Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







martes, 8 de julio de 2014

La infinitud del inconsciente



(Otro sueño de Jung...)


«Todos son claros, sólo yo soy opaco.»

Lao Tse


    Una vez más me quedo gratamente sorprendido mientras sigo buceando en las memorias interiores de Carl Gustav Jung. (¡Y aún me quedan, afortunadamente, unas cien páginas de interesante y apasionante lectura!). Se trata ahora de otro sueño suyo, de otra visión, que tuvo lugar después de su enfermedad de 1944, de la que hablaba aquí hace unos días.
  
    «Soñé una vez sobre el problema de la relación entre la persona y el Yo. En aquel sueño me encontraba en una excursión. Por un pequeño camino atravesé un paisaje accidentado, el sol brillaba y yo divisaba un amplio panorama. Entonces llegué a una pequeña ermita. La puerta estaba abierta y entré. Ante mi asombro, en el altar no se encontraba ninguna imagen de la madre de Dios ni ningún crucifijo, sino sólo un adorno de hermosas flores. Pero luego vi que, ante el altar, en el suelo, vuelto hacia mí, estaba un yogui sentado meditando profundamente. Al contemplarle de cerca vi que tenía mi rostro. Me desperté asustado pensando: ¡Ah!, éste es el que me medita. Ha tenido un sueño que soy yo. Sabía que cuando él despertara yo ya no existiría más.»

    Lo primero que me viene a la mente con este sueño de Jung es el recuerdo de otro sueño mucho más antiguo. Aquel que tuvo, durante una apacible siesta, el maestro taoísta Chuang Tse, cuando soñó que era una mariposa, volando de un lado a otro, y al despertar dudaba de si era una mariposa que ahora soñaba que era Chuang Tse... Y recuerdo también un breve relato fantástico de Ambrose Bierce, que leí hace muchos años y me impresionó vivamente: «Un habitante de Carcosa». En este relato, de ambiente decididamente onírico, un hombre se extravía por un paraje inhóspito y frío, una llanura desierta, y acaba reconociendo que se halla en medio de un ignoto cementerio, derruido por el tiempo. Sigue caminando, sin saber bien dónde se encuentra ni cómo ha llegado allí, deseando volver a su perdida ciudad de Carcosa, que había dejado, supuestamente, hacía poco. Y al final descubre, gracias a un repentino soplo de viento que barre las hojas secas, que en una de las lápidas, abrazada por la gruesa raíz de un viejo árbol, está escrito su propio nombre. Y que donde se encontraba en realidad era entre las ruinas de la antigua ciudad de Carcosa...
    El sueño de Chuang Tse se refiere a esa moviente y compleja relación entre la persona y el yo, y se aventura en la resbaladiza cuestión de la identidad, en el sinuoso terreno de las diversas realidades. En esa galería de espejos en la que una u otra imagen cobra valor según la fijeza de nuestra mirada, y que finalmente, observándola un poco desde lejos, nos deja una extraña pero segura impresión de multiplicidad. Y el inquietante cuento de Bierce nos habla del laberinto del tiempo, así como de los posibles o imposibles puentes entre las dos esferas, aparentemente irreconciliables y separadas por un abismo, de la vida y la muerte. 
    Ambos recuerdos, a mi modo de ver, tienen relación con el sueño de la ermita que tuvo Jung. O al menos son dos recuerdos que mi mente ha relacionado, casi de inmediato, con ese sueño. ¿Pero qué es lo que dice después el propio Jung sobre su sueño?...
    Jung expresa en su libro de memorias muchos matices al respecto, y todos muy interesantes. Casi veinte años después de soñarlo, nos dice, entre otras cosas, lo siguiente:

    «La figura del yogui representaría en cierto aspecto mi totalidad prenatal inconsciente y el lejano oriente, tal como sucede con frecuencia en los sueños, algo que nos es ajeno, un estado psíquico contrapuesto a la consciencia. Al igual que la linterna mágica, "proyecta" también la meditación del yogui mi realidad empírica. Generalmente, sin embargo, consideramos esta relación causal a la inversa: descubrimos en los productos del inconsciente símbolos del mandala, es decir, figuras circulares y cuadrangulares, que expresan totalidad; y cuando expresamos totalidad utilizamos tales figuras. Nuestra base es la consciencia de un yo, un campo de luz centrado en el Yo que representa nuestro mundo. A partir de aquí contemplamos un mundo tenebroso, enigmático y no sabemos hasta qué punto sus huellas tenebrosas están causadas por nuestra consciencia o hasta qué punto poseen realidad. Un análisis superficial se da por satisfecho con la aceptación de la consciencia como causante. Sin embargo, un análisis más exacto muestra que generalmente las imágenes del inconsciente no son motivadas por la consciencia, sino que poseen su propia realidad y espontaneidad. Sin embargo, las consideramos simplemente como una especie de fenómeno marginal.» 

