Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







miércoles, 1 de mayo de 2013

La voz y los ecos



        No amé al mundo, ni el mundo me quiso a mí.
        No adulé sus jerarquías, ni incliné
        paciente rodilla a sus idolatrías.
        No he forzado sonrisas en mis mejillas, ni gritado 
        adorando un eco; entre la multitud
        no me contaron como uno más.
        Estaba con ellos, pero no era de ellos.
        Estuve y estaré solo, recordado u olvidado.

        Lord Byron

        (Childe Harold, canto III)


    Estos versos del apasionado y altivo Byron me hacen pensar en mi propia relación con el mundo. Y lo primero que me viene a la mente es ese simple consejo que me dí a mí mismo una noche cuando joven, según venía de pasar otra interminable y agotadora jornada en el cuartel, en el periodo del servicio militar: que la cuestión principal era una lucha entre el mundo y la vida, y que debía emplear todas mis fuerzas en ganar esa lucha. Por "mundo", claro está, me refería a la sociedad en que vivía, a sus formas y a sus normas, a sus limitaciones e imposturas, y por "vida" entendía en aquel momento la esfera de mis sentimientos, mi relación personal e íntima con la existencia. Por supuesto, me resultaba fácil entonces identificar esos sentimientos con la realidad, porque me veía aún a mí mismo como un ser que no estaba contaminado. Es decir, creía que lo mío era lo auténtico, que lo real tenía mucho que ver con el "sentido poético" y entusiasta con que miraba las cosas; mientras que el mundo no era sino un entramado falso y extraño que maquinaba sus visiones fuera de la vida, engendrando un ambiente frío, estúpido y sin alma.    
    Más tarde, como suele pasarles a todos los jóvenes, aquel soñador tuvo que pasar por diversas etapas de forzosa adaptación, y vivir —en contra de su voluntad la mayor parte de las veces— distintas y complejas mixturas de experiencia social. Lo que me expuso a extrañas influencias y empezó a enturbiar la clara imagen que tenía de mí mismo y mi esfera sentimental. Y, sobre todo, comenzó a socavar la certeza de que mi visión de la vida era la única válida. En otras palabras, el mundo traspasó mis barreras emocionales y de pensamiento y generó en mi interior un considerable caos, antes desconocido. Fue la época de las crisis de identidad, del sentirse vulnerable, de empezar a no reconocer la propia imagen en el espejo. Y llegué a sentirme como un intruso en mi propia casa... Esta situación tenía una consecuencia grave: que ya no podía vencer en aquella lucha, porque ya no estaban tan definidos los objetivos y las fuerzas se disipaban, no lograban concentrarse en una dirección nítida y concreta.
    Mucho tiempo pasé entre esas brumas; tiempo perdido en que alcanzé el dudoso y ambiguo perfil de sombra. Pero tuve que pasar por ello, con lo que eso conllevaba de problemas y tristezas varias, para, después de unos años, poder reencontrar la antigua figura. Fue difícil y duro el trayecto, pero poco a poco las cosas volvieron a su sitio. Y, aunque ya sin la simpleza de antaño, la imagen del mundo y la mía propia se recolocaron en el lugar correcto. Con definiciones más complejas, con la intervención de nuevos puentes y la presencia de inesperadas galerías, pero la vieja lucha regresó con claridad a mi mente y a mi vida. Las dudas se disolvieron y volví a hallar el camino bajo mis pies.  
    Sin embargo, los matices eran otros, y ya no veía a aquello exactamente como una lucha. Sino, más bien, como una especie de complicada danza entre una esfera y otra, como una contienda pacífica en la que los contrarios podían a veces incluso interrelacionarse sin que saltaran chispas ni corriera la sangre. Digamos que la guerra era ya muy vieja, los enemigos se conocían sobradamente y no ponían demasiados obstáculos a la hora de compartir lugares y tiempos. Aunque, eso sí, siempre, al final de cada jornada, cada uno debía volver a sus cuarteles, dejando así al otro respirar tranquilo, descansar y entretenerse gozosamente con sus propios y particulares sueños y espacios.

