Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







jueves, 21 de mayo de 2015

La última hora




    Me entero por una revista, leída al azar, de que el pensador francés Roger-Pol Droit (París, 1949) ha publicado un nuevo libro, cuyo título es Si sólo me quedara una hora de vida. No he leído aún el libro, pero sí la entrevista, y me han gustado sus respuestas a preguntas que se centraban en la forma de vivir, de sentirse vivo, y en la relación que uno debe tener con la muerte, sobre todo en la necesidad de tener conciencia de ella, más allá de laberintos cotidianos de uno u otro nivel, de ocupaciones, fiestas y problemas.
    Y, bueno, me animo ahora a contestar a ese planteamiento del título del libro. ¿Qué haría yo si me quedara una hora de vida?... 
    Lo primero sería comprar un billete de avión con destino a Zürich, y usarlo, por supuesto. Una vez allí, cogería un tren que atravesara los Alpes (por el Paso de San Gotardo) hasta Lugano. Y desde esa bella ciudad, junto al lago del mismo nombre, entre los montes Bré y San Salvatore, me dirigiría, caminando (como hace años) o en taxi, a la preciosa aldea de Montagnola. Y allí visitaría el Museo de Hermann Hesse (junto a la Casa Camuzzi), donde se guardan objetos personales de este escritor: libros, acuarelas, su máquina de escribir, sus gafas, su mesa y su silla, su sombrero, su vieja caja de colores y pinceles... Y después de respirar a fondo todo ese ambiente, y empaparme de los recuerdos del maestro y amigo, me iría a caminar por las cuestas del pueblo, me acercaría de nuevo a su casa (que entonces era la Casa Rossa, en la Collina D'Oro), y luego me metería en algún antiguo grotto, para comer algo típico y sabroso y beberme una copa de buen vino. Haciendo un último brindis a la vida, por todos los buenos momentos, por las luces (escasas, pero brillantes) que tuve la suerte de encontrar en mi camino. 
    Más allá de esto..., se me detiene la imaginación. Tal vez, ya entrada la noche, me acostaría bajo cualquier pino o castaño, en la colina, desde donde se vieran las luces de la ciudad, reflejadas en el lago, y las amadas estrellas... Y nada más. Sólo despedirme en silencio de todo lo querido, cerrar los ojos y esperar el último aliento.
    Ya sé que es mucha historia para una sola hora. Pero..., hay horas que pueden alargarse mucho más de lo normal. Quizá debido a un raro sortilegio, cuyo código nunca he sabido, que estira y ahonda el tiempo de una manera singular.


Antonio H. Martín
(21 de mayo, 2015)
    
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imagen: Hermann Hesse con un amigo, durante un viaje por Italia
     

sábado, 9 de mayo de 2015

Beberse el tiempo...




«No siempre soy igual en lo que digo y escribo.
Cambio, pero no cambio mucho.
El color de las flores no es el mismo al sol
que cuando pasa una nube
o cuando entra la noche
y las flores son color de sombra.
Mas quien mira bien ve que son las mismas flores.
Por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo,
fíjense bien en mí:
si estaba vuelto a la derecha, 
me he vuelto ahora a la izquierda,
pero siempre soy yo, teniéndome en los mismos pies.
El mismo siempre, gracias al cielo y a la tierra
y a mis ojos y a mis oídos atentos
y a mi clara simplicidad de alma...» 

Fernando Pessoa
(Poemas de Alberto Caeiro)


«... Yo no quería estropearme el buen humor de la noche, ni con la lluvia, ni con la gota, ni con la araucaria; y aunque no podía contar con una orquesta de cámara y aunque no pudiera encontrarse un amigo solitario con un violín, aquella linda melodía seguía, sin embargo, sonando en mi interior, y yo mismo podía tarareármela con toda claridad cantándola por lo bajo en rítmicas inspiraciones. No, también se las podía uno arreglar sin música de salón y sin el amigo, y era ridículo consumirse en impotentes afanes sociables. Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas.»

Hermann Hesse
(El lobo estepario)


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    Se me ocurre, en esta noche deslizante, húmeda, callada, pero también susurrante, brillante y hermosa, bella y profunda. En esta noche que puede ser la última, o la primera, en esta noche primitiva, pasada, presente o futura, fundamental, primigenia, casi mítica, con esperanza o sin ella, con destellos o con sombras, con voces o silencios, vacía y oscura, desierta, o con paisaje de lagos y montañas, de prados y sonrisas, musical o muda, en la que la vida resbala como el agua o como la arena entre los dedos, pero dejando su marca, su tacto, cálido o helado, brusco o suave, su herida o su caricia. En esta noche llena de tiempo, pero no con el calculado tiempo del reloj, ficticio, maquinal, con su tictac incomprensible, vacío, como de olvido. En la que los minutos no pasan ordenadamente, uno tras otro, como en un desfile absurdo, sino que bailan, y las horas sonríen entre la niebla, como hadas felices, enamoradas, plenas, encendidas, como si fueran acariciadas y besadas por la brisa. En esta noche infinita en la que la luna llena no se ve, pero se intuye tras las leves nubes viajeras, tras la lluvia que no acaba de caer (agua que se presiente y se anhela), en la que la oscuridad parece conversar con el silencio, y los sueños (esos lúcidos duendes que caminan por los intrincados senderos de los bosques del misterio, jugando con los espejos sutiles de lo imposible) tejen quimeras y utopías, valles y estrellas, tiernos, amables caprichos en el nocturno paisaje vacío, ondulantes colinas que brillan en medio de la nada y que consiguen dibujar un todo... Se me ocurre, en esta noche especial, porque especial es su aroma y su color, de fin o de principio, que somos... el resultado de fuerzas. Poderes, energías, magias aéreas e inasibles, sedientas, que danzan, ordenadas o confusas, en medio del escenario de lo infinito.
    Pessoa no parecía ser el mismo cuando hablaba y cuando escribía. Pero ya lo explica en su poema con la metáfora de las flores, que no se ven igual de día que de noche. Uno habla desde un espejo y escribe desde otro, pero el alma es la misma, es el mismo corazón usando diferentes lenguajes.
    Y Hesse deja bien claro que amaba su soledad. Todos, por naturaleza, por necesidad, somos seres sociales, pero hay soledades escogidas que ninguna sociedad, ninguna compañía puede mejorar, sino más bien entorpecer o incluso empeorar o ensombrecer. Lo social, en esos raros casos, va por dentro. Hay relaciones íntimas, preciosas, interiores, que, igualmente, como columnas invisibles y etéreas, pero fuertes e intensas (hilos de una seda irrompible), pueden conformar un mundo pleno y completo, sin la necesidad de presencias humanas, sin cercanías, sin voces ni miradas. Se puede uno relacionar con los árboles, con los libros, con las nubes, con las estrellas y los sueños, y hasta con el mismo aire...
   Fuerzas, sí, energías que necesitan expresarse, manifestarse, moverse entre las sombras, escribir sus palabras en las paredes del silencio, hacer dibujos en la oscuridad. ¡La vida quiere vivirse! Es muy posible que ese sea su único sentido. Parece simple, y puede que lo sea. Pero..., cuando la vida se vive de verdad, cuando esas fuerzas logran alcanzar su expresión, no hay estrella más brillante en el cielo de la noche. Hasta la luna, que ahora no veo, sonríe cuando digo esto.
    No hablo de dioses, aunque quizá ese sea el nombre que usaban los antiguos para denominar a esas fuerzas, a esas energías. Decir «fuerzas» suena a impersonal, a cosa ciega y sin corazón. Pero cualquier emoción, cualquier alma, por compleja que sea, está hecha de esas fuerzas. A las que me gusta imaginar como nubes brillantes, como brumas esteladas, semovientes, que buscan, siguiendo los senderos del viento, el rincón del universo en el que puedan besar a aquello que aman, y que configura el sentido de su existencia.    
    Esto es lo que yo entiendo por «beberse el tiempo»... 
    

