Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







martes, 18 de agosto de 2015

En el País de los Elfos




    En sus rojizas chaquetas de cuero, que les llegaban a las rodillas, los hombres de Erl se presentaron ante su señor, el augusto hombre de pelo cano en lo profundo de su estancia roja. Inclinado en la silla tallada, escuchó lo que el portavoz tenía que decir.
    Y así habló el portavoz:
    —Durante setecientos años los jefes de vuestra raza nos han gobernado bien; y sus hazañas quedaron registradas por los trovadores menores, que viven todavía de sus cancioncillas tintineantes. Pero las generaciones se suceden y nada hay de nuevo.
    —¿Qué queréis? —preguntó el señor.
    —Queremos ser gobernados por un señor dotado de magia —dijeron.
    —Así sea —dijo el señor—. Quinientos años han transcurrido desde que mi pueblo habla de este modo en parlamento, y siempre será lo que vuestro parlamento diga. Habéis hablado. Así sea.
    Y levantó la mano y los bendijo, y ellos partieron.
    Volvieron a sus antiguas tareas, a ajustar la herradura al casco de los caballos, a trabajar el cuero, a cuidar las flores, a satisfacer las duras necesidades de la tierra; seguían antiguos usos y estaban a la busca de algo nuevo. Pero el viejo señor envió un mensaje a su hijo mayor rogándole que fuera a su presencia.
    Y sin demora el joven se presentó ante él, en esa misma silla tallada de la que no se había movido, donde la luz, ya avanzada la tarde, entraba desde las altas ventanas y mostraba los ojos envejecidos que miraban el futuro a lo lejos, más allá del tiempo del viejo señor. Y allí sentado, le dio al hijo su mandato.
    —Ve —le dijo— antes de que estos mis días lleguen a su fin y, por tanto, ve de prisa desde aquí hacia el este, más allá de los campos que conocemos, hasta que veas las tierras que con toda evidencia pertenecen a las hadas; y cruza su linde, que está hecha de crepúsculo, y dirígete al palacio del que sólo puede hablarse en canto.
    —Es lejos de aquí —dijo el joven Alveric.
    —Sí —respondió él—, es lejos.
    —¿Qué mandáis que haga —preguntó el hijo— al llegar a ese palacio?
    Y su padre dijo:
    —Que te cases con la hija del Rey del País de los Elfos
    El hijo pensó en su belleza y en la corona de hielo que llevaba, en la dulzura que las runas fabulosas le atribuían. Cantos se le cantaban en las colinas salvajes donde crecen minúsculas fresas, y si se buscaba al cantor, no era posible encontrarlo. A veces sólo su nombre se cantaba gentilmente, una y otra vez. Su nombre era Lirazel.
    Era una princesa de linaje fabuloso. Los dioses habían enviado a sus sombras a su bautismo, y también las hadas habrían asistido, pero se asustaron al ver en sus campos cubiertos de rocío a las largas sombras oscuras de los dioses que avanzaban, de modo que se quedaron escondidas todas juntas en las pálidas anémonas rosadas, y desde allí bendijeron a Lirazel.
    —Mi pueblo exige que lo gobierne un señor dotado de magia. Han adoptado una decisión necia —dijo el viejo señor—, y sólo los Oscuros que no muestran su cara conocen cuáles serán las consecuencias; pero nosotros, que no vemos, seguimos la antigua costumbre y hacemos lo que dice nuestro pueblo en el parlamento. Puede que algún espíritu sabio que ellos no conocen los salve todavía. Ve con la cara vuelta hacia esa luz que llega del país de las hadas y que débilmente ilumina el crepúsculo desde la caída de la tarde y las primeras estrellas, y ella te guiará hasta que llegues a la frontera y hayas dejado atrás los campos que conocemos.


