Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







miércoles, 30 de septiembre de 2009

Yolanda



Anoche tuve un sueño especial. Habitualmente, mis paseos oníricos están hechos de la materia de lo cotidiano, o sea que suelen ser caóticos, nerviosos y mediocres, pero el de anoche fue un sueño redondo, vital y feliz. No lo voy a contar, porque aún lo siento cerca y temo romper su encanto con mis palabras. Soy un mal traductor. Lo más que me atrevo a decir es que era un sueño sencillo, que contaba una historia simple y normal, pero que su aire, su luz y su música hacían vivo y presente algo muy querido y lejano.
En fin, ¿es imaginable volver a la inocencia, volver a la alegría y olvidar toda nuestra pesada colección de sombras? ¿O eso sólo ocurre en los sueños?

Regresar a casa, después de la larga, larga noche...


AC.
(septiembre, 1996)

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Imagen: Jennifer Love Hewitt

Mañana es ahora



"No permitas que los demás te confundan y, cuando

debas actuar, hazlo sin el menor titubeo ni duda.

Hoy en día la gente es incapaz de comportarse de ese

modo por falta de confianza en sí misma.

Si careces de confianza en ti mismo te aferrarás a las

cosas externas, quedarás a merced de los objetos y perderás

tu libertad."



Maestro Linji



Pero, ¿dónde puede uno encontrar esa confianza? ¿Qué se puede hacer para recuperarla? ¿Dónde está lo que -a causa de un montón de años mediocres- hemos perdido?
Por supuesto que me aferro a las cosas externas, y me paso el maldito día (maldito por mi culpa) buscando estímulos y asuntos que exciten mi sensibilidad, o lo que queda de ella. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Sí, ya sé. Conozco ese mágico camino que se abre entre la niebla. Sé donde se encuentra. Pero me falta la confianza necesaria para internarme en él.
Uno cada vez es menos de lo que fue y más de lo que será... Esta es la sensación más vívida. Pero, ¿se puede vivir con esto?

¡Saltar, saltar, cruzar el puente, romper las ataduras, beber con osadía el licor de la vida!
Mañana es ahora.


AC.
(domingo, 28 de agosto, 1994)

La casa del sueño



Nos cuenta Hermann Hesse en su Infancia del Mago que "la casa era grande y antigua, con muchas habitaciones parcialmente vacías, con sótanos y grandes pasillos en los que resonaban los pasos, y que olían a piedra y frescura, y desvanes interminables llenos de leña y fruta, y corrientes de aire y vacío oscuro."
Una casa así, aunque más pequeña, tengo yo en un sueño. Lo que más me gusta es el desván, que convertí en estudio, y es donde tengo los libros y los armarios con los secretos. Hace ya mucho que no voy por allí, y no recuerdo si encargué a alguien que la cuidara. Tengo que volver cuanto antes.
Pero sigamos con Hesse. Después de describirnos su casa de la infancia, donde muchos mundos cruzaban sus rayos, donde la luz jugaba en múltiples colores y la vida sonaba rica y polifónica, al final nos confiesa: "La casa era bonita y me gustaba, pero más bonito todavía era el mundo de mis ilusiones, más ricas todavía mis fantasías. La realidad nunca me bastaba, me hacía falta la magia."

Sí, la magia, Lástima que con los años esa dama se vuelva cada vez más esquiva... La pared de la realidad, esa supuesta y dura pared, desnuda y brutal, se hace más alta cada vez, más inviolable, más difícil de escalar, mientras que el aire suave del sueño, el sinuoso y brillante dibujo de la magia es cada día más inencontrable, más lejano, más perdido.
Definitivamente, tengo que volver a mi casa del sueño, al sueño de mi casa, subir al desván y abrir los armarios de los secretos.


AC.
(octubre, 1996)

sábado, 26 de septiembre de 2009

La manzana



Algo que me ocurre mucho últimamente es que, cuando voy andando por la calle y oigo las palabras de los que se cruzan conmigo, siento una aguda sensación de extrañeza. No es que no entienda lo que dicen, no es tampoco que no me importe o no me afecte. Es, simplemente, que siento una aguda sensación de extrañeza... ¿No es raro esto?
La verdad es que no sé qué decir. Hace tiempo mi respuesta hubiera sido bastante clara, pero hoy, en medio de estas profundidades, no veo gran cosa.
El caso es que resulta muy difícil vivir con esa extraña sensación, pero es aún más difícil vivir sin ella. ¿Con qué me quedo entonces?
Pues, si puedo elegir, con la manzana.