Antonio H. Martín
(9 de mayo, 2015)


        
        

lunes, 23 de marzo de 2015

El bucle


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    «Una vez más es de noche, una hermosa noche de otoño, solitaria y callada. Y una vez más estoy aquí sentado, en el pequeño cuarto de estudio, con la ventana abierta, en compañía de los libros, mis viejos amigos; con los cigarrillos, que enciendo a cada momento, uno tras otro; con un poco de coñac, lo último que quedaba en la botella; y con la caja de música, que ahora me ofrece una sentida melodía al piano de Mark Isham, un bello nocturno.
    »Aquí estoy, una vez más, pensando en mi vida, en esta vida mía tan pobre, tan confusa, tan extraña. Cada día que pasa se convierte en un nuevo reproche, en una sombra más, en otro eslabón de esta cadena que me ata y me domina. Cada día encuentro más difícil la lucha, más imposible salir de este largo túnel, de este pozo sin fondo, y me parece más increíble el mañana.
    »¿Qué encontraré al final? ¿Será como dice Hesse, que todo sufrimiento tiene un límite y que a partir de ese límite o desaparece o se transforma, que asume el color de la vida? ¿Llegaré yo a ese límite? ¿Podré aguantar hasta el final?
    »Estoy cansado. Cansado de lo que me rodea, cansado de mí mismo, de mi dolor, de mi hastío, de mi debilidad, de mi propio cansancio. Durante mucho, mucho tiempo he arrastrado mis alas por el suelo, y ya no soy capaz de volar, he olvidado cómo hacerlo, qué secreto mecanismo hay que poner en marcha para que las alas se muevan con fuerza suficiente para poder elevarse por encima de toda esta miseria. 
    »¿Qué hallaré al final de este camino, de este túnel largo y oscuro, de este confuso laberinto en el que me pierdo día tras día?
    »Aquí estoy yo, un extraño caminante en la noche, buscando el sol entre las sombras, siempre esperando que llegue la mañana de un día nuevo, mil veces soñado y deseado, y mientras tanto encerrado en mi propia pesadilla, en mi propia locura, en mi propia noche, de la que sólo yo tengo la llave...»


A. H. Martín
(Diario de un obstinado - 11 de octubre, 1987)

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    Nada menos que veintiocho años han pasado desde que escribí las anteriores líneas. Se podría decir que casi toda una vida... Y por eso me asombra, asomado como estoy esta noche fría y lluviosa al vértigo del tiempo, que algunos matices puedan repetirse, más o menos de una forma idéntica, al cabo de los años. 
    Las circunstancias han cambiado mucho en todo ese tiempo. Casi hasta el punto de hacer irreconocible lo que fue. Pero parece que hay una esencia de fondo que puede resurgir en determinados momentos; como si un eco del pasado tuviera aún cierta vigencia en este presente... Quizá porque uno no ha cambiado tanto, y ante algunas historias la reacción sigue siendo más o menos la misma. Y la sensación que se tiene entonces es como si uno estuviese atrapado en una especie de bucle...
    Recordaba yo aquella lejana noche lo que decía el maestro y amigo Hermann Hesse, eso de que «todo sufrimiento tiene un límite y a partir de ese límite o desaparece o se transforma, asume el color de la vida»... Lo cual, de ser cierto, supone que uno no ha llegado aún a ese límite. Que todavía no se ha asumido ese sufrimiento y que, por tanto, continua habiendo una resistencia, una lucha interior, un no querer aceptar lo inevitable. Y eso, lógicamente, se expresa como una persistencia del sufrimiento. Un sufrimiento que ni ha desaparecido ni se ha transformado, sino que tan sólo ha permanecido oculto, esperando agazapado a que cualquier revés de la vida lo volviese a dejar libre, para seguir mordiendo la delicada piel de las horas.
    Nada que ver, como digo, las circunstancias de entonces con las de ahora. Hoy mi vida es tan diferente que hasta me cuesta recordar aquel tiempo. Pero parece que lo circunstancial tiene poco que ver con el fondo del ser, y ante la adversidad uno reacciona de forma muy similar a como lo hizo en otra época. Porque uno, aparte de los cambios, de llevar una vida distinta, de habitar otra casa, muy lejos de la anterior, de vestir otros trajes e incluso mirar de otra manera al mundo, sigue siendo, en esencia, exactamente el mismo que fue.  

    Quizá esto se deba simplemente a una noche un tanto turbulenta, con su dosis de amargura, una noche cuya sombra está algo más afilada de lo normal... Y tal vez mañana mismo haya desaparecido esta oscura bruma. No lo puedo saber con certeza. Pero de lo que sí estoy seguro es de lo que decía al final de ese escrito: que la llave que abre la puerta de salida está, hoy igual que entonces, en mi poder. El bucle del que hablaba antes no es más que una niebla momentánea, una ráfaga de sombra que nos engaña la mirada, aprovechando algún ligero y torpe decaimiento de la atención.
    Y lo que hace desaparecer al sufrimiento, o lo que lo lleva al límite convirtiéndolo luego en vida (es decir, en algo que ya no tiene nada que ver con sufrir), no es, fundamentalmente, un cambio en lo exterior, una modificación de lo circunstancial, sino un cambio interno. Algo que parece magia y que consiste en lograr poner una enigmática sonrisa en medio del océano de sombras, una pequeña llama entre el hielo. En saber alzar la propia voz en el opresivo pozo del silencio, hasta llegar a rozar las estrellas de afuera...
    Sí, sin duda eso es magia. Y estoy convencido de que en un mapa secreto de nuestra mente está bien marcado el lugar de la fuente que se esconde en cualquier desierto. Sólo hay que coger el pincel y pintar la frescura del agua sobre la arena. En el fondo, sepámoslo o no, todos somos magos. 


