Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







miércoles, 30 de julio de 2014

El nemoroso sueño...




    Una vez más, Alberto Linde, el soñador empedernido, el caminante onírico, se encontraba en uno de sus viajes nocturnos. En este caso en un paisaje boscoso, entre tenues luces de atardecer. Hacía rato que caminaba entre la masa frondosa de los árboles, asombrado de la belleza del bosque y el color dorado de las luces, que brillaban sobre las hojas y los viejos troncos, y respirando aquel aire suave y dulce en el que parecía vibrar una rara magia, cuando divisó a lo lejos una imprecisa figura humana.
    Se acercó y pudo observar a un anciano sentado sobre una gran piedra, junto al tronco de un sauce. Llevaba una túnica oscura con pequeños dibujos argénteos a modo de estrellas. Era la clásica imagen del mago, pensó. Así que se acercó, y después de un breve saludo, se le ocurrió preguntarle en qué lugar se encontraba. 

    —Qué extraño que tú preguntes eso, caminante —contestó el anciano—. Sin duda debes saber que estás en el país del sueño.
    —¡Sí, sí! —se apresuró a responder Alberto—. Sé que éste es el país del sueño, pero desconozco este sitio en particular. Nunca antes había estado aquí. Por eso te pregunto.
    El anciano calló durante unos segundos, y luego dijo, con voz grave y pausada:
    —¿Buscas un nombre? Eso no es importante. Lo que importa es que te hallas en el país del sueño.
    Al parecer no iba a poder sacar información a este anciano mago. Así que cambió su pregunta.
   —Aprovecho, señor mago, este fortuito encuentro para inquirirte sobre algo a lo que llevo dando vueltas desde hace tiempo y que no consigo discernir: ¿qué es en realidad el sueño? Quizá te parezca estúpida la pregunta; soy soñador desde hace mucho y he visto muchas maravillas. Pero a veces me pregunto de qué está hecho todo esto...
    —Caminante, en primer lugar aquí no hay nada «fortuito». Todo sucede según un orden y conforme a un diseño previo. Cualquier ser o cosa que aquí te encuentres tiene un sentido, y los encuentros son siempre debidos a algo; no son tropiezos del azar. Todo en el país del sueño le habla directamente a nuestro corazón.
    —Entiendo bien eso, mago. Pero... insisto en mi pregunta.
    —El sueño es la voz del inconsciente. Una voz que pinta paisajes deslumbrantes u oscuros y nos cuenta a su manera lo que debemos saber.
    —Permíteme, mago, otra pregunta: ¿qué es el inconsciente? Tengo alguna idea al respecto, pero me gustaría escuchar tu explicación.
    —El inconsciente es aquel océano que respira en la profundidad, bajo la fina superficie de la consciencia. Es el agua cósmica de donde surgen las ideas y los sentimientos de los hombres.
    Alberto estuvo de acuerdo con esto, pero siguió preguntando:
    —Entonces, ¿por qué esa división, esa gran distancia? ¿Por qué no hay una continua relación entre lo inconsciente y la consciencia?
    —Tus preguntas denotan cierta confusión, caminante. Por supuesto que existe esa relación.
    —No lo entiendo...
    —Pues está muy claro: el puente que comunica a ambas esferas, la grande de abajo y la pequeña de arriba es el sueño.
    —Quería decir que por qué es necesario ese puente, ¿por qué se diferencian una esfera de otra? ¿Por qué no están siempre juntas?
    —Lo están, caminante, lo están.
    —Sí, pero al mismo tiempo están separadas. Por eso necesitamos soñar para acceder a otros paisajes, para encontrar respuestas, para poner luz en la oscuridad.
    —Sólo en apariencia, caminante. A la consciencia le corresponde la ardua tarea de beber en ese océano y de saber asumir después lo bebido, transformando la experiencia en conocimiento. Pero en realidad no hay nada que separe el fondo de la superficie. Todo es el mismo mar...

    Después de dicho esto el anciano mago se levantó y, sin decir nada más, hizo un leve gesto con la mano y se adentró en una niebla entre dos árboles, desapareciendo en lo profundo del nemoroso sueño.
    

Antonio H. Martín 
(30 de julio, 2014)

viernes, 25 de julio de 2014

Noche de tormenta




«Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.»

C. G. Jung


    Esta es una de esas frases célebres de Jung, que circulan por ahí como algo emblemático de su pensamiento, como un adagio o sentencia, de esas que dan la impresión de estar como esculpidas en la memoria del aire. No tengo ni idea de en qué contexto escribió Jung esa frase, pero sin duda son palabras que dan que pensar. Y me voy a atrever, en esta fresca noche de tormenta, a hacer mi personal interpretación de las mismas.
    ¿Por qué si niego algo, me somete? ¿Y por qué si lo acepto me transforma? Conociendo un poco de Jung, imagino que se refería a la, en ocasiones, difícil relación con el mundo y a la naturaleza intrínseca del ser humano. En esa problemática sitúo la frase.
    Cuando negamos una evidencia de la sociedad en que vivimos —algo que además es abundante y no puedes evitar, te ocultes donde te ocultes—, esa evidencia se convierte en una negatividad que te persigue, vayas donde vayas, en una sombra que termina siendo como una prisión ineludible, es decir, algo que te presiona como una losa, aunque no quieras, y que te somete con su dureza y su peso, con su oscuridad. Lo que resta, considerablemente, libertad y alegría a la propia vida.
    El simple hecho de negarla —siendo, como es, poderosa e inevitable— nos coloca en una situación de indefensión y en el incómodo e ingrato papel de víctimas frente a su presencia. Es un asunto de relación de fuerzas, una tensión en la que siempre salimos perdiendo, quedando sometidos a algo cuyo poder nos sobrepasa en gran medida, que es inamovible e inabordable y no podemos modificar.
    Pero, sin embargo, si aceptamos esa evidencia, ésta pasa de ser una losa a convertirse en un camino. Una senda por la que podemos andar. Con la aceptación de aquello que rechazábamos porque no nos gustaba, porque nos hacía daño, eso mismo cambia de color y de textura y adquiere una materialidad diferente, más porosa y maleable, más líquida, algo así como el barro del alfarero que se deja moldear por nuestras manos, en lo que sería como una especie de proceso alquímico.
    No estoy hablando en absoluto de resignación, ni del estoicismo de Zenón o de Séneca (eso son otras historias). No se trata de inclinarse ante la evidencia, de doblegarse ante un poder mayor, de rendirse tristemente ante la inexpugnable muralla. No, no es eso.
    «¡Qué le vamos a hacer!», «¡Esto es lo que hay!», «No tiene remedio»... Ese tipo de expresiones no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo. Ni se trata tampoco, como apuntaba, de sofocar la pasión estoicamente y llegar a una clase de apatía virtuosa en que la dureza de la realidad ya no nos afecte (algo que puede sonar como a meterse en una burbuja de insensibilidad).
    Se trata únicamente de aceptar la situación, la evidencia empírica e inevitable. Y aceptar es abrir los brazos y la mente, aceptar es querer esa realidad y fundirse con ella. De alguna manera, conquistar la muralla, traspasarla...

    Como casi siempre, mi pensamiento parece tender hacia cierto vago orientalismo, o hacia una clase de concepto poético que se ve como difuso y quizá no se entienda bien. Posiblemente porque no soy lo bastante diestro en explicar estos temas. Pero así es como lo veo. Y a eso es a lo que creo que se refería Jung con lo de la transformación que surge de la aceptación. Recordemos que la psicología de Jung encontró su referente histórico precisamente en la vieja ciencia de la alquimia, y asimismo se nutrió de la interpretación de antiguas mitologías, de donde me parece que surgen sus originales conceptos de los arquetipos y del inconsciente universal.
    En mi humilde caso, la cuestión viene dada simplemente mediante lo que me gusta denominar como «magia», un lenguaje secreto que evidentemente desconozco, pero del cual tengo alguna aproximación, aunque ésta sea meramente intuitiva. De ahí que prefiera interpretar las cosas de una cierta manera, aparentemente irracional, y no de otra que esté más acorde con la lógica al uso.   
      
