Sobre la tierra amarga,
caminos tiene el sueño
laberínticos, sendas tortuosas,
parques en flor y en sombra y en silencio;
criptas hondas, escalas sobre estrellas;
retablos de esperanzas y recuerdos.
Figurillas que pasan y sonríen
-juguetes melancólicos de viejo-;
imágenes amigas,
a la vuelta florida del sendero,
y quimeras rosadas
que hacen camino... lejos...
Antonio Machado
(Del camino, poema XXII)
Este poema de Machado siempre me ha traído a la memoria mis viejos paseos por el campo, cuando empleaba las mañanas en andar por el largo camino que bordea el río, siempre con un libro en las manos. Sí, en aquel tiempo vivía en un pueblo, en una casita alquilada, y junto a ese pueblo hay un pequeño río. Eran, como digo, otros tiempos.
Y hablando de tiempo, todo era mío, tiempo libre para dedicarme a lo que más me apeteciera. Y esto era, en su mayor parte, pasear por el camino del río. No sólo las mañanas, también las tardes e incluso algunas noches de luna llena. El camino aquel estaba lleno de amables rincones, donde descansar y concentrarse más en la lectura o en la contemplación de los parvos paisajes. Para mí, el mismo camino era un amable rincón.
Era casi como pasear por un mundo aparte, como si rozara la frontera de algún oculto paraíso. Árboles, montes, flores y río formaban un conjunto de imágenes amigas que acompañaban gratamente al caminante solitario. Y todo siempre envuelto en un respetuoso y mágico silencio.
Allí, en ese estrecho camino junto al río, en el que a cada paso me sorprendía alguna pequeña maravilla, fue donde encontré una razón de peso para seguir viviendo. Entonces lo llamé “sentido poético”, que venía a ser como un lenguaje distinto de la mirada que conseguía transformar el mundo en otro, en otro más cercano al corazón. Se le puede llamar también, si se quiere, fantasía, o embeleso de los sentidos ante lo que apreciamos como bello; yo lo llamaba simplemente sentido poético y era para mí una forma diferente de mirar.
En ese camino y en sus alrededores me sucedieron muchas cosas. Nada importante según las formas de la normalidad, pero muy valioso según mis propias formas. Allí, por ejemplo, me encontré una noche con la sombra de la muerte.
Era una noche de verano y viento; me acerqué peligrosamente a un desnivel del río, donde éste corría con fuerza, y me paré justo en el borde, observando fijamente la caída del agua en una pequeña cascada. El sonido casi atronador del torrente y su rápido movimiento me atrajeron más allá de lo recomendable... Tenía ante mis ojos una puerta abierta. Sólo había que dar un paso, un solo paso y todo cambiaría, o todo acabaría. En aquel momento no era mi vida muy de mi gusto, así que no me importaba soltar la cuerda de los días y entregarme a la noche. El sonido del agua era una voz imponente, ronca y poderosa, y en su cuerpo danzaban miles de formas que me recordaban al abismo de lo infinito, lleno de vacíos y estrellas.
Hubo un momento crítico en que la decisión parecía tomada. Empecé a sentir que mi cuerpo se movía hacia delante. Tan sólo un instante fugaz me separaba de eso que algunos llaman “el otro lado”, y mi cuerpo sería agua, río, abismo de estrellas...
Pero aquí estoy ahora, más de veinte años después, escribiendo en este cuaderno. Justo entonces, cuando el miedo a lo desconocido empezaba a dejarse seducir, alguien, o algo, me tocó la espalda. Sentí como una mano que me rozaba. Pero no con la intención de empujarme, sino como un aviso. Por supuesto, comprendí de inmediato. No de forma racional; no hubo tiempo para pensar. Sencillamente, mi cuerpo entendió de qué se trataba y dio un salto hacia atrás.
Había estado a la distancia de un segundo de pasar al otro lado. Pero la sombra aquella, o lo que fuera, quizá algún espíritu amigo, me dijo que no debía hacerlo, que no era el tiempo. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que lo que sentí en mi espalda no sólo no me empujaba, sino que tampoco me retenía... Sólo era un aviso, contundente, clarísimo, que venía a decir: “esto no es ningún juego, estás a punto de traspasar la puerta, ¿de verdad quieres hacerlo ahora?”
Eso es precisamente lo que mi cuerpo, mi inconsciente, entendió.
Y otras muchas cosas, para mí valiosas y sorprendentes, me sucedieron en ese camino y sus alrededores. Recuerdo, por poner otro ejemplo, mis conversaciones con la luna. Sí, aunque parezca locura, hablaba con la luna, y ella me contestaba. Por supuesto, sus palabras no eran de este mundo, sino del suyo. La luna, como es lógico, habla en idioma lunar.
Y eran muy interesantes esas conversaciones, de las que quizá hable en otro momento.
Yo es que soy muy conversador, o, mejor, lo era entonces. He hablado también con árboles, hasta con piedras. No todos los árboles hablan, pero los que lo hacen son muy buenos conversadores; aunque ellos prefieren las caricias antes que las palabras. Y en cuanto a las piedras, la verdad es que hablan muy poco, más bien casi nada. Ellas gustan más del silencio, su tiempo es muy lento y muy largo en comparación con el nuestro. Pero les gusta mucho mirar, y aunque no suelen contestar a las preguntas siempre escuchan. Escuchan y miran.
“Caminos tiene el sueño...”, decía Machado, y yo puedo decir, al contrario, que aquel camino junto al río estaba lleno de sueños. Lo que no significa llevar la contraria a don Antonio, en absoluto.
Cuando se tiene la buena suerte de encontrar un sitio propicio, como aquel camino, en el que las formas te rodean amablemente, te acompañan e incluso te hablan, a veces, el paisaje se convierte en espejo, y uno mismo en espejo del paisaje.
En mi caso, puedo afirmar que las quimeras, aparte de no ser rosadas, hacían camino... cerca...
Antonio Martín
(11 de enero, 2009)