Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







miércoles, 8 de enero de 2014

La madre magia



    Alfonso Haya Morel era un escritor de mediana edad que, en el invierno de 1994, se encontraba en la difícil situación de llevar varios meses sin escribir una sola página que mereciera la pena. Lo cual, aparte de comenzar a enfrentarle con incómodos problemas económicos (vivía normalmente sólo de publicar historias cortas en periódicos y revistas culturales), le producía la angustiosa idea de que su fuente estaba agotada y en su vida literaria había sonado el toque de trompeta final. Es decir, que no lo veía como una simple laguna pasajera, habitual en muchos artistas, sino como un océano que amenazaba con ahogarle. Para Alfonso Haya, este tipo de cosas tenían un marcado carácter existencial. A otros asuntos no solía darles tanta importancia, pero este tema de la escritura era vital para él, y no sólo por la cuestión pecuniaria, sino por una especie de sentido personal, sin el cual la vida perdía el encanto, la pasión y la alegría.  
    Inmerso en esa situación, que cada día se le iba haciendo más y más insoportable, sucedió que una tarde de aquel suave enero recordó, inopinadamente, mientras paseaba arriba y abajo por la extensa biblioteca de su apartamento, envuelto en pensamientos circulares y estériles, recordó que hacía muchos años, viendo una película del género religioso, escuchó unas palabras que le impactaron extrañamente...
    La película era El Evangelio según Mateo, de Pasolini; y la escena en que se decían esas palabras es aquella en la que, después del conocido Sermón de la Montaña, alguien se acerca a Jesús y le comunica que su anciana madre había venido a visitarle, desde muy lejos, y que estaba allí esperándole, en la ladera del monte, para verle y abrazarle. Entonces, Jesús, que hasta ese momento había estado repartiendo sonrisas y buenas palabras entre los asistentes, adopta una mirada seria y como lejana, y dice en un tono rotundo y frío, ante el lógico asombro de las gentes que acababan de escuchar su místico sermón:

    —Yo no tengo madre, y mi Padre está en los cielos...

    Esas simples pero ácidas palabras, de inusitado desprecio, aunque cargadas de cierto misterio, le parecieron al joven Alfonso como una declaración de principios implacable, quizás casi inhumana, pero absolutamente orgullosa y segura de sí misma. Estaba muy claro que Jesús había tomado un camino definitivo —pensó—, sin vuelta atrás, y eso rompía con su pasado, al que ya no pertenecía, y que para él era sólo una historia muerta, que nada tenía que ver con su nueva vida. Como si este maduro Jesús fuera otro, como si se hubiese transformado.
    Más tarde, comprendió Alfonso la fácil implicación religiosa o teológica de esa respuesta: efectivamente, el hombre llamado Jesús era ya otro, porque el espíritu del «Padre» había entrado en él, y ya no se sentía Jesús, el hijo del carpintero José y de María, nacido en el pueblo de Belén, sino que se reconocía imbuido por una nueva naturaleza, ya que en él se había materializado la leyenda y el misterio crístico del Mesías. O algo parecido... Pero esto el joven Alfonso Haya lo pensó, como decía, más tarde, y no le importó demasiado. Su interés por esas palabras no se relacionaba con ningún significado religioso o mitológico.
    Aquellas palabras le impresionaron vivamente porque algo, que no supo definir, se le encendió por dentro al escucharlas. Como una rara intuición de que tenían mucho que ver con él mismo y con su propia vida. Aunque no pudo entender su sentido en aquel momento.

    Pero esa tarde de invierno, de muchos años después, cayó en la cuenta de un hecho singular, que enlazaba directamente con aquella lejana impresión de su juventud. La claridad se le apareció casi como una revelación, mientras daba esos paseos contínuos y algo nerviosos por su galería de libros. Sin pretender establecer semejanza alguna con el personaje bíblico ni con sus circunstancias —en absoluto—, comprendió que, en efecto, él mismo, Alfonso Haya Morel, tampoco tenía madre, y su padre vivía en lo abstracto... 
    Obviamente, había sido concebido por una mujer, pero no era ésta a quien reconocía como «su madre». Ni ninguna otra mujer, de las que cuidaron ocasionalmente de él cuando niño, era tampoco «su madre», aparte de afectos o desafectos... Su auténtica madre era aquella presencia de luz, aquella música entrelazada de sueños en la que un buen día sintió que había, realmente, «nacido». Ese poder inefable, pero cercano y protector, que le llenaba, precisamente, de un sentimiento maternal. Que le rodeaba con su etéreo abrazo, transformando las cosas y embelleciendo la vida, abriendo caminos entre la maleza y espantando con su mano azul a las más oscuras y afiladas sombras.
    Esa presencia, esa entidad abstracta que se concretaba en mil detalles cotidianos, que pintaba estrellas y lunas en el negro lienzo de la noche, y llenaba el corazón de una sutil alegría, era «su madre», su única madre. Y desde ese momento, en esa suave tarde de invierno, casi cálida, se le ocurrió a Alfonso, esbozando una sonrisa, llamarla la madre magia.

    ¿Pero qué relación tenía todo esto con su actual problema de escasez literaria? ¿Por qué ahora este recuerdo de aquellas palabras oídas hace tanto tiempo en una vieja película? Le había gustado acordarse, sí, y llegar a la relación entre aquella impresión de juventud y el reconocimiento de esta peculiar maternidad, a la que libremente asumía pertenecer. Incluso le había gustado la amable ocurrencia del nuevo nombre. ¿Pero qué luz arrojaba esto sobre su problema? ¿Se trataba sólo de un capricho de la memoria? 
    La respuesta le vino de la mano de otro recuerdo... El de un viejo libro. Se dirigió hacia el anaquel correspondiente, en la parte más luminosa de la sala, que es donde guardaba las obras de su estimado y admirado Hesse, y cogió el volumen titulado «Narciso y Goldmundo». Se había acordado de algo importante que se dice al final; cuando Goldmundo, poco antes de morir, le dedica a su amigo Narciso unas últimas palabras, que suenan como a sentencia:

    —¿Cómo podrás morirte un día, Narciso, si no tienes Madre? Sin Madre no es posible amar. Sin Madre no es posible morir.

