Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







jueves, 18 de marzo de 2010

El halo de la lejanía




"En mi tranquila felicidad de ermitaño, aprendí la ciencia de leer en todas las cosas el halo de la lejanía, a no tocar nada bajo la luz fría y cruda de la cercanía, y a acariciarlo todo, como si todo fuera áureo, ligero, delicado; atenta y respetuosamente. Ningún tesoro, por preciado que sea, es tan ciertamente bello que no le puedan robar el brillo de su valor el hábito y la insensibilidad, ninguna vocación es tan notable, ningún poeta tan fecundo, ningún país tan bendito.
Por eso me parece un arte digno de ser envidiado el de otorgar a las cosas cercanas y habituales la devoción y el amor que gustosamente concedemos a las lejanas y apartadas bellezas. Sin menospreciar al sol mañanero y las estrellas eternas, podríamos conceder a las cosas más próximas y pequeñas un delicado aroma y un resplandor. Lo que se goza como si se estuviera invitado en casa de un extraño, sigue siendo preciado para nosotros y nos ennoblece."



Hermann Hesse
(Consideraciones)

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Es muy cierto lo que dice Hesse: hay una forma diferente de mirar a las cosas. Nos suele enamorar lo lejano, el horizonte, las estrellas, la luna, quizá algún sueño, pero sobre las cosas que nos rodean pasamos la mirada sólo por encima, sin prestar atención, sin darlas importancia. Son lo habitual y eso no nos interesa. Pero es un error, porque la magia existe tanto arriba como abajo.
Lo he dicho ya aquí muchas veces y de distintas maneras: hay otra forma de mirar, hay otra forma de sentir. Las cosas cotidianas, aparentemente anodinas, esperan que nos fijemos en ellas de esa otra forma. Las ventanas de la casa de enfrente, las calles con sus farolas, sus portales y esa gente que camina no nos dicen nada, porque no lo vemos; es algo tan cercano que no nos interesa. Y lo mismo ocurre con las cosas vulgares que nos rodean dentro de casa: no las miramos, luego no las vemos. Las consideramos como herramientas, utensilios o muebles, algo que no tiene que ver con nosotros de una forma directa, algo sin importancia. Pero sí miráramos de esa otra forma descubriríamos que todas las cosas tienen un brillo.
Cuando consigo mirar así, ya no vivo en un barrio de una ciudad, sino que me encuentro en medio del universo. El vuelo del gorrión o de la paloma forman otro dibujo en el aire, mi mesa no es un mueble inerte de cuatro tablas, sino un pequeño barco que navega por ríos y mares, y mi lámpara una estrella que ilumina el viaje.

Alejar lo cercano significa mirarlo desde lejos. Y eso nos da otra perspectiva de las cosas, una que nos permite descubrir lo que antes no veíamos, ese brillo oculto que poseen. Incluso con nosotros mismos podemos llevarnos sorpresas si sabemos mirarnos desde lejos...


Antonio H. Martín



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música: Mychael Danna

jueves, 11 de marzo de 2010

Un diamante en el barro del camino


Gudo fue el maestro del emperador de su época. Sin embargo, solía viajar solo como un mendigo errante. En cierta ocasión, yendo de camino hacia Edo (1), corazón político y cultural del sogunado, acertó a pasar por una pequeña aldea llamada Takenaka. Había empezado a anochecer y llovía copiosamente. Gudo estaba calado hasta los huesos. Sus sandalias de paja se habían deshecho. Al pasar entonces por una granja en las afueras del pueblo, reparó en la presencia de cuatro o cinco pares de sandalias que había en una ventana, y pensó que bien le vendría comprarse unas secas.
La propietaria de las sandalias, viendo cuán empapado estaba Gudo, le rogó que se quedara a pasar la noche en su casa. Este aceptó de buena gana, dándole las gracias. Entró y recitó un sutra ante el oratorio familiar. Hecho esto, la mujer le presentó a su madre y a sus hijos. Viendo lo afligidos que parecían estar todos, Gudo preguntó qué era lo que iba mal.

"Mi marido es un jugador y un borracho", le confesó la dueña de la casa. "Cuando la suerte lo acompaña y gana, bebe en abundancia y se vuelve agresivo. Cuando pierde, no duda en pedir dinero prestado. ¿Qué puedo hacer?".

"Yo ayudaré a tu marido", dijo Gudo. "Toma de momento este dinero y consígueme un galón de buen vino y algo para comer. Luego retírate a tu cuarto, que yo me quedaré aquí meditando frente al oratorio".