AC.
(septiembre, 1995)

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Imagen: pintura de Morano

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Lo abstracto



Era una tarde serena, tranquila, sin excesivo ruido. La gente estaba un poco como ausente, o al menos medio silenciosa. Los transeúntes pasaban por la calle y hablaban entre ellos, como siempre, o por el móvil, pero sin levantar demasiado la voz. Y los coches que recorrían las calles buscando aparcamiento no tocaban sus bocinas en los cruces, o llamando a sus familias para que bajaran a recoger los bártulos del maletero...
A Alfredo le parecía algo raro, pero lo agradecía profundamente. Era una tarde clara, con mucho sol, pero también había nubes, nubes viajeras que no entorpecían al sol pero dejaban un presentimiento de otoño, un acento de cercana lluvia en el ambiente con su presencia. Y además, corría el aire. ¡El aire... se movía! Y cuando el aire se mueve se mueve la vida.

Así que a Alfredo, asomado a su terraza de barrio, con la mirada bailando entre edificios, calles y nubes, le dio por pensar...

"Se puede decir que vine de lo abstracto y algún día volveré a lo abstracto. Pero incluso ahora que vivo en lo concreto, que tengo una forma definida, que respiro y pienso, que parece que 'existo', sigo siendo muy abstracto...
"De manera que a veces siento que en realidad casi no me he movido.
"Soy el mismo que ayer caminaba por la orilla del río, el mismo que subía a los montes para ver más amplio el horizonte, para acercar la lejanía, el que navegaba por las aguas brillantes de los libros amigos, el que buscaba la luz en otros ojos, el que sonreía entre los almendros al anochecer, el que se enredaba en los sueños y quería quedarse en ellos como si fueran su auténtica casa.
"Lo concreto muerde a veces, pero es sólo una sombra tenue en el mar de lo abstracto, una figura solitaria y sin poder en medio del océano.
"Cuando me vaya de aquí, será casi como si nunca hubiera venido. El azul del que vine me abrazará de nuevo, y esto de ahora será sólo un recuerdo, un breve trazo, quizá una mancha agridulce en el cuadro de mi existencia, una mínima sombra en el ángulo inferior izquierdo... Muy poca cosa en comparación con las dimensiones del cuadro, que, además, no es cuadrado, sino redondo.
"Sí, mi cuadro es redondo, circular, y da vueltas como una noria, tocando todos los puntos del universo, danzando entre calles, nubes, sueños y estrellas..."


AC.
(23 de septiembre, 2009)


jueves, 17 de septiembre de 2009

Cesco (II)


(El Hermano Sol, por Liz Hentschel)


DE LA INFANCIA DE SAN FRANCISCO DE ASIS (II)


por Hermann Hesse



Entre tanto, Francisco fue corriendo al jardincito de su madre, diminuta plantación de tres o cuatro pasos de longitud, consistente en un estrecho espacio relleno de tierra y conservado con trabajo entre los muros de las casas. Pocas flores había: los narcisos ya habían fenecido, los alhelíes estaban echando capullo, pero dos altas matas de lirios de color violeta estaban en plena floración. Eran de su madre. Le costó dar un empujón a su corazón, pero no obstante echó mano y arrancó casi todas aquellas grandes flores, tan hermosas. Los tallos jugosos crujían en su mano, miró una de ellas contemplando de cerca el cáliz blanco, en cuyo interior empalidecía el color violeta y se agrupaban en perfecto orden los estambres amarillos y peludos. Sintió que era una lástima arrancar aquellas flores.
Pronto regresó, dando a cada niño un lirio. El mismo se quedó con uno en la mano, se puso al frente de la procesión y emprendió la marcha. Así recorrieron la callejuela siguiente; la vistosidad de las hermosas flores de jardín y el ejemplo del caudillo, a quien todos conocían, atrajeron a muchos niños. Con flores o sin flores, se unieron a la procesión, y en la calle siguiente otros más, y al llegar por fin cantando a la plaza de la catedral, cuando ya los montes de poniente ardían en rojo azulado frente al cielo dorado, eran una gran multitud. "Mille, mille fiori", cantaban, y delante de la catedral empezaron a bailar y Francisco, lleno de ardor, con las mejillas encendidas, dirigía el baile. Transeuntes ociosos en su paseo vespertino y labradores que regresaban de sus campos se pararon a mirar; las chicas jóvenes elogiaron a Francisco, y por fin una se atrevió a hacer lo que todas deseaban: se acercó al apuesto muchacho, le dio la mano y siguió bailando con él. Risas y aplausos se mezclaron con el canto, y el juego de la función religiosa infantil se engrandeció por instantes convirtiéndose en alegre fiesta, como la risa infantil se va tornando sonrisa de mujer en los labios de una adolescente.

