Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







jueves, 25 de junio de 2009

Notas sobre el Zen




Con el objeto de echar luz sobre algunos de los aspectos que aquí se han comentado someramente sobre el Zen, me permito incluir aquí unas cuantas notas. Pero en este caso el autor no soy yo, que disto mucho de ser un entendido en la materia, sino que acudo a Daisetz Teitaro Suzuki, maestro zen y escritor, que fue nada menos que el divulgador del Zen en Occidente.
Las notas son citas escogidas por mí de su obra Die Grosse Befreiung (La Gran Liberación), concretamente párrafos del segundo capítulo, titulado "¿Qué es el Zen?".
Este libro, que aquí se publicó con el nombre de "Introducción al Budismo Zen", está prologado por el prestigioso psicoanalista Carl Gustav Jung, y es toda una joya que sirve efectivamente de introducción, al menos teórica, al fascinante mundo del Zen.
El maestro Suzuki (1870-1966) escribió muchos libros sobre Zen, intentando siempre explicar algo tan incomprensible para nuestra mente occidental como es el sentido del Zen, en términos que pudiéramos entender. Parece que siempre lo más sencillo es lo más difícil de explicar, pero él, ya digo, lo intentó durante muchos años, y creo que fueron bastante significativos sus logros a este respecto.
Entre sus amigos, gente que le admiraba y respetaba se encuentran, aparte del mencionado Jung, Hermann Hesse, Erich Fromm y Alan Watts.
Y paso ya a dejar al maestro que nos hable sobre el Zen...

AC.

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¿QUÉ ES EL ZEN?

por Daisetz Teitaro Suzuki


... Hemos afirmado que en el Zen cristaliza toda la filosofía del Oriente, pero esto no quiere decir que el Zen sea filosofía en el sentido corriente de la palabra. El Zen no es un sistema que se base en lógica y análisis. Si él algo es, es lo contrario de la lógica, bajo la cual yo entiendo el modo dualista de pensar. Bien es verdad que en el Zen puede hallarse un elemento intelectual, pues el Zen es el espíritu en su condición de un todo, y en él tienen cabida muchas cosas. Pero el espíritu no es algo compuesto, que pueda dividirse en tantas y tantas capacidades sin que después de esta desmembración quede algo de sobra.
Ni el Zen tiene nada que enseñarnos por la vía del análisis intelectual, ni contiene dogmas fijos que deberán aceptar sus adeptos. En este aspecto el Zen es totalmente caótico, por así decirlo. Probablemente, los seguidores del Zen tendrán una serie de dogmas o teorías, pero ellos los tienen por su propia cuenta y en su propio interés, no se lo deben al Zen.
Así, en el Zen tampoco existen libros sagrados, ni doctrinas dogmáticas, ni cualesquiera fórmulas simbólicas, que pudieran hacer accesible la esencia del Zen. Si se me preguntara qué enseña el Zen, yo debo responder que el Zen no enseña nada. Las doctrinas que se dan en el Zen proceden del propio interior de cada uno. Nosotros mismos somos nuestros maestros; el Zen sólo muestra el camino. Puede que esta orientación sea una doctrina, pero en el Zen no existe nada que pueda calificarse de doctrina fundamental o base filosófica.

En la meditación, una persona ha de concentrar sus pensamientos en alguna cosa, por ejemplo, en la unicidad de Dios o en su amor sin límites, o en la caducidad de las cosas. Pero el Zen quiere evitar precisamente esto. Lo que el Zen persigue con todas sus fuerzas es la consecución de la libertad, y en concreto, la libertad respecto a todos los obstáculos no naturales.
La meditación es algo impuesto artificialmente, no respondiendo a la postura natural del espíritu. ¿Sobre qué medita el pájaro en el aire o el pez en el agua? El pájaro vuela, el pez nada. ¿No es esto suficiente? ¿Quién quisiera fijar su espíritu en la unidad de Dios o del hombre? ¿O en la nulidad de esta vida? ¿Quién quiere o desea ser estorbado en las manifestaciones cotidianas de su voluntad de vivir por meditaciones, por ejemplo, acerca de la infinita bondad de un ser divino o el fuego perpetuo del infierno?

