En esta soleada pero fría tarde, la última de este mes de abril, mientras intentaba poner un poco de orden en mi caótica y dispersa biblioteca, he tenido la peregrina idea de abrir uno de mis viejos cuadernos; que estaban allí, entre los libros, perdidos y casi olvidados. Y, tras sacudir el polvo de los años (en los dos sentidos), me he visto claramente en esos viejos espejos. Lo que me ha proporcionado interesantes momentos, a veces con acentos de asombro, en los que incluso he llegado a sonreír... Agradecido a esas letras, que actúan como pequeños puentes que enlazan tiempos lejanos, casi extraños al principio pero que pronto resultan fácilmente reconocibles. Y después, acompañado por los conciertos de Giuseppe Tartini (¡por fin vuelvo a oír música!), entre sus amables violines y violoncellos, se me ha ocurrido transcribir aquí algunos de sus fragmentos. Son retazos de las páginas de un diario de hace diez años (signos de otra vida distante), que ahora me sirven para despedir este lluvioso y frío abril y dar la bienvenida al alegre mayo, que presiento portador de sutiles y valiosos regalos. AHM (30 de abril, 2016) ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... (24 de septiembre, 2006) Después de sentarse en su trono, el recién elegido rey habló así a sus súbditos: —Ya hemos perdido el aura dorada de la juventud. Y la plata de nuestros sueños hace tiempo que se agotó. Ya no quedan canciones ni bailes junto al fuego, y tampoco dulces melodías a la luz de la luna. Hasta las estrellas parecen haber perdido su brillo de antaño. Así pues, llegó la hora de la verdad. Preparad vuestras armas, porque a partir de mañana vamos a... matarnos. Al despertar de una tranquila siesta, me levanto y se me ocurre escribir las anteriores líneas. No de una forma premeditada, sino que, aún medio dormido, las veo ante mis ojos y siento que tengo que escribirlas. ¿Qué significa esto? ¿Qué me está pasando? ____________________ (25 de septiembre) Son las cinco y media. Aún quedan casi dos horas de noche. Y me paro a pensar en aquella denuncia que me hacía cuando era joven: la de que no soy serio. Ya entonces, hace unos treinta años, me daba perfecta cuenta de mi problema vital. Sabía que no era serio y que sin seriedad no se llega a ningún sitio. Mis escritos empezaban pero nunca terminaban. Todo lo mío parecía siempre un juego, frágil e inútil. Nunca quise ser escritor, pero sí me gustaba escribir. Sin embargo, no podía pasar de la segunda o tercera página. Mi pensamiento se cansaba en seguida. No tenía la fuerza para continuar. Una cosa veo ahora clara: muchas palabras, cien páginas en vez de diez, no me van a servir de nada. No es eso la seriedad. .................... A mí no me circunda la luz, como a Nietzsche, pero no me engaña la sombra. Puedo quererla, porque amo la noche, porque amo el sueño. Pero la sombra no me engaña. .................... Una pregunta, ya en el mediodía: ¿Por qué no me deja mi conciencia degustar, saborear el no hacer nada? No trabajo, estoy todo el día metido en casa, tengo mucho tiempo libre, pero ¡siempre estoy haciendo algo! Todo sin importancia, claro, pero lo hago. Yo me defiendo bebiendo vino y gozando el consiguiente sueño. Pero cuando despierto, la sensación es aún más punzante: he perdido el tiempo durmiendo y no he hecho nada que merezca recordarse. ¿Cómo puede uno librarse de esta tensión? Pero ¿qué tengo que hacer? ¿Limpiar la casa, pintar las paredes, lavar la ropa, escribir un libro?... ¿Y si no tuviera que hacer ninguna de esas cosas? Quiero estar sentado frente a mi ventana, mirando cómo se mueven las copas de los árboles con esta brisa de otoño. Quiero ver durante horas cómo pasan las nubes y cómo el cielo va cambiando de color... Me encanta hacer todas esas cosas inútiles, que en realidad son un no hacer. Tengo que quitarme esta presión de encima, y respirar más hondo y más despacio. Y que cuando surja la acción —si surge—, sea siempre desde la serenidad. De la otra manera, uno hace cosas, pero nada que merezca la pena, porque todo está mal hecho. Yo, a mis 49 años, sé perfectamente que no soy "un hombre de provecho", esa chorrada que decían antes las madres y las abuelas. Ni lo soy ni lo seré nunca. Cada uno es como es. Mi vida siempre ha sido caótica y desordenada. Hay como una pequeña corriente interior que fluye discretamente bajo la superficie, como un riachuelo entre cavernas del cual sólo oigo a veces el murmullo, el susurro. Pero todo lo demás, como digo, es caótico y desordenado. Lo que quiero es entregarme a ese caos sin resistencia, dejarme llevar. Creo, sinceramente, que desde esta otra actitud podré oír mucho mejor el susurro de ese río. ____________________ (29 de septiembre) Dos cositas: A veces, o mejor dicho muchas veces, me gustaría poder desconectar mis oídos a voluntad. Sería gozoso evitar así la amalgama de ruidos circundante. Poder disfrutar de un amable silencio en medio de un entorno generalmente estridente y agresivo. Tengo unos tapones para ello, pero son insuficientes. Necesitaría, tal vez, unos cascos especiales, de obrero taladrador, para aislarme del ruido. Lo digo porque cuando estoy leyendo o escribiendo, y pasa por la calle un coche con su equipo de "música" a tope, con ese "bum-bum" que ahora está de moda, se me encoge el estómago y ya no puedo leer o me olvido de lo que quería escribir. (Con los ojos es más fácil. Sólo tienes que mirar hacia arriba en vez de hacia abajo. Pero los oídos lo captan todo, mires donde mires...) Y la otra cosa es: ¿podría haber soportado en el año feliz de 1979, cuando vivía en mi casita de solitario, ver una imagen de mí mismo del futuro, la actual del 2006? Seguramente que no. Me habría reído de este payaso de ahora, de este ser débil y maniático, y habría creído que algo así era de todo punto imposible. ____________________ (1 de octubre) Leo, por encima, el capítulo de Fernando Savater dedicado a la religión (de su "Diccionario filosófico"), y me encuentro con la actitud racionalista de siempre: que si las leyendas, que si las mentiras, que si todo son inventos para controlar, que si los "milagros" son patrañas para ignorantes... Según lo veo, el error de Savater (y de muchos como él) es confundir lo que hay detrás de la religión, o