Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.
Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.
AMB
martes, 8 de julio de 2014
La infinitud del inconsciente
(Otro sueño de Jung...)
«Todos son claros, sólo yo soy opaco.»
Lao Tse
Una vez más me quedo gratamente sorprendido mientras sigo buceando en las memorias interiores de Carl Gustav Jung. (¡Y aún me quedan, afortunadamente, unas cien páginas de interesante y apasionante lectura!). Se trata ahora de otro sueño suyo, de otra visión, que tuvo lugar después de su enfermedad de 1944, de la que hablaba aquí hace unos días.
«Soñé una vez sobre el problema de la relación entre la persona y el Yo. En aquel sueño me encontraba en una excursión. Por un pequeño camino atravesé un paisaje accidentado, el sol brillaba y yo divisaba un amplio panorama. Entonces llegué a una pequeña ermita. La puerta estaba abierta y entré. Ante mi asombro, en el altar no se encontraba ninguna imagen de la madre de Dios ni ningún crucifijo, sino sólo un adorno de hermosas flores. Pero luego vi que, ante el altar, en el suelo, vuelto hacia mí, estaba un yogui sentado meditando profundamente. Al contemplarle de cerca vi que tenía mi rostro. Me desperté asustado pensando: ¡Ah!, éste es el que me medita. Ha tenido un sueño que soy yo. Sabía que cuando él despertara yo ya no existiría más.»
Lo primero que me viene a la mente con este sueño de Jung es el recuerdo de otro sueño mucho más antiguo. Aquel que tuvo, durante una apacible siesta, el maestro taoísta Chuang Tse, cuando soñó que era una mariposa, volando de un lado a otro, y al despertar dudaba de si era una mariposa que ahora soñaba que era Chuang Tse... Y recuerdo también un breve relato fantástico de Ambrose Bierce, que leí hace muchos años y me impresionó vivamente: «Un habitante de Carcosa». En este relato, de ambiente decididamente onírico, un hombre se extravía por un paraje inhóspito y frío, una llanura desierta, y acaba reconociendo que se halla en medio de un ignoto cementerio, derruido por el tiempo. Sigue caminando, sin saber bien dónde se encuentra ni cómo ha llegado allí, deseando volver a su perdida ciudad de Carcosa, que había dejado, supuestamente, hacía poco. Y al final descubre, gracias a un repentino soplo de viento que barre las hojas secas, que en una de las lápidas, abrazada por la gruesa raíz de un viejo árbol, está escrito su propio nombre. Y que donde se encontraba en realidad era entre las ruinas de la antigua ciudad de Carcosa...
El sueño de Chuang Tse se refiere a esa moviente y compleja relación entre la persona y el yo, y se aventura en la resbaladiza cuestión de la identidad, en el sinuoso terreno de las diversas realidades. En esa galería de espejos en la que una u otra imagen cobra valor según la fijeza de nuestra mirada, y que finalmente, observándola un poco desde lejos, nos deja una extraña pero segura impresión de multiplicidad. Y el inquietante cuento de Bierce nos habla del laberinto del tiempo, así como de los posibles o imposibles puentes entre las dos esferas, aparentemente irreconciliables y separadas por un abismo, de la vida y la muerte.
Ambos recuerdos, a mi modo de ver, tienen relación con el sueño de la ermita que tuvo Jung. O al menos son dos recuerdos que mi mente ha relacionado, casi de inmediato, con ese sueño. ¿Pero qué es lo que dice después el propio Jung sobre su sueño?...
Jung expresa en su libro de memorias muchos matices al respecto, y todos muy interesantes. Casi veinte años después de soñarlo, nos dice, entre otras cosas, lo siguiente:
«La figura del yogui representaría en cierto aspecto mi totalidad prenatal inconsciente y el lejano oriente, tal como sucede con frecuencia en los sueños, algo que nos es ajeno, un estado psíquico contrapuesto a la consciencia. Al igual que la linterna mágica, "proyecta" también la meditación del yogui mi realidad empírica. Generalmente, sin embargo, consideramos esta relación causal a la inversa: descubrimos en los productos del inconsciente símbolos del mandala, es decir, figuras circulares y cuadrangulares, que expresan totalidad; y cuando expresamos totalidad utilizamos tales figuras. Nuestra base es la consciencia de un yo, un campo de luz centrado en el Yo que representa nuestro mundo. A partir de aquí contemplamos un mundo tenebroso, enigmático y no sabemos hasta qué punto sus huellas tenebrosas están causadas por nuestra consciencia o hasta qué punto poseen realidad. Un análisis superficial se da por satisfecho con la aceptación de la consciencia como causante. Sin embargo, un análisis más exacto muestra que generalmente las imágenes del inconsciente no son motivadas por la consciencia, sino que poseen su propia realidad y espontaneidad. Sin embargo, las consideramos simplemente como una especie de fenómeno marginal.»
Sólo por escribir eso último, le daría ahora mismo un abrazo al doctor Jung, si pudiera. Pero no quiero continuar poniendo largas citas, para no engrosar este artículo más allá de ciertos límites, como hice en la anterior entrada, y por intentar ceñirme a las limitadas dimensiones de este espacio. Aunque, sinceramente, si por mí fuera transcribiría el capítulo («Acerca de la vida después de la muerte») íntegramente, porque no tiene desperdicio alguno. Lo mejor es que los que estén interesados en el tema lean directamente el libro de Jung. Una lectura altamente recomendable, pero sólo para mentes inquisitivas y abiertas, no para mentes encerradas en la comodidad y la falsa transparencia de algunos racionalismos.
No obstante, a pesar de lo que acabo de decir y como no tengo remedio (ni falta que hace), voy a transcribir ahora los párrafos finales de ese capítulo. Lo siento, pero no me puedo resistir a la tentación. Son párrafos que, sin exagerar, merecerían estar en un museo del pensamiento, enmarcados en una notable galería del más selecto de los ateneos.
«La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo si yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen un significado decisivo. Si no lo sé, insisto en perseguir tal o cual propiedad que percibo como posesión personal, algo que rige el mundo. Así es, pues, quizás a causa de "mi" inteligencia o "mi" belleza. Cuanto más insiste el hombre en la falsa posesión y cuanto menos capta lo esencial, tanto más insatisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados y esto crea envidia y celos. Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También en la relación con los demás hombres es decisivo si en ello se expresa lo infinito o no.
»El sentimiento de lo infinito sólo lo alcanzo, sin embargo, cuando estoy limitado al máximo. La mayor limitación del hombre es la persona; se manifiesta en la vivencia "¡yo no soy más que esto!". Sólo la consciencia de mi estrecha limitación en la persona me une a la infinitud del inconsciente. En esta consciencia me siento a la vez limitado y eterno, como el Uno y el Otro. Al saberme único en mi combinación personal, es decir, limitado, tengo la posibilidad de tomar consciencia también de lo infinito. Pero sólo así.
»En una época que está orientada à tout prix a ensanchar el espacio vital, así como al incremento del saber racional, representa uno de los mayores estímulos llegar a tomar consciencia de su peculiaridad y limitación. Sin ello no se da percepción alguna de lo ilimitado —y tampoco ningún devenir consciente— sino meramente una identidad con lo mismo que se exterioriza en la embriaguez por las grandes cifras y por el poderío político.
»Nuestra época ha insistido a toda costa en desplazar al hombre terrenal y ha contribuido a endemoniar al hombre y su mundo. El fenómeno de los dictadores y toda la miseria que ha causado es debido a que se ha despojado al hombre de su tendencia al más allá por la estrechez de miras de los "omnisapientes". De este modo se ha sacrificado también al inconsciente. La tarea del hombre debería consistir precisamente en lo contrario, en llegar a adquirir consciencia de lo que le impulsa desde lo inconsciente, en lugar de permanecer inconsciente o idéntico a ello. En ambos casos crearía consciencia desleal a su destino. En lo que no es posible alcanzar, el único sentido de la existencia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser. Incluso hay que suponer que, al igual que el inconsciente actúa en nosotros, también el incremento de nuestra consciencia influye en el inconsciente.»
Después de leer y transcribir estas palabras de Jung, poco me queda a mí por decir. Lo del infinito siempre me ha atraído poderosamente (es uno de los principales aspectos por los que me inclino a considerarme, de alguna manera, un romántico). Y hay aquí una frase de Jung que me ha recordado un escrito mío de hace tiempo: «Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes.» Mi breve texto se titula precisamente "Caminando por el infinito...", fue publicado en este cuaderno en abril de 2013 y comienza así:
«Caminar por el infinito..., eso es lo que hago a diario, lo que hacemos todos. Aunque a menudo no seamos conscientes de ello, porque la parcelación de nuestras mentes suele traducirse en dicotomías ficticias en medio del inmenso mar de la conciencia, y donde no hay sino una corriente de agua ininterrumpida, estelar y telúrica, nosotros vemos barreras y diques insalvables, abruptos farallones que impiden el paso y oscuras simas que separan lo que en realidad es abierto y continuo.»
