Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







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miércoles, 2 de abril de 2014

De noche, en la terraza...



    Sentados cómodamente en la amplia terraza de un ático, una noche de reciente primavera, ante un suave horizonte de colinas onduladas salpicadas de árboles, después de haber caminado esa tarde durante varias horas por la playa, dos viejos amigos conversaban. Ajenos a sus relojes, distendidos, entregados, saboreando el lento andar de los minutos, que más que discurrir parecían querer quedarse en aquella terraza, quizá a escuchar lo que allí se hablaba para guardarlo en sus diminutas maletas y llevarlo a alguna otra parte... Hacía mucho tiempo que no se veían, y a pesar del largo paseo tenían aún muchas cosas que decirse. El aire era tenue y algo frío (estaba aún cerca el invierno), pero con la ayuda de los abrigos se estaba bien allí. Sobre la mesita redonda de madera había dos copas llenas y un cenicero donde humeaban unos cigarros de tabaco negro. Como fondo, ese sereno horizonte que parecía deslizarse hacia el infinito, tocado por el paso de algunas nubes soñolientas. Y como única luz, la de la luna llena con su abismo de estrellas.

    —Me quedan aún unos tres años de vida —dijo Arturo Gómez, después de beber un largo trago de su copa de coñac—. Sé perfectamente que no he hecho ni una cuarta parte de lo que debería haber hecho, y que ya poco es lo que puedo hacer... Pero intento gozar de los momentos que aún encuentro, sobre todo de esos cuyo brillo todavía soy capaz de ver en medio de las sombras.
    —Te entiendo —contestó el otro—. Siento algo parecido, porque ya estamos los dos en las postrimerías, en las penúltimas vueltas de esta especie de laberinto. Pero... ¿a qué viene eso de los tres años? ¿Por qué tanta concreción? ¿Te ha dicho algo el médico?
    —No, Pablo, ya sabes que no soy de médicos. Es sólo una intuición. Algo por dentro me lo dice...
    —Bueno, bueno, tú y tus intuiciones... Seguro que volveremos a vernos dentro de diez años o más. Eso nunca se sabe con certeza.
    —Ojalá, amigo, pero..., sinceramente, no lo creo.
    —Vale, pues te quedan unos tres años, ¿y qué pasa con eso?
    —Nada, nada. Mi vida ha sido larga, infructuosa pero lo bastante larga. Si no la he sabido aprovechar es cosa mía. Pero de lo que quería hablar es de los momentos...
    —¿De esos que dices que aún encuentras brillando entre las sombras?
    —Exacto. Lo que no me perdono, a estas alturas del viaje, es perdérmelos. Por eso procuro estar siempre con los ojos bien abiertos. Aunque me cueste admitirlo, aún me ocurre algunas veces que me encuentro con el rastro de uno de esos momentos justo después de que han pasado... Y entonces siento rabia por no haberlos aprovechado, por no haberlos vivido.
    Pablo Villena, algo más joven y con otro estilo de ánimo, que esa noche estaba de visita en casa de su amigo Arturo, se levantó entonces de su asiento y se acercó a la baranda de la terraza. Dando la espalda a su compañero, dijo en voz baja:
    —Arturo, muchas veces en el pasado te he oído eso...
    Luego se volvió y le dijo a la cara:
    —¿Para cuando el cambio, amigo? ¿Para cuando?
    —Espera, Pablo, no me critiques. Sé bien a qué te refieres. Ya he dicho antes que reconozco mis errores y que no he hecho lo que debería, pero ahora..., ahora es diferente.
    —¿Diferente porque sientes que se te acaba el tiempo?
    —Sí, por eso, precisamente por eso.
    —¿Y qué solución le ves al asunto, Arturo?
    —La solución está en lo que he dicho, en mantener los ojos bien abiertos. Y aunque mi torpeza siga haciendo de las suyas, son muchas las veces en que me veo delante de esos momentos y consigo vivirlos. Éste, por ejemplo, es uno de ellos.
    —Gracias por decir eso, Arturo. Pero... sabes bien que la compañía de un viejo amigo suele suavizar las cosas, las facilita. El mérito está en saber vivirlas solo.
    —Ay, amigo, cuánta razón tienes. Por supuesto que es así, y siempre lo he defendido de esa manera. Pero, las fuerzas a veces acompañan y otras muchas veces no...
    —Ya, eso lo sé. No soy quién para enseñarte sobre eso. 
    —Bueno, pues dejemos el tema, que todo eso que dices ya me lo digo yo a solas. De lo que quiero hablar es de los momentos...
    —Bien, pues háblame de ellos.
    Pablo volvió a su asiento, se encendió otro cigarro y tomó un sorbo de su copa.
    —Mira —dijo Arturo—, últimamente se comenta por ahí un tema que llaman "tempística"...
    —¿Tempística?
    —Sí, no sé si viene en el diccionario; en inglés lo llaman timing. Lo leí hace poco en un periódico. Se trata de una técnica que se usa sobre todo en el teatro y que tiene que ver con el uso del ritmo, de la velocidad, de las pausas...; lo que influye directamente en el resultado de una obra. Y, por descontado, es algo aplicable a la vida misma.
    —A ver, explícame.
    —Según lo entiendo, la tempística esa es una forma de bien hacer que resulta en lograr el efecto deseado. Cuando uno aplica esa técnica a la vida, como si jugara al ajedrez, se encuentra con que ésta responde.
    —¿Cómo que responde? —preguntó Pablo con interés.
    —Responde, en el sentido de que la vida entonces se deja... encontrar.
    —¿Quieres decir que...?
    —Sí, quiero decir que si uno sabe mover bien las piezas, la partida, por decirlo así, llega a buen fin.
    —¿Tiene esto que ver con lo que decías antes de tener los ojos bien abiertos?
    —¡Claro! Ese es el objetivo. Tener los ojos bien abiertos, los oídos y todos los demás sentidos. Es vital para navegar sobre el río.
    —Por el río de la vida, del acontecer, de lo que nos pasa...
    —Exacto, amigo. Es algo que me recuerda a las viejas técnicas de meditación, en las que la conciencia se fija en una cosa tan aparentemente simple como la respiración.
    —Perdona, Arturo, aquí ya me pierdo. ¿Qué tiene que ver la respiración con la tempística?
    —Mucho, amigo, mucho. Pero no liemos el tema. Confórmate con entender que esa técnica es perfectamente aplicable a la vida, y que gracias a ella (que, básicamente, es un ejercicio de atención) podemos disfrutar de esos momentos brillantes que a veces encontramos. Es precisamente lo que me esfuerzo en hacer, y es lo que últimamente enriquece mi vida.

