No quiero decir con esto que viva en tierra de artistas, pero en los pocos meses que llevo aquí ya me he encontrado con varios... Quizá es esta luz del norte, estos montes verdes, esta fina lluvia, las casas viejas de piedra, que son como cuevas primitivas, las callejas, los caminos estrechos que suben hasta las cabañas, los robles, las hayas, el río... No sé, pero el caso es que se respira aquí un ambiente que parece invitar a la reflexión, al pensar sereno, a los paseos tranquilos, a las tertulias de café... Y de ese ambiente surgen seres que se aficionan a la lectura, a la buena música, a escribir, y a pintar...
Mi último "descubrimiento" es Pancho, un hombre de mediana edad, culto y amante de la buena conversación, que vive en una de esas casas antiguas de piedra, y cuyo jardín, aparte del espacio dedicado a la huerta, es más un bosque salvaje y romántico por el que da gusto perderse... Y Pancho, en sus horas libres, se dedica a pintar. No es profesional, sólo aficionado. Pero le encanta hacerlo, y en sus pequeños cuadros ha logrado captar la luz y el color de ciertos paisajes que a mí me tocan muy de cerca.
A veces se queja de lo difícil que le resulta manejar el pincel, y de su lucha con los colores y las formas, porque es autodidacta, pero... el resultado es éste que aquí os muestro. Son cuadros de pequeñas dimensiones, que a veces expone en algún mesón cercano, pero que a mí, desde el primer momento, me llamaron poderosamente la atención. No soy crítico de arte, pero me gusta su captación de la luz y la elección de los motivos, es decir, qué paisajes escoje y cómo los trata, que lo mismo son franceses o manchegos, pero siempre pintados con suma delicadeza y una exquisita sensibilidad.
Así que éste es el arte del amigo Pancho, un desconocido pintor del norte...
(Diario de un obstinado - sábado, 20 de febrero, 1993)
Después de un año de silencio y abandono, quiero volver de nuevo a escribir estas páginas íntimas, personales, en las que se cuentan pequeñas vivencias y se intentan expresar pequeños pensamientos. Lo hago porque lo necesito, porque estas breves notas, comentarios y reflexiones, escritas generalmente al borde de la noche, me hacen bien. Iba a decir que me relajan los nervios, pero no es así, no se trata de buscar una hora nocturna, tranquila, sosegada, en la que dedicarse al bonito y entretenido juego de unir palabras, como compensación a la enajenada actividad cotidiana del trabajo. No es eso. Más que de una relajación se trata de una concentración. Encerrado en mi cuarto de estudio, entre mis libros preferidos y con la caja de música despidiendo armonías, mi "manojo de nervios" sigue estando más o menos de punta, pero con una diferencia cualitativa interesante: todos apuntan en una misma dirección, y ésta coincide con el corazón, es decir, todos apuntan a él, con lo cual la susodicha actividad nocturna resulta enriquecedora. A esta necesidad me refería antes. Uno se pasa el día disperso en atenciones que no atañen directamente a su corazón, a su ser más íntimo, atenciones obligadas que le zarandean de un lado a otro, provocándole tensiones innecesarias y agotamientos absurdos. Uno está allí, muy atento a todo lo que acontece a su alrededor, tenso, expectante o simplemente aburrido, intentando siempre dar una respuesta racional y correcta, sobre todo para salir del paso. Pero el corazón de uno no está allí, está de vacaciones, ausente, o dormido, o escondido. Después de esto, lo que quede escrito puede no ser importante. De hecho, uno es muy poco importante. Pero se habrá cubierto la necesidad, que es de lo que se trata, aunque sea al mínimo nivel. Habremos dejado hablar al corazón, a nuestra parte más íntima, y con ello nos sentiremos un poco más vivos.
Mientras escribía, he estado oyendo un concierto para piano de Schumann. Ahora me voy con mi compañera a dar un pequeño paseo por la noche...
Bueno, ya hemos vuelto. Hemos paseado, comido, bebido y hablado. La noche está tranquila y agradable. Uno regresa a su cuarto y a su página con algún vino y algún comentario de más, pero está bien, podemos seguir. Ya es medianoche, una buena hora para la entrega, para el pensamiento, para la reflexión. Como telón de fondo, música. Quizá ponga algo... Sí, algo japonés, de Himekami. Un disco llamado "Kaido", que significa Camino del Mar; una música fresca, alegre, poética.
