Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







lunes, 4 de junio de 2012

Iris (I)



(dedicado a Liz Hentschel, pintora de sueños)


Empiezo este mes de junio con otro relato del maestro Hesse, un märchen (cuento de hadas) de 1919. Me emocionó en su momento, hace ya muchos años, y lo sigue haciendo, aunque uno se emociona ya de diferente manera. Según el crítico José María Carandell, en este relato Hesse hablaba, parabólicamente, de su fallido matrimonio con Mia Bernoulli, su primera mujer, y de los desencuentros entre ambos. Y otro crítico, el traductor e introductor de la obra en castellano, Rodolfo E. Modern, comenta: "Su romanticismo esencial se saca de encima las circunstancias inmediatas y efímeras para bucear, a través del sueño, o mediante los muy modernos procesos analíticos del psicoanálisis que son su consecuencia (el cuento "Iris" ilustra acabadamente esta afirmación), en el descubrimiento de las verdades fundamentales capaces de otorgar a la vida una significación plena, noble y libre."
Para mí, que no soy crítico, este breve cuento es un pequeño ejemplo de bildungsroman (novela de aprendizaje o formación). Y narra algo que me suena mucho y muy de cerca: el confuso camino que va desde una prístina unión con la magia de la vida -que generalmente ocurre en la infancia-, pasando por el largo trecho intermedio de la relación con el mundo, hasta la vuelta, hasta el regreso al auténtico hogar.
De niños, y también de adolescentes, podemos introducirnos en el cáliz de una flor y ver en una mínima extensión de hierba todo un bosque. Yo mismo lo he hecho y, aun a riesgo de parecer loco, diré que en ciertas paredes de piedra he visto hasta montañas... Recuerdo, por ejemplo, un desván que descubrí una vez en una casa abandonada, en medio del campo, y allí, inexplicablemente, mi mirada se empequeñecía y paseaba con la imaginación por un mundo enorme, lleno de rincones secretos y tesoros. Sólo eran unos pocos metros cuadrados, pero mis ojos veían otra cosa, todo un universo...
Pero no es esta visión lo importante, no se trata de fantasear y convertir lo pequeño en grande, sino en sentir que allí, en lo que tenemos delante de los ojos está el secreto de la misma vida. Eso es lo valioso, y eso es precisamente lo que perdemos según nos vamos haciendo adultos. Y a lo que algunos, con suerte, vuelven después de muchas vueltas y revueltas por el mundo racional. El regreso a la magia...
De eso nos habla este cuento de Hesse. Quien vuelve nunca es el mismo, tras su viaje por el mundo, pero merece la pena el regreso si consigue volver a enlazar con aquello que de niño o de joven vió y sintió como la puerta que llevaba al sentido de la vida, de su vida. Nada que explicar, ningún argumento racional para justificar esto. Es nada más y nada menos que... un sentimiento.


Antonio Martín



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IRIS


por Hermann Hesse



En la primavera de su infancia, Anselmo correteaba por el verde jardín. Una flor entre las flores que su madre cultivaba y que había recibido el nombre de lirio, le era particularmente grata. Arrimaba sus mejillas a sus hojas altas, de color verde claro, apretaba con cuidado los dedos contra las puntas agudas, y miraba largamente en su interior aspirando su floración grande y maravillosa. Había allí largas ringleras de dedos amarillos que brotaban desde el pálido fondo azulado de la flor: entre las mismas se alejaba una vereda luminosa que, bajando por el cáliz, se adentraba en el remoto misterio azul de la flor. Anselmo la quería mucho, pasaba largo tiempo mirándola por dentro y contemplaba los delicados órganos amarillos que le parecían de oro como el cerco de un jardín real, o como una doble avenida de bellos árboles de ensueño a los que ningún viento movía y entre los que corría límpido, veteado por animadas arterias de suaves transparencias, el secreto camino que llevaba a su interior. Era prodigioso ver cómo se dilataba la bóveda; hacia atrás, el camino infinitamente profundo se perdía, entre árboles dorados, en abismos inconcebibles. Sobre él se curvaba la bóveda violeta con gesto soberano y arrojaba una tenue sombra encantada sobre la maravilla inmóvil y a la espera. Anselmo sabía que ésa era la boca de la flor, que tras la magnificencia de esa planta amarilla, tras su garganta azul, moraban el corazón y los pensamientos de la flor. Y que por aquel hermoso, claro, transparente camino estriado entraban y salían su aliento y sus sueños.
Y al lado de la flor grande existían otras más pequeñas, no abiertas aún. Sostenidas por pedúnculos firmes y jugosos, dentro de su pequeño cáliz de una piel verde pardusca, emergería de ellas la flor recién nacida, tranquila y vigorosa, sólidamente envuelta en lila y verdeclaro. De sus finos picos asomaba, enrollado con suave tirantez, un flamante e intenso violeta. También en estos pétalos nuevos, todavía firmemente enrollados, había vetas y centenares de dibujos para observar.

