Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.
Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.
AMB
miércoles, 2 de abril de 2014
De noche, en la terraza...
Sentados cómodamente en la amplia terraza de un ático, una noche de reciente primavera, ante un suave horizonte de colinas onduladas salpicadas de árboles, después de haber caminado esa tarde durante varias horas por la playa, dos viejos amigos conversaban. Ajenos a sus relojes, distendidos, entregados, saboreando el lento andar de los minutos, que más que discurrir parecían querer quedarse en aquella terraza, quizá a escuchar lo que allí se hablaba para guardarlo en sus diminutas maletas y llevarlo a alguna otra parte... Hacía mucho tiempo que no se veían, y a pesar del largo paseo tenían aún muchas cosas que decirse. El aire era tenue y algo frío (estaba aún cerca el invierno), pero con la ayuda de los abrigos se estaba bien allí. Sobre la mesita redonda de madera había dos copas llenas y un cenicero donde humeaban unos cigarros de tabaco negro. Como fondo, ese sereno horizonte que parecía deslizarse hacia el infinito, tocado por el paso de algunas nubes soñolientas. Y como única luz, la de la luna llena con su abismo de estrellas.
—Me quedan aún unos tres años de vida —dijo Arturo Gómez, después de beber un largo trago de su copa de coñac—. Sé perfectamente que no he hecho ni una cuarta parte de lo que debería haber hecho, y que ya poco es lo que puedo hacer... Pero intento gozar de los momentos que aún encuentro, sobre todo de esos cuyo brillo todavía soy capaz de ver en medio de las sombras.
—Te entiendo —contestó el otro—. Siento algo parecido, porque ya estamos los dos en las postrimerías, en las penúltimas vueltas de esta especie de laberinto. Pero... ¿a qué viene eso de los tres años? ¿Por qué tanta concreción? ¿Te ha dicho algo el médico?
—No, Pablo, ya sabes que no soy de médicos. Es sólo una intuición. Algo por dentro me lo dice...
—Bueno, bueno, tú y tus intuiciones... Seguro que volveremos a vernos dentro de diez años o más. Eso nunca se sabe con certeza.
—Ojalá, amigo, pero..., sinceramente, no lo creo.
—Vale, pues te quedan unos tres años, ¿y qué pasa con eso?
—Nada, nada. Mi vida ha sido larga, infructuosa pero lo bastante larga. Si no la he sabido aprovechar es cosa mía. Pero de lo que quería hablar es de los momentos...
—¿De esos que dices que aún encuentras brillando entre las sombras?
—Exacto. Lo que no me perdono, a estas alturas del viaje, es perdérmelos. Por eso procuro estar siempre con los ojos bien abiertos. Aunque me cueste admitirlo, aún me ocurre algunas veces que me encuentro con el rastro de uno de esos momentos justo después de que han pasado... Y entonces siento rabia por no haberlos aprovechado, por no haberlos vivido.
Pablo Villena, algo más joven y con otro estilo de ánimo, que esa noche estaba de visita en casa de su amigo Arturo, se levantó entonces de su asiento y se acercó a la baranda de la terraza. Dando la espalda a su compañero, dijo en voz baja:
—Arturo, muchas veces en el pasado te he oído eso...
Luego se volvió y le dijo a la cara:
—¿Para cuando el cambio, amigo? ¿Para cuando?
—Espera, Pablo, no me critiques. Sé bien a qué te refieres. Ya he dicho antes que reconozco mis errores y que no he hecho lo que debería, pero ahora..., ahora es diferente.
—¿Diferente porque sientes que se te acaba el tiempo?
—Sí, por eso, precisamente por eso.
—¿Y qué solución le ves al asunto, Arturo?
—La solución está en lo que he dicho, en mantener los ojos bien abiertos. Y aunque mi torpeza siga haciendo de las suyas, son muchas las veces en que me veo delante de esos momentos y consigo vivirlos. Éste, por ejemplo, es uno de ellos.
—Gracias por decir eso, Arturo. Pero... sabes bien que la compañía de un viejo amigo suele suavizar las cosas, las facilita. El mérito está en saber vivirlas solo.
—Ay, amigo, cuánta razón tienes. Por supuesto que es así, y siempre lo he defendido de esa manera. Pero, las fuerzas a veces acompañan y otras muchas veces no...
—Ya, eso lo sé. No soy quién para enseñarte sobre eso.
—Bueno, pues dejemos el tema, que todo eso que dices ya me lo digo yo a solas. De lo que quiero hablar es de los momentos...
—Bien, pues háblame de ellos.
Pablo volvió a su asiento, se encendió otro cigarro y tomó un sorbo de su copa.
—Mira —dijo Arturo—, últimamente se comenta por ahí un tema que llaman "tempística"...
—¿Tempística?
—Sí, no sé si viene en el diccionario; en inglés lo llaman timing. Lo leí hace poco en un periódico. Se trata de una técnica que se usa sobre todo en el teatro y que tiene que ver con el uso del ritmo, de la velocidad, de las pausas...; lo que influye directamente en el resultado de una obra. Y, por descontado, es algo aplicable a la vida misma.