Con el crepúsculo todo había terminado, dispersándose la reunión. Francisco llegó a casa acalorado y conmovido, y sólo entonces reparó en que había participado en la procesión descalzo y sin gorro, lo que desde hacía algún tiempo evitaba cuidadosamente, ya que alternaba mucho con muchachos mayores y con los hijos de los nobles.
Después de cenar y haberse tenido que ir a la cama tras alguna resistencia, le volvieron a la memoria la Orden de caballería y las altas obligaciones varoniles que había asumido, las cuales le pesaban en el alma. Se puso pálido de ira y se censuró a sí mismo por haberse abandonado tanto. Con los ojos cerrados y los labios apretados se recriminó y despreció amargamente, como hacía con frecuencia. ¡Hermoso héroe, valiente Roldán que arranca las flores de su madre y se va a bailar y jugar con una caterva de niños pequeños! ¡Vaya un caballero! Un bufón es lo que era, un payaso y un frívolo... Sabe Dios cómo, siendo así, se le pudo ocurrir jamás querer ser algo grande y noble. Pero en el baile, ante la catedral, ¡cómo le había resplandecido la luminosidad vespertina y la tenue lejanía dorada en el corazón! ¿No era elocuente aquello, no atraía aquello, no reclamaba aquello, alto y ardiente como la llamada de un heraldo? ¡Y él había bailado y jugueteado y por fin hasta se había dejado besar por una muchacha labradora! ¡Comediante! ¡Bufón! Se clavó las uñas en el puño cerrado, gimiendo de humillación y acusándose a sí mismo. ¡Ah, así era todo lo que él hacía! Así era todo -empezando siempre bien y con intención elevada y noble, y luego llegaba un capricho, un viento, un aroma, una tentación de cualquier parte, y el noble héroe volvía a ser un rapaz de la calle y un tonto como siempre. No, no existían sueños elevados ni decisiones sagradas ni entusiasmos..., todo esto era para otros más nobles y más dignos que él. ¡Oh Lanzarote y Roldán! ¡Oh poesías épicas y fuego sagrado lejano en los montes del Trasimeno!

En el crepúsculo se abrió suavemente la puerta y entró la madre sin hacer ruido. Ahora que el padre estaba de viaje dormía ella en la misma habitación que Francisco. Calzada con ligeras zapatillas, se acercó a su cama.
-¿No duermes aún, Cesco? -preguntó dulcemente.
El estuvo tentado de hacerse el dormido, pero no tuvo valor. En lugar de contestar, tomó su mano y la retuvo. El amaba las manos de su bella madre, lo mismo que su voz, con una ternura casi de enamorado. Ella le dejó la derecha, acariciándole el pelo con la izquierda.
-¿Te falta algo, hijo?
El siguió callado un rato, luego dijo muy bajito:
-He hecho algo malo.
-¿Es grave, Francisco? ¡Cuéntamelo!
-Hoy he arrancado casi todas tus flores. Las flores azules, ¿sabes?, las grandes. Ya no están.
-Lo sé, lo he visto. Así, ¿fuiste tú? Yo creí que habían sido Filippo o Graffe. Tú no sueles hacer esas cosas tan brutales.
-En seguida me pareció que había hecho mal... Se las di a los niños.
-¿Qué niños?
-Vinieron unos niños. ¡Jugamos a mille fiori!
-¿Tú también? ¿Jugaste con ellos?
-Sí, de repente tomé parte. Sólo tenían flores marchitas de la pradera y lo quise hacer bonito.
-¿Habéis ido a la catedral?
-Sí, a la catedral, como antes.
Ella le puso la mano sobre la cabeza.
-No, no es grave, Cesco. Si solo hubieras arrancado las flores por capricho. Pero así..., verdaderamente no es grave. ¡Tranquilízate!
El se estuvo muy quieto, y ella le creyó apaciguado. Entonces volvió a hablar muy quedo.