    Quizá sería oportuno decir ahora que tanto la luna como las estrellas escuchaban atentas esta rara conversación, pero quizá no sea necesario. En cualquier caso, la noche avanzaba lentamente, como sobre un río de aguas tranquilas; y el aire, una suave y fresca brisa, acariciaba aquella terraza y las frentes de los dos amigos.

    —Anoche mismo —continuó Arturo— leí una historia del maestro Hoffmann, una en la que habla reflexivamente sobre la música, y me encontré con esta irónica definición. Espera un momento... 
    Fue adentro a por el libro, y luego leyó en voz alta:

    «Algunos de estos infelices soñadores han despertado demasiado tarde de su error y por ello han caído en un desvarío, fácilmente deducible de sus manifestaciones acerca del arte. Opinan que éste permite al hombre vislumbrar su más elevado principio y, sacándolo de su lerdo quehacer en la vida vulgar, lo conduce al templo de Isis, donde la naturaleza habla con él mediante sonidos sagrados jamás escuchados y sin embargo comprensibles. Estos alienados albergan respecto a la música las opiniones más asombrosas: la llaman la más romántica de todas las artes, puesto que su único tema es el infinito, la más misteriosa, el sánscrito de la naturaleza expresado en notas, que llena el pecho de los hombres con un infinito anhelo, y que sólo en ella entiende el hombre el elevado canto de... ¡los árboles, las flores, los animales, las piedras, las aguas!»

    —¿Hoffmann escribiendo en contra del sentido de la música? —exclamó Pablo—. Me cuesta creerlo.
    —Amigo, dije que era una definición irónica. Por supuesto que Hoffmann estaba defendiendo esa postura, no criticándola. Lo de "alienados" lo dice desde la ironía. Está claro que Hoffmann era un músico de esa clase y, sobre todo, un romántico.
    —Pero... ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
    —Pues tiene que ver porque me encanta observar que algunos extraños como Hoffmann tenían la llave para gozar de otros niveles de percepción. Me asombra y me fascina, sí, me fascina que haya seres humanos que encontraron la forma de trascender lo vulgar y gozar del brillo de esos momentos especiales de que hablábamos.
    —Entiendo que la música pueda ser una de esas llaves que dices, pero... ¿es suficiente?
    —¿Cómo que suficiente? Amigo Pablo, nada es suficiente en un mundo complejo y contradictorio que está siempre amenazado por la sombra del absurdo. La totalidad está sólo en los sueños, en algunos sueños. Recuerda que hablamos de momentos, no de continuidades en el espacio y el tiempo. No de paraísos, sino sólo de momentos, de esas ventanas que a veces nos abre el infinito. Nuestro deber, si es que queremos en verdad vivir, es saber asomarnos a ellas a tiempo y disfrutar de lo que nos ofrecen.
    Pablo volvió a beber lentamente de su copa, miró fijamente a su amigo Arturo y preguntó:
    —¿Y es eso lo que estás haciendo ahora? 
    —Eso es lo que intento, amigo. No es fácil, nada fácil, pero a veces lo consigo. El templo de Isis es recóndito y está muy bien guardado, oculto en la noche más oscura. Hay muchas murallas de sombra y pozos envenenados que se interponen en el camino, pero sé que siempre... Escúchame bien: siempre hay, entre la maleza, un estrecho camino que sigue abierto, una pequeña ventana por la que es posible asomarse y mirar al otro lado. Quizá incluso, quién sabe, logre encontrar alguna vez la puerta... 
    Pablo sonrió, al ver a su amigo encendido de esa manera.
    —Siempre fuiste un aprendiz de mago, Arturo, y me gusta ver que sigues siéndolo. Ojalá llegue a ver también algún día que te conviertes al fin en maestro.
    Arturo alzó su copa y brindó:
    —¡Por la vida, amigo! ¡Por desentrañar por fin este misterio que a todos nos atañe! ¡Por saber leer sus señales y seguir el camino! El templo de la madre Isis, la diosa luna, está siempre ahí, muy cerca, esperando que sepamos encontrar la senda que un tiempo sombrío nos ocultó. 

    Y dicho esto, los dos amigos acabaron sus copas y se retiraron a sus habitaciones. Cada uno con sus propios pensamientos, con sus diferentes formas de mirar. Pero ambos con una sonrisa, por haber rozado el brillo de un buen momento. Allí les esperaban los sueños, esos duendes que a veces hacen de puente entre la oscuridad y la luz. La terraza quedó vacía y en silencio, pero sólo en apariencia... La luna y las estrellas seguían allí, escuchando el eco de las voces. Y un mirlo vino de no se sabe dónde y se puso a cantar, como si fuera un extraño violín del aire...