Por las mañanas, cuando Anselmo salía de casa, del sueño y el ensueño, y regresaba a su extraño mundo, allí estaba el jardín, siempre nuevo, aguardándolo como de costumbre. Y donde ayer contemplara con detenimiento un duro botón azul densamente enrollado, ahora, bajo su verde cubierta, tenue y azul como el aire, un tierno pétalo pendía, similar a una lengua y a unos labios, buscando a tientas la forma y la convexidad largo tiempo soñadas; y en la parte interior, donde proseguía la lucha silenciosa con la envoltura, se adivinaban, ya dispuestos, las finas florescencias amarillas, los claros caminos veteados y las remotas y perfumadas cimas del alma. Tal vez al mediodía, tal vez por la noche, el botón se abriría, desplegaría su abovedada tienda de campaña de seda azul sobre el dorado bosque de sueños, y sus primeros ensueños, pensamientos y canciones surgirían apacibles, alentados por el impulso de aquel abismo mágico.
Llegó un día en que, entre la hierba, no brotaron más que campanillas azules. Llegó un día en que, de pronto, hubo una resonancia nueva, un perfume nuevo en el jardín: sobre el follaje rojizo y asoleado pendía, blanda y bermeja, la primera rosa té. Llegó el día en que desaparecieron los lirios. Se habían ido; ningún sendero entre cercos dorados bajaba ya suavemente al fragante misterio; era extraño encontrar esas hojas rígidas, frescas y terminadas en pico. Pero había bayas maduras en los matorrales, y encima de los narcisos revoloteaban, libre y juguetonamente, nuevas e inexplicables mariposas de color pardo rojizo y dorso nacarado, así como esfinges zumbadoras de alas cristalinas. Anselmo hablaba con las mariposas y con los guijarros; tenía por amigos al escarabajo y a la lagartija; los pájaros le contaban historias de pájaros; los helechos le dejaban ver sus pardas y concentradas semillas escondidas bajo la cubierta de las gigantescas hojas; trozos de vidrio verde y cristalino apresaban para él los rayos del sol y se convertían en palacios, jardines y centelleantes cámaras de tesoros. Los lirios se habían ido, pero en cambio florecían las capuchinas; si las rosas té se marchitaban, maduraban las moras; todas las cosas se desplazaban, aparecían, duraban, se desvanecían y a su tiempo volvían a aparecer; inclusive esos días temibles y caprichosos, cuando el viento frío alborotaba entre los abetos y el follaje marchito crujía macilento y agónico en todo el jardín, traían también consigo una canción, una experiencia, una historia, hasta que todo nuevamente declinaba; la nieve caía ante las ventanas y bosques de palmeras crecían junto a los vidrios; ángeles con campanas de plata volaban en la noche; el zaguán y el desván olían a frutas desecadas. Jamás se extinguían la amistad ni la confianza en aquel universo de bondad. Y si en alguna ocasión, de repente, brillaban las campanillas blancas entre las negras hojas de la hiedra y volaban los primeros pájaros por las alturas nuevamente azules, era como si todo hubiera sido siempre así. Hasta que otro día, inesperadamente, pero siempre en el instante preciso y deseado, volvía a mirar la primera yema azulada desde uno de los tallos del lirio.

