
Una noche de agosto de hace cuarenta y siete años, mi querido tío Hermann se perdió en un sueño y ya nunca más volvió.
No notó en absoluto que se perdía, lo que sintió es que estaba regresando a casa, que por fin había encontrado el camino de vuelta al hogar...
Caminaba por unas montañas verdes a la luz inclinada del atardecer, y ante su mirada se desplegaba el valle de su infancia y el brillo de su juventud. Todos sus antiguos sueños le hacían guiños desde la arboleda y le susurraban al oído viejas y amables canciones. Divisó a lo lejos, entre las sombras, siluetas, figuras que le resultaban conocidas; le pareció reconocer a Hölderlin y a Novalis, también a Mozart, que sonreía tras un manzano. Más abajo, en la orilla del río, vió un pueblo, una aldea, y reconocíó todas y cada una de aquellas casas. ¡Sí, había vuelto a su hogar!
Siguió caminando, y de pronto una figura le salió al encuentro. Se presentó como un tal Siddharta, le saludó y le dijo que él era el peregrino que sabía tres cosas: pensar, ayunar y esperar... Más allá creyó ver asimismo al pintor Klingsor, que estaba sentado en una especie de jardín junto con Harry Haller, al que llamaban "lobo estepario", y ambos bebían alegremente y cantaban. A estas alturas del sueño, Hermann se creía inmerso en su
Viaje al Oriente y esperaba que en cualquier momento apareciera Leo, pero a quien vio a lo lejos fue a Knulp, el viejo seductor, que paseaba silbando alegremente por un sendero.
Era extraño este sueño, se dijo Hermann, pero muy agradable, porque aquí y allá encontraba viejos y queridos amigos. De repente, se encontró ante un extraño árbol, plantado en medio del camino, en cuya copa le pareció ver un rostro sonriente... ¡era Piktor! O sea, que estaba cerca del paraíso...
Continuó su andar, fascinado por tan buenos encuentros, y vio a una bella mujer, que dijo ser la princesa Fátima... Entonces, Hermann supo que estaba en el otro lado del círculo, que había traspasado la barrera, que no había vuelta atrás, pero ¿quién quería volver? Además, Fátima se parecía sospechosamente a su amada Ninon... Los dos cuerpos se acercaron lentamente, mirándose fijamente a los ojos, y se besaron con dulzura.
Así que, como digo, mi tío Hermann no volvió nunca de ese viaje, y en él sigue aún, gozando de sus sueños, los mismos que fue construyendo a lo largo de su existencia terrenal. Hesse siempre anheló penetrar en el corazón del iris, y por fin lo consiguió, después de muchos años de angustias y problemas.
Yo, a veces, le veo desde lejos, en mis esporádicas visitas al país de los sueños.
Antonio H Martín
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Imagen: "Para siempre Hesse"
fotomontaje de Gárgola, del blog
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