Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







martes, 31 de agosto de 2010

Más allá del puente



Era una noche de luna llena. Sobre una colina, entre la alta hierba que danzaba al son del viento, junto a un viejo castaño, estaba él. Un joven de unos veinte años, con melena, bigote y ojos de lobo. Esperaba...
No había impaciencia en su rostro, presentía que ella vendría en cualquier momento, quizá esa misma noche. Pero no sentía ansiedad alguna, no había prisa. El tiempo era como un río infinito, y las señales eran muy claras.
Al fin oyó una voz en la distancia:

- Martín, ¿eres tú?

Se levantó, y la vio. ¡Sí, era ella!

- Hola, amor, al fin has venido.
- Ay, cariño...

Y se fundieron en un tierno abrazo.

- ¿Estás bien?
- Sí, ahora sí, pero ha sido tan largo el viaje.
- Sabía que vendrías, por eso esperaba.
- Pero... ¿dónde estamos?
- En nuestro hogar.
- ¿Hogar? No veo casa alguna.
- Todo esto que ves es nuestro hogar.

La luna miraba curiosa, y el viento seguía haciendo que la hierba y las hojas bailaran. A lo lejos, muy a lo lejos, las estrellas sonreían y hablaban entre ellas.

- Pero... tú estás... muerto, ¿o no?
- ¿De verdad lo crees?
- ¿Entonces yo...?
- Cariño, no pienses ahora en nada. Mira, ¿ves esa casita azul sobre aquella loma? Esa es nuestra casa.
- ¿Nuestra casa?
- Sí, la construí para los dos; te esperaba desde hace tiempo.
- ¿Entonces es cierto?
- Sí, es cierto.

La mujer se sintíó aturdida, intentó pensar, pero al final se rindió a la evidencia y se lanzó de nuevo en los brazos de él.

- Te quiero, vida mía.
- Yo también te quiero, y ahora vamos a casa, debes descansar. Ya te explicaré, de momento sólo te digo que estamos en el País del Sueño...
- ¿El País del Sueño? ¿así se le llama a la muerte?
- ¿La muerte? ¡Jajaja! La muerte, amiga, es sólo el otro lado del puente. Y ahora ven conmigo.

Pero justo en ese momento, alguien apareció en la escena. Era una especie de guerrero. Y gritó:

- ¡Eh! ¡esa mujer es mía! ¿por qué te la llevas?

La mujer se quedó helada, y Martín se acercó a él y le dijo:

- Hola, ¿eres tú?

El guerrero desenvainó su gran espada y le miró inquisitivamente.

-¿Cómo que si soy yo? ¡Claro que soy yo! Y tú ¿quién eres, que me quieres robar a mi mujer?

Martín se acercó y con una amplia sonrisa le dijo:

- Yo soy tú...

En ese momento, mirándose ambos a los ojos fijamente, el guerrero soltó su espada y se dejó abrazar por Martín. Y unos instantes después, el guerrero había desaparecido, como la niebla.

- Ya está, amor mío, ya estoy completo, vamos a casa.
- ¿Quién era? -preguntó ella, aún asustada.
- Ese era yo en otro tiempo. Y ahora a casa, que debes descansar. Yo guardaré tus sueños.

La luna guiñó un ojo y sonrió, como suele hacerlo cuando algo le gusta especialmente, mientras que las estrellas, sin cortarse un pelo, rieron a carcajadas. Y Martín y su compañera se fueron tranquilos y felices hacia su casa del país del sueño, seguidos por el amigo viento de la noche.


Antonio HM.

(31 de agosto, 2010)

sábado, 28 de agosto de 2010

Como una barca...




Recuerdo que cuando era niño me gustaba imaginar que mi cama era como una barca a la deriva en medio del mar. Me arropaba bien y sentía el vaivén de las olas... Parece absurdo, pero me gustaba esa sensación, en la que se mezclaban el peligro y la confianza. Y me entregaba a los sueños, como quien se deja mecer por los brazos de su madre.
Hoy, muchos años después, esa imagen me suena a lo que ha sido y es mi vida. Porque la propia existencia me parece justo eso: una barca en medio del océano. Pero no es el océano un entorno hostil y enemigo, sino otra cosa muy distinta...
Quizás la madre, nuestro origen y nuestro destino.