Todo era lindo para Anselmo, todas las cosas eran familiares y amistosas, a todas les daba la bienvenida; pero el momento supremo del milagro y la gracia era, para el muchacho, cada año, el del primer lirio. En su cáliz -una vez, en sus sueños infantiles más tempranos- había leído por primera vez en el libro de las maravillas; su aroma y su azul ondulante y múltiple habían significado para él llamada y clave de la Creación. Así lo acompañó el lirio a través de todos sus años de inocencia, renovándose cada verano y haciéndose más enigmático y conmovedor. También otras flores tenían boca, también de otras flores emanaban fragancia y pensamientos, y otras atraían asimismo abejas y escarabajos a sus pequeñas y dulces cámaras. Pero el lirio azul era la flor más importante para el muchacho y aquella a la que amaba más entre todas: se convirtió en símbolo y ejemplo de todo lo prodigioso y digno de reflexión. Cuando miraba dentro de su cáliz y seguía mentalmente absorto aquel diáfano sendero de ensueño por entre los extraños cogollos amarillos hasta la crepuscular intimidad de la flor, entonces su alma veía en ese pórtico en el que la apariencia se convierte en enigma y la visión en presentimiento. Algunas veces, de noche, soñaba con ese cáliz, lo veía enormemente grande y abierto ante él, como la puerta abierta de un palacio celestial; ingresaba a caballo o volando en un cisne; y con él volaba y montaba y se deslizaba sin ruido el mundo entero, atraído por arte de magia hacia la hermosa garganta, hacia abajo, donde la espera debía cumplirse y el presentimiento volverse verdad.
Todo fenómeno sobre la tierra es un símbolo, y todo símbolo es una puerta abierta, por la que el alma, si está preparada, puede entrar en la intimidad del mundo, donde el tú y el yo, el día y la noche, son uno. Ante cada hombre, alguna vez en su vida, aparece la puerta abierta en el camino; en cada hombre aletea en una ocasión la idea de que todos los objetos visibles son símbolos y de que, tras cada símbolo, habitan el espíritu y la vida eterna. Pocos pasan, es cierto, por esa puerta y renuncian a las bellas apariencias a cambio de la presentida realidad de lo íntimo.

Así, el muchacho Anselmo creía que el cáliz de su flor era como una pregunta abierta y silenciosa que, en medio de vislumbres borboteantes, instaba a su alma a dar una respuesta feliz. Después volvía a tironear de él la deliciosa multiplicidad de las cosas: hablaba y jugaba con la hierba y con las piedras, raíces, arbustos, bichos y todas las amistades de su mundo. A menudo se sumía en profundas meditaciones respecto de sí mismo; sentado, examinaba las peculiaridades de su cuerpo; sentía con los ojos cerrados al tragar, cuando cantaba o respiraba, extraños movimientos, sensaciones y percepciones en la boca y en el cuello; sentía también que allí estaban el camino y la puerta por los que un alma puede llegar a otra; observaba con admiración las significativas figuras coloreadas que se le aparecían con frecuencia desde la purpúrea oscuridad de sus ojos cerrados; manchas y semicírculos de azul y rojo subido, con claras líneas cristalinas entrelazadas. Muchas veces advertía Anselmo, con una emoción entre regozijada y temerosa, las conexiones múltiples y sutiles entre ojo y oído, olfato y tacto; durante bellos y fugaces instantes percibía sonidos, acentos, letras vinculadas entre sí y similares al rojo y al azul, a lo duro y a lo blando; o se admiraba al oler una planta o un trozo de verde corteza arrancada, o de lo extrañamente próximos que están el olfato y el gusto, y cuán a menudo uno se cambia en otro o se convierten en algo único.
Todos los niños tienen esa sensibilidad, si bien no todos la desarrollan con la misma fuerza y sutileza, y en muchos de ellos pronto desaparece, aun antes de haber aprendido las primeras letras, como si nunca la hubiesen tenido. En otros subsiste largo tiempo ese misterio de la infancia; y llegan a conservar para sí un resto y eco de él hasta la época de los cabellos blancos y los fatigados días postreros. Todos los niños, en tanto que están en el secreto, se ocupan de continuo y con toda el alma del único asunto importante, vale decir, de sí mismos y de las enigmáticas conexiones existentes entre su propia persona y el mundo circundante.

