Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







domingo, 28 de abril de 2013

El viajero



    Un inesperado cambio de tiempo ha ensombrecido y hecho huir a la sonriente primavera. Tanto es así que parece como si hubiese regresado el viejo invierno —a quien creíamos ya dormido en su lejana cueva—, a terminar no se sabe qué ocultas tareas. Quizás a recordarnos lo pasajeras y cambiantes que son todas las cosas... De manera que donde hace tan sólo unos días lucían suaves y alegres rayos de sol que invitaban a pasear por el jardín de Pan-yun-tuan, ahora todo son nubes grises, viento frío y una lluvia casi constante, lo que no invita sino a quedarse en casa y mirar el mundo tras los cristales. Así que me he dedicado a seguir con la lectura anterior, de "La atracción del abismo", ese interesante viaje por el paisaje romántico. Y entre otras muchas que he encontrado, rescato hoy un fragmento de esta pequeña joya, que trata sobre un conocido cuadro de Friedrich:

(ahm)
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    (...) La autonomización total del paisaje respecto al protagonismo humano no se da hasta la pintura del Romanticismo. La mente romántica está tan insaciablemente —y tan infructuosamente— anhelante de alcanzar la totalidad y la unicidad que erige al Espíritu de la Naturaleza en el genuino representante estético de su ansia: ésta es la razón de que el paisaje, cada vez más importante desde la crisis renacentista, se constituya en la principal manifestación de la pintura romántica.

    La ideología romántica es un viaje sin retorno hacia la unidad de una Belleza Esencial que es tan inexistente como irrenunciable. Este círculo vicioso le otorga toda su heroicidad y todo su patetismo. Ante "lo misterioso Uno primordial (Ur-Eine)", como lo califica Nietzsche, la conciencia romántica se enardece y se desgarra intuyendo que aquél es la fuente que nutre su creatividad y, al mismo tiempo, el abismo en el que se condena su vitalidad. Ante el "Alma del Mundo" —esta interconexión armonizadora y utópica que el pensamiento romántico toma prestada a la tradición neoplatónica— la sensibilidad romántica se conmueve en una combinación de gozo y melancolía. Y éste es el mismo doble sentimiento que el romántico siente ante una Naturaleza que tanto le sugiere y tanto le niega.
 
    Casi toda la obra de Caspar David Friedrich refleja esta Sehnsucht, pero hay un cuadro que lo hace con insuperable maestría: "El viajero sobre el mar de nubes". La composición de la tela gira alrededor de la central autoridad del "viajero" que, como es muy habitual en los personajes de Friedrich, se halla de espaldas al espectador. Este procedimiento acrecenta la fascinante ambivalencia de este hombre solitario, en el que puede adivinarse, ya la desolada percepción de su propia pequeñez ante la inmensidad, ya el vigor titánico que rememora Nietzsche al situar su encuentro con el Superhombre a seis mil pies de altura o que hace exclamar a William Blake: "Grandes cosas se realizan al encontrarse, cara a cara, el hombre y la montaña".

    El cuadro de Friedrich parece haber sido pintado en el momento mágico en que el hombre se enfrenta al Infinito. Encaramado, en apariencia, en el mismo borde de las rocas, la atracción del abismo se abre ante él con su doble rostro de terror y delicia. El mar de nubes —como el otro mar friedrichiano, el que parte de los muelles de Greifswald— invita al viajero a la navegación hacia la hermosura de lo inconmensurable. La gran tensión romántica entre la Belleza y la Destrucción ofrece al amante del Infinito sus frutos contradictorios. Miedo y dulzura se hermanan tal como ocurre en "El Infinito", de Leopardi:

    "...e mirando, interminati
    spazi di là da quella, e sovrumani
    silenzi, e profondossima quiete
    io nel pensier ni fingo, ove per poco
    il cor non si spaura...
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    ..........  Cosí tra questa
    immensità s'annega il pensier mio:
    e il naufragar m'e dolce in questo mare"

    La mayor parte de los cuadros de Friedrich está guiada por la duda ilimitada que la contradictoria visión del Infinito, tan magistralmente explicada en los versos leopardianos, suscita en el hombre romántico. Es una "duda cósmica" que es fundamental en el momento de desvelar equívocos: el paisaje romántico no tiene nada que ver con las degradaciones bucólicas o pastoriles al que, con frecuencia, se ha asimilado, sino que es sustancialmente trágico. El artista romántico no se siente arropado por la Naturaleza, sino seducido y anonadado; el artista romántico celebra la Naturaleza, mas esta celebración no es sólo un canto a la Belleza primigenia, sino también al sacrificio aniquilador que se cierne sobre los hombres. Al igual que en los grandes himnos de Hölderlin y Wordsworth, al igual que en las sinfonías de Beethoven y Schumann. (...)