    Alfonso Haya cerró el libro y se aproximó a la ventana, desde la que aún podían verse los postreros rayos de un tibio sol. Un poco más allá de la última calle, hacia el oeste, se atisbaba el principio de un nuevo y aún tímido jardín, brillando entre el sucio gris de los edificios. Alfonso se puso el abrigo y el sombrero y salió a pasear por la ciudad, que ya se preparaba para entregarse a la húmeda fiesta de la noche. Mientras caminaba, entre el humo de su cigarro, se podía observar una tenue sonrisa. Y casi se podía leer, incluso, algo de su pensamiento en el fulgor de su mirada, que parecía decir:
    «Yo sí puedo amar; sí puedo morir. ¡También vivir! En el laberinto de los días, en el curso de las horas y sus ecos, entre una y otra luz, siempre encontraré un camino y un puente, por pequeños que sean; una puerta abierta, una ventana por la que meter la mano para coger la manzana de la vida. Porque tengo madre, y se llama Magia.»

    No es difícil imaginar que esa misma noche, Alfonso Haya, cuando terminó su paseo por el jardín y las calles, poco después de que el frío volviera a bailar con las sombras y a enredarse en las farolas, comenzó a escribir una nueva historia...


Antonio Martín Bardán
(8 de enero, 2014)     
     
        

domingo, 5 de enero de 2014

El país del vacío



    Cuentan atrevidos viajeros que allí han estado, que el país del vacío es un lugar gélido, yermo, silencioso y oscuro. Pero que encontraron, a pesar de eso, unas cuantas ciudades, exiguas y medio desiertas, salpicando su accidentado paisaje. En ellas, entre una atmósfera de desinterés y abandono, enrarecida con el polvo del absurdo, viejas casas de piedra se inclinan y retuercen en ángulos grotescos, como bajo el peso de un tiempo sombrío que es mejor olvidar; y tras sus ventanas cuelgan tupidas y sucias cortinas que nadie abre jamás, porque parece ser que sus dueños prefieren no querer ver ni ser vistos.
    Los hombres y mujeres que lo habitan y caminan por las calles de esas ciudades, entre extraños árboles sin hojas ni pájaros, se asemejan a pálidas figuras de un antiguo teatro, lúgubre y fantasmal, donde no hay ya voces, luces ni aplausos, cuya función terminó hace mucho, donde todo está apagado, cerrado, muerto.  
    Dicen quienes lo han visitado (algunos por curiosidad y los más por extravío), que no hay nunca una música que navegue por las ondas de su húmedo y viciado aire, y si alguna lo intenta es inmediatamente rechazada, acallada, o se la hace prisionera y se la convierte en ruido.
    Hay como un muro gris, taciturno, que impide el color de la risa, una pared de niebla triste y opaca. Si alguien se atreve a reír, su gesto queda enseguida deformado en burla o en locura. Y las palabras, todas las palabras, suenan siempre huecas, como simples ecos errantes de la sombra.
    Las miradas se pierden en esa tierra sin luz, como aves ciegas, que no saben de nubes ni horizontes, y se vuelven hacia dentro, a un abismo sin estrellas, angosto y frío, donde el pensar da vueltas en una noria infinita que no va a ninguna parte.
    
    Pero algunas noches puede verse en su cielo la cara de una luna que sonríe...

    Es entonces, si se presta la suficiente atención, cuando es posible escuchar el rumor cálido y sutil de historias que confortan, en las que se pronuncian sonoros nombres olvidados, como de leyenda, y se narran hechos entrañables llenos de vida, maravillosos a veces, en un susurro que, traído por la brisa, acaricia al viejo corazón con la seda de sueños lejanos.
    En esas noches distintas, envueltas en una claridad inquietante, pero evocadora y amable, se sienten, a veces, fuertes deseos de embarcar, asido a uno de esos cuentos, y viajar así mágicamente hacia la misma luna, o hacia donde ella lo indique.
    Según cuentan, algunos lo hacen y se van. Dicen éstos entonces, montados ya en el grácil barco de aire, mientras éste comienza a moverse sobre las aguas del sueño, más allá del límite de la bruma, que escuchan de nuevo la música perdida, que el alma de las buenas cosas los llama desde el brillo cómplice de la luna, y que un duende invisible de aguda mirada les acompaña.
    Después, agitando la mano en señal de despedida, sonriendo, extrañamente contentos, desaparecen de la vista, atravesando la delgada y fulgente grieta que hay entre los mundos. Y nunca más se les vuelve a ver. En el aire sólo queda el eco de su risa y el seductor aroma de la aventura en ese momento iniciada...

    Me pregunto, en esta hora nocturna y tranquila, mientras recuerdo lo que escuché contar sobre ese triste país:
    ¿Se atreverán los demás, alguna de esas noches, a seguir los osados pasos de aquellos que se fueron? ¿A ir tras la estela de su última risa y abandonar así, para siempre, la oscura y helada tierra del vacío? 


Antonio Martín Bardán
(5 de enero, 2014)
       
   


domingo, 29 de diciembre de 2013

Al alba...



