Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







viernes, 14 de agosto de 2009

El rayo



Ya bien entrada la noche, el maestro y su discípulo preferido se sentaron bajo el árbol del jardín, a la suave luz de la luna.
Era una noche apacible de agosto, y corría una fresca brisa que venía de las montañas.
En principio todo fue silencio. Cada uno miraba a cualquier parte, a su capricho, a las flores dormidas, a las hojas del árbol, a la luna que brillaba entre nubes de plata, a las montañas oscuras del horizonte...
Luego el maestro miró directamente a su alumno y le hizo una pregunta inesperada:

-¿Sabes qué diferencia hay entre un rayo y tú?

-¿Entre un rayo y yo...? Hace usted unas preguntas muy extrañas, maestro.

-¡Esa, ésa es la diferencia! ¡Los rayos no hablan!

El discípulo se quedó estupefacto, sin saber qué más decir. El maestro sonreía y de pronto las hojas del árbol comenzaron a moverse empujadas por un fuerte viento, el cielo se oscureció ocultando la luna y en pocos segundos una fina lluvia comenzó a caer.

-Maestro, quizá deberíamos meternos en la casa, aquí nos vamos a empapar...

-No, debemos esperar aquí a que venga.

-¿A que venga quién?

El maestro no respondió, sólo sonreía mientras miraba a las nubes. Y de repente, venido de la nada, apareció... el rayo.

-¿Ves? Esa es la cola del dragón...

Al poco tiempo se escuchó un imponente trueno.

-Y ésa es su voz.


AC.

jueves, 13 de agosto de 2009

La Tierra



¿Alguien recuerda alguna vez a Pachamama? ¿a la Madre Tierra?
La amiga Isis ya sé que sí, pero los demás solemos vivir inmersos en esa cosa llamada "mundo". Un mundo social con sus normas y sus costumbres, que nos envuelve y nos roba el corazón...
Vivamos como vivamos, la Tierra es nuestra madre y siempre lo será, lo reconozcamos o no, lo sintamos o no. De ella nacímos y con ella moriremos.
Todos somos hijos de la Tierra. Ya sé que asimismo somos hijos del cielo y las estrellas, pero eso sólo es porque Gea nos engendró... Sin Gea, Gaia, Pachamama o como queramos llamarla, no estaríamos aquí pensando, viviendo, sintiendo.
Así que cuidémosla, como a una madre, porque con ello nos cuidaremos a nosotros mismos. No siempre se lleva uno bien con su madre, no siempre, pero hay algo que siempre hay que guardar y mantener: el respeto. Y nuestra madre sin duda lo merece.
Todos nuestros sentires, todos nuestros sueños son parte de ella.

Un abrazo, desde este humilde cuaderno, a la Pachamama.

AC.

domingo, 9 de agosto de 2009

Escalones



Así como las flores se marchitan
y a toda juventud la vejez sigue,
florecen los peldaños
porque asciende la vida,
todo saber, toda virtud florecen en su momento exacto
sin que les sea dado durar eternamente.
A cada llamamiento, al corazón se exige
que esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
que esté dispuesto a darse, sin trabas y animoso,
a nuevas y distintas ataduras.
En la entraña de todo comienzo hay un hechizo
que a vivir nos ayuda, y nos protege.

Ledamente debemos recorrer los espacios;
no atarnos a ninguno como a una patria propia;
el espíritu cósmico no quiere encadenarnos ni oprimirnos,
aspira a que ascendamos, a que nos dilatemos peldaño tras peldaño.
Apenas intimamos con una nueva esfera de la vida
o nos acomodamos en un ámbito,
comenzamos sin duda a entumecernos;
tan solo el peregrino, tan solo el que está pronto a la partida
se hurtará a la parálisis que engendra la costumbre.

Aun la hora de la muerte puede que nos coloque
frente a nuevos espacios que hayamos de cruzar:
la vida jamás cesa de llamarnos...
¡Animo, corazón!: ¡di adiós y estás curado!


