Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







viernes, 14 de noviembre de 2014

Con el sabor del viento




    «Siempre he defendido la idea de que un hombre no llega a ser del todo hombre hasta que consigue romper sus lazos afectivos. Liberarse de ataduras y dependencias emocionales de cualquier clase, familiar o amistosa, de afecto a la patria natal o a una ideología. Lazos que contienen galerías de rostros y de paisajes; geografías, banderas, memorias y filiaciones varias con las que se identifica y que conforman y determinan en gran parte su personalidad, su pensamiento y el rumbo de su existir.
    Todo eso está bien para el hombre normal, pueril, que se pasa la vida sin terminar de salir completamente del huevo, pegado a su cáscara o siempre muy cerca de ella, como si ciertos hilos invisibles y pegajosos le impidieran el movimiento. Pero quien tiene el impulso íntimo de seguir el camino, de avanzar hacia la libertad, ese debe dejar primero todos esos lazos, que no son sino una rémora, un peso innecesario y lastrante que ralentiza el paso y hasta puede impedirlo. Encontrar el grial de su propia alma debe ser el horizonte prioritario de quien tenga espíritu de caminante. Y para ello, su principal objetivo debe ser que su caminar tenga el sabor del viento.
    Eso es lo que siempre he defendido. Pero hoy, cerca ya de la vejez, albergo algunas serias dudas al respecto. Porque... ¿seguiría siendo ese hombre, en esa nueva etapa, en ese distinto caminar, un hombre? ¿O sería algo diferente? ¿Continúa siendo humano quien vive sin lazos afectivos de ningún tipo? ¿No vendría a ser esa tierra de libertad algo así como un inhabitable desierto?
    No es así como lo definen los que han llegado a ella, sino como algo cercano al paraíso. Pero yo, caminante rezagado, tengo mis dudas...» 


Alessandro Castelli
(Shine on you crazy diamond - 2008) 

    

    Sigo hablando de las cosas del amigo Alberto Linde, porque últimamente estamos muy en contacto y casi no me deja pensar en otros asuntos. Me llamó ayer por la noche y me contó lo que le había parecido mi anterior relato sobre el debate que presenció en la cafetería y sus pensamientos sobre ello. Me dijo que estaba de acuerdo en todo lo referente a su creencia en el alma, en Saiwala, y con mi forma de exponerlo. Pero que después estuvo hojeando un par de viejos libros y quería comunicarme lo que allí encontró, porque arrojaba más luz sobre el tema... Uno del poético pensador de Bellagio, Alessandro Castelli —que es amigo suyo—, y otro de Gary Zukav (autor del famoso libro sobre física cuántica, The Dancing Wu Li Masters), titulado "The seat of the Soul", de 1989. Y me envió seguidamente en un correo algunos fragmentos de ambos autores. Al primero ya le he citado al principio, y al segundo lo pongo a continuación:
    
    «Los sistemas de baja frecuencia extraen la energía de los de alta frecuencia. Si desconoces tus emociones y tus pensamientos, tu frecuencia descenderá —perderás energía—, como consecuencia de otro sistema de frecuencia más bajo que el tuyo propio. Por ejemplo, de una persona deprimida decimos que se está "secando" o que le están "chupando la energía". Un sistema de frecuencia suficientemente elevada te aliviará, o calmará, o te refrescará como consecuencia del efecto de la calidad de su Luz sobre tu sistema. Un sistema de este tipo es "resplandeciente".»
    «Pensar en el Universo en términos de luz, de frecuencias y de energías dotadas de diferentes frecuencias —en términos que han llegado a sernos familiares debido al estudio de la luz física—, no es sólo metafórico. Se trata de una forma natural y poderosa de pensar en el Universo porque la luz física es un reflejo de la Luz no física.»
    «Las energías que emanan de tu alma poseen el don de la instantaneidad. Aquellas otras que emanan de tu personalidad siguen el camino de la luz física. Por ejemplo, el miedo es una experiencia de la personalidad. El alma puede hallarse confusa y alejada de la Luz, pero no tiene la experiencia del temor. Si el alma experimenta una ausencia de Luz de una parte de sí misma, la personalidad experimentará esta misma ausencia de Luz como temor. El miedo pertenece a la personalidad, y, por tanto, al espacio y al tiempo. El amor incondicional pertenece al alma, es instantáneo, universal y no tiene atadura alguna que lo sujete.»

    Le dije a Alberto posteriormente que, en principio, no veía mucha relación entre estos fragmentos y mi anterior relato sobre la realidad del alma. Es decir, sí había una relación evidente, puesto que ambos autores mencionan al alma, pero no alcanzaba a ver qué nueva aportación daban al tema en cuestión, tal y como quedó expuesto en ese relato. Pero eso fue sólo al principio. Más tarde, cavilando en uno de mis paseos, llegué a ver un guiño de mi amigo en esos fragmentos... Aparte de que en ambos se considera al alma como algo auténtico e indiscutible, las distintas formas en que sus autores abordan el tema vienen a anotar ciertos puntos que tienen que ver con nuestras actitudes personales —la de Alberto y la mía propia—, respecto a la realidad del alma. Puede que mi postura ande más cercana a la del viejo Castelli, el cual, a pesar de su creencia, tiene dudas sobre la humanidad de esa tierra de luz. Quizá debido a estar inmerso en un sistema de baja frecuencia, como apuntaba Zukav. Y también en relación a cierta sombra de miedo... Una especie de vago temor que hace presentir esa tierra del alma como algo vasto y extraño, traspasado por el aire de la soledad y el vacío.
    Nada que ver, según me parece ahora, con la realidad. Es el mismo Zukav quien expresa la superación de esa sombra, cuando dice aquello de que «el amor incondicional pertenece al alma, es instantáneo, universal y no tiene atadura alguna que lo sujete». Lo que viene a responder lúcidamente a Castelli. No se trata, pues, de convertirse en un ser, de alguna forma, inhumano, porque quien llega a esa dimensión del alma no entra en un mundo "desafectivo" y frío, sino que, muy al contrario, amplía su afectividad a un nivel superior. Es decir, rompe claramente sus lazos afectivos, sus dependencias emocionales, como defendía Castelli, pero sólo en lo atinente a su personalidad, no en cuanto al alma; donde esos afectos cobran un color nuevo y muy distinto, transformándose en un sentimiento libre de ataduras que nada tiene que ver con egoísmos, deseos y afanes de propiedad. Es adentrarse, incluso, en un "más allá" del espacio y el tiempo, en un sistema de alta frecuencia, de "luz no física" —como dice Zukav—, en el que lo que funciona es la instantaneidad