    Por la grieta más fina de la pared, se coló el rayo de luz... No había forma de saber si era o no cierto, pero allí estaba, presente como una columna de versos y aves de ensueño, escrita en el muro de la sombra, entre los perfiles de un tiempo sin figura y sin nombre. Más allá estaba la puerta, muy cerca, a pocos metros, brillando de un modo extraño, grabada con signos y palabras que no podía entender... No quise encender la lámpara, por si ello rompía el equilibrio de las horas, el embrujo de los minutos, que se deslizaba como un río silente y lúcido ante mi asombrada mirada.
    Desde un mar profundo, con olas de espuma nacarada, y un horizonte de montañas rotas, grises, rotundas, lejanas, pero luminosas y azuladas, algo me llamaba... El sol tenía un rostro grave, adusto, serio, con los brazos caídos, pero llenas las manos de regalos de alegría y una tierna lujuria. ¿Cómo podía ver el sol si la puerta estaba aún cerrada? Me aproximé, no sin cierto temor, y giré la llave de plata...
    El alba de una nueva vida me asaltó, como un paraíso. La visión me cegó, en un primer momento, los ojos, y una sensación de estar por fin en el hogar me llenó las venas, con sangre viva y cálida, fluida, vibrante, incluso sonora. Ví las casas verdes de mi infancia, con sus ventanas azules, con los pájaros que sonreían y los árboles de frutos dorados. Ví las alegres alas de los sueños, que cruzaban el cielo con su vuelo de risas y besos. Ví el prado de los abrazos perdidos, que se entrelazaban con las mínimas sombras de la hierba, en una poesía de luces, en una sinfonía de voces y ecos, dulces y amables. Ví a los amigos, que se acercaban, que me querían y querían estar conmigo...
    Entonces quise despertarme, incrédulo ante tanta maravilla. Y la diosa del sueño me susurró al oído, mientras me rodeaba tiernamente con su abrazo: «Quédate... No hay otro lugar al que quieras ir... Aquí estás en casa...»


Antonio Martín Bardán
(29 de diciembre, 2013)      

domingo, 22 de diciembre de 2013

La propia canción



    Hace un par de noches, leyendo la biografía íntima que Hugo Ball dedicó a su amigo Hermann Hesse, en 1927, me encontré con unas frases que me llegaron singularmente. En el capítulo en que habla de las circunstancias en que éste escribió su novela Siddharta. Recordemos que hubo una pausa de más de un año en la redacción de esta novela, entre su primera y segunda parte, por varios motivos... Porque a Hesse le fue fácil hablar del primer Siddharta, del joven que abandonaba la cómoda seguridad de la casa paterna, del buscador de la verdad, el caminante que se fue al bosque y se juntó con los samanas, que vivían ascéticamente a la intemperie, entre privaciones y fórmulas mentales, para superar la ilusión del mundo; pero no pudo, en un principio, hablar del Siddharta victorioso, del que encuentra, del que consigue dibujar el círculo de su vida y, a través de su propia verdad, contactar con el espíritu del universo.
    He aquí las mencionadas frases:  
    
    «Lo único que permanecía era la ternura, la capacidad de cambiar y seguir cambiando; el no haberse vuelto rígido, sino elástico. El seguir vivo, que la vida trajera de vez en cuando un encuentro fugaz y una alegría, que la propia canción aún pudiera gustarle a uno..., eso era un consuelo y contenía una invitación a una renovada curiosidad, a seguir avanzando. Y seguir sintiendo la llamada dentro de sí, y una nueva nostalgia; continuar en el camino y en camino; no haber encontrado aún la patria definitiva, que todavía no era visible ni se había vuelto imagen; conservar la sensación de no haber llegado aún, de no haber tocado tierra definitivamente..., ése era otro estímulo y una esperanza.»

    Estas palabras poseen, al menos para mí, una sustancia especial. En ellas veo reflejado aquello por lo que aún merece la pena vivir, y también el espíritu necesario, el ánimo, la actitud que hace de llave para enlazar con ese horizonte (cercano y lejano a un tiempo) que ha de vivirse. Ser elástico, en lugar de rígido, conservar la ternura, la delicada luz de los buenos sentimientos, la íntima sonrisa de antaño, la dulce mirada, pero asimismo estar atento al cambio, a las azarosas curvas del camino, a sus posibles sorpresas... Llevar siempre «la piedra mágica en el corazón», pero dejando que ésta sea tocada por el aire de la vida, que respire y se ilumine con el fluir de los días. En definitiva, mantener el afecto por los sueños, por los viejos y queridos sueños, pero ensanchando y enriqueciendo éstos con una mirada abierta y lúcida, despierta, sabiendo leer en el río de las horas, en el curso de los días y noches nuevas lecciones, y encontrando quizá nuevos abrazos. 
    La propia canción es aquella que nunca debemos olvidar. Sin ella, el ser se desdibuja en lo absurdo y se diluye en el caos. Pero ésta ha de conseguir unirse a la sinfonía de la vida, a las a veces extrañas melodías del tiempo, y saber mezclarse con ellas, sin perder la propia identidad.       
    Torpes palabras las mías, lo reconozco, pero es la voz de un caminante que, a pesar de no entender muchas veces los jeroglíficos de la sombra, sigue cantando a la luna... 


Antonio Martín Bardán
(22 de diciembre, 2013)

domingo, 15 de diciembre de 2013

Dos sueños...



(De «The Dreams of a Prophet»,  por Lord Dunsany)


    Yo dormía en el campo de amapolas de los dioses, en el valle de Alderon, adonde los dioses acuden a reunirse de noche cuando la luna está baja. Y soñé que éste era el Secreto.
    El Destino y el Azar habían estado jugando, y su juego había terminado y todo había concluido: las esperanzas y las lágrimas, los sufrimientos, deseos y tristezas, todas las cosas por las que lloraban los hombres y las cosas olvidadas, y los reinos y los pequeños jardines y el mar, y los mundos y las lunas y los soles. Y lo que quedaba no era nada, y no tenía ni color ni sonido.
    Entonces dijo el Destino al Azar: «Juguemos otra vez a nuestro viejo juego». Y jugaron nuevamente, utilizando a los dioses como piezas, como habían jugado a menudo otras veces. De manera que volverán a existir las cosas que existieron; y al pie de la misma loma, un súbito destello de sol, el mismo día de primavera, hará florecer de nuevo el mismo narciso, y lo cogerá el mismo niño, y no pesarán los mil millones de años que mediaron. Y se volverán a ver las mismas viejas caras, aunque no privadas de sus lugares familiares. Y tú y yo nos volveremos a encontrar en un jardín, una tarde de verano, cuando el sol se halle a medio camino entre su cenit y el mar, donde nos reuníamos antes. Pues el Destino y el Azar sólo juegan a un juego con movimientos idénticos, y lo juegan mientras transcurre la eternidad. 