Buscadores de la verdad y sabios retornan con los años de madurez a estas ocupaciones, pero la mayor parte de los hombres olvidan y abandonan desde temprano este mundo interior de lo verdaderamente trascendental y vagan a lo largo de su existencia por los laberintos confusos de las preocupaciones, los deseos y los objetivos, ninguno de los cuales vive en lo íntimo ni los volverá a conducir a su intimidad y a su morada.
Los veranos y otoños de la infancia de Anselmo llegaban suavemente y se marchaban sin ser oídos; una y otra vez florecían y se marchitaban las campanillas blancas, las violetas, los alelíes amarillos, las siemprevivas, rosas y lirios, hermosos y abundantes como siempre. Convivía con ellos; la flor y el pájaro le hablaban; el árbol y la fuente lo escuchaban; llevó consigo, según la vieja costumbre, las primeras letras escritas en su cuaderno, los primeros disgustos con sus amiguitos, el jardín, su madre, el arriate adornado de coloridas piedras.

Pero una vez llegó cierta primavera que no olía ni sonaba como las anteriores; el mirlo cantaba, pero no la vieja canción; se abrió el lirio azul, y por el sendero de su cáliz, flanqueado con cercos de oro, no entraban ni salían ensueños ni historias legendarias. Reían las frutillas escondidas en su verde sombra; las mariposas revoloteaban brillantes sobre las altas umbelas; pero ya no era como antes y otras cosas empezaban a interesar al muchacho, que ahora discutía mucho con su madre. Él mismo no sabía qué le pasaba ni la razón de su sufrimiento, ni la causa de aquellos disgustos continuos. Únicamente veía que el mundo había cambiado, que las amistades de otrora se alejaban y lo dejaban solo.
Así transcurrió un año, y otro; Anselmo ya no era un niño. Los variados guijarros que rodeaban el arriate se habían vuelto fastidiosos, y las flores estúpidas; guardaba los escarabajos clavados con alfileres en una caja; su alma había iniciado el largo y duro rodeo, y los antiguos amigos se habían secado y agostado.

Impetuosamente irrumpió el joven en la vida, que sólo ahora creía que comenzaba. Borracho y olvidado quedó el mundo de las alegorías; nuevos deseos y caminos le atraían. Aún permanecía suspendida de él la niñez como una fragancia en la mirada azul y en el cabello suave, pero no le agradaba que le recordasen esos años. De esta manera se hizo cortar el pelo al rape y puso en la mirada tanta audacia y experiencia como le fue posible. Se precipitó con veleidad a través de aquellos inquietos años de espera, ora como buen estudiante y amigo, ora solitario y huraño, unas veces enfrascado en los libros, hasta por las noches, otras indómito y estrepitoso en las primeras orgías juveniles. Tuvo que abandonar su patria y sólo volvió a verla raras veces en cortas visitas, cuando, transformado, alto y bien vestido, visitaba a su madre. Traía consigo amigos, libros, siempre diferentes los unos y los otros, y cuando cruzaba el viejo jardín, éste parecía pequeño y callaba ante su mirar distraído. Nunca más volvió a leer historias en las vetas coloreadas de las piedras y las hojas, no volvió a ver jamás a Dios y a la eternidad habitando en el misterio floral del iris azul.

Anselmo fue colegial, fue estudiante; volvió a la ciudad natal con una gorra roja, luego con otra amarilla, con bozo encima de los labios y luego con barba incipiente. Trajo libros en idiomas extranjeros; una vez un perro; y en una cartera de cuero que guardaba junto al pecho llevaba poesías reservadas, o copias que contenían una sabiduría muy antigua, o retratos y cartas de lindas muchachas. Regresó de nuevo; había estado lejos en tierras extranjeras y había estado embarcado en grandes buques surcando los mares. Y otra vez regresó. Ya era un joven sabio, traía sombrero negro y guantes oscuros; y sus antiguos vecinos se quitaban el sombrero para saludarlo y le daban el nombre de profesor, aunque todavía no lo era. Vino otra vez, y esbelto y grave en su traje negro, caminó tras el lento carruaje que llevaba a su madre anciana, yacente en un ataúd engalanado. Después volvió en muy contadas ocasiones.