    Soy consciente de que este texto que escribo no parece en absoluto un cuento. Y quizá no lo sea... En cualquier caso, me ha ayudado a que esta noche —gracias al amigo Alberto— mi caminar se acerque a tener algo de ese "sabor del viento" que mencionaba Alessandro Castelli. Y con eso me doy por satisfecho. La sombra del miedo ha huido lejos esta noche.
    Mañana le pediré a mi amigo que me envíe una copia de aquella acuarela, la que pintó después de meditar sobre el alma, sobre Saiwala, en la que aparecían, sobre una rama de roble con fondo de amanecer, un mirlo y una mariposa de alas azules. Quiero verla, y tenerla ante mi mesa cuando escriba el próximo cuento, que ya está tomando forma ahora mismo en mi mente, acariciado por el ensueño...   


Antonio H. Martín 
(14 de noviembre, 2014)

                  
                
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imagen: de El Hobbit - Un Viaje Inesperado
música: Your Song - BSO de "Moulin Rouge"
intérprete: Ewan McGregor
autor: Elton John

viernes, 7 de noviembre de 2014

Saiwala




SAIWALA*

(Realidad del alma)


«Nada impide a la especulación intelectual ver en la psique un fenómeno bioquímico complejo, reduciéndola así, en último término, a un juego de electrones, o, por el contrario, decretar que es vida espiritual la aparente ausencia de toda norma que reina en el centro del átomo.»

«Hoy, no es la fuerza del alma la que edifica un cuerpo, sino que, al contrario, es la materia la que, por su quimismo, engendra un alma. Este cambio radical haría sonreír si no fuera una de las verdades cardinales del espíritu de la época. Pensar así es popular; y, por tanto, decente, razonable, científico y normal. El espíritu debe ser concebido como un epifenómeno de la materia. Todo contribuye a esta concepción, incluso cuando en lugar de hablar de "espíritu" se dice "psique", y en vez de "materia" "el cerebro", "las hormonas", "los instintos", "las pulsaciones". El espíritu de la época se niega a conceder una sustancialidad propia al alma, ya que, a sus ojos, ello sería una herejía.»

«Según la vieja concepción, el alma representaba la vida del cuerpo por excelencia, el soplo de vida, una especie de fuerza vital que, durante la gestación, el nacimiento o la procreación, penetraba en el orden físico, espacial, y abandonaba de nuevo el cuerpo moribundo con su último suspiro. El alma en sí, entidad que no participaba del espacio pues era anterior y posterior a la realidad corporal, se encontraba situada al margen de la duración y gozaba prácticamente de la inmortalidad.»


Carl Gustav Jung
(Los complejos y el inconsciente - 1944)



