Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







viernes, 30 de enero de 2009

Se fue el lobo...



Lo que voy a decir ahora no tiene ninguna importancia, pero quiero decirlo, para dejar constancia de un pequeño detalle personal.
No sé si alguien ha observado que el lobo que se veía en mi avatar ha desaparecido. Puede que el amigo Erik, que en un reciente comentario me hablaba de los "desenmascarados", quizá refiriéndose a este hecho.
La cuestión es que mi amigo lobo se ha ido. Como podeis imaginar, al menos los que conoceis algo del mundo animal, el lobo que se veía en esa fotito azul con una gran luna llena al fondo, no estaba en realidad aullando a la luna, como se suele pensar, poetizando la escena, sino que estaba buscando compañía, concretamente la compañía de una loba. Si recordais, la luna estaba a su derecha, no frente a él.
Pues bien, parece que por fin la ha encontrado. Así que he tenido que improvisar y hacerme una foto para rellenar el hueco.
No tengo cara de lobo, pero algo sí me parezco, sobre todo por dentro.

Mi amigo lobo, con las prisas, no sólo se ha ido sino que además se ha llevado con él la luna y el montículo sobre el que estaba apostado, o sea, todo el paisaje. Por eso lo de poner mi foto casera.
Me alegré al principio de su feliz encuentro, porque es mi amigo, pero reconozco que no me pareció bien que se marchara de esa manera, sin despedirse y llevándose la luna. Aunque luego pensé que fueron las mismas prisas con las que salió zumbando las culpables de la desaparición del paisaje. Salió tan rápido que lo arrastró todo.

Como compensación he recibido esta noche un regalo de mi amigo. Él no tiene cámara de fotos, ningún lobo tiene de esas cosas, pero parece que sí tiene a alguien que sabe pintar. Y el regalo de mi amigo lobo ha sido un retrato de su nueva compañera, hecho por ese alguien, al que no tengo el gusto de conocer.
La verdad, es que viendo ese retrato entiendo perfectamente su prisa por salir del cuadro. Yo, en su lugar, hubiese arrastrado hasta el marco...

Y, bueno, esto es lo que quería contaros. Mi amigo me temo que no volverá, al menos en mucho tiempo. Sólo espero que tenga una buena vida de lobo, que es lo que él quería, como es natural.

Yo aguantaré con mi foto hasta que encuentre otro animal que se me acerque y quiera ser mi amigo. Hasta entonces, veréis en los comentarios el rostro asombrado de este otro lobo con gafas; un viejo lobo estepario que seguirá encantado de leer vuestras cosas y de que tengais la amabilidad de leer las suyas, aunque sólo sea de reojo.

Eso es todo, amigos. Gracias por vuestra paciencia.

AHM
(29 de enero, 2009)

jueves, 29 de enero de 2009

Indian Summer



Los que soléis pasaros por aquí ya conoceis este tema, porque siempre lo incluyo en mis listas de música. Este "Verano Indio", del guitarrista alemán Friedemann Witecka, tiene algo que siento como alegre y animoso, me transmite buena energía y me mueve a caminar.
Y el caso es que he encontrado en internet, en una página llamada "yotuve", o algo así, un vídeo que ilustra esta, para mí, música amiga, y quiero compartirlo con vosotros. Sólo son fotos de paisajes, pero seguro que os gustan los paisajes, por lo menos los que aquí se ven, que son de esos que invitan a vivir.

AC.


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- Indian Summer

- Friedemann

lunes, 26 de enero de 2009

La canción del sol


Por si alguien ha pensado alguna vez que en este cuaderno nunca sale el sol, aquí dejo este vídeo como evidencia de lo contrario.

En el blog de la amiga Matilde Selva, Caminante Nocturna, se habla ahora de un evento que se va a celebrar en Valencia, llamado "Poesía contra la barbarie", que está dedicado a intentar paliar, de alguna manera, la desgracia que actualmente está sufriendo el pueblo palestino. Ya he comentado allí que me parece un hermoso gesto, pero un gesto inútil. Lo cual es obvio.
La poesía en tiempos antiguos era un lenguaje mágico, que tenía el poder de transformar las conciencias, pero me temo que hoy eso sea algo fútil que no va a cambiar nada ni a nadie.

Sin embargo, los que aquí escribimos no nos movemos por 'obviedades', sino, básicamente, por sentimientos. Y por eso aplaudo el gesto y me uno a él.
No sé escribir poemas, así que pongo este pequeño vídeo solar.