Antonio H. Martín
(23 de marzo, 2015)


        

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imagen: Theodor Kittelsen (1857-1914)
música: On the Threshold of Liberty
álbum: Vapor Drawings (1983) 
autor: Mark Isham
          

miércoles, 4 de marzo de 2015

Ceniza de espuma...



(Dedicado a la amiga Rafaela, en el infinito...)


Fue un día


    Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin que yo te lo pidiese, en mi corazón, como un desconocido cualquiera, rey mío; y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. 
    Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días olvidados.
    Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son los mismos que resuenan ahora de estrella en estrella.


Rabindranath Tagore
(Gitánjali - Ofrenda lírica)*


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    El poeta Tagore murió en 1941, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas arrojadas al Ganges, según la costumbre hindú. Y ocho años después, otro poeta, Juan Ramón Jiménez, escribía lo siguiente:
     
    Estando yo un día en la playa que yo sé, cogí con mi mano la espuma de una ola que me gustó, como una fresca ceniza de nácar, que se quedó en mi palma.
    Sin saber por qué, una idea se me hizo en un instante palabra, palabra segura y natural; y yo dije alto: «Es ceniza de Tagore».
    ¿Por qué lo dije yo? Tú lo viste. Y me viste en la palma de mi mano aquella ceniza de espuma que no se me iba, que centelleaba como si estuviera viva.
    El Ganges se llevó hacia el mar total la preciosa vida de Tagore, ya en cenizas de la quema de su cuerpo. Y el poeta se unió en ceniza al mundo por medio del mar. (...)

    No soy lector de Tagore, más allá de algún que otro poema, pero quiero dedicar estas letras suyas al recuerdo de una querida amiga, Rafaela Marcos Gómez, buena maestra de escuela y buena lectora, mujer inteligente, luchadora y llena de alegría a la que conocí en mi juventud y con la que mantuve durante años muy interesantes conversaciones, sobre literatura, filosofía y religión, en largos paseos por la ciudad o por el campo; o sentados ante una taza de té en el salón de su pequeña y acogedora casa de Madrid (en donde solía estar también la que era entonces mi compañera, que había sido alumna suya cuando niña). Largas y amenas tertulias que entre risas, bromas y veras, nos dejaban siempre un buen sabor a amistad y a vida que nunca podré olvidar.
    Nos conocimos, curiosamente, por leer a Hermann Hesse, como me ha ocurrido con otros buenos encuentros a lo largo y ancho de esta vida... Se enteró por un maestro compañero del mismo colegio, don Jesús Gómez Pinto, filósofo, político y escritor (de cuya casa era yo asiduo), de mi preferencia por los libros de ese autor romántico y estepario, que a ella le gustaban mucho, y después de oírme hablar en las reuniones empezó a verme como una especie de joven Siddharta... Lo cual no deja de ser muy exagerado, pero que entiendo, dada mi presencia en aquellos tiempos, con menos de veinte años, pelo negro largo, sin casi afeitar y con un brillo aventurero e inquisitivo en la mirada, como si fuera un samana del bosque... Pero, bueno, eso no viene ahora al caso. 
    Rafaela sí que era muy aficionada a poesías, filosofías y misticismos orientales, y le gustaba mucho Tagore. Solía ver, en mis visitas a su casa de Madrid, un pequeño retrato de Tagore en un lugar principal de su vitrina, junto a otras imágenes de Jesús y de Buda, y algunos otros místicos o profetas cuyo nombre no recuerdo. Por eso le dedico estas letras. No porque sea hoy una fecha señalada. No recuerdo ahora exactamente cuando murió, sólo que fue ya hace algunos años. No sé si su cuerpo fue incinerado o enterrado. Y no he ido a ninguna playa a coger con la mano la espuma de ninguna ola... Pero he encontrado esta noche, entre mi revuelta biblioteca, un librito dedicado a Rabindranath Tagore y eso me ha traído su recuerdo. Leyéndolo por encima, se me ha presentado la cálida imagen de la amiga Rafaela, su voz risueña, su chispeante mirada... Y, sinceramente, la he echado de menos.
    Es por eso que, dentro de la esfera del infinito, en el círculo de lo que escapa a los límites del espacio y el tiempo, le dedico estas letras. Esté donde esté ahora su conciencia, su risa, su mirada, me encantaría que le llegase algo, aunque fuese sólo una mínima parte, del cariño con que las escribo. Porque sé, de buena tinta, que a Rafaela le hubiese gustado mucho este humilde, nocturno y estepario cuaderno, que no llegó a conocer. Y porque seguro que le gustaría también mucho saber que aún la recuerdo. Imposible para mí el no hacerlo.       

    En el poema de Tagore, donde dice «rey mío», yo hubiese escrito... «magia». Porque es sin duda la magia la que ha puesto su sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. Cualquier otra cosa, fuera de esto, la siento como secundaria, e incluso terciaria o cuaternaria. Sin magia, sin sus mensajeros sueños, fulgentes o sombríos, el mundo y la misma vida me sabrían a nada.    