Bien, ya estamos camino del mar. Quiero ahora comentar que hace unos días mi madre me dejó un pequeño libro, que a su vez le había dejado mi hermana, y que se titula "La Búsqueda". El librito fue escrito hace unos catorce años por un tal Alfonso Lara Castilla, de México, y por lo que he visto hasta el momento es un cuento al estilo del famoso "Juan Gaviota" de Richard Bach. En este caso no se trata de una gaviota, sino de un águila que busca su propio destino y su libertad, después de haber vivido entre aves de corral. Hay un momento en que el águila, al comienzo de su búsqueda, siente dentro de sí una energía nueva que la impulsa a reflexionar y a decidir, algo que nunca antes había sentido. Y preguntándose sobre esta nueva energía, empieza a escuchar una voz interior que le habla así:
Es una fuerza interna que todos poseemos, pero que pocos la entienden y mantienen viva. A muchos, con las primeras lluvias, se les apaga. Otros, no la desarrollan y se les consume.
Tú debes conservar esa energía interior, madurarla y engrandecerla. Es la llama que te fortalecerá en la búsqueda de respuestas, valores e ideales superiores; que otorgará expresión a tus actos.
Es una energía natural, que no te permitirá caer en el fango de los instintos, y que te dará vitalidad en cada momento de tu vida.
Si no la avivas, el ambiente y tu debilidad la apagarán. Comenzaras a vegetar, a conformarte con lo que tienes, a esperar que todo te lo den.
Aprovéchala y dirígela hacia tu realización; no permitas que se te apague. Será tu compañera hasta la muerte...
Ya, ya sé que el enunciado suena un poco ingenuo e infantil. Pero cómo no voy a pararme ante una expresión como ésta: "Si no la avivas, el ambiente y tu debilidad la apagarán". Tengo que pararme; mi vida cotidiana es un ejemplo de estas palabras. Todos mis días y mis noches corroboran ese enunciado...
Recuerdo ahora lo que decía Don Juan, el brujo que encontramos en los libros de Carlos Castaneda, lo que decía sobre la impecabilidad y sobre la necesidad de elegir un camino con corazón. Y recuerdo también lo que decía yo mismo hace años sobre la importancia de la seriedad, y su relación con el ser.
Todo esto lo sé hace mucho tiempo, pero de nada o casi nada me ha servido saberlo. Le preguntaban a Fernando Savater en una entrevista el otro día que si era necesario un código deontológico, a la vista de la actual ola de corrupción política y ciudadana, a lo que respondía que: "más que un código diría yo una conducta, pues acuñar más tablas de la ley, más mandamientos, llena la boca a quien lo dice pero aporta poco. Vivir con sensibilidad moral es un arte. Una lista que incluya los diez principios para pintar un cuadro queda en agua de borrajas si no sabes pintar."
Mi librería está llena de obras con bellas e interesantes "pinturas", y algunas son obras maestras del arte de vivir, pero hasta el día de hoy yo no he pintado ningún cuadro que merezca la pena. Tiembla mi mano y tiembla el pincel; y además -y sobre todo- yo es que no sé pintar... Así están las cosas. Sólo me queda una salida, sólo una: aprender a pintar. Y si no valen los códigos ni las normas, sólo queda la conducta.
Puedo oír mil voces y ver mil imágenes, pero mi hacer o deshacer, mi movimiento o mi quietud están conducidos por mi propia voluntad. Es por esto que no valen las exculpaciones. Nada ni nadie te hacen nunca nada. Toda esa carga cotidiana de presiones e influencias no son en el fondo más que una estupidez, una argucia de la conciencia para exonerarse, para esconderse tras un velo de mentiras bien anudadas, para evadirse del peso de lo real y seguir siendo débil e idiota, lo cual resulta mucho más cómodo y tranquilo.
El problema y el conflicto vienen siempre de afuera, y como el exterior, la circunstancia, es grande y poderosa y yo soy pequeño y débil, pues no me queda otro remedio que aguantar como buenamente pueda y sufrir en silencio. Gracias a este sufrimiento podemos seguir viviendo, con nuestras quejas y demás tristezas de espejo, pero seguimos viviendo, que es de lo que se trata. No sabemos pintar, no somos artistas, pero no es culpa nuestra, es que no nos dejan.
