pensantes que viven como pueden en un universo ciego y azaroso. Y tampoco los objetos animados de un creador omnipotente. No habitamos en el universo, ni él habita en nosotros. Somos el universo.
  Ni teismo, ni ateismo. Y tampoco el panteismo, tan grato al corazón, nos dice la verdad. También él nos habla de un padre, amable o cruel, que construye y ordena nuestra vida. Nada de esto es real. Lo único real es esto otro que ahora mismo pasa. Esto a lo que me gusta llamar “el vuelo del dragón”. Y lo valioso es ser conscientes de esta presencia única y total.
  Quizá el lenguaje no puede expresar bien todo esto, o quizá el lenguaje se me escapa porque no soy impecable. En cualquier caso, seguro que esta noche el dragón ha esbozado una leve sonrisa, allá en su lejana cueva, que está también aquí.

  Bien, pues esto es lo que escribí hace nueve o cien años. No recuerdo. Y lo he copiado para ilustrar mi comentario de antes a las palabras de Carlos Castaneda. Para que no se diga que yo, el amigo Antonio, el caminante, el soñador, se deja llevar por un mal momento y confunde las luces con las sombras…


Antonio H Martín
(Mayo, 2006)

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imagen: A Path to Orion