Algunos afirman que el Zen es una forma de la mística y, por lo tanto, no puede reivindicar o pretender ser original en la historia de las religiones. Puede ser, pero el Zen es una mística de peculiar índole. Es místico en el sentido, por ejemplo, en que el sol brilla, la flor crece lozana, o en que yo oigo que uno redobla el tambor ahí fuera. Si éstas son realidades místicas, entonces el Zen se halla repleto de tal clase. Cuando un maestro del Zen fue preguntado en cierta ocasión qué es el Zen, respondió: "Vuestros pensamientos de todos los días". ¿No es esto claro y auténtico?
El Zen no tiene nada en común con espíritu sectario de cualquier clase. Los cristianos pueden practicar el Zen igualmente que los budistas, exactamente igual que en el mismo océano viven peces grandes y pequeños. El Zen es el océano, el Zen es el aire, el Zen es la montaña, el Zen es el trueno y el relámpago, la flor primaveral, calor de verano y nieve del invierno; ciertamente más que esto, el Zen es el hombre.

Bajo todas las formalidades, tradiciones y superestructuras que se han acumulado en su larga historia, en el fondo pervive este aspecto esencial del Zen. Su mérito principal radica en el hecho de que nosotros somos capaces de penetrar en esta realidad última sin desviación alguna.
Como ya quedó dicho anteriormente, la originalidad del Zen, tal como se practica en el Japón, se basa en la disciplina sistemática del espíritu. El misticismo habitual resulta demasiado excéntrico, porque se encuentra demasiado apartado de la vida cotidiana; aquí el Zen ha aportado una transformación. Lo que en otros tiempos habitaba en el cielo, el Zen lo ha traído a la tierra. Con el desarrollo del Zen la mística perdió lo místico, ya no sigue siendo el producto salido del esfuerzo de una naturaleza especialmente dotada. Pues el Zen descubre su esencia en la vida trivial y sin acontecimientos del hombre corriente de la calle, aprehende el hecho de la vida en medio de la vida, tal como ella acontece.

El Zen educa sistemáticamente al espíritu para ver esto. Abre el ojo del hombre en relación al misterio máximo, que se desarrolla a diario y de hora en hora; expande al corazón de manera que es capaz de rastrear la eternidad del tiempo y la inmensidad del espacio; nos brinda una vida en el mundo, como si camináramos en el jardín del Edén; y todos estos hechos espirituales se desarrollan sin refugiarse en una doctrina, sino aferrándose de manera sencilla y directa a la verdad, que habita en lo más íntimo de nuestro ser.


D. T. Suzuki

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- Del libro "Introducción al Budismo Zen"
- Ed. Mensajero, 1972



Hakuin



¿ES ASÍ?


El maestro Zen Hakuin (1) era conocido entre sus vecinos como aquél que llevaba una vida pura.
Una jovencita japonesa muy atractiva, cuyos padres regentaban una tienda de comidas, vivía cerca de su casa. Una mañana repentinamente, los padres descubrieron con espanto que la muchacha estaba embarazada.
Esto puso a los tenderos fuera de sí. La joven, al principio, se negaba a delatar al padre de la criatura, pero después de mucho hostigarla y amenazarla acabó dando el nombre de Hakuin.
Muy irritados, los padres fueron en busca del maestro.

"¿Es así?", fue todo lo que él dijo.

