Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







martes, 12 de agosto de 2014

El silencio de las sirenas




    He encontrado hace poco un interesante relato corto de Kafka que desconocía. Se titula El silencio de las sirenas, y en él nos habla el maestro checo de una reflexiva interpretación de ese famoso episodio de la Odisea, cuando Ulises pasa con su barco cerca de la isla de las sirenas y previamente ordena a sus hombres que le aten al mástil, para así evitar el hechizo de esas ninfas marinas.
    En varias ocasiones he escrito aquí sobre el poder benéfico del silencio, sobre la necesidad de aquietar el habitual torbellino de la mente. No para dejar «la mente en blanco», como se suele decir desde la ignorancia, sino para desbrozarla de inútiles pensamientos y poder así conectar con fuentes más profundas de la vida. Pero Kafka nos habla en este texto breve y concentrado de otra forma de silencio, de un silencio que es incluso más peligroso que el seductor canto de las sirenas. Quizá porque en él pueden «escucharse» palabras mudas que atraen inevitablemente a los hombres, ofuscando su mente y condenándoles a esa prisión de placer que oculta un fondo de olvido y muerte...
    
    Por cierto, aparte de lo anterior, me pregunto que si en realidad las sirenas no eran como las suelen representar, impropiamente, los artistas, con torso de mujer y la parte inferior de pez, sino con busto de mujer y cuerpo de ave, ¿por qué no volaban éstas desde su isla para conquistar desde mucho más cerca a los marineros que por allí se aventuraban? ¿Es que quizá no podían volar, como las harpías? ¿O es que el citado hechizo pasaba indefectiblemente por escuchar ese canto especial que seducía y atrapaba con su dulzura al incauto? Se me ocurre que tal vez lo que atraía principalmente no era su sensual belleza (dudosa, por otra parte, dado su aspecto), sino algo que se ocultaba en sus cantos, algo que tocaba cierta fibra de los hombres, encantándoles y esclavizándoles... Me parece que tengo que estudiar más a fondo las mitologías.  


A. H. Martín 
(12 de agosto, 2014)


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



El silencio de las sirenas



    Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

    Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

    Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

    En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

    Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

    Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

    Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

    La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.


Franz Kafka 
(1917)



sábado, 9 de agosto de 2014

El inconsciente y la materia



    
    Me ha hecho gracia una anécdota sobre Jung que cuenta una amiga suya, la doctora Marie-Louise von Franz, en una entrevista de un documental*. Dice que en una de las últimas visitas a su refugio de la torre de Bollingen, a donde no iba desde hacía mucho tiempo, Jung se encontró con que, al principio, le saltaban y caían las tapas de las ollas cuando cocinaba, y se caían también platos y cubiertos... Ante esta extraña e incómoda situación, Jung optó por recitar una especie de simpática plegaria u oración, dirigida a esas cosas. Estas fueron sus palabras:

    «Ahora, damas y caballeros, ollas y cucharas, sé que los he descuidado por mucho tiempo y que están enojados conmigo, pero les pido perdón y les pido ahora que vuelvan a cooperar.»

    Así lo explica la doctora Von Franz: 

    «Para que la materia coopere con uno necesita amor y cuidados, y no sólo técnicamente, aceitándola y todo eso, hay casi que vivir con ella. Si no, hace trampas. Una de las últimas veces que fue a la torre, por ejemplo, hacía mucho que no iba, y los primeros días las tapas de las ollas saltaban y se caían al suelo en mal momento. Y ya sabe que los objetos pueden portarse muy mal. Así que se paró en medio de la cocina y dijo: "Ahora, damas y caballeros, ollas y cucharas, sé que los he descuidado por mucho tiempo y que están enojados conmigo, pero les pido perdón y les pido ahora que vuelvan a cooperar."
    »Y de ahí en adelante no hubo más accidentes. Se divirtió mucho con eso. Si se fija, es muy simbólico, esos días que no puede abrir una puerta, o no puedes alcanzar algo, y algún objeto se nos esconde justo cuando, generalmente, cuando no estás bien contigo mismo, y estás impaciente, etc.; entonces todo te hace trampas. Naturalmente tu propio inconsciente está mezclado en ello, pero se comunica con la materia. Somos profundamente inconscientes de estos hechos porque vivimos sólo por nuestros sentidos y fuera de nosotros mismos. Si un hombre pudiese investigarlo, lo descubriría. Y cuando un hombre lo descubre en nuestros días, cree que está loco, y quizá esté loco.»

    Lo he comprobado yo mismo, con las cosas de casa y con hechos más externos. Como, por ejemplo, lo que llamo «el efecto cruce». Éste consiste en que cuando uno se va acercando a un cruce de caminos y el lugar está tranquilo, puede observar normalmente que no viene nadie desde ninguna dirección, con lo cual se imagina que podrá cruzar sin problemas. Pero en esos días interiormente problemáticos la cosa funciona al contrario, y justo un momento antes de cruzar empiezan a aparecer vehículos por todas partes; e incluso esa gente que parecía caminar en un sentido distinto al nuestro, cambia inesperadamente de rumbo y confluye en el mismo cruce. Lógicamente, nos quedamos sorprendidos y lo achacamos a la mala suerte o a un imprevisible y molesto azar, sin darle demasiada importancia. Pero el asunto tiene que ver (aunque sea difícil creerlo) con nuestro estado de ánimo. Yo, como ya me lo sé, en días así me suelo parar unos segundos antes de cruzar y, efectivamente, inmediatamente después se forma allí un pequeño atasco. No suele fallar.    
    El porqué de esto suena a misterio. O nos puede parecer como algo ridículo y absurdo, producto de nuestra imaginación. Pero el caso es que nunca ocurre en días serenos, en los que nos sentimos bien con nosotros mismos. Por eso, cuando cruzo y no sucede nada adverso sonrío y caigo en la cuenta de que estoy tranquilo y centrado. Es muy curioso observar como es cierto, aunque parezca increíble, que nuestro inconsciente interactúa, de alguna forma incomprensible, con la materia y hace que ésta nos tienda «trampas», cuando la situación interna lo merece.
    Puede pensarse, también, que en esos días «buenos» andamos tan livianos y suaves, tan concentrados en los aspectos más positivos que no nos damos cuenta de si en el cruce ha habido mucha afluencia inesperada de vehículos y transeúntes, o ninguna. Y si la ha habido, al no darle importancia, nos ha pasado desapercibida... Pero no es así. Me he fijado lo bastante y suele coincidir un asunto con otro, es decir, un estado interior negativo con una respuesta embarullada y molesta del exterior. Y viceversa: cuando lo interior se haya en calma, en un tono más o menos armónico, lo exterior parece actuar de reflejo de esa armonía. ¿Tendrá esto algo que ver con el fenómeno de la sincronicidad?
    Toda una lección, en cualquier caso (quizá con un cierto fondo animista), que nos hace mirar a la vida y al mundo de distinta manera. Aunque pueda parecer que estamos algo locos.

