Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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jueves, 24 de noviembre de 2016

Alegres amigos...




PARA LOS ALEGRES


    «Con gusto os veo: os he tenido afecto
a vosotros, que, en tantas ocasiones,
me aliviasteis con un saludo amable,
me disteis bondadoso y leal trato
y la franca alegría del artista,
y sus rasgos de ingenio me brindasteis.
Lejos estoy ahora de vuestra amena tierra,
hermosa y placentera, de donde brota siempre tanta vida,
y cuyo idioma, empero, jamás pude entender. 
¿Me perdonáis? ¿Ya habíais olvidado
a este hombre descarriado que, con placer dudoso
y cientos de preguntas pueriles en su pecho,
se sentó a vuestra mesa desbordante?
¿Qué era yo? Un peregrino extraño a la existencia
a quien sólo placían los contactos huraños,
y que, libre, sin trabas y estentóreo,
corrió todas las calles de las ciudades vuestras.
Fui un niño a quien mimasteis y dejasteis
estar con los mayores en la mesa; pero que se escapaba
porque, sobre la cerca, le llamaba, hechizándole,
un par de rosas rojas, un pájaro, o el viento.

    Construisteis, creasteis, resolvisteis problemas...
Yo no puedo: me arrastran a lo largo del mundo,
sin descansar, hacia una meta ignota,
que cada día se halla más lejana.
Y siempre he de escuchar extraños sones
que, bajo tierra, y en la eterna noche,
murmuran gravemente, tristemente, como un oscuro río,
cuyo canto terrible me estremece.
Y ese clamor que surge del abismo
lleno de horror he de escuchar por siempre,
hasta que, en su confuso coro mágico, 
me arrebate la Noche a su regazo.»


Hermann Hesse


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



    No creo necesario comentar el poema de Hesse, con la excepción de declarar que todo lo expresado en él lo he vivido. Hubo una época, en mi juventud, en que tuve unos cuantos de esos alegres amigos. Y eso me proporcionó, sin duda alguna, momentos muy gratos y divertidos, casi felices. Pero recuerdo asimismo que, ya en aquel entonces, en mi mente se proyectaban otro tipo de tendencias... De hecho llegué a escribir, en ese tiempo, un poemita al respecto, que titulé «Canto de la Huida». Es decir, que ya entonces, a pesar de la juventud y lo agradable y alegre de aquellas relaciones, mi espíritu apuntaba hacia otros derroteros... El por qué de esto, lo desconozco. ¿Será que existe en realidad algo así como un destino, un sello que marca el rumbo de la propia vida?
    En cualquier caso, lo acepto. Recuerdo con gratitud aquellos alegres momentos de juventud, las risas, los paseos en compañía, la complicidad en tantas cosas buenas... Pero, también recuerdo que entre esos encuentros, entre esas pequeñas fiestas amistosas, siempre hallaba un instante para mirar hacia otro lado. Y entonces cualquier horizonte me parecía que brillaba de un modo especial, atrayéndome, llamándome, empujándome hacia lo que quizá sea mi destino.
    No conservo los versos de aquel poemita, el del «Canto de la Huida», y casi mejor que sea así, porque seguro que eran malos; no en el fondo, pero sí en la forma. No obstante, el título ya dice por sí solo de qué iba la cosa. Ya entonces, años setenta, aun estando entre esos alegres amigos, planeaba sobre mí una extraña sombra azulada que me impelía a huir de esa sociedad alegre y divertida, para quizá poder encontrar un horizonte nuevo. Un horizonte en el que me imaginaba abrazando a un sueño... Un sueño que ahora mismo, aunque me lo propusiera, no sabría expresar en palabras. Porque muchos sueños están hechos de esas fibras casi etéreas que parecen proceder de otro mundo, y no son explicables en nuestro lenguaje cotidiano, porque ninguna explicación sería en absoluto plausible para las habituales mentes cortadas y vulgares que viven a ras de suelo. 
    Ya sé que estoy algo loco, y tal vez mañana no sepa el sentido de lo escrito esta noche. Pero mañana... Mañana sé que la puerta del misterio seguirá abierta. Y que ese sueño seguirá brillando en el horizonte. Los locos caminantes, los bebedores de estrellas, los que dormimos de lado y soñamos con los valles de la luna, es sabido, creemos en estas cosas. Y nada nos va a hacer cambiar nuestra mirada.  
     

Antonio H. Martín
(24 de noviembre, 2016)
    
    




____________________

imagen: de Münchhausen (1943)
música: El viaje - Erik Satie y Michael Nyman

lunes, 12 de septiembre de 2016

Rey de sí mismo





    Hace unos días, una buena amiga que estaba de viaje en Oporto, en el norte de Portugal, me trajo a su regreso un bonito recuerdo de allí. Se trata de un pequeño folleto publicitario que contiene fotografías de la preciosa librería LELLO (que ahora es una especie de museo), y contiene además una selección de poemas de Pessoa.   
    De esos poemas escojo ahora éste:


No tengas nada en las manos
Ni un recuerdo en el alma,

Que cuando te pongan
En las manos el último óbolo,

Al abrir tus manos
Nada te caerá.

¿Qué trono te quieren dar
Que Atropos no te lo quite?

¿Qué laureles que no se marchiten
En los arbitrios de Minos?

¿Qué horas que no te conviertan
De la estatura de la sombra

Que serás cuando te vayas
Por la noche y al final del camino?

Coge las flores pero suéltalas,
Apenas las hayas mirado.

Siéntate al sol. Abdica
Y sé rey de ti mismo.