Al nacer el niño, lo llevaron a casa de Hakuin. Por entonces éste había perdido ya toda su reputación, lo cual no le preocupaba mucho, pero en cualquier caso no faltaron atenciones en la crianza del niño. Los vecinos daban a Hakuin leche y cualquier otra cosa que el pequeño necesitase.
Pasó un año, y la joven madre, no pudiendo resistir más, confesó a sus padres la verdad: que el auténtico padre del niño era un hombre joven que trabajaba en la pescadería.
La madre y el padre de la chica fueron en seguida a casa de Hakuin para pedirle perdón. Después de haberse deshecho en disculpas, le rogaron que les devolviese el niño.

Hakuin no puso ninguna objeción. Al entregarles al pequeño, todo lo que dijo fue: "¿Es así?".

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(1) Uno de los máximos exponentes de la escuela Rinzai (1685-1768), al cual se debe en gran parte el desarrollo del sistema koan en el Japón.
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- Del libro "Carne de Zen - Huesos de Zen"
(antología de historias antiguas del budismo Zen)
- Traducción y notas de Ramón Melcón López-Mingo
- Editorial Swan, 1979

martes, 23 de junio de 2009

La taza de té



(Como se ha hablado aquí, comentando el último texto, de "lleno" y "vacío", me ha parecido bien continuar con esta breve historia zen, que habla precisamente de lo mismo, y en la forma concentrada y directa que caracteriza al espíritu zen.)


LA TAZA DE TÉ

Nan-in, un maestro japonés de la era Meiji (1868-1912) recibió cierto día la visita de un erudito, profesor en la Universidad, que venía a informarse acerca del Zen.
Nan-in sirvió el té. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad.
El erudito contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más.

"Está ya llena hasta los topes. No siga, por favor".

"Como esta taza," dijo entonces Nan-in, "estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el Zen a menos que vacíes primero tu taza?".


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- Del libro "Carne de zen - Huesos de zen"
- Traducción de Ramón Melcon López-Mingo
- Editorial Swan, 1979

domingo, 21 de junio de 2009

El bote vacío



EL BOTE VACÍO

por Chuang Tse


Aquel que gobierna sobre los hombres vive en la confusión.
Aquel que es gobernado por hombres vive en el dolor.
Por tanto, Yao deseaba
no influir en los demás
ni ser influido por ellos.
El camino para apartarse de la confusión
y quedar libre del dolor
es vivir en el tao,
en la tierra del gran vacío.

Si un hombre está cruzando un río,
y un bote vacío choca con su esquife,
por muy mal genio que tenga
no se enfadará demasiado;
pero si ve en el bote a un hombre,
le gritará que se aparte.
Si sus gritos no son escuchados, volverá a gritar,
una y otra vez, y empezará a maldecir.
Y todo porque hay alguien en el bote.
No obstante, si el bote estuviera vacío,
no estaría gritando, ni estaría irritado.

Si uno puede vaciar su propio bote,
que cruza el río del mundo,
nadie se le opondrá,
nadie intentará hacerle daño.

El árbol derecho es el primero en ser talado,
el arroyo de aguas claras es el primero en ser agotado.
Si deseas engrandecer tu sabiduría
y avergonzar al ignorante,
cultivar tu carácter
y ser más brillante que los demás,
una luz brillará en torno a ti
como si te hubieras tragado el Sol y la Luna:
no podrás evitar las calamidades.

Un hombre sabio ha dicho:
"Aquel que está contento consigo mismo
ha realizado un trabajo carente de valor.
El éxito es el principio del fracaso.
La fama es el comienzo de la desgracia."

¿Quién puede liberarse del éxito
y de la fama, descender y perderse
entre las masas de los hombres?
Fluirá como el tao, sin ser visto,
se moverá con la propia vida
sin nombre ni hogar.
Él es simple, sin distinciones.
Según todas las apariencias, es un tonto.
Sus pasos no dejan huella. No tiene poder alguno.
No logra nada, carece de reputación.
Dado que no juzga a nadie,
nadie lo juzga.
Así es el hombre perfecto:
su bote está vacío.