—A ver, explícame.
—Según lo entiendo, la tempística esa es una forma de bien hacer que resulta en lograr el efecto deseado. Cuando uno aplica esa técnica a la vida, como si jugara al ajedrez, se encuentra con que ésta responde.
—¿Cómo que responde? —preguntó Pablo con interés.
—Responde, en el sentido de que la vida entonces se deja... encontrar.
—¿Quieres decir que...?
—Sí, quiero decir que si uno sabe mover bien las piezas, la partida, por decirlo así, llega a buen fin.
—¿Tiene esto que ver con lo que decías antes de tener los ojos bien abiertos?
—¡Claro! Ese es el objetivo. Tener los ojos bien abiertos, los oídos y todos los demás sentidos. Es vital para navegar sobre el río.
—Por el río de la vida, del acontecer, de lo que nos pasa...
—Exacto, amigo. Es algo que me recuerda a las viejas técnicas de meditación, en las que la conciencia se fija en una cosa tan aparentemente simple como la respiración.
—Perdona, Arturo, aquí ya me pierdo. ¿Qué tiene que ver la respiración con la tempística?
—Mucho, amigo, mucho. Pero no liemos el tema. Confórmate con entender que esa técnica es perfectamente aplicable a la vida, y que gracias a ella (que, básicamente, es un ejercicio de atención) podemos disfrutar de esos momentos brillantes que a veces encontramos. Es precisamente lo que me esfuerzo en hacer, y es lo que últimamente enriquece mi vida.
Quizá sería oportuno decir ahora que tanto la luna como las estrellas escuchaban atentas esta rara conversación, pero quizá no sea necesario. En cualquier caso, la noche avanzaba lentamente, como sobre un río de aguas tranquilas; y el aire, una suave y fresca brisa, acariciaba aquella terraza y las frentes de los dos amigos.
—Anoche mismo —continuó Arturo— leí una historia del maestro Hoffmann, una en la que habla reflexivamente sobre la música, y me encontré con esta irónica definición. Espera un momento...
Fue adentro a por el libro, y luego leyó en voz alta:
«Algunos de estos infelices soñadores han despertado demasiado tarde de su error y por ello han caído en un desvarío, fácilmente deducible de sus manifestaciones acerca del arte. Opinan que éste permite al hombre vislumbrar su más elevado principio y, sacándolo de su lerdo quehacer en la vida vulgar, lo conduce al templo de Isis, donde la naturaleza habla con él mediante sonidos sagrados jamás escuchados y sin embargo comprensibles. Estos alienados albergan respecto a la música las opiniones más asombrosas: la llaman la más romántica de todas las artes, puesto que su único tema es el infinito, la más misteriosa, el sánscrito de la naturaleza expresado en notas, que llena el pecho de los hombres con un infinito anhelo, y que sólo en ella entiende el hombre el elevado canto de... ¡los árboles, las flores, los animales, las piedras, las aguas!»
—¿Hoffmann escribiendo en contra del sentido de la música? —exclamó Pablo—. Me cuesta creerlo.
—Amigo, dije que era una definición irónica. Por supuesto que Hoffmann estaba defendiendo esa postura, no criticándola. Lo de "alienados" lo dice desde la ironía. Está claro que Hoffmann era un músico de esa clase y, sobre todo, un romántico.
—Pero... ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Pues tiene que ver porque me encanta observar que algunos extraños como Hoffmann tenían la llave para gozar de otros niveles de percepción. Me asombra y me fascina, sí, me fascina que haya seres humanos que encontraron la forma de trascender lo vulgar y gozar del brillo de esos momentos especiales de que hablábamos.
—Entiendo que la música pueda ser una de esas llaves que dices, pero... ¿es suficiente?
—¿Cómo que suficiente? Amigo Pablo, nada es suficiente en un mundo complejo y contradictorio que está siempre amenazado por la sombra del absurdo. La totalidad está sólo en los sueños, en algunos sueños. Recuerda que hablamos de momentos, no de continuidades en el espacio y el tiempo. No de paraísos, sino sólo de momentos, de esas ventanas que a veces nos abre el infinito. Nuestro deber, si es que queremos en verdad vivir, es saber asomarnos a ellas a tiempo y disfrutar de lo que nos ofrecen.
Pablo volvió a beber lentamente de su copa, miró fijamente a su amigo Arturo y preguntó:
—¿Y es eso lo que estás haciendo ahora?
—Eso es lo que intento, amigo. No es fácil, nada fácil, pero a veces lo consigo. El templo de Isis es recóndito y está muy bien guardado, oculto en la noche más oscura. Hay muchas murallas de sombra y pozos envenenados que se interponen en el camino, pero sé que siempre... Escúchame bien: siempre hay, entre la maleza, un estrecho camino que sigue abierto, una pequeña ventana por la que es posible asomarse y mirar al otro lado. Quizá incluso, quién sabe, logre encontrar alguna vez la puerta...
Pablo sonrió, al ver a su amigo encendido de esa manera.
—Siempre fuiste un aprendiz de mago, Arturo, y me gusta ver que sigues siéndolo. Ojalá llegue a ver también algún día que te conviertes al fin en maestro.