Esto me recuerda algo a cuando se reunen cientos de personas en el 'sagrado' lugar de Stonehenge, para unir fuerzas psíquicas a favor de la paz en el mundo. No puedo saber si eso sirve para algo, y más bien, como dije antes, me inclino a creer que no. Pero la utilidad de un acto no tiene por qué ser siempre el sentido de ese acto. Hay ocasiones en que el acto se justifica a sí mismo, como cuando gritamos al recibir un golpe inesperado. ¿De qué sirve gritar? De nada. Pero tenemos que hacerlo: es una reacción natural que no podemos evitar.

Así pues, que grite la poesía, o que susurre, pero que se diga, que se declame. La barbarie es sorda y no lo va a oír. Pero nuestro corazón no puede hacer otra cosa.

Y quizá, quién sabe, una llama azul empieze a crecer en ese mar rojo de odio y sangre. Así lo deseo y así lo espero, a pesar de todo.


AHM
(26 de enero, 2009)




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- The Song of the Sun

- Mike Oldfield

jueves, 22 de enero de 2009

Mirar



    Mirar y no ver misterio es no saber mirar.
    Me asomo a la ventana y veo los edificios que hay delante de mi casa, los mismos de todos los días -las casas no se suelen mover-, veo los coches aparcados, la gente que pasa... Todo normal. Pero a veces algo ocurre en mi mente, y durante un instante, sólo un instante, veo todo eso de forma distinta. No es que vea nada raro, pero tampoco nada conocido... Veo esos edificios, coches y farolas como algo nuevo.
    Lo que quiero decir es que, por un momento, veo el paisaje urbano que hay frente a mi ventana como si lo viera por primera vez. Las calles son nuevas para mí, nunca he caminado por ellas, y tras cada ventana hay alguien que desconozco, quizá un futuro amigo. Todo es una misteriosa e inquietante posibilidad, pero sin la sombra del temor, como un campo luminoso que atrae e invita a ser descubierto.
    En otras palabras, miro ese paisaje sin el peso de la experiencia. Con la mirada libre y limpia. Aunque esto dure, como he dicho, sólo un instante.

    Por supuesto que ya he andado por esas calles, porque llevo varios años viviendo aquí, y aunque no sepa exactamente quiénes habitan tras las numerosas ventanas, sí me he cruzado con la mayoría de ellos en esas mismas calles, he visto sus gestos y oído sus voces, sin notar nada especial. Esta experiencia cotidiana repetida ensombrece la mirada, y cuando me asomo por mi ventana sólo veo una continuidad aparente que no me dice nada. Seguro que es un error, pero uno siempre se fía de lo que ve, o cree ver. La película está visionada mil veces y ya se la sabe uno de memoria. Sabemos qué va a decir cada personaje y cómo se va a mover; sabemos que el asesino es, como casi siempre, el mayordomo. Pero yo me pregunto: ¿hemos visto de verdad la película a fondo? Y además, ¿no será una película “viva”, que cambia constantemente?

    Tras las ventanas no hay posibilidades, sólo vecinos. Las calles son sólo calles, y las casas sólo casas normales, que para mí es como si estuvieran vacías. Todo normal y corriente. Excepto en ese instante en que la experiencia se distrae y me deja libre la mirada.


AHM
(21 de enero, 2009)
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imagen: "Flood Fences", por Rob Gonsalves.

lunes, 19 de enero de 2009

La noche estrellada



Dedicado a la amiga Rayuela, a quien parece que le gusta especialmente esta pintura de Van Gogh.

AC.

domingo, 18 de enero de 2009

Vincent




“...Conozco a dos personas agitadas en su interior por el mismo combate: ‘yo soy pintor’ y ‘yo no soy pintor’. Rappard y yo mismo. Una lucha espantosa a veces, una lucha que es precisamente la diferencia entre nosotros y algunos otros que toman las cosas menos en serio; para nosotros mismos, es algunas veces muy duro; una crisis de melancolía, un poco de luz, un poco de progreso; otros, tienen que luchar menos, trabajan quizás más fácilmente; pero también el carácter del individuo se desarrolla menos.
“Tú tendrás también que soportar esta lucha, y te lo aseguro: tienes que estar íntimamente persuadido de que corres el riesgo de que te quebranten personas que, sin ninguna duda, tendrán las mejores intenciones del mundo.