Chuang Tse

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- De "El Camino de Chuang Tzu"
- Versión de Thomas Merton
- Editorial Debate, 1999

viernes, 19 de junio de 2009

Comentario de Isis



Imaginé desde el principio que este escrito mío de hace años iba a encontrarse con comentarios diversos, unos a favor y otros en contra, y que iba a originar cierta ambigüedad en las respuestas... Porque el tema parece ambiguo, quizá porque no está claramente definido, o simplemente porque no está bien escrito.
Bueno, y ha habido un poco de todo. Por lo general, parece que se me entiende, aunque casi siempre en los comentarios se ha incluido un respeto hacia los viejos, lo que me parece loable, pero esto viene motivado porque no ha quedado del todo claro a qué tipo de "viejos" me refería.
Quizá haría falta una "segunda lectura", porque aclaro en varias ocasiones que mi escrito no era contra la vejez, sino contra el anquilosamiento mental que se erige en un falso conocimiento de lo que es la vida, en una supuesta "sabiduría" basada sólo en experiencias normales.
Pero no hace falta que nadie vuelva a leer nada, que todos tenemos poco tiempo y mucho por leer, pensar y escribir.

Lo que sí quiero es destacar aquí uno de los comentarios que acompañan a la segunda parte de "Sobre los viejos", el comentario de la amiga Isis.
Todo lo que dice es tan cierto, y está tan en línea con el espíritu de mi viejo escrito, que deseo que quede resaltado y expuesto, más allá del rincón de los comentarios.
Para mí ha sido todo un abrazo de comprensión y complicidad.

Y tengo que confesar dos cosas:
Conocí el sitio de Isis hace meses, y justo cuando se estaba despidiendo, por algo que sonaba a cuestiones de amor o desamor. Dejé mi saludo, pero pensé para mis adentros que se trataba de otro blog "amoroso", de esos que se limitan a escribir pequeños poemas tristes sobre deseos y añoranzas, con fotos bonitas de mujeres solas en una playa...
Ah, pero más tarde Isis volvió, y ya no era la misma. ¡Se había quitado el velo!
No sé qué viajes interiores hizo, por qué experiencias pasó, qué libros leyó o a quién conoció... Pero esta nueva Isis era, al menos para mí, otra bien distinta.
Nada que ver con simples "problemas de amor", no. Esta nueva Isis sabe mucho de muchas cosas, pero sobre todo de la vida, y su forma de verla y sentirla enlaza mucho con la mía propia.
Quizá siempre fue así, y lo que pasa es que llegué a su página en mal momento y me creé una falsa imagen... Sea como fuere, me alegro hoy en día de que esta amiga, que se hace llamar Isis de la Noche, sea una amable estrella que brilla en este espacio nuestro de búsquedas y encuentros.


Antonio H. Martín
(19 de junio, 2009)


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(Comentario de ISIS)

por Isis de la Noche



"Si lo que quieres es vivir cien años..."

Así comienza una canción de Sabina que me gusta mucho...

No. No quiero vivir cien años. Y menos aún después de leer tus ideas en contra de la vejez!! jeje... (no tienes que explicarte, te he entendido perfectamente, es solo una ironía ;)

En realidad, esa inocencia, esa capacidad de asombro y ese sentido de aventura de la niñez y -con fortuna- de la juventud, pronto son alienados por las 'programaciones culturales' a las que todos somos sometidos. Después, y si hemos tenido la suerte de tomar conciencia de ella, emprendemos el arduo camino de liberarnos de esquemas y dejar de ver el mundo tras el cristal... Tarde o temprano llega el día en que debemos abrir la ventana... Y saltar por ella ;)

Por supuesto, lo otro es lo más 'conveniente'. Claro, porque es lo más fácil. Repetir modelos, vivir regidos por esquemas, optar según conveniencias.. Mientras el tiempo sigue pasando de manera imperceptible, llevándose con cada minuto la oportunidad que hubiéramos tenido de hacer de nuestra vida una aventura extraordinaria.

