Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







viernes, 13 de febrero de 2009

Respuesta a Cristal



Por el título de esta entrada parece como si se tratara de un debate entre intelectuales, columnistas o algo parecido, pero nada que ver. Es simplemente que la amiga Cristal (conocida como Cristalook), tuvo a bien hace unos días escribir un interesante comentario en mi entrada de "El lema de Nietzsche", al cual debía una respuesta. Y como ésta me parece aclarar ciertos puntos de mi escrito que quedaban algo oscuros, he decidido ponerla aquí como complemento a esa entrada.
No he incluido el comentario de Cristal porque es suyo, personal, y no le he pedido permiso para hacerlo, pero está publicado en la sección de comentarios de dicho tema.
La verdad es que durante estos días he estado dándole vueltas a la idea de escribir una segunda entrada, que sirviera de aclaración a ese "lema". Por un lado, apuntar que el escrito no estaba dedicado especialmente a Nietzsche, sino que venía a ser como una metáfora de la trivialidad que, visto a grandes rasgos, nos rodea. Y por otro, hacer una defensa del solitario Nietzsche, al que admiro y aprecio, a pesar de que su pensamiento y su forma de ver la vida me quedan bastante lejos.
Tenía ya el borrador casi terminado, pero no me decidía a ponerlo en limpio, porque sentía que no era yo nadie, ni éste el sitio, para defender al señor Nietzsche, que, además, sabe muy bien defenderse solo.
Y en esto vino el jugoso comentario de Cristal, el cual aprovecho ahora para dar por zanjado el asunto. Gracias, Cristal.

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Hola, Cristal. How are you?

Iba a contestar a tu sustancioso comentario como se merece, pero he recibido una notificación de Blogger avisándome de que queda poco espacio, que si era mi deseo podían habilitar un blog anexo que se podría llamar "comentarios del cuaderno nocturno". Aún así, me voy a permitir tres o cuatro cositas...
En primer lugar, te recuerdo el rechazo de nuestro mutuo amigo Hesse por las clasificaciones y las etiquetas. En su "Klingsor" lo explica bien claro. Así que si viera tu juicio hacia él como "existencialista místico" o "nihilista perfecto", imagino que se limitaría a sonreir burlonamente moviendo la cabeza... Aunque, desde luego, eso no quita para que tu juicio sea, de alguna forma, acertado.
Recuerdo que Ziolkowski se atrevió a aventurar, refiriéndose a Hesse, categorías como "existencialista romántico" o "romántico existencial", pero dejando claro en seguida que ni lo uno ni lo otro, que sí a ambas cosas pero también a lo contrario; dando a entender que el único rótulo que le cabía a la obra de Hesse era el de "hessiana". Y esto creo que vale también para Nietzsche.

El resto de tu comentario es toda una confesión, lo cual te agradezco. Y me atrevo a decirte lo siguiente: creo que eres dura contigo misma si defines a esa superficialidad como "pecado".
Si has leído mis anteriores respuestas, habrás visto que digo que a veces hay que cargar las tintas para llamar la atención, y eso es lo que he hecho en ese texto de 'el lema de Nietzsche'. Por supuesto que las cosas no son ni deben ser exactamente como las describo.
Una reunión de amigos hablando de filosofías es uno de los placeres que más aprecio. No somos semidioses, tampoco héroes, pero tenemos el don de la palabra (más o menos).
Cuando te he leído eso de que "todas las palabras se las lleva el viento", me he levantado a mirar mis libros y no, siguen ahí, afortunadamente. ¡Qué susto!
Pero yo no me refería a ese tipo de reuniones amistosas en las que se habla de todo, "de lo divino y lo humano", como dices, y en las que a veces pueden brillar joyas inesperadas, sino a otro tipo de reuniones, de otra clase de gente, que lo único que quiere es brillar por fuera sin tener nada dentro.
Es a esa gente "superficial" hasta el tuétano a la que yo contrapongo la del pensador solitario y auténtico que mantiene su vela encendida en medio de la noche.

Como digo, no somos semidioses y no podemos, por mucho que queramos, dar gusto a ese "tirano interior" o a ese duro amigo que nos acompaña, pero sí podemos llegar a ser héroes, tan sólo con evitar en la medida de nuestras fuerzas la tiranía de la mediocridad.
Aparte de esto, a todos nos gusta jugar, y cantar y bailar, para divertirnos y reír. Pero creo que siempre debemos ser conscientes de que es un juego, una farsa, una pantomima; siempre debemos saber que hay un sitio dentro nuestro que está a salvo. Y si no es así, es que algo no va bien.
Ese es el sitio donde se encuentra el solitario, el que no está de fiesta.
Todo, insisto, son imágenes 'cargadas', exageradas si quieres, pero es mi forma de expresarlo, para que se vea con claridad el contraste. Podría decir lo mismo de una manera abstracta, que quizá se acercaría mucho más a la multiplicidad de lo real, pero sólo sacaría con ello dolor de cabeza, aparte de confusión.