Y me alegro de que mi pequeña barca siga navegando, porque navegar es vivir, sentir. Y qué bien cuando los sueños se mezclan con la vida, cuando el agua fluye y se refleja en la mirada...

Antonio HM.


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- imagen: "Dream", por Jacek Yerka
- música: "Cançao do Mar", por Dulce Pontes

jueves, 26 de agosto de 2010

El lobo




EL LOBO

por Hermann Hesse


Nunca en las montañas francesas había habido un invierno tan terriblemente largo y frío. Desde hacía semanas, el aire era claro y helado. De día, los grandes glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo el cielo de un color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña, pasaba por encima de ellos; una luna gélida, de un brillo amarillento, cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieve, y parecía la personificación misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas, enrojecidas, brillaban y se extinguían pronto, por la noche, de un modo turbio y humoso, junto a la luz azulada de la luna.
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños perecían helados en gran cantidad; también los pájaros sucumbían a la helada, y los flacos cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos.

Pero también éstos pasaban tremendas penalidades a causa del frío y el hambre.
Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los empujó a estrechar los vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento, husmeando, su hocico puntiagudo, y dejaba oír de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Pero por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral estaban a buen recaudo, y, tras los sólidos postigos, había carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían un pequeño botín, por ejemplo, un perro, y habían sido ya abatidos dos miembros de la manada.

El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros, y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que uno, atormentado por los crueles martirios del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Los demás volvían entonces sus hocicos hacia él y estallaban todos juntos en un alarido terrible, amenazador y plañidero.
Finalmente, la parte más pequeña de la manada se decidió a emigrar.

De madugrada, abandonaron sus guaridas, se reunieron y, llenos de miedo y excitación, husmearon el aire helado. Luego partieron con un trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con unos ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos algunas decenas de pasos, se detuvieron indecisos y desconcertados, y regresaron lentamente a las guaridas vacías.
Los emigrantes se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al Este, hacia el Jura suizo, y los demás continuaron hacia el Sur. Los tres primeros eran unos animales hermosos y fuertes, pero terriblemente enflaquecidos. El vientre estrecho y de color claro era delgado como una correa; las costillas sobresalían de un modo lamentable; las fauces estaban secas, y los ojos, abiertos y desesperados.

Los tres penetraron juntos en el Jura, y al segundo día cobraron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pero se vieron acosados furiosamente por todas partes por la población campesina. En la comarca, abundante en pueblecitos y pequeñas ciudades, cundió el pánico ante aquellos intrusos inesperados.
Los trineos del correo fueron armados, y nadie podía ir de un pueblo a otro sin fusil. En la región desconocida, después de un botín tan bueno, los tres animales se sentían a la vez cómodos y amedrentados; se volvieron más temerarios que nunca y penetraron en pleno día en el establo de una hacienda. Bramidos de vacas, de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por una bala de un fusil; el otro, abatido a hachazos.

El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo jadeante en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban en remolino ante sus ojos, y de vez en cuando lanzaba un doloroso gemido sibilante. Un hachazo le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces se dió cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni edificios por parte alguna.

Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral.
Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la nevada superficie.
Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con una aldea. Caía la noche Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, siguiendo el olor a establos calientes.
No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo parpadeando por entre las casas.

Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los flancos, y la sangre caía en gruesas gotas persistentes. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces, levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de difícil ascenso. Pero no había otra alternativa. Jadeante, abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas se extendía a lo largo de la montaña. El lobo herido se enfilaba tembloroso a través del bosque de abetos en la penumbra, mientras la sangre parduzca iba goteando lentamente de su flanco.

El frío había disminuido. Al Oeste, el cielo aparecía vaporoso y parecía anunciar una nevada.
Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima de la aldea de la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y apagado que le venía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo salía de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de un modo pesado y doloroso, y sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indeciblemente díficil de soportar. Le atraía un abeto de ancho ramaje, separado de los demás.

Allí se sentó y dirigió una mirada turbia a la terrible noche nevada.
Pasó media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz de un rojo tenue, suave, extraña.
El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz.
Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el Sureste y se alzaba lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no había sido tan grande y roja. Los ojos del animal agonizante se clavaban tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil aullido resonó con un estertor, sordo y doloroso, en la noche.
Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores y jóvenes con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve.

Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo, y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.
Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrándole hasta St. Immer.
Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado, ni el brillo de las cumbres, ni la luna roja que flotaba sobre el Chasseral y cuya luz tenue se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido...


Hermann Hesse
(1903)









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música:

- La Mort Du Loup
- Vangelis
- del álbum "L'Apocalypse des Animaux"

jueves, 19 de agosto de 2010

Su sombra y la mía




Nuestras conversaciones transcurrían como una corriente de aguas azules en la que brillan aquí y allá las arenas doradas, y nuestra calma era como la calma de las cimas, de esas alturas espléndidamente solitarias, muy por encima del espacio de las tormentas, donde sólo el aire divino murmura todavía en la frente del audaz viajero.
Y luego la maravillosa, la santa tristeza, cuando sonaba la hora de la separación en medio de nuestro arrobamiento, y yo exclamaba: "¡Ahora volvemos a ser mortales, Diótima!", y ella me decía: "¡La muerte es apariencia, es como esos colores que centellean en nuestros ojos cuando hemos mirado mucho tiempo al sol!"

Friedrich Hölderlin
("Hiperión")

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...


Los dos amigos se sentaron sobre la hierba, para descansar de su largo camino por la orilla del río. Detrás de ellos susurraban los álamos blancos, cuyas hojas danzaban con una fresca brisa que venía del oeste. Y en el horizonte, sobre una loma cubierta de olivos, se veía la despedida del sol, dorada, alegre, sonriente, como una puerta hacia el país del sueño, como una gran ventana abierta al infinito.
Había una música en el ambiente de aquella tarde de agosto, una música dulce y animosa que tocaba el corazón, como un violín de aire que bajara de las nubes para acariciar la tierra, y encantarla. Pero sólo uno de ellos la escuchaba...

- ¿Tanto la quieres?
- Mira, amigo, cuando estoy con ella el mundo está completo, no falta nada. Ella lo llena todo.
- Típica impresión del enamorado...
- Jose, estoy enamorado, sí, pero no soy un loco adolescente que se deje cegar, mi experiencia es un grado, los fallos acumulados no restan lucidez sino que la enriquecen. Y puedo decir, desde la sensatez, que por fin he encontrado a la mujer de mi vida, la que siempre soñé.
- ¿Estás seguro de eso?
- Lo estoy, como nunca antes.
- Antonio, nos conocemos desde hace mucho tiempo, y tus palabras me suenan a repetición.
- Jose, hablo desde el sentimiento, y mi sentir ahora es éste. Claro que ha habido un pasado, pero eso ahora no cuenta, mi presente es ella y creo no equivocarme si digo que es la mujer que soñé.
- Bueno, siempre se sueña con un cierto modelo de mujer.
- No, amigo, los modelos varian con el tiempo, como en un desfile de años, pero ella..., ella es el original.
- ¡Jajaja! Cómo exageras.
- Si al menos escucharas la música...
- ¿Qué música?
- ¿Ves? No escuchas, por eso no puedes entender.
- Lo único que entiendo es que estás loco por ella, y además que...
- ¿Qué?
- Que ya veremos lo que dura.
- Eso no puedo saberlo, ni ella tampoco, pero... ¿es menos bella una rosa porque se marchite en invierno? ¿Cuánto dura la vida de una mariposa?
- Pues no sé, muy poco.
- Así suele ser el amor, frágil y transitorio como una flor o una mariposa, pero a veces, sólo algunas veces, perdura en el tiempo, y eso sucede cuando se ha cruzado el puente.
- Perdona, no te entiendo, ¿qué puente?
- El puente que une a dos almas, a pesar del tiempo y la distancia.
- Antonio, perdona que te diga esto, pero creo que estás un poco loco. Ya se te pasará, espero.
- Sí, nací loco, y hoy, ya viejo prematuro, estoy más loco que nunca. Por eso he podido cruzar ese puente.
- ¡Jajaja! Lo que decía, estás loco.
- Sí, cierto, y ella también lo está, eso es lo que nos une.
- Me preocupas, Antonio.
- Pues deberías alegrarte.
- ¿Alegrarme porque te metas en una aventura que no sabes dónde te llevará? Me parece todo tan inseguro...
- Ese precisamente es el concepto de aventura, ir hacia el horizonte sin saber qué te vas a encontrar.
- ¿Y eso te parece bien?
- Eso es para mí la vida.
- Pero...
- Pero nada, sin aventura no es posible el descubrimiento.
- ¿El descubrimiento de qué?
- Del tesoro.