    Siempre he intuido que todo está relacionado. Lo he escrito aquí muchas veces. No es una certeza que esté afincada permanentemente en la conciencia, sino algo que procede del inconsciente y a veces se cuela en lo cotidiano en forma de sensación. Recuerdo ahora que leyendo hace poco un comentario en un blog, cuyo nombre no retuve, me encontré con que, según el comentarista, Gandhi dijo en algún momento lo siguiente: que la vida es como un espejo, y que has de sonreír si quieres que te sonría... ¿No tiene esto sentido? Quizá no sea siempre una fórmula infalible, pero todos hemos experimentado algo tan sencillo (además de sorprendente) como que en determinados días especialmente buenos todo parece salirnos «a pedir de boca». No creo que se trate, en absoluto, de una simple coincidencia.
    Así que la próxima vez que me encuentre en la extraña situación de que no puedo abrir una puerta, teniendo la llave; que, inexplicablemente, no consigo encontrar un objeto que debería estar ahí mismo; o que se me caen caóticamente las cosas de las manos, o hasta sin tocarlas... No pensaré que la puerta, aun siendo nueva, está atascada, o que absurdamente me he confundido de llave; que ese objeto ha desaparecido por efecto de la travesura de algún duende o diablillo; que las cosas se caen a causa de una rara torpeza o porque hay un seísmo imperceptible que las mueve de su sitio; o que, simplemente, estoy teniendo un día de mala suerte, de esos que llamamos «de mil demonios», en que todo parece ir a la contra... Sino que procuraré acordarme de que el inconsciente se comunica con la materia. Intentaré pararme y observar qué es lo que me sucede por dentro. Incluso puede que diga alguna oración personal e improvisada, al estilo de Jung, y pida disculpas sonriendo a las cosas que me rodean. Todo sea por modificar su comportamiento y, de paso, el mío propio. Y para que mi inconsciente haga las paces con la materia, y ésta deje de hacer trampas.
    Es muy cierto que cuando el agua del río no choca con ningún obstáculo en su camino, ni es golpeada por la brusca intrusión de ningún cuerpo extraño, fluye mansamente... 
  

Antonio H. Martín 
(9 de agosto, 2014)

____________________

(*) Matter of Heart - Carl G. Jung 

    

martes, 5 de agosto de 2014

El hogar



        
    «El hogar es ese refugio físico y psíquico a través del cual ciertos hombres logran encontrar su lugar en el universo.»

(Anónimo)


    El viejo Salvador Gómez Hermung recordaba en esa noche de verano, solo en la habitación del hotel, su antigua vida y su antiguo hogar. Llevaba ya casi dos años jubilado de su profesión de doctor en psicología, y desde entonces había estado viajando y viviendo de hotel en hotel. Aprovechaba ahora su tiempo para visitar todos aquellos lugares que antes no había podido ver como deseaba, con la suficiente amplitud y tranquilidad, y una mañana despertaba en Edimburgo, otra en París y semanas después en Zurich o en Florencia. Y no sólo en estas ciudades concretamente sino, más bien, en pequeñas localidades de las cercanías, intentando siempre descubrir paisajes y rincones nuevos. No podía negar que le gustaba mucho esta nueva vida. Los ahorros de media vida y una holgada pensión sumaban lo bastante como para permitirse estos lujos y los disfrutaba al máximo. Pero a veces, como en esta noche, echaba de menos algo tan sencillo y lejano como su antiguo hogar. Un piso pequeño y luminoso de un barrio de Madrid (en una calle estrecha y tranquila, parcialmente arbolada, llamada Elfo, próxima a un amplio y bonito parque), en el que reunía una nutrida colección de cosas personales. Libros, cuadernos, películas, discos y álbumes de fotos dormían ahora empaquetados en cajas precintadas, en un cuarto trastero de un edificio cualquiera. No podía llevárselos en sus continuos viajes. Pero lo que más echaba de menos, aparte de esas cosas, era su cuarto de estudio, en aquel piso que vendió hace tiempo (cuando la separación) y en el que tenía una gran mesa de escritorio, rodeada de todos sus libros y demás objetos íntimos, cosas simples pero que estaban impregnadas de la historia de su vida. Es decir, que lo que añoraba era el sitio donde todas esas cosas estaban reunidas conformando un rincón y un ambiente que para él era especial y único.
    Allí había pasado muchas buenas horas nocturnas pensando, leyendo y escribiendo, mientras su entonces compañera dormía en la habitación contigua. Y cuando se cansaba, apagaba la pequeña lámpara de la mesa y encendía la bombilla tintada de azul de la otra lámpara del techo. El ambiente adquiría así una atmósfera como con luz de luna que le ayudaba a relajarse, y entonces ponía en la caja de música alguno de sus discos favoritos, se sentaba en el cómodo sillón, se ponía los auriculares y dejaba que la noche siguiera su curso serenamente, mecida por una buena melodía. Momentos como ese era lo que echaba de menos. Sobre todo porque en ellos sentía algo que no había conseguido volver a encontrar en ninguno de sus viajes, de entonces y de después: la sensación de estar en su casa, en su refugio, en su hogar.
    Muchas mañanas de domingo despertaba Salvador de interesantes sueños en ese mismo sillón, con los auriculares ya caídos en el suelo y la bombilla azul todavía encendida. Con el cuerpo algo entumecido por la postura, pero satisfecho de haber pasado una noche sensible dentro de su refugio, en el interior de su hogar, rodeado de sus cosas íntimas, que a veces parecían actuar como de talismanes, convocando favorables pliegues del tiempo y el espacio y creando en su mente visiones que se acercaban a la esfera de lo mágico. Lo primero que veía era la figura dorada del Buda sedente, con su enigmática sonrisa, entre dos campanillas de bronce en lo alto de la librería vieja, de color castaño oscuro; donde también había una figurita de marfilina del rechoncho y feliz Ho Tei y una imagen dibujada en la que se veía al dios Krishna, tocando su flauta en medio de un paisaje de ensueño. Y luego su cuadrito de la ermita en la montaña, que había pintado hacía mucho tiempo, cuando joven, basándose en un grabado antiguo; esa medio acuarela cuyo cielo cubrió una vez de negro porque no le gustaba como había quedado y esperaba repintar cuando tuviera los colores apropiados; cosa que nunca llegó a hacer. Se levantaba entonces del sillón y saludaba a todas esas cosas, como si fueran objetos con alma; los objetos que conformaban su hogar y le hablaban gratamente de la mejor parte de su vida.  
    Como experto en psicología (o simplemente como ser humano sensible y medianamente inteligente), sabía bien Salvador que el hogar, el verdadero hogar, no se compone fundamentalmente de esas cosas, sino que es en realidad un lugar dentro del corazón. Pero aquellas cuatro paredes, tal y como estaban dispuestas, se le presentaban como su íntima cueva del tesoro, y ayudaba mucho estar rodeado de sus cosas personales, en ese cuarto donde la extrañeza no tenía cabida, para conseguir esa sensación de estar en casa, en su refugio, en su hogar. Aquel cuarto era su sitio, su lugar en el universo, su barco y su pequeña nave espacial.
     