Gracias por el apelativo de "gótico" con que me obsequias. Si es lo que imagino, me siento halagado.
No sé si esta respuesta ha dejado algo en claro, pero quiero pensar que al menos en parte sí.

Un abrazo.


AC. (13 de febrero, 2009)

Eigensinn



Obstinación

Una virtud hay que quiero mucho, una sola. Se llama obstinación. Todas las demás, sobre las que leemos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan tanto. En el fondo se podría englobar todo ese sinfín de virtudes que ha inventado el hombre en un solo nombre. Virtud es: obediencia. La cuestión es a quién se obedece. La obstinación también es obediencia. Todas las demás virtudes, tan apreciadas y ensalzadas, son obediencia a leyes dictadas por los hombres. Tan sólo la obstinación no pregunta por esas leyes. El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al "propio sentido". *

Hermann Hesse (1919)



* "Obstinación" en alemán es "Eigensinn", palabra compuesta que literalmente significa "propio sentido".
(Nota del traductor, Anton Dietrich)
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Este es uno de los primeros textos que leí de Hesse, allá en mi juventud, e inmediatamente me sentí identificado con sus palabras. No sólo porque palabras como esas eran fácilmente asimilables para un joven con espíritu rebelde e inconformista, como era mi caso, sino porque en verdad sentía que había dentro de mí algo como una llamada, una ley interior que debía seguir contra viento y marea, si quería que mi vida tuviera un sentido. No cualquier sentido, sino el mío.
Esto, por supuesto, no formaba parte, en absoluto, de un plan racional cuyo objeto fuera revestir a mi vida de importancia y encontrar un sitio en el mundo. A mí, antes como ahora, me interesaba muy poco la tabla de valores de la sociedad. Mi único interés estaba, y está, en seguir en la medida de lo posible a esa voz interior, en cumplir su ley, que es la mía.
Tiene esto mucho que ver, o todo, con lo que se comentó aquí hace poco sobre el "tirano interior", que mencionaba Nietzsche. La única diferencia es que para mí no se trata de ningún tirano, sino de mi mejor amigo. Un amigo algo duro de pelar y bastante exigente en ciertos momentos, pero, en definitiva, mi mejor amigo.
Y tengo que confesar que no hay cosa que me produzca más alegría en esta vida que conseguir que mi amigo sonría, lo cual no es precisamente tarea fácil.

Aprovecho la cita y mi comentario para poner un vídeo que he encontrado en la red, dedicado a Hesse, con fotos y música. Nunca está de más para mí homenajear al querido tío Hermann.

AC. (13 de febrero, 2009)



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- Hermann Hesse

- "Sein Leben in Bildern"

(Su vida en imágenes)

jueves, 12 de febrero de 2009

Sueño mortal



No hace mucho tuve un sueño mortal, de esos en que te mueres... Dicen que cuando en un sueño se da una situación muy crítica, al borde del abismo, eso que llaman pesadilla, uno despierta justo antes del fatal desenlace, envuelto en sudor y con la respiración agitada. Pues yo debo ser raro, porque no me despierto, me muero. Y me ha ocurrido varias veces; casi soy ya un experto en eso de morirse.
Dicho así puede parecer hasta gracioso, pero en el sueño se trata de algo muy serio.
El que ahora recuerdo, de estos sueños, era toda una historia de acción y aventura, cuyos detalles, obviamente, he olvidado. Excepto el final. Sería bueno tener la costumbre de Kerouac, que anotaba sus sueños nada más despertarse y hasta escribió un libro con ellos. Yo, como mucho, me quedo con algunos rasgos generales y sobre todo con la impresión más fuerte, con el centro o la esencia del sueño.

Había como una extraña guerra, yo me encontraba solo en un gran edificio de varias plantas —como una fábrica o algo así—, que estaba siendo invadido por las fuerzas enemigas. Hubo luchas, tiroteos entre galerías y pasillos, y en una de ellas fui mortalmente herido.
Previamente, sospechando lo que podía pasar, había construido una especie de umbral hacia el más allá. No me pregunten cómo. Era como un pozo de cristal, muy profundo, lleno de una extraña agua verde clara, que estaba detenida, o sea pegada a las paredes del pozo, dejando un pasillo vacío en el centro, como si el hechizo de un Moisés las mantuviera separadas.
Vista mi situación terminal, hice un esfuerzo por llegar hasta allí y me dispuse a despedirme de esta vida. Los enemigos estaban cada vez más cerca y no quería caer en sus manos. De alguna forma, el pozo aquel tenía el sentido de proporcionarme una muerte personal y digna. Así que, no sin una cierta amargura, me lancé hacia su interior.