En fin, que está claro que el maestro Jung y yo coincidimos en esa particular percepción de lo infinito. Lo cual, por otra parte, no es nada extraordinario, sino que responde a una simple cuestión de sensibilidad. Además, con sólo pararse un poco a reflexionar es fácil darse cuenta de que, efectivamente, es así y no de otra manera.
Lo de sentirse unido al infinito es algo que tiene mucho que ver con las ondas de lo inconsciente. Algo que la normal y estrecha razón a la que solemos estar acostumbrados rechaza de plano. Pero que, sin embargo, para alguien habituado al mundo de los sueños resulta ser de lo más natural. A mí, por ejemplo (e imagino que a cualquier otro lector medianamente sensible), la simple lectura de ese oscuro relato de Bierce me colocó, durante la adolescencia, ante esa tesitura, tenebrosa pero fascinante, de lo numinoso. Y eso, no sabría explicar por qué, hace que la conciencia se sienta relacionada con otras esferas y se reconozca como unida al infinito.
Pero no debemos por ello ser pretenciosos y creer que eso nos coloca en algún nivel superior de conocimiento. Los párrafos de Jung me han enseñado algo que no conocía: que sólo desde la consciencia de la propia limitación se puede llegar a la unión con la infinitud del inconsciente.
Sobre esto son muy aleccionadoras sus siguientes palabras, en el último capítulo del libro:
«De mí estoy asombrado, desilusionado, contento. Estoy triste, abatido, entusiasmado. Yo soy todo esto también y no puedo sacar la suma. No estoy en condiciones de comprobar un valor o una imperfección definitiva, no tengo juicio alguno sobre mi vida ni sobre mí. De nada estoy seguro del todo. No tengo convicción alguna definitiva, propiamente de nada. Sólo sé que nací y existo y me da la sensación de que soy llevado. Existo sobre la base de algo que no conozco. Pese a toda la inseguridad, siento una solidez en lo existente y una continuidad en mi ser.
»El mundo en el que nacemos es rudo y cruel y al mismo tiempo de belleza divina. Es cuestión de temperamento creer qué es lo que predomina: el absurdo o el sentido. Si el absurdo predominara se desvanecería en gran medida el sentido de la vida en rápida evolución. Pero tal no es —o no me parece ser— el caso. Probablemente, como en todas las cuestiones metafísicas, ambas cosas son ciertas: la vida es sentido y absurdo o tiene sentido y carece de él. Tengo la angustiosa esperanza de que el sentido prevalecerá y ganará la batalla.»
Nada que añadir a estas postreras y lúcidas palabras. Sólo decir que de nuevo gracias, estimado doctor Jung, por haber ayudado a abrir un poco más esa pesada y falsa cortina, que normalmente nos impide contemplar la vertiginosa e intensa belleza del infinito.
Antonio H. Martín
(8 de julio, 2014)
viernes, 4 de julio de 2014
Las visiones de Jung
«Horridas nostrae mentis purga tenebras»
(fórmula alquímica de la Aurora Consurgens)
La primera vez que recuerdo haberme sentido cerca de la muerte fue a la temprana edad de seis años. Aunque la cosa no pasara de ser una mera impresión ficticia. Me hallaba entonces de viaje con mi padre en las islas Canarias. Él era vocalista de un grupo musical, de esos que en aquella época solían amenizar las salas de fiestas, tocando boleros y otros temas de moda. Y aquella noche estaba cantando en un gran salón lleno de gente, mientras que su pequeño hijo, o sea yo, andaba por ahí, buscando sitios nuevos, explorando otros salones de aquel gran recinto, vacíos y medio en sombra. Se ve que ya entonces apuntaba maneras... El caso es que me había dado un chicle para que me entretuviera un rato mientras esperaba su regreso, uno con sabor a fresa, que me gustaban mucho y saboreaba con fruición. Pero antes me había avisado de que tuviera cuidado en no tragármelo; diciéndome, muy serio, que «si te lo tragas, te puedes morir»...
Hoy puede mover a risa el trivial suceso, pero para mí fue entonces algo muy grave. En cierto momento, mientras deambulaba por esas grandes salas de baile vacías, en las que encontraba, medio cubiertos con telas, instrumentos de música, como pequeños órganos, trompetas, guitarras y algún piano, y de paso mi viva y sedienta imaginación hacía de las suyas, sucedió el drama... Sin darme cuenta, entre tanta observación concentrada y fascinada, me tragué el chicle. Sobra decir que este niño se vio, inopinadamente, ante las puertas de la muerte; porque, por descontado, se creía a pies juntillas todo lo que le decía su padre. Recuerdo bien que exploté en un llanto incontrolado y escandaloso. ¡No quería morirme! Tanto, tan rabioso fue mi llanto, que tuvieron que llamar a mi padre; y tuvo que dejar su puesto en la banda en medio de la actuación para venir a ver qué me ocurría. Vino, me tranquilizó, y todo acabó en un abrazo.
Pero nunca olvidaré ese nimio suceso. Por un lado sentí que en absoluto era el momento de morirme, lo cual todo mi ser rechazaba; y por otro, me enfadé un poco con mi padre por haberme engañado. ¿Por qué cargar las tintas de esa manera ante un niño, que es como una esponja que todo lo absorbe, y más si las palabras vienen del ser que más quiere y respeta en el mundo? Por supuesto que no tenía ni idea de qué era eso de morirse, pero me sonaba a algo muy grave que se debía evitar a toda costa. Y que mi corta vida se fuese a acabar por culpa de la involuntaria ingestión de un maldito chicle, lo sentí como totalmente rechazable. Por eso lloré, casi a gritos, negando esa posibilidad y rebelándome contra un final que sentía como absurdo.
Cuento esta simple anécdota de mi infancia, en leve relación con el tema de la muerte, porque sigo leyendo las memorias «interiores» de C. G. Jung («Recuerdos, sueños, pensamientos») y seguidamente voy a exponer aquí su propio e interesantísimo caso. Las llamo así, interiores, porque en absoluto son unas memorias al uso y en nada tienen que ver con la típica autobiografía, en la que se suceden recuerdos de hechos en orden cronológico. A estos sólo los toca muy de pasada. Son, por así decirlo, relatos y reflexiones sobre su paisaje interior, según éste iba siendo descubierto por él mismo. Y, por cierto, ¡fascinante el paisaje interior del señor Jung!
Anoche me encontré, leyendo ese libro, con una historia extraordinaria... En 1944, Jung sufrió un infarto, sentía que se moría, que estaba al límite de sus fuerzas, que se iba de este mundo, y tuvo en ese lance delirios y visiones. Pongo aquí unos fragmentos de esas visiones:
«Me pareció como si me encontrase allá arriba en el espacio. Lejos de mí veía la esfera de la tierra sumergida en una luz azul intensa. Veía el mar azul profundo y los continentes. Bajo mis pies, a lo lejos, estaba Ceilán y ante mí estaba el subcontinente de la India. Mi campo de visión no abarcaba toda la tierra, sin embargo, su forma esférica era claramente visible, y sus contornos brillaban plateados a través de la maravillosa luz azul. (...) Posteriormente me informé a qué altura debía encontrarme para poder alcanzar una visión de tal extensión. ¡Aproximadamente a unos 1.500 kilómetros! La contemplación de la Tierra desde tal altura es lo más grandioso y más fascinante que he experimentado.»
Más adelante se encontró, sobre una gran masa de piedra oscura (un meteorito) con la entrada a un extraño templo. Se acercó allí y sintió que entraba en una sala iluminada donde hallaría a todos a aquellos hombres con los que había tenido relación en su vida...
«Allí comprendería por fin —también esto era evidente— a qué filiación histórica pertenecían yo y mi vida. Sabría lo que había sido antes de mí, por qué existí y adónde me conduciría mi vida en lo sucesivo. Mi vida transcurrida me parecía a menudo una historia que no tenía principio ni fin. Tenía la sensación de ser un precedente y subsecuente. Mi vida me parecía como recortada con las tijeras de una larga cadena y muchas cuestiones habían quedado sin respuesta. ¿Por qué transcurrió así? ¿Por qué he aportado tales hipótesis? ¿Qué he hecho con ello? ¿Qué resultará de todo ello? A todo esto —estaba seguro de ello— hallaría allí respuesta. Allí sabría por qué todo había sido así y no de otro modo. Me encontraría con hombres que sabían la respuesta a mis preguntas sobre el pasado y el porvenir.»
Pero ocurrió que el médico trajo de vuelta a Jung, y ahí acabó su visión...
«Después de llegar ante mí como una imagen surgida de las profundidades, tuvo lugar entre nosotros una muda transmisión de pensamientos. Pues mi médico había sido delegado por la Tierra para traerme un mensaje: se protestaba en contra de que estuviera a punto de marcharme. No debía abandonar la Tierra y debía regresar. En el instante en que me enteré de esto desapareció la visión.