    Tampoco yo he conseguido —como Childe Harold— amar al mundo, ni creo que el mundo me quiera. Pero a estas alturas, desde la soledad de estas estancias, no me rasgo ya las vestiduras por ello. Es algo asumido que no puede hacerme daño. El mundo está en su sitio, como siempre, y yo en el mío. Nos encontramos a diario, pero no nos molestamos demasiado, no hasta el punto de la beligerancia. Nos saludamos levantando el sombrero o la mano educadamente, como buenos enemigos, cruzando en ocasiones algunas palabras, y aunque haya también a veces miradas que rozan el desprecio o la indiferencia, cada uno sigue su camino sin más historias. Para mí sigue estando muy claro de dónde viene la voz y de dónde los ecos...     


Antonio Martín Bardán
(1 de mayo, 2013)

martes, 30 de abril de 2013

En el oráculo...



    Llegó allí, a aquel misterioso recinto del oráculo, después de seguir un largo y quebrado camino... Atravesando el bosque de los sueños, de hojas brillantes y azules, donde entre duendes y hadas se tejen en silencio las fantásticas filigranas que luego van a posarse en la mente de los atribulados durmientes. Y cruzando el río oscuro y frío que susurra secretos bajo la luna, ese en cuyas orillas se encuentran los árboles con los dorados frutos que proporcionan el bálsamo del olvido.
    Y tras subir a una empinada colina envuelta por el viento, que dominaba todo el valle, se encontró por fin en una sala grande y casi vacía con muros de piedra, ornados con extrañas pinturas que evocaban antiguos mitos olvidados. El ambiente, medio en penumbra, infundía temor y respeto, y entre el perfume del olíbano y la danza de las sombras provocada por un fuego que ardía en algún punto impreciso de la sala, el recién llegado se sintió fascinado y atemorizado a un tiempo, incapaz de pronunciar ninguna palabra. Pero después de unos minutos de silencio, se atrevió a hacer su pregunta a aquella figura que le miraba, quieta y callada, tras una hierática máscara de jade:

    —Oráculo, quiero saber cuánto me queda de vida.
    El oráculo consultó sus piedras y contestó, con voz grave y lejana:
    —Un año, quizá dos.
    —No, no me refiero al tiempo que me queda de vida, sino a cuánta vida queda dentro de mí...
    El oráculo volvió a consultar sus piedras y contestó:
    —Un kilo, quizá dos.
    —¿Y eso es mucho o poco? --preguntó de nuevo.
    El oráculo se quitó entonces su máscara de jade y dijo, algo irritado:
    —Oye, majete, el par de monedas que has dejado a la entrada no te da derecho a pasarte de la raya. Esto no es un consultorio ni el despacho del psiquiatra. Así que... ¡ya te estás marchando con la música a otra parte!
    —Usted perdone, señor Oráculo, yo creía que...
    —Nada, nada, lo de las creencias en el templo de enfrente. ¡Hala! ¡Fuera! ¡Humo!
   
    Y el caminante se marchó cabizbajo, pensando en que las cosas ya no eran como antes...


AntonioHMartín                                  

domingo, 28 de abril de 2013

El viajero



    Un inesperado cambio de tiempo ha ensombrecido y hecho huir a la sonriente primavera. Tanto es así que parece como si hubiese regresado el viejo invierno —a quien creíamos ya dormido en su lejana cueva—, a terminar no se sabe qué ocultas tareas. Quizás a recordarnos lo pasajeras y cambiantes que son todas las cosas... De manera que donde hace tan sólo unos días lucían suaves y alegres rayos de sol que invitaban a pasear por el jardín de Pan-yun-tuan, ahora todo son nubes grises, viento frío y una lluvia casi constante, lo que no invita sino a quedarse en casa y mirar el mundo tras los cristales. Así que me he dedicado a seguir con la lectura anterior, de "La atracción del abismo", ese interesante viaje por el paisaje romántico. Y entre otras muchas que he encontrado, rescato hoy un fragmento de esta pequeña joya, que trata sobre un conocido cuadro de Friedrich:

(ahm)
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    (...) La autonomización total del paisaje respecto al protagonismo humano no se da hasta la pintura del Romanticismo. La mente romántica está tan insaciablemente —y tan infructuosamente— anhelante de alcanzar la totalidad y la unicidad que erige al Espíritu de la Naturaleza en el genuino representante estético de su ansia: ésta es la razón de que el paisaje, cada vez más importante desde la crisis renacentista, se constituya en la principal manifestación de la pintura romántica.