Antonio Martín Bardán
(2 de abril, 2014)



martes, 18 de marzo de 2014

Kreisleriana



    «Los amigos aseguraban que la Naturaleza había intentado, en su organización, crear una nueva receta, pero el experimento había fracasado. A su ánimo superexcitable, a su ardorosa fantasía, inflamable hasta la destrucción, se había incorporado una insuficiente dosis de flema, con lo que se había roto el equilibrio que tan necesario es al artista para vivir en el mundo y componer para él las obras que éste, incluso en el más elevado sentido, necesita.
    »Sea como fuere..., Johannes era arrastrado por sus eternas apariciones y sueños de acá para allá como por un mar de incesante oleaje, y parecía buscar en vano el puerto que le habría de dar al fin la paz y la serenidad sin la cual el artista es incapaz de crear. Y así sucedía que ni siquiera sus amigos podían hacer que escribiera una composición o evitar que, cuando la había escrito, la dejase sin ejecutar. A veces, de noche, componía en estado de tremenda excitación... Iba a despertar al amigo que vivía al lado para tocarle lleno de entusiasmo lo que acababa de componer con increíble rapidez..., derramaba lágrimas de alegría por la obra lograda..., se alababa a sí mismo como el más feliz de los hombres, pero al día siguiente... la excelente composición estaba en el fuego.»

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

(Kreisleriana)

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    La figura imaginaria del compositor de música Johannes Kreisler era como el doble de Hoffmann, y sus historias, lógicamente, como un trasunto o un reflejo de la vida del propio Hoffmann. Una lectura que estoy disfrutando durante estas últimas noches, con luna o sin ella.
    Copio el texto anterior, porque lo que ahí se dice me recuerda intensamente al alma romántica, a sus venturas y dificultades, sus luces y sus sombras. Y hay muchas frases que, con otro lenguaje, serían aplicables a la cotidianidad de muchos artistas (o que intentan serlo) de hoy en día.
    Ese pájaro del sueño, que he mencionado en múltiples ocasiones, es un ave esquiva, difícil, salvaje y mágica, que no se deja conquistar fácilmente y que muchas veces se queda mirándonos en silencio desde su escondite... Esperando, quizá, que llegue el momento en que le guste alguno de nuestros gestos. Sólo entonces es cuando podemos verle y escuchar lo que tiene que decirnos.   

A. Martín Bardán
(18 de marzo, 2014)
       
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imagen: Moonlight in Gurzuf - Ivan Aivazovsky (1839)
               

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sortilegio de otoño



    «Sabed que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, y todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo.»


Joseph von Eichendorff

("Sortilegio de otoño")


    Ayer, sobre el final de la tarde, salí a pasear con un librito de cuentos guardado en la chaqueta (algo poco habitual en mí, que prefiero dedicarme en mis paseos a contemplar el paisaje y a pensar, y que reservo los tiempos de lectura para la intimidad de mi cuarto), con la sana intención de irme hacia las afueras del pueblo y leerlo allí tranquilamente, lejos del bullicio que provoca este tiempo aún soleado y caluroso. El librito forma parte de una buena antología de cuentos fantásticos del siglo XIX ("Lo fantástico visionario", es su título), editada en diez pequeños volúmenes, preparada y extensamente comentada por el escritor Italo Calvino. Y el cuento que elegí, para comenzar la lectura, es uno de Eichendorff (a quien llamaban el "cantor del bosque alemán"), el primero que escribió, cuando sólo tenía veinte años, "Sortilegio de otoño". La verdad es que me ha gustado mucho (a pesar de notarse algo su joven inexperiencia), y me ha trasladado de tal manera a su interior que cuando alzaba los ojos del libro y veía, agradecido, que las nubes habían aparecido, por fin, sobre el verde horizonte, me sentía dentro de un paisaje romántico; como si estuviese, por ejemplo, en la vereda de una serena campiña, muy cerca de los bosques de la Selva Negra alemana. Así de caprichosa y de grata es a veces la imaginación.
    El cuento, tal como explica Calvino en su introducción, es una versión de una antigua leyenda medieval. Y ha sido para mí muy placentero volver a leer un cuento de hadas, uno de esos maravillosos (y misteriosos) cuentos que siempre me han encantado. Aunque esta historia tiene su indudable parte oscura, un cierto patetismo poco saludable (como el que resulta de escuchar, en determinadas circunstancias, algunos nocturnos de Chopin, por ejemplo)... Comprensible, si tenemos en cuenta que su tema principal es la pasión amorosa, pero enredada en extraños conflictos. Aún así, en seguida me he sentido atraído por ese paisaje típico de leyenda: de montañas, valles y castillos, de brisas susurrantes y músicas en la lejanía. Y, sobre todo, por el seductor aliento de lo  maravilloso, que suele acompañar a este tipo de relatos; sin olvidar, por supuesto, la inquietante (y a veces sombría) presencia de lo mistérico y numinoso que incluye esa calidad de maravilloso. 
    Son lecturas que me resultan muy agradables y de las que salgo siempre con la sensación de haber conectado de nuevo con viejas y queridas aficiones; esas tendencias antiguas (a veces olvidadas o relegadas, en aras de lo contemporáneo) que entroncan con lo más íntimo y personal del caminante lector que aquí suscribe. Ahora, por las noches, no me duermo sin antes leer algunos pasajes de Lilith (de 1895), una de las fantásticas novelas del escocés George MacDonald (maestro de Lewis Carroll y de Tolkien, entre otros). Son lecturas que predisponen a la mente a tener esas noches muy interesantes y sentidos sueños.
    Transcribo aquí el sustancioso cuento de Eichendorff, aparte de que porque imagino que no es muy conocido, porque me gustaría que os acercárais a su viejo y peculiar encanto; el cual, como ya apunté antes, no está exento de cierta oscuridad sentimental con su consiguiente dramatismo. Pero posee, asimismo, todos los buenos ingredientes del género, y creo que bien merece la pena leerlo, como muchos otros de aquella exquisita época en que floreció el romanticismo alemán; rico en maravillas, mitos y leyendas (con sus interesantes reflexiones filosóficas), que alimentan, aún hoy en día, la sed de algunas mentes saturadas de tantas banalidades, como las que abundan en este mediocre mundo moderno de ahora, plagado de ubicuos deportes de masas, necios concursos televisivos y musiquillas de moda, ruidosas e insustanciales.
    Así que, para los que seais aficionados a los cuentos de hadas (es decir, amantes de la fantasía y el misterio), aquí teneis una buena muestra del entonces joven e inexperto Eichendorff, en la que ya apuntaba, no obstante, como el maestro que después fue.