No por grandes logros ni históricos reconocimientos ;) (el mayor logro sería sustraernos de esta alienación...); sino por poder decir, al final de nuestra vida, que fuimos dueños de nuestros días. Que cada uno contó. Que vivimos nuestra propia vida, la que 'nos dio la gana' vivir. Y que no vimos el mundo tras el cristal, ni tras la mirada de los que nos precedieron. Sino con nuestros propios ojos, después de haberlos abiertos el día en que despertamos.

Sí... El mundo repite incesantemente modelos caducos de percepción. Y por eso los seres humanos se autolimitan al punto de morir sin siquiera imaginar todo aquello de lo que hubieran sido capaces.

(Adónde irían a parar tantas vidas que no se vivieron).

En realidad, lo más cómodo es repetir modelos. Lo otro implica creatividad, coraje, curiosidad, fe a toda prueba ;) Y muchos más obstáculos y limitaciones personales y circunstanciales que vencer. "¿Para qué??", es la pregunta que se hacen muchos... ¿para qué hacerse tanto lío si la vida es corta y es mejor una existencia tranquila?

'Porque no somos plantas' sería mi inmediata respuesta ;)

En fin...

Tal vez esa pregunta sea tan retórica como la interrogante que nos plantea cada nuevo amanecer. Precisamente, porque la vida es corta: sin importar los años que pasen, al final nos parecerá que el tiempo pasó demasiado rápido. ¿Qué estamos dispuestos a hacer con el tiempo que nos ha sido concedido?

¿Saltar por la ventana o cerrarla y reemplazar el prometedor paisaje por la inmutable imagen del cuadro??

¡Nunca jamás!!! ;)

Prefiero la inquietante noche, el prometedor amanecer, la emoción de lo desconocido.

Y la certeza de que viví. De que escribí mi propia historia.

Tal vez, entonces, el mundo para mí no sea "absurdo y viejo", sino uno por el que valga la pena pasar ;)

un abrazo... joven impetuoso...


Isis de la Noche
(18 de junio, 2009)

http://isisdelanoche.blogspot.com

jueves, 18 de junio de 2009

Sobre los viejos (II)



SOBRE LOS VIEJOS (II)


Declaraciones de un joven un tanto impetuoso



Pienso que el mundo es así, tan absurdo y tan viejo, precisamente por esta admiración equivocada, por esta especie de veneración, pueril y asustada, que se tiene por lo viejo, por lo que está de vuelta. Ese mareo de años que nunca llegaron a nada, pero que están ahí sentados en el sillón del tiempo como si supieran algo.
La chispa joven del hijo, del niño, su fuerza rebelde y limpia, positiva y posible, dura muy poco. En seguida se adapta a los esquemas del padre, copia sus formas y hasta imita el tono de su voz. Demasiado pronto el hijo, después de unos cuantos bailes y algún que otro viaje, empieza a cambiar su sueño por nada. El retrato del abuelo impone desde el centro de la pared. Impone mucho. Desde esos ojos grises, profundos, le está mirando nada menos que la imperturbable y poderosa realidad. Y además, para qué engañarnos, la luna quedaba muy lejos y hacía mucho frío aquella noche... No hay otra salida, ni tiene por qué haberla. El chico lo entiende bien y todo queda en su sitio, en el de antes. El mundo, una vez más, está salvado y en orden. Como siempre.

Creo, no obstante, que todo eso tan imperturbable y poderoso es sólo la realidad del abuelo. Respetuosa y digna, como todas las realidades, pero también mutilada, insuficiente y vieja, sobre todo vieja. La realidad auténtica, la entera, que no ha sido desnatada por ninguna memoria, que está viva y se mueve como un pájaro de luz, como una serpiente de aire, no cabe en el cuadro del abuelo, ni en ningún otro. La realidad es curva, sinuosa, danzadora. Siempre se sale del cuadro.