»Me sentía profundamente desilusionado; pues ahora todo parecía haber sido en vano. El doloroso proceso de "exfoliación" había sido inútil y no me estaba permitido ir al templo ni ver a los hombres a los que yo pertenecía.
»En realidad transcurrieron todavía tres semanas hasta que pude decidirme a volver a vivir. No podía comer porque sentía un dégout por todas las comidas. El panorama de la ciudad y montañas, que se divisaba desde mi cama de enfermo, se me antojaba como una cortina pintada con negros agujeritos, o como una hoja de periódico agujereada con fotografías que no me decían nada. Desilusionado, pensaba: "¡Ahora debo volver a insertarme en el sistema de los 'cajoncitos'!" Pues parecía como si tras el horizonte del cosmos se hubiera construido artificialmente un mundo tridimensional, en el cual cada hombre se encontrara por separado en un cajoncito. ¡Y ahora tendría que volver a imaginarme que esto valía la pena! La vida y el mundo entero parecían una cárcel y me indigné mucho al pensar que volvería a encontrarlo bien. Había estado tan contento de que finalmente hubiera terminado todo esto, y ahora todo volvía a ser como si yo —al igual que los demás— estuviera en una cajita colgando de unos hilos. Cuando estaba en el espacio, yo era ingrávido y nada me atraía. ¡Y ahora esto debía terminar otra vez!»
Tuvo aún después, durante las semanas de convalecencia, otras alucinantes visiones...
«También el ambiente parecía embrujado. A aquella hora de la noche la enfermera me traía la comida, pues sólo entonces podía tomar algo y comía con apetito. Por algún tiempo me pareció ser una anciana judía, mucho más vieja de lo que era en realidad y como si me trajera comidas rituales, preparadas según el rito judío. Cuando la miraba era como si tuviera un halo azul alrededor de su cabeza. Yo mismo me encontraba —así me lo parecía— en el Pardes rimmonim, en el jardín de las granadas y tenía lugar la boda de Tiferet con Malkut. O yo era como el rabí Simon ben Jochai, cuyas bodas se celebraban entonces. Se trataba de las bodas místicas, tal como se representan en la tradición cabalística.»
Y tuvo una última visión, en la que llegó a ver, al final de un verde y apacible valle que formaba como un antiguo anfiteatro, las fiestas espirituales del hierosgamos, donde bailarines y bailarinas danzaban para Zeus, el padre del universo, y para Hera, tal como se cuenta en la Ilíada. Pero todo esto terminó, y entonces Jung se lamentaba de esta forma:
«Todas esas vivencias eran maravillosas, y me sumergía noche tras noche en la más pura bienaventuranza, "escoltado por las imágenes de toda criatura". Paulatinamente los motivos se confundieron y palidecieron cada vez más. Casi siempre las visiones duraban aproximadamente una hora; luego volvía a dormirme y ya cerca del amanecer volvía a sentir: ¡Ahora vuelve la lúgubre mañana! ¡Ahora vuelve el lúgubre mundo con sus sistemas de celdas! ¡Qué estupidez, qué horrible disparate! Pues las vivencias internas eran tan fantásticas que en comparación con ellas este mundo parecía francamente ridículo. En la medida en que me acercaba de nuevo a la vida, apenas tres semanas después de la primera visión, cesaron los estados visionarios.
»No es posible hacerse una idea de la belleza e intensidad del sentimiento que experimentaba durante las visiones. Fueron lo más inmenso que he experimentado en mi vida. ¡Y luego este contraste con el día! Entonces me sentía atormentado y con los nervios enteramente destrozados. Todo me irritaba. Todo era demasiado material, demasiado grosero y demasiado torpe, limitado espacial y espiritualmente, ceñido artificialmente a irreconocibles fines, y sin embargo poseía algo así como una fuerza hipnótica que hacía creer en ellos, como si se tratara de la misma realidad, mientras que se podía reconocer fácilmente su vanidad. En principio, desde entonces, pese a la fe revalorizada en el mundo, nunca más me he librado completamente de la impresión de que la "vida" es un fragmento de existencia que se desenvuelve en un sistema adecuado de magnitud tridimensional.»
Hasta aquí las visiones del doctor Jung y sus comentarios. Pero no quiero terminar esta interesante exposición sin añadir unos últimos párrafos. Unos en que habla, a continuación del relato de sus visiones, sobre la esfera del tiempo y sobre el sentido de los afectos... De un modo muy particular, amplio y profundo, y que a mí me atrae sobremanera...
«Se recela de la expresión "eterno", pero yo sólo puedo describir el vivir como beatitud de un estado no temporal, en el cual presente, pasado y futuro son una misma cosa. Todo cuanto sucede en el tiempo estaba allí compendiado en una totalidad objetiva. Ya nada se encontraba separado en el tiempo ni podía medirse mediante normas temporales. El vivir podría definirse en última instancia como un estado, como un estado de ánimo, que, sin embargo, no puede imaginarse. ¿Cómo puedo imaginarme que existo a la vez anteayer, hoy y pasado mañana? Entonces algo no habría comenzado todavía, otra cosa sería de la más diáfana actualidad y nuevamente algo estaría ya terminado, y, sin embargo, todo sería una misma cosa. Lo único que la sensibilidad podría captar sería una suma, una irisada totalidad en la que estaría incluida tanto la esperanza de lo que comienza, como la sorpresa acerca de lo ya sucedido y la satisfacción o desilusión sobre el resultado de lo sucedido. Un todo indescriptible en el que se está inmerso; y, sin embargo, se percibe con objetividad completa.
»La vivencia de esta objetividad volví a experimentarla otra vez. Fue después de la muerte de mi mujer. La vi en un sueño que fue como una visión. Ella estaba a cierta distancia y me miraba de hito en hito. Se encontraba en la flor de su edad, tenía unos treinta años y llevaba el vestido que mi prima, la médium, le había hecho hacía muchos años. Fue quizás el vestido más bonito que jamás llevara. La expresión de su cara no era ni de contento ni de tristeza, sino de objetivo convencimiento sin la menor reacción sensible, como más allá de las nieblas del afecto. Yo sabía que no era ella sino una imagen motivada o establecida por mí. Encerraba el principio de nuestras relaciones, los acontecimientos de los cincuenta y tres años de nuestro matrimonio y también el fin de su vida. Frente a una integración de este tipo uno se queda atónito, pues apenas se puede concebir.
»La objetividad que experimenté en este sueño y en mis visiones pertenece a la plena individuación. Significa un librarse de las clasificaciones y de lo que designamos como compenetración afectiva. En la compenetración afectiva reside mucho del hombre en general. Pero ello implica siempre proyecciones de las que hay que prescindir para llegar a ser uno mismo y conseguir la objetividad. Las relaciones afectivas son relaciones volitivas, lastradas por la pasión y la ausencia de libertad; se espera algo de otro, por lo cual, éste y uno mismo dejan de ser libres. El conocimiento objetivo se encuentra detrás de la dependencia afectiva; parece ser el misterio fundamental. Sólo a través de él resulta posible la verdadera Coniunctio.»
Después de estas lecturas, queda claro que Jung era, como decía Hermann Hesse, «una montaña» de conocimiento. Además de un individuo extremadamente sensible y con la suficiente amplitud de miras como para tomarse sus visiones en serio e intentar interpretarlas, para lo cual contaba con su ingente cultura, su aguda capacidad de análisis y otra cosa aún más valiosa: una conciencia de lo más despierta y osada, que no se arredraba ante lo fantástico y lo numinoso sino que se internaba en ello, buscando relaciones y significados, por muy intrincados o imposibles que pudieran parecer, y buceando incluso en el proceloso y brillante océano de lo arquetípico y lo mitológico.
Mucho es lo que se podría comentar respecto de estas apasionantes visiones y reflexiones del maestro Jung. Y en principio pensaba hacerlo, en mayor o menor medida. Pero este caminante está algo cansado y sólo hasta aquí puede llegar, al menos por el momento. Hace ya más de una hora que amaneció y necesito dormir algo. No quiero, sin embargo, dejar de apuntar antes algunas cuestiones. Por ejemplo, que cuando leí lo de la primera visión en seguida me vinieron a la mente dos temas: el primero, que me parece indudable que se trataba de lo que llaman —o llamaban antes— un «viaje astral». Y el segundo, que, efectivamente, la contemplación de la Tierra desde esa perspectiva es, tal como dice el mismo Jung, un espectáculo grandioso y fascinante. No hay más que ver cualquier fotografía de las que hacen los astronautas desde su nave para darse cuenta. La sensación es de un intenso vértigo, pero al mismo tiempo sobrecogedora y emocionante. Así que después de su infarto, el señor Jung se desdobló y se convirtió por unos momentos en un astronauta, libre, sin cables ni casco y sin nave espacial... Lo cual me parece sencillamente maravilloso. La cuestión sobre la autenticidad de los «viajes astrales», sobre su realidad o irrealidad, no voy a discutirla yo ahora. Que cada uno lo juzgue según sus propias ideas y creencias.