Pero vivimos, cada día que pasa más parecidos a fantasmas que a otra cosa, pero vivimos, o malvivimos. Qué más da. Todo menos asumir nuestra responsabilidad, todo menos ser impecables, ser serios. Todo menos coger el pincel y aprender a pintar.
Está bien, vamos a dormir. Ya hemos dejado hablar al corazón. Ya nos sentimos un poco más vivos.
Antonio H. Martín
(Diario de un obstinado - 20 de febrero, 1993)
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- "Crystal Silence"
- Chick Corea
- del álbum "Return to Forever" (1971)
- foto: AHM
Se ahogó la sombra, por fin, inundada, asfixiada, sin senda y sin aire, tumbada por sí misma... Se ahogó la sombra, y quedó libre el paso hacia la luz... El fresco temblor de las hojas, el lúdico rumor del agua, el camino abierto, amplio de voces y de nubes... La estrella que mira, la luna cómplice, compañera... El viento que habla, la balada de la noche, los rincones antiguos y amigos, el piano que besa, la caricia del silencio, la mirada... El viaje...
Antonio H. Martín
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música: El Viaje - Erik Satie y Michael Nyman
imagen: AHM.
Escojo esta entrada antigua, de Abril del 2010, porque una vez más necesito acceder a esa "laguna de silencio", para aclarar mis ideas y reencontrar el camino con corazón... La vida y el mundo te lleva y te trae, como se suele decir, pero uno tiene que llegar a esa orilla lejana e interior y entrar en sus aguas, para volver a escuchar las voces perdidas...
Esas voces que nos llamaron hace tanto tiempo, y dieron sentido a nuestro vivir. Es como volver al camino primigenio, como volver a beber de aquella fuente, a ver aquella luz que una noche, con luna o sin ella, nos llamó...
Antonio H. Martín
(8 de enero, 2012)
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La laguna de silencio
"Es como si todo se encontrara quieto. No hay movimiento, ni agitación, sólo completa vacuidad de todo pensar, de todo ver. No existe un intérprete que traduzca, que observe, que censure. Es una inmensurable vastedad totalmente quieta y silenciosa. No hay espacio, ni hay tiempo para cubrir ese espacio. Están aquí el principio y el fin de todas las cosas. Realmente, nada hay que pueda decirse acerca de ello."
A las anteriores palabras de Krishnamurti añado ahora estos versos suyos:
Aquel que atrapa para sí una alegría
destruye la alada vida;
pero el que besa la alegría mientras vuela
vive en el amanecer de la eternidad.
Y todo esto me trae a la memoria un viejo deseo: el de encontrar lo que llamo "la laguna de silencio". Un lugar difícil de hallar, pero que existe, sin duda alguna. Es un lugar donde la mente se remansa, donde la mente se silencia, donde el pensamiento se calla, y también el sentimiento. Un lugar en el que sólo hay silencio y vacío, pero un silencio lleno de música y un vacío lleno de vida. La laguna de silencio es un sitio que hay que visitar, un lugar necesario, que nos cura el alma y nos hace ver lo que hay que ver.
En esa laguna, todo está en su sitio, todo está en orden. Los conflictos se disuelven como agua de lluvia, y todo es claro, diáfano, transparente. En esa laguna uno puede encontrar el brillo que había perdido y la voz que anhelaba, el abrazo y el beso, la sonrisa y la alegría de ser.
Esa laguna es el mejor de los sitios, es la fuente de la que hay que beber.
Antoine de Saint-Exupéry mencionaba en su "Principito" que había un pozo escondido en el desierto... Pues algo así es a lo que me refiero. En la laguna de silencio está el néctar, la ambrosía, el jugo de un sentir distinto, el zumo de un mirar diferente, más abierto, más vasto, en el que el ser concreto se disuelve para ser más.
He visitado algunas veces esa laguna, y siempre he encontrado en ella el agua de la vida, y el aire de la certeza. Allí, en esa laguna, se junta el horizonte con la mirada...
