SOBRE LOS VIEJOS (II)
Declaraciones de un joven un tanto impetuoso
Pienso que el mundo es así, tan absurdo y tan viejo, precisamente por esta admiración equivocada, por esta especie de veneración, pueril y asustada, que se tiene por lo viejo, por lo que está de vuelta. Ese mareo de años que nunca llegaron a nada, pero que están ahí sentados en el sillón del tiempo como si supieran algo.
La chispa joven del hijo, del niño, su fuerza rebelde y limpia, positiva y posible, dura muy poco. En seguida se adapta a los esquemas del padre, copia sus formas y hasta imita el tono de su voz. Demasiado pronto el hijo, después de unos cuantos bailes y algún que otro viaje, empieza a cambiar su sueño por nada. El retrato del abuelo impone desde el centro de la pared. Impone mucho. Desde esos ojos grises, profundos, le está mirando nada menos que la imperturbable y poderosa realidad. Y además, para qué engañarnos, la luna quedaba muy lejos y hacía mucho frío aquella noche... No hay otra salida, ni tiene por qué haberla. El chico lo entiende bien y todo queda en su sitio, en el de antes. El mundo, una vez más, está salvado y en orden. Como siempre.
Creo, no obstante, que todo eso tan imperturbable y poderoso es sólo la realidad del abuelo. Respetuosa y digna, como todas las realidades, pero también mutilada, insuficiente y vieja, sobre todo vieja. La realidad auténtica, la entera, que no ha sido desnatada por ninguna memoria, que está viva y se mueve como un pájaro de luz, como una serpiente de aire, no cabe en el cuadro del abuelo, ni en ningún otro. La realidad es curva, sinuosa, danzadora. Siempre se sale del cuadro.
Lo viejo es lo que mueve a este mundo. Por eso este mundo es así de viejo. Recuerdo ahora uno de mis paseos por el Retiro, de hace muchos años, en el que visité ese lugar ridículo y triste que llamaban "Casa de Fieras". Y recuerdo, aparte del pozo aquel donde los monos charlaban de sus cosas, mientras otros monos con chaqueta y corbata los miraban entre divertidos y asombrados. Todo un cuadro de familia. Recuerdo a un lobo encerrado en una pequeña jaula. Tres metros escasos para correr. Un asco de pradera. Y el pobre lobo corría, trotaba sin cesar de un lado para otro como buscando una salida que no había, un campo lejano e imposible... Así, más o menos, siento que se mueve el mundo. Entre paredes estrechas de un gris metálico, donde cuelgan imponentes retratos antiguos, tristes cuadros de viejos y viejas que lo único que hicieron fue servir a la nada y cuidar de su miedo.
Nos movemos sin cesar dentro de esa jaula, rebotando entre paredes de niebla. Pero no es la libertad lo que buscamos. No somos lobos. Lo que nos gustaría es encontrar una jaula más limpia y bonita, un poco más espaciosa, donde rebotar más a gusto.
Se me puede decir, quizá, que todo ese clonismo social, ese mareo de vidas iguales, copiadas y vacías, ese amor entre viejos, sucede a la fuerza. Que hay una presión muy grande que obliga a que todo se parezca. Pero yo, sinceramente, no me lo creo. La gente en general ama lo viejo por eso mismo, porque es vieja. Y lo es voluntariamente. Lo otro les asusta. Se mueve demasiado deprisa y no hay por donde cogerlo. No es seguro ni tranquilo, y así no se puede vivir, no se pueden hacer planes para el futuro. Es una locura.
Mejor recortar los sueños para que quepan dentro del marco del abuelo. Al fin y al cabo, él sabía bien lo que había que hacer y consiguió llegar hasta los noventa sin demasiados problemas. Es el ejemplo a seguir. Además, si no fuera por él no tendríamos esta estupenda casa y andaríamos de alquiler, trabajando como esclavos para llegar a fin de mes. El abuelo, como digo, es el ejemplo a seguir, con todo lo que ello implica. Él sabía bien que a la vida no hay que darle más vueltas, que todo está inventado, que el pan es pan y el vino vino, y los sueños no son sino pájaros inútiles que hay que quitarse de la cabeza.