Su reflexión sobre la dimensión del tiempo merecería, sin duda, un capítulo aparte. Sólo diré ahora que me recuerda mucho a ciertas antiguas teorías védicas, por poner un ejemplo. Y su posterior reflexión sobre las relaciones afectivas me ha dejado, sinceramente, con la boca abierta... Afirmar que éstas son «relaciones volitivas, lastradas por la pasión y la ausencia de libertad» no es algo que se lea o escuche con frecuencia, y le deja a uno con una cierta sensación de desnudez, además de con un sincero interés por esa objetividad que «se encuentra detrás de la dependencia afectiva».
Como decía al principio, es fascinante el paisaje interior del doctor Jung, y es muy de agradecer la cantidad de puertas y ventanas que se nos abren leyendo sus libros. Realmente se trata de lecturas que ensanchan y ahondan la consciencia. Sólo temo una cosa últimamente: que llevo ya leídas algo más de las tres cuartas partes de su libro de memorias y que pronto llegaré al final... Pero creo que ya tengo la solución. Cuando termine el libro, lo volveré a leer otra vez desde el principio, o en el orden que sea. Porque estoy seguro de que no sólo no me va a cansar hacerlo, sino que además captaré conceptos y matices que probablemente me han pasado desapercibidos. Y con ello, el profundo valle que se extiende ante mi atenta y asombrada mirada será aún más verde y brillante.
Muchos años después, me alegro de que no fuera cierto lo que me dijo mi padre sobre el peligro que supone tragarse un chicle.
Antonio Martín Bardán
(4 de julio, 2014)
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imagen 1: Meteoritos pasando por la órbita de la Tierra (de B.I.G.)
imagen 2: "El Torreón" (casa de Jung, en Bollingen)
sábado, 21 de junio de 2014
Un rico diablo...
«Louis el Cruel había caído del cielo, apareció inesperadamente. Era un viejo amigo de Klingsor, el viajero, el caprichoso, que vivía en el tren y su taller estaba en la mochila. Aquel día cayeron del cielo horas buenas, soplaron vientos propicios. Pintaron juntos en el monte de olivos y en Cartago.
—En realidad, ¿tiene algún valor toda esta pintura? —dijo Louis en el monte de olivos, tumbado sobre la hierba, desnudo y con la espalda roja del sol—. Uno sólo pinta à faute de mieux, querido. Si siempre tuvieras en tu regazo a la muchacha que te gusta y en el plato la sopa que deseas, no te atormentarías con bagatelas tan absurdas. La naturaleza tiene diez mil colores y nosotros nos hemos empeñado en reducir la escala a veinte. Eso es la pintura. Nadie está nunca contento y uno aún tiene que ayudar a que los críticos se alimenten. En cambio, una buena sopa marsellesa de pescado, caro mío, con un poco de vino templado de Borgoña, después una escalopa milanesa y de postre peras y gorgonzola y un café turco, ¡eso son realidades, señor mío!, ¡eso son valores! ¡Qué mal se come aquí, en vuestra Palestina! Dios mío, quisiera estar en un cerezo y que las cerezas brotasen de mi boca y que justo encima mío, en la escalera, estuviera la morena ardiente que hemos encontrado esta mañana temprano. ¡Klingsor, deja de pintar! Te invito a una buena comida en Laguno, pronto va a ser hora de comer.
—¿Vale la pena? —preguntó Klingsor parpadeando.
—La vale. Sólo que antes debo ir a toda prisa a la estación. Es que, lo confieso francamente, he telegrafiado a una amiga diciéndole que estoy a punto de morir; es posible que esté aquí hacia las once.
Entre risas, Klingsor rompió el estudio que había empezado.
—Tienes razón, joven. ¡Vayamos a Laguno! Ponte la camisa, Luigi. Aquí las costumbres son muy ingenuas, pero por desgracia no puedes ir desnudo a la ciudad.
Fueron a la ciudad, entraron en la estación. Llegó una mujer bonita. Comieron bien en un restaurante y Klingsor, que en sus meses de vida campestre había olvidado todo esto, se quedó asombrado de que todavía existiesen tales cosas, queridas y agradables cosas: truchas, jamón asalmonado, espárragos, Chablis, Dôle de Valais, Benedictino.
Después de comer, los tres subieron en un funicular por la empinada ciudad; pasaron entre casas, por delante de ventanas y jardines colgantes; era muy bonito. No se apearon y volvieron a descender, y de nuevo arriba y abajo. El mundo era bello y extraordinario, multicolor, algo dudoso, algo inverosímil, pero sin embargo maravilloso. Klingsor estaba un poco tímido, aparentaba sangre fría, no quería enamorarse de la bella amiga de Luigi. Fueron de nuevo a un café, pasearon por un vacío parque meridional, se tumbaron junto al agua, a la sombra de enormes árboles. Vieron muchas cosas que deberían ser pintadas: casas rojas de piedras preciosas sobre un verde intenso, zumaques cubiertos de azul y ocre.
—Has pintado cosas agradables y divertidas, Luigi —dijo Klingsor—, y todas me gustan mucho: astas de bandera, payasos, circos; pero la que prefiero es una mancha en tu cuadro del carrusel nocturno. ¡Sabes, sobre la marea violeta y lejos de toda luz ondea muy arriba en la noche una pequeña bandera fresca, rosa claro, tan bonita, tan limpia, tan terriblemente sola! Es como un poema de Li Tai Pe o de Paul Verlaine. En esta pequeña y estúpida bandera rosa está todo el dolor y la resignación del mundo y también toda la risa que provoca el dolor y la resignación. Te agradezco mucho que hayas pintado esta banderita que justifica tu vida.
—Ya sé que te gusta.
—A ti también te gusta. Mira, si no hubieras pintado cosas como ésta, todas las buenas comidas, vinos, mujeres y cafés no te servirían para nada, serías un pobre diablo. Pero así, eres un rico diablo y eres un tipo a quien uno aprecia. Ves, Luigi, yo a menudo pienso como tú: todo nuestro arte es una simple sustitución, una sustitución penosa y que uno paga diez veces demasiado cara, de una animalidad perdida, de un amor perdido. Pero, sin embargo, no es así. Es completamente distinto. Se sobrevalora lo físico si se considera lo espiritual como una mera sustitución de lo físico ausente. Lo físico no es ni pizca más valioso que el espíritu, como tampoco lo es al revés. Lo mismo da, todo es igual de bueno. Es exactamente idéntico abrazar a una mujer o escribir un poema. Como lo importante es el amor, el ardor, la ternura, entonces da igual que seas monje en el Monte Athos o calavera en París.
Louis miró con ojos burlones.
—¡Joven, no te quites ningún adorno!
Los dos, junto con la hermosa mujer, vagaron por la comarca. Ambos tenían una mirada aguda. Era su fuerza. En las pequeñas ciudades y aldeas de los alrededores vieron Roma, Japón, vieron los Mares del Sur pero volvieron a destruir sus ilusiones con dedos juguetones; su capricho encendía estrellas en el cielo y las volvía a apagar. Hacían que sus juegos de artificio atravesaran las exuberantes noches; el mundo era burbujas de jabón, era ópera, era alegre locura.
Louis, el pájaro, deambulaba sobre su bicicleta por las colinas, iba de un lado a otro, mientras Klingsor pintaba. Algunos días los sacrificaba Klingsor, luego se sentaba fuera, obstinado y trabajaba. Louis no quería trabajar. Súbitamente Louis se marchó con su amiga, y escribió una postal desde muy lejos. De pronto reapareció cuando Klingsor ya lo daba por perdido; se presentó a la puerta con el sombrero de paja y la camisa abierta, como si nunca se hubiera marchado. Y Klingsor volvió a beber la copa más dulce de su juventud: la bebida de la amistad. Tenía muchos amigos, muchos le querían, a muchos se había dado, a muchos había abierto su impulsivo corazón, pero sólo dos aún oyeron de sus labios, durante este verano, la vieja llamada del corazón: Louis el pintor y el poeta Hermann, llamado Thu Fu.
Louis pasaba muchos días en el campo, en su silla de pintor, a la sombra de los perales y de los ciruelos, pero no pintaba. Estaba sentado y pensaba; tenía un papel clavado en el caballete y escribía, escribía mucho, escribía muchas cartas. ¿Son felices las personas que escriben tantas cartas? Louis el despreocupado escribía intensamente, su mirada quedaba penosamente prendida del papel durante horas. Estaba ensimismado. Por eso le quería Klingsor.
Klingsor actuaba de otra manera. No podía callar. No podía ocultar su corazón. A sus amigos más íntimos les hablaba de las secretas penas de su alma, pocos las conocían. A veces tenía miedo, melancolía, a veces estaba preso en el pozo de las tinieblas, a veces descomunales sombras de su vida anterior caían sobre sus días y los ensombrecían. Entonces le gustaba ver la cara de Luigi. Entonces se le confiaba.