    Esa mañana le sucedió al amigo Alberto Linde el encontrarse en una cafetería en medio de un pequeño debate sobre la realidad o irrealidad del alma... Eran tres hombres apoyados en la barra, cada uno con un pensamiento diferente sobre el tema, o, mejor dicho, con un lenguaje distinto referente a la misma cuestión; la cual, por otra parte, se les escapaba sin que se dieran cuenta, encerrados como estaban en sus limitadas ideas. No era, en absoluto, un tema habitual. Así que Alberto prestó un poco de atención.
    El primero, Javier, defendía su postura con un claro y definitivo idioma racionalista, argumentando que conceptos como "alma" y "dios" eran sólo combinaciones químicas elaboradas por el cerebro, secreciones glandulares o movimientos neuronales que creaban una ilusión en nuestra mente. Y exclamaba, muy convencido: «¿Qué os hace suponer que Dios valore más al ser humano que a una cucaracha o a una rata, que supuestamente también son creación suya?». Con lo que venía a significar que si ese Dios existía, más allá de nuestra mente, no era una entidad particularmente favorable al ser humano, sino alguien (o algo) amorfo e impersonal. Lo suyo era el típico discurso racional y escéptico de que todo provenía de una extraña y anómala conjunción del azar, y que nada tenía en realidad sentido. Incluyendo, por supuesto, en este círculo de absurdo a la creencia en el alma; la cual no era para él más que una alucinación de la mente, que tenía su origen en el miedo que experimenta el ser humano ante el abismo de ese mismo absurdo.
    Quien estaba a su derecha en la barra, Pancho, que era el más ingenuo respecto a este tema, decía que se conformaba con los sentimientos religiosos que encontró en su infancia; con su elemental devoción por la Virgen del Carmen, o algunos santos como Pantaleón o Francisco de Asís. Y recordaba, enfáticamente, que el día de su comunión en la iglesia se emocionó y estuvo a punto de llorar. Lo cual para él era signo inequívoco de que ahí había algo... Dando a entender, a continuación, que si todo eso era mentira y que tras sus queridas imágenes no había nada sustancial, el mundo se le hacía pedazos, se le derrumbaba, y que la vida entonces no tendría para él ningún sentido.
    El tercero, Gabriel, no estaba de acuerdo con los argumentos del primero y, como creyente, defendía la existencia tanto del alma como de Dios, pero sin saber explicarlo con nitidez. Se limitaba a apuntar que esas cuestiones eran "milenarias"... Con lo que para él tenían el suficiente peso específico como para no dudar de ellas.
    Alberto, por el contrario, sólo escuchaba. No estaba dispuesto a entrar en el debate porque, a pesar de que el tema le interesaba, ya conocía de sobra ese tipo de discurso racional y negativo del primer contertulio, y sabía bien que enfrentarse a él sería como hablar con una pared. Se limitó a decir en algún momento que todo se reducía a una visión distinta, a sintaxis o lenguajes diferentes, pero que en el fondo la mente humana, por mucho que se esfuerce, era incapaz de resolver esos enigmas; lo que no les restaba autenticidad. Añadiendo a continuación, con suavidad, que él creía en la existencia del alma. Aunque sin dar, tampoco él, una explicación del fenómeno. Entre otras cosas, porque no sentía en absoluto la necesidad de hacerlo.
    Y mientras escuchaba, entre interesado y ausente, recordó una escena de la juventud de Hermann Hesse, cuando iba caminando por el campo con un amigo y se encontraron ambos, al subir un monte, con la visión de un precioso atardecer. Hesse comentó entonces a su amigo algo sobre la belleza y el sentido de esas luces del ocaso, y el amigo dijo a su vez que aquello era sólo «un simple efecto estético». A partir de ese momento, Hesse decidió que continuarían el camino por separado. Quizá porque no quiso seguir caminando junto a una sombra tan distante, que no iba sino a estropearle el goce del viaje. 
    Y pensó también Alberto, ante el humeante café, en aquello de que siempre se vive en relación a alguien o a algo... Entendía lo de que la creencia en el alma podía proceder de una necesidad humana, de una respuesta ficticia de la conciencia ante el vértigo del abismo. Un pensamiento que ya había apuntado hace mucho tiempo Nietzsche en su Zarathustra. Pero también que la soledad puede ser externa pero nunca interna, porque se convertiría entonces en soledad absoluta. En el primer caso es difícil, incluso dolorosa a veces, pero soportable; en el segundo, es imposible, porque transforma a la propia existencia en algo vacío, que no se puede vivir. Alberto había probado ese primer aspecto de la soledad y, en algunas ocasiones, también el segundo. Pero fueron éstas ocasiones cortas en el tiempo, pasajeras, porque, afortunadamente, siempre volvía a sentir una compañía interior que le salvaba del abismo. Y esta compañía no era otra que la de su alma... Es decir, la parte luminosa del ser, que está en contacto directo con el espíritu, con la magia, con el misterio de la vida.              
    Ante esta creencia, que consideraba más bien como presencia (sobre todo en sus viajes al país del sueño, pero también en ciertos momentos particularmente despiertos del día), no pensaba Alberto en la inmortalidad en un sentido amplio (como en la vieja concepción que apuntaba Jung), pero sí en otro menor, aunque igualmente importante. Creía, efectivamente, que este alma sobrevivía, de alguna forma inexplicable, a la muerte del cuerpo, y que al menos una parte esencial de la conciencia continuaba su viaje por el infinito. Era una convicción que no se atenía a razones, un conocimiento intuitivo; y le daba exactamente igual que este "saber" emanara de una combinación química producida por su cerebro. Porque, en última instancia, la misma materia participaba de ese misterio. Le parecía que ésta era, como decían los antiguos, «una condensación de la luz», significara eso lo que significara, en términos científicos o filosóficos. 
    Se trataba de estimaciones netamente personales, sin ninguna categoría científica, que entraban difusamente en el terreno de la metafísica. Era consciente de ello, no se engañaba sobre eso. Pero ninguna teoría, vieja o nueva, le iba a hacer cambiar en cuanto al valor de esas estimaciones; precisamente por el hecho de ser personales, muy personales. Lo del alma era un sentimiento, y Alberto, afecto a los sueños, era esencialmente un sentidor. Lo de pensar y razonar sobre el tema se lo dejaba a los otros. No le interesaba lo más mínimo ese tipo de especulaciones. A él le bastaba con su sentir. Pero le resultaba curioso, sin embargo, observar cómo cada uno intentaba aproximarse a su manera a algo que para él era incuestionable. Aunque uno de ellos lo hiciera desde la negación más absoluta, intentando más bien alejarse.    
    
    Por supuesto que Alberto no dijo nada de esto, por lo que apunté al principio de que no quería entrar en un diálogo sin futuro, y mantuvo una actitud de mero observador, limitándose a sonreir de vez en cuando y a mover ligeramente la cabeza, negando o asintiendo, según las palabras que en ese momento danzaran en el aire. La conversación duró aún un rato más, pero sin aportar nada nuevo. Los tres hombres soltaban parrafadas diferentes cada vez, pero siempre insistiendo en lo mismo, sin ceder ni un ápice en sus convicciones. Es decir, una especie de diálogo entre sordos. Lo último que llegó a oír, de boca del primer contertulio, era que todo aquello eran simples "chorradas" que no tenían consistencia alguna... Con lo cual parecía quedar todo dicho, pero sin decir nada en realidad. Y después de casi una hora de conversación, a veces intensa, los tres hombres se fueron, cada uno por su lado, llevando consigo los mismos pensamientos que tenían antes del pequeño debate.       
    Alberto se quedó todavía unos minutos más ante la taza de café vacía, sonriendo interiormente. Nada de lo que allí se había dicho había conseguido tocarle. Quizá su convicción era algo extraño que no podía defenderse con razonamientos, pero se trataba, asimismo, de algo inherente a su propio ser. A pesar de cierta intercadencia en su vida afectiva y cotidiana, había cosas que, afortunadamente, eran inmutables.  
    Luego salió a la calle, pero en lugar de comenzar otro de sus habituales paseos hacia las afueras del pueblo, se dirigió hacia su casa. Y una vez allí se le ocurrió buscar en el maestro Jung alguna acertada definición sobre la realidad del alma. Y la encontró, fácilmente, en el glosario que figura al final de su libro de memorias. Después de leerla lamentó una vez más el no poder tener cerca al doctor Jung, para darle un amistoso abrazo, o al menos un cordial apretón de manos. Porque aquello era mucho más que una simple definición, más o menos erudita; era toda una gema fulgurante que iluminó de un modo singular el cielo de aquella gris y lluviosa mañana de otoño: 

    «Si la psique del hombre es algo, es indescriptiblemente complicada y de una complejidad ilimitada que no se puede abordar con la mera psicología de los impulsos. Yo no puedo menos que quedar absorto en el asombro y veneración más profundos ante los abismos y alturas de la naturaleza del alma, cuyo mundo inespacial oculta una cantidad incalculable de imágenes, que millones de años de evolución vital han acumulado y condensado orgánicamente. Mi consciencia es como un ojo que incluye en sí al espacio más lejano, pero el No-Yo psíquico es lo que llena el espacio inespacialmente. Y estas imágenes no son pálidas sombras, sino condiciones anímicas de poderosa influencia, que sólo interpretamos mal, pero que nunca podremos usurpar por la negación de su poder. Junto a esta impresión quisiera yo poner la visión del cielo estrellado por la noche; pues el equivalente del mundo interno sólo se encuentra en el externo, y del mismo modo que alcanzo este mundo a través del médium del cuerpo, alcanzo aquel mundo por el médium del alma.»