    La ideología romántica es un viaje sin retorno hacia la unidad de una Belleza Esencial que es tan inexistente como irrenunciable. Este círculo vicioso le otorga toda su heroicidad y todo su patetismo. Ante "lo misterioso Uno primordial (Ur-Eine)", como lo califica Nietzsche, la conciencia romántica se enardece y se desgarra intuyendo que aquél es la fuente que nutre su creatividad y, al mismo tiempo, el abismo en el que se condena su vitalidad. Ante el "Alma del Mundo" —esta interconexión armonizadora y utópica que el pensamiento romántico toma prestada a la tradición neoplatónica— la sensibilidad romántica se conmueve en una combinación de gozo y melancolía. Y éste es el mismo doble sentimiento que el romántico siente ante una Naturaleza que tanto le sugiere y tanto le niega.
 
    Casi toda la obra de Caspar David Friedrich refleja esta Sehnsucht, pero hay un cuadro que lo hace con insuperable maestría: "El viajero sobre el mar de nubes". La composición de la tela gira alrededor de la central autoridad del "viajero" que, como es muy habitual en los personajes de Friedrich, se halla de espaldas al espectador. Este procedimiento acrecenta la fascinante ambivalencia de este hombre solitario, en el que puede adivinarse, ya la desolada percepción de su propia pequeñez ante la inmensidad, ya el vigor titánico que rememora Nietzsche al situar su encuentro con el Superhombre a seis mil pies de altura o que hace exclamar a William Blake: "Grandes cosas se realizan al encontrarse, cara a cara, el hombre y la montaña".

    El cuadro de Friedrich parece haber sido pintado en el momento mágico en que el hombre se enfrenta al Infinito. Encaramado, en apariencia, en el mismo borde de las rocas, la atracción del abismo se abre ante él con su doble rostro de terror y delicia. El mar de nubes —como el otro mar friedrichiano, el que parte de los muelles de Greifswald— invita al viajero a la navegación hacia la hermosura de lo inconmensurable. La gran tensión romántica entre la Belleza y la Destrucción ofrece al amante del Infinito sus frutos contradictorios. Miedo y dulzura se hermanan tal como ocurre en "El Infinito", de Leopardi:

    "...e mirando, interminati
    spazi di là da quella, e sovrumani
    silenzi, e profondossima quiete
    io nel pensier ni fingo, ove per poco
    il cor non si spaura...
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    ..........  Cosí tra questa
    immensità s'annega il pensier mio:
    e il naufragar m'e dolce in questo mare"

    La mayor parte de los cuadros de Friedrich está guiada por la duda ilimitada que la contradictoria visión del Infinito, tan magistralmente explicada en los versos leopardianos, suscita en el hombre romántico. Es una "duda cósmica" que es fundamental en el momento de desvelar equívocos: el paisaje romántico no tiene nada que ver con las degradaciones bucólicas o pastoriles al que, con frecuencia, se ha asimilado, sino que es sustancialmente trágico. El artista romántico no se siente arropado por la Naturaleza, sino seducido y anonadado; el artista romántico celebra la Naturaleza, mas esta celebración no es sólo un canto a la Belleza primigenia, sino también al sacrificio aniquilador que se cierne sobre los hombres. Al igual que en los grandes himnos de Hölderlin y Wordsworth, al igual que en las sinfonías de Beethoven y Schumann. (...)


Rafael Argullol

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    No voy a añadir nada a la brillante exposición del profesor Argullol. Sólo decir que "El viajero..." es uno de mis cuadros preferidos de Friedrich, y que hace muchos años ya tenía una pequeña reproducción suya ante mi mesa. Cuando estaba en esa lucha interior, en esa tensión entre el "hacerse" y el "deshacerse", tan propia de la juventud, contemplar la pintura de Friedrich me animaba, me daba fuerzas para seguir hacia delante. Veía en ella la imagen del caminante solitario que miraba con asombro pero sin miedo, directamente, el rostro de su destino.
    Dice Argullol que el cuadro "parece haber sido pintado en el momento mágico en que el hombre se enfrenta al Infinito". Algo así es lo que sentía. Terror y delicia, sí, miedo y dulzura... El infinito tiene ese doble rostro. Pero ante su presencia, ante ese mar de nieblas entre las cumbres, el caminante, el viajero del alma no se desalienta, sino que, por el contrario, se siente crecer.
    Las tensiones y las luchas se suavizan con los años. Uno se va aclimatando a las circunstancias y aceptando sus, al parecer, irremediables limitaciones. Hay que saber adaptarse, dice la mansa voz del agua... Pero, siempre queda algo de aquello, el fuego no está, ni mucho menos, extinguido. A pesar de todo, aunque las fuerzas disminuyan, uno guarda en su pecho la simiente de lo que fue y sigue anhelando los mismos sueños del ayer. La Sehnsucht no es ninguna marea pasajera, ningún viento que huye abrasado por el sol de la realidad, sino algo que cala muy hondo en el corazón del hombre romántico. Muy hondo, y para siempre.
    ¿Por qué esta atracción del abismo?, preguntará quizás algún curioso lector, desconocedor del tema. Pues porque el romántico siente que en ese abismo, vertiginoso y terrible, seductor y exaltante, está oculto el tesoro que anhela. Sabe, o intuye, que sólo tiene que rasgar el peligroso velo de niebla, para encontrarse con aquello que ama. Los románticos son (somos) así...