Hermann Hesse (1919)


(...)

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- Ediciones Librerías Fausto (Buenos Aires, 1975)
- traducción: Rodolfo E. Modern
- pintura: "La Verja", por Liz Hentschel (1997)

lunes, 28 de mayo de 2012

El lector de nubes



No era de los más viejos de la aldea, ni de los más sabios, rondaba sólo los setenta, pero llevaba residiendo allí muchos años. Era un hombre aparentemente como otro cualquiera, aunque, eso sí, de carácter solitario y taciturno. No solía participar en las reuniones habituales, y casi siempre se le veía solo, paseando o sentado a la orilla del río, con las manos en los bolsillos de su gabán o leyendo algún viejo libro. Pero tenía cierta fama en el pueblo, por una extraña particularidad, y de vez en cuando ciertas gentes iban a pedir su consejo. Se le conocía como "el lector de nubes"...
Y no es porque supiera predecir el tiempo metereológico de esa manera. Eso lo hacían mucho mejor otros. Lo suyo era otra cosa. Él leía en las nubes cosas muy concretas, cosas personales, y por eso los aldeanos iban a consultarle. Leía en las nubes detalles, figuras del futuro, destinos... Y el caso es que solía acertar en sus vaticinios, porque durante años fue visitado y consultado, con resultados satisfactorios. De ahí su fama y el respeto que todos le profesaban.
Una vez, preguntado por un periodista de la ciudad, que fue a entrevistarle siguiendo el rastro de su fama, se limitó a contestar que desconocía el origen de su extraño talento. Pero que sí recordaba vagamente que él... había nacido en una nube...

Era inquirido sobre los más variopintos temas: problemas físicos, situaciones amorosas, desempleo... Y él, don Alberto, se limitaba a mirar a las nubes que hubiera en ese momento en el cielo, muy fíjamente, observando sus lentas evoluciones, y al cabo de pocos minutos daba la respuesta a su interlocutor. Respuesta que más tarde solía coincidir con la realidad. No era un adivino, ni un mago, pero poseía esa rara capacidad de saber leer en las nubes. Para él esas formas cambiantes estaban llenas de signos, de figuras, y sabía cómo interpretarlo. Era como si, una vez formulada la pregunta, las nubes se movieran para dar una respuesta. Y él sabía leer esa respuesta.

Una noche de luna, en el mes de noviembre, un vecino le encontró sentado en un banco del parque, mirando absorto hacia el cielo, a esas nubes encendidas, fulgurantes. Era ya muy tarde, y el vecino le preguntó que si no tenía frío y que si no debería retirarse ya a su casa. A lo que él contestó susurrando:
- Mi casa, sí, ya he encontrado por fin mi casa...

Nunca más se le volvió a ver.



Antonio H. Martín

(28 de mayo, 2012)






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vídeo: "My Father, My Friend"
autor: Bvdub & Criss Van Wey
música: inspirada por Harold Budd

viernes, 25 de mayo de 2012

Hacia el oeste...



Cuando las cosas se tuercen, las ilusiones pierden su brillo y los sueños se alejan, lo mejor es caminar hacia el oeste...


AHM.




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vídeo: "It's Too Late", por Bvdub

miércoles, 23 de mayo de 2012

Otra mirada al mundo...



Dos vídeos para detenerse en el estrecho balcón y mirar esta realidad que nos rodea y consume, pero con ojos distintos, abiertos y positivos, a pesar de las sombras. Para observar el mundo con otra mirada...





martes, 22 de mayo de 2012

En el pasillo...



"Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de la casa o si se entra con los zapatos sucios.