    Precisamente era a su alma a quien hablaba el pájaro del sueño, en esas raras noches en vela en que aparecía en la abierta ventana. Sí, a su pequeña alma individual, a esa silueta de luz invisible, pero ciertamente perceptible, que a pesar de sus límites estaba tocada por los filamentos y las ondas del universo. Esa alma suya que, como todas, guardaba celosamente en su interior una pequeña porción del misterio de lo infinito. Una presencia que no podía demostrar ni explicar, pero que sentía, sin lugar a dudas. Sobre todo en los momentos más lúcidos y sensibles, esos en lo que parecía establecerse una corriente más nítida y fluida entre la consciencia y lo inconsciente.
    Que esto pudiera explicarse desde un punto de vista material, mediante argumentaciones psicológicas o físicas, a Alberto le era absolutamente indiferente. Ninguna explicación del tipo de que todo ello se genera en complejos procesos bioquímicos restaba lo más mínimo a la autenticidad del alma. Y si se decía aquello de que el alma era sólo una invención de la mente, que procedía de una lógica necesidad psíquica fundamentada en el miedo a la muerte, o, dicho de otro modo, que estaba meramente originada por esa especie de carencia afectiva que sienten los encogidos o timoratos ante la soledad y el aparente sin-sentido del universo, esto no constituía un argumento en absoluto convincente para Alberto Linde.   
    Quizá se pudiera decir que la fe del amigo Alberto, el caminante de sueños, en su querida Saiwala era inamovible. Pero no lo veía él de esa manera. No era un asunto de fe. Al igual que no es necesario creer en la existencia del aire. Sólo hace falta respirar para darse cuenta de que es real. Y Alberto respiraba el aire del alma con cierta frecuencia...

    Más adelante, en el transcurso de esa mañana, recordó Alberto otra de las frases "contundentes" de aquel contertulio llamado Javier. Que dijo, hacia el final de aquella conversación de café, eso tan típico de que... «¡Desengañaros! ¡Más allá de la muerte no hay nada! ¡Nos morimos y se acabó!». Según parece, pensó Alberto, a este tipo de personas le resulta del todo indiferente que la existencia se reduzca a un intervalo de años entre el nacer y el morir, porque no por ello el tal Javier resultaba ser alguien triste o amargado, sino más bien lo contrario. Con lo que se entiende muy bien —siguió pensando Alberto— el que no crea, o no quiera creer, en la existencia del alma. ¿Para qué? ¡No lo necesita!
    Y eso le llevó a Alberto a pensar asimismo en si él sí tenía esa necesidad... ¿Hacía por fin aparición la sombra de la duda?... Pero no, volvió a insistir, no se trataba sólo de una necesidad sino de una realidad palpable, tanto como la presencia del mismo aire. Y además, a pesar de su creencia en una cierta supervivencia del alma, no había una relación directa entre su existencia y el asunto de la muerte. El alma era algo auténtico, evidente para su sensibilidad, pero no porque eso garantizara una trascendencia de lo consciente e individual más allá de la frontera de la muerte. Alberto no podía negar la existencia del alma, como no podía negar la existencia del aire, de la tierra o del agua. Era así de sencillo. 
    Y se repitió a sí mismo una vez más: «Si esto es sólo una ficción de mi mente, si todo se reduce a un proceso químico, sin realidad objetiva fuera del cerebro, entonces mis viajes al país del sueño también están hechos de esa tela... Pero ¿qué importancia tendría eso? En ese caso, yo mismo estaría también hecho con esa sustancia. Así pues, todo lo que para mí es importante sería algo irreal, y yo solamente sería una invención, una fábula, y mi vida tan sólo un viaje alucinado por los senderos de un cuento de hadas...»
    
    Estaba claro que al amigo Alberto seguirían fascinándole los multicolores brillos del atardecer; en los que veía, como a través de una mágica ventana, vagas figuras e imprecisos paisajes que le evocaban a sus amadas incursiones en el país del sueño. Así como también la visión de la luna y las estrellas, en las noches claras en que el viento susurra suavemente por entre los árboles dormidos. Y seguro que nunca admitiría junto a él a nadie que, como una sombra, le pudiera decir aquello de que se trataba de «un simple efecto estético». 
    Por la tarde, después de que parase la lluvia, salió por fin a dar su paseo reflexivo y solitario hacia las satinadas colinas del horizonte. Y antes de salir del pueblo, vio a cierta distancia a aquel contertulio escéptico que negaba la existencia del alma. Se saludaron desde lejos con la mano. Era un buen hombre, simpático, culto y afable. Y en el instante siguiente, según se iban separando, cada uno hacia un destino diferente, le pareció a Alberto, al volver la mirada, que veía una extraña luminosidad sobre su figura... Quizá un destello de su alma, que, efectivamente y aunque él la negara, caminaba unida a su cuerpo, como una rara sombra ambarina y translúcida. O así quiso verlo.
    Y al regresar a su casa, horas después, a la vieja y algo destartalada cueva cuyas piedras decimonónicas ocultaban su personal tesoro de cuadros y libros, ya cerca del anochecer, Alberto tuvo el inesperado impulso de coger los pinceles... Hacía tiempo que no pintaba. Encendió la lámpara de mesa y se dispuso a crear una pequeña acuarela, sin tener claro qué es lo que quería pintar. Poco a poco, mientras la enigmática noche se iba acercando, lenta y silenciosa, y empezaba a asomarse con curiosidad por el ventanal, sobre el granulado papel fue apareciendo la imagen de una rama de roble con un fondo leve y lejano de amanecer. Posado en ella se veía a un mirlo que parecía estar cantando, por tener su anaranjado pico abierto; y cerca del extremo de la rama, medio oculta entre las hojas, revoloteaba una mariposa de alas azules.  



Antonio H. Martín 
(7 de noviembre, 2014)



                

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(*) Saiwala = alma, en gótico
imagen: de National Geographic
música: Lavender Shadows - Michael Hoppé

lunes, 27 de octubre de 2014

Con la sonrisa...