El sol ya se había ocultado tras el horizonte, y poco a poco empezaron a verse estrellas. Aún faltaba la luna, pero ya vendría. Todo viene cuando tiene que venir.

- Vale, Antonio, te concedo que estés enamorado, eso lo puedo entender, pero... no sé, somos amigos y me gustaría verte más consciente.
- ¿Consciente? Te aseguro que lo soy.
- Pues yo no te veo así. Me hablas de aventuras, de tesoros...
- Sigues sin escuchar la música.
- Esa música la oyes tú, porque estás alucinando.
- Sí, en colores, verde esmeralda y azul de anochecer.
- ¿Nada más?
- También conservo el ámbar del sol, y espero el blanco de la luna.
- Definitivamente, estás loco, jajaja.
- Ríete, amigo, ríete, que yo me río aun más.
- No oigo tu risa.
- Me río por dentro.
- Antonio, esa sonrisa... ¿a qué viene esa sonrisa?
- Viene a que escucho la música que tú no escuchas, viene a que el violín del aire me dice que ella me ama...
- ¿Y eso?
- Y si ella me ama, es que la misma vida me quiere, nos quiere, y esa es la conjunción del universo.
- Perdona, pero ¿qué tiene que ver el universo con esto?
- Amigo, a esto se le llama armonía. Es muy rara entre humanos, pero a veces surge.
- ¿Armonía?
- Sí, aunque yo prefiero llamarlo "magia".

Uno de ellos, el llamado Jose, se quedó como meditabundo, sin decir palabra, y mientras tanto apareció la luna por el sureste, grande, espléndida, y todo el camino adquirió un tono marfil que convertía la escena en una especie de sueño. Ahora la brisa soplaba con más fuerza, sin llegar a ser viento, agitando suavemente las copas de los árboles y peinando el espejo del río.

- Jose, ¿te encuentras bien?
- Sí, estaba pensando.
- ¿Y en qué pensabas, si puede saberse?
- Pensaba en que me gusta lo que te pasa, y que envidio sanamente tu situación. No es una situación lógica ni racional, pero...
- ¿Pero qué?
- Que me gustaría sentirla también, y escuchar como tú ese violín de aire.
- ¡Bien!
- Antonio, no puedo razonar tu sentimiento, pero, de alguna forma, lo añoro.
- Amigo, no pienses más y mira a la luna.

Y eso hizo. La luna estaba llena y miraba al mundo con su gran ojo blanco, prendado de sueños. Jose fijó sus ojos en ella, intentando no pensar en nada, sólo observar, sólo mirar, sólo sentir... Y la luna le miró, y le sonrió.
Algo extraño le sucedió en ese momento, porque inesperadamente empezó a sentir el roce de la brisa, a la que antes no había prestado atención, y él también sonrió.

- Antonio, amigo, creo escuchar a lo lejos ese violín de aire...
- Bien, ¿me comprendes ahora?
- Sí, y te deseo lo mejor en esa relación.
- Gracias, amigo. ¿Ves esas dos sombras alargadas de los álamos que hay enfrente, en la orilla del río?
- Sí.
- Pues esas son su sombra y la mía.


Antonio H. Martín

(19 de agosto, 2010)


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imágenes:

1- Su sombra
2- Su sombra y la mía

domingo, 8 de agosto de 2010

Amiga de la magia



Hace más de treinta años, mientras caminaba por los pasillos del metro de Madrid, me encontré en un rincón con un vendedor ambulante de reproducciones de cuadros, y entre ellos estaba La Gioconda, de Leonardo Da Vinci.
La miré atentamente, porque es una pintura que ya me atraía desde hace tiempo, la miré y... me miró. Sí, me miró y me sonrió. Pero no con la media sonrisa habitual, que cualquiera puede ver, porque es lo que está pintado en el cuadro, no, me sonrió de una manera especial, que parecía hablarme, y no sólo con la fina boca, sino también con sus hermosos ojos castaños. Fue más bien su mirada la que me habló. Y supe en seguida que ese cuadro debía estar en mi casa.
Y así fue. Entonces vivía en una casita de pueblo, solo y dedicado a mis libros y a pasear por el campo, casi como un ermitaño, y ese cuadro quedó colgado en una de las paredes de mi estudio, junto al escritorio.