Hermann Hesse




____________________________

Imagen:
Fotomontaje de Gárgola, de We Create the Time
(el link en la anterior entrada y en la lista de blogs)

sábado, 8 de agosto de 2009

El último viaje


Una noche de agosto de hace cuarenta y siete años, mi querido tío Hermann se perdió en un sueño y ya nunca más volvió.
No notó en absoluto que se perdía, lo que sintió es que estaba regresando a casa, que por fin había encontrado el camino de vuelta al hogar...
Caminaba por unas montañas verdes a la luz inclinada del atardecer, y ante su mirada se desplegaba el valle de su infancia y el brillo de su juventud. Todos sus antiguos sueños le hacían guiños desde la arboleda y le susurraban al oído viejas y amables canciones. Divisó a lo lejos, entre las sombras, siluetas, figuras que le resultaban conocidas; le pareció reconocer a Hölderlin y a Novalis, también a Mozart, que sonreía tras un manzano. Más abajo, en la orilla del río, vió un pueblo, una aldea, y reconocíó todas y cada una de aquellas casas. ¡Sí, había vuelto a su hogar!

Siguió caminando, y de pronto una figura le salió al encuentro. Se presentó como un tal Siddharta, le saludó y le dijo que él era el peregrino que sabía tres cosas: pensar, ayunar y esperar... Más allá creyó ver asimismo al pintor Klingsor, que estaba sentado en una especie de jardín junto con Harry Haller, al que llamaban "lobo estepario", y ambos bebían alegremente y cantaban. A estas alturas del sueño, Hermann se creía inmerso en su Viaje al Oriente y esperaba que en cualquier momento apareciera Leo, pero a quien vio a lo lejos fue a Knulp, el viejo seductor, que paseaba silbando alegremente por un sendero.
Era extraño este sueño, se dijo Hermann, pero muy agradable, porque aquí y allá encontraba viejos y queridos amigos. De repente, se encontró ante un extraño árbol, plantado en medio del camino, en cuya copa le pareció ver un rostro sonriente... ¡era Piktor! O sea, que estaba cerca del paraíso...
Continuó su andar, fascinado por tan buenos encuentros, y vio a una bella mujer, que dijo ser la princesa Fátima... Entonces, Hermann supo que estaba en el otro lado del círculo, que había traspasado la barrera, que no había vuelta atrás, pero ¿quién quería volver? Además, Fátima se parecía sospechosamente a su amada Ninon... Los dos cuerpos se acercaron lentamente, mirándose fijamente a los ojos, y se besaron con dulzura.

Así que, como digo, mi tío Hermann no volvió nunca de ese viaje, y en él sigue aún, gozando de sus sueños, los mismos que fue construyendo a lo largo de su existencia terrenal. Hesse siempre anheló penetrar en el corazón del iris, y por fin lo consiguió, después de muchos años de angustias y problemas.
Yo, a veces, le veo desde lejos, en mis esporádicas visitas al país de los sueños.


Antonio H Martín

________________________

Imagen: "Para siempre Hesse"
fotomontaje de Gárgola, del blog We Create the Time

http://ahoraandnow.blogspot.com/

jueves, 6 de agosto de 2009

Somos libres ahora


No he visto esta película digitalizada de Final Fantasy, que creo que es una saga, pero me gustó mucho este vídeo, y sobre todo me encantó la música de Enya y eso de que diga que somos libres ¡ahora!
Espero que os guste.

AC.



___________________________

- We are free now
- Final Fantasy
- Enya

domingo, 2 de agosto de 2009

Crepúsculo




¡Ésta es mi vida, la de arriba,
la de la pura brisa,
la del pájaro último,
la de las cimas de oro de lo oscuro!

¡Ésta es mi libertad, oler la rosa,
cortar el agua fría con mi mano loca,
desnudar la arboleda,
cojerle al sol su luz eterna!


Juan Ramón Jiménez

(de Poesía en verso, 1917-1923)


sábado, 1 de agosto de 2009

El arpa III



He estado ausente unos días por simples razones climáticas, pero no quería acabar este mes sin añadir el texto que algunos me habeis pedido sobre el tema del arpa.
Así que pongo a continuación la última parte del escrito de "La apreciación del arte", para que se entienda mejor lo que quiso expresar Okakura y para que ilustre el cuento taoísta que nos narraba anteriormente, el de la "Doma del Arpa".