El duende caminaba errabundo, solo, quizá triste, por la orilla del río, entre árboles añosos, cubiertos de hiedra, que le miraban con indiferencia. Su olla de oro estaba agotada, vacía, y había que buscar nuevos destellos con que llenarla... El día era plomizo, brumoso, oscuro y frío. Llevaba ya muchas horas sin hallar nada... Y de pronto la vio, bajo la tenue sombra de un fresno que sonreía (a saber por qué íntimo secreto...). Era una flor azul , con una luz de plata en su centro, una joya en medio de la niebla... El duende se puso contento y recogió su aroma en la pequeña olla vacía. Había encontrado la flor del beso, y ahora podría volver a regalar deseos a los amantes de los sueños...
Delante del desfiladero, junto a la oscura entrada rocosa, quedé vacilante y me volví mirando hacia atrás.
El sol brillaba sobre ese grato mundo verde y en los prados relucían tremolantes las pardas flores de la hierba. Allí se estaba bien, había calidez y placer amable, allí el alma vibraba en lo profundo, satisfecha como un velludo abejorro saturado de aroma y luz. Y quizá yo estaba loco por querer abandonarlo todo y disponerme a subir a la montaña.
El guía me tocó suavemente el brazo. Como uno que sale a la fuerza de un baño tibio, así desprendí mis ojos del querido paisaje. Entonces vi el desfiladero que yacía en una penumbra sin sol. Un arroyito negro se arrastraba al pie de la hendidura y en sus orillas la hierba crecía descolorida en pequeños racimos; y en su fondo se lavaban piedras de colores ya muertos, pálidas como los huesos de los seres que alguna vez estuvieron vivos.
"Descansemos un poco", dijo el guía.
Sonrió pacientemente y nos sentamos. Hacía fresco, y de la rocosa entrada venía una silenciosa corriente de aire sombrío, pétreo y frío.
¡Qué desagradable parecía iniciar ese camino! Desagradable resultaba atormentarse a través de ese lúgubre paso de piedra, cruzar ese arroyo frío, trepar en tinieblas por el desfiladero estrecho y escarpado.
"El camino parece detestable", dije titubeando.
Dentro de mí, como una lucecita moribunda, aleteaba la esperanza vehemente, increíble e insensata, de que quizá pudiéramos volver atrás, de que el guía se dejase persuadir y que finalmente se nos ahorrara todo esto. Y en realidad, ¿por qué no? ¿No era acaso mil veces más hermoso el lugar de donde veníamos? ¿No fluía la vida allí más rica, más cálida y estimable? ¿Y acaso no era yo un hombre, un ser ingenuo y efímero con derecho a un poquito de dicha, a un rinconcito de sol, a una vista llena de azul y de flores?
No, yo quería quedarme. No tenía ganas de hacerme el héroe o el mártir. Pasaría toda mi vida satisfecho si pudiera quedarme en el valle bajo el sol.
Entonces comencé a tiritar; en ese lugar era imposible permanecer mucho tiempo.
"Te estás helando", dijo el guía, "es mejor que nos vayamos".
Dicho esto se levantó, se estiró cuan largo era y me miró sonriente. Ni burla o compasión ni dureza o indulgencia existían en su sonrisa. En ella no había sino comprensión y sabiduría. Esta sonrisa decía: "Te conozco. Conozco tu miedo, sé lo que sientes y no he olvidado para nada tu fanfarronería de ayer y de anteayer. Cada desesperado brinco de liebre cobarde que ahora da tu alma y cada coqueteo con la amable luz del sol me son conocidos y familiares desde antes de que los pusieras en ejecución".
Con esa sonrisa me estuvo mirando el guía, y luego se adelantó dando el primer paso hacia el oscuro valle rocoso; y entonces lo odié y lo amé como un condenado ama y odia el hacha sobre su nuca. Pero más que otra cosa yo odiaba y despreciaba su saber, su dominio y frialdad, su carencia de debilidades gratas. Y odiaba en mí mismo todo aquello que le otorgaba la razón, incluso lo que admitía de él, lo que en mí quería seguirlo.
Ya había dado muchos pasos hacia adelante, a través de las piedras del negro arroyo, y estaba a punto de desaparecer tras el primer recodo del barranco...
"¡Detente!", exclamé lleno de tal miedo que no tuve más remedio que pensar: si esto fuera un sueño, en este mismo instante mi espanto lo destruiría y yo volvería a despertarme. "Detente", volví a decir, "no puedo, no estoy preparado todavía".
El guía se detuvo y miró en silencio hacia mí, sin un reproche, pero con aquella tremenda comprensión, con aquella sapiencia, presentimiento y ese saber-de-antemano tan difíciles de soportar.