“Si algo en el fondo de ti te dice: ‘tú no eres pintor’, es entonces cuando hace falta pintar, viejo, y esta voz también se callará, pero solamente por este medio; aquél que sintiendo esto se va a casa de sus amigos y les cuenta sus penas, pierde un poco de su energía, un poco de lo que mejor lleva dentro. Sólo pueden ser tus amigos aquéllos que también luchen contra esto, aquéllos que por el ejemplo de su propia actividad estimulen lo que hay de activo en ti. Es preciso ponerse a la tarea con un aplomo, con una cierta conciencia de que lo que se hace es conforme a la razón, así como el labriego guía su carreta o como nuestro amigo que, en mi pequeño croquis, rastrilla su campo, y lo rastrilla él mismo. Si no se tiene caballo, uno mismo es el propio caballo, y esto es lo que una multitud de personas hacen aquí.

“Hay una frase de Gustavo Doré que yo he encontrado siempre muy bella: ‘Tengo la paciencia de un buey’. Yo veo dentro de ella a la vez algo bueno, una cierta honestidad resuelta; en fin, esta frase contiene muchas cosas: es una verdadera frase de artista. Cuando se piensa en personas en las cuales el espíritu concibe cosas de este género, me parece que los razonamientos que sólo asoman en boca de los marchands de cuadros, a propósito de ‘artistas dotados’, no son más que un horrible graznido de cuervo. ‘Tengo paciencia’, qué sereno es esto, qué digno; tal vez no se diría si precisamente no hubiera todos estos graznidos de cuervos.

“Yo no soy artista –qué grosero es esto-, incluso pensándolo de sí mismo -¿será posible no tener paciencia, no aprender de la naturaleza a tenerla, a tener paciencia viendo cómo aparece silenciosamente el trigo, crecer las cosas?- ¿será posible valorarse como una cosa tan absolutamente muerta, que hasta se llegue a pensar que ni siquiera se puede crecer más? ¿Pensaría alguien, por ventura, en contrariar intencionalmente su desarrollo? Digo esto para hacer ver cuán tonto encuentro el hablar de artistas dotados o no dotados.

“Pero si se quiere crecer, es preciso hundirse en la tierra. Te digo pues: plántate en la tierra de Drenthe y germinarás; no te seques en el empedrado.
“Hay plantas que crecen en las ciudades, me dirás; sea, pero tú eres trigo, y tu lugar está en un campo de trigo...
“No pienso decirte nada nuevo, en lo más mínimo; te pido tan sólo que no vayas al encuentro de ideas mejores que las que ya llevas dentro.”


Vincent Van Gogh

(de una carta a su hermano Théo, en respuesta al vago proyecto de éste de hacerse pintor)






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Vincent Van Gogh - A Reverie

-William Ackerman

domingo, 11 de enero de 2009

Caminos tiene el sueño...




Sobre la tierra amarga,
caminos tiene el sueño
laberínticos, sendas tortuosas,
parques en flor y en sombra y en silencio;
criptas hondas, escalas sobre estrellas;
retablos de esperanzas y recuerdos.
Figurillas que pasan y sonríen
-juguetes melancólicos de viejo-;
imágenes amigas,
a la vuelta florida del sendero,
y quimeras rosadas
que hacen camino... lejos...

Antonio Machado
(Del camino, poema XXII)


    Este poema de Machado siempre me ha traído a la memoria mis viejos paseos por el campo, cuando empleaba las mañanas en andar por el largo camino que bordea el río, siempre con un libro en las manos. Sí, en aquel tiempo vivía en un pueblo, en una casita alquilada, y junto a ese pueblo hay un pequeño río. Eran, como digo, otros tiempos.
    Y hablando de tiempo, todo era mío, tiempo libre para dedicarme a lo que más me apeteciera. Y esto era, en su mayor parte, pasear por el camino del río. No sólo las mañanas, también las tardes e incluso algunas noches de luna llena. El camino aquel estaba lleno de amables rincones, donde descansar y concentrarse más en la lectura o en la contemplación de los parvos paisajes. Para mí, el mismo camino era un amable rincón.
    Era casi como pasear por un mundo aparte, como si rozara la frontera de algún oculto paraíso. Árboles, montes, flores y río formaban un conjunto de imágenes amigas que acompañaban gratamente al caminante solitario. Y todo siempre envuelto en un respetuoso y mágico silencio.
    Allí, en ese estrecho camino junto al río, en el que a cada paso me sorprendía alguna pequeña maravilla, fue donde encontré una razón de peso para seguir viviendo. Entonces lo llamé “sentido poético”, que venía a ser como un lenguaje distinto de la mirada que conseguía transformar el mundo en otro, en otro más cercano al corazón. Se le puede llamar también, si se quiere, fantasía, o embeleso de los sentidos ante lo que apreciamos como bello; yo lo llamaba simplemente sentido poético y era para mí una forma diferente de mirar.