    Sólo por escribir eso último, le daría ahora mismo un abrazo al doctor Jung, si pudiera. Pero no quiero continuar poniendo largas citas, para no engrosar este artículo más allá de ciertos límites, como hice en la anterior entrada, y por intentar ceñirme a las limitadas dimensiones de este espacio. Aunque, sinceramente, si por mí fuera transcribiría el capítulo («Acerca de la vida después de la muerte») íntegramente, porque no tiene desperdicio alguno. Lo mejor es que los que estén interesados en el tema lean directamente el libro de Jung. Una lectura altamente recomendable, pero sólo para mentes inquisitivas y abiertas, no para mentes encerradas en la comodidad y la falsa transparencia de algunos racionalismos.
    No obstante, a pesar de lo que acabo de decir y como no tengo remedio (ni falta que hace), voy a transcribir ahora los párrafos finales de ese capítulo. Lo siento, pero no me puedo resistir a la tentación. Son párrafos que, sin exagerar, merecerían estar en un museo del pensamiento, enmarcados en una notable galería del más selecto de los ateneos. 

    «La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo si yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen un significado decisivo. Si no lo sé, insisto en perseguir tal o cual propiedad que percibo como posesión personal, algo que rige el mundo. Así es, pues, quizás a causa de "mi" inteligencia o "mi" belleza. Cuanto más insiste el hombre en la falsa posesión y cuanto menos capta lo esencial, tanto más insatisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados y esto crea envidia y celos. Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También en la relación con los demás hombres es decisivo si en ello se expresa lo infinito o no.
    »El sentimiento de lo infinito sólo lo alcanzo, sin embargo, cuando estoy limitado al máximo. La mayor limitación del hombre es la persona; se manifiesta en la vivencia "¡yo no soy más que esto!". Sólo la consciencia de mi estrecha limitación en la persona me une a la infinitud del inconsciente. En esta consciencia me siento a la vez limitado y eterno, como el Uno y el Otro. Al saberme único en mi combinación personal, es decir, limitado, tengo la posibilidad de tomar consciencia también de lo infinito. Pero sólo así.
    »En una época que está orientada à tout prix a ensanchar el espacio vital, así como al incremento del saber racional, representa uno de los mayores estímulos llegar a tomar consciencia de su peculiaridad y limitación. Sin ello no se da percepción alguna de lo ilimitado —y tampoco ningún devenir consciente— sino meramente una identidad con lo mismo que se exterioriza en la embriaguez por las grandes cifras y por el poderío político.
    »Nuestra época ha insistido a toda costa en desplazar al hombre terrenal y ha contribuido a endemoniar al hombre y su mundo. El fenómeno de los dictadores y toda la miseria que ha causado es debido a que se ha despojado al hombre de su tendencia al más allá por la estrechez de miras de los "omnisapientes". De este modo se ha sacrificado también al inconsciente. La tarea del hombre debería consistir precisamente en lo contrario, en llegar a adquirir consciencia de lo que le impulsa desde lo inconsciente, en lugar de permanecer inconsciente o idéntico a ello. En ambos casos crearía consciencia desleal a su destino. En lo que no es posible alcanzar, el único sentido de la existencia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser. Incluso hay que suponer que, al igual que el inconsciente actúa en nosotros, también el incremento de nuestra consciencia influye en el inconsciente.»

    Después de leer y transcribir estas palabras de Jung, poco me queda a mí por decir. Lo del infinito siempre me ha atraído poderosamente (es uno de los principales aspectos por los que me inclino a considerarme, de alguna manera, un romántico). Y hay aquí una frase de Jung que me ha recordado un escrito mío de hace tiempo: «Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes.» Mi breve texto se titula precisamente "Caminando por el infinito...", fue publicado en este cuaderno en abril de 2013 y comienza así:
    «Caminar por el infinito..., eso es lo que hago a diario, lo que hacemos todos. Aunque a menudo no seamos conscientes de ello, porque la parcelación de nuestras mentes suele traducirse en dicotomías ficticias en medio del inmenso mar de la conciencia, y donde no hay sino una corriente de agua ininterrumpida, estelar y telúrica, nosotros vemos barreras y diques insalvables, abruptos farallones que impiden el paso y oscuras simas que separan lo que en realidad es abierto y continuo.»
    En fin, que está claro que el maestro Jung y yo coincidimos en esa particular percepción de lo infinito. Lo cual, por otra parte, no es nada extraordinario, sino que responde a una simple cuestión de sensibilidad. Además, con sólo pararse un poco a reflexionar es fácil darse cuenta de que, efectivamente, es así y no de otra manera. 
    Lo de sentirse unido al infinito es algo que tiene mucho que ver con las ondas de lo inconsciente. Algo que la normal y estrecha razón a la que solemos estar acostumbrados rechaza de plano. Pero que, sin embargo, para alguien habituado al mundo de los sueños resulta ser de lo más natural. A mí, por ejemplo (e imagino que a cualquier otro lector medianamente sensible), la simple lectura de ese oscuro relato de Bierce me colocó, durante la adolescencia, ante esa tesitura, tenebrosa pero fascinante, de lo numinoso. Y eso, no sabría explicar por qué, hace que la conciencia se sienta relacionada con otras esferas y se reconozca como unida al infinito.
    Pero no debemos por ello ser pretenciosos y creer que eso nos coloca en algún nivel superior de conocimiento. Los párrafos de Jung me han enseñado algo que no conocía: que sólo desde la consciencia de la propia limitación se puede llegar a la unión con la infinitud del inconsciente.
    Sobre esto son muy aleccionadoras sus siguientes palabras, en el último capítulo del libro:

