
"En mi tranquila felicidad de ermitaño, aprendí la ciencia de leer en todas las cosas el halo de la lejanía, a no tocar nada bajo la luz fría y cruda de la cercanía, y a acariciarlo todo, como si todo fuera áureo, ligero, delicado; atenta y respetuosamente. Ningún tesoro, por preciado que sea, es tan ciertamente bello que no le puedan robar el brillo de su valor el hábito y la insensibilidad, ninguna vocación es tan notable, ningún poeta tan fecundo, ningún país tan bendito.
Por eso me parece un arte digno de ser envidiado el de otorgar a las cosas cercanas y habituales la devoción y el amor que gustosamente concedemos a las lejanas y apartadas bellezas. Sin menospreciar al sol mañanero y las estrellas eternas, podríamos conceder a las cosas más próximas y pequeñas un delicado aroma y un resplandor. Lo que se goza como si se estuviera invitado en casa de un extraño, sigue siendo preciado para nosotros y nos ennoblece."
Hermann Hesse
(Consideraciones)
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Es muy cierto lo que dice Hesse: hay una forma diferente de mirar a las cosas. Nos suele enamorar lo lejano, el horizonte, las estrellas, la luna, quizá algún sueño, pero sobre las cosas que nos rodean pasamos la mirada sólo por encima, sin prestar atención, sin darlas importancia. Son lo habitual y eso no nos interesa. Pero es un error, porque la magia existe tanto arriba como abajo.
Lo he dicho ya aquí muchas veces y de distintas maneras: hay otra forma de mirar, hay otra forma de sentir. Las cosas cotidianas, aparentemente anodinas, esperan que nos fijemos en ellas de esa otra forma. Las ventanas de la casa de enfrente, las calles con sus farolas, sus portales y esa gente que camina no nos dicen nada, porque no lo vemos; es algo tan cercano que no nos interesa. Y lo mismo ocurre con las cosas vulgares que nos rodean dentro de casa: no las miramos, luego no las vemos. Las consideramos como herramientas, utensilios o muebles, algo que no tiene que ver con nosotros de una forma directa, algo sin importancia. Pero sí miráramos de esa otra forma descubriríamos que todas las cosas tienen un brillo.
Cuando consigo mirar así, ya no vivo en un barrio de una ciudad, sino que me encuentro en medio del universo. El vuelo del gorrión o de la paloma forman otro dibujo en el aire, mi mesa no es un mueble inerte de cuatro tablas, sino un pequeño barco que navega por ríos y mares, y mi lámpara una estrella que ilumina el viaje.
Alejar lo cercano significa mirarlo desde lejos. Y eso nos da otra perspectiva de las cosas, una que nos permite descubrir lo que antes no veíamos, ese brillo oculto que poseen. Incluso con nosotros mismos podemos llevarnos sorpresas si sabemos mirarnos desde lejos...
Antonio H. Martín
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música: Mychael Danna