    Según lo escrito, he estado hablando de negar o aceptar una misma cosa, de acercarse de una u otra forma a una misma cuestión, de dejarse aprisionar y someter por un muro o conquistarlo. Y además me he referido a algo en abstracto cuya dimensión y fuerza nos supera con creces. Pero que cada uno ponga las concreciones y dimensiones que le interesen personalmente.
    Podemos, por otro lado, observar esa frase de Jung como atinente a dos cosas distintas. En este otro caso se trataría, pues, de intentar un equilibrio de fuerzas, entre lo que negamos y lo que aceptamos. Evidentemente, lo primero nos somete y lo segundo nos transforma. En el sentido de que lo negado constituye un poder contrario con el que siempre hemos de luchar, o al menos mantener apartado, que es otro modo de lucha, una resistencia, una permanente oposición. Y lo que aceptamos es un poder favorable que nos transforma positivamente porque nos da energía, o nos ayuda a encauzar la ya existente. Pero me inclino más a la primera interpretación.   
    Y se me ocurre ahora, para ilustrar más el tema, mientras sigo oyendo los truenos y viendo cómo los relámpagos encienden el incipiente crepúsculo, que Jung se refiriese, por ejemplo, tácitamente, al tema de la muerte... En ese caso, sería enteramente aplicable lo que he escrito al principio. Está claro que es muy diferente afrontar el hecho ineludible de la muerte desde la perspectiva de la negación o desde la de la aceptación. Los resultados psíquicos y fácticos son muy distintos. Y, por supuesto, abogo por la segunda opción. Aceptar la muerte —en el sentido que he mencionado—, significa, de algún modo, liberarse de ella, de su presión, de su amenaza. Es convertir su sombra en algo natural. No se trata de quererla, en el aspecto de desearla, sino de conquistar su ominosidad y traspasar ese nimbo negativo con que solemos rodearla. Eso, sin duda, nos transforma positivamente. Negarla, en cambio, nos sume en un estado desapacible, como de zozobra, que nos impide caminar libremente y puede, incluso, ensombrecer nuestra existencia hasta el punto de que no seamos capaces de encontrar un sentido a la misma vida.      
           
    Por cierto, mientras me desperezo alzando los brazos hacia el cielo del Este, que es donde veo dibujarse aún los rayos como látigos de luz, como trazos rabiosos de fuego blanco, no puedo evitar exclamar en voz baja: «¡Viva la tormenta y la madre que la engendró!». Que seguramente es la misma madre o la misma fuente de la que nacen todos los locos bebedores de estrellas, los lunáticos, los soñadores y caminantes del atardecer. Esos que se aventuran a cruzar las fronteras y a explorar los desconocidos senderos de lo enigmático y lo numinoso, que transitan atentos y asombrados por los sinuosos y brillantes caminos del país de la magia y del misterio.
    Y con esto termina, ya es hora, mi personal y torpe interpretación de las palabras del maestro Jung.  

    Mía es la puerta; la casa me espera. Tengo la llave y soy quien ha de cruzar el umbral... No quiero conquistar a nadie, excepto a mí mismo. Si me conquisto, me poseo. Si me poseo, me vivo. Y si me vivo, es que soy consciente. Es todo cuanto deseo y necesito. A eso vine; por eso me voy.  


Antonio H. Martín 
(25 de julio, 2014)






lunes, 21 de julio de 2014

El amigo del silencio




(Reflexiones de un anacoreta)


    Encontró el cuaderno en uno de los cajones del viejo escritorio. La casa estaba deshabitada desde hacía más de un año, cuando su único morador (un solitario de unos cincuenta y tantos, al que había visto algunas veces paseando por los alrededores del pueblo, junto con su perro pastor) se marchó. Nunca hablaron ni supo cómo se llamaba, pero, extrañamente, este hombre solía saludarle cuando se cruzaban por los senderos; sobre todo en el habitual trayecto que va hacia el pueblo más cercano y, más allá, hacia las montañas.
    A Martín le gustaba su expresión, seria pero amable, y la imagen que daba de caminante solitario, y respondía cortésmente a su saludo. Pero siempre desde cierta distancia, de una orilla a otra. No se conocían y, lógicamente, nunca se pararon a conversar. Y tampoco se terció nunca ninguna pregunta que diera pie a algún breve diálogo (como sobre qué hora era o sobre alguna ruta a seguir); con lo cual los saludos se reducían a un simple «hola», un «hasta luego» o un «adiós», acompañados de un gesto con la mano y una leve sonrisa. Pero Martín echó de menos esos ocasionales saludos cuando dejó de verle.
    Esa noche, durante uno de sus paseos, vio la puerta del que había sido su hogar, ahora silencioso y a oscuras, entreabierta. Y se atrevió a entrar. Pensó que quizá alguien había intentado robar la noche anterior, o que tal vez algún mendigo se había colado allí para pasar la noche. Con ayuda de su pequeña linterna de bolsillo, se adentró en la casa vacía...
    Entre las sombras, pudo comprobar que el lugar aún conservaba los muebles, pero éstos estaban vacíos de enseres y de huellas, con ese vacío añadido de las cosas solas. No había nada sobre las mesas ni en los estantes, salvo algún utensilio sin importancia: un vaso, un cenicero, una pequeña lámpara sin alma... En los armarios no quiso mirar. Pero luego descubrió, en una de las habitaciones, un par de librerías y una mesa de escritorio. Esto le encendió la curiosidad y empezó a mirarlo todo con más atención, con una sensación distinta. Ahora entendía algo del porqué le agradaba el saludo de aquel caminante. 
    Por supuesto que las librerías estaban vacías, pero al abrir uno de los cajones de la mesa fue cuando se encontró, cubierto de polvo, el cuaderno. Lo hojeó un poco y vio que estaba parcialmente escrito. Lo cogió sin pensárselo, lo metió en un bolsillo de su chaqueta y, después de dar otra breve vuelta por la casa, se fue. Como si con ese inesperado hallazgo fuese suficiente y se diera por satisfecho. ¿Qué otra cosa mejor podría encontrar para saber algo de aquel desaparecido caminante? Luego, ya en su propia casa, sentado tranquilamente en el sillón de la salita, abrió el cuaderno y comenzó a leer.
    Lo primero que pudo observar Martín, pasando distraídamente las hojas, es que muchas de éstas habían sido arrancadas. Pero en las que quedaban se podían leer páginas en las que se describían pensamientos de algún valor. No era un diario, sino, más bien, como un cuaderno de notas, una relación de apuntes y reflexiones personales. Los breves textos que formaban el cuerpo del cuaderno (lo que quedaba de él), estaban precedidos, en la primera página, por una cita de Jung, lo cual le sorprendió gratamente, y a continuación este innominado escritor, que firmaba con el extraño seudónimo de Pistorius, había añadido sus propias ideas sobre diversos temas. A veces las páginas se componían de varios párrafos; otras, sin embargo, sólo contenían unas pocas frases. Y conforme iba leyendo, fue sabiendo el curioso Martín de algunos asuntos personales de aquel desconocido caminante. Con algunas exposiciones estuvo de acuerdo, con otras no tanto. Pero en cualquier caso le pareció que todo tenía un cierto interés.
    Lo que sigue es una selección de esa nocturna lectura...


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    ... Sin embargo, puede ser que alguien, por propios motivos suficientes, se vea precisado a emprender el camino hacia las lejanías con sus propias fuerzas, porque en todas las protecciones, modelos, asilos, modos de vida y atmósferas que se le ofrecen no encuentra lo que necesita. Marchará solo y representará su propia sociedad. Será su propia multitud que consta de muchas opiniones y tendencias. Pero éstas no van necesariamente en la misma dirección. Se encontrará, por el contrario, en duda con sí mismo y hallará grandes dificultades en manifestar toda su complejidad en una acción unívoca. Incluso cuando se encuentra externamente protegido por las formas sociales de la fase de transición, no posee con ello protección alguna contra la interna complejidad que le enemista consigo mismo y le sume en el extravío en identidad con el mundo externo.