Antonio H. Martín
(28 de abril, 2013)    


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libro: La atracción del abismo / un itinerario por el paisaje romántico
- Rafael Argullol
capítulo: "Paisajes de la nostalgia"
(Editorial Bruguera - Barcelona, 1983)
imagen: El viajero sobre el mar de nubes - Caspar David Friedrich              

jueves, 25 de abril de 2013

El poeta escondido



    Esta sustanciosa lectura he estado degustando hace escasamente una hora, en la tranquila buhardilla, casi ajeno al paso del tiempo, mientras más allá de la ventana una fulgurante luna llena iba pintando, caprichosa, nubes plateadas en el fondo de la noche, con su soñador pincel de luz y aire:

(ahm)
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    El sueño, para el romántico, es una necesidad y un poder. Necesidad porque, como afirma Goethe, "el hombre no puede permanecer largo tiempo en estado consciente y debe replegarse hacia el Inconsciente, ya que aquí habita la raíz de su ser". Poder porque el sueño es la inagotable fuente de energía creativa que, permaneciendo oculta y reprimida, debe ser desencadenada.
 
    Gotthilf Heinrich von Schubert, uno de los principales Naturphilosophen alemanes, utilizando un concepto clave, cree que el Inconsciente es un poeta escondido. En la misma línea, Hoffmann se refiere a él como a un poeta interior que, aunque late siempre, sólo se manifiesta esporádicamente. Este poeta oculto e interior es, en realidad, una prolongación y, todavía más, una autentificación de las potencias creadoras exteriores e incontrolables. "En el sueño" —escribe Schopenhauer— "las circunstancias que motivan nuestros actos se presentan como hechos exteriores e independientes de nuestro querer, a menudo, incluso, como acontecimientos odiosos y absolutamente fortuitos. Pero, al mismo tiempo, se descubre entre ellos una conexión misteriosa y necesaria, de manera que una potencia oculta parece dirigir el azar y coordinar, de un modo muy particular, estos acontecimientos a nuestra intención (...). Esta potencia combinadora no puede ser otra que nuestra propia voluntad, pero apercibida desde un punto de vista que ya no está situado en la conciencia de quien sueña".

    La interpretación de la esencia del sueño que hace Schopenhauer no es sólo la más perfilada definición del modo de ver romántico, sino que es una brillante anticipación de las tesis de la psicología moderna. Las imágenes de placer, transgresión y horror que, aparentemente externas y fortuitas, se proyectan en la pantalla del Inconsciente, se hallan en relación directa, aunque aletargadas y autocontenidas, con los movimientos de la voluntad consciente. La potencia oculta, el poeta oculto es el mismo Yo liberado de las cadenas de la racionalidad y, consecuentemente, crecido hacia los horizontes imposibles del cielo y del infierno.

    El artista romántico se propone, como una tarea básica, liberar a esta potencia poética oculta —a esa "poesía involuntaria", en palabras de Jean Paul— que es el Inconsciente. El artista romántico se propone convertirse, voluntariamente, en sonámbulo para así, más allá de la conciencia diurna, ser capaz de indagar en la torrencial riqueza de las sombras.


