Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







martes, 9 de septiembre de 2008

Pasados los 50...



Pasada la línea de los cincuenta uno asiste con asombro e impotencia a la propia desintegración.
Más de medio siglo de vida se me ha pasado en media docena de suspiros, y lo que quede después imagino que será como ver caer la lluvia de una tormenta de verano.
Ahora que ya soy mayor, intento saborear más las buenas cosas de la vida y hacer aquellas otras cosas que siempre quise hacer y no pude. Pero es curioso observar que a pesar de tener mucho tiempo libre nunca es suficiente, y siempre me quedan asuntos pendientes. Quizá porque mi lista es demasiado larga.
Siento una especie de presión, como un apremio que me impele a la actividad. Es absurdo pretender hacer veinte cosas en un solo día, y sin embargo todos los días lo intento, generalmente con resultados negativos y a veces desastrosos. Es como una fuerza que me empuja y me dice, incluso me grita, que ya no hay tiempo que perder.
Afortunadamente, una breve claridad viene de vez en cuando en mi ayuda y me hace ver que no soy importante. Y entonces, descargado de la tremenda responsabilidad que supone tener que arreglar mi vida, o aparentar una altura que no tengo, puedo empezar a hacer una o dos cosas y acabarlas más o menos bien.
Pasados los cincuenta uno cree conocer de sobra su propia medida, pero opino que eso es ficticio, o se queda corto. Lo que se conoce es simplemente la medida de lo vivido, el límite al que se ha llegado; pero no puedo saber la medida de lo por vivir, sea esto lo que fuere, ni conocer a ciencia cierta el punto hasta el que pueda llegar. Entre mis pocas dotes no está el arte de la adivinación.
Empezaba esta nota mencionando el imparable proceso de desintegración en el que anda uno inmerso. Esto es cierto, evidente e incuestionable, a nivel mental y físico, pero insisto en que no sé lo que pueda o no ocurrir durante ese proceso; como tampoco sé si se trata de algo definitivo o transitorio, porque lo que se desintegra en un lugar puede volver a integrarse en otra parte o de otra manera.
Todo parece indicar que las posibilidades de que suceda algo importante son muy escasas, pero ya he dicho que yo no soy importante, por lo que aún queda abierto cierto abanico personal que puede proporcionar aire fresco al asunto. Además, pensar así es dejarse llevar por la lógica de la normalidad, y las normas de esa lógica no incluyen ningún apartado para los soñadores ni los lunáticos.

En fin, que superado el medio siglo de existencia, ese medio siglo con sabor de medio lustro, uno se encuentra de pie en el balcón de la vida, observando el viejo paisaje y oteando el horizonte en busca de alguna señal, de alguna luz nueva que enriquezca el tono gris de los días pasados. Puede parecer presuntuoso y hasta ridículo, pero la vida nunca ha dejado de sorprenderme, para bien o para mal, y queda aún en mí un pequeño resto de aquel antiguo sueño...


AHM.
(8 de septiembre, 2008)

lunes, 18 de agosto de 2008


El vacío de la normalidad

Encontré este escrito medio oculto entre viejos papeles, y después de leerlo me pareció interesante rescatarlo del olvido, más que nada por si podía añadir luego alguna nota que sirviera de contraste con el presente.


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Domingo, 24 de agosto, 1997


Últimamente acudo a este cuaderno muy de tarde en tarde, y no es porque me lo impidan otras ocupaciones más absorbentes, es simplemente porque no me siento con ganas de escribir nada. Entre una y otra página mi vida se mueve como una balsa de aceite, o sea que no se mueve en absoluto. Aunque ese aceite esté más o menos caliente, a veces incluso hirviendo, sigue siendo aceite y con eso no se puede escribir, ni hacer ninguna otra cosa que merezca la pena.

La verdad es que influye bastante este calor del verano, este aire denso y quieto, esta atmósfera de desierto que te quita hasta las ganas de comer. Pero no quiero usar esto como excusa. Soy, desde luego, amante de otras temperaturas más suaves, incluso frías, y si pudiera me pasaría todo el feliz y bullicioso verano durmiendo. Como los osos, pero al revés. Mientras los otros se bañan en la playa y se pasan la noche bailando y bebiendo, yo metido en una cueva fresca y oscura con una gruesa puerta cerrada con siete llaves. Pero no pasa de ser un buen sueño, un lujo impensable. El verano me lo paso despierto, tanto que casi no duermo. Mi hora habitual para acostarme ronda las seis de la mañana, y no porque haya estado bailando... Aunque sí, algo de danza hay en las mil vueltas que doy dentro de la habitación, pero es un baile nervioso y sin música.

Pienso que el problema radica en esta manía mía de no querer ser normal. Para mí normal es sinónimo de mediocre, y siempre que detecto algún síntoma de normalidad se me enciende la luz roja y salgo corriendo. Lo malo es que nunca llego muy lejos. Además, a la normalidad te la encuentras en cualquier parte, es casi como una tendencia natural. Es muy difícil escaparse. Lo normal es como una sombra. Pero aún así me niego a aceptarlo, porque demasiado bien sé lo fácil que es ceder a su influencia. Lo sencillo que es convertirse en sombra.

Y en eso vivo: voy caminando de un lado para otro con mi lámpara roja casi permanentemente encendida, buscando siempre un sitio donde poder respirar a gusto. Pero ¿se puede vivir siempre así? , porque ese sitio no suelo encontrarlo, y cuando alguna bendita vez lo consigo al poco tiempo desaparece, se pierde como agua entre los dedos. Temo que cualquier día se me funda esa bombilla de emergencia y no pueda distinguir entre la luz y lo gris, entre lo auténtico y lo mediocre. Claro que entonces de este caminante no quedaría ya ni la sombra.