No sería nada especial si no fuese por un detalle importante: desde un principio, esa imagen de la Gioconda parecía estar atenta a mis estados de ánimo, y según fueran estos de una u otra índole, la Monna Lisa mostraba un gesto diferente.
Suena a juego de la imaginación o a desvarío mental, pero hablo de lo que veía. Según estaba yo, así se mostraba ella. Si lo que hacía estaba bien, me sonreía y le brillaban los ojos, como si asintiera, y si lo que hacía no estaba tan bien, me miraba seria, adusta y con un cierto acento de reproche...

Finalmente, ese cuadro de La Gioconda se convirtió para mí en una especie de barómetro vital, y me acostumbré a consultar su rostro, para saber cómo andaban los latidos de mi caminar. Porque sentía una unión entre ambos, como si su imagen fuese la imagen de mi hada amiga.
Se ha comentado en ocasiones que ese cuadro es "mágico". Yo creo que efectivamente lo es.

Han pasado más de treinta años, y ese cuadro, que encontré de "casualidad" en los túneles de la tierra, me sigue acompañando. Está aquí aún, en la nueva casa, y ha estado en todas las casas en que he vivido.
Y cuando tengo alguna duda sobre algo, sobre si el paso dado es bueno o malo y sobre si debo dar o no algún otro, siempre miro su rostro, y ella me contesta. Si me sonríe, continúo caminando en ese sentido, si no es así, me detengo y cambio de rumbo.

La suelo llamar "amiga de la magia". Y siempre, cuando me embarco en cualquier cosa, me suelo preguntar: ¿sonríe la Gioconda? En mi caso, no lo hace todos los días, pero cuando lo hace... me da ánimos para continuar y me hace sentir que estoy en el lado bueno de la vida.


Antonio HM.

domingo, 1 de agosto de 2010

La gente y el cielo



La gente para mí más rara, de la que procuro apartarme lo más posible, es aquella que nunca mira a la luna, ni a las estrellas, ni siquiera a las nubes, a no ser para hacer su particular pronóstico del tiempo.
Gente que vive siempre a ras de suelo y suele pensar a ese mismo nivel; gente para la que un árbol es sólo una línea vertical, o un bulto en medio del camino, que sólo le parece interesante si es necesario para ponerse a su sombra cuando aprieta el sol.
Gente que no mira al cielo si no es por motivos prácticos, porque el cielo le parece algo ajeno, algo que no le incumbe en absoluto. Gente que no ve en el horizonte más que una línea horizontal, una raya tumbada que no dice nada, más allá de ser una marca lejana. Gente que no sueña, que no anhela, que no siente, fuera de las coordenadas de su mundo plano y cuadrado, concreto y material.
Gente para la que los pájaros sólo son animales molestos que manchan la pintura de su coche, la lluvia un agua fastidiosa que arruga su traje y el viento un aire que despeina.

¿Mirar al cielo? ¿para qué? El cielo es el techo, ¿y de qué sirve mirar al techo? Si pudieran tocar la luna o las estrellas, incluso comprarlas para poner allí sus casas y ciudades tendrían un interés, para continuar allí su estilo de vida, y hacer encuentros deportivos, o guerras, entre un planeta y otro, entre una estrella y otra. Pero como eso es imposible, no les interesan lo más mínimo.
Para ellos la luna es una especie de globo blanco absurdo, que a veces ilumina la noche, y las estrellas unos puntitos brillantes que antiguamente servían para navegar y ahora no sirven para nada.
¿Y los sueños? Los sueños son cosas de niños, pájaros inútiles que hay que olvidar cuanto antes si se quiere ser alguien en el mundo. No va uno a ninguna parte si se queda aferrado a sus sueños. Hay que poner los pies en el suelo, porque eso es lo único seguro, lo real. El suelo.
¿El cielo? ¿Qué es el cielo?

Esta gente es de la que procuro apartarme lo más posible, porque daña la conciencia y asfixia la auténtica vida.


Antonio HM.