Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







domingo, 9 de junio de 2013

En el monte frío...



Voy al torrente, a comprobar el fluir de su jaspe,
o a la ladera vecina, a sentarme en las peñas.
Mi mente, nube solitaria, en nada se apoya.
Cosas del lejano mundo... ¿para qué ir tras ellas?

Han Shan

(poema XVI)  


    Leer estos versos del Maestro del Monte Frío al filo de la medianoche, con la ventana entreabierta —por la que se cuela el frescor de una extraña lluvia intempestiva, coloca a la mente en un estado singular...
    Suenan muy seductoras expresiones como "lejano mundo" o "nube solitaria". Nos hablan de una rara libertad. Y esa imagen de una conciencia que "en nada se apoya"... nos acerca a sentirnos como cuando éramos niños y nuestros pies parecían caminar por encima de la hierba, cual si estuviéramos asidos a los hilos iridiscentes de los primeros sueños.
    Entorna uno los ojos, en un intento de atisbar el destello de antiguas vivencias interiores, y algo parece brillar en la lejanía. Aún queda un suave eco de aquello en el confuso espejo del tiempo. Entre la onerosa maraña de las tristes galerías, saturadas de figuras grises y opacas, que parecen querer ahogarnos con sus dedos de sombra, todavía hay un rincón de luz... Aquella luz que alguna vez casi olvidada descubrimos en un solitario paseo por el campo       —una alegre mañana o un rumoroso atardecer, cuando, libres aún del peso de lo oscuro y lo complejo, podíamos ver la primitiva belleza del mundo y escuchar el fluir de su música original. 
    Y entonces, animado por esa vislumbre, se atreve uno a decir en voz baja, a pesar del a veces sombrío cansancio y del lastre de los malos pasos, ese último verso del poeta de la montaña helada: «Cosas del lejano mundo... ¿para qué ir tras ellas?»
    Ante lo que la lluvia convierte su voz extraña y nos habla de nuevo, al igual que antaño, como una dulce aliada.


Antonio H. Martín 
(9 de junio, 2013)         

                                                                               

2 comentarios:

  1. Muy poco he leído de este poeta chino, pero siempre lo encuentro delicado y pausado.

    Coincide que acabo de leer de Yasunari Kawabata, Primera nieve en el monte Fuji, y ese tipo de narración delicado y lleno de preciosistas sugerencias me parece muy propio de la literatura oriental.

    Tu reflexión al hilo del poeta es muy interesante aunque un tanto desesperanzada, aunque al final parece que encuentras una vía positiva: no anclarse en el pasado (es una interpretación que puede estar equivocada, claro).

    Buen domingo y gracias por encontrarme, así te he encontrado a ti.

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  2. Hola, Laura.

    También yo he leído poco de Han Shan (al que conocí de la mano de Gary Snyder y Kerouac), pero todo me ha gustado mucho. Me recuerda al maestro Li Po.
    Kawabata es una dulce maravilla, un jardín en el que es un placer perderse.
    Mi texto es algo oscuro, sí, pero lo escribí buscando ese final, esa ventana abierta al presente. Al pasado es bueno, en ocasiones, recordarlo, pero obviamente es el hoy lo que nos interesa.

    Me gustó encontrarte, a través de un blog amigo (creo recordar que el de Luis Antonio), y me alegra que te hayas pasado por aquí.

    Un saludo, y buen domingo.

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