Lord Dunsany

(The King of Elfland's Daughter - 1924)


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    Así comienza La hija del Rey del País de los Elfos, del gran maestro soñador Dunsany, que según los críticos es su mejor novela. Y recomiendo, por supuesto, encarecidamente su lectura a los amantes de los cuentos de hadas y las historias fantásticas, porque en ese género es sin duda una obra magistral. Yo la leí someramente en 1989, cuando el libro llegó a mi biblioteca, y digo «someramente» porque las circunstancias de entonces no me dejaban suficiente tiempo libre para largas lecturas. Pero la leí por fin completa en el invierno del año pasado. Veinticinco años después, sí. Pero mereció mucho la pena esperar, porque quedé absolutamente encantado. Hay cosas que no deteriora el tiempo y que pueden estar guardadas en un cajón durante muchos veranos e inviernos, sin que las llegue a tocar el polvo de la edad, conservando intacta su frescura.
    El delicioso estilo de Dunsany ha sido alabado en multitud de ocasiones, por los lectores aficionados y por los eruditos. Lovecraft, por ejemplo, decía que... «La belleza es la tónica de las obras de Dunsany. Ama el vivo color verde de jade y cobrizo de los domos y el delicado resplandor de los minaretes de marfil de unas imposibles ciudades de ensueño a la puesta del sol.» Y también decía lo siguiente: «Para el lector dotado de una gran imaginación, Dunsany es el talismán y la llave que abre los ricos almacenes del ensueño y de los recuerdos fragmentarios, hasta el punto de que podemos hablar de él no solamente como de un poeta, sino como de un autor que hace de cada lector un verdadero poeta.»
    Y según el crítico Juan Ramón Vélez García (de la Universidad de Salamanca), su prosa es «fundamentalmente poética, lo que se manifiesta en el gusto por aliteraciones, anáforas, polisíndeton, en la preocupación por el ritmo y la musicalidad, o en la utilización de recursos arcaizantes».
    Es precisamente ese rico y poético lenguaje arcaizante, entre mitológico y legendario, como de historia vagamente oriental, pero en este caso esencialmente céltica, lo que nos hechiza en la obra de Dunsany. A mí me encantó, como decía, sobre todo por poder adentrarme de su mano en el fabuloso País de los Elfos (que en ocasiones llama también «país de las hadas»). Y me quedé especialmente prendado de esa «linde de crepúsculo» que menciona a menudo, y que hace de frontera entre nuestro mundo y el otro. Un mundo, ése otro, que curiosamente no recibe la luz ni del Sol ni de la Luna ni de ningún otro astro, porque posee su propia luz... Y este evocador asombro viene quizá porque de joven, en mis largos e intensos paseos por la susurrante esfera del atardecer, me encontré muchas veces con esa linde y allí, detenido y emocionado ante sus brillos seductores, y agradecido por la caricia de esa brisa que se siente diferente, intuía que de algún modo esa linde era como una auténtica puerta hacia otro mundo, hacia lo desconocido. Esa extraña dimensión que a algunos nos llama poderosamente desde más allá de las sombras de esta realidad.


Antonio H. Martín
(18 de agosto, 2015)


        

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música: Some Mother's Son - Bill Whelan
imagen 1: The Ring of Galadriel
  (Galadriel: Princesa Noldorin, hija de Finarfin - J. R. R. Tolkien)
imagen 2: "El laberinto celta" (imagen tomada del vídeo adjunto)
referencias literarias:
- La hija del Rey del País de los Elfos - Lord Dunsany
   (Ediciones Teorema - Barcelona, 1983)
- El horror sobrenatural en la literatura - H. P. Lovecraft
    (Barral Editores - Barcelona, 1974)
- Fifty-One Tales de Lord Dunsany - Juan Ramón Vélez García
    (Espéculo. Rev. de estudios literarios - U. Complutense de Madrid, 2004)



viernes, 31 de julio de 2015

Sobre el filo...