Antonio Martín Bardán
(25 de septiembre, 2013) 
      
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Sortilegio de otoño

(Die Zauberei im Herbst, 1808-1809)

por Joseph von Eichendorff


Eichendorff (1788-1857), narrador y poeta, es uno de los autores más brillantes del romanticismo alemán; su obra más representativa es la breve novela Historia de un holgazán (1826). En la novela corta que incluyo aquí, la primera que escribió —a los veinte años—, aunque fue publicada póstuma, Eichendorff nos da una versión romántica de una famosa leyenda medieval: la de la estancia de Tannhäuser en el paraíso pagano de Venus, visto como el mundo de la seducción y del pecado. Esta leyenda —que Wagner transformaría después en ópera— será también la inspiración de otro cuento de Eichendorff, La estatua de mármol (1819), de ambiente italiano. Pero aquí el país del pecado es una especie de doble de nuestro mundo, un mundo paralelo, sensual y angustioso a la vez. Pasar de un mundo a otro es fácil, y volver a nuestro mundo no es imposible: pero el hombre que, después de haber sufrido el encantamiento y haber escapado, quería expiar sus culpas haciéndose ermitaño, al cabo opta por el mundo encantado y sucumbe ante él. 


Italo Calvino

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Sortilegio de otoño


El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.
    Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Con el día, añadió, le indicaría la única manera de salir de auqellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.
    Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada una yacija de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.
    —No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo.
    Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en la yacija que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.
    A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:


        Me arrastra fuera de la cueva el temor.
        Me llaman viejas melodías.
        Dulce pecado, déjame
        o póstrame en el suelo
        frente al embrujo de esta canción,
        ocultándome en las entrañas de la tierra.
    
        ¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
        mas las imágenes del mundo siempre
        se interponen entre nosotros,
        y el rumor de los bosques
        me llena de terror el alma.
        ¡Severo Dios, te temo!

        ¡Oh, rompe también mis cadenas!
        Para salvar a todos los hombres
        sufriste tú una amarga muerte.
        Estoy perdido ante las puertas del infierno.
        ¡Qué desamparado estoy!
        ¡Jesús, ayúdame en mi angustia!


    Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.
    Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:
    —¡Ah, qué hermoso es el mundo! —exclamó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques.
    Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo. 

    La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.
    Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.
    Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.
    Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.
    —Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vivís sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domináis con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a vos me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!
    Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.
    —Si me prometéis —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contaros y me permitís omitir los nombres, lo haré.
    El caballero levantó la mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.
    Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:


    «El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!
    »Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.
    »También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope.»
    

    Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:
    

    «Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón. 
    »Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano, a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.
    »De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:


        Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
        se van los pájaros volando.
        Los pensamientos vagan sin consuelo
        ¡ay de mí, que no encuentran refugio!
        Y las oscuras quejas de los cuernos,
        golpean el corazón solitario.

        ¿Ves el perfil de los azules montes
        que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
        y los arroyos que en el valle silencioso
        se alejan susurrantes?
        Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
        todo se junta allá a lo lejos.

        Mis rizos de oro ondean
        y florece mi joven cuerpo dulcemente.
        Pronto sucumbe la belleza;
        igual que el esplendor se apaga del verano
        debe la juventud inclinar sus flores.
        Callan alrededor todos los cuernos.

        Esbeltos brazos para abrazar,
        y roja boca para el dulce beso,
        el cobijo del blanco seno,
        y el cálido saludo de amor,
        te ofrece el eco de los cuernos de caza.
        Dulce amor, ven, antes de que callen.


    »Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que, confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
    »Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con sus múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.
    »Me dí cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.
    »Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.
    »Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo: 
    »—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.
    »Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.
    »Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.
    »—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.
    »Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.
    »Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.
    »Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.
    »El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.
    »Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.
    »En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hierba y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.
    »Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.
    »La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.
    »A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.
    »Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma tamién una piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí a mi amigo, el prometido de mi amada.
    »Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré.  Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.
    »De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.
    »Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:
    »—¡Abre! —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!
    »La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.
    »No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella.»


    En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.
    —Tranquilizaos —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.
    Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:


    «Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.
    »Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas las damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. El sol se ocultó detrás de los montes e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente. Caí adormecido y soñé.
    »Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente, como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto, igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.
    »Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.
    »Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.
    »—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?
    »Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaban los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.
    »No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
    »Así viví todo un año hasta que me encontré con vos. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. Sabed que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, y todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo.»


    —¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.
    —¡Por Dios! ¿Quién sois que conocéis mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.
    —Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti [sic]. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.
    A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.
    —¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente.
    Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.
    —Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas.
    Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.
    Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.
    Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.
    Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.
    Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.
    Raimundo, enloquecido, salió al jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.
    A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

        Mis rizos de oro ondean
        y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco de la lejanía...

        y los arroyos que en el valle silencioso,
        se alejan susurrantes.

    Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

        Y el cálido saludo de amor,
        te ofrece el eco de los cuernos de caza.
        ¡Dulce amor, ven antes de que callen!

resonó una vez más.
    Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.


Joseph von Eichendorff
(1808-1809)


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- "Lo fantástico visionario" (al cuidado de Italo Calvino)
- trad.: V. Pérez Gil
- Ediciones Siruela (1987)  




viernes, 31 de mayo de 2013

El último romántico

                                                                                                                                     


    "El mayor punto de semejanza entre ambos escritores consiste en que su poesía era una verdadera enfermedad. En este sentido se ha dicho que no es el crítico, sino el médico el que debe juzgar sus escritos. El color rosáceo en las poesías de Novalis no es el color de la salud, sino de la tuberculosis, y el fuego púrpura de los «cuentos fantásticos» de Hoffmann no es la llama del genio, sino de la fiebre."
   