Arturo alzó su copa y brindó:
—¡Por la vida, amigo! ¡Por desentrañar por fin este misterio que a todos nos atañe! ¡Por saber leer sus señales y seguir el camino! El templo de la madre Isis, la diosa luna, está siempre ahí, muy cerca, esperando que sepamos encontrar la senda que un tiempo sombrío nos ocultó.
Y dicho esto, los dos amigos acabaron sus copas y se retiraron a sus habitaciones. Cada uno con sus propios pensamientos, con sus diferentes formas de mirar. Pero ambos con una sonrisa, por haber rozado el brillo de un buen momento. Allí les esperaban los sueños, esos duendes que a veces hacen de puente entre la oscuridad y la luz. La terraza quedó vacía y en silencio, pero sólo en apariencia... La luna y las estrellas seguían allí, escuchando el eco de las voces. Y un mirlo vino de no se sabe dónde y se puso a cantar, como si fuera un extraño violín del aire...
Antonio Martín Bardán
(2 de abril, 2014)
domingo, 30 de marzo de 2014
La luna y el tiempo
(Nota sobre "El violín del aire")
Algunos lectores amigos me han dicho que en mi anterior escrito de El violín del aire notan cierto poso de amargura, o un halo de tristeza... Siento que cause esa impresión, porque no es el sentido con que lo escribí. Si alguien lo ve así (y más si se trata de amigos que acostumbran a leerme desde hace tiempo y conocen bien mi particular lenguaje), es porque no está bien escrito.
Quizá la impresión esté motivada por esa imagen de la vieja casa en ruinas con la que comienzo el texto. Una casa abandonada y ruinosa configura un paisaje ciertamente oscuro y triste, pero sólo si lo miramos muy desde afuera. Lo que intentaba destacar con esa imagen es otra cosa: la ulterior percepción, más allá de su actual ruina y abandono, de la vida que allí vibró en otro tiempo, y que parece, de algún modo, seguir vibrando.
Ante casas así, siempre he sentido una mezcla de pesar y fascinación. Pesar, por el inevitable paso del tiempo, que todo lo asola, desnuda y vacía (al menos en apariencia: lo que implica contar con otros niveles de realidad). Y fascinación, como decía, por la vida que aún parece moverse entre sus derruidas paredes, como si los seres que allí habitaron hubiesen dejado cierto rastro, que una mente lo bastante sensible es capaz de percibir. Quizá todo se reduce a un simple juego de la imaginación, a un ensueño generoso y amable, a un capricho del inconsciente, pero me inclino a pensar que hay algo más tras esas "visiones", y no me refiero a fantasmas precisamente...
Hablaba también de nostalgia y extrañeza, en relación a un recuerdo en concreto (el que me evocó la lectura de mi viejo cuento, que me gustó mucho encontrar entre tanta página perdida), pero creo explicar bien el porqué de esas sensaciones; y además eso no resta ni un ápice a la fascinación ni, por supuesto, al agradecimiento que siento ante ese tesoro de la memoria, que en el fondo nada tiene que ver con la eversión de ninguna casa, aunque relacione en el escrito, indirectamente, ambas imágenes.
Así que, amigos, nada de amargura, nada de tristeza. Puedo decir que hoy en día sigo escuchando ese sutil y gozoso violín del aire. Incluso, en algunas raras ocasiones, logro escuchar también el piano, la viola, el oboe y otros instrumentos de la orquesta. Afortunadamente, no me he vuelto sordo con el tiempo, y aún puedo acceder al encanto de esa mágica sinfonía.
Y en cuanto a ese amoroso recuerdo, repito aquí lo que dije en el escrito: «Pero si, en algún momento, desbrozamos un poco la maleza, si apartamos el ruido de lo cotidiano, desaparecerá la oscuridad de lo extraño, y veremos que ese brillo de luna no sólo es inconfundible, sino también indeleble, y continúa acariciando el agua del tiempo.»
El violín del aire no quiere ser, en absoluto, un texto triste y amargo, sino todo lo contrario. Si así me lo hubiera parecido, es seguro que no lo hubiese escrito, o no lo hubiese publicado. Y si a algunos os lo parece, es simplemente porque mi destreza y claridad al escribir deja aún mucho que desear. Quizá aprenda algún día, o, mejor, alguna noche, una de esas con música en que la luna sonríe y nos susurra historias desde su terraza del país del sueño.
Saludos.
Antonio Martín Bardán
(30 de marzo, 2014)
sábado, 22 de marzo de 2014
El violín del aire
Con parecida sensación a la que se tiene cuando nos encontramos con una vieja casa en ruinas, y nos detenemos a imaginar quiénes vivieron allí, cuánta vida hubo entre sus rotas paredes... Los juegos de los niños, en el patio o el jardín; las alegres o silenciosas comidas en la cocina; las tertulias de los mayores al atardecer en verano, en la fresca terraza, después del duro trabajo —o dentro, al calor de la lumbre, en el crudo invierno—, entre graciosas y reflexivas; las risas, las penas, las discusiones, los abrazos y los besos... Y también, cómo no, la danza sinuosa y brillante, durante la noche, de mil sueños, que se realizaron o no... Todas esas voces que se fueron, esas historias diluidas en el inexorable río del tiempo, que protagonizaron gentes que ya no están...