Fernando Pessoa
(in Odes - Ricardo Reis)



    Como nota final, quiero decir que creo, sinceramente, que ser rey de sí mismo es el mayor reino que uno puede conquistar. No es tarea fácil, en absoluto, porque continuamente te asedian los conflictos y las contradicciones, desde dentro y desde fuera. Pero si uno llega a conseguirlo, si logra llegar a una especie de dominio, de control sobre esas circunstancias fluctuantes de la vida, internas y externas, la vida misma responde y el camino, antes áspero y abrupto, se allana y se suaviza. De manera que se puede respirar mucho mejor, e incluso sonreír ante cada amanecer. 
    La vida va a seguir siendo oscilante, porque ésa es su manera de ser. Pero siendo rey de sí mismo vamos a saber oscilar con ella. Da igual las vueltas que dé. La sombra que encontremos al final del camino no nos va a robar las flores que acariciamos durante nuestro caminar.



Antonio H. Martín
(12 de septiembre, 2016)





lunes, 25 de abril de 2016

La biblioteca del Edén




UN SUEÑO


(Hermann Hesse)



    Huésped de un monasterio, en las montañas,
entré en su biblioteca cuando todos
salían a rezar sus oraciones.
En los muros fulgían, al crepúsculo,
mil lomos de vetusto pergamino
con raras inscripciones. Acuciado
por mi sed de saber elegí un tomo
al azar, con fruición, y leí: "El último
paso para la incógnita cuadratura del círculo."
Pensé al punto: "Este libro lo he de llevar conmigo."
Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro,
en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía:
"De cómo Adán comió también fruta de otro árbol."
¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida!
Adán es inmortal, por consiguiente...
—"Mi estancia aquí —me dije— no es inútil."
Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos
ostentaba, lucientes, los colores del iris;
pintado a mano, el título rezaba: "Analogía
del sentido y carácter
de los colores y de los sonidos.
Demuéstrase a quien lea
que cada tono musical es réplica
de un único color, directo o refractado."
¡Oh, cómo destellaban a mis ojos
los cromáticos coros, colmados de promesas!
Me vino una sospecha, confirmada
a cada nuevo tomo que escogía:
¡era la biblioteca del Edén!
Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi entraña
con mi hambre espiritual iba a saciarse,
pues dóndequiera que se detuviese
mi rápida mirada interrogante
un tejuelo me daba respuesta promisoria:
para todo apetito que sintiera
había el fruto allí con qué saciarlo:
aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante,
aquel que satisface las ansias del maestro.
Allí estaba el sentido íntimo y puro
de toda ciencia y toda poesía,
la hechicera virtud que sabe el modo
de inquirir, con sus claves y su léxico,
sutilísima esencia del espíritu
guardada en esotéricos, magistrales volúmenes:
llaves que dan acceso
a toda disposición y todo enigma
y llegan como gracia a quien las pide
en el momento mágico preciso.

    Entonces coloqué con mano trémula
sobre el atril uno de aquellos códices
y descifré la magia de sus signos
como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas
y, felizmente, aciértase. Y muy pronto yo, alado,
traspuse los espacios astrales del espíritu
y me hallé en el Zodíaco, y en este —¡oh, maravilla!—
cuanto a la intuición de los humanos
—hija de una experiencia milenaria—
se abrió en revelación de alegorías
armonizaba ahora con nexos siempre nuevos:
viejos saberes, símbolos y hallazgos,
preguntas trascendentes, nuevas siempre,
recién alzado el vuelo
volvían a acordarse unos con otros,
así que en mi lectura (minutos, tal vez horas)
volví a hacer el camino que hizo la Humanidad
y dentro de mi espíritu cobijé de consuno
el íntimo sentido
de su saber más viejo y más reciente:
vi y leí sus figuras jeroglíficas,
desplegadas a veces, otras apareadas,
otras veces dispersas, luego en orden perfecto,
y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos,
figuras alegóricas de ágil caleidoscopio,
a cada paso ungidas de sentido novísimo.

    Y como atención tanta fatigara a mis ojos
hube de levantarlos para darles descanso;
entonces vi que no me hallaba solo:
en el mismo salón, cara a los libros,
hallábase un anciano —quizá el bibliotecario—
atareado y grave, rodeado de tomos;
¿qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos?,
¿en qué consistía su afanoso trabajo?
Quise saberlo al punto; para mí, ciertamente,
era de entidad suma saberlo; le observé:
Con delicados dedos seniles, requería
un volumen tras otro volumen, y leía
las palabras escritas en los lomos; soplaba
con sus pálidos labios sobre el título —¡un título
lleno de seducciones, garantía infalible
de inagotables horas de exquisita lectura!—,
lo borraba con suaves presiones de su dedo
y, sonriendo, escribía otro título nuevo;
daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, y de idéntico modo
le cambiaba su título por otro diferente.

    Le contemplé, perplejo, largo tiempo,
sin poder comprender qué estaba haciendo;
me volví a mi tratado, del que solo leyera
los primeros renglones, pero ya no encontraba
la procesión de símbolos que antes me llevó al éxtasis;
habíase disuelto, de mi mirada huía
aquel cosmos de signos por el que avancé apenas,
tan rico en precisiones del sentido del mundo;
daba vueltas, nublábase e iba perdiendo fuerzas
y acabó evaporándose sin dejar otro rastro
que los pardos reflejos del huero pergamino.
Sentí en mi hombro una mano, y levanté la vista:
a mi lado encontrábase el solícito anciano.
Me puse en pie. El, sonriendo, cogió mi viejo libro
—un hondo escalofrío recorrió mis entrañas—
y aplicó a su tejuelo la esponja de su dedo;
en el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo
seguido de preguntas y promesas vitales
—novísimos reflejos de antañones problemas—
con pluma cuidadosa de calígrafo experto.
Y luego, silencioso,
partióse con su pluma y con mi libro.


