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Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.
Desde muy joven tuvo Alberto Linde el anhelo de viajar al País del Sueño, al que siempre, sin conocer la causa, consideraba como su verdadero hogar. Y la magia de la vida le fue favorable, porque muchas veces viajó allí. Aún lo sigue haciendo, y algo hemos contado en este lugar de sus últimos viajes, siendo ya mayor... En las más de las ocasiones esto ocurría mientras dormía, pero también tuvo la suerte algunas veces de visitarlo despierto. Fueron aquellos momentos en que los demás decían que se encontraba como ausente, porque no atendía a sus llamadas y en la mirada tenía una luz distante y extraña.
Alberto estaba muy contento con estos viajes, que compensaban la aridez del mundo real. Cuando aprendió a escribir y a expresarse con cierta soltura, los anotaba en pequeñas libretas, que luego leía a solas en su habitación por la noche, y eso le ayudaba a recordar y a revivir sus viajes. Pero poco a poco fue alimentando otro deseo: el de tener alguna imagen concreta, material, de esos viajes. Algo que no sólo estuviera en su interior y que pudiese mostrar a sus amigos, que solían decir que esas aventuras eran sólo visiones de su mente alucinada y fantasiosa.
Hubiera dado el joven Alberto un cuarto de su vida porque existiera una máquina especial que fotografiara o filmara los sueños. Pero esto no se había inventado. No bastaba con que a veces se animara a dibujar algún boceto o incluso a pintar en una acuarela el escenario de alguno de sus viajes. Nadie creía que eso fuese real.
Pero... un buen día Alberto, cuando aún era adolescente, conoció en un mercadillo de las afueras de la ciudad a un extraño personaje. Se hacía llamar «Braulio, el mago» (eso decía en un pequeño cartel, escrito a mano con letra gótica), y en su puesto exponía objetos diversos y enigmáticos, como pócimas, ungüentos, figurillas de dioses de tierras lejanas, libros de cuentos orientales y pinturas y fotografías raras que mostraban paisajes nada familiares, que al joven le parecieron como de ensueño.
Todo le llamó poderosamente la atención a Alberto, que se quedó parado ante ese puesto, observando cada detalle. Pero sobre todo, en lo que más se fijó fue en las imágenes. Algo había en ellas que le recordaba a sus viajes...
El tal Braulio, un hombre de barba gris y amable sonrisa, que aparentaba unos sesenta años, se le quedó mirando atentamente, y al cabo de unos minutos se acercó a él y le dijo:
—Muchacho, eres un soñador nato, ¿verdad? Un viajero...
Alberto se quedó muy asombrado y al principio no supo qué contestar. Pero aquel hombre no le intimidó en absoluto. Al contrario, sintió en seguida como si le conociera desde hace tiempo y fuese alguien de su entera confianza. Así que se atrevió a contestar:
—Sí, lo soy. Pero... ¿cómo lo sabe usted?
—No te inquietes por eso. Entre mis artes no está el de la adivinación, pero sé reconocer una mirada entre mil. Y tú eres de los nuestros...
—¿De los suyos? ¿Y quiénes son ustedes?
—Nosotros somos los viajeros. Los que tenemos el don de entrar en el fabuloso País del Sueño. Vamos allí muchas noches como quien regresa a su casa después de un fatigoso día...
No fue necesario decir más. Alberto se quedó allí mucho rato, casi toda la mañana, hablando con ese mago Braulio a quien parecía conocer a pesar de no haberlo visto nunca antes. Le contó de sus viajes, de sus propias incursiones en ese remoto y cercano País, y de la emoción que sentía cuando estaba allí. Y le habló también de su problema, de que ninguno de sus amigos le creía y de que le encantaría poder llevar consigo alguna prueba de que esos viajes eran ciertos, y no una simple fantasía.
—No es habitual traer nada de allí —dijo entonces el mago—. La barrera de niebla que separa ambos mundos suele destruir cualquier objeto que queramos llevarnos. Son las leyes, muchacho, y nada podemos hacer. Pero... también hay, a veces, algunas excepciones...
—¿Excepciones? ¿Qué quiere decir? ¿Es que hay alguna posibilidad de...?