"¿Prefieres que volvamos?", preguntó entonces, y todavía no había terminado de decir la última palabra, cuando ya sabía yo, muy a pesar mío, que le diría que no, que debía negarme. Y al mismo tiempo, todo lo viejo, acostumbrado, amado y familiar gritaban desesperadamente dentro de mí: "¡Di que sí, di que sí!". Y mi patria y el mundo entero colgaban de mis pies como una bola.
Y yo quería decir que sí, aunque sabía bien que me sería imposible.
Entonces, con su mano extendida, el guía me señaló hacia el valle, atrás, y yo me volví nuevamente hacia la amada región. Y ahora vi lo más penoso que podía ocurrirme: mis queridos valles y llanuras yacían pálidos y desanimados bajo un sol sin fuerzas; los colores sonaban falsos y chillones, las sombras parecían llenas de negro hollín y sin encanto. Y a todo se le había extirpado el corazón, a todo le había sido sustraído el encanto y el aroma, todo tenía el olor y el sabor de las cosas de las que uno se ha indigestado hasta las náuseas. ¡Oh, qué bien conocía yo aquéllo, cómo temía y odiaba esa espantosa modalidad del guía de hacerme despreciar lo que me era querido y agradable, de hacer que se escaparan su savia y espíritu, de falsificar los aromas y de envenenar silenciosamente los colores! ¡Ah, ya conocía yo todo eso: lo que ayer fuera vino hoy se convertía en vinagre! Y nunca más el vinagre se convertiría en vino. Nunca más.
Callé y seguí al guía lúgubremente. Él tenía razón, como siempre. Y todo no resultaría tan malo si por lo menos permaneciera cerca mío y visible, en vez de desaparecer de improviso --como a menudo hacía-- cuando había que tomar una decisión, dejándome solo... solo con aquella voz extraña dentro de mi pecho en la que se había transformado.
Yo callaba, pero mi corazón gritó fervorosamente: "¡Quédate un instante, ya te sigo!"
Las piedras del arroyo eran desagradablemente resbaladizas; era agotador, daba vértigo andar así, paso a paso sobre una piedra estrecha y mojada que se achicaba y cedía bajo las suelas. Cerca de allí el sendero del arroyo empezaba a elevarse rápidamente, y las sombrías paredes del desfiladero convergían más, se extendían hoscas, y cada una de sus aristas mostraba la intención maligna de querer apretarnos con sus pinzas y cortarnos para siempre el camino de regreso. Sobre verrugosas peñas amarillas fluía espesa y viscosa una capa de agua. El cielo, la nube y el azul habían desaparecido sobre nosotros.
Marché y marché detrás del guía, y a menudo cerraba los ojos del miedo y la repugnancia que sentía. Una oscura flor al borde del camino se irguió entonces, aterciopeladamente negra y con una mirada melancólica. Era hermosa y me habló con familiaridad. Pero el guía caminaba de prisa y yo sentía que si que si llegaba a bajar la vista una sola vez hasta ese triste ojo de terciopelo, entonces mi aflicción y desesperada pesadumbre serían tan onerosas e insoportables, que mi espíritu permanecería siempre proscrito en esa sarcástica región del absurdo y de la demencia.
Mojado y sucio continué arrastrándome, y cuando las húmedas paredes se iban cerrando sobre nosotros, el guía comenzó a cantar su vieja canción de consuelo. Con voz juvenil, clara y firme cantaba al compás de sus pasos las palabras: "¡Quiero, quiero, quiero!". Yo sabía que él quería animarme, que deseaba ahuyentar de mí el ingrato esfuerzo y el desconsuelo de ese viaje infernal. También sabía que él esperaba que uniera mi voz a la suya. Pero yo no quería tal cosa, no quería concederle esa victoria. ¿Acaso tenía yo algún deseo de cantar? ¿Y no era yo un hombre, un pobre tipo que había sido arrastrado contra su voluntad hacia cosas y hechos que Dios no podía exigirle? ¿No podía permanecer cada clavel y cada nomeolvides junto al arroyo, allí donde estaba, y florecer y marchitarse según los dictados de su naturaleza?