Rafael Argullol

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    No voy a añadir nada a la brillante exposición del profesor Argullol. Sólo decir que "El viajero..." es uno de mis cuadros preferidos de Friedrich, y que hace muchos años ya tenía una pequeña reproducción suya ante mi mesa. Cuando estaba en esa lucha interior, en esa tensión entre el "hacerse" y el "deshacerse", tan propia de la juventud, contemplar la pintura de Friedrich me animaba, me daba fuerzas para seguir hacia delante. Veía en ella la imagen del caminante solitario que miraba con asombro pero sin miedo, directamente, el rostro de su destino.
    Dice Argullol que el cuadro "parece haber sido pintado en el momento mágico en que el hombre se enfrenta al Infinito". Algo así es lo que sentía. Terror y delicia, sí, miedo y dulzura... El infinito tiene ese doble rostro. Pero ante su presencia, ante ese mar de nieblas entre las cumbres, el caminante, el viajero del alma no se desalienta, sino que, por el contrario, se siente crecer.
    Las tensiones y las luchas se suavizan con los años. Uno se va aclimatando a las circunstancias y aceptando sus, al parecer, irremediables limitaciones. Hay que saber adaptarse, dice la mansa voz del agua... Pero, siempre queda algo de aquello, el fuego no está, ni mucho menos, extinguido. A pesar de todo, aunque las fuerzas disminuyan, uno guarda en su pecho la simiente de lo que fue y sigue anhelando los mismos sueños del ayer. La Sehnsucht no es ninguna marea pasajera, ningún viento que huye abrasado por el sol de la realidad, sino algo que cala muy hondo en el corazón del hombre romántico. Muy hondo, y para siempre.
    ¿Por qué esta atracción del abismo?, preguntará quizás algún curioso lector, desconocedor del tema. Pues porque el romántico siente que en ese abismo, vertiginoso y terrible, seductor y exaltante, está oculto el tesoro que anhela. Sabe, o intuye, que sólo tiene que rasgar el peligroso velo de niebla, para encontrarse con aquello que ama. Los románticos son (somos) así...


Antonio H. Martín
(28 de abril, 2013)    


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libro: La atracción del abismo / un itinerario por el paisaje romántico
- Rafael Argullol
capítulo: "Paisajes de la nostalgia"
(Editorial Bruguera - Barcelona, 1983)
imagen: El viajero sobre el mar de nubes - Caspar David Friedrich              

2 comentarios:

  1. Creo que hay quien sabe definirlo, incluso mejor que Argullol.

    ¿Volver? Vuelva el que tenga,
    tras largos años, tras un largo viaje,
    cansancio del camino y la codicia
    de su tierra, su casa, sus amigos,
    del amor que al regreso fiel le espere.

    Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
    sino seguir libre adelante,
    disponible por siempre, mozo o viejo,
    sin hijo que te busque, como a Ulises,
    sin Itaca que aguarde y sin Penélope.

    Sigue, sigue adelante y no regreses,
    fiel hasta el fin del camino y tu vida,
    no eches de menos un destino más fácil,
    tus pies sobre la tierra antes no hollada,
    tus ojos frente a lo antes nunca visto.

    Luis Cernuda.

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  2. Gracias, Cristal, por este afilado poema de Cernuda, que define muy bien el asunto.
    Así es, amiga, esa pulsión hacia delante es muy típica del espíritu del romanticismo. Lo que ama el romántico es precisamente eso: caminar siempre hacia el horizonte, porque sabe o intuye -en todo caso siente, intensa y hondamente- que allí se encuentra su hogar. Pero no el hogar que dejó atrás, no sus viejos amigos, su Ítaca o su Penélope, sino un hogar mucho más antiguo y al mismo tiempo nuevo, que es lo que le llama con fuerza desde esa línea distante del horizonte. Es como si un recuerdo primigenio, inconsciente, se modulara en una voz y una imagen que surgen de su interior y resuenan en la lejanía (o viceversa).
    Y además, quien es de esa manera no puede nunca volver. Y cuantas veces lo intente, tantas veces tendrá que golpearse contra una invisible barrera que le devolverá al punto de partida. Es un camino de no retorno el del auténtico romántico. Lo que me recuerda a aquel libro de Castaneda ("Viaje a Ixtlán"), en que el brujo don Genaro reconoce que nunca podrá regresar a su querida Ixtlán. Pesar nostálgico que supera con su asombro y entrega ante la maravilla del nuevo camino que se despliega ante sus ojos.

    Un fuerte abrazo, y feliz camino de las estrellas, hada peregrina.

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