Lo viejo es lo que mueve a este mundo. Por eso este mundo es así de viejo. Recuerdo ahora uno de mis paseos por el Retiro, de hace muchos años, en el que visité ese lugar ridículo y triste que llamaban "Casa de Fieras". Y recuerdo, aparte del pozo aquel donde los monos charlaban de sus cosas, mientras otros monos con chaqueta y corbata los miraban entre divertidos y asombrados. Todo un cuadro de familia. Recuerdo a un lobo encerrado en una pequeña jaula. Tres metros escasos para correr. Un asco de pradera. Y el pobre lobo corría, trotaba sin cesar de un lado para otro como buscando una salida que no había, un campo lejano e imposible... Así, más o menos, siento que se mueve el mundo. Entre paredes estrechas de un gris metálico, donde cuelgan imponentes retratos antiguos, tristes cuadros de viejos y viejas que lo único que hicieron fue servir a la nada y cuidar de su miedo.
Nos movemos sin cesar dentro de esa jaula, rebotando entre paredes de niebla. Pero no es la libertad lo que buscamos. No somos lobos. Lo que nos gustaría es encontrar una jaula más limpia y bonita, un poco más espaciosa, donde rebotar más a gusto.

Se me puede decir, quizá, que todo ese clonismo social, ese mareo de vidas iguales, copiadas y vacías, ese amor entre viejos, sucede a la fuerza. Que hay una presión muy grande que obliga a que todo se parezca. Pero yo, sinceramente, no me lo creo. La gente en general ama lo viejo por eso mismo, porque es vieja. Y lo es voluntariamente. Lo otro les asusta. Se mueve demasiado deprisa y no hay por donde cogerlo. No es seguro ni tranquilo, y así no se puede vivir, no se pueden hacer planes para el futuro. Es una locura.
Mejor recortar los sueños para que quepan dentro del marco del abuelo. Al fin y al cabo, él sabía bien lo que había que hacer y consiguió llegar hasta los noventa sin demasiados problemas. Es el ejemplo a seguir. Además, si no fuera por él no tendríamos esta estupenda casa y andaríamos de alquiler, trabajando como esclavos para llegar a fin de mes. El abuelo, como digo, es el ejemplo a seguir, con todo lo que ello implica. Él sabía bien que a la vida no hay que darle más vueltas, que todo está inventado, que el pan es pan y el vino vino, y los sueños no son sino pájaros inútiles que hay que quitarse de la cabeza.

Preciosos pero inútiles. La gente en general es más amante de los muebles, cuanto más pesados mejor. Le gustan las paredes recias y gruesas, y usa las ventanas sólo para ver si llueve. Los pájaros y los sueños quedan bien en las películas y en las novelas, pero no son nada prácticos, no generan muebles, ni dinero, ni cosas. Pobres pájaros, pobres sueños inútiles. De hecho, lo que más le gustaba al abuelo ese del retrato era verlos caer, contemplar cómo su música de plumas, de color y de aire se precipitaba sobre el suelo bajo el tiro certero de su escopeta.
Los viejos, no sé por qué, sienten algo así como odio hacia todo lo que vuela.

En fin , para qué seguir. Hago esta leve crítica porque creo que la vida puede ser otra cosa. No tengo nada personal contra los viejos. Bastante tienen con ser los continuadores del tiempo. Lo que niego es esa categoría casi filosófica que se da a la vejez, cuando no es más que la cristalización deforme de lo humano, un estado patológico que impide el desarrollo, la expresión natural de la vida.