«Vera ars velat artem»

    Venía con la sonrisa puesta, igual que hace cinco años, cuando la vio por primera vez. Una sonrisa clara y abierta, luminosa, con destellos de no sabía qué lejana y fantástica dimensión, como si fuese un hada que se hubiera escapado del bosque del paraíso, cruzando la nebulosa frontera de crepúsculo que separa ambos mundos. Alberto Linde la reconoció en seguida, como en aquella antigua mañana, entre la multitud de difusas siluetas que pululaban por la estación. Se acercó, como entonces, seguro de sí mismo y de quien tenía enfrente y, según un antiguo saludo que aprendió en su juventud, le puso una mano suave sobre el hombro y le dio un par de besos en las mejillas. Igual que hizo aquella primera vez. Y ella, quizá asombrada por ese clásico saludo, ya pasado de moda, se rió, como también entonces. Y en su risa, volvió él a reconocer íntimamente a la amiga del alma que el aire del destino había cruzado en su camino hace tiempo. 
    En esa populosa estación, entre las muchas siluetas que circulaban casi invisibles e inaudibles por las galerías, inánimes figuras de museo que se difuminaban fuera de su círculo de atención, sintió que volvía a soplar aquella brisa de otoño del otro tiempo, esa brisa que parecía cambiar el ritmo de las horas y que introducía en la atmósfera un azul inesperado, encantado y profundo. Una rara y amada música que se superponía a cualquier otro sonido y que, de alguna manera, transformaba el universo. Esa magia inefable que, como la piedra áurea de la alquimia, convertía a la vulgaridad en algo singular, logrando la imposible conjunción de los contrarios, haciendo de puente embrujado y disipando la niebla de la distancia entre los mundos...
   
    Tres cosas habían sucedido en el día anterior. En primer lugar, había leído en el periódico ese precepto clásico de «Vera ars velat artem» (el arte verdadero oculta el artificio), y había tenido que reconocer que su arte no era tal, y que él no tenía que esconder ningún artificio, porque no lo había. Sus escritos y sus pinturas no eran arte, sino sólo la expresión mínima pero sincera de su vieja voz de caminante. Era la música de su alma, que intentaba volcarse en palabras y en imágenes, no por querer crear arte sino por dar forma a lo que se movía en su interior. Una galería poblada de múltiples figuras sombrías, opacas, o iridiscentes y alegres (según el aire que era capaz de respirar, según la luz que era capaz de ver) que necesitaba salir a la luz de la consciencia.  
    Luego, en segundo lugar, se dio cuenta de que había conseguido cumplir uno de los sueños de su infancia: vivir en Disneylandia. Pero el problema, según reconoció muy poco después, era que hacía casi cincuenta años que Disneylandia había dejado de interesarle... No es que viviera exactamente en Disneylandia, pero el pueblo donde habitaba ahora se parecía mucho a una especie de parque de atracciones (aunque no tuviese atracción alguna). Casi todos los días venían gentes desde muy lejos para visitarlo, y se pasaban muchas horas pateando sus calles, en parejas o en grupos. Y en sus paseos solía oír Alberto comentarios del tipo de... «¡Pero qué bonito es este pueblo!», «¡Me encanta! Es tan tranquilo...», «¡Mira que escudos nobiliarios hay en esas casas; son del siglo XVIII!.», «¡Pero has visto qué flores tan preciosas!»... Y hacían fotografías continuamente, como quien está visitando un museo, o como si fuesen pueriles nipones acaparadores de datos. Más tarde observaba, continuando su paseo, que esos viandantes, ya algo cansados de no encontrar por ninguna parte el Mont St. Michel ni nada parecido, buscaban un sitio donde descansar y solían parar en la única terraza pública que había en el casco viejo. Justo donde él vivía. Y ahí se pasaban largas horas comiendo, bebiendo y conversando ruidosamente, entre risas y gritos infantiles sin control alguno. Con lo que se le hacía imposible, durante el día, entrar en su casa, para leer, escribir, pintar o simplemente echarse una siesta. Porque el murmullo de las voces se asemejaba a una estridente cascada.     
    No, en realidad no era Disneylandia, pero tenía muchas similitudes. Por todas partes se veían Mickey Mouses y Minnies casi a diario, sobre todo los fines de semana. Y también había llegado a ver al jocoso Goofy, al avaro Tío Gilito, al Pato Donald, y a sus sobrinos, a Pinocchio, y a su padre, en incluso al perro Pluto y a los gatos Fígaro y Lucifer... Así que si no era propiamente ese parque californiano, floridano o parisino del emporio Disney, se le parecía mucho. Sin embargo, y a pesar de no interesarle ya desde hace tiempo, echaba de menos que en este "parque" no se encontrase ninguna Blancanieves, ninguna Cenicienta, ninguna Aurora ni ninguna Bella (sobre todo ésta última). Sólo estaban las madres de los sobrinos de Donald (que ya no eran tres sino muchos más) y las centenarias abuelas de los siete enanitos. Pero quizá era porque no había sabido mirar con la suficiente atención...
    Y por último, ya por la noche, había ocurrido algo un tanto singular. Iba ya a retirarse, aprovechando que el gentío había desaparecido, cuando vio que el dueño del mesón, el de la terraza de marras, se disponía a barrer el suelo de todos los sucios vestigios turísticos. Pero le encontró sentado en una silla, con evidentes signos de cansancio, y, inopinadamente, se ofreció Alberto a hacer él esa labor. El buen hombre lo rechazó al principio, pero Alberto insistió y entonces cogió el cepillo y el recogedor y estuvo barriendo tranquilamente durante cerca de media hora, sin que se le cayeran los anillos (porque no tenía ninguno), dejando aquello casi como una patena. Y le gustó mucho hacerlo. No sólo por sentirse útil, sino también porque con ese sencillo acto fue consciente de que estaba barriendo otras cosas... Su aborrecimiento, su animadversión y su hastío hacia esa gente ruidosa, que caminaba por el mundo como si fuese un parque de atracciones. Y con ello, barría asimismo su pesar.
    Comprendió esa noche que lo que él llamaba «el contramundo» nacía de su propia actitud, de su reacción, de su queja continua, del enclaustramiento en que se había recluido. Un encierro que quería ser defensa y refugio, pero que no hacía sino asfixiarle. Barrer esa terraza fue como barrer toda esa basura, la de fuera y la de dentro, y después de hacerlo sintió que cambiaba el color del aire, que un nuevo preludio despuntaba en el horizonte. No sabía de qué se trataba, no era adivino, pero la sensación era de alivio. Quizá, sin pretenderlo, con una simple escoba, se había despojado del peso de la nada...