—Escucha, chico, escucha bien: siempre hay posibilidades. El tejido de lo imposible es muy tupido y grueso, pero siempre hay en él alguna grieta, alguna fisura por la que se puede colar lo posible.
A Alberto le empezó a latir el corazón con fuerza. ¿Sería este señor un mago de verdad? ¿Tendría la fórmula que tanto deseaba? ¿Podría ayudarle a traer alguna prueba tangible de la existencia de sus viajes?
El mago Braulio, después de decirle a Alberto que esperara, se introdujo en su vieja furgoneta, que tenía aparcada muy cerca, y volvió al poco rato con una pequeña caja de madera en las manos.
—Mira, muchacho, aquí dentro está la solución a tu problema. No es la gran solución, pero al menos te ayudará a traer un diminuto recuerdo del País del Sueño, para que puedas verlo y tocarlo en este mundo y puedas mostrar a tus amigos que tus viajes son auténticos.
Alberto tomó la caja con emoción sin atreverse a preguntar, y menos a abrirla delante del mago y entre tanta gente extraña como había por allí. Se imaginó que dentro había algún mágico talismán o algo parecido. Un pergamino con un antiguo hechizo que le permitiría pasar de un mundo a otro algo en sus manos, algún objeto o imagen que no desapareciera más allá de la frontera.
Le dio las gracias con torpes palabras y quiso ya despedirse. Tenía prisa por ir a su casa y en la intimidad de su cuarto abrir la caja y descubrir la identidad del tesoro. Pero el mago le retuvo un poco más, diciéndole:
—Espera, muchacho. Debes saber antes un par de cosas. En primer lugar, que lo que hay dentro de esa caja sólo puede usarse cuando viajes en noches de luna llena o en algunos atardeceres, y sólo una vez cada cierto tiempo... Cuando sea el momento apropiado lo sabrás, porque el artefacto tiene una sensibilidad especial y no funciona siempre. Y en segundo lugar, y esto es lo más importante: recuerda que lo más valioso es el don de poder viajar al País del Sueño, y no el traer algo de él. Que tus amigos te crean o no, en el fondo es irrelevante. Algún día sabrás, si no lo sabes ya, que siempre que viajas allí te traes de vuelta algo en tu interior, un sentimiento singular, una íntima alegría que no puedes enseñar más que con gestos y que no te sirve para convencer a nadie, pero que, sin embargo, es el mejor tesoro que de ese País maravilloso podemos llevarnos.
No pensó Alberto en esos momentos en el valor de las frases que acababa de escuchar, sino que se fijó solamente en la palabra «artefacto»... Así que era una especie de máquina o artilugio... ¿Sería posible que fuera la máquina de grabar sueños que siempre había deseado?
Se despidió del mago, dándole de nuevo las gracias y prometiéndole que volvería pronto para contarle lo que fuese. Y se fue casi corriendo hacia su casa, esquivando como pudo la masa de gente que llenaba el mercado. Allí, después de cerrar la puerta de su habitación con llave y correr las cortinas, se sentó en la cama y se dispuso a abrir la pequeña caja de madera...
Con los ojos muy abiertos y a punto de llorar por la emoción, Alberto descubrió que, efectivamente, se trataba de una máquina. ¡Nada menos que de una máquina fotográfica! ¡Lo que siempre había soñado! Era una cámara pequeña, más o menos del tamaño de un paquete de tabaco, como algunas cámaras modernas, pero parecía ser muy antigua, con el cuerpo hecho de una madera oscura, como de caoba. Y tenía una extraña forma ovoide que en nada recordaba a las cámaras normales. De hecho, a no ser por el pulido y brillante objetivo, semejante a una gema, resultaba difícil pensar en una cámara fotográfica.