Llegar a viejo, remontar la línea de los años, si somos amantes de esta aventura, es algo absolutamente deseable. Pero hacerse viejo, ser viejo es como caer enfermo de gravedad, como darle la espalda a la vida, como encerrarse en un armario antiguo en el que se hubiera detenido el tiempo.
Esto último, lo de detener el tiempo, nos gustaría poder hacerlo en más de una ocasión. Parar el reloj y recrearnos a placer en ese momento especialmente emotivo o feliz. Pero no es así como funciona. Cuando se para el reloj, el tiempo simplemente se va, y nos quedamos solos con cara de idiota mirando al vacío. Lo que hay que parar es el mundo, la máquina gris que un día y otro sigue dando vueltas a lo viejo, para que todos los días se parezcan, para que todo siga en orden, ese orden viejo, para que todo permanezca en su sitio, dentro de la jaula, detenido y roto, para que la vida no pueda llegar nunca a nada. Eso es lo que hay que parar. Al menos por dentro, en lo que concierne a nuestra parcela personal, en lo cercano y posible.
Parar el mundo significa nada menos que ver a la vida moverse, y poder, también, movernos con ella. Esto es lo que nos importa. Y que los viejos se queden con sus armarios y su arena.

Debo reconocer, sin embargo, que me atrae la vejez, que me gusta. Pero sólo cuando ésta es una altura, una lejanía que hace más ancho el horizonte. Me atrae esa vejez que no es vieja, que se mueve, que respira el presente, que es amiga del aire... Obviamente, no es de ésa de la que he estado hablando. Hablaba de la otra, de la vieja, de la que tiene la casa llena de armarios con miles de cosas dentro, la que tiene respuesta para todo, pero no sabe distinguir entre lo de ayer y lo de hoy, esto que ahora nos pasa por delante de los ojos.
Hablaba de esa otra, que es la que abunda y la que más conozco. Y, bueno, quizá todo lo que he dicho sea un poco simple. Al fin y al cabo, sólo soy un simple observador con muchas limitaciones. Sencillamente, así es como lo veo y no sé contarlo de otra manera. En fin, creo que ya vale, ya es suficiente por hoy. No quiero hacerme viejo con esto. Ya he dicho lo que quería decir.

Únicamente añadir, volviendo al principio, que a mi modo de ver, si el diablo sólo fuera viejo, y no diablo, sabría efectivamente muchas cosas, pero no podría transformar ninguna. Y creo que la vida trata precisamente de eso.


Antonio Castellón
(Domingo, 27 de julio, 1997)

miércoles, 17 de junio de 2009

Sobre los viejos (I)



SOBRE LOS VIEJOS (I)

Declaraciones de un joven un tanto impetuoso



(Lo que sigue es un texto antiguo, que escribí en el lejano siglo XX, hace la friolera de doce años. Recuerdo el por qué lo escribí de esta manera y comprendo que suene ahora como "un tanto impetuoso". Hoy no escribiría sobre este tema de la misma forma, pero sigo entendiendo bien lo que quise decir. Hoy matizaría algunos detalles, pero creo que el fondo sería más o menos el mismo. Hay personas que no sabemos crecer, o simplemente no nos interesa...)


"Más sabe el diablo por viejo que por diablo".
Vaya estupidez. Como si los viejos, por el mero hecho de serlo, gozaran de una categoría especial que los inmunizara contra la ignorancia. Un viejo puede ser tan idiota como cualquiera. Puede que incluso más, porque su respuesta actual, la de ahora mismo, habita demasiado en el recuerdo, trabaja mucho con archivos y fotografías, y eso le confunde y le equivoca. O sea, que es muy poco actual. La vida se le escapa más deprisa aún, le deja más atrás, aunque él crea que la está mirando pasar desde el balcón de su memoria.
La vejez no sabe nada. Sólo es un globo lleno de arena. Cuatro películas antiguas y un par de anécdotas que han perdido su gracia. La lucha, el trabajo, un viaje, un beso y alguna cosa rara que nunca entendió pero de la que siempre se acuerda. Eso, o poco más, es todo lo que sabe el viejo.
Sería válida una vejez que fuera dinámica, flexible, aérea. Pero a eso creo que lo llaman juventud.