-No es por las flores.
-¿No? Entonces, ¿qué?
-No lo puedo decir.
-¡Dímelo, cuéntamelo! ¿Tienes remordimientos?
-Madre, yo quisiera ser un caballero.
-¿Un caballero? Sí, puedes probar... Pero ¿qué tiene que ver eso?
-¡Sí que tiene! ¡Mucho tiene que ver! ¡Tú no me puedes comprender! Mira, yo quiero llegar a ser un caballero. Y no puedo. Siempre vuelvo a cometer tonterías. Ser un caballero es tan difícil, tan difícil... Un verdadero caballero no hace nunca nada malo, ni tonto ni ridículo, y yo también lo quisiera, también quiero ser así, ¡y no puedo! De repente me he ido hoy con los niños corriendo y he dirigido su baile. ¡Como un niño pequeño!
La madre volvió a reclinarle sobre la almohada.
-¡No seas tonto, Francisco! Bailar no es pecado. Un caballero puede bailar también alguna vez, cuando está contento y alegre, o cuando quiere dar una alegría a los demás. Mira, tú te atormentas con cosas que no son como tú crees. Nadie consigue todo en seguida tal como quisiera. Los caballeros también fueron muchachos y jugaron y bailaron y todo eso. Pero dime: ¿por qué quieres ser un caballero? ¿Porque son tan devotos y valientes?
-Sí, sí. Y también, ¿sabes?, luego podré llegar a príncipe o duque, y todo el mundo hablará de mí.
-¿Tiene que ser que todo el mundo hable de ti?
-¡Oh, sí! Me gustaría mucho.
-Entonces ¡esfuérzate para que siempre puedan hablar bien de ti! Si no, es mala cosa estar en boca de la gente.

Ella hubo de seguir un rato a su lado, teniéndole cogida la mano. Pensamientos extraños embargaron el corazón de la madre al comparar lo infantil de los deseos y propósitos del hijo con el apasionamiento y la dolorosa emoción que provocaban en él. Aquel niño hallaría mucho amor, eso era cierto, pero también experimentaría muchos, muchos desengaños. Un caballero no sería seguramente, aquello eran sueños. Pero algo excepcional le estaría destinado, para bien o para mal.
En la oscuridad trazó sobre él el signo de la cruz, y en su corazón le llamó con aquel nombre que él mismo adoptaría más tarde: Poverello.


Hermann Hesse
(1920)

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- de "Libro de Fábulas", por Hermann Hesse
- trad.: Mariano S. Luque
- Ed. Aguilar, 1961
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Imagen:
- El Hermano Sol
- óleo de Liz Hentschel
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- Dolce Sentire
- Fratello Sole, Sorella Luna
- Claudio Baglioni (1971)

jueves, 10 de septiembre de 2009

Cesco (I)




DE LA INFANCIA DE SAN FRANCISCO DE ASIS

(para Liz Hentschel)


por Hermann Hesse



-¡Cesco! -llamó la voz de la madre desde arriba.
Reinaba silencio y calor a última hora de una soñolienta tarde italiana.
Y otra vez la llamada atrayente y juguetona:
-¡Cesco!
El muchacho de doce años estaba sentado sobre las piedras polvorientas, en el rincón sombreado de al lado de la escalera, delante de la casa, casi dormido, las dos delgadas manos entrelazadas alrededor de sus rodillas puntiagudas, cayéndole un mechón de pelo castaño sobre la blanca frente infantil, en la que se dibujaba un entrelazado de finas venas.
¡Qué bien sonaba aquello! La voz maternal, tan dulce, ligera, alada, buena y amable, especial y distinguida como todo lo de la madre. Lleno de ternura seguía pensando Francesco en las llamadas maternas. Por un momento notó algo, como una sacudida, en las piernas; pareció que iba a levantarse de un salto, pero el débil movimiento se apagó rápidamente, y mientras aún sentía resonar la querida voz en la quietud soleada, sus pensamientos estaban ya lejos.

Cosas maravillosas había en el mundo. No todos los hombres probos estaban sentados como él, hundido en la sombra ante la escalera paterna, mimado por el padre y estimulado por la madre; desde todos los lados le miraban las casas vecinas, el pozo, el ciprés, los montes, siempre igual, siempre lo mismo. Había hombres que recorrían a caballo el mundo entero, Francia, Inglaterra y España, pasando por todos los castillos y ciudades, y dondequiera que pasaba algo malo, donde algún hombre piadoso era llevado a la muerte o donde estuviera alguna bella princesa encantada, allí aparecía el héroe, el caballero, el libertador, sacando su espada y haciendo el bien. Caballeros hubo que pusieron en fuga vergonzosa a todo un ejército moro. Navegando fueron hasta el fin del mundo, y delante de ellos proclamaba el huracán sus grandes y bizarros nombres y hechos por tierras y reinos. Así se lo había contado el día anterior Piero, el criado, de Orlando.