    «De mí estoy asombrado, desilusionado, contento. Estoy triste, abatido, entusiasmado. Yo soy todo esto también y no puedo sacar la suma. No estoy en condiciones de comprobar un valor o una imperfección definitiva, no tengo juicio alguno sobre mi vida ni sobre mí. De nada estoy seguro del todo. No tengo convicción alguna definitiva, propiamente de nada. Sólo sé que nací y existo y me da la sensación de que soy llevado. Existo sobre la base de algo que no conozco. Pese a toda la inseguridad, siento una solidez en lo existente y una continuidad en mi ser.
    »El mundo en el que nacemos es rudo y cruel y al mismo tiempo de belleza divina. Es cuestión de temperamento creer qué es lo que predomina: el absurdo o el sentido. Si el absurdo predominara se desvanecería en gran medida el sentido de la vida en rápida evolución. Pero tal no es —o no me parece ser— el caso. Probablemente, como en todas las cuestiones metafísicas, ambas cosas son ciertas: la vida es sentido y absurdo o tiene sentido y carece de él. Tengo la angustiosa esperanza de que el sentido prevalecerá y ganará la batalla.»

    Nada que añadir a estas postreras y lúcidas palabras. Sólo decir que de nuevo gracias, estimado doctor Jung, por haber ayudado a abrir un poco más esa pesada y falsa cortina, que normalmente nos impide contemplar la vertiginosa e intensa belleza del infinito.


Antonio H. Martín 
(8 de julio, 2014)

               

4 comentarios:

  1. Me agrada comprobar que existen más individuos tan pendientes del inconsciente como mi persona.

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    1. Pues afortunadamente así es, MJ.
      Somos muchos los que estamos atentos a la voz y a las señales del inconsciente. Aunque en comparación con la superficial mayoría podamos parecer pocos. En mi opinión, es sumamente importante esa atención, porque es mucho y muy valioso lo que el inconsciente tiene que decirnos. Y no me refiero sólo al inconsciente personal, sino también a lo que Jung llamaba "inconsciente colectivo", que es donde se mueven las poderosas figuras de los arquetipos, lo atávico y ancestral, que configura esa especie de magma primigenio de que, en definitiva, estamos hechos, al menos en el fondo y en medida considerable.

      Un saludo.

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  2. Sé muy poco de las teorías de Jung, pero desde que te leo, me pica la curiosidad. Tengo tantas asignaturas pendientes....

    Un abrazo, Antonio

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    1. Entiendo, Luis Antonio, que, entre otros motivos, por falta de tiempo, haya algunos temas interesantes que se nos escapan. Pero hemos de intentar hallar un hueco en nuestras actividades cotidianas para ciertas cosas. Leer y entender al maestro Jung es una de esas cosas. Te aseguro que no se trata, en absoluto, de lecturas vanas o gratuitas. Después de leer a Jung, se produce un importante movimiento reflexivo que no hace sino enriquecer nuestro pensamiento y ayudarnos a lograr una mayor claridad. No es Jung ninguna especie de guru que nos dé respuestas concluyentes a determinadas cuestiones vitales. Pero el doctor Jung fue un gran buscador de verdades, que no se limitó sólo al campo de la psiquiatría, sino que buceó asimismo en filosofías, en mitologías y en religiones comparadas, e incluso en la alquimia. Y sus avances y encuentros en ese sentido son como una luz en el camino. Cuando Hermann Hesse dijo de él que era "una montaña" de conocimiento, sin duda es por algo. Y no hay más que acercarse a su obra para darse cuenta de ello: con sólo leer un capítulo de cualquiera de sus libros, sale uno con la sensación de haber abierto una ventana desde la que podemos ver un más amplio horizonte...

      Un abrazo.

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