    Recuerdo que hace muchos años, leyendo un libro de Carlos Castaneda, me encontré con una interesante conversación, uno de cuyos fragmentos, aparte de interesarme, me chocó... Muchos de esos diálogos son interesantes, hacen reflexionar y hasta impresionan vivamente, pero algunos además —como éste de ahora— me vienen de vez en cuando a la memoria, al menos en retazos, como si quisieran que los siguiera pensando. Y hoy, entre el ruido vulgar de este tedioso ambiente festivo, he vuelto a escuchar estas palabras en concreto... 
    Don Juan Matus, su maestro brujo, le decía a Carlos, con su habitual lenguaje, directo y sin ambages ni eufemismos, que sólo había dos clases de individuos: los "pises" y los "pedos"... Castaneda replicó entonces, quejándose, que él no era ni lo uno ni lo otro. A lo que don Juan le rectificó diciéndole que eso era porque aún no se había decidido por una u otra opción... Dando a entender que no hay más posibilidades en este mundo.
    Quizá lo expresó así porque formaba parte de una estrategia de brujo, buscando cierto movimiento en la conciencia de su discípulo, en el punto de encaje de su percepción, para hacerle comprender alguna otra cosa oculta, como había hecho ya en numerosas ocasiones. Eso no puedo saberlo. Pero me atrevo a afirmar, desde mi humilde posición de lego en la materia, de simple e ignorante aficionado —tanto en psicología como en magia—, y con todos los respetos para el conocimiento del maestro-brujo tolteca, que opino, como en su momento Castaneda, que existe otra posibilidad, y que ni soy un "pís" ni soy un "pedo". 
    Aplicando ese criterio a mí mismo y mi vida, me veo como caminando sobre un estrecho pasillo, un angosto sendero, a veces casi como un filo de navaja, que está justamente entre medias de esas dos opciones. O, en todo caso, fuera de ellas. Y no porque esté indeciso respecto de elegir entre una u otra. Puedo ser muy simpático y afable en algunas ocasiones, y en otras desagradable y hosco. Suave o áspero, optimista o pesimista, claro u oscuro, gnóstico o agnóstico, fresco y húmedo o seco y arenoso, cálido como el último sol de la tarde o frío como el hielo nocturno, destello o sombra, voz o silencio... Depende, lógicamente, de la situación en que me encuentre. Y eso supongo que le ocurre a cualquiera y es lo más normal del mundo. Pero mientras los demás se comportan de uno u otro modo respondiendo según las diferentes circunstancias, noto que siempre lo hacen desde la convicción de una identidad personal, de una base característica, de una idiosincrasia, que, efectivamente, suele estar dentro de ese concepto psicológico binario que señalaba el brujo don Juan.
    Curiosamente, sin embargo, yo por donde suelo caminar no es por ahí, ni desde esa base supuestamente fija, en ocasiones ficticia pero siempre con apariencia de solidez, sino por esa otra angosta orilla, por ese filo, que corta algunas veces, pero que es por naturaleza mi casa. 
    Es como un finísimo margen que está unos centímetros fuera del mundo. Un margen que no se decide nunca definitivamente (ni, por supuesto, se obsesiona) por la claridad o la oscuridad, aunque pueda moverse por ambas vertientes, por ambos lados de la realidad, por uno u otro polo. Que en el fondo no se identifica ni con la risa ni con el llanto, ni con alegrías ni con tristezas, ni con los sonrientes fulgores de la mañana ni con las ominosas sombras de la noche... Puede sonar ambiguo, o incluso como ambivalente, pero no es exactamente así. Se trata de un camino distinto, estrecho y apartado, marginal, que se encuentra, como digo, un poco más allá del mundo. Quizá en el borde. Más arriba o más abajo, a un lado o a otro... Eso da igual. 
    Esta rareza ha constituido mi extraño hogar desde casi siempre. Por eso me considero algo dentro, o muy cerca, de ese grupo que Hesse denominó como los lobos esteparios. Seres un tanto raros y apartados, en cierta medida singulares, que transitan como oblícuamente por un mundo al que está claro que no pertenecen. A veces con apariencia de sombras o de fantasmas, pero siempre con un acerado brillo en la mirada o un estigma indefinible en la frente... No porque sean superiores o procedan de alguna otra dimensión desconocida. Son absolutamente humanos. De alguna manera distintos, pero humanos. 
    Aunque —eso sí— son totalmente incapaces, por ejemplo, de participar en ningún tipo de fiesta normal y corriente, de esas a las que la gente acude en grupos o directamente en masa con gestos de júbilo. Ahí es donde se les podrían romper los nervios, o podrían ser atacados por una nube tóxica de mortal aburrimiento o por una ácida lluvia de amargura. Lo saben bien, y por eso evitan esas celebraciones, esos eventos para ellos absurdos o simplemente vacíos (ajadas vestiduras y cortinajes de un viejo teatro abandonado, que luces giratorias, risas y petardos no pueden revivir). A no ser, claro está, que determinada situación de necesidad les obligue a acudir y tengan que fingir. Entonces se ponen su armadura de "locura controlada" y se esfuerzan, aunque les pese, en parecer normales. Ríen las payasadas de turno, comentan someramente —pero con aparente seriedad—sobre temas de política o deportes, y hasta son capaces de bailar... Pero es un asunto en el que casi nunca consiguen afinar del todo. 
    Porque suelen dar la impresión de que donde debería estar lo que normalmente se entiende por "humanidad" hay sólo una especie de vacío, como una ausencia. Como si no supiesen o no pudieran tomarse al mundo "real" (de normas y deberes, de gravedades y conflictos, de "divertidas" rutinas pueriles y fiestas ruidosas e idiotas) lo bastante en serio...