    Una vez más, el amigo Alberto me cuenta sus cosas y me pide que las escriba. Bien podría hacerlo él mismo, pero confía más en mi modo de escribir. No por una diferencia evaluable de estilo, sino por otras cuestiones. Tal vez porque sabe que le conozco bien, porque hay una buena sintonía entre los dos (que tenemos a veces experiencias similares) y porque intuye que cualquier hecho se ve mejor desde la visión distante y cercana del amigo. Y, según me ha dicho en más de una ocasión, porque al leer en mis letras sus propias vivencias, las ve con más claridad y las vive de otra manera... No sé qué pensar al respecto, pero me gusta relatar sus cosas.
    Sobre lo que narraba al principio, de ese encuentro en una estación... el señor Linde, una vez más, no ha querido añadir más detalles. No me hacen ninguna gracia estos silencios suyos, estos lapsos que te dejan un poco a la intemperie, con un sabor agridulce en la boca, como si la película se hubiera roto por la mitad o se hubiese ido la luz por una repentina tormenta. Pero, en fin, conociéndole como le conozco, seguro que más adelante me dirá algo más. No creo que lo haga por jugar al escondite conmigo (tratándose de mí no tendría ningún sentido). Quizá es porque se trata sólo de otro de sus sueños, y necesita tiempo para evocarlo bien, para asimilarlo y, de alguna forma, revivirlo. En todo caso, me quedo con esa imagen de que, fuese quien fuese, venía con la sonrisa puesta... 


Antonio H. Martín 
(27 de octubre, 2014)



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imagen: de Beauty and the Beast - Walt Disney Productions
música: Green Waves - Secret Garden

lunes, 20 de octubre de 2014

El peso de la nada



    Hay ocasiones en las que aun cuando uno pudiera caminar por el mismísimo paraíso no se daría cuenta practicamente de nada y, en consecuencia, todos sus tesoros y bellezas pasarían desapercibidos. Toda su magia sería sólo una bruma anodina, vacía y sin apenas presencia. Porque en esas ocasiones se ha perdido la visión y la sensibilidad...
    Son rachas sombrías que nublan e incluso llegan a cegar. No se trata de cargar en exceso las tintas ni de dramatizar (nunca ha sido ese mi ánimo), pero he de reconocer que en esos momentos resulta muy difícil ver luz alguna sobre el camino. Intenta uno mirar hacia el horizonte, con el deseo de ver más allá del área gris en que se encuentra, pero ese horizonte no es visible. Estará por ahí, lógicamente, más cerca o más lejos, con una linealidad recta, quebrada u ondulante, pero al no poder verlo es como si no existiera. Todo se vuelve distancia y lejanía. Una distancia vaga e imprecisa en la que uno deja de tener contacto con los seres y las cosas, en la que las voces pierden su sonido y se hunden, inexplicablemente, en un profundo y agobiante silencio. No porque dejen de ser voces, sino porque carecen de sentido. Es como tocar las frías y oscuras manos de la nada. Como respirar un aire sin oxígeno, como beber un agua espesa que no puede saciar la sed.
    En momentos así, cualquier música se transforma en ruido, cualquier presencia en un bulto molesto que interrumpe nuestro caminar, cualquier saludo en un insulto, cualquier risa en un gesto de burla y cualquier recuerdo en una tristeza. 
    Quizá no tenga sentido hablar del peso de la nada. Pero aunque no sepa explicarlo... la nada pesa. 
    Son sólo ocasiones, que pueden durar minutos, horas, días o incluso semanas, pero ocasiones tan sólo. Que mañana se irán, como una fiebre, como una niebla, como una ceguera transitoria, como un paseo por la noche más oscura, sin luna y sin estrellas. 
    Mañana...
       

Antonio H. Martín 
(20 de octubre, 2014)




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música: Edward leaves - Alexandre Desplat
álbum: New Moon

jueves, 16 de octubre de 2014

Vita nuova



«Te quiero como para invitarte a pisar hojas secas una de estas tardes. Te quiero como para salir a caminar, hablar de amor, mientras pateamos piedritas. Te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles. Te quiero como para ir contigo a los lugares que más frecuento, y contarte que es ahí donde me siento a pensar en ti. Te quiero como para escuchar tu risa toda la noche. Te quiero como para no dejarte ir jamás. Te quiero como se quiere a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás.»