    Esa noche, desde una bruma translúcida de la memoria que lentamente se fue depurando hasta adquirir una perfecta nitidez, había surgido una vez más ese recuerdo, ese buen recuerdo, y eso le hizo pensar en que quizá sería bueno cambiar algo de su modo de vida actual. Sería difícil, a su edad, volver a comprar un piso, como aquél de la calle Elfo, pero en cambio sí cabía la posibilidad de alquilar uno... Se le ocurrió entonces buscar en su maleta una figurilla que solía acompañarle en sus viajes. Era un caballito plateado al que llamaba cariñosamente Silver Spirit y que anteriormente había adornado uno de los estantes de su vieja librería. Allí estaba la figurilla, en postura como de trote, o quizá de galope. La colocó sobre una mesa y se la quedó mirando un buen rato... Sí, estaba muy bien viajar, pero necesitaba asimismo un lugar donde recogerse después de sus aventuras. Un sitio, insistió, que pudiera sentir como su hogar. 
    El hogar está en el corazón, volvió a pensar. Eso lo sabe cualquier caminante o viajero que se precie. Pero un refugio personal en el que brillen las veinte o cuarenta cosas a las que uno tiene un especial afecto, también es necesario. Allí se encuentra el ambiente apropiado, la música o el silencio que uno requiere para hacer lo que desea y necesita hacer. En ese lugar hay una confluencia de fuerzas que ayuda al individuo a acercarse a sus sueños. Da un poco igual si se encuentra en uno u otro lugar, si a través de sus ventanas se ve uno u otro paisaje. Lo que más importa es que dentro de esas paredes uno se sienta en casa. Sería exagerado decir que sólo allí, en ese hogar, arde mejor el fuego concentrado de los anhelos y que ese es el único lugar en que se abren las puertas y los caminos de la vida. Sería exagerado y absurdo. Pero es, en definitiva, un sitio favorable en el que la propia energía encuentra una mejor forma de manifestarse, un mejor modo de brillar, sin las interrupciones y los conflictos del exterior.
    En estas cavilaciones un tanto nostálgicas andaba sumido, observando la figurilla del caballo y mirando de vez en cuando el espejo del río que se  veía desde la ventana de su habitación del hotel, cuando llamaron a la puerta... Oyó la voz del botones que le anunciaba que era la última hora para bajar a cenar, antes de que cerraran la cocina. Abrió, agradeció el mensaje y se dispuso a ir al comedor. La verdad es que no tenía en esos momentos ningún apetito, pero recordó lo que le había dicho una vez un buen amigo: que en ocasiones el simple hecho de comer algo mejoraba en cierta medida el estado de ánimo. Tenía que estar de acuerdo; era una sencilla cuestión de química. Así que se puso la chaqueta y bajó al comedor. No es que se sintiera deprimido, pero una cena, aunque fuera frugal, seguro que le vendría bien.
    A esas horas el comedor estaba casi vacío, lo cual agradeció, porque no le apetecía nada el rodearse de ese típico murmullo continuo de los comensales, que parlotean sin parar en la mesa como si allí se les ocurriera decir todas las cosas que no habían dicho durante el resto del día. Pidió sopa de pescado y un escalope a la milanesa, lo que le pareció algo excesivo, pero pensó que por una noche estaba bien. Quería alimentarse porque intuía que esa noche no iba a tener sueño y seguramente la pasaría caminando por la ciudad. Y mientras se tomaba despacio la sopa y bebía algunos sorbos de su copa de vino tinto, siguió con los pensamientos de antes.
    Era muy fácil darse cuenta de que sólo se tenía a sí mismo. Pero no en la medida que le hubiese gustado. Su humanidad necesitaba de esa sensación de hogar, que ninguna habitación de hotel podía proporcionarle, por mucho que ésta reuniera todas las comodidades. Era para él encantador el sentirse como caminante y viajero, siguiendo los sueños de su juventud, pero, cada vez más a menudo, le venía este anhelo de disponer de un sitio en particular, uno que pudiese considerar y sentir como suyo. Tenía que reconocer con esto que había un fondo de burguesía en su caracter, y eso le parecía una falta. Pero al final se doblegaba y lo admitía como cierto, aparte de que le gustase o no. En años jóvenes había sentido tanta fuerza dentro de sí que podía convertir cualquier sitio en su hogar. Con cuatro piedras y una fogata, la cercanía de un árbol y las estrellas era más que suficiente. Era la época ensoñadora, cuando leía el Siddhartha o el Camenzind de Hesse y Los vagabundos del Dharma de Kerouac; la época en que se sentía acompañado por la luna y nada tiraba de él en ninguna dirección. No había sombra lo bastante oscura o hiriente que le afectase. Con sólo ver brillar el horizonte se le encendía la mirada. Era el tiempo en que caminaba entre sueños... Pero en esta edad de ahora la cosa era diferente. Uno ya no tenía la fuerza de antaño, ya no viajaba a pie con un bolso a modo de mochila, con los libros, el tabaco y los prismáticos, sino que lo hacía en tren, cómodamente, con un ligero equipaje y una segura habitación de hotel esperándole al final del trayecto.
    Cuando llegó el segundo plato con el escalope se acordó de algo que había leído hace poco en el libro de memorias del maesto Jung... Bebió lentamente de su copa de vino y se quedó mirando, entrecerrando los ojos, al fondo de la sala, a ninguna parte en concreto, olvidándose de momento del filete.
    En el libro de Jung se leía lo siguiente, lo recordaba bien: 

    Existe una antigua y hermosa leyenda de un rabí ante el que acudió un discípulo y le preguntó: «Antiguamente hubo hombres que vieron a Dios: ¿por qué hoy no los hay?» El rabí respondió: «Porque hoy nadie puede humillarse tanto.» Hay que humillarse algo para sacar agua del torrente.

    ¿Es una humillación el inclinarse para sacar agua del río?, se preguntó. No lo veía así. Estaba claro que el agua no iba a venir a las manos. Había, pues, que inclinarse para llegar a su nivel. Así como había que mojarse para saciar la sed. Había, en fin, que introducirse en la corriente si uno quería explorar las profundidades y encontrar algún tesoro, de los que seguramente oculta en su interior. ¿Pero por qué recordar ahora esa cita del libro de Jung, en medio de sus pensamientos sobre la necesidad de un hogar? La respuesta le vino rápidamente. La noche anterior había estado viendo, en otra sala del hotel, unas cuantas escenas de una película de Chaplin: La quimera del oro. Y aparte de disfrutarlas, de reírse y de emocionarse con su maestría, se había fijado en el detalle de la cabaña... Esa mísera cabaña en el desierto de hielo, esas cuatro tablas con una pobre cocina, una mesita y un par de camastros en medio de la nada, era convertida por sus dos ocupantes en un hogar...
    Esto le avergonzaba. Le hacía verse a sí mismo como un ser pretencioso y comodón, que necesitaba de unas ciertas líneas de confort para seguir viviendo. ¿Qué había sido de la fuerza de su juventud? ¿Dónde había quedado su espíritu de caminante? ¿Ya sólo podía vivir en acogedores hoteles o en una casa agradable que reuniese los fetiches de su intimidad? 
    No se trataba de humillarse para ver a Dios. Se trataba, en cambio, de recuperar el sentido de las cosas, el viejo aliento, la antigua magia del vivir. Sin la cual todo tomaba el tono de una opereta y se convertía en una especie de feria absurda y vacía. 
    Ay, los años, el peso del tiempo, el deseo de lo mullido y confortable... Todo eso era cosa de viejos, se dijo. Era ya viejo, sí, pero algo en su interior se rebelaba contra esa caída. ¡Esto sí que era una humillación! Pero calmó sus pensamientos, se volvió hacia el escalope y dio buena cuenta de él. Y luego, después de pedir un café, una copa de coñac y un cigarro, pidió también que le trajeran la prensa del día. Y se dedicó a leer atentamente las páginas en que venían las ofertas de viviendas. Sí, estaba claro que necesitaba un hogar, con la compañía de sus amigos los libros y todos los demás fetiches e iconos personales a su alrededor. Al igual que un viejo marino necesita volver a su barco para vivir, porque en tierra se mustia y se seca. 
    Seguiría viajando mientras pudiera. No quería perderse ese placer. Pero con la íntima alegría de saber que al regreso había un hogar esperándole, una cueva del tesoro, un sitio íntimo del cual sólo él tenía la llave, en donde poder encender algunas noches esa lámpara tintada de azul.      