Cuando el hombre regresó a su casa, a medianoche, completamente borracho, bramó: "¡Eh, mujer, aquí estoy! ¿Tienes algo de comer para mí?".

"Yo tengo algo para ti", dijo Gudo en la penumbra. "La tempestad me sorprendió a medio camino, y tu mujer me invitó amablemente a pasar aquí la noche. He comprado a cambio algo de vino y pescado, así que puedes servirte cuanto quieras".

El hombre estaba encantado. Dio rápida cuenta del vino y se tumbó en el suelo, cayendo de inmediato en un profundo sueño. Gudo, en la postura de meditación (2), se sentó a su lado.
Por la mañana, al despertar, el marido había olvidado todo lo ocurrido la víspera. "¿Quién eres? ¿De dónde vienes?", preguntó a Gudo, que aún estaba meditando.

"Soy Gudo de Kyoto y voy camino de Edo", respondió el maestro zen.
Al hombre le invadió entonces un sentimiento de vergüenza enorme. No encontraba disculpas suficientes para el maestro de su emperador.
Gudo esbozó una sonrisa. "Todas las cosas en este mundo son perecederas", le dijo. "La vida es muy breve. Si sigues con el juego y la bebida, no te quedará tiempo apenas para hacer ninguna otra cosa, y serás además causa de sufrimiento para tu familia".
La consciencia del hombre despertó entonces, como si saliera de un largo sueño. "Tienes razón", declaró. "¿Cómo podré pagarte por esta maravillosa enseñanza? Permíteme que te acompañe cargando con tus cosas un corto trecho".
"Si así lo deseas", asintió Gudo.

Los dos hombres partieron. Después de haber recorrido un ri (3), Gudo dijo a su acompañante que regresase. "Sólo un par de ri más", suplicó éste. Y continuaron la marcha.
"Puedes volver ya", sugirió Gudo.
"Después de otros cuatro ri", contestó el hombre.
"Vuelve ya", dijo Gudo, una vez recorrida esta distancia.
"Pienso seguirte durante el resto de mi vida", declaró el hombre.


Los profesores de zen en el Japón moderno proceden directamente del linaje de un famoso maestro que fue el sucesor de Gudo. Su nombre era Mu-nan, el hombre que no volvió nunca.

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(1) La actual Tokyo.
(2) Za-zen o meditación con las piernas cruzadas. En chino se conoce por tso-ch'an (de tso, "sentarse", y ch'an, del sánscrito dhyana, "meditación").
(3) Ri: antigua medida japonesa de longitud, equivalente a 3,92 km.
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- libro: "Carne de Zen - Huesos de Zen"
- trad.: Ramón Melcón López-Mingo
- (Editorial Swan - Madrid, 1979)
- imagen: "Death Valley National Park"
- (www.flickr.com/photos/simonsun08)

martes, 2 de marzo de 2010

La mirada del sueño



Que la vida es un camino lo sabemos todos, pero hay diferentes formas de ver, de sentir y pensar ese camino, distintos modos de vivirlo... Yo ahora reconozco dos: la del mundo y la del sueño.
Cuando mi mirada encaja en la primera, en la del mundo, la verdad es que no veo gran cosa, más allá de una cotidianidad vulgar y anodina que no va a ninguna parte. Sé que detrás de un amanecer hay un día, con su mañana y su tarde, con sus horas, lentas o veloces, cortas o largas, en las que encontraré las mismas esquinas de piedra de ayer y me cruzaré con parecidas sombras. Y luego, durante la noche, cuando los pensamientos se alargan, se ahondan y quieren ver más allá de la rutina, sigue pasando lo mismo: dos más dos siguen siendo cuatro, una pared es una pared, una mesa es una mesa y después de las nueve vienen las diez... Es como una película que se repite. Y la sensación que te queda es como de vacío, como si nada tuviera sentido, como si todo fuera un laberinto absurdo. Miro mi cara en el espejo y me digo: ¿pero aún estás aquí?
La luna en el cielo nocturno, entre nubes y estrellas, es sólo un círculo iluminado que no dice nada, un simple satélite, una gran piedra redonda que cuelga de hilos invisibles que llaman gravedad, un desierto blanco que flota allí arriba, no se sabe para qué...
Y si me acerco a un libro, uno de esos tesoros que duermen en los estantes, sólo veo un objeto mudo con signos extraños que no sé qué quieren decirme. Leo, entiendo las palabras, las frases, la entonación, pero todo me parece la canción de un loco: ¿de qué me está hablando este hombre?...
Eso es porque la mirada del mundo es incapaz de percibir la música, porque sólo reconoce el ruido. La mirada del mundo ve la vida a cuadros, en facetas, suma y resta, multiplica y divide, y al final le salen siempre las cuentas, en positivo o en negativo, pero esas cuentas no le dicen nada, nada que merezca la pena. Y todo se siente como un remolino de detalles sin aliento, como un mosaico sin vida. La mirada del mundo es cuadrada, vacía, gris...