sea, su esencia, su verdad, con las legiones de "religionistas" o sectarios que la malinterpretan. Recuerdo ahora cuando le comenté a mi amigo don Jesús (maestro docente y entendido en filosofías) el caso de alguien que predijo el hundimiento de un puente. Yo, joven entonces, se lo relaté con entusiasmo, y él, maduro y escéptico, en seguida me lo rebatió con detalles racionales... O cuando le conté a mi antiguo amigo Isidro que había estado a punto de hacer un viaje astral, y me dijo que sólo eran imaginaciones, alucinaciones de la mente... ¿Alucinaciones provocadas por agua y tabaco? También se lo comenté, esto último del viaje astral, a otro antiguo amigo, Paco, y me contestó, con su característica gracia de pueblo, que aprovechase la ocasión y me comprara un "opel astra"... Con razón solía yo llamarle, años atrás, "Franciscus Ludibundus"... En fin, sin comentarios. Los racionales, buenos o malos, son como ciegos. Por cierto, observo que Savater menciona frecuentemente a Freud, pero nunca a Jung. Creo que cada uno piensa como es. Para mí el mundo siempre será mágico. Y eso es algo que no puedo explicar ni a Savater ni a don Jesús ni a Isidro, y mucho menos a Paco. Savater diría que soy un pobre y simple "creyente", y yo tendría que darle la razón. Reconozco que prefiero volar a pensar. ¿Pero no es acaso volar otra forma de pensamiento? ____________________ (2 de octubre) ¿Por qué una rueda, cualquier rueda, del vehículo o la máquina que sea, es siempre redonda? Un cenicero, por ejemplo, puede ser de muchas formas: redondo, cuadrado, rectangular, triangular, trapezoidal, poliédrico, etc, etc. Pero una rueda, siempre y en cualquier caso, es redonda. ¿Por qué?, repito. Pues porque una rueda sólo puede ser redonda. Sus posibilidades formales se reducen a una. Sus aplicaciones prácticas son múltiples y variadas, casi infinitas, pero siempre y en todos los casos, ya digo, ha de ser redonda. ¿A qué me suena esto? ¿No existe cierto paralelismo con el propio ser humano? Si un ser humano no es redondo, ¿qué es? Y sin embargo, ¿cuántos seres humanos "redondos" hay en el mundo? ¿O éstos no son, no somos, como la rueda sino, más bien, como el cenicero? Demasiadas preguntas para las diez de la mañana... ____________________ (13 de octubre) Si con respecto a nuestro planeta Tierra somos casi invisibles, en cuanto al Sol o cualquier otra estrella ya no tenemos ni nombre. ¿Qué no-nombre tendremos si nos referimos a la galaxia en que viajamos, a la Vía Láctea? Del universo, mejor no hablar. Y mucho menos del infinito. Entonces, ¿a qué viene tanta importancia? ____________________ (14 de octubre) Cuando miro a las estrellas, a veces siento, como esta noche, que estoy mirando directamente a la cara del misterio. .................... Uno ya es viejo, no cuando le empiezan a salir canas o a perder el pelo, o a fatigarse subiendo escaleras. Uno ya es viejo cuando se mira en el espejo y no se reconoce. Por mucho que se haga guiños e intente sonreír, el espejo permanece imperturbable. La imagen que tenemos delante, no hay duda, es la de un viejo. Me entran ganas de reír. Y para celebrarlo, me bebo un ardiente vaso de vino. ____________________ (26 de diciembre) Cuando el saxo empezó a sonar demasiado lento y dulzón, Martín despertó de su sueño y supo que aquél no era el lugar donde debía estar, que aquél no era su sitio. Cruzó el mar de cuerpos y buscó la puerta de salida. Afuera corría un aire frío, cortante, hiriente, pero lleno de libertad y con olor de estrellas. Y la luna, sola y brillante, sonreía... Antonio H. Martín (Diario de un obstinado - 2006)
UN SUEÑO (Hermann Hesse) Huésped de un monasterio, en las montañas, entré en su biblioteca cuando todos salían a rezar sus oraciones. En los muros fulgían, al crepúsculo, mil lomos de vetusto pergamino con raras inscripciones. Acuciado por mi sed de saber elegí un tomo al azar, con fruición, y leí: "El último paso para la incógnita cuadratura del círculo." Pensé al punto: "Este libro lo he de llevar conmigo." Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro, en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía: "De cómo Adán comió también fruta de otro árbol." ¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida! Adán es inmortal, por consiguiente... —"Mi estancia aquí —me dije— no es inútil." Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos ostentaba, lucientes, los colores del iris; pintado a mano, el título rezaba: "Analogía del sentido y carácter de los colores y de los sonidos. Demuéstrase a quien lea que cada tono musical es réplica de un único color, directo o refractado." ¡Oh, cómo destellaban a mis ojos los cromáticos coros, colmados de promesas! Me vino una sospecha, confirmada a cada nuevo tomo que escogía: ¡era la biblioteca del Edén! Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi entraña con mi hambre espiritual iba a saciarse, pues dóndequiera que se detuviese mi rápida mirada interrogante un tejuelo me daba respuesta promisoria: para todo apetito que sintiera había el fruto allí con qué saciarlo: aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante, aquel que satisface las ansias del maestro. Allí estaba el sentido íntimo y puro de toda ciencia y toda poesía, la hechicera virtud que sabe el modo de inquirir, con sus claves y su léxico, sutilísima esencia del espíritu guardada en esotéricos, magistrales volúmenes: llaves que dan acceso a toda disposición y todo enigma y llegan como gracia a quien las pide en el momento mágico preciso. Entonces coloqué con mano trémula sobre el atril uno de aquellos códices y descifré la magia de sus signos como cuando se intenta comprender en un sueño, medio jugando, cosas antes nunca aprendidas y, felizmente, aciértase. Y muy pronto yo, alado, traspuse los espacios astrales del espíritu y me hallé en el Zodíaco, y en este —¡oh, maravilla!