Hermann Hesse



... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



    Huésped de un monasterio, en las montañas, entré en su biblioteca cuando todos salían a rezar sus oraciones. En los muros fulgían, al crepúsculo, mil lomos de vetusto pergamino con raras inscripciones. Acuciado por mi sed de saber elegí un tomo al azar, con fruición, y leí: "El último paso para la incógnita cuadratura del círculo." En seguida, pensé: "Este libro me lo tengo que llevar." Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro, en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía: "De cómo Adán comió también fruta de otro árbol." ¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida! Adán es inmortal, por consiguiente...
    "Mi estancia aquí —me dije— no es inútil." Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos ostentaba, brillantes, los colores del iris. Pintado a mano, el título rezaba: "Analogía del sentido y carácter de los colores y de los sonidos. Demuéstrase a quien lea que cada tono musical es réplica de un único color, directo o refractado." ¡Cómo destellaban a mis ojos los cromáticos coros, llenos de promesas! Me vino una sospecha, que se confirmaba a cada nuevo tomo que escogía: ¡era la biblioteca del Edén!
    Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi interior, mi hambre espiritual, iba a saciarse, pues donde quiera que se detuviese mi rápida mirada interrogante un rótulo me daba una respuesta promisoria. Para todo apetito que sintiera, había allí el fruto con qué saciarlo: aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante, y aquel que satisface las ansias del maestro. Allí estaba el sentido íntimo y puro de toda ciencia y toda poesía, la hechicera virtud que sabe el modo de inquirir, con sus claves y su léxico. La muy sutil esencia del espíritu guardada en esotéricos y magistrales volúmenes. Llaves que dan acceso a toda disposición y todo enigma y llegan como un regalo a quien las pide en el momento mágico preciso.

    Entonces coloqué con mano trémula sobre el atril uno de aquellos códices y descifré la magia de sus signos, como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas y, felizmente, se acierta. Y muy pronto yo, alado, traspuse los espacios astrales del espíritu y me hallé en las estrellas. Y en éstas —¡oh, maravilla!— cuanto atañe a la intuición de los humanos (hija de una experiencia milenaria) se me abrió en revelación de alegorías, armonizando ahora con nexos siempre nuevos. Viejos saberes, símbolos y hallazgos, preguntas trascendentes, nuevas siempre, recién alzado el vuelo volvían a acordarse unos con otros. Así que en mi lectura (minutos, tal vez horas) volví a hacer el camino de la Humanidad, y dentro de mi espíritu cobijé unidos el íntimo sentido de su saber más viejo y el más reciente. Vi y leí sus figuras jeroglíficas, a veces desplegadas, otras apareadas, unas veces dispersas, y luego en perfecto orden. Y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos, figuras alegóricas de ágil caleidoscopio, a cada paso ungidas de un nuevo sentido.

    Y como tanta atención fatigaba mis ojos, tuve que levantarlos para darles descanso. Entonces vi que no me hallaba solo... En el mismo salón, frente a los libros, estaba un anciano —quizá el bibliotecario— atareado y grave, rodeado de tomos. ¿Qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos? ¿En qué consistía su afanoso trabajo? Quise saberlo al punto. Para mí, ciertamente, era de suma importancia saberlo. Así que le observé... Con delicados dedos seniles, cogía un volumen tras otro, y leía las palabras escritas en los lomos. Soplaba con sus pálidos labios sobre el título (¡un título lleno de seducciones, garantía infalible de inagotables horas de exquisita lectura!), lo borraba con suaves presiones de su dedo y, sonriendo, escribía otro título nuevo. Daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, y de idéntico modo le cambiaba su título por otro diferente.

    Le contemplé, perplejo, largo tiempo, sin poder comprender qué estaba haciendo. Luego me volví a mi tratado, del que sólo leyera los primeros renglones. Pero ya no encontraba el proceso de símbolos que antes me llevó al éxtasis. Se había disuelto. Huía de mi mirada aquel cosmos de signos por el que avancé apenas, tan rico en precisiones del sentido del mundo. Daba vueltas, se nublaba e iba perdiendo fuerzas y acabó evaporándose sin dejar otro rastro que los pardos reflejos del huero pergamino. Sentí entonces una mano en mi hombro, y levanté la vista... A mi lado se encontraba el solícito anciano. Me puse en pie. Él, sonriendo, cogió mi viejo libro (un hondo escalofrío recorrió mis entrañas) y aplicó a su rótulo la esponja de su dedo. En el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo seguido de preguntas y promesas vitales (novísimos reflejos de antiguos problemas) con pluma cuidadosa de calígrafo experto. Y luego, silencioso, se fue con su pluma y con mi libro.


Hermann Hesse


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traducción: Mariano y Agustín Santiago Luque 
versión prosada: Antonio H. Martín

miércoles, 4 de marzo de 2015

Ceniza de espuma...



(Dedicado a la amiga Rafaela, en el infinito...)


Fue un día


    Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin que yo te lo pidiese, en mi corazón, como un desconocido cualquiera, rey mío; y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. 
    Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días olvidados.
    Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son los mismos que resuenan ahora de estrella en estrella.


Rabindranath Tagore
(Gitánjali - Ofrenda lírica)*


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...