El joven Alberto estaba muy excitado, quería probar ese aparato mágico cuanto antes... Apareció por un momento la sombra de la duda y se le ocurrió pensar que quizá se tratase de un fraude. ¿Pero qué sentido tendría? No había pagado nada por ella. ¡Era un regalo! ¿Por qué iba a haberle querido engañar el supuesto mago? ¿Para burlarse de él? Eso era absurdo. Y además, algo en la mirada de ese hombre le decía que todo era cierto, que lo que tenía entre las manos era un artefacto mágico que le iba a permitir fotografiar algunas escenas de sus sueños. La duda se esfumó rápidamente. Alberto recordó entonces la advertencia de don Braulio, lo de que tenía que esperar a una noche de plenilunio. Para eso faltaban aún varios días. ¿Tendría paciencia para esperar tanto? Ah, pero también le había dicho que la máquina podía funcionar en algunos atardeceres...
Se asomó por la ventana para ver el cielo. Quedaban aún unas horas para el ocaso, pero le pareció que las nubes presagiaban un encendido atardecer. O así quiso verlo. En realidad no tenía idea de a qué se refería el mago con eso de «algunos atardeceres», pero intuyó que hablaba de esos atardeceres especiales, esos cuya belleza parece rozar el infinito y que hacen que los espíritus sensibles se queden mirando con una sensación extraña, mezcla de nostalgia y de anhelo. Sí, eso debía ser: se refería el mago a esos atardeceres que recuerdan vagamente al País del Sueño.
Alberto guardó cuidadosamente la cámara en su caja y ocultó ésta en el más alto anaquel de la biblioteca, detrás de su colección de libros de fantasía. Luego salió a la calle y se dedicó a pasear por el parque sin rumbo fijo. Estaba ansioso porque llegara el atardecer...
Aquí termina la historia. El amigo Alberto no me contó más detalles. Algunas veces está muy hablador y otras no. Imagino que porque en esa aventura en concreto ocurrieron cosas que prefiere no relatar. No sé si por ser malas o, por el contrario, por ser muy buenas y muy íntimas. Lo único que le pude sonsacar, amistosamente, fue que al final de aquella tarde el cielo se encendió, como esperaba, con un impresionante atardecer, de esos en los que parece formarse como una irisada y enigmática niebla que evoca la entrada al remoto País del Sueño y atrae con fuerza a ciertos caminantes. Y también que por la noche consiguió hacer otro de sus queridos y fascinantes viajes a esa tierra de fábula, para nosotros casi del todo desconocida... En cuanto a la cámara, aquí pongo una copia de la fotografía que realizó y que tuvo a bien regalarme. Según me aseguró, fue tomada durante ese mismo sueño. La imagen no es de buena calidad, e incluso se la ve algo borrosa. Pero hay que tener en cuenta que aquella extraña cámara de madera, a pesar de su magia, era ya muy antigua; y además era la primera vez que Alberto la usaba, con lo que probablemente no supo hacer los ajustes necesarios. Sobre si aún la conserva y si ha hecho después otras fotografías de sus sueños, mi amigo no quiso decirme nada.
Antonio Martín Bardán
(7 de junio, 2014)
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imagen: A Garden of Dream's Land - Albert Lynde

«En esta época tuve un sueño inolvidable que al mismo tiempo me aterrorizó y estimuló. Era de noche en un lugar desconocido y sólo penosamente avanzaba yo contra un poderoso huracán. Además se extendía densa niebla. Yo sostenía y protegía con ambas manos una pequeña luz, que amenazaba con apagarse a cada instante. Pero todo dependía de que yo mantuviese viva esa lucecita. De pronto tuve la sensación de que algo me seguía. Miré hacia atrás y vi una enorme figura negra que avanzaba tras de mí. Pero en el mismo momento me di cuenta —pese a mi espanto— de que debía salvar mi pequeña luz, ajeno a todo peligro, a través de la noche y de la tormenta. Cuando me desperté, en seguida lo vi claro: era el "espectro", mi propia sombra sobre la niebla, arremolinándose cansado por la pequeña luz que llevaba ante mí. Sabía también que la lucecita era mi conciencia; es la única luz que tengo. Mi propio conocimiento es el único y el máximo tesoro que poseo. Cierto que es infinitamente pequeño y frágil frente al poder de las tinieblas, pero una luz al fin y al cabo, mi propia luz.»