Rafael Argullol *

("La atracción del abismo", 1983)

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    Sustanciosa lectura, como decía, además de música para este caminante que siempre gustó de nadar en los lagos y ríos de lo romántico. Paisajes de un azul intenso y profundo, que nada tienen que ver con las suavidades bucólicas ni con las tibias sonrisas de lo superficialmente amable. Que el sueño es una necesidad y un poder es para mí, desde siempre, una realidad absolutamente incontrovertible. Bucear en el vasto e intrincado inconsciente es el más valioso vuelo de la conciencia que puedo imaginar. Y conectar con ese "poeta escondido", con esa fuerza lúcida, aunque misteriosa, con ese océano mágico en que las sombras pueden llegar a brillar como diamantes, es para mí casi como una palingenesia, en el sentido de un resurgir animoso de entre la ceguera y el aturdimiento de lo oscuro y anodino. Volver a la luz de lo inconsciente, sí, eso es lo que más me interesa, lo que más importa y atrae a este caminante que alguna vez soñó con ser un vagabundo bebedor de estrellas.
    Hace tan sólo dos días hablaba aquí de buscar la necesaria resonancia ante el jardín de Pan-yun-tuan, y terminaba diciendo que cuando no salía bien había que volver a intentarlo, y que lo mejor era hacerlo con la lámpara que esa noche nos regalase algún sueño... Bien, pues en mi caso se trató de un sueño raro y complejo: en concreto estuve en una encarnizada batalla contra una legión de extraños monstruos polimorfos, en la que los humanos, afortunadamente, parecíamos ir ganando. No recuerdo ningún final, puede que no lo hubiera, pero sí recuerdo bien que maté varios de esos monstruos esa noche, y la sensación por la mañana, cuando volví a visitar el jardín, era buena y tenía fuerza. Lo que se tradujo en cierta grata resonancia.
    Ahora me voy a mirar otra vez por la ventana, para ver cómo lleva la luna su pintura en el lienzo de esta noche que ya acaba. Y luego, de nuevo, a nadar en el mar del inconsciente. Para descansar, evidentemente, pero también por si hay suerte y escucho la voz del poeta escondido.


Antonio H. Martín
(25 de abril, 2013)

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* Rafael Argullol (1949)
-profesor de Estética de la Universidad de Barcelona.
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libro: La atracción del abismo (un itinerario por el paisaje romántico)
- Rafael Argullol
- (Editorial Bruguera - Barcelona, 1983)    

martes, 23 de abril de 2013

Resonancia



    "Yin, un nativo de Chinchow, preguntó en cierta ocasión a un monje taoísta:
    —¿Cuál es la idea fundamental del I Ching?
    El monje le respondió:
    —La idea fundamental del I Ching se puede expresar en una sola palabra: Resonancia."


    Se cuenta que el maestro del paisajismo Wo-Tao-Tzu salió un día por encargo del emperador a pintar unos bambús junto al río. Permaneció allí todo el día y regresó sin haber dado una sola pincelada. "Lo tengo todo aquí", dijo, señalando su corazón. En esta actitud de Wu-Tao-Tzu se compendia la actitud taoísta frente al arte: el contenido del arte son estados de ánimo; el objeto del arte es transmitirlos. Y la posibilidad de transmitirlos estriba en la existencia en el universo de fenómenos de resonancia entre seres o sistemas diversos. Y la posibilidad de resonancia se basa en la existencia de isomorfismos (o similitud de estructuras) entre los diversos seres, que es el viejo postulado chino de la armonía universal. Es pertinente hacer notar aquí que el concepto de isomorfismo es la base de la moderna corriente de pensamiento estructuralista.
    Abraham Maslow mantiene que la comunicación entre la persona y el mundo depende en gran medida de su isomorfismo (similaridad de estructura o forma); que el mundo sólo puede comunicar a una persona lo que esa persona merece, es decir, lo que esa persona es capaz de captar, el nivel a que está. El significado de un mensaje depende no sólo de su contenido, sino también del grado en que la personalidad es capaz de reaccionar ante él. El significado "elevado" sólo es perceptible a la persona "elevada". Cuanto más alto es, más puede ver.
    Como dijo Emerson: "Tal como somos, así vemos" ("What we are, that only can we see"). Pero hay que añadir que lo que vemos tiende a su vez a hacernos lo que somos: "La relación de comunicación entre la persona y el mundo es una relación dinámica de formarse mutuamente y de elevarse o rebajarse el uno al otro; un proceso que podemos llamar 'isomorfismo recíproco'. Personas de alto nivel pueden entender un conocimiento de nivel más alto; pero también un nivel más alto en el entorno físico tiende a elevar el nivel de la persona, igual que un nivel bajo de ambiente tiende a rebajarla. Se hacen cada vez más el uno como el otro". (Abraham H. Maslow)


Luis Racionero

("Textos de estética taoísta", 1983)

