
SOBRE LOS VIEJOS (I)
(Lo que sigue es un texto antiguo, que escribí en el lejano siglo XX, hace la friolera de doce años. Recuerdo el por qué lo escribí de esta manera y comprendo que suene ahora como "un tanto impetuoso". Hoy no escribiría sobre este tema de la misma forma, pero sigo entendiendo bien lo que quise decir. Hoy matizaría algunos detalles, pero creo que el fondo sería más o menos el mismo. Hay personas que no sabemos crecer, o simplemente no nos interesa...)
"Más sabe el diablo por viejo que por diablo".
Vaya estupidez. Como si los viejos, por el mero hecho de serlo, gozaran de una categoría especial que los inmunizara contra la ignorancia. Un viejo puede ser tan idiota como cualquiera. Puede que incluso más, porque su respuesta actual, la de ahora mismo, habita demasiado en el recuerdo, trabaja mucho con archivos y fotografías, y eso le confunde y le equivoca. O sea, que es muy poco actual. La vida se le escapa más deprisa aún, le deja más atrás, aunque él crea que la está mirando pasar desde el balcón de su memoria.
La vejez no sabe nada. Sólo es un globo lleno de arena. Cuatro películas antiguas y un par de anécdotas que han perdido su gracia. La lucha, el trabajo, un viaje, un beso y alguna cosa rara que nunca entendió pero de la que siempre se acuerda. Eso, o poco más, es todo lo que sabe el viejo.
Sería válida una vejez que fuera dinámica, flexible, aérea. Pero a eso creo que lo llaman juventud.
En este mundo se valora mucho el peso de la experiencia, la arruga sabia del viejo. Saber dónde está la puerta porque ya se ha pasado por ahí, sonreír tranquilo y confiado porque se guarda una llave en algún sitio. Pero a eso se reduce su valor, al exacto conocimiento de puertas y ventanas, de escaleras y armarios. Todo lo que sabe el viejo es moverse por la vieja casa, entrar y salir por la misma puerta de siempre. Sabe dónde hay que ir para conseguir esto o lo otro, qué hay que hacer en cada caso concreto. Pero de lo abstracto, de lo mágico, de lo nuevo, sabe menos que nadie. De esa cosa lúdica y misteriosa, de ese fulgor y ese aliento que está detrás de todo lo que se mueve, de todo lo que vive, de eso el viejo no sabe. Quizá sabía algo antes, cuando era joven, pero lo ha olvidado.
Se le puede preguntar al viejo sobre muchas cosas, sobre esto o aquello: en qué año ocurrió aquel famoso accidente, por dónde queda la cafetería más próxima o la estación del metro, qué es lo mejor para aliviar el catarro, o cuándo se celebran las fiestas de su barrio o de su pueblo. Datos vulgares que el viejo guarda en su memoria por simple inercia, pero que expone, a veces, como si se tratara de la ruta del tesoro.
También podemos preguntarle -y esto es su tema preferido- sobre la historia reciente, sobre los detalles de algún suceso que él vivió de cerca y los motivos ocultos que lo provocaron, que sin duda conoce mejor que nadie. Para eso el viejo es testigo y guardián de su tiempo. Un experto contable que se atreve, de cabeza, con largas sumas y complicadas divisiones con muchos decimales. Pero no se le puede inquirir sobre aquello que más nos importa, sobre esto que ahora nos sucede. Porque entonces el viejo abrirá su armario de recetas y nos soltará su discurso, su historia, su consejo de viejo, que no sirve para nada. Es su cuento personal, lo más valioso de su armario, y podemos escucharlo con interés y respeto, incluso con afecto, pero es agua pasada y no nos vale.
Aunque todas las aguas se parezcan, no es lo mismo si el que lo cuenta no es un navegante sino, simplemente, el dueño de un pozo. No es el mismo el brillo del agua.
Pudiera ser, sin embargo, que nos encontrásemos ante un ser vivo, ante alguien que sigue en movimiento -que también sabe de puertas y armarios, pero sin importarle demasiado. Con ése sí podríamos hablar de lo que nos importa, y puede que hasta tuviera algo que enseñarnos, quizá mucho. Pero a ese pájaro raro no lo veríamos como un viejo.
Tener unos cuantos años más, pocos o muchos, no tiene nada que ver con la vejez. Los años son como sueños que corren por una pendiente, arriba o abajo. Como animales salvajes. Aves migratorias que vuelan hacia el norte o hacia el sur, según el viento que el hombre guarda en su pecho. Y el otro que sopla afuera, que puede que sea el mismo. Pero la vejez, como categoría humana, figura de piedra y memoria, es sólo un desierto sin aire. Y el viejo un absurdo contador de arena, que colecciona polvo y sombras.
En ese mar vacío los años no van a ninguna parte. El viejo es aquel que dejó de vivir hace tiempo, el que ancló su barca en la orilla y dejó que el río se marchara...
El peso de su experiencia es considerable, su saco está casi lleno, pero dentro sólo hay mariposas tristes y quietas, clavadas en cajas de cristal. Dentro está su tesoro antiguo, el oro y la plata, su arqueología de sombras, su orgullosa colección de arena. Pero falta la luz y el aire.
Sabe muchas cosas el viejo, pero de lo que nos importa no sabe nada.
(...)
Antonio Castellón
(27 de julio, 1997)