— cuanto a la intuición de los humanos —hija de una experiencia milenaria— se abrió en revelación de alegorías armonizaba ahora con nexos siempre nuevos: viejos saberes, símbolos y hallazgos, preguntas trascendentes, nuevas siempre, recién alzado el vuelo volvían a acordarse unos con otros, así que en mi lectura (minutos, tal vez horas) volví a hacer el camino que hizo la Humanidad y dentro de mi espíritu cobijé de consuno el íntimo sentido de su saber más viejo y más reciente: vi y leí sus figuras jeroglíficas, desplegadas a veces, otras apareadas, otras veces dispersas, luego en orden perfecto, y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos, figuras alegóricas de ágil caleidoscopio, a cada paso ungidas de sentido novísimo. Y como atención tanta fatigara a mis ojos hube de levantarlos para darles descanso; entonces vi que no me hallaba solo: en el mismo salón, cara a los libros, hallábase un anciano —quizá el bibliotecario— atareado y grave, rodeado de tomos; ¿qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos?, ¿en qué consistía su afanoso trabajo? Quise saberlo al punto; para mí, ciertamente, era de entidad suma saberlo; le observé: Con delicados dedos seniles, requería un volumen tras otro volumen, y leía las palabras escritas en los lomos; soplaba con sus pálidos labios sobre el título —¡un título lleno de seducciones, garantía infalible de inagotables horas de exquisita lectura!—, lo borraba con suaves presiones de su dedo y, sonriendo, escribía otro título nuevo; daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro de este o de aquel estante, y de idéntico modo le cambiaba su título por otro diferente. Le contemplé, perplejo, largo tiempo, sin poder comprender qué estaba haciendo; me volví a mi tratado, del que solo leyera los primeros renglones, pero ya no encontraba la procesión de símbolos que antes me llevó al éxtasis; habíase disuelto, de mi mirada huía aquel cosmos de signos por el que avancé apenas, tan rico en precisiones del sentido del mundo; daba vueltas, nublábase e iba perdiendo fuerzas y acabó evaporándose sin dejar otro rastro que los pardos reflejos del huero pergamino. Sentí en mi hombro una mano, y levanté la vista: a mi lado encontrábase el solícito anciano. Me puse en pie. El, sonriendo, cogió mi viejo libro —un hondo escalofrío recorrió mis entrañas— y aplicó a su tejuelo la esponja de su dedo; en el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo seguido de preguntas y promesas vitales —novísimos reflejos de antañones problemas— con pluma cuidadosa de calígrafo experto. Y luego, silencioso, partióse con su pluma y con mi libro. Hermann Hesse
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Huésped de un monasterio, en las montañas, entré en su biblioteca cuando todos salían a rezar sus oraciones. En los muros fulgían, al crepúsculo, mil lomos de vetusto pergamino con raras inscripciones. Acuciado por mi sed de saber elegí un tomo al azar, con fruición, y leí: "El último paso para la incógnita cuadratura del círculo." En seguida, pensé: "Este libro me lo tengo que llevar." Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro, en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía: "De cómo Adán comió también fruta de otro árbol." ¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida! Adán es inmortal, por consiguiente... "Mi estancia aquí —me dije— no es inútil." Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos ostentaba, brillantes, los colores del iris. Pintado a mano, el título rezaba: "Analogía del sentido y carácter de los colores y de los sonidos. Demuéstrase a quien lea que cada tono musical es réplica de un único color, directo o refractado." ¡Cómo destellaban a mis ojos los cromáticos coros, llenos de promesas! Me vino una sospecha, que se confirmaba a cada nuevo tomo que escogía: ¡era la biblioteca del Edén! Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi interior, mi hambre espiritual, iba a saciarse, pues donde quiera que se detuviese mi rápida mirada interrogante un rótulo me daba una respuesta promisoria. Para todo apetito que sintiera, había allí el fruto con qué saciarlo: aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante, y aquel que satisface las ansias del maestro. Allí estaba el sentido íntimo y puro de toda ciencia y toda poesía, la hechicera virtud que sabe el modo de inquirir, con sus claves y su léxico. La muy sutil esencia del espíritu guardada en esotéricos y magistrales volúmenes. Llaves que dan acceso a toda disposición y todo enigma y llegan como un regalo a quien las pide en el momento mágico preciso. Entonces coloqué con mano trémula sobre el atril uno de aquellos códices y descifré la magia de sus signos, como cuando se intenta comprender en un sueño, medio jugando, cosas antes nunca aprendidas y, felizmente, se acierta. Y muy pronto yo, alado, traspuse los espacios astrales del espíritu y me hallé en las estrellas. Y en éstas —¡oh, maravilla!— cuanto atañe a la intuición de los humanos (hija de una experiencia milenaria) se me abrió en revelación de alegorías, armonizando ahora con nexos siempre nuevos. Viejos saberes, símbolos y hallazgos, preguntas trascendentes, nuevas siempre, recién alzado el vuelo volvían a acordarse unos con otros. Así que en mi lectura (minutos, tal vez horas) volví a hacer el camino de la Humanidad, y dentro de mi espíritu cobijé unidos el íntimo sentido de su saber más viejo y el más reciente. Vi y leí sus figuras jeroglíficas, a veces desplegadas, otras apareadas, unas veces dispersas, y luego en perfecto orden. Y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos, figuras alegóricas de ágil caleidoscopio, a cada paso ungidas de un nuevo sentido. Y como tanta atención fatigaba mis ojos, tuve que levantarlos para darles descanso. Entonces vi que no me hallaba solo... En el mismo salón, frente a los libros, estaba un anciano —quizá el bibliotecario— atareado y grave, rodeado de tomos. ¿Qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos? ¿En qué consistía su afanoso trabajo? Quise saberlo al punto. Para mí, ciertamente, era de suma importancia saberlo. Así que le observé... Con delicados dedos seniles, cogía un volumen tras otro, y leía las palabras escritas en los lomos. Soplaba con sus pálidos labios sobre el título (¡un título lleno de seducciones, garantía infalible de inagotables horas de exquisita lectura!), lo borraba con suaves presiones de su dedo y, sonriendo, escribía otro título nuevo. Daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro de este o de aquel estante, y de idéntico modo le cambiaba su título por otro diferente. Le contemplé, perplejo, largo