Heinrich Heine


    Esta cáustica lindeza del maestro del sarcasmo —dirigida a dos de mis autores más queridos—, me recuerda a la consabida crítica que los biempensantes suelen dedicar a todo aquello que sobrepasa su racional mundo de líneas rectas y volúmenes compactos... Una antigua disputa sin futuro, en la que los perdedores siempre parecen ser los amigos de sueños y fantasías, que quedan como pobres ignorantes sin sustancia frente a la empírica y contundente claridad de los pragmáticos. El viejo desacuerdo, el diálogo inefectivo entre idealismo y realismo, que camina siempre hacia la nada por falta de los puentes vitales que podrían enriquecer a ambas posturas, consiguiendo quizás con ello un mundo más despierto y luminoso.
    Menos mal que el auténtico arte siempre sobrevive y brilla con luz propia, más allá de cualquier ácida crítica. Y, pese a todo, podemos gozar sin problemas del «Ofterdingen» o del «Puchero de oro» y dejar que esas dos joyas siembren en nuestra mente y nuestro ánimo el fresco aliento del sueño y de la magia.
    
    Se suele decir de Heine que fue "el último romántico", pero también que fue quien acabó definitivamente con el romanticismo. Ambas definiciones las empleaba el mismo Heine, y parece que todo el mundo estuvo de acuerdo. Hermann Hesse se refería a él como al "incómodo amigo Heine", y en un primerizo ensayo, de 1900, le calificó como el "profanador del templo".
    Parece ser que el "romántico" señor Heine se dedicó a "destruir" todo el fascinante entramado del romanticismo anterior, burlándose de él en sus agudos y sarcásticos escritos. Y se supone que con la aparición de Heine y sus lesivos ataques, el romanticismo quedó mortalmente herido, hundiéndose poco después en un ocaso de estrellas fugaces que se difuminaron en la nada...
    ¿Pero fue realmente Heine el brillante y áspero canto de cisne del romanticismo?
    Quizá sea cierto que puso el punto final a cierto estilo literario (o, mejor, a la deformación del mismo), que en los poetas mediocres se deslizaba con descaro hacia una decadente afectación carente de fondo. Y que gracias a Heine la literatura alemana pudo avanzar hacia nuevas formas expresivas más cercanas a la realidad inmediata (como el naturalismo), y más acordes con los nuevos tiempos.
    Precisamente es esa decadencia de estilo de finales del romanticismo (y más aún del post-romanticismo) lo que ha quedado en la imaginación popular, confundiéndola con el auténtico espíritu romántico. Y es por eso por lo que a las personas racionales y sanas de hoy en día (generalmente, los burgueses) lo romántico les suena a una debilidad enfermiza, cuyos síntomas se traducen en tenues pero soporíferos perfumes, sedosos visillos movidos por la brisa en una casa vacía, mustias flores sobre el piano y aburridos susurros al atardecer... Amores trasnochados, llenos de suspiros y lánguidas miradas, y vagas tristezas plagadas de sombras. Todo ello con frecuencia aderezado con apariciones de seres fantásticos, como duendes, brujas o espíritus, propios de anticuados cuentos de hadas infantiles.
    Un fondo de escenario patético, irrisorio y fantasmal que está muy alejado de la dinámica y segura compacidad en que creemos movernos actualmente, que se muestra como extraño, oscuro y falso ante nuestra cuadriculada y pragmática realidadPero a quien de verdad sepa qué es romanticismo todo eso le sonará, como mucho, a un pálido y deformado reflejo que muy poco tiene que ver con la auténtica esencia de lo romántico. 
    Heine se reía abiertamente de todo ello, y diseccionaba ese aparentemente tierno e ingenuo universo romántico con la agudeza de un lenguaje claro y moderno, incisivo. Pero, aparte de que tuviera sus buenas razones para hacerlo (con la intención, por ejemplo, de abrir nuevos caminos a la expresión y el pensamiento, apartando a un lado lo que consideraba como una rémora para el progreso), y conviniendo en que acertara en algunos casos —refiriéndome a los poetas mediocres y a lo que vino a ser como una mascarada de lo romántico—, he de afirmar que no tiene sentido decir que terminó con el verdadero romanticismo.
    No soy nadie para defender al Romanticismo de la mordacidad de un brillante escritor como Heine, que tiene su lugar asegurado en el Parnaso. Sobre todo porque se defiende maravillosamente bien él solo con la supervivencia de sus mejores obras, a pesar de acerbas críticas y cambiantes temporalidades. Pero no puedo dejar de expresar mi opinión al respecto, porque frases como las que encabezan este texto me mueven a ello.

    José Luis Pascual, en su prólogo al libro de Heine "Para una historia de la nueva literatura alemana", escribe lo siguiente:

    "Hay en el «Libro de Canciones», en efecto, todo un mundo de magia y ultratumba, caballeros antiguos, beldades españolas, «minesingers», cautivos pescadores, ondinas y demás. Un mundo de ensueño muy de acuerdo con su autor, un joven arrogante que se viste a lo Byron y se hace llamar en los salones de la burguesía berlinesa «el Byron alemán».
    "Pero si traspasamos las brumas del bosque romántico encantado veremos con Heine (en el «Diálogo del Brezal de Paderborn») que la música pegadiza de los violines es una algarabía de lechones, que el cuerno que resuena en el bosque es el gruñido de una piara de puercos que van a la cochiquera, que los musicales sonidos producidos por las alas de los ángeles no son sino el grito aturdidor de unos gansos, que el dulce repicar de campanas en las torres de la lejanía es el cencerro del ganado en el establo y que la doncella angelical que llama al poeta es una vieja casi ciega que se aproxima a la fosa dando tumbos.
    "Heine ha conjurado el mundo romántico con sus loreleys, amazonas desnudas a lomos de blancos corceles a galope, esfinges, ruiseñores que
despiertan bosques encantados, amantes muertos que surgen de la tumba, sentimentales rosas que coquetean con frágiles amapolas, hadas, gigantes..., para destruirlo. Nadie se atreverá ya a adentrarse en el bosque romántico, temeroso de servir de blanco a la sarcástica ironía heiniana."