    En ese camino y en sus alrededores me sucedieron muchas cosas. Nada importante según las formas de la normalidad, pero muy valioso según mis propias formas. Allí, por ejemplo, me encontré una noche con la sombra de la muerte.
    Era una noche de verano y viento; me acerqué peligrosamente a un desnivel del río, donde éste corría con fuerza, y me paré justo en el borde, observando fijamente la caída del agua en una pequeña cascada. El sonido casi atronador del torrente y su rápido movimiento me atrajeron más allá de lo recomendable... Tenía ante mis ojos una puerta abierta. Sólo había que dar un paso, un solo paso y todo cambiaría, o todo acabaría. En aquel momento no era mi vida muy de mi gusto, así que no me importaba soltar la cuerda de los días y entregarme a la noche. El sonido del agua era una voz imponente, ronca y poderosa, y en su cuerpo danzaban miles de formas que me recordaban al abismo de lo infinito, lleno de vacíos y estrellas.
Hubo un momento crítico en que la decisión parecía tomada. Empecé a sentir que mi cuerpo se movía hacia delante. Tan sólo un instante fugaz me separaba de eso que algunos llaman “el otro lado”, y mi cuerpo sería agua, río, abismo de estrellas...
    Pero aquí estoy ahora, más de veinte años después, escribiendo en este cuaderno. Justo entonces, cuando el miedo a lo desconocido empezaba a dejarse seducir, alguien, o algo, me tocó la espalda. Sentí como una mano que me rozaba. Pero no con la intención de empujarme, sino como un aviso. Por supuesto, comprendí de inmediato. No de forma racional; no hubo tiempo para pensar. Sencillamente, mi cuerpo entendió de qué se trataba y dio un salto hacia atrás.
    Había estado a la distancia de un segundo de pasar al otro lado. Pero la sombra aquella, o lo que fuera, quizá algún espíritu amigo, me dijo que no debía hacerlo, que no era el tiempo. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que lo que sentí en mi espalda no sólo no me empujaba, sino que tampoco me retenía... Sólo era un aviso, contundente, clarísimo, que venía a decir: “esto no es ningún juego, estás a punto de traspasar la puerta, ¿de verdad quieres hacerlo ahora?”
    Eso es precisamente lo que mi cuerpo, mi inconsciente, entendió.

    Y otras muchas cosas, para mí valiosas y sorprendentes, me sucedieron en ese camino y sus alrededores. Recuerdo, por poner otro ejemplo, mis conversaciones con la luna. Sí, aunque parezca locura, hablaba con la luna, y ella me contestaba. Por supuesto, sus palabras no eran de este mundo, sino del suyo. La luna, como es lógico, habla en idioma lunar.
    Y eran muy interesantes esas conversaciones, de las que quizá hable en otro momento.
    Yo es que soy muy conversador, o, mejor, lo era entonces. He hablado también con árboles, hasta con piedras. No todos los árboles hablan, pero los que lo hacen son muy buenos conversadores; aunque ellos prefieren las caricias antes que las palabras. Y en cuanto a las piedras, la verdad es que hablan muy poco, más bien casi nada. Ellas gustan más del silencio, su tiempo es muy lento y muy largo en comparación con el nuestro. Pero les gusta mucho mirar, y aunque no suelen contestar a las preguntas siempre escuchan. Escuchan y miran.

    “Caminos tiene el sueño...”, decía Machado, y yo puedo decir, al contrario, que aquel camino junto al río estaba lleno de sueños. Lo que no significa llevar la contraria a don Antonio, en absoluto.
    Cuando se tiene la buena suerte de encontrar un sitio propicio, como aquel camino, en el que las formas te rodean amablemente, te acompañan e incluso te hablan, a veces, el paisaje se convierte en espejo, y uno mismo en espejo del paisaje.
    En mi caso, puedo afirmar que las quimeras, aparte de no ser rosadas, hacían camino... cerca...


Antonio Martín
(11 de enero, 2009)