tiempo, sin poder comprender qué estaba haciendo. Luego me volví a mi tratado, del que sólo leyera los primeros renglones. Pero ya no encontraba el proceso de símbolos que antes me llevó al éxtasis. Se había disuelto. Huía de mi mirada aquel cosmos de signos por el que avancé apenas, tan rico en precisiones del sentido del mundo. Daba vueltas, se nublaba e iba perdiendo fuerzas y acabó evaporándose sin dejar otro rastro que los pardos reflejos del huero pergamino. Sentí entonces una mano en mi hombro, y levanté la vista... A mi lado se encontraba el solícito anciano. Me puse en pie. Él, sonriendo, cogió mi viejo libro (un hondo escalofrío recorrió mis entrañas) y aplicó a su rótulo la esponja de su dedo. En el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo seguido de preguntas y promesas vitales (novísimos reflejos de antiguos problemas) con pluma cuidadosa de calígrafo experto. Y luego, silencioso, se fue con su pluma y con mi libro. Hermann Hesse ____________________ traducción: Mariano y Agustín Santiago Luque versión prosada: Antonio H. Martín
Hace ya algún tiempo que el amigo Alberto no me cuenta sus sueños... Y yo no le pregunto ni quiero indagar al respecto, porque sus razones tendrá. Pero no creo en absoluto que la causa sea que haya dejado de soñar. Me cuesta mucho imaginar al onírico señor Linde sin sus sueños. Pero de lo que sí hablamos hace poco fue de música, que de alguna forma está relacionada con los sueños. Fue por un comentario que le hice sobre los nocturnos de Chopin. El tema es que desde hace más de tres años no escucho casi nada de música, por motivos personales que no viene ahora al caso comentar. Pero una tarde, de hace unos meses, cuando iba a echarme una siesta después de comer, se me ocurrió poner un disco, para que me relajara y me ayudase a descansar y quizá entrar en algún leve sueño. Y pensé en Chopin y en sus nocturnos, que de joven disfrutaba con frecuencia. Pero la elección no fue nada correcta, porque a los pocos minutos me tuve que levantar y quitar el disco. Aquella música preciosa y dulce, a ratos lánguida y acariciante, que me deleitaba en la juventud, no sólo me puso algo nervioso sino que empezó a atraparme y a empujarme con una sutil pero fuerte mano de hierro hacia un estado de depresión. ¿Cómo era eso posible? ¿Tanto había cambiado con los años mi forma de leer sus notas, mi modo de sentirlas? ¿Había quizá menguado mi nivel de sensibilidad? Recuerdo que cuando entonces, con unos diecisiete años, relacionaba los nocturnos de Chopin con Lovecraft... Nada que ver un artista con otro, por supuesto, pero coincidió que cuando descubrí su música en la radio (grabándomela en una cassette que luego escuchaba muchas noches) estaba al mismo tiempo dedicado a varias lecturas del maestro de Providence. No eran los horrores de los relatos de Lovecraft lo que relacionaba con los nocturnos, evidentemente, sino ciertos pasajes en historias de su época dunsaniana en los que se entregaba a descripciones paisajísticas, que a mí me parecían poéticas, y hablaban de los viejos tejados coloniales de su amada Providence. La visión desde una colina al atardecer de esos tejados inclinados y como encantados, con ese fondo de nubes encendidas, y más tarde con Aldebarán despuntando en el horizonte le provocaban una intensa emoción, según contaba, y yo me quedé prendado de esa visión, emocionándome también. ¿Pero qué relación podía tener esto con la música de Chopin? Seguramente porque eran sus nocturnos lo que escuchaba mientras leía esos pasajes. Y en mi mente se estableció una singular y extraña conexión entre una cosa y otra. Así de simple.
Pero hoy hace ya muchos años que no leo a Lovecraft, y dudo que pudiera volver a hacerlo, más allá de esos pasajes que mencionaba. Y lo mismo me ocurría con Chopin, hasta que llegó esa tarde en que tuve la idea de poner el disco de sus nocturnos. Y la verdad es que fue lamentable notar cómo me ganaba la tristeza con una música que antes amaba y que en ese momento sentí como una sombra fría que empezaba a hundirme. Casi como si me viese inmerso en uno de los opresivos ambientes de las novelas de Lovecraft... El amigo Linde dijo que entendía mi negativa reacción, que le parecía natural, pero que el subjetivo vínculo entre Chopin y Lovecraft no explicaba nada. Porque ese vínculo se había establecido en relación a ciertos pasajes estéticos de Lovecraft que, en definitiva, muy poco tenían que ver con el tono general de su obra, dedicada exclusivamente al miedo más intenso, a lo que él llamaba "terror cósmico". Y después me comentó que recordaba haber leído un artículo de juventud de Hermann Hesse en donde el lobo estepario avisaba de lo "peligroso" de ciertas obras de Chopin, sobre todo de algunos de sus nocturnos. Se decía allí algo como que no debía uno entregarse demasiado a esas obras, a pesar de su evidente belleza, porque eso conllevaba un riesgo que podía incluso derivar en pensamientos de suicidio. Sobre todo si quien las escucha es un joven hipersensible, que anda todavía por el mundo con el corazón demasiado al descubierto. Al momento me pareció comprender de qué se trataba... Demasiada delicadeza, una sombra melancólica que se te iba clavando poco a poco en el pecho y un sutil pero venenoso acento como de desesperación. Alberto estuvo de acuerdo, y añadió que él lo que veía en los nocturnos de Chopin era una música exquisita, pero tocada casi siempre por la sombra de la tristeza. Aunque en ocasiones se presenta en ellos de repente un torrente de rebeldía, la tónica general suele ser de tristeza y de resignación, como si el compositor estuviese recordando amadas cosas perdidas o anhelando utópicos paisajes imposibles. El pobre amigo Chopin no hizo más que expresarse a sí mismo, derramar en las partituras de sus nocturnos sus más íntimos sentimientos. Con indudable belleza y maestría, sí, incluso genialidad. Pero también con esa al parecer ineludible sombra de tristeza. Murió antes de cumplir los cuarenta (se cree que de tuberculosis, enfermedad que entonces era considerada como "romántica"...) y nos dejó la apasionada, dulce y noble huella de su música, de sus sueños, sus alegrías y su dolor. Quizá sus poéticos nocturnos (me comentó asimismo Alberto, poniéndose un poco