C. G. Jung 


    Como hombre ya entrado en años, tirando para viejo, a mí no me agrada la compañía de los niños. Al contrario que la conocida frase atribuida a Jesús de Nazaret, yo podría decir: «Dejad que los niños se alejen de mí, por favor.» Y esto no es porque no me gusten los niños, sino porque mi sistema nervioso no está ya para oír algarabías infantiles, no es capaz de soportar el estruendo típico de una reunión de ese tipo, más allá de unos pocos minutos. Conforme pasan los años, uno se hace cada vez más amigo del silencio.
    Recuerdo, sin embargo, mi infancia. Y, por supuesto, recuerdo muy bien que había muchos momentos en que uno (como los demás) expresaba su alegría de vivir a gritos, en los múltiples juegos de entonces. Y entiendo ahora que lo que le ocurre a los niños es que tienen una capacidad natural para ser felices, y la expresan de una forma que puede parecer salvaje en algunos momentos (y quizá lo sea, de algún modo), pero que es tal y como les sale de dentro, porque está en su naturaleza. Algo que, por descontado, no hay que intentar reprimir, sino todo lo contrario. 
    La diferencia entre el niño y el adulto (aparte de que no está ya éste último amparado por la protección de los padres, que se esfuerzan, sobre todo en esta época, por meter a sus hijos en una especie de burbuja) es que ha habido, en el transcurso de los años, una serie de experiencias... Y esas experiencias, esas vivencias, buenas, malas o regulares, han ido moldeando la propia personalidad, en un sentido o en otro.
    El niño, sin embargo, es un ser nuevo. No porque haya nacido como una tabula rasa (ya viene, en gran parte, impregnado con la memoria de sus antepasados), sino porque se encuentra con el mundo actual por primera vez. Es una configuración individual nueva y única, en algunos aspectos, que comienza su propia andadura existencial. Y el niño (salvo graves problemas puntuales) tiene una inclinación natural a sentirse feliz, y los juegos son su forma preferida de expresión. Se puede decir en este sentido que, evidentemente, el niño vive en el paraíso. Pero ello sólo ocurre en el momento del juego. Más allá de éste, el niño es muy capaz de cualquier conflicto. Todo depende, en primer lugar, de las circunstancias, favorables o desfavorables, que le rodeen. Hace falta muy poco para que el niño se sienta feliz: afectos familiares, un hogar acogedor y amigos de juegos. O quizá, pensándolo mejor, no es poco sino mucho, según se mire. Pero el caso es que en la infancia suele ser fácil encontrar, afortunadamente, esos elementos. De lo cual me alegro.
    En fin, lo que intento decir es que, a pesar de mi edad, entiendo perfectamente la actitud del niño. Y en absoluto la censuro. Lo que ocurre es lo que apuntaba antes de la diferencia entre el niño y el adulto. Y en casos particulares como el mío, el tener que presenciar esos juegos de cerca afecta de manera negativa a mi sistema nervioso, sobre todo en cuanto al sentido del oído. Es por eso que digo que no me agrada su compañía, y no por ninguna otra cuestión. Mi condición personal actual se expresa en una situación ciertamente anacorética, y en esta situación el silencio tiene un papel tan importante como necesario. Así de simple.


***

    Si yo fuera periodista y dispusiese de una columna diaria o semanal en un periódico más o menos serio, y me debiera a cierto tipo de lectores, quizá escribiría hoy, en el contexto que fuese, que la vida parece a veces como una película; que el director es alguien, o algo, a quien llaman o a lo que llaman Dios, y que éste es quien elige a los protagonistas, quien ha seleccionado el guión y los escenarios para rodar el filme, y los demás sólo somos meros «figurantes», que hemos sido contratados por cuatro perras, un par de bocadillos y un refresco para hacer de bulto en algunas escenas; y que no tenemos derecho a opinar sobre nada, y mucho menos a escoger cualquier posible cambio en el desarrollo de esa película.
    Pero como no soy periodista, y tampoco me cuento entre esa clase de pasivos creyentes, pues decido escribir en este cuaderno íntimo que no, que no es así... Que Dios puede elegir y dirigir la película que le dé la gana, pero que debe contar también con que a veces le salgan figurantes con opinión propia, la cual puede diferir de la mayoría y también, incluso, de la suya propia... Y que, además, esos figurantes, contratados sólo para hacer de relleno en determinadas escenas, tienen también un alma y son creación suya. 


***

    A veces me digo que debo dormir más, no sólo por descansar sino, sobre todo, para poder soñar. Sin embargo, otra voz se cruza entonces en el camino y me dice que, en realidad, ya estoy soñando...


***

    Hoy me he cruzado con una pareja, según paseaba por el pueblo, y he oído lo siguiente: 
    —Porque es así —decía él—. ¡Yo me siento así!...
    Qué simple, ¿no? Pero ahí vi la raya entre subjetividad y objetividad, y la influencia que ejerce una sobre la otra... No oí cuál era la pregunta de la mujer, pero es lo mismo. Lo que importa es que suele funcionar de esa manera: según se sienta uno, así verá al mundo.   


***

    He aprendido con los años que hay que bajar mucho para poder subir... Pero es necesario que, por muy abajo que nos encontremos, nunca perdamos la visión (aunque sea fragmentaria y difusa) de la luz, de aquella luz que antiguamente veíamos con nitidez y que fue el viento que nos animó a emprender el camino.

***

    Después de leer por la noche a Jung, cuando habla de la coniunctio oppositorum de los alquimistas, o de la unio mystica, y me veo luego inmerso, durante el día, en estas fiestas vulgares de pueblo (o de ciudad, da igual), en las que el mayor placer que encuentra la gente es sentarse durante horas en la terraza de un mesón a comer, beber y charlar, mientras sus niños corren arriba y abajo entre gritos, me siento bastante extraño y molesto... Intento preguntarme cosas, pensar, reflexionar, escribir. Pero todo es ruido, ruido, ruido y más ruido. Es como un río sonoro, cargado de piedras, que entona continuamente la canción del absurdo. 
    En esos momentos sólo se me ocurre pensar que el dios de esas gentes es, obviamente, el Sol y lo que llaman «buen tiempo». Y que, sin embargo, el mío propio es, por el contrario, la madre Tormenta... Porque la tormenta disipa rápidamente esas fiestas idiotas y hace que las gentes se refugien en los interiores de los locales (con lo cual se aminora el ruido), o hace que desaparezcan en sus coches, porque se les ha «aguado la fiesta», volviendo a sus lugares de origen; donde seguramente, antes de irse a dormir, buscarán mesas en otras terrazas, para seguir un tiempo más con ese magma inexplicable que entienden por felicidad.
    Se me aparece, en mi torpe y desesperada visión de esos momentos, como una lucha entre Thor y Apolo. Suele ganar el segundo, pero... ¡qué delicia cuando lo hace el primero! Entonces se oyen los fabulosos e imponentes truenos, que rasgan y hacen pedazos la burda tela de las estúpidas risas y los vulgares y necios diálogos. Y luego cae la lluvia con fuerza, con un estruendo vigoroso que transforma al mundo y prefigura el regreso de la bendita calma... Para mí, en esos momentos, el ruido de la lluvia no es tal, sino que es pura música.
    Puedo comprender, no obstante, que son gentes normales, que gozan de esa manera de un merecido descanso después de intensas jornadas de trabajo. De los niños ya hablé aquí hace unos días, y los disculpo. Pero tener que escuchar esas conversaciones superficiales de los adultos, esas risas fáciles, que a mí me parecen vacías, es para este extraño tan insoportable como estar en medio de un avispero. Posiblemente no es más que la exageración de un solitario, un tanto neurótico, pero... 
    Muchas veces lo tenemos difícil los amigos del silencio.