Antonio H. Martín
(4 de marzo, 2015)    






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(*) versión de Zenobia Camprubí
imagen 1: Atardecer en la playa (de B.i.g.)
imagen 2: Rabindranath Tagore (1861-1941)
imagen 3: Albert Einstein y Rabindranath Tagore

sábado, 28 de febrero de 2015

Viaje a las estrellas



    
    Se ha ido Leonard Nimoy,  el inolvidable «señor Spock», de la serie de ciencia ficción Star Trek.
    Cuando éramos niños todos veíamos las series norteamericanas que ponían en aquellos primitivos televisores en blanco y negro. En comparación con el aburrido colegio, y aparte de algunas benditas evasiones cienematográficas de los fines de semana, lo mejor de la cotidianidad era sentarse frente al televisor y disfrutar de esas series, en las que había entretenimiento, risas, misterios y buenas dosis de fantasía. Y al día siguiente, en el recreo o a la salida del colegio, comentábamos lo visto y nos divertíamos mucho, jugando a representar a uno u otro personaje o simplemente comentando una u otra escena.
    A mí me gustaban muchas series de aquellas (de cuando tenía diez, once o doce años), pero sobre todo las de misterios y aventuras. Y entre éstas mi favorita era, sin duda, Star Trek, que aquí llamaron, en la primera época, «La Conquista del Espacio». Recuerdo que al principio me identificaba con el capitán de la nave espacial, con el señor James T. Kirk, que era quien tomaba las decisiones y parecía el más interesante, el héroe de la película. Pero con el tiempo me empezó a atraer mucho más el segundo de a bordo, el oficial científico Spock. Un señor frío y calculador (pero no en su acepción negativa), cuyas opiniones procedían siempre de una estricta lógica y que nunca dejaba que las emociones se interpusieran en sus pensamientos.
    No es que fuera un androide, pero su humanidad era de origen terrestre sólo a medias. Venía de otro planeta, de un tal Vulcano, con ciencias y costumbres muy diferentes. Con lo cual las típicas emociones de aquí siempre le sorprendían y le extrañaban; lo que daba lugar a veces a las burlas de sus compañeros. Pero el caso es que sus conocimientos siempre resultaban de mucha ayuda en cualquier conflicto. Lo suyo era una mezcla de sabiduría e intuición, que ayudaba a que la nave Enterprise saliera indemne y llegase a buen puerto. El capitán Kirk era el típico estratega, que muchas veces se arriesgaba con decisiones difíciles y peligrosas, confiando también en su propia intuición. Pero ante situaciones extrañas, cuando se encontraban, no ante un enemigo común o un obstáculo más o menos normal del espacio, sino frente a lo absolutamente desconocido, la intuición y la rara pero precisa lógica de Spock eran lo que solucionaba la situación.
    Aunque los aficionados a la serie le fuimos tomando simpatía a toda la tripulación de la nave, para algunos de nosotros el señor Spock se fue convirtiendo (no sé si lógicamente) en el preferido. Había en él algo diferente que nos atraía. Era impecable en su actitud y en su labor como oficial. Todos eran correctos, cada uno a su manera, pero él siempre algo más. Quizá nos gustaba porque había un matiz sobrehumano en él, algo que lo convertía en un modelo a seguir. Al final se descubría que tenía también sentimientos y debilidades humanas, pero sabía sobreponerse a ello y actuar según una lógica impecable. 
    
    De la vida profesional de Leonard Nimoy, aparte de esa famosa serie televisiva, sé muy poco. Que intervino en otras películas, de diferentes géneros, que dirigió algunas, que era también un buen fotógrafo (con una particular estética muy cuidada, quizá algo simbolista) y nada más... Pero cómo entró en el mapa de mis emociones (y en el de muchos compañeros de aquel tiempo) sé que fue encarnando en la pequeña pantalla a ese ya casi legendario señor Spock. Ese medio extraterrestre que solía levantar una ceja de asombro cuando se encontraba frente a las típicas humanidades de sus compañeros, que empleaba a menudo la expresión de «fascinante», como adjetivo ante eventos extraños pero admirables del laberinto de lo infinito, y gracias a cuyas ideas, en muchas ocasiones, la nave se salvaba de difíciles situaciones de riesgo.
    Escribo esta nota con algo de prisa y sin entrar a fondo en el tema. Pero quería dejar ahora en mi cuaderno, aunque sólo sea a vuelapluma, un agradecido recuerdo a este actor, de nombre Leonard Nimoy —que según leí ayer era de origen ucraniano—, que para muchos será siempre el estimado Sr. Spock, oficial de la nave interestelar Enterprise. Curioso y entrañable personaje que acompañó muchas buenas horas de aquellos tiempos de la perdida juventud en que echábamos a volar la imaginación. Por ello le menciono aquí. Y quiero desde este lugar, desde este terrestre pero a veces ensoñador cuaderno, desearle que tenga un buen viaje hacia las estrellas...
    ¡Buen viaje a las estrellas, señor Leonard Nimoy!


Antonio H. Martín
(28 de febrero, 2015)




viernes, 13 de febrero de 2015

Demonios en la ventana




    Hace unas semanas volví a encontrarme con el amigo Alberto Linde, quien aprovechando uno de sus viajes, cuya ruta pasaba cerca de aquí, vino a hacerme una inesperada visita, que resultó ser, como siempre, grata y aportante, enriquecedora. Uno de esos encuentros que se agradecen y de los que se guarda un buen recuerdo durante mucho tiempo. Después de comer en un tranquilo y acogedor restaurante, con vistas a la montaña, pasamos toda la tarde en casa, ante un buen fuego, a salvo del frío temporal Hermann, que azotaba entonces la pequeña ciudad y que después de unos días relativamente suaves, en los que se gozaba de mañanas soleadas, había traído de golpe el crudo espíritu del invierno, con un viento helado y lluvias casi constantes. De modo que no resultaba nada atractivo hacer lo de otras veces, que era dar largos paseos por la ciudad y más allá de ésta, por los prados y los montes cercanos, o siguiendo la sinuosa orilla del río.
    Como era de esperar, una vez acomodados en la templada biblioteca, nuestra conversación se centró en el tema de los sueños. Muchas otras materias suelen entrar en juego en nuestros encuentros, pero la de los sueños es sin duda la más frecuente y a la que dedicamos más tiempo. Sobre todo porque Linde siente por ella una especial predilección, y porque también yo he tenido siempre un gran interés por todo lo referente a esas travesías del inconsciente, en ocasiones alucinantes y henchidas de misterio. En principio tratamos sobre sus propios viajes oníricos, muchas veces fabulosos, como de cuento de hadas, con su punto mágico y enigmático, y siempre atractivos, con paisajes de una estética memorable, casi edénica, que es lo que le indujo hace tiempo a definir a esa esfera como «el país del sueño».  Pero luego le sugerí que pasáramos a hablar también de mis últimos sueños. Los cuales, por su extraña naturaleza, me preocupaban un poco.
    En ocasiones el inconsciente emplea un raro lenguaje, difícil de interpretar. Al menos así resulta para quienes no son expertos onirólogos o psicoanalistas, como es mi caso. Y el amigo Alberto tampoco es un traductor de sueños, sino sólo un avezado soñador. Suele comprender y valorar muy bien sus personales viajes al país del sueño, pero cada inconsciente individual (aparte de la posible presencia de elementos arquetípicos) posee un lenguaje particular, y hay que conocer las circunstancias espaciales, temporales y psíquicas que le son propias, para llegar a descifrar lo que un sueño en concreto quiere expresar. Pero, no obstante, necesitaba contarle algo de esos sueños para conocer su opinión al respecto; describirle el tono y algunos de los detalles de unos sueños que, aun sin llegar al nivel de las pesadillas, sí adolecían de una extraña tensión que los hacía especialmente inquietantes.   
    Uno de esos sueños, quizá el más extraño, era éste: 