Así me siento yo a veces, cuando paseo por mis viejos cuadernos, como entre un bosque de sueños, y releo cosas del pasado.
Esta noche me he encontrado con un escrito, un breve cuento dialogado, que publiqué aquí hace ya casi cuatro años (mucho, mucho tiempo), y que titulé "Su sombra y la mía"... La sensación es, como digo, similar a aquella de la vieja casa en ruinas, pero asimismo contiene una mezcla de nostalgia y extrañeza. Nostalgia por algo que se fue y que tuvo el sello de la felicidad, ese brillo inconfundible de la luna que acaricia el agua del tiempo... Y extrañeza porque siento que aquello no forma parte de mi vida (¿existió en realidad?), como si fuesen otros quienes lo vivieron, como si aquella casa en ruinas —a pesar de la familiaridad de los sentimientos— nunca hubiese sido la mía.
Sin embargo, no hay duda: fui yo quien escribió esas letras. Lo que implica que sí, que efectivamente forma parte de mi existencia. Pero no de ésta, sino de otra...
Esto me lleva a la simple reflexión de que estamos hechos de trazos, de que el retrato de nuestra vida se compone de múltiples cuadros o facetas, que vamos dibujando con los años, y de que quizá en el momento en que alcancemos cierta cumbre de la conciencia veremos (y sentiremos) la totalidad del dibujo, pero, mientras, sólo una parte. Es decir, que el ayer y el hoy están separados por líneas de sombra que sólo pueden ser obviadas desde una cierta altura. Por supuesto que reconocemos la autenticidad de la memoria (sabemos bien quién hemos sido y lo que hemos vivido), pero hay recuerdos que se nos vuelven extraños, y lo que alguna vez vivimos ya no lo sentimos como nuestro...
Cualquiera puede mirar un álbum de fotos propio y reconocer fácilmente personas y situaciones como reales y vividas. Pero... a veces se encontrará con fotografías «extrañas», de las que no se acuerda bien o con las que no se identifica. No es que esos momentos se hayan perdido, es porque la conciencia los ha apartado...
Entiendo que el hoy requiere toda nuestra atención, que la conciencia se dedica a bregar con lo que en este preciso momento tiene delante. Y pasadas experiencias, si han perdido su vigencia, es mejor soslayarlas, para que toda la fuerza sea aplicada a lo actual, a lo necesario.
Por supuesto que con esto no quiero restar ningún valor a los recuerdos. Y mucho menos si son tan buenos como a los que me refiero en el cuento que escribí. "Su sombra y la mía" habla de una historia de amor (tan sencilla como brillante), y este sentimiento es la gema más preciosa que se pueda encontrar. Si el protagonista del cuento (que se llama como yo) escucha el violín del aire, es porque ha encontrado esa gema. Su amigo no, por eso no lo escucha.
La sensación que provoca estar ante una vieja casa en ruinas, y esa mezcla de nostalgia y extrañeza de la que hablaba no le quita brillo ni color al recuerdo, al buen recuerdo. No sentimos igual, porque la conciencia, como he apuntado, está ocupada en otras cosas. Pero si, en algún momento, desbrozamos un poco la maleza, si apartamos el ruido de lo cotidiano, desaparecerá la oscuridad de lo extraño, y veremos que ese brillo de luna no sólo es inconfundible, sino también indeleble, y continúa acariciando el agua del tiempo.
El violín del aire, si se encuentra el necesario silencio, seguirá sonando entre la bruma de cualquier atardecer. Y si no fuera así, me remito a unas palabras que hay en el cuento:
«¿Es menos bella una rosa porque se marchite en invierno? ¿Cuánto dura la vida de una mariposa?»
Antonio Martín Bardán
(22 de marzo, 2014)
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Su sombra y la mía
Nuestras conversaciones transcurrían como una corriente de aguas azules en la que brillan aquí y allá las arenas doradas, y nuestra calma era como la calma de las cimas, de esas alturas espléndidamente solitarias, muy por encima del espacio de las tormentas, donde sólo el aire divino murmura todavía en la frente del audaz viajero.
Y luego la maravillosa, la santa tristeza, cuando sonaba la hora de la separación en medio de nuestro arrobamiento, y yo exclamaba: «¡Ahora volvemos a ser mortales, Diótima!», y ella me decía: «¡La muerte es apariencia, es como esos colores que centellean en nuestros ojos cuando hemos mirado mucho tiempo al sol!»
Friedrich Hölderlin
("Hiperión")
Los dos amigos se sentaron sobre la hierba, para descansar de su largo camino por la orilla del río. Detrás de ellos susurraban los álamos blancos, cuyas hojas danzaban con una fresca brisa que venía del oeste. Y en el horizonte, sobre una loma cubierta de olivos, se veía la despedida del sol, dorada, alegre, sonriente, como una puerta hacia el país del sueño, como una gran ventana abierta al infinito.