***

    Qué bien si me gustara la gente. Precisamente «gente» es lo que más abunda en este mundo. Pero sucede que a mí, casi desde que era niño, la gente me repele. Y esta repulsión no es un invento mío. Soy un extraño en este mundo, lo sé, y siempre lo seré. Asumir esto es doloroso, por la soledad que conlleva, pero absolutamente necesario. En caso contrario, uno estaría siempre con la tensión de desear un imposible, y se privaría de la necesaria aceptación interior, que es, en definitiva, lo que permite el movimiento con sentido que configura una buena vida. 


***

    A pesar de la negatividad de algunos, que dicen que la vida sólo puede ser un absurdo, dado que termina, yo digo que sí a la vida. Si la vida tiene un final —vienen a decir— nada tiene sentido. Lo único que merece la pena entonces, lo único posible (si la suerte nos acompaña) es disfrutar de los placeres del mundo. ¡Qué simples son! ¿Y qué son para ellos los placeres del mundo, sino esas absurdas fiestas en las que se dedican a perder el tiempo? Precisamente ese tiempo que, según ellos, se les escapa... ¡Cuán lejos están de la auténtica vida! 


Pistorius

(verano de 2013)

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    Martín cerró el cuaderno. Estaba claro que el tal Pistorius era un poco misántropo, y también puede que estuviese algo loco... Pero eso no se correspondía con sus claros y amables saludos, por lo que pensó que se trataba de una de esas misantropías circunstanciales, que no responden a un fondo auténtico, sino sólo a una simple reacción ante algunas superficies, personalmente ásperas. Esta clase de individuos va por la vida como lobos esteparios, pero en realidad lo que buscan es otro tipo de compañías. Y al no encontrarlas, critican al mundo en bloque como algo trivial y negativo. Lo único que les ocurre es que no han hallado su sitio en el mundo, y deambulan de aquí para allá, casi como almas en pena, despotricando y quejándose de una sociedad a la que sienten intensamente como ajena e inaceptable.
    Pero le hubiera gustado a Martín leer las otras páginas que habían sido arrancadas del cuaderno. Seguro que ahí hubiese encontrado ciertas claves y dibujos que arrojarían más luz sobre esta rara pero comprensible figura, sobre este anacoreta amigo del silencio.    


A. H. Martín 
(21 de julio, 2014)

  

viernes, 11 de julio de 2014

En la mítica Carcosa...




«Para gozar de un cuento de miedo, se necesita suspender voluntariamente la incredulidad.»

James Taylor Coleridge


    He puesto aquí, en su momento, historias cortas de Hermann Hesse y de Lord Dunsany, algún cuento romántico e incluso una narración de Howard Phillips Lovecraft (La llave de plata), y se me ocurre ahora que estaría bien añadir a esa lista el relato de Ambrose Bierce que mencionaba en la anterior entrada sobre Jung: Un habitante de Carcosa.
    El relato lo descubrí hace ya unos cuarenta años en el libro antológico de «Los Mitos de Cthulhu» (Alianza Editorial - Madrid, 1969), una selección de textos de Lovecraft y otros autores referente a ese ciclo mitológico de ficción, que realizó concienzudamente el doctor y ensayista Rafael Llopis. Como dije anteriormente, se trata de un relato «inquietante», situado en la mítica ciudad de Carcosa, con un ambiente onírico y extraño que a mí me impresionó mucho entonces, cuando lo leí por primera vez durante una noche de hace cuarenta años; y lo sigue haciendo. En mi breve resumen anterior cuento superficialmente su desarrollo y descubro el final, pero eso no es óbice para leerlo completo, porque la inusitada y oscura belleza del relato está en escuchar la numinosa música que resuena en sus escasas cinco páginas, escritas magistralmente por el americano Ambrose Gwinett Bierce, aquel narrador y periodista que desapareció enigmáticamente durante la guerra de México en 1913, no sin antes dejar escrito (en 1911), aparte de muchos cuentos anteriores, realistas y de misterio, su conocido, ácido e ingenioso «Diccionario del Diablo».   
    Poco he leído de la obra de Bierce, pero me atrevo a afirmar que este "Inhabitant of Carcosa" representa una pequeña joya de ese género fantástico o sobrenatural, y que sin duda merece estar junto a las mejores obras de Lovecraft o incluso del mismo Poe. En cualquier caso, aquí os dejo con esa atmósfera inquietante, que recuerda el ambiente de ciertos sueños extraños, y en la que uno llega a sentir el vértigo, el miedo y, asimismo, la fascinación que provoca el asomarse al otro mundo.        


Antonio H. Martín 
(11 de julio, 2014)


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Un habitante de Carcosa


    Existen, pues, diferentes clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en tanto que en otras desaparece completamente a la vez que el alma. Esto no sucede, por lo general, más que en soledad (tal es la voluntad de Dios) y, no habiendo asistido nadie a ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es cabalmente verdad. Pero a veces, la cosa se produce en presencia de varios, cuyo testimonio viene a ser la prueba. Hay una clase de muerte en que el alma muere también, y aun se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchísimos años. Y a veces (poseemos pruebas irrefutables), el alma muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se convirtió en polvo.