Caí muy lentamente a través del vacío, entre esas masas de agua quieta, que no llegaban a tocarme. Y observé que no era tal su quietud; aquello no era agua estancada; se movía por dentro como las aguas de un río tranquilo, pero sin traspasar el borde invisible del vacío por el que descendía. Según caía, miraba de vez en cuando hacia arriba y veía como la boca del pozo se iba haciendo más y más pequeña. Sentí un hiriente pinchazo de nostalgia, de despedida. Aquello de arriba era ya un mundo lejano, irremediablemente perdido. Muy larga me pareció la caída, pero al final llegué al fondo y me hundí en otra agua oscura, ligeramente fría, el agua última, la puerta definitiva. Y según me hundía cerré los ojos y supe que todo había terminado.

La siguiente escena —porque esto seguía, no acabó ahí el sueño— tenía como decorado una amplia sala, como de un hotel antiguo, en la que había mucha gente esperando su turno para acceder al mostrador de recepción, donde un señor repartía destinos...
Yo estaba allí sentado, en uno de los bancos de madera, ligero de ropa, esperando como los demás e intentando comprender dónde estaba. En eso se me acercó una mujer joven, morena, vestida de oscuro, y se sentó frente a mí. Llevaba en las manos un portafolios con algún tipo de cuestionario. Amablemente, entre sonrisas de cortesía, empezó a hacerme preguntas. Sólo recuerdo una de esas preguntas: ¿qué ha hecho usted en la vida?

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No soy quién para decir cuánto de verdad encierran los sueños. Cada uno pensará lo que quiera, según su punto de vista. Que si los sueños sólo son escapes de nuestra mente, para compensar carencias; que si tienen un significado personal, un mensaje oculto que debemos descifrar; que si a veces son avisos de futuros sucesos; que si son vislumbres de otra dimensión... En fin, yo me abstengo de opinar. Me limito a contar mi sueño.

¿Oscura muerte? ¿Quién sabe?


AHM. (11 de febrero, 2009)

lunes, 9 de febrero de 2009

La luz inclinada




    Desde siempre, desde que recuerdo, he sido y soy un amante de la luz inclinada, sesgada, oblicua. Esa luz que se ve al atardecer, cuando el sol se va de viaje y suaves sombras empiezan a acariciar el mundo; esa luz que veo ahora mismo incluso, por la mañana, con este sol de invierno que mira a la tierra de reojo... Esa luz, no sabría explicar por qué, es la que a mí me toca, me llega, me habla. 
Nietzsche, por ejemplo —otra vez él—, amaba el mediodía. Ahí es donde veía el punto más valioso, más pleno y real, en el cenit, en esa ausencia de sombras, en esa inundación de luz. Él lo llamaba "la hora justa". No sé si esto lo aprendió de Aristóteles, de Platón o de sí mismo, pero ahí, en esa verticalidad de la luz, es donde creía ver la imagen desnuda de lo auténtico. Yo, en cambio, no lo veo así. Para mí el mediodía es sólo un deslumbramiento, un exceso de luminosidad que me impele a ocultarme tras de alguna sombra. Quizá es así porque tengo delicada la mirada, porque mis ojos son débiles, o puede que sea por otra cosa...
Y esa otra cosa es mi espíritu soñador, que necesita de oscuridades para salir de casa. El panorama deslumbrante del mediodía crea un mundo griego, o romano, de líneas rectas, claras, sin grietas, y unas figuras robustas y contundentes, como columnas de piedra sosteniendo un gran templo solar. Ante este panorama tan fulgurante y concreto, mi espíritu céltico, amante de lo abstracto, de lo numinoso, corre hacia lo profundo del bosque, buscando el amparo de las sombras amigas; donde lo natural se expresa en susurros, donde no hay un gran mar pintado de luz, espejo del sol, sino un pequeño arroyo que murmura; donde la luz se inclina suavemente hacia la tierra, como besándola, en lugar de herirla, de cegarla con su abrazo de gigante. Donde el silencio no es una voz imponente y seca, de desierto, que grita verdades como puños o castillos, sino una música amable y encantada, entretejida de sueños. 

    No sé, en realidad, en qué tabla de la ley está escrito que el sol más alto es el sol de la verdad. Pero sea cual fuere, esa tabla nunca estará en mi casa, nunca formará parte de mi colección de voces esculpidas. No sabría qué hacer con ella, ni siquiera dónde ponerla. Mis libros me hablan de otra manera, tienen una voz diferente, me cuentan otras cosas, y en sus páginas brillan distintas historias, en las que danzan los sueños, entre luces y sombras...
    Soy un amante de la luz inclinada. 