    El poeta Tagore murió en 1941, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas arrojadas al Ganges, según la costumbre hindú. Y ocho años después, otro poeta, Juan Ramón Jiménez, escribía lo siguiente:
     
    Estando yo un día en la playa que yo sé, cogí con mi mano la espuma de una ola que me gustó, como una fresca ceniza de nácar, que se quedó en mi palma.
    Sin saber por qué, una idea se me hizo en un instante palabra, palabra segura y natural; y yo dije alto: «Es ceniza de Tagore».
    ¿Por qué lo dije yo? Tú lo viste. Y me viste en la palma de mi mano aquella ceniza de espuma que no se me iba, que centelleaba como si estuviera viva.
    El Ganges se llevó hacia el mar total la preciosa vida de Tagore, ya en cenizas de la quema de su cuerpo. Y el poeta se unió en ceniza al mundo por medio del mar. (...)

    No soy lector de Tagore, más allá de algún que otro poema, pero quiero dedicar estas letras suyas al recuerdo de una querida amiga, Rafaela Marcos Gómez, buena maestra de escuela y buena lectora, mujer inteligente, luchadora y llena de alegría a la que conocí en mi juventud y con la que mantuve durante años muy interesantes conversaciones, sobre literatura, filosofía y religión, en largos paseos por la ciudad o por el campo; o sentados ante una taza de té en el salón de su pequeña y acogedora casa de Madrid (en donde solía estar también la que era entonces mi compañera, que había sido alumna suya cuando niña). Largas y amenas tertulias que entre risas, bromas y veras, nos dejaban siempre un buen sabor a amistad y a vida que nunca podré olvidar.
    Nos conocimos, curiosamente, por leer a Hermann Hesse, como me ha ocurrido con otros buenos encuentros a lo largo y ancho de esta vida... Se enteró por un maestro compañero del mismo colegio, don Jesús Gómez Pinto, filósofo, político y escritor (de cuya casa era yo asiduo), de mi preferencia por los libros de ese autor romántico y estepario, que a ella le gustaban mucho, y después de oírme hablar en las reuniones empezó a verme como una especie de joven Siddharta... Lo cual no deja de ser muy exagerado, pero que entiendo, dada mi presencia en aquellos tiempos, con menos de veinte años, pelo negro largo, sin casi afeitar y con un brillo aventurero e inquisitivo en la mirada, como si fuera un samana del bosque... Pero, bueno, eso no viene ahora al caso. 
    Rafaela sí que era muy aficionada a poesías, filosofías y misticismos orientales, y le gustaba mucho Tagore. Solía ver, en mis visitas a su casa de Madrid, un pequeño retrato de Tagore en un lugar principal de su vitrina, junto a otras imágenes de Jesús y de Buda, y algunos otros místicos o profetas cuyo nombre no recuerdo. Por eso le dedico estas letras. No porque sea hoy una fecha señalada. No recuerdo ahora exactamente cuando murió, sólo que fue ya hace algunos años. No sé si su cuerpo fue incinerado o enterrado. Y no he ido a ninguna playa a coger con la mano la espuma de ninguna ola... Pero he encontrado esta noche, entre mi revuelta biblioteca, un librito dedicado a Rabindranath Tagore y eso me ha traído su recuerdo. Leyéndolo por encima, se me ha presentado la cálida imagen de la amiga Rafaela, su voz risueña, su chispeante mirada... Y, sinceramente, la he echado de menos.
    Es por eso que, dentro de la esfera del infinito, en el círculo de lo que escapa a los límites del espacio y el tiempo, le dedico estas letras. Esté donde esté ahora su conciencia, su risa, su mirada, me encantaría que le llegase algo, aunque fuese sólo una mínima parte, del cariño con que las escribo. Porque sé, de buena tinta, que a Rafaela le hubiese gustado mucho este humilde, nocturno y estepario cuaderno, que no llegó a conocer. Y porque seguro que le gustaría también mucho saber que aún la recuerdo. Imposible para mí el no hacerlo.       

    En el poema de Tagore, donde dice «rey mío», yo hubiese escrito... «magia». Porque es sin duda la magia la que ha puesto su sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. Cualquier otra cosa, fuera de esto, la siento como secundaria, e incluso terciaria o cuaternaria. Sin magia, sin sus mensajeros sueños, fulgentes o sombríos, el mundo y la misma vida me sabrían a nada.    


Antonio H. Martín
(4 de marzo, 2015)    






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(*) versión de Zenobia Camprubí
imagen 1: Atardecer en la playa (de B.i.g.)
imagen 2: Rabindranath Tagore (1861-1941)
imagen 3: Albert Einstein y Rabindranath Tagore

jueves, 4 de diciembre de 2014

En la niebla




    ¡Qué extraño caminar entre la niebla!
Cada árbol, cada piedra, son los únicos,
ningún matojo ve a su compañero;
todos están muy solos.

    El mundo estaba lleno de amistades
cuando mi vida aún era luminosa;
ahora, que estoy cercado por la niebla,
no veo ya a ninguna.

    No puede, en realidad, llamarse sabio
quien no conozca el velo de tinieblas,
lo inesquivable y tenue que le aísla
de todos los demás. 

    ¡Qué extraño caminar entre la niebla!
La vida es aislamiento solitario:
ningún hombre conoce a los restantes.
Todos estamos solos. 