romántico), sean un emotivo homenaje a lo pasajero, a la fragilidad de una existencia inevitablemente transitoria. Sensibles baladas dedicadas a esas alegres flores que encontramos en el camino, esas sonrisas de colores... Y también a esos pequeños pero brillantes rincones de magia, a esos puntos de luz que a veces nos sorprenden en medio de la oscura niebla de la noche, y que sabemos que en breve, al igual que las flores, se desharán entre las implacables manos de un tiempo que nunca regresa. Después de escuchar sus palabras, se me ocurrió que quizá sería una buena idea el poner de nuevo en la caja de música ese disco de nocturnos. Como para ilustrar con las notas del piano lo que habíamos estado hablando y homenajear así un poco al amigo Chopin, contra el que nada teníamos... Pero sonriendo me dijo que mejor que no, que cada música tenía su tiempo. Y que no tenía nada de triste esa noche, ni tenía por qué tenerlo. De modo que no se puso disco alguno y salimos con nuestras copas medio llenas al fresco aire de la terraza. Para escuchar, durante un buen rato, la música del silencio. Antonio H. Martín (18 de abril, 2016)
De pequeño, Daniel era aficionado a la serie de televisión "Kung Fu". No era su favorita, pero sin duda estaba entre sus preferidas. Aunque las historias, ambientadas en el viejo oeste americano, solían parecerle flojas y los números de artes marciales, que invariablemente salpicaban cada capítulo, dejaban mucho que desear (dado que el actor no era experto en esas artes), le atraía el personaje protagonista, un monje shaolin llamado Kwai Chang Caine que andaba buscando a su perdido hermano en las lejanas tierras americanas. Le atraía su relación casi mística con la vida y el mundo, su valiente soledad y su forma de enfrentarse a los problemas que encontraba en el camino, que eran muchos. De esta serie le gustaban sobre todo las escenas en flashback, cuando el monje guerrero recordaba su pasado y se veía a sí mismo en el templo zen en el que fue adiestrado. Allí, entre la paz y el silencio del templo, en desnudas salas adornadas sólo con velas o en adustos jardines casi vacíos, su maestro ciego (quien gustaba de llamar a su joven alumno con el mote de "pequeño saltamontes") le transmitía el conocimiento mediante métodos simples pero eficaces. Así que Daniel, buscando el necesario contraste con la aburrida rutina del colegio (donde los profesores, ya fueran de física, lenguaje o matemáticas, solían impartir las lecciones a bofetadas), procuraba no perderse ningún capítulo de este "Kung Fu" televisivo que proyectaban semanalmente. Porque tenía la seguridad de que en el colegio sólo querían enseñarle cosas que no le interesaban en absoluto, cosas que se suponía iban a convertirle en un buen ciudadano y hombre de provecho, cosas que nada tenían que ver con su visión de la vida. Mientras que esa serie de televisión le mostraba otras cosas mucho más cercanas, atractivas e importantes. Con el tiempo preferiría ver películas como "Cuentos de la luna pálida de agosto", de Kurosawa, pero aún era un niño y las aventuras que le ofrecía la pequeña pantalla eran todo cuanto podía ver en casa (aparte de cómics y libros ilustrados), y lo que le servía en gran parte como compensación para contrarrestar ese pozo gris que para él representaba la absurda y a veces agobiante cotidianidad del colegio. En las aulas todo apuntaba a convertirle en un ser normal y uniformado, en un servidor más de la mediocridad, en otro actor del teatro del mundo. Pero esa serie de "Kung Fu" le hablaba de que era posible otra clase de vida, una vida libre y con conciencia propia, una vida individual y auténtica. No lo razonaba así entonces, pero era eso lo que sentía. Influido por esto, cogió la rara costumbre de salir en las noches de invierno al porche de la casa en camiseta... Cuando venían las gélidas oleadas, como aves grises y afiladas, se quedaba muy quieto, respiraba hondo y dejaba que éstas pasaran a su través... El resultado es que inmediatamente desaparecía la sensación de frío, y podía estar allí un buen rato sin sentirla, sin tiritar ni siquiera un poco, tranquilo y a gusto, casi como si estuviera en una noche de verano. Recuerda especialmente cómo el frío le traspasaba en esos momentos, para después dejarle en paz, sin volver a tocarle, como si respetara su osadía... Esto le hacía sentirse feliz, como si hubiese conectado con el lado mágico del universo, con una extraña fuente de poder que normalmente permanecía oculta tras el velo de una realidad que, al parecer, tenía mucho de ficticia. Y sucedió así regularmente, hasta que una noche fue descubierto por su familia, y le prohibieron terminantemente hacer esas locuras, que podían costarle un serio resfriado. No volvió a hacerlo. Pero le quedó grabado en la memoria el poder de la mente, y la certeza de que un cambio en el tono de la propia actitud podía variar los efectos de fenómenos naturales, como el frío o el calor. Lo que también funcionaba (como comprobó en otras ocasiones) con asuntos interiores, como la tristeza o la ira. Claro que por aquel entonces, con sólo once o doce años, se decía amigo del viento. Y la nieve era como su aliada. Una tarde de viento, cerca del crepúsculo, le podía transportar a una esfera de ensueño, como si el aire le trajera el aroma de un invisible paraíso cercano. Y una buena nevada transformaba el mundo para él de tal manera que se sentía directamente en ese paraíso. Muchas nevadas han pasado desde aquel tiempo, y muchos vientos. Hoy se abriga en invierno todo lo que puede y caldea su habitación por las noches con una buena estufa. Pero, de vez en cuando, aún se aventura a salir de casa alguna de esas noches, aunque esté helando intensamente, y camina durante una hora por las solitarias calles del pueblo. Cuando siente el afilado mordisco del frío, que le impele a volver a casa, se acuerda de aquellos años lejanos y sigue caminando aún un rato más. Como si buscara aquel hechizo de la infancia, aquella ilusión, que le permitía lograr que el aire helado pasara a través suyo, casi como si no tuviera cuerpo, o como si éste se abriera para dejar que el frío le traspasase sin afectarle. De acuerdo en que posiblemente aquello se debía a una simple sugestión. Pero el caso es