Jaime Sabines


    Después de leer este cariñoso poemita del mexicano Sabines, Alberto Linde se volvió a mirar a la luna, que ya perdía su plenitud y entraba en cuarto menguante, y reflexionó sobre si estos versos tenían que ver con él... El caso es que había algo en ellos que le provocaba cierta resonancia, pero no acertaba a precisar qué era en concreto. Puede que esos simples versos enlazaran con algún recuerdo, pero no sabía con cual. ¿Quizá con su amiga lejana? ¿O tal vez con quien fue su mujer durante muchos años?... No lo sabía. Hacía tiempo que estaba volcado en sus sueños, y para Alberto estos formaban un mundo aparte, separado de la realidad y de su historia. Con lo cual, historia y realidad se habían vuelto algo difuso, medio borroso, que era difícil definir, que era difícil reconocer, con un perfíl impreciso, fluctuante, que rozaba lo irreal. 
    Andaba ya avanzando, con pasos lentos pero seguros, el mes de octubre, pardo y gris. Era otoño, su estación preferida, pero no era muy consciente de ese hecho. Había notado la caída de las hojas, y ya había pisado algunas, pero sin sentir aquella sensación de antaño. Se veía claramente un cambio de tonalidad en el azul del cielo, que era ahora como más profundo, pero tampoco se había parado Alberto a pensar en lo que eso significaba.
    Volvió entonces al poema: «te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles». Le hacía gracia ese verso, le gustaba mucho, pero no sabía bien por qué. Su vida de ahora era nueva, distinta. No había ningún lazo con el pasado. Los recuerdos eran como las imágenes que uno ve en un museo, una galería de cuadros que se recuerdan sólo a medias. Y, en todo caso, cuadros que habían pintado otros, imágenes que se correspondían con otras vidas, que no eran la suya.  
    Fuera del mundo de sus sueños, Alberto solía caminar muy a menudo. Le gustaba «pasear sin prisa las calles», pero tenía problemas a la hora de reconocer ciertos signos. Como si algo se le hubiera roto por dentro, o le hubiese cambiado. Y a veces tropezaba con alguna sombra... No todas eran iguales. Las había duras y frías, y con estas era con las que chocaba algunas veces, aunque no pudiera entenderlo. Sin embargo, había otras que le gustaba acariciar. Sombras aterciopeladas, o sedosas, en las que le apetecía demorarse un tiempo, porque se encontraba a gusto en su interior, como si fueran amigas. Pero, al igual que el beso tiene un fin en sí mismo, que no va más allá del límite de unos pocos segundos, a esas sombras también había que dejarlas, si no te dejaban ellas antes... Parece que todo había que dejarlo alguna vez. Porque siempre había un final para cualquier historia.    
    Efectivamente, su vida era nueva. No había ningún lazo con el pasado. Vivía en otro mundo, conocía a otra gente. Las caras y las voces eran otras. Pero algo sí reconocía en este fluir del río del tiempo... A pesar de los cambios, de fuera y de dentro, se reconocía a sí mismo como el protagonista de la historia. Y los colores y los sabores, los sentires y pensamientos, las vibrantes imágenes y los sonidos que una vez vivieron y fueron intensamente vividos conservaban su fuerza. En cualquier caso, le había gustado ese simple poema de Sabines, que le había hecho recordar que en su vida había existido eso que llaman amor. Esa aventura envuelta en caricias, besos y misterio. Ese enigma maravilloso que parece conjugar todo un mundo.  
    No sabía si esa historia tenía o no sentido, más allá de sus sueños, pero era la suya. Y eso se merecía un abrazo, y quizá también un beso... De esos que nunca se lleva el viento, porque son para siempre; de esos que saben a luz de luna y brillan como las estrellas. Luz tenue y lejana, pero que acompaña en la soledad de la noche... 


Antonio H. Martín
(16 de octubre, 2014)



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música: The Parting - Michael Hoppe (1986)
intérprete: Vangelis  

sábado, 4 de octubre de 2014

Más allá del circo...




«Hay un punto de sabiduría más allá de los conflictos de ilusión y verdad, gracias al cual las vidas pueden volver a unirse.»

Joseph Campbell


    De joven tenía el deseo de comprarme una cámara réflex con teleobjetivo, con la intención de hacer cierta clase de fotografías. Después de mirar a los diversos horizontes con unos recién adquiridos prismáticos, me parecía que con esa cámara podría captar imágenes impresionantes, casi maravillosas, del mundo en que vivimos. Imágenes que darían una visión diferente de este mundo. No llegué nunca a tener esa cámara, pero me quedó la aficción de mirar a los paisajes por encima de los bajos niveles de la realidad. Con nada que suba un poco la vista, pensaba, veo una dimensión mucho más bella e interesante del mundo; y esa visión es la que de verdad me atrae. No es por eso por lo que soy un amante de alturas y lejanías, pero he de reconocer que aquellos prismáticos me acercaron a una estética más acorde con mis más íntimos anhelos. 
    Ayer, en uno de mis habituales paseos por el pueblo, oí que se acercaba un vehículo por detrás con la música a todo volumen. Una música de pachanga, fiestera. Y pensé que, siendo viernes, se trataría de uno de esos jóvenes que van por ahí circulando con su "pam-pam, bum-bum, chunda-chunda", que es el ruido que se lleva ahora, y que parece ser su seña de identidad. Con ella van pregonando que son felices, que les encanta el mundo tal como es, que tienen dinero, que son muy majos y que buscan mujer y diversión... En fin, un idiota más. Pero cuando el vehículo me sobrepasó, después de abrirse el semáforo, vi que se trataba de un camión, y no de uno cualquiera sino del que iba promocionando la función de circo que se iba a celebrar el día siguiente. El remolque se componía de un par de jaulas, y en ellas había dos tigres... Dos hermosos tigres, presos, encerrados y privados de su vida natural. Condenados por el ser humano a servir de distracción, a rellenar el tiempo vacío de la gente normal, profundamente aburrida, que necesita continuamente de estímulos y diversiones. Porque si no se ahogan en su propia miseria... 
    Me dolió la imagen. ¿A dónde va este mundo? ¿Qué es este mundo? La imagen no era nueva, en absoluto, pero uno nunca se acostumbra a esos bajos niveles de realidad, así pasen cien años. Hay cosas que rechinan, que triscan y crujen brutalmente para ciertas sensibilidades, y la mía es de esas. ¿Qué se puede hacer? No se me ocurre ahora nada. Excepto seguir buceando en los libros, mirar con afecto al cielo del atardecer, a la luna y las estrellas, y perderme después en los buenos sueños. Pasillos y galerías con encanto que nos hablan de otros niveles de la realidad, aunque rocen o incluso entren de lleno en la fantasía. Y quizá, algún día, me compre por fin esa cámara con teleobjetivo. Más que nada, para tener recuerdos visibles de esos otros niveles. Para no olvidar nunca que existen y que gracias a ellos podemos tener la sensación de que, a pesar de todo, este mundo merece la pena. 
    Coincide además que hoy es la onomástica de Francisco de Asís, e imagino que a él, como a mí, le gustaría liberar a esos pobres tigres y devolverles su dignidad natural. ¿Qué sería entonces del circo? No tengo ni idea, pero estoy convencido de que el valor de la vida y del mundo pasa ineludiblemente por cruzar primero una frontera, la que va más allá del circo... 


A. H. Martín 
(4 de octubre, 2014) 

       

domingo, 21 de septiembre de 2014

Transitoriedad




Vinieron entonces al anochecer, y encontraron a Juan planeando, pacífico y solitario en su querido cielo. Las dos gaviotas que aparecieron junto a sus alas eran puras como luz de estrellas, y su resplandor era suave y amistoso en el alto cielo nocturno.