Pero Louis no veía con gusto estas debilidades. Le atormentaban, pedían compasión. Klingsor se acostumbró a mostrar su corazón al amigo y comprendió demasiado tarde que de esta manera le perdía.
Louis empezó a hablar otra vez de marcharse. Klingsor sabía que podría retenerle algunos días, tres, cinco, pero que un día, de pronto, le enseñaría la maleta preparada y se marcharía para no volver en mucho tiempo. ¡Qué corta era la vida, qué irreparable era todo! A los pocos amigos que comprendían plenamente su arte y cuyo arte era próximo y parecido al suyo los había asustado y molestado, los había disgustado y enfriado con su tonta debilidad y comodidad; meramente por la necesidad pueril e indecorosa de no tener que esforzarse ante un amigo, de no conservar una actitud ante él. ¡Qué tonto y qué pueril había sido! Así se reprendía Klingsor, demasiado tarde.
Durante los últimos días, rondaron juntos por los dorados valles. Louis tenía muy buen humor, viajar era un placer vital para su corazón de pájaro. Klingsor participaba. De nuevo habían encontrado el viejo tono ligero, juguetón y burlón, que ya no abandonaron más. Una tarde se sentaron en el jardín de la taberna. Encargaron pescado frito, arroz con setas y echaron marrasquino sobre los melocotones.
—¿Adónde vas a ir mañana? —preguntó Klingsor.
—No lo sé.
—¿Irás a casa de aquella hermosa mujer?
—Sí. Quizá. ¿Quién puede saberlo? No preguntes tanto. Ahora, para terminar, vamos a beber un buen vino blanco. Yo voto por un Neuchâtel.
Bebieron. De improviso Louis gritó:
—Es magnífico partir, viejo lobo de mar. Muchas veces, cuando estoy sentado cerca de ti, como ahora, por ejemplo, de repente me vienen a la cabeza tonterías. Me imagino que aquí están sentados los dos pintores que tiene nuestra querida patria, y siento una horrible sensación en las rodillas, como si los dos fuésemos de bronce y tuviéramos que estar en un monumento cogidos de la mano, sabes, como Goethe y Schiller. Al fin y al cabo ellos no tienen ninguna culpa de tener que estar eternamente de pie y cogidos de la mano de bronce, y de que se nos hayan hecho poco a poco tan fastidiosos y odiosos. Quizá fueron tipos realmente sutiles y muchachos encantadores; hace tiempo leí una obra de Schiller, verdaderamente bonita. Y ahora se le ha convertido en esto, en un animal famoso y que ha de estar junto a su hermano siamés, una cabeza de yeso junto a la otra. Y uno ve que sus obras reunidas forman corro y son explicadas en las escuelas. Es espantoso. Imagínate dentro de cien años a un profesor predicando a los estudiantes de bachillerato: Klingsor, nacido en 1877, y su contemporáneo Louis, llamado el Glotón, renovaron la pintura, liberaron el color del naturalismo; en un examen más detallado esta pareja de artistas se divide en tres periodos claramente discernibles... Antes prefiero arrojarme bajo una locomotora, hoy mismo.
—Sería inteligente, los profesores irían a parar bajo el tren.
—No existen locomotoras tan grandes. Ya sabes lo mezquina que es nuestra técnica.
Las estrellas ya se habían levantado. De pronto Louis chocó su vaso con el de su amigo.
—Bien. Brindemos y bebamos. Luego me sentaré en mi bicicleta y adieu. ¡Sin largas despedidas! El tabernero ya está pagado. ¡A tu salud, Klingsor!
Brindaron, vaciaron los vasos, Louis se subió a la bicicleta, agitó el sombrero y se marchó. Noche, estrellas, Louis estaba en China. Louis era una leyenda.
Klingsor sonrió tristemente. ¡Cuánto quería a aquella ave de paso! Permaneció mucho rato sobre la grava del jardín de la taberna, mirando la calle vacía.»
Hermann Hesse
(El último verano de Klingsor - 1919)
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La tormenta que ha venido hoy a refrescar al final de la tarde un día de plomizo y húmedo bochorno, junto con una curiosa visión de un par de culebras que me ha sorprendido durante mi habitual paseo por el pueblo, me han llevado a recordar, a releer y a transcribir después el anterior capítulo de una de las mejores novelas del amigo Hermann Hesse. Un relato expresionista que me llegó muy íntimamente hace ya mucho tiempo y cuyo significado sigue siendo importante para mí. En la relación del personaje central, el pintor Klingsor, con su itinerante amigo, el también pintor Louis Moilliet, sentí desde un primer momento una identificación que me evocaba otras relaciones que había tenido yo mismo años atrás, reales o imaginadas. Sí, esa dulce copa de la juventud de que hablaba Hesse: la bebida de la amistad.
Otra cuestión es lo de las culebras que he visto esta tarde... Quizá esté algo influido últimamente por la muy interesante lectura del libro de las memorias «interiores» de Jung, pero el caso es que llevo unos días fijándome más en los detalles del entorno. Y la visión de las culebras me ha hecho pensar en su significado. Nunca antes había visto ofidios reptando por estas callejas. No es nada habitual. Se suelen ver lagartijas, cuando las nubes dejan que el sol se note intensamente, pero nunca había visto ofidios. Y observo dos cosas con respecto a esto: que el inconsciente no sólo se manifiesta a través de los sueños, y que las serpientes representan un símbolo de mutación...
En cualquier caso, me han gustado mucho ambas cosas. La tormenta ha traído un frescor al ambiente que se echaba en falta. Hacía tiempo, además, que no escuchaba su imponente, grave y animosa voz de dragón ni veía esos fulgentes parpadeos, esos látigos de luz que estremecen el cielo. Ha sido ciertamente reconfortante caminar bajo la frescura de la lluvia y percibir el impresionante aparato de truenos y rayos. Y también, por otro lado, las verdosas y brillantes culebras, que rápidamente se han escabullido por una de las rendijas del muro de piedra, evocándome a ciertos personajes de un cuento de Hoffmann, me han hecho pensar y sentir.
Curiosamente, por la mañana temprano, cuando aún estaba acostado, medio envuelto todavía en la telaraña de los sueños, he oído que los mirlos cantaban de diferente manera, que eran algo distintas las notas de su melodía, con un tono como más jovial y alegre que de costumbre; lo que me ha sorprendido gratamente. Y, en fin, quiero decir que con la posterior relectura y transcripción del capítulo de Hesse, que no sé bien qué relación pueda tener con todo lo anteriormente expuesto y que fue uno de los alicientes, en su momento, que me motivaron para viajar a la verdiazul y dorada Montagnola, me acabo de hacer un buen regalo de cumpleaños.
Muchas cosas podría escribir sobre este capítulo de Hesse, muchas, y también sobre los demás capítulos del mismo relato de «Klingsor», que me tocan de cerca y siempre he visto como una premonición del lejanamente posterior «Lobo estepario». Pero ahora me conformo con decir, hablando de mi propio viaje, que conocí de cerca ese funicular que se menciona en la historia, aunque no llegara a montar en él, y que el mundo parecía, efectivamente, «bello y extraordinario», como dice Hesse. Y también que pasé por algunas de sus tabernas o «grottos» entre el bosque, que allí hay casi por doquier; aunque no encontré amigos con los que beber y tuve que hacerlo a solas. Así como que estuve en su antigua casa, por una extraña invitación, me senté en una de sus sillas entre viejos libros, fotografías y espejos, y me asomé al estrecho y mágico balcón de Klingsor. Ya lo conté aquí hace unos meses. Que no era en «Laguno», sino en Lugano, en el Tesino, la parte italiana de Suiza (Hesse intentaba disimular su nueva residencia y cambiaba un poco los nombres, por los tiempos difíciles que entonces vivía). Y que aquello fue para este caminante una experiencia valiosa e inolvidable. Porque aunque no pasara nada en especial, según los vulgares cánones del mundo, todo para mí, mezclando recuerdos de lecturas con imaginación y sentimiento, fue como estar en un lugar de ensueño.
Por todo ello, me sentí entonces como «un rico diablo», tal y como definía Klingsor a su amigo Louis, elogiando el detalle de una de sus pinturas, aquella pequeña, estúpida y solitaria bandera rosa sobre un carrusel nocturno. Y hoy también, no sé por qué, me ocurre lo mismo.
