Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







viernes, 16 de noviembre de 2007

A los cuarenta





17 de Junio, 1997


Hace tiempo me marqué a mí mismo una meta : llegar a los cuarenta y poder soportar la mirada del espejo. Es sólo la singularidad, ilusoria, de los números redondos, la atracción de las fechas marcadas en rojo. Una tontería más, otro escondite. Pero, bueno, la marca está hecha y ejerce su inventada importancia sobre mis días, proyecta su sombra, me obliga al encuentro.
El caso es que esa fecha llega esta misma semana y, claro, estoy un poco con los nervios del examen. ¿Quién me mandaría a mí marcar fechas, con lo a gusto que se está sin mirar el reloj ni el calendario, viviendo en pacífica continuidad? Pero esto forma parte de nuestro modo de pensar, de la manera en que entendemos y concebimos el mundo y la vida. Y puede que, mirándolo bien, tenga su parte positiva. Al menos en mi caso. Porque hay que reconocer que existe cierto peligro en esa “pacífica continuidad” : es demasiado fácil cruzar la raya del abandono, practicar el odioso y tedioso deporte del “dejar pasar”. Y no está uno en condiciones de dejar pasar nada, al menos no un montón de cosas interesantes que es necesario vivir. En este sentido, no está mal lo de la marca en el calendario. Es como un aviso que nos impide olvidar.
Cuarenta años no es mucho tiempo, sobre todo si se tiene en cuenta el tiempo perdido. Entre unas cosas y otras, se quedan en menos de veinte. Pero aun así no deja de ser un número con cierto peso simbólico, tal vez por aquello de la mitad de la vida. Cuarenta años es quizá la edad más apropiada para hacer balance, y esas cosas que se dicen, pero yo soy un negado para las matemáticas y ni siquiera sabría sumar ni restar nada. Así que me presentaré al examen, pero con otro tipo de armas, con otra clase de saberes. Lo que sea esto, lo sabré cuando llegue el día. Porque no sé ese día qué me vivirá por dentro.
En cualquier caso, allí estaremos el espejo y yo.

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21 de Junio, 1997


La aguja del reloj pasa de las cinco. Aún es de noche. Una hora queda aproximadamente para que la luz inunde esta pequeña isla. Aquí estoy, como otras muchas noches, con mi lámpara y mis libros jugando a mi juego favorito. Supongo que todos somos adictos a un determinado juego, y esto de la lámpara y los libros sin duda forma parte del mío. No se trata de hacer algo en concreto sino de navegar, simplemente navegar por ese mar lleno de posibilidades que es la noche.
He estado leyendo al joven y animoso Kerouac : “Me metí en el agua y chapoteé un poco y estuve mirando la esplendorosa noche estrellada, el universo diez veces maravilloso de oscuridad y diamantes de Avalokitesvara.” Hace unos quince años me encontré con sus Vagabundos del Dharma, y lo celebré como si fueran las andanzas de un viejo amigo. Leer a Kerouac es, como digo, animoso, gozoso, pero también me produce cierta envidia: esa forma tan alegre y tan libre de viajar, ese montón de buenos amigos en uno y otro lado del continente… Es provocador, sanamente provocador.
Otra cosa es el final de Kerouac. Recuerdo haber leído algo al respecto, y recuerdo también cierto sabor amargo. Pero eso no quita valor a sus andanzas, que brillan con luz propia. No es que fueran, por otra parte, un gran viaje, pero tienen el gozo y la frescura suficientes para que las quiera, para que las sienta como algo íntimo. Hay imágenes en su obra, sobre todo en esa novela de los “vagabundos”, que me tocan muy de cerca, porque me remiten a vivencias propias bastante parecidas, salvando las distancias. Lo que pasa con Kerouac es, simplemente, que me evoca cierto sueño de juventud, sueño que además conserva aún buena parte de su valor.
Lo del final de las historias personales es un asunto aparte. La locura final de Hölderlin no debe impedirnos apreciar el Hiperión en todo lo que vale, o el Zarathustra, en el caso de Nietzsche. Comprendo que la sombra pueda ser inevitable, pero sólo si nosotros permitimos que lo sea, sólo si confundimos las
cosas.

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22 de Junio, 1997


Bien, ayer llegó por fin el gran día, la fecha señalada. Y, como era de esperar, no tuvo nada de grande ni hubo nada que señalar. Cuarenta primaveras cumplidas y ningún trueno en el aire, ningún estallido de colores, ninguna sinfonía, ningún poema. Sólo la musiquilla de siempre, mezclada con un poco más de vacío y una pizca de mal humor. Por la mañana me hice un bonito regalo, y al terminar la tarde ya estaba roto.
Esto me pasa por confundir al reloj con el tiempo.
Tampoco es que esperase una fiesta. Se trataba sólo de soportar la mirada del espejo, y eso, mal que bien, lo he conseguido. Nos miramos varias veces a lo largo del día la imagen y yo, y el cristal sigue entero. Pero, no sé, me hubiera gustado alguna cosa, algún gesto que tuviera algo de especial, un brillo más intenso, un pequeño vuelo de la conciencia, una música más cercana… No ha sido así. El espejo, implacable, me ha devuelto una imagen dura y fría, apagada y seca. Por mucho que mirara era incapaz de encontrar la sonrisa que buscaba. Debe ser porque ya no hacen espejos como los de antes.
De todas formas, aquí estoy otra vez en mi sitio, con el tabaco y el agua, oyendo respirar a la noche. No entiendo de números, así que saldré al balcón y saludaré a la luna como siempre. Y luego, de espaldas al tiempo, leeré al amigo Kerouac como si nada hubiera pasado:

“Cabeza abajo antes de irme a la cama encima de aquel techo de roca iluminado por la luna, podía ver claramente que la tierra estaba en realidad cabeza abajo y que el hombre era un bicho raro y vano lleno de ideas extrañas
que caminaba al revés presumiendo…”

Al fin y al cabo, sólo eso es lo que pasa: que uno anda al revés y cabeza abajo. La solución es tan simple como difícil. Darse la vuelta. Quizá entonces suene más cerca la música y encuentre la sonrisa en el espejo.


Antonio Castellón (AHM)
(1997)


oooooooooooooooooooo






2 comentarios:

  1. Eh! la foto no es de los cuarenta!!! Un poco de mirada lobuna si que tiene ese joven.

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  2. No, es de veinte años antes, jeje. Pero la puse precisamente por eso que dices de la "mirada lobuna".

    Un abrazo, Hada.

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