Había una música en el ambiente de aquella tarde de agosto, una música dulce y animosa que tocaba el corazón, como un violín de aire que bajara de las nubes para acariciar la tierra, y encantarla. Pero sólo uno de ellos la escuchaba...
—¿Tanto la quieres?
—Mira, amigo, cuando estoy con ella el mundo está completo, no falta nada. Ella lo llena todo.
—Típica impresión del enamorado...
—Jose, estoy enamorado, sí, pero no soy un loco adolescente que se deje cegar, mi experiencia es un grado, los fallos acumulados no restan lucidez sino que la enriquecen. Y puedo decir, desde la sensatez, que por fin he encontrado a la mujer de mi vida, la que siempre soñé.
—¿Estás seguro de eso?
—Lo estoy, como nunca antes.
—Antonio, nos conocemos desde hace mucho tiempo, y tus palabras me suenan a repetición.
—Jose, hablo desde el sentimiento, y mi sentir ahora es éste. Claro que ha habido un pasado, pero eso ahora no cuenta, mi presente es ella y creo no equivocarme si digo que es la mujer que soñé.
—Bueno, siempre se sueña con un cierto modelo de mujer.
—No, amigo, los modelos varian con el tiempo, como en un desfile de años, pero ella..., ella es el original.
—¡Jajaja! Cómo exageras.
—Si al menos escucharas la música...
—¿Qué música?
—¿Ves? No escuchas, por eso no puedes entender.
—Lo único que entiendo es que estás loco por ella, y además que...
—¿Qué?
—Que ya veremos lo que dura.
—Eso no puedo saberlo, ni ella tampoco, pero... ¿es menos bella una rosa porque se marchite en invierno? ¿Cuánto dura la vida de una mariposa?
—Pues no sé, muy poco.
—Así suele ser el amor, frágil y transitorio como una flor o una mariposa, pero a veces, sólo algunas veces, perdura en el tiempo, y eso sucede cuando se ha cruzado el puente.
—Perdona, no te entiendo, ¿qué puente?
—El puente que une a dos almas, a pesar del tiempo y la distancia.
—Antonio, perdona que te diga esto, pero creo que estás un poco loco. Ya se te pasará, espero.
—Sí, nací loco, y hoy, ya viejo prematuro, estoy más loco que nunca. Por eso he podido cruzar ese puente.
—¡Jajaja! Lo que decía, estás loco.
—Sí, cierto, y ella también lo está, eso es lo que nos une.
—Me preocupas, Antonio.
—Pues deberías alegrarte.
—¿Alegrarme porque te metas en una aventura que no sabes dónde te llevará? Me parece todo tan inseguro...
—Ese precisamente es el concepto de aventura, ir hacia el horizonte sin saber qué te vas a encontrar.
—¿Y eso te parece bien?
—Eso es para mí la vida.
—Pero...
—Pero nada, sin aventura no es posible el descubrimiento.
—¿El descubrimiento de qué?
—Del tesoro.
El sol ya se había ocultado tras el horizonte, y poco a poco empezaron a verse estrellas. Aún faltaba la luna, pero ya vendría. Todo viene cuando tiene que venir.
—Vale, Antonio, te concedo que estés enamorado, eso lo puedo entender, pero... no sé, somos amigos y me gustaría verte más consciente.
—¿Consciente? Te aseguro que lo soy.
—Pues yo no te veo así. Me hablas de aventuras, de tesoros...
—Sigues sin escuchar la música.
—Esa música la oyes tú, porque estás alucinando.
—Sí, en colores, verde esmeralda y azul de anochecer.
—¿Nada más?
—También conservo el ámbar del sol, y espero el blanco de la luna.
—Definitivamente, estás loco, jajaja.
—Ríete, amigo, ríete, que yo me río aun más.
—No oigo tu risa.
—Me río por dentro.
—Antonio, esa sonrisa... ¿a qué viene esa sonrisa?
—Viene a que escucho la música que tú no escuchas, viene a que el violín del aire me dice que ella me ama...
—¿Y eso?
—Y si ella me ama, es que la misma vida me quiere, nos quiere, y esa es la conjunción del universo.
—Perdona, pero ¿qué tiene que ver el universo con esto?
—Amigo, a esto se le llama armonía. Es muy rara entre humanos, pero a veces surge.
—¿Armonía?
—Sí, aunque yo prefiero llamarlo "magia".
Uno de ellos, el llamado José, se quedó como meditabundo, sin decir palabra, y mientras tanto apareció la luna por el sureste, grande, espléndida, y todo el camino adquirió un tono marfil que convertía la escena en una especie de sueño. Ahora la brisa soplaba con más fuerza, sin llegar a ser viento, agitando suavemente las copas de los árboles y peinando el espejo del río.
—Jose, ¿te encuentras bien?
—Sí, estaba pensando.
—¿Y en qué pensabas, si puede saberse?
—Pensaba en que me gusta lo que te pasa, y que envidio sanamente tu situación. No es una situación lógica ni racional, pero...
—¿Pero qué?
—Que me gustaría sentirla también, y escuchar como tú ese violín de aire.