Antonio Martín Bardán
(21 de junio, 2014)
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imagen 1: "Paisajes de Irlanda", de B.I.G.
imagen 2: "Grotto Canvetti", acuarela de Hermann Hesse (1924)
jueves, 19 de junio de 2014
En el desván de Alicia
Conoció a Alicia entre la penumbra de un viejo desván, una calurosa tarde de agosto. Se encontraba de vacaciones con su madre en una antigua casona de piedra, de un pueblo de la provincia de Ávila, donde habían sido invitados por unos familiares lejanos. Le gustaba mucho estar allí; era además su primera salida al campo, después de mucho tiempo. Pero aquella tarde había una reunión en la casa (habían venido unos vecinos de visita), y en el patio se juntaba mucha gente a la larga mesa. Una reunión en la que abundaban las consabidas voces altas y las ruidosas risas; de esas que desde siempre le habían provocado una intensa extrañeza. Así que se escabulló en cuanto pudo y se internó por los oscuros pasillos de la casona. Al poco, después de pasar junto a muchas puertas cerradas, dio con una vieja escalera, la subió y tras una última puerta que sí pudo abrir descubrió que era la entrada al desván, uno de esos lugares que desde siempre le habían atraído.
Allí se encontró con una niña que no había visto antes. Y eso que llevaba ya varios días en la casa... Sentada en un rincón, junto a la ventana, estaba como absorta leyendo un libro. Tenía unos ocho o nueve años, los ojos muy vivos y una media melena de color castaño claro, casi rubio.
—¿Quién eres tú, y qué haces aquí? —le preguntó, con un tono que dejaba entrever su molestia por haber él invadido, sin querer, su intimidad.
Tuvo que explicar su presencia allí, que los dueños de la casa eran primos lejanos de su madre y que habían sido invitados a pasar unos días, y también el por qué se había escapado de aquella reunión familiar y decidió explorar la casa. Esto último pareció interesarle a Alicia...
—¿De dónde vienes? —volvió a preguntar la niña.
—No vengo de ningún sitio.
—Pues según me han explicado, quien no tiene un origen no tiene tampoco ningún destino...
—Bueno, no sé... Quizá no lo tenga, o quizá sí. ¿Qué más da eso? Vengo de la ciudad, de una ciudad. Estoy ahora aquí y mañana no sé donde estaré. A mí me llevan y me traen; soy sólo un niño. Cuando sea mayor sabré a donde ir. Y también de dónde vengo. O eso espero...
—¡Jajajaja! Eres un poco raro, ¿no?
—Puede ser. Pero eso no lo he decidido yo. Seguramente nací ya así, con esta rareza... Si te refieres a que soy un solitario, sí, lo soy.
—También yo. ¿Te gusta leer?
—¡Me encanta leer! Me paso tardes enteras leyendo. Cuando los demás chicos se dedican a jugar a la pelota, a las canicas o a los indios, yo prefiero perderme por calles nuevas y desconocidas e imaginar aventuras, o encerrarme en mi cuarto con un buen libro de cuentos. Mi madre suele decir que soy un soñador y un fantástico y que si sigo así me irá mal en este mundo...
—Bueno, eso nunca se sabe, hasta que llega el momento... Me parece que tú y yo somos más viejos de lo que aparentamos, ¿verdad?
—No sé bien a qué te refieres, pero... puede que tengas razón. Cuando observo a los compañeros del colegio, me veo... No sé... ¡diferente!
—¡Sí, sí! ¡Diferente! Y eso no es malo. Cada uno es como es.
—Sí. A veces me siento como extraño y pienso que algo no va bien, pero en seguida se me pasa y me siento feliz con mis rarezas, en medio de un paseo o leyendo un libro.
—¿Cómo te llamas, primo lejano?
—Alberto.
—Yo me llamo Alicia. No soy la Alicia del país de las maravillas o a través del espejo, pero casi... —le dijo con una sonrisa.
—Pues me alegro de encontrarte. Muy... bonito tu desván.
—¡Gracias! Este es mi escondite. Si no me has visto antes es porque me suelo pasar aquí la mayor parte del tiempo. Y cuando no, es que estoy de viaje en el pueblo de mi hermana, que vive cerca y es también un poco como yo; o perdida por el campo... A mí también me gusta pasear y descubrir paisajes nuevos.
Estuvieron mucho rato hablando, hasta que llegó la hora de la cena. En seguida se creó como una corriente de simpatía entre ambos. Alicia le mostró sus libros favoritos y le habló algo de sus sueños... Escasamente, porque según los narraba solía quedarse cortada ante algunos pasajes y había sucesos que se callaba o sobre los que pasaba como de puntillas...
Tiempo después, regresó allí Alberto otras veces, aún sabiendo que no estaba Alicia, porque la había visto marcharse. Quizá con el deseo de recordarla, o simplemente porque le gustaba la atmósfera de aquel desván, que parecía como de cuento. Y pudo ver que esta niña no atesoraba allí muñecas ni otros juguetes propios de su edad, sino sólo libros, libros de cuentos y de aventuras, algunos ilustrados y otros no, que reposaban en una librería descolorida entre los restos de viejos muebles, baúles y armarios. Quizá las muñecas y demás juguetes los guardaba en otro cuarto... Eso nunca lo supo. Y una de esas veces llegó a descubrir un pequeño cofre de madera, medio oculto entre los libros. Casualmente estaba abierto, sin la llave echada, y dentro encontró lo que parecía ser un diario... En su portadilla se leía el siguiente título: «Sueños y aventuras, por Alicia Martín Albán».
Con respeto y algo de vergüenza, pero lleno de curiosidad, Alberto abrió el cuaderno y empezó a leer.
«Anoche, después de cenar y decir a mis tíos que estaba muy cansada y que me iba ya a acostar, subí de nuevo al viejo desván, pensando en leer un rato alguno de mis libros de cuentos, y allí estaba Él... Medio escondido en un rincón en sombra, como esperándome... No imaginaba volver a encontrar tan pronto al Duende. Le miré y me miró. Luego se acercó a mí, despacio, sin decir nada, pero con esa sonrisa suya tan misteriosa y con ese aire tan elegante y orgulloso que tiene al caminar, y me alargó su mano. Una vez más me estaba invitando a viajar a su lado. Sentí algo de temor, pero no me pude resistir. Otras veces había sido un buen guía y me había llevado a paraísos de luz, y eso no podía olvidarlo. Pensé que quizás esta noche volvería a serlo...»
Un ruido inesperado, que procedía de la escalera, le hizo interrumpir la lectura. No, no venía nadie, pero estaba claro que alguien andaba por el pasillo. Así ya no se podía leer a gusto. Dejó el cuaderno en su cofre y salió a hurtadillas del desván. Ya volvería en otro momento. Había algo en esas primeras frases que le había llamado poderosamente la atención.
Antonio Martín Bardán
(19 de junio, 2014)
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Nota del autor:
Soy consciente de que mis breves cuentos casi nunca son historias redondas; es decir, que no son en realidad «cuentos». En absoluto guardan esa línea progresiva clásica o habitual de «presentación, nudo y desenlace». Son sólo fragmentos de historias, retazos, pequeñas visiones... Como lo que solemos recordar de algunos sueños.
En el sueño experimentamos las historias de forma completa. Todo se desarrolla de un modo «natural» y el final «ocurre» en su justo momento. La sensación entonces es de totalidad y de que, efectivamente, hemos vivido una historia. Pero esta sensación se nos escapa una vez estamos despiertos, como todos sabemos, y nos resulta ya casi imposible hilar las imágenes y encontrar su sentido. A mí me sucede con los cuentos que escribo como con esos recuerdos de los sueños.
Algunas veces es porque el amigo Alberto Linde, el soñador empedernido, no guarda buena memoria de sus viajes al país del sueño y sólo me puede narrar lo que aún recuerda con claridad. Y otras veces es porque lo que aquí queda escrito bajo la etiqueta de «cuento» es sólo una visión fragmentaria mía cuya historia completa desconozco.
Si fuera escritor, me inventaría la historia y procuraría darle esa forma redonda que se supone han de tener las historias y los relatos, rellenando los espacios vacíos y buscando un apropiado final. Pero no soy escritor, sino sólo lo que se puede definir como un «narrador fragmentario»... Alguien que «ve» ciertas cosas que estima interesantes y las cuenta, porque le gustan ciertos símbolos o ambientes que allí ha encontrado y le parecen significativos, como si fueran valiosos mensajes del inconsciente. Pero que ignora, por los motivos que sean, el fondo y la trama de la historia. En pocas palabras: no me dedico a inventar, sino sólo a contar aquello que he visto y sentido.
Así, pues, mientras no tenga una visión completa del asunto, mis «cuentos» seguirán teniendo ese pobre carácter fragmentario. Como si fuesen retazos de algo cuya complejidad se me escapa. Sólo pequeños cristales aislados de un amplio y multicolor mosaico que no he conseguido ver del todo. Pero prometo que, cuando se dé el caso, escribiré los cuentos como es debido.