Pero, afortunadamente, está también la otra mirada, la del sueño. Algo que no siempre podemos escoger, pero que a veces viene a nosotros, como un pájaro de otro mundo que nos prestase sus ojos.
Y entonces vemos las cosas de otra manera... La Tierra no es una bola que da vueltas sin sentido en medio de la nada. Los días y las noches no están llenos de horas iguales, las esquinas no son sólo de piedra, también de miel y almendras, y las puertas cerradas se abren con sólo tocarlas, porque tenemos una llave invisible que reconocen.
Entonces podemos estar sentados o caminando y a cada paso o a cada latido escuchar una música interior, secreta, que nos habla y emociona. La música del sueño. Y cualquier horizonte o cualquier calle es un umbral abierto que nos llama.
La Luna no es ningún círculo iluminado y lejano, sino una amiga que brilla con luz propia, escucha nuestras historias y nos cuenta sus secretos. Una amiga blanca que a veces nos sonríe.

Cuando con esta mirada abrimos uno de nuestros libros, esos pequeños tesoros de papel y rosas, ya no vemos letras extrañas, sino violines que danzan, nubes serenas, bosques y montañas, ríos y valles, y todo, todo nos parece posible, porque escuchamos la voz de quien lo escribió y sentimos cercana su presencia, la presencia mágica del amigo. Las horas se transforman en oro, en ese oro que hay al final del arco iris.
Y los puentes bailan con la brisa.

Cualquiera me podría decir que todo esto que digo es mentira, pero... soy un soñador, y esta es mi mirada.


Antonio Martín
(2 de marzo, 2010)

sábado, 20 de febrero de 2010

Horas...



¡Horas, ruinas doradas
de mi ayer!
Vengo, dulce,
a sentarme en vosotras,
frente al mar, sobre el valle, bajo el cielo
de mis memorias.

La yerba, parecida
a la otra, porque el sol la transparenta,
me hace llorar. Y el llanto
me inunda el porvenir
y me ahoga en las penas que murieron.

Y es un ahogarme suave,
que me atrae hacia sí, con la ternura
con que atraen las cosas
que dejamos pasar sin ir con ellas,
bajo el cielo, en el valle, por los mares...



Juan Ramón Jiménez (1918)




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- "Autumn Leaves"
- Eva Cassidy

miércoles, 17 de febrero de 2010

Puntos de huida



Hay ciertos lugares especiales a los que me gusta llamar "puntos de huida", porque eso es precisamente lo que siento al verlos. Me parece como si fueran puertas o ventanas de escape hacia otros mundos, como si el tejido de esta realidad tuviera un roto justo en ese punto que estoy mirando.
Casi todos los atardeceres tienen esa particularidad, llevan consigo como un mensaje de llamada, una invitación al viaje y la aventura, pero los puntos a los que me refiero pueden estar en cualquier parte. Puede ser un simple ángulo del tejado, que ha sido tocado por determinada luz, o un rincón entre las sombras por el que nos parece que acaba de pasar un duende...
Cuando veo unos de estos puntos de huida me quedo parado, mi atención se queda fija y siento que estoy ante algo invisible para lo que no tengo palabras, pero que me atrae poderosamente... La foto que pongo aquí de una carretera vacía es muy evidente, y más que un punto es toda una avenida hacia el horizonte, pero da una idea de a lo que me refiero. Y esa misma sensación se puede encontrar entre las cosas más cotidianas, incluso dentro de casa, en el pasillo o en la cocina. Hay muchos puntos de esos diseminados por el mundo, mezclados con cualquier cosa, medio ocultos entre cualquier paisaje cotidiano, por mínimo que sea.
Los llamo "puntos de huida" porque me parece que algo extraño y diferente sucede en ellos, como si esos lugares, grandes o pequeños, no fueran del todo de este mundo... Y porque parecen invitarnos a eso, a huir.
Atractivos brillos en la noche, pasadizos entre la niebla, puertas que nos miran y rincones que hablan...