Lord Dunsany

(«The Dreams of a Prophet» II - Time and the Gods - 1906)

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    Me encontraba de viaje en un mundo extraño y muy lejano. No recordaba el porqué ni el cómo, pero allí estaba, en un orbe tenebroso, de un color antiguo y místico, de leyenda, como hundido en la niebla del tiempo. Un mundo con grandes templos de pétreas columnas y paredes de sombra, que se alzaban en medio de lo que parecía un vasto desierto, con oscuros sacerdotes que vestían túnicas doradas de raros arabescos y bruñidas tiaras como de bronce. Y éstos, similares a los humanos, aunque muy distintos, de piel grisácea y con rasgos vagamente serpentinos, me mostraron una noche sin luna (a mí, su inexplicable huésped), a la luz de anchas hogueras como piras funerarias, sobre la gran plaza de arena que  había frente a uno de esos templos, un viejo ritual secreto, de índole sagrada, cuyo arcano sentido no me fue descifrado.
    De una engalanada jaula que había sobre un altar de piedra, empezaron a extraer y a soltar, una a una, pequeñas y preciosas aves verdiazules (cuyas formas, a pesar de su color y tamaño, recordaban mucho a las águilas), las cuales fueron alejándose lentamente hacia el profundo cielo de la noche. Al poco de comenzar el vuelo, de sus alas se desprendían brillos insólitos, como diminutas estrellas, que caían hacia la arena como los restos de los fuegos de artificio. Estaba maravillado contemplando esa visión e intentando comprender el enigma, cuando una de ellas, la tercera, se dio la vuelta, en lugar de desaparecer en la negrura como sus hermanas. Yo alcé entonces un brazo, con la mano abierta, en un gesto casi inconsciente, sin saber bien por qué lo hacía, y el ave se posó en ella...
    Aquellas gentes se quedaron muy sorprendidas por este hecho, y asintieron en silencio. Mientras que yo sentí una rara alegría, como si hubiese logrado, sin esperarlo, el fruto de algún desconocido y benefactor sortilegio. Y creo que ahí acabó mi sueño. Si sucedió algo más, ya no lo recuerdo.   


A. Martín Bardán
(15 de diciembre, 2013)

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imagen: Roger Dean
     

jueves, 14 de noviembre de 2013

La casa del viento


El jardín - II 

La casa del viento


    Andaba ocupado en pensamientos rutinarios, cuando inesperadamente le vino el recuerdo de un antiguo sueño. Le había sucedido otras veces: cuando menos lo esperaba, mientras estaba atareado en cosas cotidianas, calculando y sopesando cuestiones de poca importancia relativas a temas triviales, de improviso su mente le regalaba con una fugaz imagen que tenía que ver con su mundo más querido, con el íntimo y remoto mundo de sus sueños. En esta ocasión, la imagen procedía de un sueño muy viejo, de cuando era niño. Fue, como decía, una imagen fugaz, que duró tan sólo un breve instante, pero con la suficiente claridad y fuerza como para dejarlo paralizado en medio de su quehacer y romper el hilo de sus pensamientos. Lo que sintió fue como si una ventana se abriera en su mente, dejándole ver cosas olvidadas hacía mucho tiempo... 

    Tendría unos seis años de edad cuando entró por primera vez en aquella pequeña casa, que parecía estar muy en alto, casi como suspendida entre las nubes. No porque estuviera sobre una montaña, sino porque, al parecer, se encontraba al final de un edificio muy elevado. Tenía esa impresión porque desde sus ventanas sólo se veía el cielo azul, pequeñas nubes muy blancas y, a veces, el vuelo de algún ave.
    Seguramente había visitado más veces aquella casita de madera, pero sólo recordaba con nitidez una mañana luminosa, en que varios niños estaban reunidos en torno a una mesa, en una pequeña habitación, y charlaban contentos entre divertidos juegos. Mientras, junto con el radiante sol, un viento fresco y amigo entraba a raudales por las abiertas ventanas, cuyas cortinillas no paraban de moverse. Recordó también el detalle de que la casa a veces se mecía un poco, por efecto del fuerte viento, y la feliz sensación que tenían los pequeños era la de que estaban volando. 
    En ocasiones, según la extraña lógica de los sueños, era sólo un observador de la escena, que se complacía, desde una cierta distancia, en contemplar aquella reunión infantil; y en otras, él mismo formaba parte del grupo y era uno más de aquellos niños que, entre risas y juegos, celebraban sin saberlo el sencillo y jubiloso misterio de la existencia. 
    Intentó recordar más detalles de un sueño de hacía más de cincuenta años, pero sólo consiguió ver esa escena de unos niños riendo, mientras un viento amable y animoso entraba por las ventanas. La sensación de vida y de alegría de aquellos momentos la había buscado, inconscientemente, durante largos años en el mundo, sin encontrarla. Y ahora su imagen y su sentimiento venían hacia él, por un extraño camino de la memoria, acercando el brillo de un viejo sueño de su lejana infancia. 