Hermann Hesse

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    No sé en qué época escribió Hesse este poema. Sin duda, en un tiempo en el que se sentía muy solo. Pero quiero empezar este mes de diciembre con él, usándolo de pantalla para este invierno que se avecina. Lástima que en la traducción al castellano se pìerda su musicalidad, su calidad poética. Por eso pongo a continuación un vídeo con el texto original en alemán. Pero de lo que quiero hablar es de la niebla...
    Entre la niebla he estado muchas veces. Y, sinceramente, era gozoso caminar así, porque todo se me aparecía como un mundo encantado. El tiempo estaba como casi detenido. Y veía cada figura de una en una, fijándome en los más mínimos detalles y saboreándolos de una manera especial. En medio de un silencio absoluto, pero que no llegaba a ser abrumador, sino sugerente, y algunas veces incluso fascinante... Era como caminar por el país de las hadas.
    Cada uno ve las cosas a su manera. Es evidente que Hesse se refiere a otra clase de niebla... Pero esa, que también conozco sobradamente, la del mundo extraño, ya casi no me afecta. Por supuesto que todos estamos solos, pero, afortunadamente, uno puede encontrar en esa soledad muchas presencias, muchas luces entre sombras, que le hablan y le acompañan, si tiene la suerte de saber mirar.
    La soledad puede ser rica o pobre. Llena o vacía. Eso depende del nivel de contacto que haya entre la mente y el alma. Entre las calles y el cielo. Y entre esa dura y fría niebla, aparte del aislamiento lógico que supone encontrarse entre extraños, entre los mil seres huidizos y esquivos, cerrados y oscuros que nos rodean (que vienen a ser como sombras sin fondo) puede la mirada llegar a ver lo que necesita ver.
    Todos estamos solos, es cierto. Pero esa niebla no es más que un fenómeno aparente y pasajero. Las necesarias presencias, estén cerca o lejos, siempre están. Aunque no las veamos. Están ahí, aquí, con nosotros. Acompañándonos, guiándonos y dándonos aliento y ánimo para seguir el camino.
    Como he dicho siempre, sólo hay que pararse un rato dentro del laberinto. Sólo unos pocos minutos de silencio, mirar hacia dentro y... Al volver a levantar la mirada, muchos seres y cosas de ese mundo extraño nos hablarán y nos dedicarán (si lo merecemos) una sonrisa.
    La niebla, la buena niebla, es una nube que baja a la tierra, que acaricia... Y la otra, la que nos hace sentirnos solos, es una bruma pasajera que surge del interior, de un mal momento, de un esquinado pliegue del espacio, de un pellizco del tiempo. Pero todo se mueve como el aire, como el agua... Y las ondas siempre vuelven a su sitio.

    Hermann Hesse superó ese momento, porque hizo lo que tenía que hacer y la vida le respondió. Y después escribió otros poemas muy distintos. Con otra música, con otra luz. Su caminar entre la niebla ya no fue solitario, ni triste ni vacío. Porque a esa niebla la espanta el amor a la vida.


Antonio H. Martín 
(4 de diciembre, 2014)

    







          



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imagen 1: www.Vetton.ru
imagen 2: Hermann Hesse, solo en un grotto cualquiera
imagen 3: Ninon Ausländer y Hermann Hesse, en su jardín con los gatos
música: Watermark - Enya  

viernes, 28 de noviembre de 2014

Pablo




Allí de donde vengo nadie me retenía.
Sé que nadie me espera donde voy.

Por la ventana inmóviles desfilan los paisajes.
Sería hermoso no llegar a ningún sitio.

Permanecer así:
viajando de un lugar que ya no existe
a otro que jamás existirá.


Juan Bonilla
(«El viajero»)