Antonio H. Martín 
(5 de agosto, 2014)





miércoles, 30 de julio de 2014

El nemoroso sueño...




    Una vez más, Alberto Linde, el soñador empedernido, el caminante onírico, se encontraba en uno de sus viajes nocturnos. En este caso en un paisaje boscoso, entre tenues luces de atardecer. Hacía rato que caminaba entre la masa frondosa de los árboles, asombrado de la belleza del bosque y el color dorado de las luces, que brillaban sobre las hojas y los viejos troncos, y respirando aquel aire suave y dulce en el que parecía vibrar una rara magia, cuando divisó a lo lejos una imprecisa figura humana.
    Se acercó y pudo observar a un anciano sentado sobre una gran piedra, junto al tronco de un sauce. Llevaba una túnica oscura con pequeños dibujos argénteos a modo de estrellas. Era la clásica imagen del mago, pensó. Así que se acercó, y después de un breve saludo, se le ocurrió preguntarle en qué lugar se encontraba. 

    —Qué extraño que tú preguntes eso, caminante —contestó el anciano—. Sin duda debes saber que estás en el país del sueño.
    —¡Sí, sí! —se apresuró a responder Alberto—. Sé que éste es el país del sueño, pero desconozco este sitio en particular. Nunca antes había estado aquí. Por eso te pregunto.
    El anciano calló durante unos segundos, y luego dijo, con voz grave y pausada:
    —¿Buscas un nombre? Eso no es importante. Lo que importa es que te hallas en el país del sueño.
    Al parecer no iba a poder sacar información a este anciano mago. Así que cambió su pregunta.
   —Aprovecho, señor mago, este fortuito encuentro para inquirirte sobre algo a lo que llevo dando vueltas desde hace tiempo y que no consigo discernir: ¿qué es en realidad el sueño? Quizá te parezca estúpida la pregunta; soy soñador desde hace mucho y he visto muchas maravillas. Pero a veces me pregunto de qué está hecho todo esto...
    —Caminante, en primer lugar aquí no hay nada «fortuito». Todo sucede según un orden y conforme a un diseño previo. Cualquier ser o cosa que aquí te encuentres tiene un sentido, y los encuentros son siempre debidos a algo; no son tropiezos del azar. Todo en el país del sueño le habla directamente a nuestro corazón.
    —Entiendo bien eso, mago. Pero... insisto en mi pregunta.
    —El sueño es la voz del inconsciente. Una voz que pinta paisajes deslumbrantes u oscuros y nos cuenta a su manera lo que debemos saber.
    —Permíteme, mago, otra pregunta: ¿qué es el inconsciente? Tengo alguna idea al respecto, pero me gustaría escuchar tu explicación.
    —El inconsciente es aquel océano que respira en la profundidad, bajo la fina superficie de la consciencia. Es el agua cósmica de donde surgen las ideas y los sentimientos de los hombres.
    Alberto estuvo de acuerdo con esto, pero siguió preguntando:
    —Entonces, ¿por qué esa división, esa gran distancia? ¿Por qué no hay una continua relación entre lo inconsciente y la consciencia?
    —Tus preguntas denotan cierta confusión, caminante. Por supuesto que existe esa relación.
    —No lo entiendo...
    —Pues está muy claro: el puente que comunica a ambas esferas, la grande de abajo y la pequeña de arriba es el sueño.
    —Quería decir que por qué es necesario ese puente, ¿por qué se diferencian una esfera de otra? ¿Por qué no están siempre juntas?
    —Lo están, caminante, lo están.
    —Sí, pero al mismo tiempo están separadas. Por eso necesitamos soñar para acceder a otros paisajes, para encontrar respuestas, para poner luz en la oscuridad.
    —Sólo en apariencia, caminante. A la consciencia le corresponde la ardua tarea de beber en ese océano y de saber asumir después lo bebido, transformando la experiencia en conocimiento. Pero en realidad no hay nada que separe el fondo de la superficie. Todo es el mismo mar...

    Después de dicho esto el anciano mago se levantó y, sin decir nada más, hizo un leve gesto con la mano y se adentró en una niebla entre dos árboles, desapareciendo en lo profundo del nemoroso sueño.
    

Antonio H. Martín 
(30 de julio, 2014)

viernes, 25 de julio de 2014

Noche de tormenta




«Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.»

C. G. Jung


    Esta es una de esas frases célebres de Jung, que circulan por ahí como algo emblemático de su pensamiento, como un adagio o sentencia, de esas que dan la impresión de estar como esculpidas en la memoria del aire. No tengo ni idea de en qué contexto escribió Jung esa frase, pero sin duda son palabras que dan que pensar. Y me voy a atrever, en esta fresca noche de tormenta, a hacer mi personal interpretación de las mismas.
    ¿Por qué si niego algo, me somete? ¿Y por qué si lo acepto me transforma? Conociendo un poco de Jung, imagino que se refería a la, en ocasiones, difícil relación con el mundo y a la naturaleza intrínseca del ser humano. En esa problemática sitúo la frase.
    Cuando negamos una evidencia de la sociedad en que vivimos —algo que además es abundante y no puedes evitar, te ocultes donde te ocultes—, esa evidencia se convierte en una negatividad que te persigue, vayas donde vayas, en una sombra que termina siendo como una prisión ineludible, es decir, algo que te presiona como una losa, aunque no quieras, y que te somete con su dureza y su peso, con su oscuridad. Lo que resta, considerablemente, libertad y alegría a la propia vida.
    El simple hecho de negarla —siendo, como es, poderosa e inevitable— nos coloca en una situación de indefensión y en el incómodo e ingrato papel de víctimas frente a su presencia. Es un asunto de relación de fuerzas, una tensión en la que siempre salimos perdiendo, quedando sometidos a algo cuyo poder nos sobrepasa en gran medida, que es inamovible e inabordable y no podemos modificar.
    Pero, sin embargo, si aceptamos esa evidencia, ésta pasa de ser una losa a convertirse en un camino. Una senda por la que podemos andar. Con la aceptación de aquello que rechazábamos porque no nos gustaba, porque nos hacía daño, eso mismo cambia de color y de textura y adquiere una materialidad diferente, más porosa y maleable, más líquida, algo así como el barro del alfarero que se deja moldear por nuestras manos, en lo que sería como una especie de proceso alquímico.
    No estoy hablando en absoluto de resignación, ni del estoicismo de Zenón o de Séneca (eso son otras historias). No se trata de inclinarse ante la evidencia, de doblegarse ante un poder mayor, de rendirse tristemente ante la inexpugnable muralla. No, no es eso.
    «¡Qué le vamos a hacer!», «¡Esto es lo que hay!», «No tiene remedio»... Ese tipo de expresiones no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo. Ni se trata tampoco, como apuntaba, de sofocar la pasión estoicamente y llegar a una clase de apatía virtuosa en que la dureza de la realidad ya no nos afecte (algo que puede sonar como a meterse en una burbuja de insensibilidad).
    Se trata únicamente de aceptar la situación, la evidencia empírica e inevitable. Y aceptar es abrir los brazos y la mente, aceptar es querer esa realidad y fundirse con ella. De alguna manera, conquistar la muralla, traspasarla...