    Pienso ahora que no era en absoluto necesario escribir sobre esto. ¿A quién puede importarle un tema tan personal y subjetivo? Aunque ponga como pantalla cómplice a Hesse y a Castaneda, está claro que hablo de mí mismo... Si se es de éste o aquél modo, o de otro diferente, ¿a quién le importa, excepto a uno mismo? Pero sucede que éste ha sido y es un cuaderno íntimo, y todo lo que escribo en él lo hago, en principio, para mí. Tal y como empecé a hacerlo hace mucho tiempo, en aquellos viejos cuadernos de papel, mientras con la ventana abierta intentaba refrescarme la piel con el aire de la noche, y la mente con la osadía de nuevos pensamientos y jóvenes palabras, que anhelaban encontrar algún brillo en la oscuridad. 

    Así que —reitero y concluyo—, ni "pedo" ni "pís". Por mucho que pueda parecer una u otra cosa en determinados momentos. Sino sólo un pequeño lobo estepario, un caminante sobre lo que a menudo parece el filo de una navaja, que intenta siempre guardar un cierto equilibrio. Y que, aunque sea difícil, muchas veces lo consigue.
    Gracias a que afortunadamente, en algunas especiales ocasiones, ese camino me parece como un fino y brillante hilo de luna entre las tinieblas, un mágico puente colgante entre los mundos de la realidad y el sueño. Y yo siempre he sido, aparte de extraño viajero, un amante de la luna.


Antonio H. Martín
(31 de julio, 2015)


        


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imagen: The Lake and the Night - Lucien Lévy-Dhurmer (1910)
música: The Invisible Man - John Foxx y Harold Budd

           

martes, 21 de julio de 2015

Tormenta




    Bendita lluvia de verano que limpia las calles, vaciándolas de ruidos y de nulas presencias, del remolino de voces sin voz y siluetas sin fondo. Que humedece los árboles y la hierba, que moja la tierra y refresca el aire, aliviando el bochorno de la nada y el hastío. Como si abriera un pasillo en el tejido del tiempo... 
    Bendita tormenta de verano, que tras el murmullo continuo e inane de las hormigas paseantes nos trae la limpia llanura del silencio, con sus poderosos tambores de dragón lejano y profundo, con su sinfonía de vida.
    Que nos recuerda que todo eso que veíamos minutos antes no era más que un teatro vacío, una fiesta falsa y sin alma. Sólo un desfile de sombras. Figuras de piedra de un mundo gris y embustero. 


Antonio H. Martín
(21 de julio, 2015)



        


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imagen: Carel Willink (1942)
música: Summer Storm - Antonio Vivaldi

miércoles, 15 de julio de 2015

Un asa de viento



    «Para Hesse, el discípulo (Govinda en el caso de Siddhartha) es el parásito que vive a costa de otro. Romano Guardini, el teólogo católico, aconsejaba este parasitismo a los cristianos con respecto de Jesús. Pero el hombre original, es decir, aquel que quiere vivir su propia vida, que acepta su propio destino después de la penosa lucha por descubrirlo, salta fuera de la dialéctica discípulo-maestro y hasta fuera de las doctrinas mismas que el magisterio segrega.

    »Todo esto explica la suma independencia de Hesse, su vida retirada, su marginación, su oposición no sólo a la vulgar y grosera doctrina hitleriana que pretendió convertir Alemania en un país de ciegos discípulos, sino incluso a la naciente República de Weimar, de carácter democrático-burgués. Hesse se ha convertido en el hijo pródigo perfecto que Andre Gide quería: el que reniega de la casa paterna, de la seguridad de cualquier doctrina y de cualquier iglesia, y permanece para siempre en la intemperie de la soledad.