"¡Quiero, quiero, quiero!", cantaba el guía sin cesar. ¡Oh, si hubiese podido regresar! Pero, con la ayuda asombrosa del guía, hacía tiempo que trepaba por los paredones y sobre los precipicios, para los que no existía ningún camino de vuelta. El llanto me ahogaba por dentro, pero no podía llorar, eso menos que nada. De manera que me uní con voz fuerte y porfiada al canto del guía, con su mismo compás y tono, pero yo no cantaba lo que él, sino esto: "¡Debo, debo, debo!". Sólo que no era fácil cantar mientras trepaba, y pronto perdí el aliento y jadeando me vi obligado a callar. Pero él prosiguió cantando incansablemente: "¡Quiero, quiero, quiero!", y con el tiempo llegó a obligarme a que cantara lo mismo que él. Ahora la subida empezó a mejorar, y sentí que ya no debía, sino que quería hacerlo. En cuanto a fatigarme por causa del canto, nada de eso sentía ya.
Entonces se hizo una mayor claridad en mi interior, y a medida que esa claridad aumentaba, retrocedió también la roca alisada; se hacía más seca, más benigna, ayudaba a menudo al pie inseguro, y sobre nosotros se fue mostrando más y más el claro cielo azul, ya como un arroyuelo azul entre las márgenes de piedra, ya como un pequeño lago azul que creciera ganando anchura.
Probé a querer con mayor fuerza y concentración, y el lago celestial siguió creciendo y el sendero se hizo más transitable. Y hasta podía correr un largo trecho ligero y grácil junto al guía. E inesperadamente vi la cercana cumbre sobre nosotros, empinada y resplandeciente entre el ardiente aire del sol.
Algo más abajo de la cima interrumpimos nuestra subida a gatas y salimos de la estrecha hendidura. El sol entró con fuerza en mis ojos enceguecidos, y al abrirlos de nuevo, las rodillas me temblaron de angustia, pues me veía aislado y sin apoyo en la empinada cresta, mientras me rodeaba un espacio celeste sin límites y sólo se erguía delante de nosotros la angosta cima. Pero de nuevo había cielo y sol, y así asistidos escalamos, palmo a palmo, con los labios apretados y la frente contraída, la última cuesta angustiosa. Por fin estábamos arriba, sobre un estrecho peñasco candente, en medio de un aire duro, burlón y sutil.
Era una montaña singular, y singular también era su cima. En aquella cúspide, a la que trepáramos por interminables y desnudas paredes de piedra, había brotado de la piedra un árbol pequeño y compacto con algunas ramas breves y vigorosas. Allí estaba, inconcebiblemente solo y extraño., recio y tieso sobre la roca, el frío azul del cielo entre sus ramas. Y en lo más elevado del árbol se posaba un pájaro negro que cantaba una canción áspera.
Sueño silencioso de un descanso breve, bien arriba del mundo: el sol llameaba, la piedra ardía, el árbol miraba rígida y severamente, el pájaro cantaba con aspereza. Su áspera canción se llamaba: "¡Eternidad, eternidad!". El pájaro negro cantó, y sus ojos relucientes y duros nos miraron como si fueran un cristal negro. Difícil de soportar era esa mirada, difícil de soportar era su canto, y terrible, sobre todas las cosas, la soledad y el vacío de esos parajes, la extensión de los desiertos espacios celestes que producía vértigo. Morir allí era una delicia inimaginable; permanecer, un tormento sin nombre. Alguna cosa tenía que ocurrir, pronto, al instante. De otro modo, nosotros y el mundo quedaríamos petrificados por el horror. Sentí entonces el hálito opresor y ardiente de algo que iba a suceder, como las ráfagas de viento antes de la tempestad. Lo sentí revolotear sobre mi cuerpo y sobre mi alma como una fiebre ardiente. Amenazaba, se acercaba... ya estaba aquí.
... De pronto el pájaro se balanceó desde la rama y se precipitó al espacio.
Mi guía dio un salto y se arrojó al azul, cayó en el cielo palpitante, voló.
Ahora la ola del destino se hallaba en su apogeo, ahora arrebató mi corazón, ahora se deshizo sin ruido.
Y yo caía, me precipitaba, saltaba, volé; agarrotado en el frío torbellino del aire, me sentí feliz y estremecido por la tortura del deleite a través del infinito, hacia el seno materno.