Guiñando los ojos miró Francisco por debajo de su mechón de pelo hacia el hueco al lado del tejado vecino, cubierto de musgo, donde entre los pilares de piedra de una pérgola de parra quedaba una estrecha perspectiva hacia la lejanía, sobre el llano bajo, la Umbría y los montes del otro lado, en cuya ladera se veía pegada una pequeña ciudad con su campanario blanco, infinitamente pequeña y lejana, y detrás el aire azul y una idea coloreada del mundo. ¡Cuán hermoso era aquello, y cuán torturador resultaba saber que todo allende el horizonte, todo, todo, ríos y puentes, ciudades y mares, castillos reales y campamentos de ejércitos, formaciones de jinetes con música, héroes a caballo y hermosas damas nobles, torneos y música de cítara, armaduras de oro y vestidos crujientes de seda, todo, estaba allá, infinitamente lejos del alcance de la vista, y sin embargo, allá esperaba, como una mesa puesta, preparado todo para el que viniera con valor a conquistarlo!

Sí, había que tener valor. Cabalgar acaso también a través de desiertos desconocidos, de noche, cuando todo rebosaba fantasmas y encantamientos hostiles y cuevas llenas de huesos humanos. ¿Tendría él, el hijo de Francesco Bernadene, tanto valor? ¿Y si caía prisionero y era llevado ante un rey moro henchido de ira? ¿Y si le encerraban, como castigo, en un castillo embrujado? No era fácil la empresa. Era inimaginable, difícil, tremendamente difícil, y pocos serían capaces de realizarla. ¿Tal vez su padre habría podido? Tal vez..., quién sabe. Pero si hubo alguna vez hombres que pudieron, si Roldán y Lanzarote y todos esos habían llevado a cabo sus gestas, ¿existía entonces para un joven otro camino que igualarse a ellos? ¿Podía uno jugar todavía con habichuelas o pepitas de calabaza, podía uno aspirar aún a ser artesano o comerciante, o sacerdote o cualquier otra cosa?

La blanca frente se plegó en profundas arrugas, los ojos se escondieron bajo las cejas fruncidas. ¡Dios mío, era difícil decidirse! Cuántos lo habrían intentado, fracasando y pereciendo ya en los comienzos, escuderos jóvenes y caballeros de cuya existencia jamás se enteró princesa alguna, a los que no aludía ninguna canción, de los que ningún mozo de caballos hablaba en sus relatos nocturnos. Desaparecieron, fueron muertos, envenenados o ahogados, despeñados desde alguna roca, comidos por dragones, encerrados a piedra y lodo en cuevas. ¡Emprendieron la marcha para nada; en vano soportaron privaciones y tormentos!

Francisco se estremeció. Se miró las manos, finas y bronceadas. Tal vez se las cortarían un día los sarracenos, tal vez clavadas con clavos en una cruz, tal vez devoradas por los buitres. Era horrible. Si uno pensaba cuántas cosas buenas había en la tierra, bellas, agradables, sabrosas... ¡Oh, qué cosas tan buenas! En otoño un fuego en la chimenea, asando castañas, y una fiesta de flores en la primavera, con las hijas de los nobles vestidas de blanco. O un caballo joven domesticado, como el que su padre había prometido regalarle cuando tuviera catorce años. Pero también había otras cosas mucho más sencillas, cien y mil, que eran hermosas y deleitables. Por ejemplo, estar sentado en la penumbra, con el sol en la punta de los pies, la espalda apoyada contra el muro fresco. O estar por la noche en la cama, sin sentir nada más que el suave calor blando y el dulce crepúsculo del sueño. O escuchar la voz de la madre, sentir su mano en el cabello. Y así había mil cosas, lo mismo estando despierto que dormido, por la noche o por la mañana. ¡Por doquier tanto aroma y delicados sones, tantos colores, tantas cosas amables y halagadoras!
¿Era preciso despreciar todo aquello, sacrificarlo todo, arriesgarlo todo? ¿Sólo por vencer a un dragón (o ser despedazado por él) o ser nombrado duque por un rey? ¿Tenía que ser así? ¿Estaba bien eso?