Carl Gustav Jung
(Recuerdos, sueños, pensamientos, 1957-1961)
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Ando leyendo desde hace unas cuantas noches las memorias del doctor Jung, y este sueño suyo de juventud, de cuando comenzaba su período universitario, me ha hecho recordar otro mío de hace tan sólo unos días. No tengo, ni mucho menos, la capacidad de Jung para interpretar los sueños, pero creo que el mío, a pesar de alguna complejidad, es de fácil lectura. He aquí mi sueño:
Estoy viajando en un tren que asciende, durante la noche, por una escarpada montaña. Supongo que se trata de un tren de cremallera, pero no sabría precisarlo porque, aunque me gustan mucho, no entiendo gran cosa de trenes. El caso es que hay cierta confianza entre el conductor y yo, porque en un momento del trayecto me deja a los mandos de la locomotora. Y sucede que, debido a mi ignorancia, manipulo inconveniblemente algo de la maquinaria y ésta se queda sin frenos. Afortunadamente, el conductor acude pronto al rescate y soluciona el problema... Pero más tarde me encuentro de nuevo al mando de la locomotora. Y vuelve a suceder lo mismo: que otra vez toco algo sin querer y el tren se queda sin frenos...
—Ha pasado otra vez; lo siento. No sé qué he tocado, pero vuelve a estar sin frenos; no responden —le digo alarmado, cuando viene a la cabina a ayudarme.
—No, esta vez es mucho peor —me contesta—, porque vamos cuesta abajo y se aproxima una curva peligrosa.
El tren, efectivamente, en esa onírica noche de luna llena, avanzaba hacia abajo por la empinada pendiente a gran velocidad. Y se veía, cada vez más cercana, una cerrada curva que hacía prever un fatal descarrilamiento. Y esta vez, no puedo saber por qué, el veterano maquinista no daba con la solución; es decir, que no podía restablecer los frenos, quizá porque, dada la difícil situación, eso era ya imposible.
Llegando a la curva, le digo muy inquieto al conductor que parece que no tenemos salvación, pero él me tranquiliza diciéndome que no me preocupe, que las ruedas están «bien calientes» y que ese viejo tren se adherirá a los raíles lo suficiente...
Luego, lo siguiente que recuerdo del sueño es que, inopinadamente, el tren se detiene poco antes de llegar a la curva. El conductor y yo nos apeamos entonces del mismo (al parecer somos sus únicos ocupantes) y seguimos camino a través de la montaña, agarrándonos a los salientes de las rocas para encontrar un lugar seguro.
En un momento del descenso, me encuentro con que tengo que dar un gran salto para alzanzar la siguiente roca, y entonces me invade una angustiosa sensación de vértigo y de miedo que me deja paralizado. No puedo seguir. El maquinista intenta animarme, pero no consigo atreverme. Hay demasiada altura bajo ese largo salto, para el que no me veo capaz... Entonces él me sobrepasa y se desplaza sin problemas hacia el otro lado. Yo me quedo mirando sin saber qué hacer, viendo como evoluciona por entre las rocas.
Y poco después descubro que junto a la vía hay una barandilla metálica que, obviamente, antes no había visto. Me agarro a ella y en cierto momento me doy cuenta de que entre esa barandilla y el suelo seguro hay, asombrosamente, sólo una distancia de unos dos metros... Por supuesto, salto hacia abajo. Y sin poder entenderlo, pero asumiéndolo y disfrutándolo (con esa rara lógica de los sueños), me encuentro de pie sobre el pavimento de una carretera firme y segura, sin peligros ni alturas. El tren queda arriba, extrañamente quieto, sobre la pendiente de una montaña imposible. Y yo con la sensación de que quizá todo había sido sólo una rara clase de espejismo...
Creo haber relatado fielmente este extraño sueño. Al menos, hasta donde me llega el recuerdo. Lo soñé el pasado 30 de mayo, y aún tengo frescas muchas de sus imágenes y sensaciones. Lo que interpreto del mismo, me lo guardo para mis adentros... No por hacerme el misterioso, sino por dejar a algún posible lector la puerta abierta a su personal interpretación, que probablemente diferirá de la mía. Me gustaría saber qué otras lecturas puede haber de esta experiencia onírica, de la que salí visiblemente aliviado, dado el peligro que, inexplicablemente, pude evitar.