    Por supuesto que no estoy de acuerdo con la línea final, porque el que suscribe ha entrado muchas veces en ese bosque romántico, sin importarle lo más mínimo la supuesta destrucción del señor Heine. Y como yo, muchos otros lo han hecho y lo siguen haciendo. Y esto es así, porque no hay destrucción alguna. Lo romántico continúa tan vivo como siempre, y de aquella antigua fuente sigue manando la misma gozosa magia que hace mil años. 
    No se trata de que Heine esté muerto y ya no pueda mofarse de nuestros sueños —porque hay aún muchos otros "heines" en este mundo de ahora, y sin la calidad del Byron de Düsseldorf—, sino de que a los amantes de lo romántico no nos confunde ninguna pretendida claridad racional, y no consentimos a nadie que nos impida adentrarnos en lo que para nosotros es la más vital de las aventuras.     
    
    Pero cambiemos de perspectiva y leamos lo que escribió el propio Heine en sus "Memorias":

    «A pesar de mis campañas exterminatorias contra el Romanticismo, nunca dejé de ser un romántico, y lo fui en mayor grado de lo que yo mismo sospechaba. Yo, que asesté el golpe de muerte a la poesía romántica en Alemania, emprendí con ímpetu renovado la persecución de la flor azul en el país de los sueños del Romanticismo y me apropié de los sonidos encantados y canté una canción en la que cedí, con la misma complacencia que en otros tiempos, a las encantadoras hipérboles, a la borrachera de claros de luna, a la nostalgia de ruiseñores. Sé que era "la última canción libre del bosque romántico" y yo soy su último poeta; conmigo ha concluido la vieja escuela lírica alemana y conmigo se abre la nueva, la lírica moderna alemana».                                                   
                                                                       
     
    Como dije antes, nada tengo que objetar a ese último aserto, en cuanto a la esfera de la literatura. Pero tengo la firme convicción de que el romanticismo es mucho más que un estilo literario. Y en ese sentido, me suena a absurdo que alguien (aunque sea el gran Heine) presuma de haber asestado su "golpe de muerte" a aquél... Con todos mis respetos para el señor Heine, no puedo estar de acuerdo. 

    El Sturm und Drang no se limita a una simple moda filosófica y literaria, ni se circunscribe al movimiento estético de una época determinada. No es sólo algo defendido temporalmente por unos cuantos idealistas y místicos más o menos exaltados, sino una poderosa corriente de pensamiento y, sobre todo, de sentimiento, que hunde sus raíces en un estrato muy antiguo. Y no sólo en los turbios sueños de la Edad Media, como pudiera parecer, sino en cierta inclinación primitiva de la conciencia —que podríamos llamar mágica—, que está firmemente asentada en lo más hondo del inconsciente. Algo arcaico que está emparentado con el remoto origen de las más antiguas leyendas y con la nebulosa esfera de lo mítico.
    
    Soy consciente de que mi modo de expresarlo puede sonar un tanto desmedido. Quizás porque me dejo llevar por el entusiasmo que me provoca este tema, y porque mi falta de formación académica me traba a la hora de emplear los términos precisos. Pero tengo muy claro lo que quiero decir. Lo que llamamos romántico trasciende, en esencia, los límites del romanticismo histórico.           
    Con estas sencillas palabras lo expresaba Hermann Hesse en su breve ensayo de 1900, hablando de la obra cumbre de Novalis: "El «Ofterdingen» es intemporal, se desarrolla hoy, nunca y siempre, es la historia no de un alma, sino del alma en general." 
    
    Y ya para terminar, quiero resaltar aquello que decía Heine en sus memorias, cuando se confesaba como romántico: que también él, a pesar de sus ataques contra el entorno y el alma del romanticismo, se empeñó en la búsqueda de la «Flor Azul». Así que resulta entonces que lo del color rosáceo de Novalis y el fuego púrpura de Hoffmann no eran, después de todo, simples cuestiones nosológicas... 
    En fin, esto es lo que de verdad nos interesa a nosotros, caminantes idealistas y románticos: penetrar en las opalescentes tierras del ensueño, para poder encontrar allí esa flor romántica que guarda el secreto de nuestros más íntimos y preciados anhelos.    

    Sobre el vasar de la chimenea, medio oculta entre la penumbra de aquella tarde pura y lejana, estaba quieta y como dormida la brillante figura de raro cristal. Quizá esperando que algún intrépido viajero viniese y la tomara. El salón estaba vacío, en silencio. La niña dormitaba su siesta en la buhardilla, rodeada de sus cajas de colores y sus libros de cuentos, ajena al viento que hacía temblar suavemente las hojas en el bosque.
    Pronto vendría la noche, la oscura dama, y traería su canasta llena de destellos y nuevos sueños. Y volvería el viejo Achim de su paseo por la montaña, con su serena sonrisa sabia, y algún regalo de luna en sus manos de mago que viaja por el tiempo...



Antonio Martín Bardán 
(31 de mayo, 2013) 

                                                                        


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imágenes 1 y 3: óleos de Caspar David Friedrich
imagen 2: retrato de Heinrich Heine

miércoles, 8 de mayo de 2013

Una noche en Atlantis




«Solamente la imaginación de un caballero errante y los cascabeles de mi bonete de loco contribuyeron a mi buen humor y a mi coraje heroico.»