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    Es precisamente esa resonancia lo que anda uno buscando cuando pasea por el extenso y mágico jardín de Pan-yun-tuan, es decir, por los variados y ricos senderos de la naturaleza. Es ese "isomorfismo" lo que espera uno encontrar en cualquier recodo del camino. Y cuando esto no sucede, y tenemos que volver a casa con las manos vacías, la respuesta es evidente: el propio espejo no está lo bastante limpio, y por eso no ha podido reflejar la magia del mundo. El secreto íntimo del jardín se nos ha escapado ese día, no hemos podido captar sus destellos, la música no ha llegado a nuestros oídos, no hemos encontrado la necesaria y vital resonancia...
    Y entonces pensamos en las palabras de Maslow, de que el mundo sólo puede comunicar a alguien lo que ese alguien merece. Y viene el lamento, el sentimiento de frustración, y nos metemos absurdamente en el inútil y falso camino de la neurosis, que no hace sino revolvernos en nuestra propia sombra. No nos queda entonces otra posibilidad más que la paciencia, la de esperar al día siguiente, e intentar mientras, durante esa noche, aquietar las aguas, apagar poco a poco el ruido de fondo que nos bulle por dentro, que es precisamente lo que nos ha impedido escuchar la música del silencio.
    Porque sabemos muy bien que en ese mágico jardín hay muchas resonancias. Hemos oído ya otras veces sus violines y el piano de su alma, hemos llegado a sentir la caricia del aire, cuando el aire nos habla, y el beso de la luz inclinada, cuando la luz nos mira. Y deducimos por ello que el problema no está fuera, sino adentro. De ahí que nos sintamos pobres e incapaces ese día, culpables de haber sido momentáneamente expulsados de ese siempre maravilloso edén.
    No hemos logrado aún ser taoístas, sólo somos caminantes cuya mirada algunas veces despierta en medio de oscuridades, y cuyo corazón en ocasiones resuena con empatía frente al susurrante jardín de Pan-yun-tuan. Así que mañana volveremos al camino, a intentarlo de nuevo, a buscar la resonancia perdida. Y llevaremos como único equipaje la lámpara que esta noche nos regale algún sueño.    


Antonio H. Martín
(23 de abril, 2013)

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libro: "Textos de estética taoísta" - Luis Racionero
(Alianza Editorial - Madrid, 1983)  

viernes, 19 de abril de 2013

El oro y el barro



"No se puede ser vagabundo y artista y al mismo tiempo un burgués sano y cuerdo. Si quieres embriaguez, ¡acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia mortal. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres un griego, no eres armónico y dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. ¡Déjala rugir! ¡Déjate llevar!"

Hermann Hesse


    Toda una lección del maestro Hesse, que deberíamos aprender y no olvidar nunca. Recomendable sobre todo para personas como yo.
    Vagabundo y artista..., este binomio, que recuerda a la atractiva y mitificada bohemia, está directamente relacionado con cierto sueño de vida. Ese que suele acompañarnos en la juventud, cuando uno se siente con fuerzas para elegir aquello que siente como su camino. Algunas azules cimas son conquistadas, cuando los vientos son propicios. Algunos valles esmeralda nos llegan a pertenecer, cuando la luz inclinada está de nuestra parte. E incluso llegamos alguna vez a poseer dorados tesoros que encontramos siguiendo viejos mapas que cayeron en nuestras manos por una graciosa casualidad... Pero a todos esos momentos brillantes siempre les sigue el lado inverso de la sombra.
    La copa es buena, la bebemos hasta el fondo con delectación, pero detrás está su final. Esa sensación de vacío y de pérdida que viene después, cuando volvemos a ella y no encontramos ya más vino... Sabemos que allí, en esa curva del desierto, está el pozo escondido, pero, sin saber por qué, allí ahora no vemos nada. Sólo la muda vastedad del desierto. Y es cuando la sombra nos mira afilada y fría, y parece reírse de nosotros. Esto es lo que, desconcertados, no sabemos aceptar, y esto es, precisamente, lo que hay que asumir y comprender. Que después de la musical noche de estrellas y luna, donde las nubes son besos y el aire acaricia como un sueño, viene el otro lado, la parte contraria, el silencio y el vacío...
    El oro y el barro forman parte de un mismo dibujo. Y no se puede pretender que a un día en el paraíso le siga otro. Después del paraíso, viene siempre el infierno. Tras el infierno, quizás, vuelva el paraíso, pero el infierno es ineludible. La tormenta es así, y nosotros no somos más que pájaros en medio de la tormenta. Dejarse llevar, como dice Hesse, es la única salida posible. El fuerte viento y la lluvia pasarán, volverá la calma, y tal vez regresen los aires suaves y amables, pero mientras tanto tenemos que aceptar la realidad de la tormenta.
    No, no se puede ser vagabundo y artista y asimismo un burgués sano y cuerdo. Ambas historias se contradicen demasiado. Así que, si el camino elegido es el primero, no nos queda sino aprender a navegar y saber resistir los embates. Más allá de los surcos de barro que ahora pisamos está la copa de oro en que bebimos ayer. El pozo escondido del desierto nos espera tras la siguiente duna...  
 