"Me gusta sin duda esta atmósfera desde los años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos. Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y donde todo, libros, manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía."


Hermann Hesse

("El lobo estepario", 1927)


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Releyendo este pasaje de Hesse, con el que me identifico, pienso en algo que me ocurrió hace pocos meses... Unos amigos me llevaron hasta la cabaña de una profesora, amiga suya, que vive en un lugar aislado, entre montañas. Una cabaña de piedra, de porte antiguo, típica de estas tierras, pero con un interior acogedor y dotado de todas las comodidades. Para llegar allí hubo que dejar aparcado el vehículo y subir andando un largo trecho del camino, porque había nevado mucho recientemente y quedaba una resbaladiza capa de hielo.
Las vistas eran impresionantes, con praderas blancas salpicadas de robles y hayas, y en el horizonte unos majestuosos macizos de granito que dominaban el valle como gigantes. Y el aire, el más puro y limpio que he respirado nunca. Un aire que, no sé por qué, te hacía sonreír e incluso ver y pensar de forma diferente, de un modo más positivo. En definitiva, un aire que te hacía sentirte más alegre y fuerte.
Y bueno, ya en el interior de la cabaña, muy acogedor, ya digo, y amablemente atendidos por la profesora, mientras comíamos un sabroso aperitivo y bebíamos unos vasos de vino, uno de los amigos me dijo que allí, en un sitio como ese, yo estaría en mi hábitat ideal, porque era un lugar muy propicio para dar paseos tranquilos, contemplar el paisaje, pensar, y después escribir...
Entonces miré por la pequeña ventana, ví esas praderas inclinadas y los imponentes farallones, y sentí la punzada de una honda soledad.... No, yo no tenía la madera de un Zarathustra, ni era una especie de ermitaño ni nada parecido. Podría vivir en un sitio así unos días, quizá unas pocas semanas, pero no más. La sensación que me inspiraba ese lugar era de frío, pero no un frío provocado por el hielo, sino otro más interior.

Soy, efectivamente, un solitario, pero no tanto. Necesito salir de vez en cuando de mi guarida de lobo y encontrarme con otras personas, meterme en algún viejo mesón y tomarme un vaso de vino, conversar con alguien, sentir algo de calor humano.
Y en cuanto al tipo de vivienda, yo también prefiero las casas burguesas, con sus paredes bien pintadas y un bonito jardín, con sus interiores limpios y bien ordenados, o un apartamento en un edificio moderno, que esté bien cuidado, pulcro, en una zona tranquila, donde las voces sean educadas y no estridentes. Ese tipo de ambiente es en el que me siento a gusto. La gente que te rodea es "normal", grupos familiares con sus niños, con sus rutinas cotidianas, con su vulgaridad, con sus risas, con las cosas de siempre, pero dentro de un orden de tranquilidad y buena convivencia. Gente que no me molesta y a la que, por supuesto, intento no molestar. Gente, en fin, que no se mezcla conmigo, ni yo con ella, con la que siempre hay como una respetuosa distancia. Ellos son los normales y yo el extraño, pero cada uno está en su sitio, y no se mete en el del otro.
Aunque luego, dentro de mi guarida, todo sea algo distinto, con ese aire del solitario empedernido, y con ese caos tan personal, que no es sino un orden muy particular. Yo también procuro ser ordenado y limpio, aunque es inevitable la acumulación de colillas de cigarros en los ceniceros y el consiguiente olor, y el amontonamiento de libros sobre las mesas. Es muy bonita una librería con todos sus libros bien colocados, libres de polvo, casi brillantes, pero... me parece un desperdicio y una inutilidad. Y, sin embargo, reconozco que al entrar en una de esas casas burguesas, me gusta esa visión de la librería bien ordenada, como si fuera nueva, sin estrenar. Es como una tentación...