    Meditando estas palabras de Hali (¡Dios le conceda el descanso eterno!), y preguntándome cuál sería su sentido pleno (como aquel que posee ciertos indicios, pero se pregunta si la verdad no será algo distinta de lo que él ha discernido), no presté la menor atención al paraje donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un soplo glacial que me hizo tomar conciencia del escenario en que me hallaba. Observé con estupor que nada me resultaba familiar. A mi alrededor se extendía una inmensa llanura desierta, barrida por el viento, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa de otoño, mensajera de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, veía unas rocas que emergían del suelo con formas extrañas y fúnebres colores; parecían estar en connivencia y cambiar miradas significativas y ansiosas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola confabulación de silencio y espera. A pesar de la ausencia del sol, me pareció que la tarde debía de estar muy avanzada. El aire era frío y húmedo, pero lo sabía por intuición más que de manera física, puesto que no experimentaba la menor sensación de molestia. Por encima de toda la extensión del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas, suspendidas como una maldición visible. En todo se leía una amenaza y un presagio que sugerían el crimen y anunciaban el juicio. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento gemía en las ramas desnudas de los árboles muertos; la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento turbaba la calma terrible de ese siniestro lugar.
    Observé en la yerba cierto número de piedras erosionadas por la intemperie que, evidentemente, habían sido trabajadas por herramientas. Rotas, cubiertas de musgo, medio hundidas en la tierra, yacían totalmente caídas en el suelo o se inclinaban en ángulos diversos. Sin duda alguna, eran piedras funerarias, pero las tumbas propiamente dichas no existían ya. No se veían túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más macizos marcaban el sitio donde un sepulcro pomposo o un monumento soberbio habían lanzado al olvido su desafío irrisorio. Estos vestigios de la vanidad humana, esos monumentos conmemorativos de piedad y de afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar, incluso, me daba una impresión de descuido y de abandono tal, que no pude por menos de pensar que había descubierto el cementerio de una raza de hombres prehistóricos, de una nación cuyo nombre incluso había desaparecido hacía muchísimos siglos.
    Sumido en estos pensamientos permanecí un momento sin prestar atención al encadenamiento de mis propias aventuras, pero no tardé en preguntarme: «¿Cómo he venido aquí?» Un instante de reflexión bastó para proporcionarme la respuesta, así como para explicarme, aunque ello me inquietase aún más, el carácter extrañamente sobrenatural con que mi imaginación había revestido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Ahora recordaba que había sufrido un ataque de fiebre repentina, que los míos me habían contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire libre y libertad, y cómo me habían mantenido en la cama a la fuerza para impedir que huyese de casa. A la sazón, habiendo escapado a la vigilancia de quienes me cuidaban, había vagado hasta aquí para ir... ¿para ir adónde? No tenía ni idea. Sin duda alguna me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa. En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana: no se veía ascender ninguna hebra de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo humano socorro? Todo eso, todo sin excepción, ¿no sería una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mi mujer y a mis hijos en voz alta, tendí mis manos hacia las suyas, caminando entre las piedras deshechas y la yerba marchita. 
    Un ruido, tras de mí, me hizo volver la cabeza. Era un animal salvaje, un lince, que se me acercaba. Me vino un pensamiento: «Si caigo aquí, en este desierto, si la fiebre vuelve y mis fuerzas me abandonan, esta bestia me destrozará la garganta». Salté hacia el lince, gritando. El, por su parte, pasó a un palmo de mí, con su trote pacífico, y desapareció tras una roca. Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de tierra un poco más allá. Coronaba la pendiente más alejada de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura que se extendía hacia el infinito. En seguida vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Medio desnudo, medio vestido con pieles de animales, tenía los cabellos en desorden y una larga barba erizada. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante que esparcía un largo penacho de humo. Caminaba lentamente, con precaución, como si temiera caer en una fosa abierta, oculta por la yerba alta. Esta extraña aparición me provocó una gran sorpresa, pero no terror. Me dirigí hacia él y le abordé diciéndole:
    —¡Que Dios te guarde!
    No me prestó atención, y continuó su camino.
    —Buen extranjero —proseguí yo—, estoy enfermo y he perdido mi camino. ¿Tendrías la bondad de indicarme la dirección de Carcosa?
    El hombre entonó una melopea bárbara en lengua desconocida, siguió caminando, y desapareció. Sobre la rama de un árbol podrido un búho lanzó un aullido siniestro y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de un brusco desgarrón de nubes, ¡Aldebarán y las Híadas! Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y sin embargo, yo veía en torno mío, veía incluso las estrellas en ausencia de toda oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía hacerme ver ni entender. ¿Qué espantoso sortilegio presidía mi existencia?
    Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Persuadido de mi locura buscaba, no obstante, un motivo para dudar de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
    La gruesa raíz de árbol gigante contra el cual me apoyaba, estaba abrazada y oprimía una losa de granito que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. La piedra, aunque muy deteriorada, se encontraba de esta suerte al abrigo de las inclemencias del tiempo. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada y hollada por unos surcos profundos. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Esta piedra había señalado, indudablemente, una sepultura que el árbol había empujado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida. Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramitas acumuladas sobre la losa. Distinguí entonces los caracteres, cincelados en bajorrelieve, de su inscripción, y me incliné a leerla. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre, con todas las letras! ¡La fecha de mi nacimiento! ¡Y la fecha de mi muerte!
    Un rayo horizontal de luz sonrosada iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!
    Un coro de lobos aullantes saludó la aurora. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos o en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias la extensión desértica que se abría ante mis ojos y se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa. 


    Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.


Ambrose Bierce
(1888) 






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imagen 1: Winter Landscape - Caspar David Friedrich
imagen 2: retrato de Ambrose Bierce

martes, 8 de julio de 2014

La infinitud del inconsciente



(Otro sueño de Jung...)


«Todos son claros, sólo yo soy opaco.»

Lao Tse


    Una vez más me quedo gratamente sorprendido mientras sigo buceando en las memorias interiores de Carl Gustav Jung. (¡Y aún me quedan, afortunadamente, unas cien páginas de interesante y apasionante lectura!). Se trata ahora de otro sueño suyo, de otra visión, que tuvo lugar después de su enfermedad de 1944, de la que hablaba aquí hace unos días.
  
    «Soñé una vez sobre el problema de la relación entre la persona y el Yo. En aquel sueño me encontraba en una excursión. Por un pequeño camino atravesé un paisaje accidentado, el sol brillaba y yo divisaba un amplio panorama. Entonces llegué a una pequeña ermita. La puerta estaba abierta y entré. Ante mi asombro, en el altar no se encontraba ninguna imagen de la madre de Dios ni ningún crucifijo, sino sólo un adorno de hermosas flores. Pero luego vi que, ante el altar, en el suelo, vuelto hacia mí, estaba un yogui sentado meditando profundamente. Al contemplarle de cerca vi que tenía mi rostro. Me desperté asustado pensando: ¡Ah!, éste es el que me medita. Ha tenido un sueño que soy yo. Sabía que cuando él despertara yo ya no existiría más.»

    Lo primero que me viene a la mente con este sueño de Jung es el recuerdo de otro sueño mucho más antiguo. Aquel que tuvo, durante una apacible siesta, el maestro taoísta Chuang Tse, cuando soñó que era una mariposa, volando de un lado a otro, y al despertar dudaba de si era una mariposa que ahora soñaba que era Chuang Tse... Y recuerdo también un breve relato fantástico de Ambrose Bierce, que leí hace muchos años y me impresionó vivamente: «Un habitante de Carcosa». En este relato, de ambiente decididamente onírico, un hombre se extravía por un paraje inhóspito y frío, una llanura desierta, y acaba reconociendo que se halla en medio de un ignoto cementerio, derruido por el tiempo. Sigue caminando, sin saber bien dónde se encuentra ni cómo ha llegado allí, deseando volver a su perdida ciudad de Carcosa, que había dejado, supuestamente, hacía poco. Y al final descubre, gracias a un repentino soplo de viento que barre las hojas secas, que en una de las lápidas, abrazada por la gruesa raíz de un viejo árbol, está escrito su propio nombre. Y que donde se encontraba en realidad era entre las ruinas de la antigua ciudad de Carcosa...
    El sueño de Chuang Tse se refiere a esa moviente y compleja relación entre la persona y el yo, y se aventura en la resbaladiza cuestión de la identidad, en el sinuoso terreno de las diversas realidades. En esa galería de espejos en la que una u otra imagen cobra valor según la fijeza de nuestra mirada, y que finalmente, observándola un poco desde lejos, nos deja una extraña pero segura impresión de multiplicidad. Y el inquietante cuento de Bierce nos habla del laberinto del tiempo, así como de los posibles o imposibles puentes entre las dos esferas, aparentemente irreconciliables y separadas por un abismo, de la vida y la muerte. 
    Ambos recuerdos, a mi modo de ver, tienen relación con el sueño de la ermita que tuvo Jung. O al menos son dos recuerdos que mi mente ha relacionado, casi de inmediato, con ese sueño. ¿Pero qué es lo que dice después el propio Jung sobre su sueño?...
    Jung expresa en su libro de memorias muchos matices al respecto, y todos muy interesantes. Casi veinte años después de soñarlo, nos dice, entre otras cosas, lo siguiente:

    «La figura del yogui representaría en cierto aspecto mi totalidad prenatal inconsciente y el lejano oriente, tal como sucede con frecuencia en los sueños, algo que nos es ajeno, un estado psíquico contrapuesto a la consciencia. Al igual que la linterna mágica, "proyecta" también la meditación del yogui mi realidad empírica. Generalmente, sin embargo, consideramos esta relación causal a la inversa: descubrimos en los productos del inconsciente símbolos del mandala, es decir, figuras circulares y cuadrangulares, que expresan totalidad; y cuando expresamos totalidad utilizamos tales figuras. Nuestra base es la consciencia de un yo, un campo de luz centrado en el Yo que representa nuestro mundo. A partir de aquí contemplamos un mundo tenebroso, enigmático y no sabemos hasta qué punto sus huellas tenebrosas están causadas por nuestra consciencia o hasta qué punto poseen realidad. Un análisis superficial se da por satisfecho con la aceptación de la consciencia como causante. Sin embargo, un análisis más exacto muestra que generalmente las imágenes del inconsciente no son motivadas por la consciencia, sino que poseen su propia realidad y espontaneidad. Sin embargo, las consideramos simplemente como una especie de fenómeno marginal.» 