que le funcionaba, al menos en aquel entonces, y mientras todos andaban envueltos con jerseys, abrigos, gorros y bufandas, Daniel iba con el torso casi desnudo, y caminaba por la noche helada como si estuviera en el paisaje amigo de un sueño. Era su pequeño zen del frío. ¿Pero se atrevería hoy, en alguno de esos paseos nocturnos de crudo invierno, a quitarse la chaqueta y la camisa y quedarse sólo en camiseta? Dos poderosas razones le aconsejaban lo contrario. Una, el ridículo que representaba la posibilidad de ser visto por alguien del pueblo. No solía pasear nadie a esas horas intempestivas, las calles estaban vacías, pero casi siempre se cruzaba con el coche de algún vecino que inexplicablemente circulaba por ahí, viniendo o yendo no sabía ni de dónde ni adónde... Y otra, el riesgo claro de que, debido a su edad, pudiese pillar un severo resfriado, de esos que hacen que se tenga fiebre alta y te dejan unos días baldado sin poder levantarte de la cama. Pero, aun así, hay ciertas locuras que nunca desaparecen del todo, y Daniel, a pesar de los años, sigue siendo un adicto a ese tipo de locuras... Antonio H. Martín (31 de marzo, 2016)
Conozco al amigo Alberto Linde, el viajero onírico, desde hace muchos años, y mientras veía la otra noche la antigua película "La Máquina del Tiempo", de 1960 (basada en la novela homónima de H. G. Wells, de 1895), recordé una curiosa escena en su compañía, de hace sólo unos meses. Sucedió durante una de nuestras tranquilas e íntimas conversaciones nocturnas después de los habituales paseos por el valle. Me habló de un deseo muy querido, de un fuerte anhelo de sus primeros años. Sonreía al recordarlo, pero me confesó que entonces casi llegó a obsesionarle... Se trataba de que cuando empezó a tener sueños importantes, sueños lúcidos y sorprendentemente intensos, le atrajo tanto ese mundo interior y mágico que se le ocurrió la peregrina idea de que le encantaría tener una "máquina de los sueños"... Es decir, no una máquina generadora de sueños sino una que grabase los suyos propios, para después poder verlos atentamente en una pantalla, como en un cine o un televisor. Ya por aquel entonces, hacia el final de su infancia, a los nueve o diez años, era muy consciente de que esa máquina no existía y de que seguramente era imposible de construir, pero se deleitaba imaginando su realidad. Y tenía muy claro que si lograse tener esa fantástica máquina en su poder no haría más que dos cosas en esta vida. La primera, soñar, y la otra mirar sus sueños en esa pantalla durante horas y horas, olvidándose del mundo. No concebía entretenimiento ni ocupación más interesante ni más valiosa. Ninguna otra cosa le parecía ni siquiera comparable. Así que todo lo que haría sería eso: soñar y luego ver y revivir sus aventuras ante una pantalla. No saldría casi de casa ni tendría casi relación alguna con nadie. Tal era la fuerza con que le atraían el juego y la danza de esferas brillantes y multicolores del universo de sus sueños. Le pregunté por la causa de ese extraño deseo, y me respondió que la idea había surgido, probablemente, porque le costaba mucho soportar la sensación que tenía después de despertar. Una sensación decepcionante, como de exilio y de pérdida. Recordaba, por un lado, que en uno u otro sueño había sido inmensamente feliz, y el contraste con la prosaica y algunas veces amarga realidad del mundo cotidiano le dejaba abatido y sin ánimos. Y por otro, que en muchas ocasiones sabía con certeza que había encontrado en algunos de sus sueños tesoros inapreciables, que luego, en la vigilia, era incapaz de recuperar. No tesoros de oro y joyas, sino auténticos tesoros de vida, como fórmulas mágicas, caminos de cuento de hadas que llevaban a paraísos, a paisajes y ciudades en los que uno quería quedarse mucho tiempo, o incluso para siempre. Por eso pensaba que sería ideal tener esa máquina de sueños. Aparte de para revivir aquellas aventuras oníricas y volver a maravillarse con ellas, también para poder reencontrar esas fórmulas mágicas, esos caminos ocultos... Con el tiempo fue consiguiendo tal maestría en su modo de viajar, a lo que mucho más tarde llamaría El País del Sueño, que olvidó lo de la máquina. Ya no le era necesario imaginar ni desear tal artilugio porque podía elegir volver a determinados sueños sólo con su voluntad. La manera en que llegó a esa asombrosa pericia es un misterio, hasta para él mismo, pero supongo que era algo que estaba y está en su particular naturaleza de soñador nato. Al igual que en algunos hay una natural predisposición para la pintura o la música, él había nacido con una rara habilidad para soñar. Sobre ese punto, Alberto siempre ha preferido mostrarse más bien reservado. Pero no por hacerse el enigmático ni por ninguna otra presunción o arrogancia, ausentes en su carácter, sino porque se trata de algo tan personal y tan poco expresable en el lenguaje cotidiano, que considera que es mejor quedarse callado y correr un tupido velo sobre el asunto. Después de comentarme su recuerdo de la máquina, me preguntó directamente qué me parecía semejante idea. Si a mí también me gustaría disfrutar de ese increíble artefacto y poder luego observar mis sueños como en una película... En principio, no supe qué contestar y necesité más de un minuto para imaginarme en esa inusitada actividad. Aunque complicada y algo estrambótica, como de ciencia ficción, la idea me gustó. No todos los sueños, desde luego, porque en mi caso muchos son ciertamente olvidables, pero sí algunos sueños... Esos de los que uno se despierta con una intensa sensación de haber vivido, como difícilmente ocurre en la normal existencia de todos los días. Así que asentí y le dije que me gustaría tener esa experiencia, al menos alguna vez. En ese preciso momento sonó el timbre de su teléfono móvil. Debía ser una llamada de carácter privado, porque Alberto salió a la terraza para contestar. Me quedé solo en el salón, fumando tranquilamente mi cigarro y apurando lentamente la copa de vino. Dándole vueltas a esa idea de la máquina de sueños... A través de la ventana se veía la luna, en cuarto creciente y rodeada de pequeñas nubes que se encendían con su presencia. Estaba muy a gusto en mi sillón, la noche era serena y silenciosa y mi mejor