Antonio H. Martín
(19 de abril, 2013)

lunes, 15 de abril de 2013

Recuerdos de Montagnola


    A veces vivimos momentos que están tocados por una cierta magia, pero no siempre somos conscientes de ese hecho, de la pequeña maravilla vivida, hasta mucho tiempo después...
    Me doy cuenta hoy, después de más de treinta años, que quien me recibió en 1979 en la Casa Camuzzi, de Montagnola, no fue el escritor chileno Miguel Serrano, sino el mismo Hermann Hesse... Por eso cuando envié una carta al autor americano, pasados unos cuantos años de mi viaje, éste me respondió que no me recordaba. Y no fue sólo por la lógica razón del tiempo transcurrido y por ser yo un desconocido, sino porque en esencia —ahora lo veo— no había sido él quien me había recibido amablemente, mostrado el salón de la casa con sus valiosos recuerdos (entre ellos, el espejo de Klingsor), y regalado algunos libros, sino que detrás estaba la mano de mi estimado "tío Hermann".
    Ya narré aquí hace tiempo los detalles de esa inolvidable visita. Por ejemplo, nada más llegar frente a la Casa Camuzzi, cuyo oscuro portal apareció ante mis ojos como la entrada de un templo sagrado, me quedé unos minutos quieto, mirándola, y un hermoso gato se acercó a mí y se dejó acariciar... Como en un gesto de bienvenida. Y más tarde comprobé, en un libro biográfico sobre Hesse que adquirí en la cercana Lugano, que el gato preferido del tío Hermann era asombrosamente parecido al que se me había acercado... Puedo entender que esto que digo suene a simple coincidencia, además de que no creo que todos los gatos de Montagnola sean iguales..., pero uno interpreta las cosas a su manera y se permite, de acuerdo con sus sentimientos, encontrar un sentido personal a la experiencia.
    Lo que está claro es que durante esos días era casi constante la sensación de una presencia invisible. Y puedo afirmar, por tanto, que casi continuamente sentía que el espíritu de Hesse me acompañaba. ¿Quién si no? Al fin y al cabo, había viajado hasta allí para eso, para sentir de cerca los lugares en los que había vivido el maestro y para intentar encontrarme con su espíritu. No es que llegara a ver un fantasma, ni sólo que ese pueblo estuviese impregnado de su recuerdo. Pero sentí, sobre todo en ciertos momentos, que detrás de mis pasos, como guiándome, estaba él...
    Cuando crucé el umbral de la Casa y llamé a la puerta que daba al antiguo aposento de Hesse, me abrió un señor alto, serio y elegante, vestido de traje gris, al cual expresé los motivos de mi presencia allí. Le dije que era un gran admirador de la obra de Hesse, que venía desde muy lejos, y poco más... El señor (que luego resultó ser el escritor y diplomático que he nombrado al principio) me escuchó sin decir nada. Imagino que un tanto perplejo por mi extraña visita. Y cuando, pasados unos segundos, comprendí que era absurdo seguir ante esa puerta, e hice ademán de marcharme, el señor en cuestión recuperó el habla y me dijo textualmente: "alguien admirador de Hesse y que viene de tan lejos, no se puede quedar en la puerta..." Y me invitó amablemente a entrar.
    En fin, cualquiera puede entenderlo como desee. Pero para mí que fue el mismo Hesse quien en ese instante intercedió en mi favor y no quiso que me fuera con las manos vacías... Fue su regalo a ese joven caminante que había venido de un país lejano con el corazón lleno de sueños.  
     


Antonio H. Martín
(15 de abril, 2013)

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imagen: Montagnola, acuarela
(Hermann Hesse - 1929)