    »A partir de entonces, Siddhartha hace el camino solo. Busca la unidad, pero ya no en el rechazo de la vida sino en la aceptación de la vida y de la multiplicidad de manifestaciones del universo: en las flores, en los pájaros y, seguidamente, en el placer de la unión carnal. Se hace amante de la más famosa cortesana que le enseña las artes y técnicas del amor, y se hace comerciante para aprender todos los trucos de la vida del mundo y hacerse rico. Poco importa que este camino tampoco le satisfaga: lo importante es que ahora busca la unidad del Todo por medio de la multiplicidad y del enriquecimiento de la experiencia. Al final, Siddhartha encontrará la salvación, la plenitud, la unidad en el Nirvana, contemplando el transcurrir del amplio río, sumo signo de esa unidad perfecta: la duración en el cambio de las apariencias, la unidad en la transformación. Ahora es cuando Siddhartha es propiamente Siddhartha, pues este nombre en sánscrito significa "el que ha logrado su objetivo".

    »Para concluir recordaré aquellas palabras que Henry Miller, en Books in my life, dedica a esta obra: Les he dicho con frecuencia a mis amigos y hay una cierta verdad en mi exageración, que si yo no hubiese podido encontrar Siddhartha en otro idioma que en turco, en finés o en húngaro, lo hubiese leido y comprendido igualmente, a pesar de que no sé ni una palabra de estas lenguas bárbaras. Y, seguidamente, Miller recuerda unas palabras de Hesse que naturalmente habían de satisfacer a un escritor como Miller así como a la mayoría de los novelistas de su país: " ...a mí me falta el verdadero respeto por la realidad".» 

José M.ª Carandell
(1977)


    «Se ha dicho que Hermann Hesse fue viejo en la juventud y joven en su vejez. He aquí sus lecciones de iniciación: librarse de cualquier vínculo con los afectos dolorosos, disolverse en la ilusión del nihilismo, ser el creador de la propia alma, sintetizar en ella todas las fuerzas opuestas, absorber la magia de la naturaleza más allá de todas las patrias, agarrarse a un asa de viento para alcanzar todo aquello que deseábamos ser cuando, al salir de la adolescencia, le leíamos en verano tumbados en una hamaca a la sombra de los álamos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser como él un lobo estepario?»

Manuel Vicent
(2009)

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    Había leído ambas notas sobre Hesse hacía tiempo, pero a Alberto Linde le sorprendió gratamente volverse a encontrar con estos textos, que casi había olvidado. Aunque no era casual, porque ya que Hesse nació en un mes de julio había estado buscando, en libros y periódicos, comentarios sobre este autor, en una especie de pequeño homenaje a alguien por quien sentía mucho aprecio. 
    Después de leerlos y saborearlos, no se le ocurrió otra cosa que irse a un local cercano y amigo, y tomarse tranquilamente una copa de vino, como si estuviera en un grotto del Tesino, a la luz de la luna de una noche antigua, existencial y romántica. Y allí, en la terraza al aire libre, junto al alegre albaricoque y las orondas hortensias, bajo el paso de las nubes y junto al íntimo murmullo de las sirenas de aire y cristal, que sólo él podía oír, se bebió despacio su copa, en un brindis al estimado lobo estepario.
   Más tarde, cuando las sombras empezaran a nacer y el silencio abrazase al mundo, se acercaría al río, para escuchar y ver esa unidad en el cambio, ese fulgor continuo en la multiplicidad, esas mil voces unidas en una sola figura, en una sola sinfonía. Y quizá contemplar también el propio rostro del amigo Siddhartha, del joven y viejo caminante que logró encontrarse con su destino, con su personal nirvana... Para Linde iba a ser como entrar en un sueño. Porque también él, viajero soñador, estaba desde hace tiempo agarrado a un asa de viento...


Antonio H. Martín
(15 de julio, 2015)







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imagen 1: Amanecer junto a la montaña (B.I.G.)
imagen 2: Hermann Hesse (1904) 
música: Serenade - Franz Schubert


lunes, 29 de junio de 2015

Ganas...