—¡Bien!
—Antonio, no puedo razonar tu sentimiento, pero, de alguna forma, lo añoro.
—Amigo, no pienses más y mira a la luna.
Y eso hizo. La luna estaba llena y miraba al mundo con su gran ojo blanco, prendado de sueños. Jose fijó sus ojos en ella, intentando no pensar en nada, sólo observar, sólo mirar, sólo sentir... Y la luna le miró, y le sonrió.
Algo extraño le sucedió en ese momento, porque inesperadamente empezó a sentir el roce de la brisa, a la que antes no había prestado atención, y él también sonrió.
—Antonio, amigo, creo escuchar a lo lejos ese violín de aire...
—Bien, ¿me comprendes ahora?
—Sí, y te deseo lo mejor en esa relación.
—Gracias, amigo. ¿Ves esas dos sombras alargadas de los álamos que hay enfrente, en la orilla del río?
—Sí.
—Pues esas son su sombra y la mía.
Antonio Martín Bardán
(19 de agosto, 2010)
martes, 18 de marzo de 2014
Kreisleriana
«Los amigos aseguraban que la Naturaleza había intentado, en su organización, crear una nueva receta, pero el experimento había fracasado. A su ánimo superexcitable, a su ardorosa fantasía, inflamable hasta la destrucción, se había incorporado una insuficiente dosis de flema, con lo que se había roto el equilibrio que tan necesario es al artista para vivir en el mundo y componer para él las obras que éste, incluso en el más elevado sentido, necesita.
»Sea como fuere..., Johannes era arrastrado por sus eternas apariciones y sueños de acá para allá como por un mar de incesante oleaje, y parecía buscar en vano el puerto que le habría de dar al fin la paz y la serenidad sin la cual el artista es incapaz de crear. Y así sucedía que ni siquiera sus amigos podían hacer que escribiera una composición o evitar que, cuando la había escrito, la dejase sin ejecutar. A veces, de noche, componía en estado de tremenda excitación... Iba a despertar al amigo que vivía al lado para tocarle lleno de entusiasmo lo que acababa de componer con increíble rapidez..., derramaba lágrimas de alegría por la obra lograda..., se alababa a sí mismo como el más feliz de los hombres, pero al día siguiente... la excelente composición estaba en el fuego.»
Ernst Theodor Amadeus Hoffmann
(Kreisleriana)
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La figura imaginaria del compositor de música Johannes Kreisler era como el doble de Hoffmann, y sus historias, lógicamente, como un trasunto o un reflejo de la vida del propio Hoffmann. Una lectura que estoy disfrutando durante estas últimas noches, con luna o sin ella.
Copio el texto anterior, porque lo que ahí se dice me recuerda intensamente al alma romántica, a sus venturas y dificultades, sus luces y sus sombras. Y hay muchas frases que, con otro lenguaje, serían aplicables a la cotidianidad de muchos artistas (o que intentan serlo) de hoy en día.
Ese pájaro del sueño, que he mencionado en múltiples ocasiones, es un ave esquiva, difícil, salvaje y mágica, que no se deja conquistar fácilmente y que muchas veces se queda mirándonos en silencio desde su escondite... Esperando, quizá, que llegue el momento en que le guste alguno de nuestros gestos. Sólo entonces es cuando podemos verle y escuchar lo que tiene que decirnos.
A. Martín Bardán
(18 de marzo, 2014)
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imagen: Moonlight in Gurzuf - Ivan Aivazovsky (1839)
miércoles, 12 de marzo de 2014
El pájaro del sueño
El caminante, cansado del largo paseo por una tarde vacía, sin música ni amigos, entre calles ausentes y rostros de sombra, llega por fin al viejo parque, en el borde de la noche. Y allí, junto al pequeño árbol de sus anhelos, se detiene, a observar la amable presencia de la luna y las estrellas.
Las mira, como siempre, preguntando en silencio por los jeroglíficos del misterio, por las sendas perdidas, por los destellos que se fueron, por las ignotas aventuras por venir.
No se da cuenta de que el maravilloso pájaro del sueño, el portador de la magia que tanto espera, y cuya presencia tanto desea y necesita, está justo detrás de él...
Antonio Martín Bardán
(12 de marzo, 2014)
miércoles, 8 de enero de 2014
La madre magia
Alfonso Haya Morel era un escritor de mediana edad que, en el invierno de 1994, se encontraba en la difícil situación de llevar varios meses sin escribir una sola página que mereciera la pena. Lo cual, aparte de comenzar a enfrentarle con incómodos problemas económicos (vivía normalmente sólo de publicar historias cortas en periódicos y revistas culturales), le producía la angustiosa idea de que su fuente estaba agotada y en su vida literaria había sonado el toque de trompeta final. Es decir, que no lo veía como una simple laguna pasajera, habitual en muchos artistas, sino como un océano que amenazaba con ahogarle. Para Alfonso Haya, este tipo de cosas tenían un marcado carácter existencial. A otros asuntos no solía darles tanta importancia, pero este tema de la escritura era vital para él, y no sólo por la cuestión pecuniaria, sino por una especie de sentido personal, sin el cual la vida perdía el encanto, la pasión y la alegría.