Me encanta el silencio, me es incluso necesario para vivir. Pero no el impersonal silencio de las montañas, con su rumor de viento, ese viento arrogante, frío y extraño que parece decirte: "¡Caminante, éste es el límite del mundo! ¡Regresa ahora, o ya nunca podrás volver a tu hogar!"... No, prefiero saber encontrar los huecos de silencio que una sociedad te permite, y que si es como debe ser, son suficientes. Hay momentos para hablar con los otros, momentos para sumergirse en las ondas de una buena música, y momentos para escuchar el silencio e intentar hallar ese sentido perdido, del que hablaba Hesse.
Sinceramente, no me veo yo viviendo en una cabaña de piedra en una montaña. Por mucho que allí, o en sus alrededores, se me pudiera aparecer el fantasma de Zarathustra... Prefiero mi tranquilo apartamento del valle, rodeado de gente burguesa, y donde sé que en cualquier momento puedo salir y conversar con alguien, tomarme un vino en compañía o simplemente pasear solo por el pueblo, mientras observo los cambios de luz en las hojas, en las nubes o en las viejas paredes de piedra. Aquí también puedo escribir, aunque sea, por supuesto, a mi manera.
Soy un lobo estepario, sí, pero a mi estepa la llevo dentro. Y con esa soledad me basta y me sobra. El sentido de la propia vida, la magia que en algún momento se perdió, se puede volver a encontrar en la cima de una montaña o en el pasillo de tu casa...


Antonio H. Martín

(22 de mayo, 2012)

domingo, 13 de mayo de 2012

El tono perdido...




¿Es posible recuperar el tono perdido, ese tono en el que nos sentíamos a gusto con nosotros mismos y con nuestra vida?
A veces, por azares del mundo, o por erráticas evoluciones de nuestra propia mente, ese tono amable y grato, tan personal, tan nuestro, desaparece de nuestra realidad y nos encontramos inmersos en tonalidades distintas, donde los colores y los sonidos han cambiado. De manera que ya no vemos lo que veíamos, ni sentimos ya aquello que sentíamos... Y hasta nuestra voz tiene un timbre diferente, raro, con el que no nos identificamos como antaño.
Supongo que es debido a algún tipo de desgaste interno, o a alguna consecuencia nefasta, relacionada con actividades que nos alejan de nosotros mismos. Ese tipo de actividades, aparentemente superficiales, de las que uno se deja llevar, sin darles importancia, pero que, subrepticiamente, te van encaminando por derroteros que uno no buscaba y que terminan situándote en un paisaje indeseable, inhóspito y, sobre todo, extraño.
Esto es lo peor de todo: la extrañeza. Es muy conocida esa sensación ocasional de mirarse en el espejo y no reconocerse, pero si esto se extiende más allá, en el espacio y el tiempo, y ya ni siquiera reconocemos ni nuestra voz ni nuestra mirada, en el transcurso de muchos días y noches, la cosa adquiere visos de gravedad. Paseamos por los mismos caminos de antes, vemos los mismos árboles, las mismas personas, el mismo río, los mismos animales amigos, la misma luna, pero sentimos como que hay un cambio de tono... Entre eso que vemos y nosotros no hay ya la misma relación, no se desarrolla el mismo diálogo, que a veces, incluso, nos parecía cercano a lo mágico.
¿Por qué sucede esto? Imagino que el fondo del asunto tiene que ver con un alejamiento de nuestro ser interno, de nuestro ser luminoso, como lo llamaba el amigo Castaneda.
Ocurre, no sabemos cómo, pero ocurre que en determinado momento de nuestra vida nos encontramos con que hemos perdido ese tono, esa brisa que sentíamos como una caricia, ese brillo en la mirada, esa luz diferente, íntima, que sentíamos como muy nuestra, que transformaba el mundo, y que nos salvaba de caer en miserias y vacíos que hasta entonces nos parecían totalmente ajenos a nuestra sensibilidad.
He aquí otra palabra clave: sensibilidad.
Eso es lo que creo que se pierde. Por circunstancias, que no sé precisar, uno pierde su sensibilidad. No es que se vuelva insensible, apático o indiferente, sino que cambia el tono de ésta, cambia el color, y donde antes destellaba un azul ahora hay un gris... Cambia la música, y el allegro se torna en algo más parecido a un adagio, a uno opaco y sin casi armonía...