En fin, sólo de estas miserias puedo escribir. Por eso es mejor no hacerlo, o hacerlo sólo muy de tarde en tarde, por aquello de no perder la sana costumbre de expresarse. Con una o dos páginas al mes sería más que suficiente para este tipo de cosas.

La normalidad me rodea por todas partes. Mi vida es como una pequeña isla en medio de ese mar gris, opaco y absurdo que configura este mundo. Una isla perdida, que no sale en los mapas -ni falta que hace- y que conserva aún algo de luz y de magia, un pequeño jardín en medio del desierto... Suena bonito esto, pero es mentira, claro. Lo cierto es que de mi isla queda ya muy poco, y en el jardín no hay más que arbustos y maleza. Las flores se fueron hace tiempo, buscando otras tierras más fértiles y aires más limpios.

Quiso ser árbol y se quedó en arbusto. Sería un buen epitafio para un pobre diablo. Quiso ser pájaro y se quedó en mosquito. La normalidad no es sólo algo que está ahí afuera, también corre por dentro. A la vista de lo que estoy escribiendo, resulta obvio. Pero también en esto hay una medianía, una insuficiencia: si fuera del todo normal no estaría aquí haciéndome preguntas, estaría por ahí, en la calle, divirtiéndome, o sentado pacíficamente delante del televisor. Y si fuera del todo extraño tampoco estaría aquí. Estaría, no sé, paseando por la luna, o creando paisajes de ensueño con mi pincel mágico...

Pero prefiero esta insuficiencia a que la balanza se incline demasiado hacia el lado negativo. No sé cómo se vería eso de ser absolutamente normal, y prefiero no saberlo. Mejor ser arbusto que no ser nada. Al fin y al cabo, también los mosquitos tienen alas.


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Leído lo anterior, ¿qué puedo decir hoy, once años después? ¿Ha cambiado algo que sea digno de resaltar?... Bueno, pues tengo que reconocer que las líneas básicas son más o menos las mismas. La normalidad sigue tan presente como antes, quizá hasta se deja sentir un poco más, es más fría su piel, más seca, más dura. Pero ahora la miro no como enemiga, o como una locura que hay que evitar, sino como un vacío. Dejarse llevar por lo normal es caer en ese vacío y perder la vida. Tal vez sea lo que he aprendido en estos años: que la normalidad es un vacío que nos impide vivir. Y por ello es por lo que intento con todas mis fuerzas ocupar mi cotidianidad con la mayor cantidad de momentos anormales que sea posible.

Sí, en lo anormal es donde encuentro yo la vida. Cuando la gente normal anda por las calles buscando cómplices para seguir manteniendo su mundo, yo estoy en un lugar distinto, pensando en otras cosas, haciendo algo diferente, construyendo mi propio mundo. Cuando esa gente se divierte, oye música, baila, canta y ríe, encendiendo la llama de su particular fiesta, yo me retiro buscando el silencio a un sitio tranquilo, donde poder escuchar las voces de mi otro mundo y ver sus paisajes, que son los que mis ojos quieren y necesitan ver. Así hago yo mi fiesta personal.

Y si no hiciera estas cosas, que pueden parecer absurdas, seguro que la fuerza de lo normal me arrastraría y me hundiría en su triste laberinto gris.

De manera que ésta es la diferencia que puedo ver con respecto al pasado. La normalidad está donde siempre ha estado, en la oscura sima de lo mediocre, una tierra negra, sin fondo ni horizonte, que por muchas luces de colores que enciendan sus acólitos seguirá siendo oscura. Y yo hago lo que puedo para no caer en esa sima.

Hoy puedo decir, con una leve sonrisa, que ya no soy un mosquito, y que mis breves alas se parecen más a las de un pájaro.


AHM. (agosto, 2008)

martes, 22 de julio de 2008

Conquest of Paradise

Vangelis


Conquistar el paraíso


    Este es el consejo que dio el viejo marinero a los muchos que le escuchaban, atentos y en respetuoso silencio, en el muelle del puerto, en aquella mágica hora de un atardecer antiguo:

    "Conquistar el paraíso que hay oculto dentro de la vida, saber encontrar ese pozo escondido en el desierto...

    "Ésta es nuestra más importante misión, y aunque sea una misión ciertamente difícil, en la que tendremos que sortear mil obstáculos y atravesar toda una sombría selva llena de peligros, merece con mucho el esfuerzo de llevarla a cabo.

    "Si no seguimos esa misión, si no escuchamos la voz de ese reto y no encontramos el coraje para seguirla, nuestra vida no será más que una pálida y miserable sombra de lo que quizá pudo ser.

    "Tenemos que abrir bien los ojos, para intentar que lo hasta ahora invisible se haga visible, que nos muestre su rostro diáfano y desnudo. Tenemos también que abrir nuestros oídos, para poder escuchar esa música lejana cuya melodía sólo hemos logrado acariciar levemente en algún sueño.

    "Emprendamos el viaje en busca del tesoro de la vida. Montemos en nuestro frágil barco de madera, despleguemos las velas y zarpemos hacia la mayor de las aventuras.

    "Y que un buen viento nos acompañe en la travesía, y nos lleve hacia nuestro destino.

    "La estrella que buscamos está allí, en algún lugar más allá del océano."


AHM. (2008)

viernes, 11 de julio de 2008

Soundscape

Un breve paseo por la laguna de los sentimientos, y también una ventana abierta a la tierra azul de los sueños...

Soundscape, de Robert Fripp.


domingo, 29 de junio de 2008