    Como casi siempre, mi pensamiento parece tender hacia cierto vago orientalismo, o hacia una clase de concepto poético que se ve como difuso y quizá no se entienda bien. Posiblemente porque no soy lo bastante diestro en explicar estos temas. Pero así es como lo veo. Y a eso es a lo que creo que se refería Jung con lo de la transformación que surge de la aceptación. Recordemos que la psicología de Jung encontró su referente histórico precisamente en la vieja ciencia de la alquimia, y asimismo se nutrió de la interpretación de antiguas mitologías, de donde me parece que surgen sus originales conceptos de los arquetipos y del inconsciente universal.
    En mi humilde caso, la cuestión viene dada simplemente mediante lo que me gusta denominar como «magia», un lenguaje secreto que evidentemente desconozco, pero del cual tengo alguna aproximación, aunque ésta sea meramente intuitiva. De ahí que prefiera interpretar las cosas de una cierta manera, aparentemente irracional, y no de otra que esté más acorde con la lógica al uso.   
      
    Según lo escrito, he estado hablando de negar o aceptar una misma cosa, de acercarse de una u otra forma a una misma cuestión, de dejarse aprisionar y someter por un muro o conquistarlo. Y además me he referido a algo en abstracto cuya dimensión y fuerza nos supera con creces. Pero que cada uno ponga las concreciones y dimensiones que le interesen personalmente.
    Podemos, por otro lado, observar esa frase de Jung como atinente a dos cosas distintas. En este otro caso se trataría, pues, de intentar un equilibrio de fuerzas, entre lo que negamos y lo que aceptamos. Evidentemente, lo primero nos somete y lo segundo nos transforma. En el sentido de que lo negado constituye un poder contrario con el que siempre hemos de luchar, o al menos mantener apartado, que es otro modo de lucha, una resistencia, una permanente oposición. Y lo que aceptamos es un poder favorable que nos transforma positivamente porque nos da energía, o nos ayuda a encauzar la ya existente. Pero me inclino más a la primera interpretación.   
    Y se me ocurre ahora, para ilustrar más el tema, mientras sigo oyendo los truenos y viendo cómo los relámpagos encienden el incipiente crepúsculo, que Jung se refiriese, por ejemplo, tácitamente, al tema de la muerte... En ese caso, sería enteramente aplicable lo que he escrito al principio. Está claro que es muy diferente afrontar el hecho ineludible de la muerte desde la perspectiva de la negación o desde la de la aceptación. Los resultados psíquicos y fácticos son muy distintos. Y, por supuesto, abogo por la segunda opción. Aceptar la muerte —en el sentido que he mencionado—, significa, de algún modo, liberarse de ella, de su presión, de su amenaza. Es convertir su sombra en algo natural. No se trata de quererla, en el aspecto de desearla, sino de conquistar su ominosidad y traspasar ese nimbo negativo con que solemos rodearla. Eso, sin duda, nos transforma positivamente. Negarla, en cambio, nos sume en un estado desapacible, como de zozobra, que nos impide caminar libremente y puede, incluso, ensombrecer nuestra existencia hasta el punto de que no seamos capaces de encontrar un sentido a la misma vida.      
           
    Por cierto, mientras me desperezo alzando los brazos hacia el cielo del Este, que es donde veo dibujarse aún los rayos como látigos de luz, como trazos rabiosos de fuego blanco, no puedo evitar exclamar en voz baja: «¡Viva la tormenta y la madre que la engendró!». Que seguramente es la misma madre o la misma fuente de la que nacen todos los locos bebedores de estrellas, los lunáticos, los soñadores y caminantes del atardecer. Esos que se aventuran a cruzar las fronteras y a explorar los desconocidos senderos de lo enigmático y lo numinoso, que transitan atentos y asombrados por los sinuosos y brillantes caminos del país de la magia y del misterio.
    Y con esto termina, ya es hora, mi personal y torpe interpretación de las palabras del maestro Jung.  

    Mía es la puerta; la casa me espera. Tengo la llave y soy quien ha de cruzar el umbral... No quiero conquistar a nadie, excepto a mí mismo. Si me conquisto, me poseo. Si me poseo, me vivo. Y si me vivo, es que soy consciente. Es todo cuanto deseo y necesito. A eso vine; por eso me voy.  


Antonio H. Martín 
(25 de julio, 2014)






lunes, 21 de julio de 2014

El amigo del silencio




(Reflexiones de un anacoreta)