    Al entrar en mi dormitorio, que estaba en el piso superior de la casa, descubrí con estupor que había allí dos demonios, apostados en el alféizar de las ventanas. Y, aunque al principio se les veía de espaldas, estaba claro que querían entrar... Uno de ellos, el más viejo, con una apariencia entre primate y gárgola y un pelaje de color castaño oscuro, pero con un brillo de inteligencia casi humana en la mirada, me observaba fijamente de reojo. Sin moverse, sin decir nada ni emitir sonido alguno, pero clavando en mí una mirada amenazante, opresiva, que en algún momento llegó a parecerme incluso como acusadora... Y en cierto instante del sueño, mientras yo me acercaba hacia la ventana con el deseo de cerrarla, este demonio introdujo uno de sus nervudos brazos en el cuarto, posándolo sobre mi cama... Le demostré entonces que, a pesar de mi delgadez, aún conservaba algo de fuerza y agarrando, no sin aversión, su brazo izquierdo estirado, tenso, duro y frío, que pesaba como plomo, conseguí sacarlo fuera. Y cerrar la ventana.
    El otro demonio, con una apariencia mucho más cerca de lo animal, no llegó a meter ninguna parte de su cuerpo en el cuarto. Era claramente más joven, y tenía una mirada algo enloquecida. Su labio inferior presentaba una forma como de pico de pelícano, pero exageradamente alargado y puntiagudo. Éste llegó a mirarme de frente, con sus pequeños ojos negros desorbitados, y en su ida mirada se leía la misma intención del otro demonio: la de entrar en mi cuarto. 
    Por fortuna, también conseguí cerrar esta otra ventana, y con ello terminó el sueño. Al menos hasta donde puedo recordar. Pero la escena, descrita aquí tan brevemente, duró en el sueño unos largos minutos que me parecieron interminables, aparte de un tanto angustiosos. No entendía qué hacían allí esos demonios y menos aún por qué querían entrar en mi casa. Y mis movimientos estaban además como frenados por una fuerza invisible. Como ocurre en algunas desesperantes pesadillas, eran excesivamente lentos, como si el aire fuera espeso, de una rara densidad acuosa y turbia, o como si la propia voluntad se enfrentase, como digo, a barreras invisibles, internas, pero reales y efectivas. Tardé mucho, demasiado, en cerrar esas ventanas... Quizá por un bloqueo motivado por el asombro y el miedo. La sensación que más recuerdo es esa de no comprender la situación, de no entender el objeto de la visita de esas presencias en ese concreto y preciso lugar, tan íntimo y personal. Pero al mismo tiempo tenía muy claro que esos seres representaban una ominosa amenaza y no podía permitir, de ninguna manera, que entraran en mi casa.
     
    Debo aclarar que nunca antes había soñado con demonios. Sí, algunas veces, con monstruos de diferentes formas, colores y tamaños, con animales raros y con curiosas figuras de aspecto más o menos alienígena, pero nunca expresamente con demonios. Consultamos, Alberto y yo, varios diccionarios oníricos y todos coincidían en que soñar con diablos tiene relación con el desorden y la perversión. Se habla en ellos de un signo positivo de consecución y de éxito, pero alertando asimismo sobre los peligros que puede entrañar ese éxito, en el sentido de que puede «encadenarnos» de alguna forma. En definitiva, vienen a decir que soñar con demonios tiene que ver con épocas de «gran desorientación, de temores y poca racionalidad». En uno de esos libros se lee lo siguiente: «Soñar con seres infernales generalmente se interpreta como estar frente a terrores irracionales o sentimientos de culpabilidad que nos roen internamente. Es como si el sueño fuera el reflejo distorsionado de nuestra conciencia, con sus temores reales o imaginarios.»
    Ni entonces ni ahora logro entender con claridad qué sentido tuvo ese sueño. ¿Terrores irracionales? ¿Sentimientos de culpabilidad? ¿Desorientación...? No acierto a relacionarlo con mi existencia personal, ni siquiera vagamente. Pero lo que es innegable es que soñé con esos demonios, y que tenían la nítida intención de invadir mi casa, que en el mundo de los sueños suele representar nuestra vida interior o la propia conciencia. Lógicamente, aun sin entender su significado, el estado de ánimo que me dejó ese sueño enigmático y temeroso fue de confusión y de angustia.
    
    Después de conversar un rato sobre el tema, sin llegar a una interpretación plausible, Alberto guardó silencio y al cabo de unos minutos me dijo que tenía que exorcizar esos demonios. Porque seguramente se trataba de figuras psíquicas que estaban amenazando mi integridad. Quizá procedentes de mi propio inconsciente y cuya presencia, en ese caso, venía a alertarme de algún peligro o a avisarme de que algo importante no funcionaba correctamente. O que tal vez (aunque esto fuera más raro y forme parte de la particular concepción, con cierto olor a fantasía, de mi amigo; la cual, por supuesto, respeto) fuesen entidades de alguna ajena y extraña galería del mundo del sueño que deseaban invadir mi espacio y «vampirizarlo», aprovechando alguna pequeña grieta de debilidad, algún resquicio caótico dentro del orden de mi consciencia. 
    Vació su pipa en el cenicero, en silencio y con gesto serio, como quien inicia una especie de rito, y a continuación sacó una bolsita de cuero que guardaba en la chaqueta, de la que extrajo unos polvos extraños de color ligeramente verdoso, que no pude identificar. Le pregunté si era algún opiáceo, pero negó con la cabeza y se abstuvo de decirme de qué se trataba. Mezcló esos polvos con algo de tabaco, encendió la pipa y me invitó a que la fumara despacio, indicándome la conveniencia de que cerrara los ojos y me dejase llevar...