A. Martín Bardán
sábado, 7 de junio de 2014
Un recuerdo de Dream's Land
Desde muy joven tuvo Alberto Linde el anhelo de viajar al País del Sueño, al que siempre, sin conocer la causa, consideraba como su verdadero hogar. Y la magia de la vida le fue favorable, porque muchas veces viajó allí. Aún lo sigue haciendo, y algo hemos contado en este lugar de sus últimos viajes, siendo ya mayor... En las más de las ocasiones esto ocurría mientras dormía, pero también tuvo la suerte algunas veces de visitarlo despierto. Fueron aquellos momentos en que los demás decían que se encontraba como ausente, porque no atendía a sus llamadas y en la mirada tenía una luz distante y extraña.
Alberto estaba muy contento con estos viajes, que compensaban la aridez del mundo real. Cuando aprendió a escribir y a expresarse con cierta soltura, los anotaba en pequeñas libretas, que luego leía a solas en su habitación por la noche, y eso le ayudaba a recordar y a revivir sus viajes. Pero poco a poco fue alimentando otro deseo: el de tener alguna imagen concreta, material, de esos viajes. Algo que no sólo estuviera en su interior y que pudiese mostrar a sus amigos, que solían decir que esas aventuras eran sólo visiones de su mente alucinada y fantasiosa.
Hubiera dado el joven Alberto un cuarto de su vida porque existiera una máquina especial que fotografiara o filmara los sueños. Pero esto no se había inventado. No bastaba con que a veces se animara a dibujar algún boceto o incluso a pintar en una acuarela el escenario de alguno de sus viajes. Nadie creía que eso fuese real.
Pero... un buen día Alberto, cuando aún era adolescente, conoció en un mercadillo de las afueras de la ciudad a un extraño personaje. Se hacía llamar «Braulio, el mago» (eso decía en un pequeño cartel, escrito a mano con letra gótica), y en su puesto exponía objetos diversos y enigmáticos, como pócimas, ungüentos, figurillas de dioses de tierras lejanas, libros de cuentos orientales y pinturas y fotografías raras que mostraban paisajes nada familiares, que al joven le parecieron como de ensueño.
Todo le llamó poderosamente la atención a Alberto, que se quedó parado ante ese puesto, observando cada detalle. Pero sobre todo, en lo que más se fijó fue en las imágenes. Algo había en ellas que le recordaba a sus viajes...
El tal Braulio, un hombre de barba gris y amable sonrisa, que aparentaba unos sesenta años, se le quedó mirando atentamente, y al cabo de unos minutos se acercó a él y le dijo:
—Muchacho, eres un soñador nato, ¿verdad? Un viajero...
Alberto se quedó muy asombrado y al principio no supo qué contestar. Pero aquel hombre no le intimidó en absoluto. Al contrario, sintió en seguida como si le conociera desde hace tiempo y fuese alguien de su entera confianza. Así que se atrevió a contestar:
—Sí, lo soy. Pero... ¿cómo lo sabe usted?
—No te inquietes por eso. Entre mis artes no está el de la adivinación, pero sé reconocer una mirada entre mil. Y tú eres de los nuestros...
—¿De los suyos? ¿Y quiénes son ustedes?
—Nosotros somos los viajeros. Los que tenemos el don de entrar en el fabuloso País del Sueño. Vamos allí muchas noches como quien regresa a su casa después de un fatigoso día...
No fue necesario decir más. Alberto se quedó allí mucho rato, casi toda la mañana, hablando con ese mago Braulio a quien parecía conocer a pesar de no haberlo visto nunca antes. Le contó de sus viajes, de sus propias incursiones en ese remoto y cercano País, y de la emoción que sentía cuando estaba allí. Y le habló también de su problema, de que ninguno de sus amigos le creía y de que le encantaría poder llevar consigo alguna prueba de que esos viajes eran ciertos, y no una simple fantasía.
—No es habitual traer nada de allí —dijo entonces el mago—. La barrera de niebla que separa ambos mundos suele destruir cualquier objeto que queramos llevarnos. Son las leyes, muchacho, y nada podemos hacer. Pero... también hay, a veces, algunas excepciones...
—¿Excepciones? ¿Qué quiere decir? ¿Es que hay alguna posibilidad de...?
—Escucha, chico, escucha bien: siempre hay posibilidades. El tejido de lo imposible es muy tupido y grueso, pero siempre hay en él alguna grieta, alguna fisura por la que se puede colar lo posible.
A Alberto le empezó a latir el corazón con fuerza. ¿Sería este señor un mago de verdad? ¿Tendría la fórmula que tanto deseaba? ¿Podría ayudarle a traer alguna prueba tangible de la existencia de sus viajes?
El mago Braulio, después de decirle a Alberto que esperara, se introdujo en su vieja furgoneta, que tenía aparcada muy cerca, y volvió al poco rato con una pequeña caja de madera en las manos.
—Mira, muchacho, aquí dentro está la solución a tu problema. No es la gran solución, pero al menos te ayudará a traer un diminuto recuerdo del País del Sueño, para que puedas verlo y tocarlo en este mundo y puedas mostrar a tus amigos que tus viajes son auténticos.
Alberto tomó la caja con emoción sin atreverse a preguntar, y menos a abrirla delante del mago y entre tanta gente extraña como había por allí. Se imaginó que dentro había algún mágico talismán o algo parecido. Un pergamino con un antiguo hechizo que le permitiría pasar de un mundo a otro algo en sus manos, algún objeto o imagen que no desapareciera más allá de la frontera.
Le dio las gracias con torpes palabras y quiso ya despedirse. Tenía prisa por ir a su casa y en la intimidad de su cuarto abrir la caja y descubrir la identidad del tesoro. Pero el mago le retuvo un poco más, diciéndole:
—Espera, muchacho. Debes saber antes un par de cosas. En primer lugar, que lo que hay dentro de esa caja sólo puede usarse cuando viajes en noches de luna llena o en algunos atardeceres, y sólo una vez cada cierto tiempo... Cuando sea el momento apropiado lo sabrás, porque el artefacto tiene una sensibilidad especial y no funciona siempre. Y en segundo lugar, y esto es lo más importante: recuerda que lo más valioso es el don de poder viajar al País del Sueño, y no el traer algo de él. Que tus amigos te crean o no, en el fondo es irrelevante. Algún día sabrás, si no lo sabes ya, que siempre que viajas allí te traes de vuelta algo en tu interior, un sentimiento singular, una íntima alegría que no puedes enseñar más que con gestos y que no te sirve para convencer a nadie, pero que, sin embargo, es el mejor tesoro que de ese País maravilloso podemos llevarnos.
No pensó Alberto en esos momentos en el valor de las frases que acababa de escuchar, sino que se fijó solamente en la palabra «artefacto»... Así que era una especie de máquina o artilugio... ¿Sería posible que fuera la máquina de grabar sueños que siempre había deseado?
Se despidió del mago, dándole de nuevo las gracias y prometiéndole que volvería pronto para contarle lo que fuese. Y se fue casi corriendo hacia su casa, esquivando como pudo la masa de gente que llenaba el mercado. Allí, después de cerrar la puerta de su habitación con llave y correr las cortinas, se sentó en la cama y se dispuso a abrir la pequeña caja de madera...
Con los ojos muy abiertos y a punto de llorar por la emoción, Alberto descubrió que, efectivamente, se trataba de una máquina. ¡Nada menos que de una máquina fotográfica! ¡Lo que siempre había soñado! Era una cámara pequeña, más o menos del tamaño de un paquete de tabaco, como algunas cámaras modernas, pero parecía ser muy antigua, con el cuerpo hecho de una madera oscura, como de caoba. Y tenía una extraña forma ovoide que en nada recordaba a las cámaras normales. De hecho, a no ser por el pulido y brillante objetivo, semejante a una gema, resultaba difícil pensar en una cámara fotográfica.
El joven Alberto estaba muy excitado, quería probar ese aparato mágico cuanto antes... Apareció por un momento la sombra de la duda y se le ocurrió pensar que quizá se tratase de un fraude. ¿Pero qué sentido tendría? No había pagado nada por ella. ¡Era un regalo! ¿Por qué iba a haberle querido engañar el supuesto mago? ¿Para burlarse de él? Eso era absurdo. Y además, algo en la mirada de ese hombre le decía que todo era cierto, que lo que tenía entre las manos era un artefacto mágico que le iba a permitir fotografiar algunas escenas de sus sueños. La duda se esfumó rápidamente. Alberto recordó entonces la advertencia de don Braulio, lo de que tenía que esperar a una noche de plenilunio. Para eso faltaban aún varios días. ¿Tendría paciencia para esperar tanto? Ah, pero también le había dicho que la máquina podía funcionar en algunos atardeceres...
Se asomó por la ventana para ver el cielo. Quedaban aún unas horas para el ocaso, pero le pareció que las nubes presagiaban un encendido atardecer. O así quiso verlo. En realidad no tenía idea de a qué se refería el mago con eso de «algunos atardeceres», pero intuyó que hablaba de esos atardeceres especiales, esos cuya belleza parece rozar el infinito y que hacen que los espíritus sensibles se queden mirando con una sensación extraña, mezcla de nostalgia y de anhelo. Sí, eso debía ser: se refería el mago a esos atardeceres que recuerdan vagamente al País del Sueño.