Inmerso en esa situación, que cada día se le iba haciendo más y más insoportable, sucedió que una tarde de aquel suave enero recordó, inopinadamente, mientras paseaba arriba y abajo por la extensa biblioteca de su apartamento, envuelto en pensamientos circulares y estériles, recordó que hacía muchos años, viendo una película del género religioso, escuchó unas palabras que le impactaron extrañamente...
La película era El Evangelio según Mateo, de Pasolini; y la escena en que se decían esas palabras es aquella en la que, después del conocido Sermón de la Montaña, alguien se acerca a Jesús y le comunica que su anciana madre había venido a visitarle, desde muy lejos, y que estaba allí esperándole, en la ladera del monte, para verle y abrazarle. Entonces, Jesús, que hasta ese momento había estado repartiendo sonrisas y buenas palabras entre los asistentes, adopta una mirada seria y como lejana, y dice en un tono rotundo y frío, ante el lógico asombro de las gentes que acababan de escuchar su místico sermón:
—Yo no tengo madre, y mi Padre está en los cielos...
Esas simples pero ácidas palabras, de inusitado desprecio, aunque cargadas de cierto misterio, le parecieron al joven Alfonso como una declaración de principios implacable, quizás casi inhumana, pero absolutamente orgullosa y segura de sí misma. Estaba muy claro que Jesús había tomado un camino definitivo —pensó—, sin vuelta atrás, y eso rompía con su pasado, al que ya no pertenecía, y que para él era sólo una historia muerta, que nada tenía que ver con su nueva vida. Como si este maduro Jesús fuera otro, como si se hubiese transformado.
Más tarde, comprendió Alfonso la fácil implicación religiosa o teológica de esa respuesta: efectivamente, el hombre llamado Jesús era ya otro, porque el espíritu del «Padre» había entrado en él, y ya no se sentía Jesús, el hijo del carpintero José y de María, nacido en el pueblo de Belén, sino que se reconocía imbuido por una nueva naturaleza, ya que en él se había materializado la leyenda y el misterio crístico del Mesías. O algo parecido... Pero esto el joven Alfonso Haya lo pensó, como decía, más tarde, y no le importó demasiado. Su interés por esas palabras no se relacionaba con ningún significado religioso o mitológico.
Aquellas palabras le impresionaron vivamente porque algo, que no supo definir, se le encendió por dentro al escucharlas. Como una rara intuición de que tenían mucho que ver con él mismo y con su propia vida. Aunque no pudo entender su sentido en aquel momento.
Pero esa tarde de invierno, de muchos años después, cayó en la cuenta de un hecho singular, que enlazaba directamente con aquella lejana impresión de su juventud. La claridad se le apareció casi como una revelación, mientras daba esos paseos contínuos y algo nerviosos por su galería de libros. Sin pretender establecer semejanza alguna con el personaje bíblico ni con sus circunstancias —en absoluto—, comprendió que, en efecto, él mismo, Alfonso Haya Morel, tampoco tenía madre, y su padre vivía en lo abstracto...
Obviamente, había sido concebido por una mujer, pero no era ésta a quien reconocía como «su madre». Ni ninguna otra mujer, de las que cuidaron ocasionalmente de él cuando niño, era tampoco «su madre», aparte de afectos o desafectos... Su auténtica madre era aquella presencia de luz, aquella música entrelazada de sueños en la que un buen día sintió que había, realmente, «nacido». Ese poder inefable, pero cercano y protector, que le llenaba, precisamente, de un sentimiento maternal. Que le rodeaba con su etéreo abrazo, transformando las cosas y embelleciendo la vida, abriendo caminos entre la maleza y espantando con su mano azul a las más oscuras y afiladas sombras.
Esa presencia, esa entidad abstracta que se concretaba en mil detalles cotidianos, que pintaba estrellas y lunas en el negro lienzo de la noche, y llenaba el corazón de una sutil alegría, era «su madre», su única madre. Y desde ese momento, en esa suave tarde de invierno, casi cálida, se le ocurrió a Alfonso, esbozando una sonrisa, llamarla la madre magia.
¿Pero qué relación tenía todo esto con su actual problema de escasez literaria? ¿Por qué ahora este recuerdo de aquellas palabras oídas hace tanto tiempo en una vieja película? Le había gustado acordarse, sí, y llegar a la relación entre aquella impresión de juventud y el reconocimiento de esta peculiar maternidad, a la que libremente asumía pertenecer. Incluso le había gustado la amable ocurrencia del nuevo nombre. ¿Pero qué luz arrojaba esto sobre su problema? ¿Se trataba sólo de un capricho de la memoria?
La respuesta le vino de la mano de otro recuerdo... El de un viejo libro. Se dirigió hacia el anaquel correspondiente, en la parte más luminosa de la sala, que es donde guardaba las obras de su estimado y admirado Hesse, y cogió el volumen titulado «Narciso y Goldmundo». Se había acordado de algo importante que se dice al final; cuando Goldmundo, poco antes de morir, le dedica a su amigo Narciso unas últimas palabras, que suenan como a sentencia:
—¿Cómo podrás morirte un día, Narciso, si no tienes Madre? Sin Madre no es posible amar. Sin Madre no es posible morir.