Termino hablando de espejismo, pero no lo digo porque fuera consciente en esos momentos de que aquello era sólo un sueño, sino porque era incapaz de comprender cómo pude pasar de una evidente situación de riesgo a otra de seguridad en unos breves instantes. Es decir, cómo logro encontrar, sobre una alta y escarpada montaña, una fácil salida de tan sólo un par de metros... Por ello, pienso ahora que es muy posible que esa última sensación forme parte de un posterior intento de la mente, en estado de duermevela, o saliendo ya de las brumas del sueño, por aplicar una lógica racional a lo que acababa de vivir.
Lo que tengo claro es que ciertos sueños no son gratuitos. Quizá ninguno lo sea. Y que siempre hay en esos conjuntos de imágenes, acción y sonidos, en esos filmes o viajes mentales (en ocasiones aparentemente inconexos y caóticos, a veces atractivas y apasionadas melodías, y otras sucesiones de hechos y ruidos estridentes) sustanciosos mensajes del inconsciente. Mensajes que, evidentemente, quieren transmitirnos un conocimiento que necesitamos para aclarar lagunas de nuestra conciencia y para iluminar las sombras de nuestro caminar individual. El maestro Jung, y otros como él (entre los que se encuentran algunos lúcidos poetas y soñadores, entre caminantes y alquimistas), sabía mucho sobre esto, sin duda. Y a nosotros sólo nos queda aprender, paso a paso y sueño a sueño...
Antonio Martín Bardán
(4 de junio, 2014)
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imagen 1: de B.I.G. (modificada)
imagen 2: pintura de Rob Gonsalves
Muchas veces abrazó Alberto Linde a su entrañable compañera, y en todas ellas hubo una corriente de cariño, un recíproco fluir de destellos que iba iluminando, lentamente, la avenida del tiempo por la que caminaban... Aunque, en esos momentos, no se movieran del sitio en que se encontraban. Eran las luces las que se movían, de un cuerpo a otro, de una mente a otra, de uno a otro corazón. Sonaban breves palabras entre medias, más bien susurros, que querían poner voz a esos intensos silencios, pero no eran necesarias. Las miradas, las sonrisas, los posteriores besos, eran más que suficientes. Todo se decía a sí mismo.
Pero hubo, no obstante, cierta ocasión en que el abrazo fue aún más especial... No recordaba si fue una tarde, una mañana o una noche, pero sí que fue en la cocina. Sí, en ese lugar tan simple y cotidiano, sin que les subyugara la presencia de ningún dorado atardecer o el brillo de una luna llena, sin que mediara ninguna música seductora o la caricia de una brisa, Alberto y Marina se abrazaron de una forma distinta, misteriosa, mágica...
Durante esos maravillosos instantes, sintió Alberto que una parte de su esencia se fundía con el ser amado. La abrazó como quien abraza a un sueño. Un sueño hecho realidad, que tenía en ese momento entre sus manos. Sintió Alberto, el obstinado alquimista, que allí se cumplía por fin un viejo anhelo, que se juntaban dos estrellas distantes, que dos islas de mares lejanos se reunían en una sola, para siempre... Nunca preguntó si ella había sentido lo mismo. No era necesario. El brillo de sus ojos era lo bastante elocuente.
Podría escribir ahora (poniéndome fantástico) que por la ventana entró un rayo de luz azulada y un viento hechizado que les raptó y se los llevó hacia alguna estrella lejana, hacia algún remoto paraíso del país del sueño... Me gustaría, pero no sería real. Por lo que sé, la ventana estaba cerrada. Pero me contó el amigo Alberto que siempre recordaría la intensidad y la magia de aquel abrazo. Para él fue como encontrar, en la cueva más oscura, entre las afiladas esquinas del mundo, el tesoro que siempre había estado buscando.
Antonio Martín Bardán
(25 de mayo, 2014)
Un buen consejo de Yukio Mishima: «He comprendido que basta practicar el kendo y blandir una espada de bambú para evadirse, aunque sea por breves instantes, del pantano del nihilismo.»