Antonio H. Martín
(8 de febrero, 2009)

viernes, 6 de febrero de 2009

Amistad



Hola, amigos.

Me ha sido concedido, para mi sorpresa, el Premio Amistad, a mí, que soy un caminante solitario con muy pocos amigos. Lo que me demuestra que esto de la red tiene una realidad detrás, y que vosotros, a quienes leo y que me leeis, sois auténticos y no sólo reflejos virtuales.

Y ahora viene lo difícil: con el anterior Premio Dardo no me atreví, pero esta vez lo voy a hacer. Tenía que elegir a siete destinatarios para este premio y, después de pensarlo mucho y luchar contra esa cruel restricción del número, me han salido estas siete joyas. Otras, igual de merecedoras, se han quedado fuera, pero lo del numerito no es invento mío. Así que...

El Premio Amistad me ha sido otorgado por Magaoliveira, del blog homónimo.
( http://magapalabras.blogspot.com )

Y yo a mi vez se lo dedico a:

1- Bagajes, de Raquel T.
( http://bagajes.blogspot.com )

2- Bajo las Estrellas, de Estherpino
( http://estherpino.blogspot.com )

3- El Blues de las Encinas, de Luisa Arellano
( http://elblusdelasencinas.blogspot.com )

4- En Zigurat, de Rayuela
( http://en-zigurat.blogspot.com )

5- La Mirada de Cristal, de Cristal00k
( http://cristal00k.blogspot.com )

6- La Vida es una Quijotada, de Terry
( http://terrymundo.blogspot.com )

7- Sangre Mortal, de Isoba
( http://sangremortal.blogspot.com )

Siento mucho no poder añadir más amigos a esta lista, pero así son las reglas que me han transmitido. En mi lista personal había unos doce elegidos...

A los aquí apuntados les deseo que reciban este premio con la misma emoción que yo lo he recibido, y que lo disfruten.
Como en su día explicó Luisa Arellano, no estáis en la obligación de hacer lo mismo y repartirlo también vosotros, al igual que sois libres de aceptarlo o hacer como si no lo hubiérais visto... Dedicarlo o no a otros, queda en vuestras manos.

Un abrazo a todos.

AC. (6 de febrero, 2009 - Día de la Amistad)
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(No importa que los enlaces no funcionen. Están todos incluidos en mi lista de blogs, la que tenéis a la izquierda de la página.)

Viaje en el tiempo



Son las cuatro de la noche, miro desde mi ventana
la calle desierta con su luz ambarina, rodeada de densas sombras,
y por un instante imagino que estoy en otro siglo, en otro tiempo,
en mitad del XIX.
Los coches aparcados se me transforman en coches
de caballos, con ruedas de madera.
No tengo ordenador, internet no existe;
mis únicas herramientas son los libros, el cuaderno, mi pluma
y un par de velas.
Siento opresión, pérdida, nostalgia del futuro,
como un náufrago solitario en una isla desierta,
en medio de la nada.
Yo no soy yo, mi nombre es otro, no me conozco,
no sé quién soy. ¿Qué vida es esta?

Pero pronto viene a rescatarme,
veo brillar su luz en la oscuridad,
siento su compañía. Ella está aquí.
Mi mente, mi alma, está conmigo.
Más allá del tiempo, fuera de los siglos,
me reconozco.
Desaparece el vértigo, se funde el vacío.
Todo está bien, todo vuelve a su sitio.

AHM
(5 de febrero, 2009)
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(Que nadie mire esto como un poema, por favor, ni siquiera como un intento. Siempre me ha sonreído la poesía, pero desde lejos, desde muy lejos... Esto es sólo un viajecito en el tiempo.)

miércoles, 4 de febrero de 2009

Castalia



Siempre que veo la impresionante imagen de este monasterio de Mont Saint Michel, con su apariencia de castillo de cuento, mi mente, amiga de fantasías, vuela incontrolada y se le ocurre imaginar que allí está la sede de un hipotético gobierno mundial, una comunidad de nobles sabios, encargada de llevar las riendas de la humanidad.
No pasa de ser, obviamente, una descabellada fantasía, impracticable y utópica en este caótico presente, pero me agrada mucho imaginarlo.

AHM








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- Mont Saint Michel

- Mike Oldfield
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(el motivo inspirador de esta entrada está en la nueva música que el amigo Terry ha puesto en su blog de "La vida es una quijotada", en la que está incluido este tema)