Alfonso Haya cerró el libro y se aproximó a la ventana, desde la que aún podían verse los postreros rayos de un tibio sol. Un poco más allá de la última calle, hacia el oeste, se atisbaba el principio de un nuevo y aún tímido jardín, brillando entre el sucio gris de los edificios. Alfonso se puso el abrigo y el sombrero y salió a pasear por la ciudad, que ya se preparaba para entregarse a la húmeda fiesta de la noche. Mientras caminaba, entre el humo de su cigarro, se podía observar una tenue sonrisa. Y casi se podía leer, incluso, algo de su pensamiento en el fulgor de su mirada, que parecía decir:
«Yo sí puedo amar; sí puedo morir. ¡También vivir! En el laberinto de los días, en el curso de las horas y sus ecos, entre una y otra luz, siempre encontraré un camino y un puente, por pequeños que sean; una puerta abierta, una ventana por la que meter la mano para coger la manzana de la vida. Porque tengo madre, y se llama Magia.»
No es difícil imaginar que esa misma noche, Alfonso Haya, cuando terminó su paseo por el jardín y las calles, poco después de que el frío volviera a bailar con las sombras y a enredarse en las farolas, comenzó a escribir una nueva historia...
Antonio Martín Bardán
(8 de enero, 2014)
domingo, 5 de enero de 2014
El país del vacío
Cuentan atrevidos viajeros que allí han estado, que el país del vacío es un lugar gélido, yermo, silencioso y oscuro. Pero que encontraron, a pesar de eso, unas cuantas ciudades, exiguas y medio desiertas, salpicando su accidentado paisaje. En ellas, entre una atmósfera de desinterés y abandono, enrarecida con el polvo del absurdo, viejas casas de piedra se inclinan y retuercen en ángulos grotescos, como bajo el peso de un tiempo sombrío que es mejor olvidar; y tras sus ventanas cuelgan tupidas y sucias cortinas que nadie abre jamás, porque parece ser que sus dueños prefieren no querer ver ni ser vistos.
Los hombres y mujeres que lo habitan y caminan por las calles de esas ciudades, entre extraños árboles sin hojas ni pájaros, se asemejan a pálidas figuras de un antiguo teatro, lúgubre y fantasmal, donde no hay ya voces, luces ni aplausos, cuya función terminó hace mucho, donde todo está apagado, cerrado, muerto.
Dicen quienes lo han visitado (algunos por curiosidad y los más por extravío), que no hay nunca una música que navegue por las ondas de su húmedo y viciado aire, y si alguna lo intenta es inmediatamente rechazada, acallada, o se la hace prisionera y se la convierte en ruido.
Hay como un muro gris, taciturno, que impide el color de la risa, una pared de niebla triste y opaca. Si alguien se atreve a reír, su gesto queda enseguida deformado en burla o en locura. Y las palabras, todas las palabras, suenan siempre huecas, como simples ecos errantes de la sombra.
Las miradas se pierden en esa tierra sin luz, como aves ciegas, que no saben de nubes ni horizontes, y se vuelven hacia dentro, a un abismo sin estrellas, angosto y frío, donde el pensar da vueltas en una noria infinita que no va a ninguna parte.
Pero algunas noches puede verse en su cielo la cara de una luna que sonríe...
Es entonces, si se presta la suficiente atención, cuando es posible escuchar el rumor cálido y sutil de historias que confortan, en las que se pronuncian sonoros nombres olvidados, como de leyenda, y se narran hechos entrañables llenos de vida, maravillosos a veces, en un susurro que, traído por la brisa, acaricia al viejo corazón con la seda de sueños lejanos.
En esas noches distintas, envueltas en una claridad inquietante, pero evocadora y amable, se sienten, a veces, fuertes deseos de embarcar, asido a uno de esos cuentos, y viajar así mágicamente hacia la misma luna, o hacia donde ella lo indique.
Según cuentan, algunos lo hacen y se van. Dicen éstos entonces, montados ya en el grácil barco de aire, mientras éste comienza a moverse sobre las aguas del sueño, más allá del límite de la bruma, que escuchan de nuevo la música perdida, que el alma de las buenas cosas los llama desde el brillo cómplice de la luna, y que un duende invisible de aguda mirada les acompaña.
Después, agitando la mano en señal de despedida, sonriendo, extrañamente contentos, desaparecen de la vista, atravesando la delgada y fulgente grieta que hay entre los mundos. Y nunca más se les vuelve a ver. En el aire sólo queda el eco de su risa y el seductor aroma de la aventura en ese momento iniciada...
Me pregunto, en esta hora nocturna y tranquila, mientras recuerdo lo que escuché contar sobre ese triste país:
¿Se atreverán los demás, alguna de esas noches, a seguir los osados pasos de aquellos que se fueron? ¿A ir tras la estela de su última risa y abandonar así, para siempre, la oscura y helada tierra del vacío?
Antonio Martín Bardán
(5 de enero, 2014)
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