    Sólo por escribir eso último, le daría ahora mismo un abrazo al doctor Jung, si pudiera. Pero no quiero continuar poniendo largas citas, para no engrosar este artículo más allá de ciertos límites, como hice en la anterior entrada, y por intentar ceñirme a las limitadas dimensiones de este espacio. Aunque, sinceramente, si por mí fuera transcribiría el capítulo («Acerca de la vida después de la muerte») íntegramente, porque no tiene desperdicio alguno. Lo mejor es que los que estén interesados en el tema lean directamente el libro de Jung. Una lectura altamente recomendable, pero sólo para mentes inquisitivas y abiertas, no para mentes encerradas en la comodidad y la falsa transparencia de algunos racionalismos.
    No obstante, a pesar de lo que acabo de decir y como no tengo remedio (ni falta que hace), voy a transcribir ahora los párrafos finales de ese capítulo. Lo siento, pero no me puedo resistir a la tentación. Son párrafos que, sin exagerar, merecerían estar en un museo del pensamiento, enmarcados en una notable galería del más selecto de los ateneos. 

    «La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo si yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen un significado decisivo. Si no lo sé, insisto en perseguir tal o cual propiedad que percibo como posesión personal, algo que rige el mundo. Así es, pues, quizás a causa de "mi" inteligencia o "mi" belleza. Cuanto más insiste el hombre en la falsa posesión y cuanto menos capta lo esencial, tanto más insatisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados y esto crea envidia y celos. Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También en la relación con los demás hombres es decisivo si en ello se expresa lo infinito o no.
    »El sentimiento de lo infinito sólo lo alcanzo, sin embargo, cuando estoy limitado al máximo. La mayor limitación del hombre es la persona; se manifiesta en la vivencia "¡yo no soy más que esto!". Sólo la consciencia de mi estrecha limitación en la persona me une a la infinitud del inconsciente. En esta consciencia me siento a la vez limitado y eterno, como el Uno y el Otro. Al saberme único en mi combinación personal, es decir, limitado, tengo la posibilidad de tomar consciencia también de lo infinito. Pero sólo así.
    »En una época que está orientada à tout prix a ensanchar el espacio vital, así como al incremento del saber racional, representa uno de los mayores estímulos llegar a tomar consciencia de su peculiaridad y limitación. Sin ello no se da percepción alguna de lo ilimitado —y tampoco ningún devenir consciente— sino meramente una identidad con lo mismo que se exterioriza en la embriaguez por las grandes cifras y por el poderío político.
    »Nuestra época ha insistido a toda costa en desplazar al hombre terrenal y ha contribuido a endemoniar al hombre y su mundo. El fenómeno de los dictadores y toda la miseria que ha causado es debido a que se ha despojado al hombre de su tendencia al más allá por la estrechez de miras de los "omnisapientes". De este modo se ha sacrificado también al inconsciente. La tarea del hombre debería consistir precisamente en lo contrario, en llegar a adquirir consciencia de lo que le impulsa desde lo inconsciente, en lugar de permanecer inconsciente o idéntico a ello. En ambos casos crearía consciencia desleal a su destino. En lo que no es posible alcanzar, el único sentido de la existencia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser. Incluso hay que suponer que, al igual que el inconsciente actúa en nosotros, también el incremento de nuestra consciencia influye en el inconsciente.»

    Después de leer y transcribir estas palabras de Jung, poco me queda a mí por decir. Lo del infinito siempre me ha atraído poderosamente (es uno de los principales aspectos por los que me inclino a considerarme, de alguna manera, un romántico). Y hay aquí una frase de Jung que me ha recordado un escrito mío de hace tiempo: «Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes.» Mi breve texto se titula precisamente "Caminando por el infinito...", fue publicado en este cuaderno en abril de 2013 y comienza así:
    «Caminar por el infinito..., eso es lo que hago a diario, lo que hacemos todos. Aunque a menudo no seamos conscientes de ello, porque la parcelación de nuestras mentes suele traducirse en dicotomías ficticias en medio del inmenso mar de la conciencia, y donde no hay sino una corriente de agua ininterrumpida, estelar y telúrica, nosotros vemos barreras y diques insalvables, abruptos farallones que impiden el paso y oscuras simas que separan lo que en realidad es abierto y continuo.»
    En fin, que está claro que el maestro Jung y yo coincidimos en esa particular percepción de lo infinito. Lo cual, por otra parte, no es nada extraordinario, sino que responde a una simple cuestión de sensibilidad. Además, con sólo pararse un poco a reflexionar es fácil darse cuenta de que, efectivamente, es así y no de otra manera. 
    Lo de sentirse unido al infinito es algo que tiene mucho que ver con las ondas de lo inconsciente. Algo que la normal y estrecha razón a la que solemos estar acostumbrados rechaza de plano. Pero que, sin embargo, para alguien habituado al mundo de los sueños resulta ser de lo más natural. A mí, por ejemplo (e imagino que a cualquier otro lector medianamente sensible), la simple lectura de ese oscuro relato de Bierce me colocó, durante la adolescencia, ante esa tesitura, tenebrosa pero fascinante, de lo numinoso. Y eso, no sabría explicar por qué, hace que la conciencia se sienta relacionada con otras esferas y se reconozca como unida al infinito.
    Pero no debemos por ello ser pretenciosos y creer que eso nos coloca en algún nivel superior de conocimiento. Los párrafos de Jung me han enseñado algo que no conocía: que sólo desde la consciencia de la propia limitación se puede llegar a la unión con la infinitud del inconsciente.
    Sobre esto son muy aleccionadoras sus siguientes palabras, en el último capítulo del libro:

    «De mí estoy asombrado, desilusionado, contento. Estoy triste, abatido, entusiasmado. Yo soy todo esto también y no puedo sacar la suma. No estoy en condiciones de comprobar un valor o una imperfección definitiva, no tengo juicio alguno sobre mi vida ni sobre mí. De nada estoy seguro del todo. No tengo convicción alguna definitiva, propiamente de nada. Sólo sé que nací y existo y me da la sensación de que soy llevado. Existo sobre la base de algo que no conozco. Pese a toda la inseguridad, siento una solidez en lo existente y una continuidad en mi ser.
    »El mundo en el que nacemos es rudo y cruel y al mismo tiempo de belleza divina. Es cuestión de temperamento creer qué es lo que predomina: el absurdo o el sentido. Si el absurdo predominara se desvanecería en gran medida el sentido de la vida en rápida evolución. Pero tal no es —o no me parece ser— el caso. Probablemente, como en todas las cuestiones metafísicas, ambas cosas son ciertas: la vida es sentido y absurdo o tiene sentido y carece de él. Tengo la angustiosa esperanza de que el sentido prevalecerá y ganará la batalla.»

    Nada que añadir a estas postreras y lúcidas palabras. Sólo decir que de nuevo gracias, estimado doctor Jung, por haber ayudado a abrir un poco más esa pesada y falsa cortina, que normalmente nos impide contemplar la vertiginosa e intensa belleza del infinito.