Richard Bach


    Se aventuró Alberto esa mañana de septiembre a pasear por la vieja calle, donde había vivido en otro tiempo. No era su intención ver ni recordar nada, sólo lo hizo por cambiar un poco su ruta diaria y porque en esa parte de la ciudad se celebraba esa mañana una feria en la que podría ver animales, como hermosos caballos y lustrosas vacas, además de ovejas y cabras montesas. Animales domesticados, sí, encerrados en pequeños prados y en corrales, pero cuya mirada aún conservaba en cierta medida la luz de lo salvaje. Le pareció más interesante que ver a la gente de todos los días, porque aunque no estaba harto de la vida, sí lo estaba del mundo. Pero una vez allí no pudo evitar fijarse en el edificio con la fachada de color ocre. Dio una vuelta por el jardín y miró hacia arriba... Allí estaban, aún con las persianas bajadas, como hacía más de dos años, las cuatro ventanas. La que corresponde al salón y la pequeña terraza, la de la cocina, la del estudio y la del dormitorio. Las miró un poco tristemente, pero en seguida sacudió la cabeza y se dijo que eso pertenecía al pasado, que ya no tenía que ver con su vida. Y pensó en la transitoriedad de la existencia, en cómo las cosas que una vez fueron, un día dejaron de ser... Todo es como una galería de seres, imágenes y objetos que van pasando ante nuestros ojos y que van cambiando con el tiempo. A veces nos gustaría quedarnos en alguno de esos sitios, con alguna de esas presencias, con alguna de esas cosas, aromas, lugares o caricias. Pero la propia vida parece ser en ocasiones un barco que navega a merced del viento, en un mar proceloso, sin que tengamos mucho dominio sobre el rumbo, porque nuestro timón está medio roto o simplemente porque carecemos de él... Tal vez porque sea, efectivamente, como dijo el poeta Antonio Machado, que «todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar...» La vida es cambio, eso se sabe, y lo del pasar se tiene asumido, porque ahí está el claro aunque desconocido límite de la muerte. Pero hay ciertas cosas que uno no debería dejar pasar, porque con su marcha se va también, antes de tiempo, la propia vida.  
    Y según volvía a su actual casa, la vieja cueva que ahora habita, después de ver a los animales y observar su noble mirada, se acordó, sin saber por qué, de Richard Bach y de aquel librito que tan famoso era hace cuarenta años. ¿Qué había sido de ese escritor aviador?, se preguntó. Buscó en Internet y se enteró de algunos detalles... Por ejemplo de que el escritor aviador tiene ahora 78 años y que hace dos, en 2012, sufrió un grave accidente con su avión al cortar en su vuelo unas líneas de alta tensión, intentando un aterrizaje. Pero la Wikipedia no daba más datos.
    Recordaba muy bien el sentimiento que le provocó la lectura de su librito, Juan Salvador Gaviota. Entonces había leído aún muy poco y quizá por esa falta de práctica su sensibilidad literaria dejaba mucho que desear. Le atraía, eso sí, el mundo de la aventura. Pero no de cualquier aventura, del tipo de Mark Twain o Julio Verne (eso había quedado atrás, aunque con grato recuerdo). Lo que le atraía ya a esa edad era la aventura del saber; de un saber diferente, que enlazara con otras posibilidades de la realidad. Todavía no había leído a Hermann Hesse, y mucho menos a Jung. Pero en esos aún tiernos años se encontró con la obrita de Richard Bach (que entonces era muy leída y nombrada), y aquello le impactó positivamente. Y algo más tarde vio la película homónima y, sinceramente, le encantó. 
    Por aquella época conoció al amigo Jesús Gómez, un maestro de escuela (unos diez años mayor) que tenía el doctorado de Filosofía y Letras y que le introdujo en otra clase de lecturas, por ejemplo de Unamuno, de Sartre y de Albert Camus. Y este amigo le decía que ese librito de R. Bach tenía muy poco valor, mientras que él, por el contrario, lo defendía confesando que era como «su biblia»... Estaba claro que para el amigo Jesús el cuento de Bach no tenía calidad literaria, y seguramente tenía razón, pero no era ese el sentido con que Alberto lo valoraba. Para él había en esa fábula de gaviotas varios signos que le tocaban íntimamente... En primer lugar, el hecho de que habla de un ser que se vuelve solitario porque no comulga con el pensamiento de su comunidad, porque descubre una diferente forma de volar, lejos de lo vulgar, y es por eso rechazado. Y luego está lo del paso hacia el más allá, lo del cambio de planos de existencia, lo de que la velocidad perfecta es, simplemente, «estar allí»... Había mucha filosofía oriental en esa obrita de Bach, y a Alberto, que entonces empezaba a leer a Krishnamurti y a Vivekananda, aquello le gustó mucho. Por eso lo consideraba como su biblia. Era, en definitiva, una parábola casi infantil en su forma pero que incluía signos valiosos sobre el sentido de la vida.
    Y se preguntaba Alberto, después de pasear por la antigua calle, de mirar las ventanas tras las que estaba su hogar de entonces, donde vivió momentos felices, y de recordar luego el librito de Bach, qué quedaba de todo aquello... Todo es transitorio, sí, caduco, pasajero, y lo nuestro es siempre pasar, como las aguas del río, pero, ¿qué hay detrás de este transcurrir? Aparte de que quede o no una huella de lo vivido, un dibujo nítido o difuso en la memoria ¿no hay nada más?... Aquella hacía tiempo que no era su casa, y ya no veía al librito de Bach con los mismos ojos. ¿Significaba eso que todo lo anterior estaba perdido?
    Ya estaba cerca el amanecer y Alberto miró hacia el cielo del sur. Allí pudo ver de nuevo a la constelación de Orión, el gigante en la noche, y más abajo a Sirio, la estrella azul. Eso le hizo recordar sus viajes al mundo de los sueños y que algunas veces había visto al fabuloso pájaro... Con eso era suficiente. Nada se había perdido. El barco iba a merced del viento, sí, y el timón estaba medio roto, casi inservible, pero el viento era propicio, azaroso pero favorable. Y además, quien ha aprendido a volar, nunca lo olvida...           


Antonio H. Martín 
(21 de septiembre, 2014)