    Encontró el cuaderno en uno de los cajones del viejo escritorio. La casa estaba deshabitada desde hacía más de un año, cuando su único morador (un solitario de unos cincuenta y tantos, al que había visto algunas veces paseando por los alrededores del pueblo, junto con su perro pastor) se marchó. Nunca hablaron ni supo cómo se llamaba, pero, extrañamente, este hombre solía saludarle cuando se cruzaban por los senderos; sobre todo en el habitual trayecto que va hacia el pueblo más cercano y, más allá, hacia las montañas.
    A Martín le gustaba su expresión, seria pero amable, y la imagen que daba de caminante solitario, y respondía cortésmente a su saludo. Pero siempre desde cierta distancia, de una orilla a otra. No se conocían y, lógicamente, nunca se pararon a conversar. Y tampoco se terció nunca ninguna pregunta que diera pie a algún breve diálogo (como sobre qué hora era o sobre alguna ruta a seguir); con lo cual los saludos se reducían a un simple «hola», un «hasta luego» o un «adiós», acompañados de un gesto con la mano y una leve sonrisa. Pero Martín echó de menos esos ocasionales saludos cuando dejó de verle.
    Esa noche, durante uno de sus paseos, vio la puerta del que había sido su hogar, ahora silencioso y a oscuras, entreabierta. Y se atrevió a entrar. Pensó que quizá alguien había intentado robar la noche anterior, o que tal vez algún mendigo se había colado allí para pasar la noche. Con ayuda de su pequeña linterna de bolsillo, se adentró en la casa vacía...
    Entre las sombras, pudo comprobar que el lugar aún conservaba los muebles, pero éstos estaban vacíos de enseres y de huellas, con ese vacío añadido de las cosas solas. No había nada sobre las mesas ni en los estantes, salvo algún utensilio sin importancia: un vaso, un cenicero, una pequeña lámpara sin alma... En los armarios no quiso mirar. Pero luego descubrió, en una de las habitaciones, un par de librerías y una mesa de escritorio. Esto le encendió la curiosidad y empezó a mirarlo todo con más atención, con una sensación distinta. Ahora entendía algo del porqué le agradaba el saludo de aquel caminante. 
    Por supuesto que las librerías estaban vacías, pero al abrir uno de los cajones de la mesa fue cuando se encontró, cubierto de polvo, el cuaderno. Lo hojeó un poco y vio que estaba parcialmente escrito. Lo cogió sin pensárselo, lo metió en un bolsillo de su chaqueta y, después de dar otra breve vuelta por la casa, se fue. Como si con ese inesperado hallazgo fuese suficiente y se diera por satisfecho. ¿Qué otra cosa mejor podría encontrar para saber algo de aquel desaparecido caminante? Luego, ya en su propia casa, sentado tranquilamente en el sillón de la salita, abrió el cuaderno y comenzó a leer.
    Lo primero que pudo observar Martín, pasando distraídamente las hojas, es que muchas de éstas habían sido arrancadas. Pero en las que quedaban se podían leer páginas en las que se describían pensamientos de algún valor. No era un diario, sino, más bien, como un cuaderno de notas, una relación de apuntes y reflexiones personales. Los breves textos que formaban el cuerpo del cuaderno (lo que quedaba de él), estaban precedidos, en la primera página, por una cita de Jung, lo cual le sorprendió gratamente, y a continuación este innominado escritor, que firmaba con el extraño seudónimo de Pistorius, había añadido sus propias ideas sobre diversos temas. A veces las páginas se componían de varios párrafos; otras, sin embargo, sólo contenían unas pocas frases. Y conforme iba leyendo, fue sabiendo el curioso Martín de algunos asuntos personales de aquel desconocido caminante. Con algunas exposiciones estuvo de acuerdo, con otras no tanto. Pero en cualquier caso le pareció que todo tenía un cierto interés.
    Lo que sigue es una selección de esa nocturna lectura...


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



    ... Sin embargo, puede ser que alguien, por propios motivos suficientes, se vea precisado a emprender el camino hacia las lejanías con sus propias fuerzas, porque en todas las protecciones, modelos, asilos, modos de vida y atmósferas que se le ofrecen no encuentra lo que necesita. Marchará solo y representará su propia sociedad. Será su propia multitud que consta de muchas opiniones y tendencias. Pero éstas no van necesariamente en la misma dirección. Se encontrará, por el contrario, en duda con sí mismo y hallará grandes dificultades en manifestar toda su complejidad en una acción unívoca. Incluso cuando se encuentra externamente protegido por las formas sociales de la fase de transición, no posee con ello protección alguna contra la interna complejidad que le enemista consigo mismo y le sume en el extravío en identidad con el mundo externo.

C. G. Jung 


    Como hombre ya entrado en años, tirando para viejo, a mí no me agrada la compañía de los niños. Al contrario que la conocida frase atribuida a Jesús de Nazaret, yo podría decir: «Dejad que los niños se alejen de mí, por favor.» Y esto no es porque no me gusten los niños, sino porque mi sistema nervioso no está ya para oír algarabías infantiles, no es capaz de soportar el estruendo típico de una reunión de ese tipo, más allá de unos pocos minutos. Conforme pasan los años, uno se hace cada vez más amigo del silencio.
    Recuerdo, sin embargo, mi infancia. Y, por supuesto, recuerdo muy bien que había muchos momentos en que uno (como los demás) expresaba su alegría de vivir a gritos, en los múltiples juegos de entonces. Y entiendo ahora que lo que le ocurre a los niños es que tienen una capacidad natural para ser felices, y la expresan de una forma que puede parecer salvaje en algunos momentos (y quizá lo sea, de algún modo), pero que es tal y como les sale de dentro, porque está en su naturaleza. Algo que, por descontado, no hay que intentar reprimir, sino todo lo contrario. 
    La diferencia entre el niño y el adulto (aparte de que no está ya éste último amparado por la protección de los padres, que se esfuerzan, sobre todo en esta época, por meter a sus hijos en una especie de burbuja) es que ha habido, en el transcurso de los años, una serie de experiencias... Y esas experiencias, esas vivencias, buenas, malas o regulares, han ido moldeando la propia personalidad, en un sentido o en otro.
    El niño, sin embargo, es un ser nuevo. No porque haya nacido como una tabula rasa (ya viene, en gran parte, impregnado con la memoria de sus antepasados), sino porque se encuentra con el mundo actual por primera vez. Es una configuración individual nueva y única, en algunos aspectos, que comienza su propia andadura existencial. Y el niño (salvo graves problemas puntuales) tiene una inclinación natural a sentirse feliz, y los juegos son su forma preferida de expresión. Se puede decir en este sentido que, evidentemente, el niño vive en el paraíso. Pero ello sólo ocurre en el momento del juego. Más allá de éste, el niño es muy capaz de cualquier conflicto. Todo depende, en primer lugar, de las circunstancias, favorables o desfavorables, que le rodeen. Hace falta muy poco para que el niño se sienta feliz: afectos familiares, un hogar acogedor y amigos de juegos. O quizá, pensándolo mejor, no es poco sino mucho, según se mire. Pero el caso es que en la infancia suele ser fácil encontrar, afortunadamente, esos elementos. De lo cual me alegro.
    En fin, lo que intento decir es que, a pesar de mi edad, entiendo perfectamente la actitud del niño. Y en absoluto la censuro. Lo que ocurre es lo que apuntaba antes de la diferencia entre el niño y el adulto. Y en casos particulares como el mío, el tener que presenciar esos juegos de cerca afecta de manera negativa a mi sistema nervioso, sobre todo en cuanto al sentido del oído. Es por eso que digo que no me agrada su compañía, y no por ninguna otra cuestión. Mi condición personal actual se expresa en una situación ciertamente anacorética, y en esta situación el silencio tiene un papel tan importante como necesario. Así de simple.


***

    Si yo fuera periodista y dispusiese de una columna diaria o semanal en un periódico más o menos serio, y me debiera a cierto tipo de lectores, quizá escribiría hoy, en el contexto que fuese, que la vida parece a veces como una película; que el director es alguien, o algo, a quien llaman o a lo que llaman Dios, y que éste es quien elige a los protagonistas, quien ha seleccionado el guión y los escenarios para rodar el filme, y los demás sólo somos meros «figurantes», que hemos sido contratados por cuatro perras, un par de bocadillos y un refresco para hacer de bulto en algunas escenas; y que no tenemos derecho a opinar sobre nada, y mucho menos a escoger cualquier posible cambio en el desarrollo de esa película.
    Pero como no soy periodista, y tampoco me cuento entre esa clase de pasivos creyentes, pues decido escribir en este cuaderno íntimo que no, que no es así... Que Dios puede elegir y dirigir la película que le dé la gana, pero que debe contar también con que a veces le salgan figurantes con opinión propia, la cual puede diferir de la mayoría y también, incluso, de la suya propia... Y que, además, esos figurantes, contratados sólo para hacer de relleno en determinadas escenas, tienen también un alma y son creación suya. 