Antonio H. Martín 
(8 de julio, 2014)

               

viernes, 4 de julio de 2014

Las visiones de Jung



«Horridas nostrae mentis purga tenebras»

(fórmula alquímica de la Aurora Consurgens)


    La primera vez que recuerdo haberme sentido cerca de la muerte fue a la temprana edad de seis años. Aunque la cosa no pasara de ser una mera impresión ficticia. Me hallaba entonces de viaje con mi padre en las islas Canarias. Él era vocalista de un grupo musical, de esos que en aquella época solían amenizar las salas de fiestas, tocando boleros y otros temas de moda. Y aquella noche estaba cantando en un gran salón lleno de gente, mientras que su pequeño hijo, o sea yo, andaba por ahí, buscando sitios nuevos, explorando otros salones de aquel gran recinto, vacíos y medio en sombra. Se ve que ya entonces apuntaba maneras... El caso es que me había dado un chicle para que me entretuviera un rato mientras esperaba su regreso, uno con sabor a fresa, que me gustaban mucho y saboreaba con fruición. Pero antes me había avisado de que tuviera cuidado en no tragármelo; diciéndome, muy serio, que «si te lo tragas, te puedes morir»... 
    Hoy puede mover a risa el trivial suceso, pero para mí fue entonces algo muy grave. En cierto momento, mientras deambulaba por esas grandes salas de baile vacías, en las que encontraba, medio cubiertos con telas, instrumentos de música, como pequeños órganos, trompetas, guitarras y algún piano, y de paso mi viva y sedienta imaginación hacía de las suyas, sucedió el drama... Sin darme cuenta, entre tanta observación concentrada y fascinada, me tragué el chicle. Sobra decir que este niño se vio, inopinadamente, ante las puertas de la muerte; porque, por descontado, se creía a pies juntillas todo lo que le decía su padre. Recuerdo bien que exploté en un llanto incontrolado y escandaloso. ¡No quería morirme! Tanto, tan rabioso fue mi llanto, que tuvieron que llamar a mi padre; y tuvo que dejar su puesto en la banda en medio de la actuación para venir a ver qué me ocurría. Vino, me tranquilizó, y todo acabó en un abrazo. 
    Pero nunca olvidaré ese nimio suceso. Por un lado sentí que en absoluto era el momento de morirme, lo cual todo mi ser rechazaba; y por otro, me enfadé un poco con mi padre por haberme engañado. ¿Por qué cargar las tintas de esa manera ante un niño, que es como una esponja que todo lo absorbe, y más si las palabras vienen del ser que más quiere y respeta en el mundo? Por supuesto que no tenía ni idea de qué era eso de morirse, pero me sonaba a algo muy grave que se debía evitar a toda costa. Y que mi corta vida se fuese a acabar por culpa de la involuntaria ingestión de un maldito chicle, lo sentí como totalmente rechazable. Por eso lloré, casi a gritos, negando esa posibilidad y rebelándome contra un final que sentía como absurdo. 

    Cuento esta simple anécdota de mi infancia, en leve relación con el tema de la muerte, porque sigo leyendo las memorias «interiores» de C. G. Jung («Recuerdos, sueños, pensamientos») y seguidamente voy a exponer aquí su propio e interesantísimo caso. Las llamo así, interiores, porque en absoluto son unas memorias al uso y en nada tienen que ver con la típica autobiografía, en la que se suceden recuerdos de hechos en orden cronológico. A estos sólo los toca muy de pasada. Son, por así decirlo, relatos y reflexiones sobre su paisaje interior, según éste iba siendo descubierto por él mismo. Y, por cierto, ¡fascinante el paisaje interior del señor Jung!
    Anoche me encontré, leyendo ese libro, con una historia extraordinaria... En 1944, Jung sufrió un infarto, sentía que se moría, que estaba al límite de sus fuerzas, que se iba de este mundo, y tuvo en ese lance delirios y visiones. Pongo aquí unos fragmentos de esas visiones: 

    «Me pareció como si me encontrase allá arriba en el espacio. Lejos de mí veía la esfera de la tierra sumergida en una luz azul intensa. Veía el mar azul profundo y los continentes. Bajo mis pies, a lo lejos, estaba Ceilán y ante mí estaba el subcontinente de la India. Mi campo de visión no abarcaba toda la tierra, sin embargo, su forma esférica era claramente visible, y sus contornos brillaban plateados a través de la maravillosa luz azul. (...) Posteriormente me informé a qué altura debía encontrarme para poder alcanzar una visión de tal extensión. ¡Aproximadamente a unos 1.500 kilómetros! La contemplación de la Tierra desde tal altura es lo más grandioso y más fascinante que he experimentado.»

    Más adelante se encontró, sobre una gran masa de piedra oscura (un meteorito) con la entrada a un extraño templo. Se acercó allí y sintió que entraba en una sala iluminada donde hallaría a todos a aquellos hombres con los que había tenido relación en su vida...

    «Allí comprendería por fin —también esto era evidente— a qué filiación histórica pertenecían yo y mi vida. Sabría lo que había sido antes de mí, por qué existí y adónde me conduciría mi vida en lo sucesivo. Mi vida transcurrida me parecía a menudo una historia que no tenía principio ni fin. Tenía la sensación de ser un precedente y subsecuente. Mi vida me parecía como recortada con las tijeras de una larga cadena y muchas cuestiones habían quedado sin respuesta. ¿Por qué transcurrió así? ¿Por qué he aportado tales hipótesis? ¿Qué he hecho con ello? ¿Qué resultará de todo ello? A todo esto —estaba seguro de ello— hallaría allí respuesta. Allí sabría por qué todo había sido así y no de otro modo. Me encontraría con hombres que sabían la respuesta a mis preguntas sobre el pasado y el porvenir.»

    Pero ocurrió que el médico trajo de vuelta a Jung, y ahí acabó su visión...

    «Después de llegar ante mí como una imagen surgida de las profundidades, tuvo lugar entre nosotros una muda transmisión de pensamientos. Pues mi médico había sido delegado por la Tierra para traerme un mensaje: se protestaba en contra de que estuviera a punto de marcharme. No debía abandonar la Tierra y debía regresar. En el instante en que me enteré de esto desapareció la visión.
    »Me sentía profundamente desilusionado; pues ahora todo parecía haber sido en vano. El doloroso proceso de "exfoliación" había sido inútil y no me estaba permitido ir al templo ni ver a los hombres a los que yo pertenecía.
    »En realidad transcurrieron todavía tres semanas hasta que pude decidirme a volver a vivir. No podía comer porque sentía un dégout por todas las comidas. El panorama de la ciudad y montañas, que se divisaba desde mi cama de enfermo, se me antojaba como una cortina pintada con negros agujeritos, o como una hoja de periódico agujereada con fotografías que no me decían nada. Desilusionado, pensaba: "¡Ahora debo volver a insertarme en el sistema de los 'cajoncitos'!" Pues parecía como si tras el horizonte del cosmos se hubiera construido artificialmente un mundo tridimensional, en el cual cada hombre se encontrara por separado en un cajoncito. ¡Y ahora tendría que volver a imaginarme que esto valía la pena! La vida y el mundo entero parecían una cárcel y me indigné mucho al pensar que volvería a encontrarlo bien. Había estado tan contento de que finalmente hubiera terminado todo esto, y ahora todo volvía a ser como si yo —al igual que los demás— estuviera en una cajita colgando de unos hilos. Cuando estaba en el espacio, yo era ingrávido y nada me atraía. ¡Y ahora esto debía terminar otra vez!»

    Tuvo aún después, durante las semanas de convalecencia, otras alucinantes visiones...

    «También el ambiente parecía embrujado. A aquella hora de la noche la enfermera me traía la comida, pues sólo entonces podía tomar algo y comía con apetito. Por algún tiempo me pareció ser una anciana judía, mucho más vieja de lo que era en realidad y como si me trajera comidas rituales, preparadas según el rito judío. Cuando la miraba era como si tuviera un halo azul alrededor de su cabeza. Yo mismo me encontraba —así me lo parecía— en el Pardes rimmonim, en el jardín de las granadas y tenía lugar la boda de Tiferet con Malkut. O yo era como el rabí Simon ben Jochai, cuyas bodas se celebraban entonces. Se trataba de las bodas místicas, tal como se representan en la tradición cabalística.»  