    Tengo ganas esta noche de disiparme, de difuminarme y hundirme en un camino entre la niebla... Salir de la estrecha isla, de la jaula, de la cueva, haciéndome yo también niebla, confundiéndome con ella... Respirando como ella respira. Solo, tranquilo, sereno, con un brillo en la mirada y una frescura en el corazón. Ganas como de perderme en un sueño y no saber volver...
    ¿Para qué volver de un buen sueño? 
    Tengo ganas de que el ruido se convierta en silencio, de que las voces hablen en vez de gritar, de que las esquinas por una vez sean curvas y se dejen seducir por la música del aire que pasa sobre ellas, acariciándolas... 
    Tengo ganas de que los árboles me sonrían de nuevo, como antaño, pintando de verde lo gris. Y de que el agua me cuente lo que antes me contaba... De que la lluvia azul, con sus miles de gotas amigas, me moje de verdad, humedeciendo mi pensar, sedando las tensiones, transformando el desierto... De que la nieve me abrace y me duerma... Y de que el sol me caliente con certeza y cariño, como en aquellas mañanas de la infancia...
    Tengo ganas, en esta noche de luna, de montarme en una nube y viajar hacia un destino incierto, pero intenso, donde sé que la vida, en una forma u otra, estará presente...
    Tengo ganas... de besar y de ser besado, como en el jardín aquél, junto a los amables almendros, los cerezos y los castaños, entre susurros de brisa enamorada, que una tarde sin ganas, envenenada de sombra, se nubló para siempre.
    Tengo ganas de perderme en un sueño y no saber volver... 


Alessandro Castelli
(Gentilino - 2009)


        

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imagen: Portrait of Georges Rodenbach - Lucien Lévy-Dhurmer (1895)
música: Listen to your Heart - Mike Rowland

martes, 23 de junio de 2015

También esto pasará...




    Dos joyitas me regaló el domingo 21 (que, casualmente, fue mi cumpleaños) la revista de El País Semanal. La primera vino de la mano de Javier Cercas, que nos cuenta, para empezar, que... "Y luego dicen que no es mágico el mundo y que lo real sólo es caos y que es falso que, como dice Freud, la verdad tiene estructura de ficción"... Y a continuación nos narra que en un vuelo de Londres a Madrid, camino de la Feria del Libro, en el Borges de Bioy Casares, leyó la siguiente historia (contada por Borges): 
    "El rey David le pidió a un joyero que fabricase un anillo que le recordara, en los momentos de júbilo, que no debía ensoberbecerse y, en los momentos de tristeza, que no debía abatirse..."
    El joyero se abrumó por el difícil encargo del rey y salió a la calle, supongo que para buscar inspiración. Y entonces se le acercó un joven y le preguntó qué le inquietaba. El joyero le explicó su problema y el joven le dijo que no se preocupara, que lo que debía hacer era fabricar un anillo de oro con la inscripción de "También esto pasará".
    Cuando el joyero, siguiendo el consejo del joven, le presentó el anillo al rey, éste le inquirió sobre cómo había llegado a esa solución, y el joyero le contó su encuentro con el joven. Entonces el rey exclamó: "¡Ah! Ese joven es mi hijo Salomón." 
    Más adelante, Cercas nos dice que esa misma historia se encuentra en una novela de Milena Busquets (con el mismo título de "También esto pasará"), y en antiguos escritos orientales, por ejemplo en un cuento sufí, en el que "un sabio sirviente del rey salva a su señor con un mensaje que esconde en su anillo y que le recuerda que éxito y fracaso son sólo dos espejismos..." 
    Por supuesto que me agradó saber de esta historia, que podría también haber sido un breve cuento zen o taoísta, porque anda uno ahora metido en problemas mundanos y materiales, y viene muy bien recordar que todas las cosas, buenas o malas, acaban pasando.

    Y el segundo regalo lo encontré (unas páginas más adelante de la misma revista) en una breve y emotiva semblanza que hace Javier Rioyo del extraño y estimado poeta Fernando Pessoa. En la que empieza diciendo: "La soledad le desolaba y la compañía le deprimía. Vivió con el temor de que hablaran de él. Si le miraban, decía estremecerse; si alguien mostraba interés en él, huía. Le gustaba soñar, beber y escribir." 
    Y continúa, más adelante:
    "No jugó al fútbol, no cantó fados, ni ganó el Nobel. No es un gallo de Barcelos, ni un clavel rojo en un fusil. No es un tranvía, ni un bacalao. Ni siquiera es una sardina. Es un hombre solo, un personaje con sombrero, traje gris y cigarro en mano. Es un bebedor a pie de cualquier barra de barrio. Se pasó la vida huyendo del falso prestigio de la pompa, escapando a los afectos, fugándose de sí mismo. Frecuentó tertulias, creó revistas, escribió artículos y poemas. Ni persiguió el éxito, ni conoció el dinero, y apenas consiguió la escasa fortuna de publicar un solo libro en vida..."
    "Gustó de vivir conscientemente aislado. Reivindicó la nobleza del tímido, de no saber hacer nada o de no tener la habilidad para saber vivir. Sin embargo, vivió intensamente otras vidas sin salir de su ciudad, sus bares, sus habitaciones, con su manera de callar y beber. Murió antes de cumplir 50 años, quiso vivir solo y sin que le recordaran..." 