    No es nada habitual en este cuaderno el hablar de política, y eso es principalmente por dos razones. En primer lugar, porque yo de política entiendo muy poco. No es que sea apolítico, pero para escribir sobre política me faltan conocimientos, históricos y actuales, y la necesaria visión de conjunto. Puedo opinar someramente, como cualquiera, sobre algún evento en particular, pero no profundizo lo suficiente, por lo que acabo de decir, que carezco de los suficientes datos y análisis para tener un criterio con fundamento. Así que, por consiguiente, me suelo abstener de cualquier crítica, más allá de un simple comentario superficial. No por no querer mojarme, sino por no decir tonterías. Mejor no hablar de lo que no se sabe.
    Y en segundo lugar, porque este cuaderno no fue creado para ese tipo de comentarios. Los que os pasais por aquí sabeis bien que la tónica que se frecuenta en este cuaderno desde hace años, desde su comienzo, es más bien intimista, dedicada a reflexiones, más o menos afortunadas, que algunas veces se disfrazan de cuentos que rozan lo fantástico o entran plenamente en esa dimensión. 
    Pero hoy me apetece dejar el testimonio de un personaje que últimamente está cobrando cierta fama en este país. Me refiero al líder de esa nueva formación política que lleva el sugerente nombre de "Podemos": Pablo Iglesias. Y lo hago porque este individuo, a pesar de las críticas negativas que suele recibir desde uno y otro lado (que tachan su discurso como adoleciente de populismo y demagogia), me parece que habla muy nítidamente, poniendo los puntos sobre las íes, sin ambages, y dando en el clavo de las cuestiones más importantes. 
    Otra cosa es que las soluciones que propugna sean o no viables. Los que entienden dicen que no. Pero me gusta mucho que alguien tenga la valentía de llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos ni circunloquios, sin esconderse ante nadie y caiga quien caiga. Y me hacen gracia las reacciones que despierta entre algunos típicos políticos y politiqueros de sillón, que hasta llegan a ponerse nerviosos ante la claridad de sus palabras y la fuerza directa y natural de su mensaje. 
    Lo de la no viabilidad de sus propuestas tiene su explicación. Cuando se proponen soluciones nuevas a viejos problemas se está intentando mover aquellas piezas que llevan demasiado tiempo fijas sobre el tablero, como si estuvieran clavadas. Es decir, se está intentando un cambio profundo y básico en el esquema habitual. Eso, que a algunos les suena como a desastre y al fin del mundo conocido, es lo que carga las tintas sobre su supuesta inviabilidad. Recordemos, sin embargo, que algo que parece utópico no es en realidad imposible. La utopía se refiere a algo que no existe, pero no necesariamente a algo que no pueda existir...
    Los que asisten con desagrado, sorprendidos —y quizá algo temerosos— al avance de esta nueva formación, son precisamente los que están en absoluto de acuerdo con el sistema, los apoltronados, los que se benefician de que las cosas estén como están. Son los que suelen decir aquello, por ejemplo, de que si se les subieran los impuestos a los que más tienen, lo único que se conseguiría es que se fueran del país. Así que mejor que sigan siendo los que menos tienen sobre quienes caiga el peso de los tributos.    
    En fin, repito que no entiendo casi nada de política y que este lugar no es el idóneo, pero hay cosas que gustan de una forma natural. Y el discurso de este joven señor Iglesias (al que los idiotas llaman "el coleta") me parece sumamente atractivo. Quizá sea por simple intuición y algo de empatía, pero hoy me parece el necesario contrapunto frente a tanta bazofia política anclada y supuestamente correcta. Como una voz en el desierto.
    Lo más probable es que el desierto no se deje amilanar. Casi seguro que no. Y seguirá siendo desierto mucho tiempo más, quizá por siempre. Que para eso están los celosos guardianes de los valores "sempiternos", los controladores y súbditos del mundo. La gran masa gris formada por los "realistas" (inventores y amantes de la realidad tal como se muestra ahora) y por los desencantados (los que dejaron de creer en los cambios y se resignaron a lo que defienden los anteriores).
    Pero, desde aquí dedico mi aplauso a este joven político con leve apariencia de nazareno —y a su grupo, por supuesto—, que ha venido a traernos una voz nueva y fresca. Una voz que, con un claro destello de sinceridad, brilla hoy en medio de ese desierto gris de lo convencional y lo falso, de lo putrescente en que tantos "realistas" han querido siempre ahogarnos, para salvaguardar sus turbios valores y sus manchadas riquezas.        
    No es en absoluto mi intención poner a Pablo en algo parecido al lugar del héroe, lo pongo en el lugar que le corresponde. Como he dicho antes, es una voz en el desierto, una voz necesaria que viene a cubrir el asfixiante hueco que había en la esfera política de este país. Una voz que nos recuerda que las transformaciones aún son posibles. Que hay esperanza, si hay voluntad. Que, aunque muchos no quieran reconocerlo y muchos otros no lo deseen, la verdad es que podemos.

    Le dedico esa imagen del mago Merlín, no porque le identifique con esa figura mítica, ni mucho menos, sino porque le van a hacer falta algunos poderes mágicos para alcanzar la meta que se ha propuesto. Quizá entre todos, se pueda generar esa magia. No puedo evitar dudarlo, porque son demasiadas las sombras contrarias, los muros y los castillos, pero hay que intentarlo. Al menos, de momento, ya tenemos una alegre pincelada de color en el lienzo gris de esa fingida y cochambrosa realidad, que tantos quieren eternizar.


Antonio H. Martín 
(28 de noviembre, 2014) 
     
   





        

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imagen 1: Merlín, el mago (o quizás otro druida)
imagen 2: Pablo Iglesias (líder de "Podemos")

lunes, 14 de abril de 2014

Esa dama azul e iridiscente...



    Después de recibir el regalo del anterior poema de Ángel González, he estado buscando por ahí y he encontrado muchos otros buenos e íntimos versos de este poeta. Pongo aquí uno de ellos, uno dedicado a la poesía, esa dama azul e iridiscente, que en mi imaginario personal relaciono con el sueño y la magia. 
    En todo estoy de acuerdo con lo que dice el poeta. Únicamente, en mi caso, cambiaría el color del cabello, porque no todos vemos a esa dama de la misma forma... Las alas del sueño tienen un color distinto para cada uno, es distinto el tono de la voz y diferente el brillo de sus ojos. La poesía nos mira y habla a cada uno de un modo personal y único. Pero lo que importa es que ante su voz y su mirada se deshacen las sombras y se enamora el aire... 


Antonio Martín Bardán
(14 de abril, 2014)

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  A LA POESÍA

Ya se dijeron las cosas más oscuras.
También las más brillantes.
Ya se enlazaron las palabras como
cabellos, seda y oro en una misma trenza
—adorno de tu espalda transparente—.
Ahora,
tan bella como estás,
recién peinada,
quiero tomar de ti lo que más amo.
Quiero tomarte
—aunque soy viejo y pobre—
no el oro ni la seda:
tan sólo el simple, el fresco, el puro
(apasionadamente), el perfumado,
el leve (airadamente), el suave pelo.
Y sacarte a las calles,
despeinada,
ondulando en el viento
—libre, suelto, a su aire—
tu cabello sombrío
como una larga y negra carcajada.