Hay un cierto veneno que hace que el cuerpo se olvide de sí mismo. Con el paso del tiempo sólo queda una mente fantasma, aislada, que no toca, ni huele, ni respira, que piensa sin sentir, que mira sin ver: "conoce" la vida, pero no la vive. Esto lleva, creo, al nihilismo, que es la creencia en la nada, que es una opacidad en el corazón, que es la prematura presencia de la muerte.
La nada nunca está presente, la nada no existe. Sólo existe la lucha, el deseo, la tensión y el sueño. Sólo existe la vida. Pero esa mente aislada, espectral, que colecciona ideas y archiva recuerdos, que observa, que suma y resta, que clasifica, que tira o que guarda, que rechaza, que elige. Esa mente al final tiende a pintar de nada todo cuanto toca, cada pared y cada nube... Y esto vuelve al mundo gris, esto genera el pantano en que nos hundimos.
Por eso es bueno coger la espada de madera. Por eso es bueno bailar.
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A propósito de lo escrito anoche: ¿qué he querido decir? Me quedo, por no caer otra vez en lo inevitable, con la imagen simple y clara de Mishima. Sé que hay un laberinto mental que lleva al nihilismo, una forma compleja de percibir que nos hunde en ese pantano, que nos precipita en esa visión gris, oscura, de la vida. Y sé también que una sacudida del cuerpo, un movimiento fresco y lúdico, una carrera o un salto, lleva a la visión contraria, rompe el embrujo, deshace la niebla.
El racimo de energía sale de su burbuja y danza con el viento.
A. Martín Bardán
(Diario de un obstinado - Noviembre, 1996)
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Releo las líneas anteriores (escritas hace 18 años) y me quedo pensando en su validez... Reconozco que hay tiempos en que uno siente como si perdiera cada día una pluma de sus alas, como si se hubiese internado en un pantano de sombras, pesado y asfixiante, del que no encuentra la salida. Y que ante esa agobiante situación, no hay nada mejor que mover el cuerpo, como decía, de forma fresca y lúdica. Escapar dando un salto, corriendo, bailando... De esa forma, el racimo de energía se reconcentra, se ordena, vuelve al ámbito de la luz y sale del pantano, lejos de las peligrosas arenas movedizas, a salvo de las acechantes alimañas de la oscuridad.
No es fácil, no, pero nada que merezca la pena lo es. Hoy, como ayer, no sé explicarlo mejor. Pero sé bien que ese salto, esa danza, es posible. La pesada sombra de la nada es sólo la amenazadora ilusión de una mente dormida. El salto, la carrera, la danza (con o sin espada de bambú) nos sacan de esa ilusión y nos recomponen la mirada. Después, el camino vuelve a ser visible, aparece de nuevo la vieja sonrisa. Y la música del sentido (esa amada melodía) regresa a nuestros oídos. Ya podemos, entonces, seguir caminando...
Antonio Martín Bardán
(23 de mayo, 2014)
Recientemente, trasteando entre copias de viejos archivos, me he encontrado con un antiguo recuerdo, nada menos que de la infancia. Se trata de aquel álbum de los años sesenta que entonces hacía las delicias de todos los chavales y que se llamó "Vida y Color".
Al volver a repasar sus estampas, me he dado cuenta de que hay una muy fiel memoria de la mirada... No sólo recordaba todas y cada una de sus vistosas imágenes (que no veía desde hace muchos años) sino que al volver a verlas mi mente conectó inmediatamente con las sensaciones que me provocaron en su momento, cuando de niño, a la edad de ocho años, me dedicaba a hacer la colección de sus cromos.
Pero ante mí se mostró el abismo del tiempo... Recordé, como digo, las sensaciones de entonces y vi que seguían vivas de alguna forma en mi interior, pero vi también la gran diferencia entre aquella mirada infantil y ésta de ahora... En aquel entonces esas imágenes fueron para mí (y para muchos otros niños) un descubrimiento apasionante, una ventana abierta a la multiplicidad del mundo. Un mundo que, por supuesto, nos llamaba mucho la atención y que queríamos explorar en aventureros viajes, no exentos de su correspondiente y natural dosis de fantasía. Asunto éste que hoy en día, sin embargo, parece haber desaparecido por completo, dado que nuestra impresión del mundo ha perdido ya todo su encanto y misterio, y se reduce a un cúmulo de noticias banales o conflictivas.