    ¿Hay relación entre estos dos regalos de encuentro? Seguro que sí. Tantas cosas me tocan en ellos, sobre todo en estos tiempos de problemas, cambios y zozobras... Pessoa me recuerda al amigo Kafka (y también, salvando largas distancias, a mí mismo, lobo estepario triste y esquinado). Y la frase de "también esto pasará", me ayuda a ver las cosas desde una perspectiva un poco más alta. Como si uno se saliera por un momento de la galería de sombras, saliendo por alguna ventana del museo de figuras grises y opacas, y pudiera ver la vida con una mirada más despierta, desde fuera de los muros, subido a alguna torre, o quizá... asombrosamente dotado con unas inesperadas alas de ensueño. Esas alas de azul anochecer que te transportan al lejano país del alma.  
    Por supuesto que el mundo es mágico, amigo Cercas. Basta con entornar un poco los ojos, en cualquier momento del día o de la noche, y dejar que el silencio aquiete la mente. Lo que viene después... es la música de la magia. Que supera todos los laberintos, traspasa todas las puertas y rompe cualquier barrera. Sí, Freud tenía razón: la verdad tiene estructura de ficción. Aunque solamos vivir atrapados en la ficticia realidad de la mentira. Y esto de la magia, sepamos percibirlo o no, tal vez sea lo único que nunca pasará. Por lo menos hasta que se apague la luna, caigan las estrellas y los sueños se duerman en el olvido...


Antonio Martín
(23 de junio, 2015)
   

martes, 16 de junio de 2015

Poetizar




    Casi siempre se ha dicho (muchas veces desde la más absoluta vulgaridad), que el poeta miente... Que sus menciones a vientos, lunas y estrellas, a músicas etéreas y amores sin sombra, no tienen ninguna relación con la realidad. Desde la "filosofía" de la calle, el poeta es un personaje embustero e inútil, que sólo sabe hablar de nubes viajeras y de pájaros que no existen, de flores extrañas y luces que hablan en la penumbra... De seres y cosas que anidan sólo entre las fiebres de su mente fantasiosa. Se suele pensar que el poeta es un ser compuesto de anhelos, enamorado de campos imposibles de encontrar. Un ser perdido en la madeja de sus sueños, un imaginador. Una especie de loco... ¿Qué pinta el poeta en medio de la cruda realidad, que consiste únicamente en encontrar comida y refugio?
    Pero no creo, como Nietzsche, que la belleza sea un invento humano. Sino, más bien, que es algo que existe sólo para el que sabe mirar y, en consecuencia, ver. Por eso, a pesar de esa filosofía popular, prefiero apuntarme a lo de poetizar, porque con ello tengo la sensación de que estoy descubriendo el mundo... Da igual que se trate de un valle, de una playa, de una montaña o de una calle cualquiera lo que estoy mirando. Si poetizo, lograré ver en ello la belleza que contiene. No estoy creando el mundo, no me invento nada. Sólo lo estoy descubriendo... Es como levantar un poco el velo de Isis, como traspasar esa tupida cortina que todo lo cubre y que convierte al mundo en esa galería estúpida y absurda que podemos ver todos los días en los periódicos. Es como conseguir abrir esa ventana que siempre estaba cerrada...  
    Para mí, el poeta, según lo entiendo, es aquel que prefiere mirar al mundo desde su corazón, descubriendo así que había luces ocultas y brillos inesperados tras la aparente opacidad, tras la mugre acumulada de los años. Tesoros secretos, sepultados entre las sombras. También él necesita comida y refugio, pero su mejor alimento y su mejor hogar están en esa oblícua mirada que le descubre que detrás de la vulgaridad hay un mundo diferente.
    La vida es una bruja azul y escarlata, que a veces se deja besar...


Antonio Martín
(16 de junio, 2015)