    En esos gratos recuerdos andaba ensimismado Edwin, cuando oyó la voz susurrante del viejo Stephen:
    —¿Lo recuerda bien, amigo?
    Esas palabras le devolvieron a la realidad, o a lo que quiera que fuese que estaba sucediendo... Se hallaba de nuevo en su jardín, sentado en el banco junto al extraño anciano. Recordó vagamente que se habían metido en el interior del gran roble, por una especie de puerta oculta en el tronco, y después de la oscuridad inicial lo siguiente que recordaba era verse a sí mismo en el salón de su casa, ocupado con unos papeles, cuando le sobrevino la imagen de aquel antiguo sueño.
    —Pero... ¿qué es lo que ha pasado? ¿Cuando salimos del roble?
    —En realidad, aún estamos dentro, señor Edwin... —respondió el anciano con una media sonrisa.
    —¿Dentro? Pero si esto es mi jardín...
    —En parte sí, pero no del todo. Mire hacia donde se supone que está su casa.
    Edwin se volvió, esperando, obviamente, encontrar la vieja casa de piedra, pero en su lugar vio un alto edificio de madera, de tres pisos, coronado por lo que se asemejaba a una pequeña torre. A través de las ventanas de ésta, bajo una tenue luz, se veía moverse a unas pequeñas figuras desconocidas. Miró con más atención y, para su asombro, le pareció reconocer la casa de su sueño.
    —¿Pero... ¿cómo es posible? ¿Me estoy volviendo loco? ¿Dónde está mi casa? ¿Y cómo es que ahí... ahí está... mi sueño?
    —Tranquilo, amigo. Estamos en el país del sueño. Nada debe extrañarle aquí.
    —Le advertí que no creo en hadas ni en duendes, pero esto... esto escapa a mi entendimiento.
    —¿Se acuerda de Irene? —preguntó Stephen de repente.

    La sola mención de ese nombre dejó a Edwin como hechizado. Un torbellino de viejos recuerdos, sepultados hacía mucho, se lanzó sobre él con fuerza, dejándole casi exhausto. Fue como si le golpease un torrente en pleno pecho. Cerró los ojos y bajó la cabeza, sumiéndose en la corriente de esos lejanísimos recuerdos, de los que creía no guardar memoria alguna. Todo volvió a él con claridad, como si hubiese sucedido ayer mismo. Irene era una niña que conoció muy temprano, más o menos en la época en que recordaba haber soñado con esa casa. Eran vecinos y solían compartir juegos con los otros niños de la misma calle. Se hicieron muy amigos y, según crecían, siguieron siéndolo. Hasta que, ya en la pubertad, llegaron a algo así como un enamoramiento mutuo. Muchas veces paseaban solos, cogidos de la mano, y en el barrio se decía, entre bromas y veras, que eran novios; lo que a ellos no parecía molestarles en absoluto, al contrario. Todo iba bien, con esa ilusionada luz de los primeros años, hasta que los padres de ella tuvieron que cambiarse a otra ciudad, y ya nunca más se volvieron a ver. Pero ahora le venía a la memoria un detalle importante: el día de su partida habían acordado que, cuando fueran adultos, se buscarían y volverían a encontrarse, para continuar su buena amistad. 
    Hasta ahí era una simple historia de niños que juegan a ser mayores. Pero, lo que impresionaba a Edwin en estos momentos no era sólo que recordase algo tan remoto y olvidado, sino que esa niña, Irene, estaba presente en esa casa de su sueño, la que ellos conocían entonces como la casa del viento. Y precisamente esa casa, sin saber cómo... ¡estaba ahora ahí, frente a él!
    Miró inquisitivamente al viejo Stephen, sin decir nada.
    —Sí, señor Edwin —dijo éste—: su amiga Irene está en la casa del viento. ¿Quiere verla?
    —¿Podría yo...?
    —Ahora no, amigo mío. No puede subir, porque usted mismo ya está dentro, en otro momento de su ser. No sería conveniente. Pero sí puede llamarla, si lo desea; ella escuchará su voz y se asomará.
    Y así lo hizo. Como medio en sueños, absorbido por el encanto de una música antigua muy querida, se acercó lentamente hacia la casa de madera. Se paró delante del altillo que parecía una pequeña torre, donde seguía viéndose el movimiento de pequeñas figuras, y desde el que le llegó como el sonido quedo de unas risas, y pronunció su nombre. Una, dos, hasta tres veces; y cada vez un poco más alto, pero sin atreverse a levantar demasiado la voz.
    —Irene... Irene...
    En el marco de una de las ventanas se recortó una pequeña silueta contra la suave luz de las velas. Una cabecita rubia con trenzas se asomó, y al hacerlo la luna iluminó un dulce rostro con unos bellos y grandes ojos. Al principio, la niña permaneció quieta, mirando a ese señor tan raro del jardín con curiosidad. Luego, Edwin la volvió a llamar. Y entonces ella, con una juguetona sonrisa, alzó una mano y lo saludó. Y al hacerlo, ya no parecía una niña, sino la joven Irene de la que tuvo que despedirse hacía tanto tiempo.
    En esto, otras figuras menudas se asomaron también por las otras ventanas. Y Edwin optó por retirarse y desaparecer bajo la sombra de un acebo cercano. Cuando los niños dejaron de mirar, se volvió hacia el centro del jardín.   
    —¡Stephen! ¡Stephen! ¡Ha ocurrido! ¡La he visto! ¡Era ella! —clamó.
    Pero no obtuvo respuesta. No había nadie sentado en el banco. El anciano se había ido sin despedirse. Edwin se sentó entonces, para meditar sobre el hecho extraordinario que acababa de suceder. Y al levantar de nuevo la cabeza y mirar hacia delante, volvió a ver su vieja casa de piedra... ¡No había ni rastro de la casa del viento! Por sobre el tejado, en el punto en que, en ese momento, se apoyaba la luna, le pareció ver el vuelo de un pájaro desconocido, cuyo claro plumaje brilló un instante, para desaparecer enseguida en lo umbrío del bosque de más allá del jardín.