    No me atrevo a calificar la experiencia alucinógena que tuve con esos polvos como «indescriptible». Pero indudablemente soy incapaz de describirla fielmente y con la suficiente claridad. Lo que sucedió en esos momentos sobrepasa mi entendimiento y mi capacidad de descripción. Ya sea que ocurriese en el interior de los laberintos de mi mente, o en alguna otra desconocida dimensión del país del sueño, o de cualquier otro, fue sin duda toda una experiencia... A la que tildo como «alucinógena» simplemente por asirme a una interpretación cómoda y tranquilizadora, pero sobre cuya auténtica naturaleza y esencia no tengo ninguna certeza racional. 
    El amigo Alberto no quiso ayudarme en esto. Se limitó a observar que era algo muy personal, y que sólo yo mismo podía comprender (aunque fuera en un nivel muy interior) lo que «allí» había ocurrido. Solamente para mí tenía un valor y un sentido.    
    Sólo puedo decir que, de una forma para mí ininteligible, volví a encontrarme en ese cuarto de mi sueño, y también con esos mismos demonios... Que hubo algo así como un tenso enfrentamiento, una especie de lucha psíquica, de la que, al parecer, salí vencedor. Porque lo último que recuerdo es que aquellos seres desaparecieron, esfumándose en la niebla y volviendo, supongo, a su infierno, que quizá sea el mío propio... Pero, en todo caso, demonios, miedos, angustias e infierno regresaron a su lugar subterráneo, lejos de la consciencia. Dejando que a través de mis ventanas, ya libres de ominosas y oscuras presencias, pudiese contemplar de nuevo un panorama límpido y brillante, profundo y sereno. El conocido y estimado panorama de luna, planetas y estrellas. Que, como escribí aquí hace poco, me sobrecoge y me fascina, por regalarnos una tenue visión, estremecedora y bellísima, del incógnito mapa del infinito.
    Como dije antes, no alcanzo a entender el significado del sueño ni qué oculta relación guarda con mi vida. Pero considero que el inconsciente nunca configura sus escenarios de forma gratuita. Y esos extraños polvos que me proporcionó el amigo Linde solucionaron el problema, fuera éste el que fuese. De modo que le estoy muy agradecido. Algo en mi interior estaba envuelto en el caos, y el humo de aquella pipa me ayudó a poner mi universo en orden. Prefiero, evidentemente, ver esa ventana nocturna que mira al infinito, junto con las otras pequeñas alegrías que abundan en la vida cotidiana, sin la sombra amenazadora de ningún demonio. Y espero que esos, u otros seres similares, no vuelvan a aparecer nunca más en mis sueños.
    Aquella noche, Alberto y yo fuimos a cenar al mismo restaurante de antes. Y aunque el cielo cubierto no nos dejó ver las estrellas ni la luna, a través del ventanal se podía adivinar, entre los remolinos del viento y la lluvia, que la magia y la belleza, aun invisibles, seguían estando presentes. Unas horas después, nos esperaba a ambos un nuevo viaje al país del sueño, que cada uno recorrería según su propia y singular manera de hacerlo, resucitando paisajes y mitos, o sombras y fantasmas personales. Porque el sueño, aparte de ser a veces un mágico puente hacia otras dimensiones (como defiende mi amigo), es sobre todo un eco del magma que nos fluye por dentro.   


Antonio H. Martín
(13 de febrero, 2015)



sábado, 31 de enero de 2015

Cuando llega la noche




    Cuando la luz del sol viaja más allá del horizonte y llega la noche (la gran dama oscura y profunda), todos sabemos que no solamente un denso tejido de sombras cubre la tierra y una manta de silencio se tiende sobre el mundo, sino que también una inmensa ventana se abre de par en par en el cielo. Y que a través de ella podemos ver, junto a la amiga luna (vigilante y soñadora), miríadas de otros soles lejanos. Se nos presenta entonces ante los ojos un panorama estelar de abismales y vertiginosas distancias, que nos sobrecoge y nos fascina.
    Así les ocurre al menos a quienes aún conservan intacta su capacidad de asombro, a quienes han sabido guardar la antigua mirada más allá de las heridas, a salvo de los ataques de la sombra.
    Y ante semejante profundidad, ante la vastedad de ese océano cósmico, es lógico sentir la mísera pequeñez de nuestro mundo y de nuestra existencia. El gran planeta en que habitamos, con sus millones de formas distintas de vida, se nos aparece como reducido —bajo el poder del hechizo de lo infinito— a una simple mota de polvo poblada de microscópicos insectos. Un insignificante grano de arena en una playa sin fin, o en un desierto. Una mera gota de lluvia en una tormenta, en el río o en el mar... Nuestro espacio y nuestro tiempo quedan así enormemente minimizados frente a ese universo de apariencia interminable, cuya dimensión se nos escapa.   
    Por un lado, esa visión de insignificancia puede ayudarnos a relativizar nuestros problemas cotidianos, a restar importancia a aquello que tal vez nos tiene preocupados, que tira de nosotros hacia abajo, que nos pesa e incluso llega a veces a agobiarnos. Pero surgen también, ante esa visión, las inevitables preguntas sobre el sentido de todo esto... Nos sabemos parte de ese universo, evidentemente, pero sólo como un punto infinitesimal, como un levísimo trazo casi invisible dentro de un vasto cuadro cuyos límites apenas si nos atrevemos a imaginar. Aun cuando el poder de la imaginación es lo más grande que posee la mente, ésta no puede evitar temblar como una hoja ante esa inmensidad y sentirse incapaz de abarcar eso tan inefable que llamamos «infinito».
    No obstante, esta sensación de ser entidades excepcionalmente diminutas en un universo inabarcable, desconocido e incomprensible (más allá de algunas teóricas aproximaciones, científicas o filosóficas), no resta intensidad a la fascinación que sentimos frente ese panorama nocturno, ante la infinitud de ese océano de estrellas. Sin duda, es una fascinación irracional, únicamente emotiva o quizá instintiva, pero no deja de estar presente, cuando uno tiene la adecuada sensibilidad. Es por eso que me niego a aceptar la simpleza de ese pensamiento casi habitual, supuestamente racional y lógico, que frente a esa visión suele deducir que el universo carece de sentido, o que si lo tiene está muy lejos de nuestro alcance e incumbencia y muy poco o casi nada tiene que ver con este mundo y quienes lo habitamos. Que es como decir que somos demasiado «poquita cosa» para que signifiquemos algo dentro de esa infinidad.
    De ese pensamiento, de esa forma de ver las cosas suele emanar, por ejemplo, la escéptica imagen de un dios sordo y ciego, que nada sabe ni desea saber de este mundo nuestro. O, simplemente, la extraña certeza de que todo es debido a un absurdo azar, que todo sucede por una imprevisible y caótica casualidad sin sentido alguno. Personalmente, ese modo de pensar me sugiere la figura ridícula e inaceptable de un dios beodo que, en la torpeza de la embriaguez, vuelca sin querer su copa, dando así origen al universo. Lo que vendría a significar que vivimos en un universo derramado accidentalmente, en un universo contingente, producto del azar.
    Pero, afortunadamente, no es eso lo que nos dice la fascinación que se siente ante la inmensa ventana abierta de la noche. Aunque, bien es verdad que la fascinación no es garantía de nada: el hombre puede fascinarse ante cualquier fenómeno natural o artificial, si es lo suficientemente grande o sorprendente, o incluye una buena dosis de atractiva estética... Pero, aún así, insisto en que hay algo especial e inexpresable en esa visión nocturna, algo que conecta con nuestro interior, con eso que llamamos «alma» (aún no demostrada científicamente) y que parece hablarnos de una relación íntima, esencial, entre la vastedad del universo y nuestra diminuta existencia. Algo que nos habla claramente de un sentido, y no de un absurdo montaje cósmico sin orden ni concierto, que nació «por casualidad» y se mueve dentro de los azarosos límites de lo caprichoso y lo caótico. 
    