Antonio Martín
(16 de febrero, 2010)

sábado, 13 de febrero de 2010

La vieja voz dorada



Rebuscando en el baúl me he encontrado con una curiosa página... Resulta que hace unos treinta años, después de leer el Hiperión de Friedrich Hölderlin, obra que me entusiasmó, y aún impregnado de su espíritu, me atreví a escribir yo mismo algo que se le pareciera, aunque fuera desde muy lejos... Ya se sabe que los jóvenes son muy atrevidos, jeje. No se trataba en absoluto de intentar imitarle, sino de dar rienda suelta al sentimiento que entonces me embargaba.
Bueno, pues aquí está la página, que es una breve carta que el poeta Hermann le escribe a su viejo amigo Josef:

En estas tardes soleadas he vuelto a pasear... Por los alrededores del pueblo, entre viejos árboles y acompañado por el susurro de la brisa, he caminado durante horas buscando un poco de paz para mi cansado corazón.
Y llegada la hora del ocaso, ante el hondo respirar de la tierra, ante la inmensidad de su sueño y la riqueza de su silencio, he vuelto a encontrar ese grave sonreír de la naturaleza, esa magia intemporal que otrora fue dueña de mi ser, que me hizo crecer por encima de la indigencia del mundo; esa magia que marcó mi alma con un signo de eternidad y derramó sobre mis labios el sagrado vino de la certeza.

No, amigo mío, no está queda la vieja voz dorada. Sigue viva su antigua canción. ¡Sí! ¡Sigue viva! Pero, ay, tan sólo para aquel que sabe escucharla y tiene aliento en el pecho para cantar con ella. No para mí, que he perdido mi voz y enterrado mi esperanza bajo las arenas del desierto.
He escuchado una vez más la canción que la naturaleza siembra en el corazón de los hombres desde el amanecer del tiempo; y una vez más han visto mis ojos su eterna sonrisa... Pero cuando ha abierto sus brazos maternales y me ha llamado, el demonio que ahora me habita me ha empujado hacia atrás y ha cerrado la puerta.
Y entonces he huido, corriendo por el camino de regreso, avergonzado de mí mismo y de mi sombra...


Creo que sobran los comentarios, son cosas que les pasan a ciertos jóvenes en momentos críticos, cuando sienten que no están en el camino deseado y que algo oscuro les corta el paso hacia esa conjunción entre los sueños y la vida.
Pero, afortunadamente, siempre se vuelve a escuchar esa "vieja voz dorada"...


Antonio H. Martín
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imagen: Caspar David Friedrich (1774-1840)


lunes, 8 de febrero de 2010

Canto de andar


CANTO DE ANDAR

Amanece despacio en las tierras del atardecer
Las nieblas desaparecen con los rayos del sol

Mi amor, mi amor, vamos cara al mar mayor
Mi amada, mi bien, vamos por las tierras del otro lado

Acaricia el silencio y escucha el corazón
Que muchos de tus sueños laten a su sonido

Mi amor, mi amor, vamos cara al mar mayor
Mi amada, mi bien, vamos por las tierras del otro lado

Es tiempo de andar camino y de no olvidar
Que el futuro que ha de venir es lo que has de hacer

Mi amor, mi amor, vamos cara al mar mayor
Mi amada, mi bien, vamos por las tierras del otro lado

Y el sol va silencioso acostándose en el mar
Haciéndonos pequeños con tanta inmensidad

Mi amor, mi amor, vamos cara al mar mayor
Mi amada, mi bien, vamos por las tierras del otro lado


Amence paseniño nas terras do solpor
As brétemas esváense coas raiolas do sol

Meu amor, meu amor, imos cara o mar maior
Miña amada, meu ben, imos polas terras do alén

Acariña o silencio e escoita o corazón
Que moitos dos teus soños latexan ao seu son

Meu amor, meu amor, imos cara o mar maior
Miña amada, meu ben, imos polas terras do alén

É tempo de camiño andar e de non esquecer
Que o futuro que ha de vir é o que has de facer

Meu amor, meu amor, imos cara o mar maior
Miña amada, meu ben, imos polas terras do alén

E o sol vai silandeiro deitándose no mare
Facéndonos pequenos con tanta inmensidade

Meu amor, meu amor, imos cara o mar maior
Miña amada, meu ben, imos polas terras do alén



Luar Na Lubre