Ángel González



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imágenes: Marc Chagall

sábado, 12 de abril de 2014

Un poema



    La vida, como siempre, da vueltas imprevistas y, a pesar de las brumas y los silencios, se siguen produciendo encuentros inesperados... Una nueva amiga, una voz nueva en medio de lo que parecía un desierto (a la que de momento llamaré, simplemente, P...), me envió ayer por la mañana, al correo, un poema de Angel González. 
    Parece que tiene que ver con mis últimos escritos, porque esta amiga suele visitar este cuaderno, y porque no hay más que leer los versos para darse cuenta de ello. Algo hay en ese poema que recuerda al violín del aire... Se titula "Historia apenas entrevista" y es un relato de amor. Es triste, como lo es muchas veces la misma vida, pero también habla de esperanzas y reencuentros... Y aunque el final no sea agradable, y a pesar de la muerte y de que el trigo sea indiferente, hay en este poema un retazo de luz. La vida, hija del infinito y hermana de la magia, tiene sus leyes y éstas no suelen coincidir con nuestras expectativas... Pero ahí está siempre, la veamos o no, la sintamos o no, y ella es quien escribe las líneas de nuestra historia, aunque muchas veces no sepamos comprender su lenguaje.
    Las moscas duermen, ocultas en algún rincón de la cocina, esperando el sol de la mañana para abalanzarse contra el cristal de la ventana, buscando absurdamente una salida. Pero, mientras, los sueños, esos duendes despiertos, fabrican en silencio los puentes, abren puertas, dibujan caminos entre la niebla, pintan el brillo de la luna sobre el río y ponen el perfume en las horas, esas esquivas flores del tiempo que de otra manera casi siempre nos sabrían a vacío.
    Entre la oscuridad de lo gris, entre la estridencia de lo caótico, siempre hay una música, una luna, una estrella. Sólo tenemos que esperar a que el viento mueva las nubes, a que vuelva el silencio, a que brille el aire, para poder escuchar, para poder ver. El abrazo nos espera tras la próxima esquina...   
   

A. Martín Bardán 
(12 de abril, 2014)

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Con tristeza el caminante
—alguien que no era yo, porque lo estaba
viendo desde mi casa— recogió su polvoriento
equipaje, se santiguó, y anduvo algo.
Luego dejó de andar, volvió la cara,
y miró largamente al horizonte.
Iba ya a proseguir quién sabe adónde,
cuando vio a alguien que venía a lo lejos.
Su rostro reflejó cierta esperanza, después una terrible
alegría. Quiso gritar un nombre, pero
su corazón no pudo resistirlo,
y cayó muerto sobre el polvo,
a ambos lados el trigo indiferente.
Una mujer llegó, besó llorando
su boca y dijo:
Ya no puedes oírme,
pero juro
que nunca había dejado de quererte.


Angel González




miércoles, 29 de febrero de 2012

Tiempo de uvas



Vuelve a este cuaderno esa hada oscura, sonriente y lúcida, sociable y sola, vigorosa, llamada Ana Poo, que ya os presenté hace unos meses con su poema de "La otra orilla". Y lo hace cruzando el puente amarillo de la denuncia y el desencanto, pero apuntando también un horizonte posible, de mejores tiempos y mejores vientos...
Lo de "oscura" sólo lo digo por el color de su pelo, porque por lo demás es una mujer de lo más luminoso, una adicta recalcitrante de la lucha por la vida, la esperanza y los buenos sueños.


Antonio H.M.

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TIEMPO DE UVAS


Hay millones de ojos almendrados,
y manos orientales;
hay voces dulces y mestizas,
y aves migratorias;
van brotando como semillas
de un jardín exótico y grandioso.

Hay tierras calcinadas,
y selvas invadidas por raices ajenas.
Hay calles innombrables,
y flores cercadas por el miedo.
Hay fruta derramándose en las costas,
racimos extranjeros
esperando el suave tiempo
de las uvas,
en el que no llora la Tierra.

Y mientras esperan,
ellos levantan su copa de lluvia
para brindar contigo,
para poder ir juntos,
de dondequiera que fueses,
hacia la primavera.


Ana Poo Espinosa


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imagen 1: AHM
imagen 2: retrato de Ana Poo

domingo, 23 de octubre de 2011

La otra orilla



Hace pocos meses, por una de esas casualidades del destino, conocí a una persona de esas raras que se dedican a escribir, a expresar su intimidad mediante el universo de las letras, en esas horas de silencio, solitarias, en las que la hoja en blanco hace de espejo. Y anteayer me obsequió con unas copias de varios de sus escritos.
No sólo me ha gustado mucho cómo escribe, sino que en seguida le he pedido permiso para publicar algo suyo en este cuaderno. No tiene, de momento, ningún blog, más que nada por falta de tiempo para ello. Pero, sinceramente, creo que debería tenerlo cuanto antes, y no sólo eso, sino que debería publicar en papel sus escritos.
Así que, en esta ocasión, el cuaderno nocturno sirve de medio de presentación para esta buena escritora, que no sólo tiene mucho que decir, sino que además lo dice extraordinariamente bien. Y además, he elegido un texto que tiene mucho que ver con mi anterior entrada... Queda a vuestro juicio de buenos lectores comprobar si estoy en lo cierto.


Antonio HM.

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LA OTRA ORILLA



por ANA POO ESPINOSA



Lejos, muy lejos y cerca, muy cerca,
en ese "tal vez" indefinible
me han dicho que te han visto;
que inundabas con tu presencia otros espacios,
que saliste de viaje una vez más,
en la estación más silenciosa,
y encontraste por fin la respuesta a nuestra eterna pregunta.
Me lo han dicho el viento, los caminos
... y la otra orilla;
lo calla el río, el Arco, tu mirada,
las flores que te guardan y...
la mano desolada que las cuida.
Te fuiste al norte, y no te culpo
por ser norte sin puntos cardinales,
te culpo por la prisa,
no te enfades... verás, es que
me ha costado mucho alcanzarte
entre la savia delicada de esas flores;
caminan tan rápido los que sueñan y
como no dijiste nada...
pero no importa;
los hombres como tú nunca se irán del todo;
yo sé que existes en el paisaje que presides,
y son tus gestos los gestos de un muchacho que conozco.
Ya ves, te he descubierto;
y es aquí, frente a conocidos horizontes,
donde fluyen suavemente los días,
cuando a través de un tiempo ineludible
siento tu dimensión y sus latidos,
y te percibo extrañamente dulce,
con la severidad de las pocas palabras,
y la firmeza.
Reconozco tus silencios de mensajes indescifrables,
confiado en el amanecer de esa hora futura
que nosotros aún desconocemos.
Veo a un hombre que sueña lejos de los hombres
y espera...
No está solo;
lo Esencial le contempla.