Antonio Martín Bardán
(14 de noviembre, 2013)

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imagen: Jacek Yerka (detalle)

viernes, 25 de octubre de 2013

El jardín



    «Pero qué importaba dónde, si en todas partes significaba lo mismo que en ninguna. Todavía, al hacer algo con ella, no había convertido a cualquier parte en un lugar. No estaba todavía vivo; sólo soñaba que vivía.»

George MacDonald

("Lilith" - 1895)


    Edwin acababa de terminar la lectura de la fantástica novela de MacDonald y se quedó pensativo, hundido en su sillón azul oscuro, en la silenciosa biblioteca. Lamentaba ese inesperado final, en que el protagonista se veía obligado a abandonar la tierra de los sueños, a dejar atrás su alegre visita a la radiante ciudad celeste y, sobre todo, a dejar de sentir el contacto de la mano de su amada Lona... Pero la tarde de otoño fluía tranquila; el fuerte viento de la mañana había amainado y desde el jardín llegaban el gorjeo de los pájaros, el murmullo de la fuente y el susurro de una tenue brisa. Así que, sin darse apenas cuenta, dejó caer suavemente el libro y se quedó plácidamente dormido.  
    No pudo ver que poco después, sobre la ventana abierta, se posaba el pájaro del sueño. Y tampoco pudo observar cómo éste se transformaba en un niño de cabellos muy claros, casi blancos, y ojos como zafiros, que le miraba sonriente. De pronto, le pareció oír, medio en sueños, el sonido de una voz infantil y eso le despertó...
    —¿Quién eres y qué haces aquí? —le preguntó, intentando controlar su asombro.
    —Casi eso mismo le estaba preguntando, señor —contestó el niño.
    —Yo soy quien vive aquí; ésta es mi casa. Soy yo quien está en su derecho a preguntar eso.
    —No se enfade, señor. He venido porque ha terminado usted de leer el cuento y en lugar de salir al jardín a hablar con los árboles, se ha quedado aquí dormido, dándole vueltas al final de la historia, que al parecer no ha sido de su agrado. 
    —Pero, ¿cómo sabes tú eso?
    —Es fácil; vengo por aquí a menudo, aunque no suela verme, y le he observado muchas veces; sé lo que siente y cómo piensa. Incluso le he acompañado en más de una ocasión al País del Sueño.  
    —¿Y por qué nunca te he visto antes?
    —Sí lo ha hecho, pero en otras formas. Me gusta mucho cambiar.
    —Pero, ¿quién eres? —insistió Edwin.
    —Mi nombre no importa. Además, ¡tengo muchos! Llámeme como quiera. Lo importante es que puede considerarme su amigo.
    Edwin, ya muy entrado en años, de carácter juicioso y sosegado, no daba crédito a esta especie de aparición que tenía delante. Pensó vagamente que quizá sería un chiquillo vecino que había venido a gastarle una broma. El niño era, ciertamente, encantador; se expresaba con claridad y amablemente, y su sonrisa era contagiosa. Pero no acertaba a entender qué hacía en su casa. Se le quedó mirando, sin saber qué decir. 
    Mientras tanto, el niño paseaba su mirada por la biblioteca y a veces se acercaba a alguno de los libros y lo sacaba para leer su título.
    —Me gustan sus libros —dijo, sin dejar de sonreír—, y también muchos de sus sueños.
    —¿Qué puedes saber tú de mis sueños, pequeño?
    Al decir esto, el niño se puso a reír. Su risa sonó como el estallido de una música alegre que llenó la habitación y la hizo brillar; sonaba de modo parecido al fluir de un arroyo o al caer de las gotas de lluvia sobre las hojas en una mañana de primavera. Le trajo recuerdos de su propia infancia, de juegos olvidados en encendidas tardes de tiempos lejanos.
    —Ya le dije antes que a veces le he acompañado... Ahora, señor, he de irme. Pero me gustaría que nos volviéramos a ver esta noche. Quiero hablar con usted sobre el cuento. Si le parece bien, vendré a su bonito jardín cuando la luna esté en lo más alto.
    Edwin asintió casi sin palabras, y el niño, de un ágil salto, se subió a la ventana y desapareció de la vista, perdiéndose en el jardín. Al principio oyó claramente sus pisadas sobre la hierba, según se alejaba rápidamente, y luego le pareció, en cambio, oír como un batir de alas. Después, ya sólo los pájaros, la fuente y la brisa.
    Pensó que había sido como una alucinación. Quizá lo había soñado... ¿Cómo era posible que un niño tan raro se colara de esa manera en su casa, diciendo esas cosas tan sin sentido? Pero aún resonaba en sus oídos esa risa tan especial que, por un momento, le había alegrado el corazón. Sea como fuere, se dijo, la sensación que le había quedado del inesperado encuentro era de lo más grata. Así que saldría por la noche al jardín y esperaría a ese extraño niño, a ver qué era capaz de decirle sobre la historia que había leído.
    Volvía ya hacia su sillón, moviendo la cabeza, cuando se percató de que uno de los libros sobresalía mucho de su estante. Estaba seguro de que era uno de los que había sacado el niño para mirar el título. Fue a colocarlo, pero antes, por curiosidad, miró de qué libro se trataba. Comprobó que, sorprendentemente, el libro no era otro que la novela de Lilith, que había terminado de leer poco antes... Rápidamente fue hacia el sillón azul esperando encontrarlo allí, no sin pensar que era absurdo, porque no tenía dos libros iguales. Y así era: sobre el sillón no había ningún libro, ni tampoco estaba caído en el suelo. El libro era el que tenía en la mano, no había otro. ¿Pero cómo había llegado hasta la librería? En absoluto recordaba haberlo llevado a su anaquel... Luego, más tranquilo, se acordó que cuando abrió los ojos, después de su breve siesta, el niño ya estaba allí. ¿Pero por qué iba a haber cogido el niño el libro, haberlo puesto en su sitio (que, además, era el correcto) y luego sacarlo, delante de él, para ver su título? 
    Nada parecía tener sentido. Se sentó, por fin, en su sillón con el libro en la mano. ¡Qué cosa más curiosa! —pensó—. Tanto la aparición de ese niño tan extraño, con sus raras palabras, como ahora esta aparente sinrazón de lo del libro cambiado de lugar... ¿No había dicho el niño que había venido a preguntarle que por qué, después de leer el cuento, no había salido al jardín a hablar con los árboles? ¿Qué podía significar eso? ¿Y cómo sabía ese niño no sólo qué libro había estado leyendo sino además que no le había gustado el final? Lo primero quizá se explicase porque vio antes el libro en el sillón o caído en el suelo; pero lo segundo no tenía explicación alguna.
    Otra vez se sintió tentado a creer que todo había sido un sueño. Que probablemente él mismo, medio dormido, había colocado el libro en su lugar y luego había regresado al sillón para seguir durmiendo. Pero... lo que no encajaba era la presencia del niño y, sobre todo, que supiera lo que parecía saber. Sueño o realidad, lo que estaba claro para Edwin es que esperaba que llegase la noche, para volver a ver al niño.
      