No se le ocurrió al muchacho pensar que nadie en el mundo, ni padre ni madre, le exigía tal cosa, que sólo su propio corazón le hablaba de ello, soñaba con ello y lo anhelaba. El sentía el reto. Un ideal se erguía ante él, una llamada le reclamaba, un fuego estaba encendido en él. Pero ¿por qué era tan difícil, tan pesado lo que más bello le parecía, el heroísmo? ¿Por qué había que elegir, sacrificarse, decidirse? ¿No podía uno hacer sencillamente lo que más le agradara? Mas, ¿qué era lo que le gustaba a uno? Todo y nada, todo por un instante, nada para siempre. ¡Ah, aquella sed! ¡Ah, aquel afán devorador! ¡Y con tanto tormento y secreto miedo!

Furioso, golpeó sus rodillas con la cabeza. Ea, sea, pues... El quería ser caballero. Que le mataran, que pereciera de hambre y sed en un desierto de arena: él quería ser caballero. Ya verían Marietta y Piero, y también la madre y sobre todo el tonto del profesor de latín. El volvería montado en un blanco corcel, con un yelmo de oro, adornado de plumas españolas, una gran cicatriz en la frente.
Con un suspiro se reclinó, mirando por entre las frondas de parra la lejanía envuelta en una bruma rojiza, donde cada sombra azul era un ensueño y una promesa. Desde el interior del almacén le llegaba el ruido que hacía Piero con las piezas de tela. La franja de sombra a su lado se había ensanchado, penetrando con marcados contornos en la calle soleada. Por encima de las colinas lejanas, el cálido cielo se volvía suave y dorado.

Subiendo por la callejuela iba acercándose un pequeño cortejo de niños, seis u ocho niños y niñas, marchando de dos en dos y jugando a procesión, con coronas de hojas alrededor de las nucas, y vestiditos polvorientos, y flores pratenses en las manos, ranúnculos y margaritas, geranios y salvia, arrancadas sin cuidado, medio tronchadas y ya casi marchitas, con hierbas entremezcladas. Los pies desnudos palmoteaban blandamente sobre el pavimento de piedra; un muchacho algo mayor patullaba al lado del cortejo, marcando el compás con sus zuecos. Cantaban todos a coro un pequeño verso mutilado, resonancia desfigurada de una canción de iglesia, con el refrán:

mille fiori, mille fiori

a te, Santa Maria


La pequeña peregrinación iba acercándose, y con ella entró un soplo de sonido y color en la callejuela muerta. Una chiquilla iba a la cola, haciendo una de sus trenzas, mientras sujetaba la otra juntamente con las flores con la boca, sin dejar por ello de canturrear. Algunas flores caídas yacían en el polvo detrás del cortejo.
Francisco acompañó inmediatamente la conocida melodía, canturreándola a su vez. También él había jugado a aquel juego muchísimas veces; durante mucho tiempo había sido su juego predilecto. Ahora -desde que se contaba entre los chicos mayores, participando de vez en vez en las fechorías prohibidas- hallábase distanciado de la primera inocencia infantil y también de aquel juego devoto, y él era uno de esos niños hipersensibles que, en los primeros cambios del alma, perciben ya, con un tono de advertencia entristecedor, la canción de lo perecedero de las alegrías. Aquel día sobre todo, después de tomar la decisión de ser un héroe, el juego infantil debió de parecerle una bagatela y una fruslería.
Con indiferente altivez iba contemplando a los pequeños a su paso. De pronto se fijó en que al lado de la niña del moño a medio hacer marchaba un chiquillo de unos seis años que con ambas manos llevaba muy en alto una sola flor tronchada; aunque casi jadeaba de fatiga, andaba con la solemnidad de un portaestandarte, y por más que desafinara al cantar, sus ojos resplandecían de unción y entrega llena de fe.

-Mille fiori -cantó fervorosamente-, mille fiori a te, Santa Maria.

Al verle Francisco, le sobrecogió de repente, caprichoso como era, la belleza y la devoción de este juego de flores, o más bien el recuerdo marchito de entusiasmos que había sentido en otro tiempo, cuando él hacía lo mismo. De un salto apasionado alcanzó a los niños: con un gesto de mando hizo que se acercaran y les ordenó esperar un momento ante la casa.
Ellos obedecieron -Francisco estaba acostumbrado al caudillaje, siendo además hijo de familia rica y respetada- y esperaron, con sus residuos de flores en las manos. El canto había enmudecido.

(...)


Hermann Hesse
(1920)

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- de "Libro de Fábulas"
- Hermann Hesse
- trad.: Mariano S. Luque
- Ed. Aguilar, 1961
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Vídeo:
- tema musical de "Hermano Sol, Hermana Luna"
- imágenes de "Spirit"