AHM.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

LA APRECIACIÓN DEL ARTE
(texto final)

por Okakura Kakuzo


Debemos recordar que el arte sólo es de valor si nos dice algo a nosotros. Puede ser un lenguaje universal en la medida en que nosotros seamos universales en nuestra simpatía. Nuestra naturaleza finita, el poder de la tradicción y del convencionalismo y nuestros instintos hereditarios restringen el alcance de nuestra capacidad de gozar con lo artístico. Nuestra misma individualidad establece un límite a nuestro entendimiento; nuestra personalidad estética busca sus propias afinidades con la creación del pasado. Es cierto que, con el cultivo, nuestro sentido de apreciación artística crece, y somos capaces de disfrutar de muchas expresiones artísticas que hasta entonces no reconocíamos. Pero, después de todo, vemos sólo nuestra imagen en el universo; nuestras idiosincrasias particulares nos dictan el modo en que percibimos. Los maestros del té coleccionaban solamente los objetos que caían estrictamente dentro de la medida de su apreciación personal.

En relación a esto recuerdo un relato que concierne a Kobori Enshiu. Enshiu era admirado por sus discípulos por el gusto admirable con que había formado su colección. Decían: "cada pieza es tal que uno no termina de admirarla. Muestra que tienes mejor gusto que Rikiu, ya que su colección tan sólo podía ser apreciada por uno entre mil". Lleno de pena, Enshiu replicaba: "Esto os prueba lo vulgar que soy. El gran Rikiu se atrevía a amar objetos que le gustaban personalmente, mientras que yo inconscientemente me proveo de lo que gusta a la mayoría. Verdaderamente, Rikiu fue uno entre mil entre los maestros del té".

Es muy lamentable que parte del entusiasmo aparente que existe hoy en día por el arte no tenga sus fundamentos en la sensibilidad real. En esta época democrática nuestra los hombres exigen lo que popularmente se considera mejor, independientemente de lo que les dicen sus sensaciones. Desean lo costoso y no lo refinado; lo de moda y no lo bello. Para las masas, la contemplación de periódicos ilustrados, el producto avalado por su propio industrialismo, parece dar un alimento de goce artístico más digerible que un cuadro italiano antiguo o los maestros Ashikaga, a los cuales fingen admirar. Para ellos el nombre del artista es más importante que la calidad de su trabajo. Como se quejaba un crítico chino de hace muchos siglos: "El público critica un cuadro con los oídos". Es esta carencia de apreciación genuina la responsable de los horrores seudoclásicos que hoy nos reciben a todas partes donde vayamos.

Otra equivocación corriente es la de confundir el arte con la arqueología. La veneración hacia la antigüedad es uno de los rasgos mejores del carácter humano y está muy bien que sea cultivado largamente. Los maestros antiguos son merecidamente honrados, porque abren un sendero hacia la iluminación futura. El mero hecho de que hayan pasado sin merma siglos de crítica y hayan llegado hasta nosotros cubiertos de gloria merece nuestro respeto. Pero seríamos tontos si evaluáramos sus logros basándonos simplemente en su edad. Y sin embargo, permitimos que nuestra simpatía histórica pase por encima de nuestra discriminación estética. Ofrecemos flores de aprobación cuando el artista ya está sin problemas en la tumba. El siglo diecinueve, preñado por la teoría de la evolución, nos ha creado el hábito de perder de vista al individuo entre las especies. Un coleccionista está ansioso por adquirir especímenes que ilustren un período o una escuela y olvida que sólo una obra maestra nos puede mostrar mucho más que cualquier número de productos mediocres de una escuela o período dado. Clasificamos demasiado y disfrutamos muy poco. El sacrificio del esteta al método científico de exhibición ha sido la ruina de muchos museos.

Las exigencias del arte contemporáneo no pueden ignorarse en ningún esquema de vida. El arte de hoy es lo que realmente nos pertenece: es reflejo nuestro. Condenándolo nos condenamos nosotros. Decimos que la era presente no posee arte: ¿quién es el responsable de esto? Es indudablemente una vergüenza que a pesar de todas nuestras rapsodias sobre la antigüedad, prestemos tan poca atención a nuestras propias posibilidades. ¡Batalladores artistas, almas agotadas languideciendo a la sombra del frívolo desdén! En este siglo de egocentrismo, ¿qué inspiración les ofrecemos?
El pasado puede bien mirar con piedad la pobreza de nuestra civilización; el futuro se reirá de la aridez de nuestro arte. Al destruir lo hermoso de la vida estamos destruyendo el arte. Ojalá un poderoso brujo pudiese, con el tronco de la sociedad, crear un arpa poderosa cuyas cuerdas resonaran al toque de los genios.


Okakura Kakuzo
The Book of Tea, 1956