    Hacía tiempo que la luna había ascendido por el cielo. Una luna llena que iluminaba amablemente la noche y que ya casi se encontraba en su cenit. Edwin se encontraba sentado en un banco del jardín, esperando la llegada del extraño niño alegre que había conocido esa tarde. Fumaba su cigarro un tanto impacientemente y pensaba en lo inaudito de esa cita nocturna. Él, un señor respetable, solitario desde hacía mucho y que vivía nada más que para sus libros y sus sueños, esperando a la luz de la luna el encuentro con un niño desconocido que decía ser su amigo, y que daba la impresión de saber cosas que no suelen saber los niños... El aire era fresco, casi frío, pero algo que no sabía explicar le impelía a seguir la espera. Tal vez, simple curiosidad; o quizá algo más.
    Al cabo de un tiempo, después de que la luna alcanzara su punto más alto, escuchó unos pasos lentos que venían del bosquecillo de robles y abedules cercano, que en nada se parecían a los pasos de un niño. Un hombre muy viejo, con chaqueta larga y sombrero, se presentó ante él y lo saludó.
    —Buenas noches, señor Edwin. He venido lo antes posible, y casi justo a la hora convenida. Mi andar es muy lento. Perdóneme si le he hecho esperar un poco.
    —¿Quién es usted? —le preguntó secamente, sin responder a su saludo.
    —Habíamos quedado aquí para hablar del cuento, ¿recuerda?
    —¿Pero qué dice, hombre? Yo a usted no le conozco de nada y nunca le había visto. A decir verdad, tampoco a quien esperaba; pero estaba citado en este jardín con un niño...
    —¿Con un niño de pelo casi blanco? —interrumpió el anciano—. Y se quitó el sombrero, dejando ver un abundante cabello blanquecino, mientras sonreía abiertamente.
    Edwin se quedó boquiabierto al reconocer inexplicablemente, en ese pelo y esa sonrisa, un indudable parecido con el niño que había conocido por la tarde en su biblioteca.
    —Pero, pero... ¿qué es esto? —balbuceó.
    —No se preocupe, amigo. Ésta es sólo otra de mis formas; ya le dije que suelo cambiar. Quizá prefiera usted la del simpático niño de esta tarde, pero esta noche soy, ante sus ojos, un viejo casi decrépito. Cosas de la luna llena... De todos modos, le aconsejo que nunca se fíe demasiado de las apariencias.
    —Entonces... ¿es usted...? ¿eres tú...? Discúlpeme, no acierto a encontrar las palabras.
    —Tranquilo, estimado señor Edwin. Usted ahora no puede saberlo, pero le aseguro que nos conocemos desde hace mucho tiempo y somos buenos amigos. Como le dije esta tarde, varias veces hemos viajado juntos al País del Sueño. Recordará usted esa región, ¿verdad?   
    —¡Por supuesto!
    —Sí, es usted un soñador, y de los buenos. Créame si le digo que lo sé de primera mano. Pero no me pregunte cómo; ahora no podría explicárselo de manera que lo entendiera. Además, hemos venido aquí a hablar de la obra de otro soñador, ¿no es cierto?