Preciosos pero inútiles. La gente en general es más amante de los muebles, cuanto más pesados mejor. Le gustan las paredes recias y gruesas, y usa las ventanas sólo para ver si llueve. Los pájaros y los sueños quedan bien en las películas y en las novelas, pero no son nada prácticos, no generan muebles, ni dinero, ni cosas. Pobres pájaros, pobres sueños inútiles. De hecho, lo que más le gustaba al abuelo ese del retrato era verlos caer, contemplar cómo su música de plumas, de color y de aire se precipitaba sobre el suelo bajo el tiro certero de su escopeta.
Los viejos, no sé por qué, sienten algo así como odio hacia todo lo que vuela.
En fin , para qué seguir. Hago esta leve crítica porque creo que la vida puede ser otra cosa. No tengo nada personal contra los viejos. Bastante tienen con ser los continuadores del tiempo. Lo que niego es esa categoría casi filosófica que se da a la vejez, cuando no es más que la cristalización deforme de lo humano, un estado patológico que impide el desarrollo, la expresión natural de la vida.
Llegar a viejo, remontar la línea de los años, si somos amantes de esta aventura, es algo absolutamente deseable. Pero hacerse viejo,
ser viejo es como caer enfermo de gravedad, como darle la espalda a la vida, como encerrarse en un armario antiguo en el que se hubiera detenido el tiempo.
Esto último, lo de detener el tiempo, nos gustaría poder hacerlo en más de una ocasión. Parar el reloj y recrearnos a placer en ese momento especialmente emotivo o feliz. Pero no es así como funciona. Cuando se para el reloj, el tiempo simplemente se va, y nos quedamos solos con cara de idiota mirando al vacío. Lo que hay que parar es el mundo, la máquina gris que un día y otro sigue dando vueltas a lo viejo, para que todos los días se parezcan, para que todo siga en orden, ese orden viejo, para que todo permanezca en su sitio, dentro de la jaula, detenido y roto, para que la vida no pueda llegar nunca a nada. Eso es lo que hay que parar. Al menos por dentro, en lo que concierne a nuestra parcela personal, en lo cercano y posible.
Parar el mundo significa nada menos que ver a la vida moverse, y poder, también, movernos con ella. Esto es lo que nos importa. Y que los viejos se queden con sus armarios y su arena.
Debo reconocer, sin embargo, que me atrae la vejez, que me gusta. Pero sólo cuando ésta es una altura, una lejanía que hace más ancho el horizonte. Me atrae esa vejez que no es vieja, que se mueve, que respira el presente, que es amiga del aire... Obviamente, no es de ésa de la que he estado hablando. Hablaba de la otra, de la vieja, de la que tiene la casa llena de armarios con miles de cosas dentro, la que tiene respuesta para todo, pero no sabe distinguir entre lo de ayer y lo de hoy, esto que ahora nos pasa por delante de los ojos.
Hablaba de esa otra, que es la que abunda y la que más conozco. Y, bueno, quizá todo lo que he dicho sea un poco simple. Al fin y al cabo, sólo soy un simple observador con muchas limitaciones. Sencillamente, así es como lo veo y no sé contarlo de otra manera. En fin, creo que ya vale, ya es suficiente por hoy. No quiero hacerme viejo con esto. Ya he dicho lo que quería decir.
Únicamente añadir, volviendo al principio, que a mi modo de ver, si el diablo sólo fuera viejo, y no diablo, sabría efectivamente muchas cosas, pero no podría transformar ninguna. Y creo que la vida trata precisamente de eso.
Antonio Castellón
(Domingo, 27 de julio, 1997)