Johann Georg Hamann


    Cuando abrí los ojos, después de lo que pareció ser una ligera inconsciencia pasajera, me encontré en el término de un bosque. Robles, hayas, pinos y abetos centenarios dejaban paso a la visión de un imponente paisaje, un valle amplio y profundo cuyo final se perdía en la brumosa lejanía, rodeado de altivos montes rocosos que vestían sus laderas con una suave capa esmeralda. Y sobre uno de ellos, el más cercano, se veía una asombrosa ciudadela que se alzaba mayestática sobre lo hondo del valle, como un raro y fantástico olimpo. Sin sorprenderme demasiado, dado el carácter frecuentemente maravilloso de mis viajes, aunque gratamente impresionado por el inesperado y magnífico paisaje, me decidí a subir por un camino que parecía dirigirse hacia allí.
    Al cabo de un rato, que no me pareció en absoluto largo ni pesado, llegué sin fatiga alguna a las viejas pero bruñidas puertas de la ciudadela, que estaban generosamente abiertas de par en par. Más allá me esperaba un conjunto armonioso de antiguas y elegantes casas de piedra con tejados inclinados, y torres doradas que despuntaban orgullosas y desafiantes, aunque alegres, entre el intenso azul y el vuelo sereno de las nubes. Las calles, silenciosas y vacías, esmeradamente cuidadas y limpias, discurrían somnolientas entre casonas y jardines, ornadas todas ellas con grandes y frondosos árboles, lo que las dejaba medio cubiertas por frescas sombras que invitaban a pasear.
    Y eso hice durante más de dos horas, pasear tranquilo por esa ciudadela silenciosa y acogedora, admirando sus atractivos y sugerentes rincones. Sin que en todo ese tiempo me cruzara absolutamente con nadie, lo cual, no sabría explicar por qué, no me extrañó. Sin embargo, lo que sí me pareció raro fue constatar sus extraordinarias dimensiones: aquella ciudadela aparentemente dormida adquiría ante mis ojos, según la caminaba, el tamaño de una gran ciudad, y no veía por ninguna parte su final. Pero esto también dejó de extrañarme a los pocos minutos, después de la primera perplejidad, quizás porque estaba encantado de que así fuera.
    Lentamente y sin ruido, como una sobria y noble dama que vuelve a su hogar después de un largo viaje, llegó la noche. Su oscuro manto de gasa fue cubriendo a la ciudadela con suavidad maternal. Y ésta se empezó a alumbrar paulatinamente, sin prisa alguna, poniendo cascabeles de luz a las nuevas sombras. Entonces pude darme cuenta de algo que no era normal y que disipó las pocas dudas que aún me quedaban. Me fijé en un detalle que me llamó la atención y me confirmó que, efectivamente, estaba ante el paisaje de un sueño: las casas brillaban de una manera especial, como si su luz surgiera, no de las lámparas del interior ni de las farolas, sino de las propias paredes de piedra. Hasta los árboles del paseo destellaban de esa extraña manera. Era como una rara fosforescencia surgida de alguna fuente desconocida. Y fue entonces cuando por fin supe dónde me encontraba...

    A partir de ese momento, ya nada normal podía esperar y reanudé el paso con emoción. Después de mucho tiempo, había vuelto al País del Sueño. Y no a cualquier íntimo rincón de mi fantasía, sino nada menos que al paraíso romántico por excelencia. Era la primera vez que lo visitaba y mi corazón empezó a latir con fuerza, como en mis jóvenes años de aventuras, cuando me perdía en las cavernas del inconsciente y hollaba viejos templos que brillaban ocultos entre las sombras; palacios recónditos llenos de invaluables tesoros de conocimiento, donde el oro, las gemas y la plata se transmutaban en saberes olvidados y llaves que abrían fabulosas puertas a mundos de ensueño.
    Tras los primeros y asombrados pasos, con esta nueva y gozosa certeza de estar en donde nunca antes había estado —a pesar de haberlo deseado con intensidad en muchas ocasiones—, comencé a notar que más allá de las cortinas y los visillos de las ventanas se apreciaba movimiento de figuras humanas... Siluetas imprecisas que me regalaban el hecho de que allí vivía gente, que la ciudad no estaba vacía y abandonada. Temblé felizmente al pensar que quizás podría conversar con alguno de ellos. Miré entonces, no sé por qué, hacia arriba y ví que la luna, una resplandeciente luna llena que asomaba por entre los árboles, me sonreía. No fue la imaginación de alguien acostumbrado a ensoñar y pintar a ciertas cosas con el pincel de su anhelo, sino que realmente la luna me miraba y sonreía...
    Fue después de ese instante cuando empecé a escuchar una música lejana que surgía de algún lugar indefinido. Me cogió por sorpresa y me sobresaltó, lo que hizo que bajara la cabeza y me tapara los oídos instintivamente. Se me acercó entonces un hombre de mediana estatura que salió de improviso de entre las sombras, y me preguntó con voz templada que si era que no me gustaba... A lo que tuve que responder que desde hacía un tiempo, no sabía por qué extraña razón, no podía soportar la música. Me ponía nervioso y triste.
    —Ah, ya entiendo —me dijo, sonriendo levemente—. Pero no se preocupe, esta melodía no le pondrá melancólico. Escúchela.
    Mientras me esforzaba en escuchar lo que parecía un alegre trío compuesto de clave, violín y cello, intenté fijarme mejor en el rostro de aquel hombre, en la medida en que las sombras de castaños y acacias me lo permitían. Entonces, inesperadamente, fue a sentarse en un banco cercano iluminado por la luna, y pude ver claramente sus rasgos de duende travieso y genial. No sé definir lo que sentí...
    Después de unos minutos en que ambos permanecimos en silencio escuchando la música, ésta concluyó, o, mejor dicho, se fue desvaneciendo en la lejanía, hacia el fondo de aquellas largas calles vacías. Y aquel hombre —cuyas obras había leído en mi juventud con avidez y fascinación— me miró y dijo:
    —¿Qué le ha parecido? ¿Le ha gustado? ¿A que no le ha hecho ningún daño?
    —Sí, es alegre, lúdica, amable... Me ha recordado a Mozart —contesté tímidamente.
    —¿De verdad? Pues no sabe el favor que me hace, amigo mío. Porque ese trío lo compuse yo hace mucho tiempo, y el hermano Wolfgang era nada menos que mi ídolo. En aquella época la música era mi pasión, mi barco, mi tabla de náufrago, mi lámpara en la niebla; más incluso que la pluma. La música era para mí... ¡la vida!  —exclamó con vehemencia.
    —¿Ya no compone? —me atreví a preguntar.
    —¿Componer? No, mi estimado Antonio, ya no me hace falta componer. Ahora vivo en la música, quiero decir, dentro de ella. Con sólo mover una mano en el aire, violines, cellos, claves y oboes se ponen a sonar como por arte de magia, desde las hojas de los árboles, desde las nubes, desde las piedras... Conservo en mi casa viejos papeles pautados sin usar y muchos instrumentos antiguos, como afectuoso homenaje a la memoria, pero tan sólo hay aún un par de éstos últimos que a veces me inclino a tocar, por simple capricho: el armonio de cristal y el arpa eólica.
    Le escuchaba ensimismado, atento a sus palabras, a sus gestos, al aura que se desprendía de su ser. Pero algo acababa de decir que me había dejado aturdido... ¿Había pronunciado mi nombre?
    Aquel hombre musical y mágico pareció adivinar mi pensamiento. Me miró con fijeza desde sus pequeñas lentes y dijo, mientras sonreía complaciente:
    —Así es, amigo mío. Le conozco muy bien. Mire...
    Sacó algo de un bolsillo de su chaqueta. Un pequeño libro. Y me lo mostró. Era un librito en octavo de cubiertas azul oscuro, pulcramente encuadernado, en cuya portada podía leerse con claridad en caracteres ligeramente góticos: Cuaderno Nocturno
    Una vez más, no sé definir mi sentimiento de esos instantes. No sé qué decir, excepto que el suelo pareció resbalar bajo mis pies al mismo tiempo que sentía como si me inundara la luz de la luna.
    —Pero... si yo... nunca he publicado nada... ¿Y además, cómo es que usted, precisamente usted...? —me atreví a balbucear.
    Su sonrisa se mostró ahora más abierta y luminosa. Se levantó, se acercó a mí y poniendo una mano sobre mi hombro, me dijo con voz afable:
    —Amigo, no goza usted de muy buena memoria... La publicación de su libro de reflexiones corrió de mi cuenta, que para eso tengo aquí esos poderes y muchos más. Pero, ¿acaso no recuerda que le dejé un par de comentarios en su bitácora? Fue cuando escribió aquel simpático y entusiasta homenaje dedicado a mi querido Puchero de oro. ¿Se acuerda?... No, no me mire así y cierre la boca. ¡Pues claro que fui yo! ¿Quién si no? Tengo en mi terraza un poderoso telescopio y con él puedo enterarme de muchas cosas, por muy lejos que estén. Además, ese maravilloso artilugio me avisa con una luz cuando sucede algo que puede ser de mi interés, para poder observarlo desde aquí, sin importar el lugar ni el tiempo. Así es como me enteré de la existencia de su escrito, y de la suya propia. Y créame si le digo, querido amigo, que fue un agradable encuentro. Por eso está usted ahora aquí. Entre mis múltiples poderes está también el de guiar a algunos soñadores en su deambular por el País del Sueño. Y la verdad es que sentía deseos de verle y de hablar con usted. Porque hay algo importante que quiero decirle...