***

    A veces me digo que debo dormir más, no sólo por descansar sino, sobre todo, para poder soñar. Sin embargo, otra voz se cruza entonces en el camino y me dice que, en realidad, ya estoy soñando...


***

    Hoy me he cruzado con una pareja, según paseaba por el pueblo, y he oído lo siguiente: 
    —Porque es así —decía él—. ¡Yo me siento así!...
    Qué simple, ¿no? Pero ahí vi la raya entre subjetividad y objetividad, y la influencia que ejerce una sobre la otra... No oí cuál era la pregunta de la mujer, pero es lo mismo. Lo que importa es que suele funcionar de esa manera: según se sienta uno, así verá al mundo.   


***

    He aprendido con los años que hay que bajar mucho para poder subir... Pero es necesario que, por muy abajo que nos encontremos, nunca perdamos la visión (aunque sea fragmentaria y difusa) de la luz, de aquella luz que antiguamente veíamos con nitidez y que fue el viento que nos animó a emprender el camino.

***

    Después de leer por la noche a Jung, cuando habla de la coniunctio oppositorum de los alquimistas, o de la unio mystica, y me veo luego inmerso, durante el día, en estas fiestas vulgares de pueblo (o de ciudad, da igual), en las que el mayor placer que encuentra la gente es sentarse durante horas en la terraza de un mesón a comer, beber y charlar, mientras sus niños corren arriba y abajo entre gritos, me siento bastante extraño y molesto... Intento preguntarme cosas, pensar, reflexionar, escribir. Pero todo es ruido, ruido, ruido y más ruido. Es como un río sonoro, cargado de piedras, que entona continuamente la canción del absurdo. 
    En esos momentos sólo se me ocurre pensar que el dios de esas gentes es, obviamente, el Sol y lo que llaman «buen tiempo». Y que, sin embargo, el mío propio es, por el contrario, la madre Tormenta... Porque la tormenta disipa rápidamente esas fiestas idiotas y hace que las gentes se refugien en los interiores de los locales (con lo cual se aminora el ruido), o hace que desaparezcan en sus coches, porque se les ha «aguado la fiesta», volviendo a sus lugares de origen; donde seguramente, antes de irse a dormir, buscarán mesas en otras terrazas, para seguir un tiempo más con ese magma inexplicable que entienden por felicidad.
    Se me aparece, en mi torpe y desesperada visión de esos momentos, como una lucha entre Thor y Apolo. Suele ganar el segundo, pero... ¡qué delicia cuando lo hace el primero! Entonces se oyen los fabulosos e imponentes truenos, que rasgan y hacen pedazos la burda tela de las estúpidas risas y los vulgares y necios diálogos. Y luego cae la lluvia con fuerza, con un estruendo vigoroso que transforma al mundo y prefigura el regreso de la bendita calma... Para mí, en esos momentos, el ruido de la lluvia no es tal, sino que es pura música.
    Puedo comprender, no obstante, que son gentes normales, que gozan de esa manera de un merecido descanso después de intensas jornadas de trabajo. De los niños ya hablé aquí hace unos días, y los disculpo. Pero tener que escuchar esas conversaciones superficiales de los adultos, esas risas fáciles, que a mí me parecen vacías, es para este extraño tan insoportable como estar en medio de un avispero. Posiblemente no es más que la exageración de un solitario, un tanto neurótico, pero... 
    Muchas veces lo tenemos difícil los amigos del silencio.


***

    Qué bien si me gustara la gente. Precisamente «gente» es lo que más abunda en este mundo. Pero sucede que a mí, casi desde que era niño, la gente me repele. Y esta repulsión no es un invento mío. Soy un extraño en este mundo, lo sé, y siempre lo seré. Asumir esto es doloroso, por la soledad que conlleva, pero absolutamente necesario. En caso contrario, uno estaría siempre con la tensión de desear un imposible, y se privaría de la necesaria aceptación interior, que es, en definitiva, lo que permite el movimiento con sentido que configura una buena vida. 


***

    A pesar de la negatividad de algunos, que dicen que la vida sólo puede ser un absurdo, dado que termina, yo digo que sí a la vida. Si la vida tiene un final —vienen a decir— nada tiene sentido. Lo único que merece la pena entonces, lo único posible (si la suerte nos acompaña) es disfrutar de los placeres del mundo. ¡Qué simples son! ¿Y qué son para ellos los placeres del mundo, sino esas absurdas fiestas en las que se dedican a perder el tiempo? Precisamente ese tiempo que, según ellos, se les escapa... ¡Cuán lejos están de la auténtica vida! 


Pistorius

(verano de 2013)

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 


    Martín cerró el cuaderno. Estaba claro que el tal Pistorius era un poco misántropo, y también puede que estuviese algo loco... Pero eso no se correspondía con sus claros y amables saludos, por lo que pensó que se trataba de una de esas misantropías circunstanciales, que no responden a un fondo auténtico, sino sólo a una simple reacción ante algunas superficies, personalmente ásperas. Esta clase de individuos va por la vida como lobos esteparios, pero en realidad lo que buscan es otro tipo de compañías. Y al no encontrarlas, critican al mundo en bloque como algo trivial y negativo. Lo único que les ocurre es que no han hallado su sitio en el mundo, y deambulan de aquí para allá, casi como almas en pena, despotricando y quejándose de una sociedad a la que sienten intensamente como ajena e inaceptable.
    Pero le hubiera gustado a Martín leer las otras páginas que habían sido arrancadas del cuaderno. Seguro que ahí hubiese encontrado ciertas claves y dibujos que arrojarían más luz sobre esta rara pero comprensible figura, sobre este anacoreta amigo del silencio.    


A. H. Martín 
(21 de julio, 2014)

  

viernes, 11 de julio de 2014

En la mítica Carcosa...




«Para gozar de un cuento de miedo, se necesita suspender voluntariamente la incredulidad.»

James Taylor Coleridge


    He puesto aquí, en su momento, historias cortas de Hermann Hesse y de Lord Dunsany, algún cuento romántico e incluso una narración de Howard Phillips Lovecraft (La llave de plata), y se me ocurre ahora que estaría bien añadir a esa lista el relato de Ambrose Bierce que mencionaba en la anterior entrada sobre Jung: Un habitante de Carcosa.
    El relato lo descubrí hace ya unos cuarenta años en el libro antológico de «Los Mitos de Cthulhu» (Alianza Editorial - Madrid, 1969), una selección de textos de Lovecraft y otros autores referente a ese ciclo mitológico de ficción, que realizó concienzudamente el doctor y ensayista Rafael Llopis. Como dije anteriormente, se trata de un relato «inquietante», situado en la mítica ciudad de Carcosa, con un ambiente onírico y extraño que a mí me impresionó mucho entonces, cuando lo leí por primera vez durante una noche de hace cuarenta años; y lo sigue haciendo. En mi breve resumen anterior cuento superficialmente su desarrollo y descubro el final, pero eso no es óbice para leerlo completo, porque la inusitada y oscura belleza del relato está en escuchar la numinosa música que resuena en sus escasas cinco páginas, escritas magistralmente por el americano Ambrose Gwinett Bierce, aquel narrador y periodista que desapareció enigmáticamente durante la guerra de México en 1913, no sin antes dejar escrito (en 1911), aparte de muchos cuentos anteriores, realistas y de misterio, su conocido, ácido e ingenioso «Diccionario del Diablo».   
    Poco he leído de la obra de Bierce, pero me atrevo a afirmar que este "Inhabitant of Carcosa" representa una pequeña joya de ese género fantástico o sobrenatural, y que sin duda merece estar junto a las mejores obras de Lovecraft o incluso del mismo Poe. En cualquier caso, aquí os dejo con esa atmósfera inquietante, que recuerda el ambiente de ciertos sueños extraños, y en la que uno llega a sentir el vértigo, el miedo y, asimismo, la fascinación que provoca el asomarse al otro mundo.        