amigo estaba ahí cerca, en la terraza. De modo que, pasados unos veinte minutos o media hora, me quedé adormilado y tuve un leve sueño... Soñé, o imaginé, que Alberto, con una rara sonrisa, después de oír mi respuesta a su pregunta sobre la máquina, se levantaba e iba hacia el sofá sobre el que había dejado su maleta. La abrió y sacó de ella un estuche de tela dura, como los que se usan para llevar los ordenadores portátiles. Lo puso en la mesa baja ante la que nos sentábamos, y al descorrer la cremallera me encontré frente a un extraño aparato... —Ahí la tienes —me dijo escuetamente. —¿Cómo? ¿Estás de broma? ¿Quieres decir que...? —Sí, aunque no la buscaba, porque no me hacía falta, la encontré. De una extraña manera, pero la encontré. Ésta es una máquina de los sueños como la que deseaba cuando era niño. —No me lo puedo creer, Alberto, es imposible. No existe una máquina así. —Eres libre de pensar lo que quieras, amigo. Lo único que puedo hacer es dejártela un tiempo para que la pruebes, y ya me contarás. Me quedé mirando fijamente al aparato. Una caja negra metálica de poca altura, sin adorno de ningún tipo, con los lados pintados de un azul oscuro brillante. Por supuesto, no daba crédito, pero viniendo del amigo Linde... Pensé vagamente en aquella película ("Brainstorm", creo que se llamaba) en la que había una máquina que registraba en una cinta las experiencias y visiones internas de quien la usaba. Y luego, conectándose a la máquina, otra persona podía ver y sentir esas mismas experiencias y visiones como si fueran propias. Ahora que había tantos avances tecnológicos, con ayuda de la mecánica cuántica, ¿habrían inventado por fin una máquina que grabase los sueños? Y empecé, casi sin darme cuenta, a fantasear sobre su uso. La verdad es que sería muy grato poder ver algunos sueños, pensé. Sobre todo esos tan vívidos, los raros y los felices, que te dejan la sensación de querer regresar a ellos. Y además estaba el atractivo de esa peculiaridad onírica del cambio de perspectiva, por la que cambia el punto de vista y uno puede ver la escena desde sí mismo, como protagonista de la historia, y un segundo después desde fuera, como un espectador que, en una especie de desdoblamiento, se ve a sí como si fuera otro, pero sintiendo que es uno mismo... Imaginé que sería alucinante poder observar todo eso en una pantalla. Así que agradecí a Alberto el préstamo de la máquina, a pesar de mi lógica incredulidad, y me quedé con ella. Luego seguimos hablando un rato más del tema de los sueños y a continuación de otras cosas. Pero ya no pude evitar durante esa velada mirar de vez en cuando de reojo a la extraña máquina, ansiando el momento de estar a solas con ella en la intimidad de mi habitación. Al abrir la máquina me encontré, para mi decepción, con un moderno ordenador portátil de última generación. Con un diseño nuevo y muy estilizado pero básicamente lo mismo de siempre. Es decir, la típica pantalla y el típico teclado. Solté una carcajada (no exenta de un hilo de amargura) y me pregunté después, cuando ya había superado la sorpresa, el por qué de esa broma... Porque no es el amigo Linde muy amigo de bromas, y menos en lo referente al tema de los sueños. Al día siguiente, inquirí a Alberto sobre el asunto. Y nos reímos a gusto mientras tomábamos el desayuno. Aunque yo lamentaba por dentro el haber sido tan ingenuo. Después, poniéndose serio, me dijo lo siguiente: —Amigo, la máquina de los sueños existe de verdad, no lo dudes. Pero está en ti. No es necesario ningún artefacto manufacturado para ver de nuevo aquellos sueños que te impresionaron en su momento. Es ciertamente posible rastrear esa huella , y no sólo volver a verlos sino volver a vivirlos... Quedé de acuerdo, porque por lo que me había contado de sus experiencias era realmente como decía. Pero le reconocí asimismo que eso era algo para mí muy difícil de conseguir, casi imposible. Porque no todos tenemos su habilidad para soñar. Y entonces el amigo Alberto me prometió que me enseñaría algunos de sus secretos para viajar. Alberto Linde se fue esa misma tarde, de regreso a su lejana casa en las montañas. Pero se le olvidó llevarse ese estuche con la caja negra. En cuanto lo descubrí, pensé en llamarle para decírselo, pero..., bueno, me lo había prestado por un tiempo, así que no ví ninguna urgencia en ello. Y esa noche, antes de acostarme volví a abrir el maletín y puse sobre mi mesa ese moderno ordenador. Al encenderlo me pidió una contraseña de acceso, y no se me ocurrió otra cosa que escribir "máquina-de-los-sueños"... Y, extrañamente, funcionó. El sistema operativo se puso en marcha y en la pantalla salió un menú en el que se me pedía que tecleara una fecha o un nombre. Y supuse, fantaseando de nuevo, que se refería a mis sueños. Por supuesto que no pensé en ese momento que era imposible que respondiera adecuadamente, porque no había ningún registro de mis sueños en esa máquina, pero la lógica onírica suele pasar por alto ese tipo de detalles. Así que escribí en el teclado una fecha en concreto, una en que recordaba haber tenido un buen sueño. Fue impresionante ver cómo tomaba forma en la pantalla la imagen de aquella casa, bajo una luz de atardecer, y la de alguien que en ese entonces la habitaba y que me miraba sonriente desde la puerta, invitándome a entrar... El sonido de unos pasos me indicaron que Alberto volvía de la terraza, y me desperté de mi duermevela. Con el sueño bailando y brillando aún en mi mente. Y en seguida se lo conté, antes de que se difuminase. Había pasado casi una hora, y me sentía como si hubiera viajado a otro mundo, aunque creía no haberme dormido del todo... Nos reímos a gusto, como en mi sueño. Y exactamente como en mi sueño, me dijo que la máquina de los sueños existía, pero que estaba en el interior. Y añadió también esa promesa de mostrarme algunos secretos para viajar. Me dijo que puede que él tuviera ciertas habilidades desde niño, pero que todo se podía aprender. Sólo había que dejarse guiar, llevar un buen farol y andar el camino. Y, bueno, esa fue la escena que recuerdo de hace unos meses con el amigo Alberto Linde. Ahora pienso que estaría muy bien tener una máquina del tiempo, pero creo que una máquina de los sueños estaría mucho mejor.