    Poco a poco, entre los dos hombres, sentados ya juntos en el mismo banco, se fue extendiendo una atmósfera afable, disipándose la lógica distancia inicial. Edwin se encontraba a gusto en su compañía, empezaba a sentirse como con un viejo amigo, aunque nunca le hubiera visto antes. Había algo en ese anciano (como lo había también en el niño) que le atraía muy especialmente. Le daba igual si era el padre o el abuelo del niño, o si era el mismo niño transformado por algún tipo de magia que no alcanzaba a comprender. 
    Pasada una media hora, a Edwin le pareció que estarían mejor en su casa, porque ya hacía frío y en su salón podrían calentarse con el hogar y, si se terciaba, con un buen caldo. El viejo estuvo de acuerdo y se metieron en la casa. Allí continuaron con la conversación.
    En un momento de la misma, al dueño de la casa se le volvió a ocurrir que debería saber el nombre de su invitado. Pero el viejo dijo lo mismo que el niño, que eso no era importante y que podía llamarle como más le gustara.
    —Bien —consintió Edwin—, pues entonces... ¿qué le parece si le llamo con el nombre de... Peter? 
    El viejo-niño sonrió y estuvo de acuerdo. Peter estaba bien, dijo. Pero luego, Edwin pensó que ese nombre le iba mejor a su faceta de niño, y que en esta de anciano se requería un nombre más..., con otra sonoridad. Y concluyó que el nombre sería Stephen, lo que al anciano también le pareció bien.
    —De acuerdo entonces, sir Stephen, sigamos pues...
    El anciano rió de buena gana.
    —A veces, amigo, se comporta usted como un auténtico niño. ¿Qué más da el nombre? Hablemos de lo nuestro; no sé cuánto tiempo más podré quedarme esta noche. 
    Y sin más paréntesis, volvieron al tema de antes.               
    —Sé, amigo Edwin, por qué quedó usted insatisfecho con el final de Lilith, pero me gustaría que lo explicara con sus propias palabras.
    —Pues mire, eh... Stephen: lo que sucede con ese final es que me duele. Después de pasar su personaje por un largo camino de penalidades y peligros, y de casi ahogarse en el pozo de la soledad; después de superar todo eso y conseguir reunirse con lo que amaba, la mano del destino le vuelve a empujar hacia afuera, le devuelve al mundo del que había huido. Aparte de que no me gusta, no entiendo bien la causa. Entrar en el Paraíso y tener que salir poco después, sin una clara y cercana posibilidad de regreso... ¿Por qué ese lamentable final?
    —Recuerde, amigo, aquel antiguo adagio que citaba Helena von Hahn al principio de su gran libro —intervino el viejo Stephen.
    —¿Quién es esa señora?
    —Se la conocía como Madame Blavatsky.
    —Ah, sí. ¿Y qué decía el adagio?
    —Dice así: «El error se precipita por un plano inclinado, mientras que la verdad tiene que ir penosamente cuesta arriba.»           
    —Ya entiendo.
    —¿De verdad lo entiende?
    —Creo que sí; es el viejo y angosto camino de siempre. El camino difícil, que nadie quiere recorrer, porque es mucho más cómodo quedarse en el valle de lo amable, prendado de las pequeñas luces que ahí brillan; placenteramente adormecido por lo que es acogedor, amistoso y risueño. La verdad siempre exige duras pruebas. Es la ciudad más hermosa, la más brillante, pero no es nada fácil el camino que lleva hacia ella. Hay que subir solo por empinadas laderas, donde no hay casi asideros ni refugios, y afrontar fuertes vientos y vacíos de vértigo que amenazan a cada paso. Muchos lo intentan, luchan por conseguirlo, pero el frío termina mordiendo sus almas y los precipita de nuevo hacia abajo... 
    —¡Bien! Yo mismo no lo hubiera expresado mejor. 
    —De todas formas, es triste. La mayoría sólo somos simples seres humanos, que lo único que desean es vivir.
    —Así es, amigo. Pero recuerde que a los que han nacido soñadores y caminantes les es imposible conformarse demasiado tiempo con ese valle de pequeñas ilusiones. Algo que llevan muy dentro siempre termina tirando de ellos hacia el horizonte.
    —En fin...
    —Amigo Edwin, no se desanime. Lo que le ocurre al personaje de la novela de Lilith es que continúa soñando, y su sueño está incompleto y es, en el fondo, falso. Lo que necesita es despertar realmente a la vida; por eso es devuelto al mundo. No se puede vivir si no se está totalmente despierto. ¿Recuerda que el cuento termina con unas frases de Novalis?
    —No, ahora mismo no. Lo he leído hace tan sólo unas horas, pero no me acuerdo de esas frases.
    —Son estas: «Nuestra vida no es un sueño, pero debería serlo y quizá alguna vez lo sea». 
    —Pero entonces... ¿debemos o no soñar? ¿Son buenos o malos los sueños? El personaje del cuento debe despertar de su sueño, y Novalis dice que la vida debería ser un sueño... No lo entiendo. 
    —Sí, amigo Edwin, sí lo entiende. Es usted un buen soñador y sabe bien de qué estamos hablando. Pero ahora quizá no es el momento de darse cuenta. En el fondo es muy simple...
    —Pues explíquemelo, se lo ruego.
    —La vida que vivimos normalmente se compone de falsos sueños, ilusiones que no nos dejan ver la realidad. Y cuando soñamos por las noches, a veces lo que en verdad hacemos es despertar... Nuestros viajes al País del Sueño no son sino atisbos de la auténtica vida. Quien así logra soñar, se acerca mucho a lo que es en realidad vivir.
    »Venga, salgamos de nuevo al jardín. Hay algo maravilloso que quiero mostrarle.
    —Le advierto, Stephen, que no creo en hadas ni en duendes...
    —¡Jajajaja! Entonces, ¿por qué ha leído ese cuento?         
    —Siempre me han gustado ese tipo de historias. Supongo que uno necesita beber de vez en cuando de esa mágica fuente, aunque sólo sea con la imaginación; la propia y la de otros. Al menos, para la gente como yo es como el aire y el agua. Pero de eso a creer en hadas y duendes..., hay una gran distancia.
    —No se preocupe, amigo Edwin, que no le voy a mostrar esta noche a ninguno de mis otros amigos... Usted sólo sígame ahora y observe atentamente.
    Salieron al jardín, bañado por la luz de la luna; lo cruzaron y al llegar hasta su límite norte, tras el cual comenzaba el bosquecillo de robles y abedules, el viejo Stephen se detuvo.
    —¿Ve con claridad ese roble grande de ahí? —dijo, señalando con el dedo un viejo roble que había al principio del pequeño bosque.
    —Sí; es hermoso. Lo he visto otras veces, cuando salgo a pasear, y me gusta saludarlo con la mirada.
    —Pues justo ahí, en su añoso tronco, hay una puerta al país del sueño. Si quiere, podemos cruzarla ahora mismo y así podré mostrarle algo maravilloso, que disipará esas dudas que aún le rondan por la mente como sombras. 

    Poco tiempo después, la luna miraba a un jardín vacío, donde sólo se oía el murmullo de la fuente y la caricia de la brisa sobre las hojas. Juntos entonaban una queda canción, cuyo estribillo parecía decir:

Encuentra tu sueño; 
encuentra tu sueño, caminante,
y despierta en él...


Antonio Martín Bardán
(25 de octubre, 2013)