Pero caí en la cuenta asimismo, según observaba con lentitud las imágenes, de que ese "abismo del tiempo" (que parece tan imponente y definitivo) es en realidad una falacia... Me dí cuenta de que es sólo una delgada línea lo que separa ambas miradas, la del niño ilusionado y la del fatigado y escéptico adulto. Y de que frotándola levemente con el pincel del recuerdo, la línea se difumina y uno puede reconocerse, más allá del poder del paso del tiempo, como alguien muy similar al niño que fue, o quizá como exactamente el mismo.
Después de todo, recuperando la mirada, es fácil darse cuenta de que el mundo en realidad, aparte de conflictos y banalidades, sigue siendo un apasionante y enigmático universo, donde hay aún muchos tesoros por descubrir, llenos de vida y color.
A. Martín Bardán
(20 de mayo, 2014)
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imágenes: "Vida y Color" - Albumes Españoles (Barcelona, 1965)
Tarde soleada, pero algo fría. Camino por las calles, más o menos como siempre, pero intentando evitar los múltiples ecos, atento sólo a los sonidos nuevos, a las posibles melodías del aire de hoy; a esos arabescos que cada día se dibujan sobre el paisaje inclinado de cualquier tarde. Y entre el murmullo de los árboles, entre la gente vocinglera que pasea (envuelta en sus remolinos de palabras) y las casas que duermen (ya a esta hora), escucho al viento...
Hacía mucho que no lo escuchaba. Y siento una íntima alegría al comprobar que aún entiendo algo de su lenguaje, y que todavía el viento quiere decirme algunas cosas.
Después descubro durante mi paseo, sobre el muro de una calleja, una pequeña isla... Es nada más que una piedra gris, vestida con diminutas plantas. Pero me recuerda a aquello que dije una vez, hace mucho tiempo, de la importancia de saber "encontrar lo pequeño". Me la quedo mirando. Le hago una foto. Y... continúo escuchando al viento mientras la miro, como si fuera un oasis, como si me recordara a algo, no sé si pasado o futuro (porque también hay recuerdos del mañana), como si fuese otra mágica ventana al país del sueño.
El viento sólo me dice en ese momento una palabra: "Mírala"...
Antonio Martín Bardán
(15 de mayo, 2014)
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imágenes: A. Martín Bardán
El amigo Alberto Linde me llamó anoche por teléfono y me contó la impresión que tuvo al leer mi último escrito. Me dijo que le había gustado el breve texto de "Mis noches blancas" y que él también veía las cosas de esa manera, y no con la palidez y oscuridad de Dostoyevski. Pero no sólo eso (que pudiera parecer el simple elogio de un amigo íntimo), sino además que cuando leyó las últimas palabras una muy grata imagen se le encendió por dentro...
Alberto es un gran soñador, y para él cualquier mínimo indicio puede servir de puerta para entrar en las galerías del ensueño. Me contó que después de leer lo de «los valles musicales y encendidos...» inmediatamente se vio inmerso en una noche blanca y en uno de esos valles, en el que se celebraba una agradable fiesta, entre músicas, luces, risas y danzas. Y con esa imagen le vino a la memoria y le revivió por dentro cierta alegría de la infancia y la juventud que ya consideraba perdida y olvidada.
En el centro del profundo valle, acariciado por la luz de la luna, entre hogueras y faroles, un grupo de jubilosos amigos bailaban y cantaban. Simplemente eso. Pero Alberto sintió que estaba allí, que él también cantaba y danzaba, rodeado de rostros cómplices, de risas y de abrazos, y eso le llenó durante unos instantes de gozo.
Es curioso observar como unas sencillas palabras pueden despertar emociones en algunas personas, e incluso hacerles viajar a ciertos lugares, acercarles a esas brillantes galerías de los sueños que tienen que ver con el corazón... Desde luego, hace falta una sensibilidad soñadora para ello, como la que tiene Alberto, pero eso me hace ver que seguramente conservamos aún muchos tesoros ocultos, y que con sólo rasgar un poco el velo de la desidia y la frialdad éstos pueden volver a salir a la luz.
A. Martín Bardán
(10 de mayo, 2014)