    Nada menos que 43.000 millones de años luz es lo que mide el universo observable. Y cuentan los físicos que muy probablemente existan otros universos, paralelos o no, más allá de éste... Yo, sinceramente, sólo con pensar en que para llegar a las proximidades de la estrella Sirio —que dista solamente ocho años luz de la Tierra— tendría que navegar a 300.000 kilómetros por segundo y encima estar viajando durante ocho largos años, ya siento vértigo. Así que lo de las medidas del universo me sobrepasa, por no hablar de lo que pueda haber más allá, para lo que ya no tengo palabras.
    Me encuentro, en una conocida revista de divulgación*, con que el cosmólogo Alan Guth (creador de la teoría de «la inflación») y el físico Andrei Linde (que amplió esa teoría con la de «la inflación eterna»), hablando de la existencia de otros universos, dicen que se encuentran en regiones del espacio muy alejadas de la nuestra, con las que nunca entraremos en contacto. Otros físicos, como Paul J. Steinhardt y Neil Turok, piensan que esos universos se  encuentran en distintos momentos temporales. Y, en cambio, Max Tegmark y Dennis Sciama sostienen que «los otros cosmos son totalmente ajenos a nuestro espacio-tiempo»... 
    Y también encuentro, en el mismo lugar, que Paul Auster (por poner un ejemplo diferente, fuera del ámbito de la física teórica), a pesar de ser «el escritor del azar y la contingencia» y de no creer en la causalidad, se atreve a afirmar en su novela distópica Un hombre en la oscuridad, de 2008, lo siguiente: «No hay una sola realidad. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo, sino muchos mundos. Y todos discurren en paralelo.»
  
    Ante estas teorías, que vienen a ampliar aún más la vastedad de lo que observamos a simple vista en una noche estrellada, que quieren acercarse a la inmensa complejidad del universo (o multiverso) que nos rodea y del que formamos parte, me ratifico en que es imposible que todo ello se deba al cósmico capricho de un ciego azar.
    Más allá de la enormidad de medidas y distancias, de la incomprensible infinitud, de la probable existencia no ya sólo de otros mundos sino de otros universos, de otros espacios y tiempos, está la certeza (irracional, si se quiere) de que todo esto tiene un sentido. No puedo comprender que sea de otra manera. ¿Qué tienen que ver las magnitudes y las distancias con ese sentido?
    Imaginemos que una hormiga adquiriera durante unas horas un nivel humano de consciencia. Y que se dedicase a mirar desde la copa de un árbol al horizonte, a las montañas, al mar, y luego a la luna y las estrellas. Y que se pusiese a pensar... Posiblemente, al descubrir la aparente y enorme desproporción entre su ínfimo tamaño y la enormidad de lo que la rodea, se preguntase qué objeto tiene su pequeña existencia (todo el día nada más que buscando comida para el hormiguero) en medio de algo tan incomprensiblemente gigantesco. Quizá sintiese entonces como si algo helado la mordiera por dentro, con la sensación de un extraño vacío a la altura del abdomen. Quizás cayese en una profunda depresión, en una lógica duda existencial, y le diera por pensar que su vida no tenía sentido, o que incluso nada de lo demás lo tenía...
    O tal vez, por el contrario, después del inicial asombro y aturdimiento, de la perplejidad, optase por asirse a su primitivo instinto, a su espíritu de hormiga, y obviase esa enormidad circundante. En ese afortunado caso, el aturdimiento, el temor y la duda dejarían lugar en su conciencia a algo tan sencillo y valioso como la fascinación.

    «De acuerdo» —se diría—, «acabo de descubrir que el mundo es muchísimo más grande de lo que anteriormente conocía, que mi cotidiano ir y venir del hormiguero, mi actividad continua, mis necesidades y deseos parecen ser muy poca cosa en comparación con estas gigantescas formas que ahora contemplo por primera vez, y cuyas interioridades y complejidades desconozco casi por completo. Pero, me alegro de tener esta magnífica visión, de encontrar que hay un inmenso más allá del hormiguero, que las distancias son inconmensurablemente superiores a las que conocía. Y siento además que, de algún modo que no alcanzo a entender, mi pequeña vida tiene que ver con toda esa enormidad. Lo intuyo... Esta razón, que milagrosamente se me ha otorgado, me dice que es así, aunque no llegue nunca a comprenderlo del todo. Me siento, pues, fascinada, orgullosa y feliz, en este momento singular, por darme cuenta del vasto, bello y enigmático universo al que pertenezco. Y esta misma razón, misteriosamente, me comunica que toda esa infinidad tiene un sentido. Tiene que tenerlo. De ninguna manera puede tratarse sólo de una inmensa selva llena de necesidades y peligros que un loco azar ha juntado. Aunque, sin duda, ambas cosas existan. Ha de haber un orden oculto, algo desconocido que no llego a comprender, pero que siento claramente por dentro... Sólo soy una simple hormiga, lo sé. No soy una montaña ni un río ni una estrella. Ni siquiera soy un árbol ni un animal de esos grandes que suelo ver en el bosque. Pero, desde mi condición de hormiga, me siento parte de toda esta grandiosidad que me rodea, y estoy segura de que mi pequeña existencia tiene un valor propio, que encaja en el vasto conjunto del universo. Y ahora regreso ya a mi hormiguero de siempre, vuelvo al viejo hogar, a mis normales tareas. Pero con una sensación nueva, con la fascinación del descubrimiento y la amplitud de miras que me ha regalado este inesperado destello de consciencia. Seguro que el hormiguero ya nunca me parecerá el mismo de antes, pero sabré apreciarlo de otra manera. Ha merecido la pena subirse a este gran árbol, contemplar por un tiempo el asombroso horizonte y atisbar algo de lo que hay detrás. Me alegro mucho de haberlo hecho. Me siento como si hubiese rozado con la mirada una leve parte del paisaje del infinito...»