En este mundo se valora mucho el peso de la experiencia, la arruga sabia del viejo. Saber dónde está la puerta porque ya se ha pasado por ahí, sonreír tranquilo y confiado porque se guarda una llave en algún sitio. Pero a eso se reduce su valor, al exacto conocimiento de puertas y ventanas, de escaleras y armarios. Todo lo que sabe el viejo es moverse por la vieja casa, entrar y salir por la misma puerta de siempre. Sabe dónde hay que ir para conseguir esto o lo otro, qué hay que hacer en cada caso concreto. Pero de lo abstracto, de lo mágico, de lo nuevo, sabe menos que nadie. De esa cosa lúdica y misteriosa, de ese fulgor y ese aliento que está detrás de todo lo que se mueve, de todo lo que vive, de eso el viejo no sabe. Quizá sabía algo antes, cuando era joven, pero lo ha olvidado.

Se le puede preguntar al viejo sobre muchas cosas, sobre esto o aquello: en qué año ocurrió aquel famoso accidente, por dónde queda la cafetería más próxima o la estación del metro, qué es lo mejor para aliviar el catarro, o cuándo se celebran las fiestas de su barrio o de su pueblo. Datos vulgares que el viejo guarda en su memoria por simple inercia, pero que expone, a veces, como si se tratara de la ruta del tesoro.
También podemos preguntarle -y esto es su tema preferido- sobre la historia reciente, sobre los detalles de algún suceso que él vivió de cerca y los motivos ocultos que lo provocaron, que sin duda conoce mejor que nadie. Para eso el viejo es testigo y guardián de su tiempo. Un experto contable que se atreve, de cabeza, con largas sumas y complicadas divisiones con muchos decimales. Pero no se le puede inquirir sobre aquello que más nos importa, sobre esto que ahora nos sucede. Porque entonces el viejo abrirá su armario de recetas y nos soltará su discurso, su historia, su consejo de viejo, que no sirve para nada. Es su cuento personal, lo más valioso de su armario, y podemos escucharlo con interés y respeto, incluso con afecto, pero es agua pasada y no nos vale.
Aunque todas las aguas se parezcan, no es lo mismo si el que lo cuenta no es un navegante sino, simplemente, el dueño de un pozo. No es el mismo el brillo del agua.

Pudiera ser, sin embargo, que nos encontrásemos ante un ser vivo, ante alguien que sigue en movimiento -que también sabe de puertas y armarios, pero sin importarle demasiado. Con ése sí podríamos hablar de lo que nos importa, y puede que hasta tuviera algo que enseñarnos, quizá mucho. Pero a ese pájaro raro no lo veríamos como un viejo.
Tener unos cuantos años más, pocos o muchos, no tiene nada que ver con la vejez. Los años son como sueños que corren por una pendiente, arriba o abajo. Como animales salvajes. Aves migratorias que vuelan hacia el norte o hacia el sur, según el viento que el hombre guarda en su pecho. Y el otro que sopla afuera, que puede que sea el mismo. Pero la vejez, como categoría humana, figura de piedra y memoria, es sólo un desierto sin aire. Y el viejo un absurdo contador de arena, que colecciona polvo y sombras.
En ese mar vacío los años no van a ninguna parte. El viejo es aquel que dejó de vivir hace tiempo, el que ancló su barca en la orilla y dejó que el río se marchara...

El peso de su experiencia es considerable, su saco está casi lleno, pero dentro sólo hay mariposas tristes y quietas, clavadas en cajas de cristal. Dentro está su tesoro antiguo, el oro y la plata, su arqueología de sombras, su orgullosa colección de arena. Pero falta la luz y el aire.
Sabe muchas cosas el viejo, pero de lo que nos importa no sabe nada.

(...)


Antonio Castellón
(27 de julio, 1997)