«No basta abrir la ventana para ver los campos y el río. No es suficiente no ser ciego para ver los árboles y las flores. También es necesario no tener ninguna filosofía. Con filosofía no hay árboles: no hay más que ideas. Sólo hay como una cueva en cada uno de nosotros. Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo fuera; y un sueño de lo que podría ver si la ventana se abriese, que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.» Fernando Pessoa (Poemas de Alberto Caeiro) «Los sueños no son creaciones premeditadas y arbitrarias, sino fenómenos naturales, que no son otra cosa que lo que representan. No engañan, no mienten, no falsean ni encubren, sino que anuncian ingenuamente lo que son y piensan. Sólo son enojosos y equívocos porque no los comprendemos. No emplean artificio alguno para ocultar algo, sino que dicen lo que forma su contenido, tan claramente como les es posible a su modo. Podemos también comprender por qué son tan peculiares y difíciles: la experiencia muestra concretamente que se esfuerzan constantemente en expresar algo que el Yo no sabe y no comprende.» Carl G. Jung (Psychologie und Erziehung) Hace un par de noches soñé que viajaba a un país lejano. El sueño era complicado y estaba lleno de detalles que no puedo recordar ahora con exactitud. Bueno, ni con exactitud ni con aproximación. Sólo quedan vagas sensaciones. Pero sí recuerdo algunas cosas... Recuerdo que, embarcado en un tren, veía desde la ventanilla que estaba, inexplicablemente, en México, donde nunca he estado realmente. Observé que ante mí pasaban pequeños núcleos urbanos, con casas blancas y gente tranquila que me gustaron mucho. Y durante unos momentos el tren fue muy despacio, y pude asomarme y ver muy de cerca unas flores silvestres que estaban junto a las vías. Ver esas flores, rojas, violetas y amarillas, me emocionó de tal manera que lloré. Lloré como hace mucho tiempo no lo hacía. Lloré de alegría. Más tarde sucedieron otras cosas extrañas, como hablar con un caballo... Pero eso ya es otra historia. Hablan los físicos modernos de que hay once dimensiones en el universo. Las tres dimensiones visibles de este mundo, la cuarta del tiempo, una quinta (que desconozco a qué se refiere), y seis más, absolutamente desconocidas. Según sus cálculos y ecuaciones parece que debe ser así... Digo "universo", pero parece que ya se habla habitualmente (ya era hora) del multiverso o de universos paralelos. Dice la Teoría de Cuerdas que posiblemente el Big Bang fue el resultado de un choque (o varios) entre dos de esos universos paralelos, y que no fue el primero sino que hubo más, y los seguirá habiendo. Es decir, que el Big Bang no fue, realmente, una singularidad. A mí, que no sé nada de física, ni clásica ni moderna, me parece lógico que por fin se vea así. Porque siempre me sonó a imposible el que el universo hubiera surgido de la nada. ¿Qué provocó esa extraordinaria condensación de energía y su posterior deflagración? ¿Y dónde estaba anteriormente y de qué forma esa energía condensada o dispersa? ¿En la nada? ¿Qué es "la nada"? ¿Qué sentido puede tener eso de "la nada", si es imposible que algo así exista...? Hablar de un vasto océano indiferenciado, de un magma primigenio, y, por contra, de un orden conformado y armonizado, de caos y de cosmos, lo entiendo, pero el concepto de la nada me parece absurdo. Las antiguas sabidurías ya hablaban de una sucesión de "creaciones", de universos que surgen, se expanden y luego se destruyen, para formar nuevos universos. Después del Ragnarok nórdico, en el que morirán todos los dioses y sus mundos, vendrá el amanecer de un nuevo universo con otros dioses y otros mundos. Y esto parece que ha sido, es y será siempre así. A las edades de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro las seguirán nuevas edades, en un nuevo ciclo... De manera que el universo que conocemos puede haber nacido con ese famoso Big Bang, pero esto no representa más que un capítulo en la interminable historia de la vida. Una historia sin principio y sin final. Sea como fuere, y sin querer meterme en laberintos que me caen demasiado grandes, yo me quedo con esas flores silvestres que me hicieron llorar de alegría, las que me encontré en un sueño. Lo que significa ese sueño no puedo saberlo, pero me quedo con la afirmación de Jung, de que los sueños nunca mienten... Y en cuanto a Pessoa, no hay problema, porque yo no tengo ninguna filosofía, más allá de cuatro ideas poco hilvanadas, pero dictadas por el corazón. Antonio H. Martín (18 de marzo, 2016)
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imagen 1: de B.I.G. (Banco de Imágenes Gratuitas) imagen 2: Alan Cleaver
Hace tiempo escribí aquí algo sobre esa antigua verdad de que el hogar está en el corazón y en ninguna otra parte... Lo que no quiere decir que no sea necesario además encontrar algún sitio en el mundo en el que podamos sentirnos en casa. Ese lugar sería el refugio, acogedor y seguro, la pequeña torre donde se concentra y se expresa, libre y satisfactoriamente, la personal dimensión de "lo nuestro", con sus objetos, sus colores y aromas, sus iconos y fetiches, con todo aquello que conforma nuestro mundo individual y se traduce en reconocimiento y sensación de compañía. En definitiva, en nuestro hogar. Muchas veces ese encuentro no se consigue fácilmente, y puede incluso llevar casi toda una vida el hacerlo. Hay quienes aún están en la búsqueda, después de mucho tiempo, procurando no perder del todo ese frágil hilo de la ilusión y la esperanza, a pesar del curso de los años, que se suceden cada vez con mayor rapidez, y siguen confiando en poder hallarlo algún día. Pero también hay otras ocasiones en que es la casa quien busca dueño... Sí, casas solas, vacías, viejas y abandonadas, sin moradores, sin inquilinos, sin voces ni risas, sin presencias. He visto muchas, y parecen llamarte a través de sus tristes ventanas, por las que no se asoma nunca nadie. Imaginemos que una buena mañana algunas de esas casas, cansadas de la soledad, del vacío y el silencio, decidieran levantar sus cimientos y saliesen a caminar por el mundo. No sólo para buscar a alguien amigo que quiera residir en ellas, sino sencillamente para ver nuevos paisajes, nuevos horizontes y distintas perspectivas, y quizá también para encontrar un sentido a su existencia. Enfrentadas, como cualquier ser humano, entre temores y asombros, al misterio de la vida y a las penumbras de un destino incierto, azaroso e imprevisible. Quizá porque las casas, como ocurre con algunos animales de compañía, terminan impregnándose del carácter de quienes las habitan o habitaron. Parece imposible, pero como la imaginación no tiene límites... Antonio H. Martín (7 de marzo, 2016)