    Bien, dejemos que la reflexiva hormiga vuelva a su casa, con los suyos y su vida de siempre. Siento que esa consciencia se limite sólo a un mero destello, a un pequeño lapso de tiempo. Pero, ¿quién sabe? Quizá haya quedado grabada alguna huella en su diminuta mente, y recuerde algo de su visión. Y, sobre todo, de aquello que llegó a intuir mientras contemplaba absorta las estrellas... Seguro que, de ser así, en algo le va a cambiar la vida. Ya no seguirá siendo una simple hormiga.
    Por lo demás, me vienen ahora al recuerdo unas palabras del magnífico compositor Vangelis, que escuché en una entrevista de hace tres años. Decía que el universo es música, y que todos somos como pequeñas galaxias... Servir al espíritu de esa música —afirmaba—, era para él el sentido de la vida. Lo que implican esas palabras, que cada uno lo interprete a su manera.
    Y recuerdo asimismo lo que me dijo en una ocasión mi amigo Alberto Linde. Estábamos, como de costumbre, inmersos en una de esas conversaciones interesantes, que quieren alzar un poco el vuelo sobre la rasa vulgaridad del mundo, desde la tranquila intimidad de un lugar apropiado. Creo que hablábamos de estrellas, de horizontes y de ensueños... Y en un momento de la conversación, en que yo comentaba con largueza sobre esa particularidad típicamente romántica de la atracción por la lejanía, Linde me interrumpió diciendo:

    —Recuerda, amigo, lo que decía aquel artista clásico del siglo XIX...
    Y luego, impostando algo la voz, declamó: 
    —«Hombres huidizos de nublada mirada, anheláis estrellas lejanas, el corazón os late fuerte ante Sirius o Betelgueuse, Aldebarán o Rigel... Pero ante el Sol bajáis los ojos y pensáis solamente en si esa luz es suave o fuerte, si os es grata o molesta a vuestros asuntos del momento. No la llaméis entonces Sol, llamadla Estrella, y apreciaréis de otra forma su valor.»
    —¿Quién era ese clásico?  —pregunté.
    —¡Yo mismo, por supuesto!  —me contestó riendo.

    Y la verdad es que muchas veces, por no saber afinar la mirada, nos perdemos aspectos cercanos del universo que pueden resultar igual de valiosos que aquellos que vemos a lo lejos. Quizá por eso que he venido diciendo en este artículo sobre la exagerada importancia que le solemos dar a magnitudes y distancias, que puede incluso abocarnos al más frío escepticismo y a una gris vacuidad de significado. Cuestión que la hormiga de antes supo ver, en su momento de consciencia, de forma muy clara.
    Siempre va a ser fascinante la visión de ese panorama estelar para cualquier persona mínimamente sensible que se asome a la ventana que nos abre la noche. Pero así como esa visión no debe confundirnos sobre el valor de las cosas, y no debe hacer que nos sintamos rebajados y perdidos en medio de la inmensidad, tampoco debe hacernos olvidar que los tesoros del cosmos no sólo se encuentran allá lejos sino también aquí, cerca de nosotros. 
    De esto, sin duda, saben mucho los poetas... Puede que incluso más que los modernos físicos cuánticos, con sus teorías de las cuerdas y de los universos paralelos. Y quizá sea en el fondo como decía el maestro Vangelis: que el universo es música, que todos somos galaxias y que el sentido de la vida es, sencillamente, servir al espíritu de esa música. Al cual podemos encontrar, evidentemente, no sólo en la música de las esferas sino en cualquier lugar de este mundo, por muy pequeño, normal y simple que nos parezca.
    En cualquier caso, seguro que nada que ver con ese dios beodo que vuelca su copa por accidente. Nada que ver con una ingente maquinaria ciega y sin alma. Nada que ver con un absurdo capricho del azar y la casualidad; con una contingencia o una singularidad que surge inopinadamente de un dormido caos primigenio, y que se devora a sí misma sin sentido en el transcurso del espacio y el tiempo, envuelta en una apariencia de orden que responde a ese mismo caos del que procede. Nada que ver...
    Me parece no caer con esto en un cósmico antropomorfismo... Soy consciente (como creo que lo fue en parte la hormiga de mi cuento) de que en un universo infinito la variedad de formas es incalculable e igualmente infinita. Y si además existen otros universos con leyes físicas distintas a la nuestra, la cosa se complica aún más y habría que hablar de algo para mí inexplicable, que quizá podría llamarse «sobreinfinidad», o algo así. Término que no tiene, propiamente, ningún significado. Con «infinito» me basta y me sobra. Pero todo esto, con complicaciones o sin ellas,  no cambia el hecho de que, detrás de todo ello (y, por supuesto, en ello mismo), hay un sentido. Y de que tanto la hormiga como el ser humano, el árbol, la piedra, la nube o la estrella, tienen un valor intrínseco. Cada uno en su forma y medida, en su particular nivel. Pero siempre respondiendo, insisto, a un sentido.              
    ¿Cómo se puede creer, ante la visión de ese cielo nocturno de astros y oscuridades, ante esa inmensidad que sobrecoge y fascina, que todo es una especie de burla cósmica? ¿Que todo esto que conocemos, y lo que no, está ahí sólo a causa de un azar, un error o un inconcebible desliz; porque sin querer se encontró no sé quién con no sé qué en no sé dónde, y de ello surgió todo lo demás? Y que en el fondo no tiene importancia alguna, que igual sería si no hubiera ocurrido, porque a esa «causa» casual lo que existe y lo que no, le es absolutamente indiferente... ¿Qué sucede en el corazón del hombre para pensar de esa manera? ¿Qué sesgada sombra le afecta?
    En fin, con permiso de las estrellas y de la «energía oscura», creo que ha llegado el momento de ponerme a escuchar la música de Vangelis...
              

Antonio H. Martín
(31 de enero, 2015)
    

        

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(*) Muy Interesante, nº 404 (Enero, 2015)
música: And When The Night Comes - Jon & Vangelis