Hermann Hesse
(1919)
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- "El camino difícil y otros cuentos" (Märchen, 1919)
- Hermann Hesse
- traducción de Rodolfo E. Modern
- Ediciones Librerías Fausto (Buenos Aires, 1975)
- música: "Edward Leaves", por Alexandre Desplat
- vídeo: emzuniega
Siempre que me he acercado a la obra de Castaneda ha sido con respeto y admiración, sabiendo que me iba a encontrar con conceptos interesantes, con matices distintos y otras formas de mirar, que me iban a inducir a nuevas reflexiones sobre este misterio que nos envuelve y del que formamos parte indisoluble.
Y hace poco, releyendo su último libro (La Rueda del Tiempo, de 1998 -una selección de sus escritos), me he reencontrado con esta maravilla:
"(...) Otra estupenda unidad de aquel extraño sistema cognitivo residía en la comprensión que tenían los chamanes acerca de los conceptos de tiempo y espacio, y el modo en que los utilizaban. Para ellos, el tiempo y el espacio no eran los mismos fenómenos que forman parte de nuestras vidas en virtud de constituir parte integral de nuestro sistema cognitivo normal. Para el hombre corriente, la definición clásica de tiempo es un ''continuo no espacial en el que los eventos se producen en una sucesión aparentemente irreversible que va desde el pasado hacia el futuro a través del presente''. Y el espacio se define como ''la extensión infinita del campo tridimensional, dentro del cual existen las estrellas y las galaxias: el universo''.
"Para los chamanes del antiguo México, el tiempo era algo así como un pensamiento; un pensamiento pensado por algo de tal magnitud que rebasaba toda comprensión. Su conclusión lógica era que el hombre, siendo parte de ese pensamiento pensado por fuerzas inconcebibles para su mente, todavía retenía un pequeño porcentaje de dicho pensamiento; un porcentaje que podía ser redimido bajo determinadas circunstancias de extraordinaria disciplina.
"El espacio era, para aquellos chamanes, un ámbito abstracto de actividad. Lo llamaban el infinito y se referían a él como la suma total de los esfuerzos de todas las criaturas vivas. El espacio era, para ellos, más accesible, algo casi práctico. Era como si hubieran desarrollado en mayor porcentaje la formulación abstracta del espacio. Según las versiones aportadas por don Juan, los chamanes del antiguo México nunca contemplaron el tiempo y el espacio como oscuras abstracciones tal y como lo hacemos nosotros. Para ellos, tanto el tiempo como el espacio, si bien incomprensibles en sus formulaciones, formaban parte integral del hombre.
"Aquellos chamanes poseían otra unidad cognitiva, llamada la rueda del tiempo. Su manera de explicar la rueda del tiempo era decir que el tiempo era como un túnel de longitud y anchura infinitas, un túnel con surcos reflectantes. Cada uno de los surcos era infinito, y había un número infinito de ellos. Los seres vivos eran compelidos, por la fuerza de la vida, a fijar sus miradas en uno de los surcos. Mirar sólo uno de los surcos implicaba ser atrapados por él, vivir ese surco.
"La meta final de un guerrero es la de enfocar, mediante un acto de profunda disciplina, su atención inquebrantable en la rueda del tiempo con el fin de hacerla girar. Los guerreros que han logrado hacer girar la rueda del tiempo son capaces de mirar en el interior de cualquier otro surco y extraer de él lo que deseen.
"Al librarse de la fuerza hechizante que nos obliga a contemplar sólo uno de esos surcos, los guerreros pueden mirar en cualquiera de las dos direcciones: la llegada o la partida del tiempo."
Carlos Castaneda
Me encanta la idea, la imagen, el concepto, la posibilidad de ese camino, que nos permitiría mirar en otros surcos del tiempo y sacar de ellos aquello que necesitamos. Será cuestión de convertirse en esa clase de guerreros del espíritu, que tienen la capacidad, gracias a la fuerza de su disciplina interior, de viajar por esos surcos y enfocar su atención en lo que les interesa, para que eso... viva para ellos.
Esto me parece como montarse en un barco hacia lo desconocido, y poder atracar en cualquier orilla de ese mar infinito. Tener, por fin, acceso a la inmensidad de la vida...
Antonio H. Martín
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- imagen: AHM
- libro: La Rueda del Tiempo, Carlos Castaneda
- (Gaia Ediciones - Madrid, 1998)