Alberto guardó cuidadosamente la cámara en su caja y ocultó ésta en el más alto anaquel de la biblioteca, detrás de su colección de libros de fantasía. Luego salió a la calle y se dedicó a pasear por el parque sin rumbo fijo. Estaba ansioso porque llegara el atardecer...
Aquí termina la historia. El amigo Alberto no me contó más detalles. Algunas veces está muy hablador y otras no. Imagino que porque en esa aventura en concreto ocurrieron cosas que prefiere no relatar. No sé si por ser malas o, por el contrario, por ser muy buenas y muy íntimas. Lo único que le pude sonsacar, amistosamente, fue que al final de aquella tarde el cielo se encendió, como esperaba, con un impresionante atardecer, de esos en los que parece formarse como una irisada y enigmática niebla que evoca la entrada al remoto País del Sueño y atrae con fuerza a ciertos caminantes. Y también que por la noche consiguió hacer otro de sus queridos y fascinantes viajes a esa tierra de fábula, para nosotros casi del todo desconocida... En cuanto a la cámara, aquí pongo una copia de la fotografía que realizó y que tuvo a bien regalarme. Según me aseguró, fue tomada durante ese mismo sueño. La imagen no es de buena calidad, e incluso se la ve algo borrosa. Pero hay que tener en cuenta que aquella extraña cámara de madera, a pesar de su magia, era ya muy antigua; y además era la primera vez que Alberto la usaba, con lo que probablemente no supo hacer los ajustes necesarios. Sobre si aún la conserva y si ha hecho después otras fotografías de sus sueños, mi amigo no quiso decirme nada.
Antonio Martín Bardán
(7 de junio, 2014)
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imagen: A Garden of Dream's Land - Albert Lynde
miércoles, 4 de junio de 2014
El sueño del tren
«En esta época tuve un sueño inolvidable que al mismo tiempo me aterrorizó y estimuló. Era de noche en un lugar desconocido y sólo penosamente avanzaba yo contra un poderoso huracán. Además se extendía densa niebla. Yo sostenía y protegía con ambas manos una pequeña luz, que amenazaba con apagarse a cada instante. Pero todo dependía de que yo mantuviese viva esa lucecita. De pronto tuve la sensación de que algo me seguía. Miré hacia atrás y vi una enorme figura negra que avanzaba tras de mí. Pero en el mismo momento me di cuenta —pese a mi espanto— de que debía salvar mi pequeña luz, ajeno a todo peligro, a través de la noche y de la tormenta. Cuando me desperté, en seguida lo vi claro: era el "espectro", mi propia sombra sobre la niebla, arremolinándose cansado por la pequeña luz que llevaba ante mí. Sabía también que la lucecita era mi conciencia; es la única luz que tengo. Mi propio conocimiento es el único y el máximo tesoro que poseo. Cierto que es infinitamente pequeño y frágil frente al poder de las tinieblas, pero una luz al fin y al cabo, mi propia luz.»
Carl Gustav Jung
(Recuerdos, sueños, pensamientos, 1957-1961)
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Ando leyendo desde hace unas cuantas noches las memorias del doctor Jung, y este sueño suyo de juventud, de cuando comenzaba su período universitario, me ha hecho recordar otro mío de hace tan sólo unos días. No tengo, ni mucho menos, la capacidad de Jung para interpretar los sueños, pero creo que el mío, a pesar de alguna complejidad, es de fácil lectura. He aquí mi sueño:
Estoy viajando en un tren que asciende, durante la noche, por una escarpada montaña. Supongo que se trata de un tren de cremallera, pero no sabría precisarlo porque, aunque me gustan mucho, no entiendo gran cosa de trenes. El caso es que hay cierta confianza entre el conductor y yo, porque en un momento del trayecto me deja a los mandos de la locomotora. Y sucede que, debido a mi ignorancia, manipulo inconveniblemente algo de la maquinaria y ésta se queda sin frenos. Afortunadamente, el conductor acude pronto al rescate y soluciona el problema... Pero más tarde me encuentro de nuevo al mando de la locomotora. Y vuelve a suceder lo mismo: que otra vez toco algo sin querer y el tren se queda sin frenos...
—Ha pasado otra vez; lo siento. No sé qué he tocado, pero vuelve a estar sin frenos; no responden —le digo alarmado, cuando viene a la cabina a ayudarme.
—No, esta vez es mucho peor —me contesta—, porque vamos cuesta abajo y se aproxima una curva peligrosa.
El tren, efectivamente, en esa onírica noche de luna llena, avanzaba hacia abajo por la empinada pendiente a gran velocidad. Y se veía, cada vez más cercana, una cerrada curva que hacía prever un fatal descarrilamiento. Y esta vez, no puedo saber por qué, el veterano maquinista no daba con la solución; es decir, que no podía restablecer los frenos, quizá porque, dada la difícil situación, eso era ya imposible.
Llegando a la curva, le digo muy inquieto al conductor que parece que no tenemos salvación, pero él me tranquiliza diciéndome que no me preocupe, que las ruedas están «bien calientes» y que ese viejo tren se adherirá a los raíles lo suficiente...
Luego, lo siguiente que recuerdo del sueño es que, inopinadamente, el tren se detiene poco antes de llegar a la curva. El conductor y yo nos apeamos entonces del mismo (al parecer somos sus únicos ocupantes) y seguimos camino a través de la montaña, agarrándonos a los salientes de las rocas para encontrar un lugar seguro.
En un momento del descenso, me encuentro con que tengo que dar un gran salto para alzanzar la siguiente roca, y entonces me invade una angustiosa sensación de vértigo y de miedo que me deja paralizado. No puedo seguir. El maquinista intenta animarme, pero no consigo atreverme. Hay demasiada altura bajo ese largo salto, para el que no me veo capaz... Entonces él me sobrepasa y se desplaza sin problemas hacia el otro lado. Yo me quedo mirando sin saber qué hacer, viendo como evoluciona por entre las rocas.
Y poco después descubro que junto a la vía hay una barandilla metálica que, obviamente, antes no había visto. Me agarro a ella y en cierto momento me doy cuenta de que entre esa barandilla y el suelo seguro hay, asombrosamente, sólo una distancia de unos dos metros... Por supuesto, salto hacia abajo. Y sin poder entenderlo, pero asumiéndolo y disfrutándolo (con esa rara lógica de los sueños), me encuentro de pie sobre el pavimento de una carretera firme y segura, sin peligros ni alturas. El tren queda arriba, extrañamente quieto, sobre la pendiente de una montaña imposible. Y yo con la sensación de que quizá todo había sido sólo una rara clase de espejismo...
Creo haber relatado fielmente este extraño sueño. Al menos, hasta donde me llega el recuerdo. Lo soñé el pasado 30 de mayo, y aún tengo frescas muchas de sus imágenes y sensaciones. Lo que interpreto del mismo, me lo guardo para mis adentros... No por hacerme el misterioso, sino por dejar a algún posible lector la puerta abierta a su personal interpretación, que probablemente diferirá de la mía. Me gustaría saber qué otras lecturas puede haber de esta experiencia onírica, de la que salí visiblemente aliviado, dado el peligro que, inexplicablemente, pude evitar.
Termino hablando de espejismo, pero no lo digo porque fuera consciente en esos momentos de que aquello era sólo un sueño, sino porque era incapaz de comprender cómo pude pasar de una evidente situación de riesgo a otra de seguridad en unos breves instantes. Es decir, cómo logro encontrar, sobre una alta y escarpada montaña, una fácil salida de tan sólo un par de metros... Por ello, pienso ahora que es muy posible que esa última sensación forme parte de un posterior intento de la mente, en estado de duermevela, o saliendo ya de las brumas del sueño, por aplicar una lógica racional a lo que acababa de vivir.
Lo que tengo claro es que ciertos sueños no son gratuitos. Quizá ninguno lo sea. Y que siempre hay en esos conjuntos de imágenes, acción y sonidos, en esos filmes o viajes mentales (en ocasiones aparentemente inconexos y caóticos, a veces atractivas y apasionadas melodías, y otras sucesiones de hechos y ruidos estridentes) sustanciosos mensajes del inconsciente. Mensajes que, evidentemente, quieren transmitirnos un conocimiento que necesitamos para aclarar lagunas de nuestra conciencia y para iluminar las sombras de nuestro caminar individual. El maestro Jung, y otros como él (entre los que se encuentran algunos lúcidos poetas y soñadores, entre caminantes y alquimistas), sabía mucho sobre esto, sin duda. Y a nosotros sólo nos queda aprender, paso a paso y sueño a sueño...
Antonio Martín Bardán
(4 de junio, 2014)
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imagen 1: de B.I.G. (modificada)
imagen 2: pintura de Rob Gonsalves
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