    Y tuvo una última visión, en la que llegó a ver, al final de un verde y apacible valle que formaba como un antiguo anfiteatro, las fiestas espirituales del hierosgamos, donde bailarines y bailarinas danzaban para Zeus, el padre del universo, y para Hera, tal como se cuenta en la Ilíada. Pero todo esto terminó, y entonces Jung se lamentaba de esta forma:

    «Todas esas vivencias eran maravillosas, y me sumergía noche tras noche en la más pura bienaventuranza, "escoltado por las imágenes de toda criatura". Paulatinamente los motivos se confundieron y palidecieron cada vez más. Casi siempre las visiones duraban aproximadamente una hora; luego volvía a dormirme y ya cerca del amanecer volvía a sentir: ¡Ahora vuelve la lúgubre mañana! ¡Ahora vuelve el lúgubre mundo con sus sistemas de celdas! ¡Qué estupidez, qué horrible disparate! Pues las vivencias internas eran tan fantásticas que en comparación con ellas este mundo parecía francamente ridículo. En la medida en que me acercaba de nuevo a la vida, apenas tres semanas después de la primera visión, cesaron los estados visionarios.
    »No es posible hacerse una idea de la belleza e intensidad del sentimiento que experimentaba durante las visiones. Fueron lo más inmenso que he experimentado en mi vida. ¡Y luego este contraste con el día! Entonces me sentía atormentado y con los nervios enteramente destrozados. Todo me irritaba. Todo era demasiado material, demasiado grosero y demasiado torpe, limitado espacial y espiritualmente, ceñido artificialmente a irreconocibles fines, y sin embargo poseía algo así como una fuerza hipnótica que hacía creer en ellos, como si se tratara de la misma realidad, mientras que se podía reconocer fácilmente su vanidad. En principio, desde entonces, pese a la fe revalorizada en el mundo, nunca más me he librado completamente de la impresión de que la "vida" es un fragmento de existencia que se desenvuelve en un sistema adecuado de magnitud tridimensional.» 

    Hasta aquí las visiones del doctor Jung y sus comentarios. Pero no quiero terminar esta interesante exposición sin añadir unos últimos párrafos. Unos en que habla, a continuación del relato de sus visiones, sobre la esfera del tiempo y sobre el sentido de los afectos... De un modo muy particular, amplio y profundo, y que a mí me atrae sobremanera...

    «Se recela de la expresión "eterno", pero yo sólo puedo describir el vivir como beatitud de un estado no temporal, en el cual presente, pasado y futuro son una misma cosa. Todo cuanto sucede en el tiempo estaba allí compendiado en una totalidad objetiva. Ya nada se encontraba separado en el tiempo ni podía medirse mediante normas temporales. El vivir podría definirse en última instancia como un estado, como un estado de ánimo, que, sin embargo, no puede imaginarse. ¿Cómo puedo imaginarme que existo a la vez anteayer, hoy y pasado mañana? Entonces algo no habría comenzado todavía, otra cosa sería de la más diáfana actualidad y nuevamente algo estaría ya terminado, y, sin embargo, todo sería una misma cosa. Lo único que la sensibilidad podría captar sería una suma, una irisada totalidad en la que estaría incluida tanto la esperanza de lo que comienza, como la sorpresa acerca de lo ya sucedido y la satisfacción o desilusión sobre el resultado de lo sucedido. Un todo indescriptible en el que se está inmerso; y, sin embargo, se percibe con objetividad completa.
    »La vivencia de esta objetividad volví a experimentarla otra vez. Fue después de la muerte de mi mujer. La vi en un sueño que fue como una visión. Ella estaba a cierta distancia y me miraba de hito en hito. Se encontraba en la flor de su edad, tenía unos treinta años y llevaba el vestido que mi prima, la médium, le había hecho hacía muchos años. Fue quizás el vestido más bonito que jamás llevara. La expresión de su cara no era ni de contento ni de tristeza, sino de objetivo convencimiento sin la menor reacción sensible, como más allá de las nieblas del afecto. Yo sabía que no era ella sino una imagen motivada o establecida por mí. Encerraba el principio de nuestras relaciones, los acontecimientos de los cincuenta y tres años de nuestro matrimonio y también el fin de su vida. Frente a una integración de este tipo uno se queda atónito, pues apenas se puede concebir.
    »La objetividad que experimenté en este sueño y en mis visiones pertenece a la plena individuación. Significa un librarse de las clasificaciones y de lo que designamos como compenetración afectiva. En la compenetración afectiva reside mucho del hombre en general. Pero ello implica siempre proyecciones de las que hay que prescindir para llegar a ser uno mismo y conseguir la objetividad. Las relaciones afectivas son relaciones volitivas, lastradas por la pasión y la ausencia de libertad; se espera algo de otro, por lo cual, éste y uno mismo dejan de ser libres. El conocimiento objetivo se encuentra detrás de la dependencia afectiva; parece ser el misterio fundamental. Sólo a través de él resulta posible la verdadera Coniunctio.»


    Después de estas lecturas, queda claro que Jung era, como decía Hermann Hesse, «una montaña» de conocimiento. Además de un individuo extremadamente sensible y con la suficiente amplitud de miras como para tomarse sus visiones en serio e intentar interpretarlas, para lo cual contaba con su ingente cultura, su aguda capacidad de análisis y otra cosa aún más valiosa: una conciencia de lo más despierta y osada, que no se arredraba ante lo fantástico y lo numinoso sino que se internaba en ello, buscando relaciones y significados, por muy intrincados o imposibles que pudieran parecer, y buceando incluso en el proceloso y brillante océano de lo arquetípico y lo mitológico. 
    Mucho es lo que se podría comentar respecto de estas apasionantes visiones y reflexiones del maestro Jung. Y en principio pensaba hacerlo, en mayor o menor medida. Pero este caminante está algo cansado y sólo hasta aquí puede llegar, al menos por el momento. Hace ya más de una hora que amaneció y necesito dormir algo. No quiero, sin embargo, dejar de apuntar antes algunas cuestiones. Por ejemplo, que cuando leí lo de la primera visión en seguida me vinieron a la mente dos temas: el primero, que me parece indudable que se trataba de lo que llaman —o llamaban antes— un «viaje astral». Y el segundo, que, efectivamente, la contemplación de la Tierra desde esa perspectiva es, tal como dice el mismo Jung, un espectáculo grandioso y fascinante. No hay más que ver cualquier fotografía de las que hacen los astronautas desde su nave para darse cuenta. La sensación es de un intenso vértigo, pero al mismo tiempo sobrecogedora y emocionante. Así que después de su infarto, el señor Jung se desdobló y se convirtió por unos momentos en un astronauta, libre, sin cables ni casco y sin nave espacial... Lo cual me parece sencillamente maravilloso. La cuestión sobre la autenticidad de los «viajes astrales», sobre su realidad o irrealidad, no voy a discutirla yo ahora. Que cada uno lo juzgue según sus propias ideas y creencias.
    Su reflexión sobre la dimensión del tiempo merecería, sin duda, un capítulo aparte. Sólo diré ahora que me recuerda mucho a ciertas antiguas teorías védicas, por poner un ejemplo. Y su posterior reflexión sobre las relaciones afectivas me ha dejado, sinceramente, con la boca abierta... Afirmar que éstas son «relaciones volitivas, lastradas por la pasión y la ausencia de libertad» no es algo que se lea o escuche con frecuencia, y le deja a uno con una cierta sensación de desnudez, además de con un sincero interés por esa objetividad que «se encuentra detrás de la dependencia afectiva».
    Como decía al principio, es fascinante el paisaje interior del doctor Jung, y es muy de agradecer la cantidad de puertas y ventanas que se nos abren leyendo sus libros. Realmente se trata de lecturas que ensanchan y ahondan la consciencia. Sólo temo una cosa últimamente: que llevo ya leídas algo más de las tres cuartas partes de su libro de memorias y que pronto llegaré al final... Pero creo que ya tengo la solución. Cuando termine el libro, lo volveré a leer otra vez desde el principio, o en el orden que sea. Porque estoy seguro de que no sólo no me va a cansar hacerlo, sino que además captaré conceptos y matices que probablemente me han pasado desapercibidos. Y con ello, el profundo valle que se extiende ante mi atenta y asombrada mirada será aún más verde y brillante. 

    Muchos años después, me alegro de que no fuera cierto lo que me dijo mi padre sobre el peligro que supone tragarse un chicle. 



Antonio Martín Bardán
(4 de julio, 2014)   
                 


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imagen 1: Meteoritos pasando por la órbita de la Tierra (de B.I.G.)
imagen 2: "El Torreón" (casa de Jung, en Bollingen)