Ana Poo Espinosa



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imagen: Antonio HM.
música: "Kissing in the Rain", Patrick Doyle
voz: Miriam Stockley

sábado, 5 de febrero de 2011

Poe-ma sin nombre


No fui en mi infancia como los otros,
nunca ví como los otros vieron.
Mis pasiones yo no podía
hacer brotar de fuentes iguales a las de ellos;
y era otro el canto que despertaba
mi corazón para la alegría.
Todo lo que amé lo amé solo.

Así en mi infancia, en el alba
de mi tormentosa vida, irguióse,
desde el fondo de todo bien o todo mal, 
desde cada abismo, encadenándome,
el misterio que envuelve mi destino. 


Edgar Allan Poe




martes, 19 de octubre de 2010

Me he asomado por la verja...



Me he asomado por la verja
del viejo parque desierto:
todo parece sumido
en un nostálgico sueño.

Sobre la oscura arboleda,
en el transparente cielo
de la tarde, tiembla y brilla
un diamantino lucero.

Y del fondo de la umbría
llega acompasado el eco
de algún lago que se queja
al darle una gota un beso.

Mis ojos pierdo, soñando,
en la bruma del sendero;
una flor que se moría
ya se ha quedado sin pétalos.

De una rama amarillenta,
al temblar el aire fresco,
una pálida hoja mustia
dando vueltas cae al suelo.

Ramas y hojas se han movido,
un algo turba el misterio;
de lo espeso de la umbría,
como una nube de incienso,

surge una virgen fantástica
cuyo suavísimo cuerpo
se adivina vagamente
tras blanco y flotante velo;

sus ojos clava en los míos
y entre las sombras huyendo,
se pierde callada y triste
en el fondo del sendero.

Desde el profundo boscaje
llega monótono el eco
de algún lago que suspira
al darle una gota un beso.

Y allá sobre las magnolias,
en el transparente cielo
de la tarde, tiembla y brilla
una lágrima-lucero.

El jardín vuelve a sumirse
en melancólico sueño,
y un ruiseñor dulcemente
gime en el hondo silencio.


Juan Ramón Jiménez
(Rimas - 1902)


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- pintura de Santiago Rusinyol
- foto: Juan Ramón Jiménez

domingo, 28 de marzo de 2010

El caminante




EL CAMINANTE (Der Wanderer)


A buen paso atraviesa la noche
un caminante.
Con él van
la alta montaña y el ondulado valle.
Hermosa está la noche.
El avanza, no se detiene,
y no sabe adónde su camino lleva.

De pronto canta un pájaro en la noche.
"¡Ay!, pájaro, ¿qué has hecho?
¿por qué entorpeces mi paso y mis sentidos
y escancias dulce aflicción
en mi oído, obligándome a detenerme
y escucharte?
¿Por qué me seduces con tu canto y tu saludo?"

Calla el buen pájaro y dice luego:
"No, caminante, no, no es a ti
a quien seduzco con mi canto --
Atraigo a una hembra lejana.
A ti, ¿qué te importa?
Si estoy solo, la noche no es hermosa --
A ti, ¿qué te importa? Tu sino es caminar
¡y nunca, nunca detenerte!
¿Por qué sigues ahí,
qué te han hecho mis trinos,
caminante?"

El buen pájaro calló y meditó:
"¿Qué le han hecho mis trinos?
¿Por qué sigue ahí
ese pobre, ese pobre caminante?"


Friedrich Nietzsche

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- del libro Poemas, Poesía Hiperión
- traducción de Txaro Santoro y Virginia Careaga
- Ediciones Peralta (Pamplona, 1979)
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En aquella época, cuando leí por primera vez este poema de Nietzsche (hace unos treinta años), escribí esta nota al margen:
"Es ésta esa sombra triste que oscurece a veces el rostro del caminante: la soledad, el frío del silencio, la nostalgia y el anhelo de un hogar, con ecos y sonrisas. Mas esto es lo que se paga por el camino, éste es el precio por cruzar el puente..."

Como decía Hesse, se trata del "camino difícil"...
Hoy, la verdad, no estoy muy seguro de que Nietzsche se refiriera a eso con su poema, aunque así me lo sigue pareciendo. Y esto es porque lo leí en un momento un tanto especial de mi vida, que así me hizo verlo, y la impresión continúa.
Seguir el camino es una elección, una decisión que nos pone al margen de las vías normales, que nos aparta de lo fácil, de la normalidad. El caminante siempre será un extraño y siempre estará en el borde, cruzando fronteras. Quizá porque lo lleva en su naturaleza.
Pero también es humano, y es muy comprensible que el canto de un pájaro en la noche le haga detenerse, porque el pájaro le habla, sin quererlo, de una belleza perdida, de una historia antigua, de cuando el caminante no estaba solo y las sonrisas y las voces amigas acompañaban sus horas.

El caminante debe aprender a seguir su camino, a poner su corazón en orden, a morder su soledad y tener ojos sólo para el horizonte...
Pero hay un consuelo para el solitario caminante: la luna y las estrellas le acompañan y, si sabe escuchar, oirá una música que le habla, entre la luz y la sombra.


Antonio Martín
(28 de marzo, 2010)



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- "Any other name"
- Thomas Newman