    Nos pusimos a caminar calle abajo, entre los árboles y las casonas fosforescentes, junto al intuido susurro de las siluetas tras las ventanas; descendiendo pausadamente hacia el centro de la ciudadela y lo profundo de la noche. Bajo la sinfonía cósmica de la luna y las estrellas, el autor de tan maravillosas historias —que ahora me llamaba «amigo»— me dijo muchas cosas que me importaban. Me fascinó con su verbo y su saber. Y yo caminaba casi como extasiado en su compañía.
    Los gruesos y tupidos cortinajes que separan el mundo de los sueños de la vigilia, me impiden recordar con exactitud sus lúcidas palabras en aquel paseo por la noche de Atlantis. Aunque supongo que habrán quedado grabadas en algún rincón de mi subconsciente. Así quiero creerlo, porque sería una lástima que esa riqueza se me hubiera perdido. Sólo recuerdo con claridad lo último que me dijo, antes de despedirnos.
    Sentados en la gran plaza central, de columnas de ónice y espléndidas fuentes cubiertas de jade, muy cerca de la noble puerta labrada de la inmensa biblioteca, con sus grabados esmaltados de complejos y raros símbolos de alquimia —en donde me hubiese gustado entrar y quedarme cien años—; entre la caricia de una suave brisa que traía del valle su perfume edénico, y ante una mesa en la que destellaban bajo la luna dos copas del mejor vino que nunca se ha bebido, el maestro de los elixires diabólicos y las ollas de oro, con sus lentes de cristal de aumento que permitían leer los pensamientos, alzó su copa y me dijo en tono serio pero con una música amable sonando en cada una de sus palabras:
    —Recuerde, querido amigo, aquella buena frase de Hamann: «Solamente la imaginación de un caballero errante y los cascabeles de mi bonete de loco contribuyeron a mi buen humor y a mi coraje heroico». No lo olvide, amigo mío. Deje la seriedad y la pesadumbre para los momentos serios y oscuros, y no haga de ellas el baluarte de su vida. Quítese su triste sombrero y póngase el gorro de loco, ría y camine por el mundo descubriendo lo que tiene de maravilloso, y no enfangue su corazón en el sucio río de lo que no merece la pena. Ambos sabemos que en la noche hay destellos inesperados entre el mar de sombras. Búsquelos, y cuando los encuentre fíjese bien en ellos, aprenda de ellos, dance con ellos. Son su mejor guía, el viento que le llevará hacia la estrella que anda buscando.
    Nos dimos un abrazo, que hizo que me sintiera como rozado por las alas de un sueño antiguo muy querido, y el maestro amigo Hoffmann se dio la vuelta y se adentró en la noche, dejando tras de sí una estela de magia y alegría que seguí respirando aún durante un tiempo. Sobre la mesa, junto a su copa vacía, había dejado mi pequeño libro azul oscuro, y me pareció ver por un instante cómo su cubierta se aclaraba y algo desde dentro me llamaba, con una voz que me resultó bastante conocida...         


Antonio H. Martín 
(8 de mayo, 2013)