Antonio H. Martín 
(11 de julio, 2014)


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



Un habitante de Carcosa


    Existen, pues, diferentes clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en tanto que en otras desaparece completamente a la vez que el alma. Esto no sucede, por lo general, más que en soledad (tal es la voluntad de Dios) y, no habiendo asistido nadie a ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es cabalmente verdad. Pero a veces, la cosa se produce en presencia de varios, cuyo testimonio viene a ser la prueba. Hay una clase de muerte en que el alma muere también, y aun se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchísimos años. Y a veces (poseemos pruebas irrefutables), el alma muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se convirtió en polvo.


    Meditando estas palabras de Hali (¡Dios le conceda el descanso eterno!), y preguntándome cuál sería su sentido pleno (como aquel que posee ciertos indicios, pero se pregunta si la verdad no será algo distinta de lo que él ha discernido), no presté la menor atención al paraje donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un soplo glacial que me hizo tomar conciencia del escenario en que me hallaba. Observé con estupor que nada me resultaba familiar. A mi alrededor se extendía una inmensa llanura desierta, barrida por el viento, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa de otoño, mensajera de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, veía unas rocas que emergían del suelo con formas extrañas y fúnebres colores; parecían estar en connivencia y cambiar miradas significativas y ansiosas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola confabulación de silencio y espera. A pesar de la ausencia del sol, me pareció que la tarde debía de estar muy avanzada. El aire era frío y húmedo, pero lo sabía por intuición más que de manera física, puesto que no experimentaba la menor sensación de molestia. Por encima de toda la extensión del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas, suspendidas como una maldición visible. En todo se leía una amenaza y un presagio que sugerían el crimen y anunciaban el juicio. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento gemía en las ramas desnudas de los árboles muertos; la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento turbaba la calma terrible de ese siniestro lugar.
    Observé en la yerba cierto número de piedras erosionadas por la intemperie que, evidentemente, habían sido trabajadas por herramientas. Rotas, cubiertas de musgo, medio hundidas en la tierra, yacían totalmente caídas en el suelo o se inclinaban en ángulos diversos. Sin duda alguna, eran piedras funerarias, pero las tumbas propiamente dichas no existían ya. No se veían túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más macizos marcaban el sitio donde un sepulcro pomposo o un monumento soberbio habían lanzado al olvido su desafío irrisorio. Estos vestigios de la vanidad humana, esos monumentos conmemorativos de piedad y de afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar, incluso, me daba una impresión de descuido y de abandono tal, que no pude por menos de pensar que había descubierto el cementerio de una raza de hombres prehistóricos, de una nación cuyo nombre incluso había desaparecido hacía muchísimos siglos.
    Sumido en estos pensamientos permanecí un momento sin prestar atención al encadenamiento de mis propias aventuras, pero no tardé en preguntarme: «¿Cómo he venido aquí?» Un instante de reflexión bastó para proporcionarme la respuesta, así como para explicarme, aunque ello me inquietase aún más, el carácter extrañamente sobrenatural con que mi imaginación había revestido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Ahora recordaba que había sufrido un ataque de fiebre repentina, que los míos me habían contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire libre y libertad, y cómo me habían mantenido en la cama a la fuerza para impedir que huyese de casa. A la sazón, habiendo escapado a la vigilancia de quienes me cuidaban, había vagado hasta aquí para ir... ¿para ir adónde? No tenía ni idea. Sin duda alguna me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa. En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana: no se veía ascender ninguna hebra de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo humano socorro? Todo eso, todo sin excepción, ¿no sería una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mi mujer y a mis hijos en voz alta, tendí mis manos hacia las suyas, caminando entre las piedras deshechas y la yerba marchita. 
    Un ruido, tras de mí, me hizo volver la cabeza. Era un animal salvaje, un lince, que se me acercaba. Me vino un pensamiento: «Si caigo aquí, en este desierto, si la fiebre vuelve y mis fuerzas me abandonan, esta bestia me destrozará la garganta». Salté hacia el lince, gritando. El, por su parte, pasó a un palmo de mí, con su trote pacífico, y desapareció tras una roca. Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de tierra un poco más allá. Coronaba la pendiente más alejada de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura que se extendía hacia el infinito. En seguida vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Medio desnudo, medio vestido con pieles de animales, tenía los cabellos en desorden y una larga barba erizada. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante que esparcía un largo penacho de humo. Caminaba lentamente, con precaución, como si temiera caer en una fosa abierta, oculta por la yerba alta. Esta extraña aparición me provocó una gran sorpresa, pero no terror. Me dirigí hacia él y le abordé diciéndole:
    —¡Que Dios te guarde!
    No me prestó atención, y continuó su camino.
    —Buen extranjero —proseguí yo—, estoy enfermo y he perdido mi camino. ¿Tendrías la bondad de indicarme la dirección de Carcosa?
    El hombre entonó una melopea bárbara en lengua desconocida, siguió caminando, y desapareció. Sobre la rama de un árbol podrido un búho lanzó un aullido siniestro y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de un brusco desgarrón de nubes, ¡Aldebarán y las Híadas! Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y sin embargo, yo veía en torno mío, veía incluso las estrellas en ausencia de toda oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía hacerme ver ni entender. ¿Qué espantoso sortilegio presidía mi existencia?
    Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Persuadido de mi locura buscaba, no obstante, un motivo para dudar de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
    La gruesa raíz de árbol gigante contra el cual me apoyaba, estaba abrazada y oprimía una losa de granito que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. La piedra, aunque muy deteriorada, se encontraba de esta suerte al abrigo de las inclemencias del tiempo. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada y hollada por unos surcos profundos. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Esta piedra había señalado, indudablemente, una sepultura que el árbol había empujado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida. Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramitas acumuladas sobre la losa. Distinguí entonces los caracteres, cincelados en bajorrelieve, de su inscripción, y me incliné a leerla. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre, con todas las letras! ¡La fecha de mi nacimiento! ¡Y la fecha de mi muerte!
    Un rayo horizontal de luz sonrosada iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!
    Un coro de lobos aullantes saludó la aurora. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos o en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias la extensión desértica que se abría ante mis ojos y se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa. 


    Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.


Ambrose Bierce
(1888) 






____________________

imagen 1: Winter Landscape - Caspar David Friedrich
imagen 2: retrato de Ambrose Bierce