No me parece que esto tenga que ver con el paso de los años, no se trata del fácil discurso de "me estoy haciendo viejo"... No. Se trata más bien de que algo hemos hecho mal, de que nos hemos -como he apuntado antes- alejado de nosotros mismos. Y la cuestión es: ¿podemos recuperar ese tono perdido? ¿Podemos volver a acercarnos...?
Sinceramente, creo que sí. Y no hablo con gratuidad, porque varias veces en el pasado he transitado por varias "bajadas" de tono, y he conseguido volver, con esfuerzo y al cabo de cierto tiempo, a lo que podríamos llamar mi centro, a mi camino. O sea, que ese regreso sí es posible. ¿Cómo?
Pues mi receta es muy sencilla, y ya la he mencionado aquí en más de una ocasión. Se trata simplemente de lograr detener el flujo de los pensamientos, ese "diálogo interno" que suele acompañarnos, incansable, a todas horas, machacándonos, y que nos sumerge en unas arenas movedizas que nos impiden el libre movimiento y anegan hasta nuestra visión. Sí, se trata de llegar a esa vieja y estimada laguna de silencio, que supone todo un baño de claridad y toda una limpieza mental. Porque allí es donde podemos reencontrar el sonido de nuestra voz, la auténtica, y el tono aquel que habíamos perdido.
Es un viaje posible, sin duda. Y esta misma noche, escribiendo estas líneas, siento que he rozado sus tranquilas aguas...



Antonio H. Martín

(13 de mayo, 2012)


Transformation / Music by Max Richter from Nate Grubbs on Vimeo.



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música: "On the Nature of Daylight" (Transformation), por Max Richter
vídeo: Nate Grubbs

jueves, 10 de mayo de 2012

Cada aliento... (II)



Hace un par de noches estuve buscando una entrada antigua, aquí, en este mismo cuaderno, y me sorprendí al hallar junto a ella una especie de poemita, que no recordaba, de hace casi dos años, y que está dedicado a la mujer que amo. En principio creí que era la traducción del tema musical que acompaña al texto, pero no, es un poemita mío.
Me asombró, por dos razones: la primera por constatar lo enamorado que ya estaba entonces, y la segunda por reconocer que ese poemita hoy, después de casi dos años, no ha perdido ni un ápice de su vigencia.
Y por eso lo vuelvo a poner, porque estos versos estaban perdidos en este blog, olvidados entre la masa de más de cuatro años de escritos publicados, y, sin embargo, lo podría haber escrito ayer mismo...
Porque, efectivamente, sigo sintiendo lo de entonces hacia la misma mujer, y me atrevo a decir que incluso con más peso y más fuerza. Es decir, que la sigo amando, nos seguimos amando. Y eso es, en verdad, lo mágico de este encuentro.
Así que hoy, como ayer, su aliento es mi aliento...
No he cambiado nada en los versos, sólo el tema musical es otro, porque el anterior ha sido borrado. Pero el nuevo, que ella misma me proporcionó, está muy bien, y acompaña a este poemita como una caricia.

Antonio H. Martín
(10 de Mayo, 2012)

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Cada aliento tuyo es mi aliento,
el aire de bruma
que alimenta mi boca,
un duende que juega
con mi sombra.


Cada risa...
un sol en medio de la noche,
una estrella que baila
con mi cuerpo perdido,
una sirena que canta.

Cada beso...
un zafiro que brilla,
de labio a labio,
y que me habla
del tesoro que guardas.

Cada mirada...
un puente entre el abismo,
un río de luna,
una calle sin fin
que cabalga los mundos,

y los une.

No quiero más en la vida
que rodear tu cintura
con mis brazos,
no quiero más que...
besarte.

El tiempo es una llanura
ancha y desconocida,
la vida un océano
donde a veces vuelan
los delfines.

Y tú eres mi luz,
mi mujer de luna,
la que pone la pimienta
y el destello
en el mar de los días.

Te amo.



Antonio HM.

(30 de Junio, 2010)


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música: "The Parting", por Michael Hoppé (1986)
intérprete: Vangelis