Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







domingo, 13 de febrero de 2011

El valor de lo inútil




Shih, el carpintero, se dirigía hacia el reino de Chi cuando llegó a Chu Yuan y descubrió un roble que servía de lugar de reunión de la población. El árbol se erguía sobre un montículo próximo a la población, sus ramas más bajas -algunas de las cuales eran tan grandes como para poder construir con ellas varias embarcaciones- se hallaban a unos veinte metros de altura, tenía más de veinte metros de diámetro y su copa era tan grande como para dar sombra a un centenar de bueyes. La muchedumbre se congregaba alrededor del árbol como lo hace en la plaza de un mercado. Nuestro carpintero, sin embargo, ni siquiera lo miró cuando pasó por su lado.

Su aprendiz, sin embargo, no cesaba de mirarlo y se dirigió a su maestro, Shih, diciéndole: "Maestro, desde que soy tu alumno jamás había visto un árbol tan hermoso como éste. Pero tú, sin embargo, has pasado a su lado sin echarle siquiera un vistazo".

Shih, el carpintero, replicó: "¡Atiende! Ese árbol es inútil. Si hiciera una barca se hundiría; si construyera ataúdes se pudrirían; si lo aprovechara para hacer herramientas se romperían de inmediato; si hiciera una puerta rezumaría resina; si hiciera vigas las termitas acabarían pronto con ellas. Es una madera inútil que no sirve para nada. Por eso ha podido vivir tanto".

Cuando el carpintero Shih retornó a su casa el roble sagrado se le apareció en sueños y le dijo: "¿Con qué me comparas? ¿Me comparas acaso con árboles útiles como los cerezos, los perales, los naranjos, los limoneros, los pomelos y los demás árboles frutales? A ellos se les maltrata cuando la fruta está madura, se les quiebran las ramas grandes y las pequeñas quedan maltrechas. Su misma utilidad es la que les amarga la vida. Por eso llaman la atención de la gente vulgar y son talados antes de alcanzar la vejez. Así sucede con todo.
Hace mucho tiempo que intento ser inútil y, aún así, en diversas ocasiones casi han conseguido destruirme. Al final, sin embargo, he llegado a ser completamente inútil, lo cual me resulta muy provechoso. ¿Crees que si hubiera servido para algo me hubieran permitido llegar a crecer tanto? Además, tanto tú como yo somos cosas y ¿cómo puede una cosa juzgar a otra? ¿Qué puede saber un hombre inútil y mortal como tú sobre un árbol inútil?"

Shih, el carpintero, despertó y trató de comprender su sueño. Entonces su aprendiz le preguntó: "Si quería ser inútil ¿por qué sirve de santuario a la población?"
Shih, el carpintero, respondió: "¡Calla! Su única intención era no ser dañado por aquéllos que ignoran su inutilidad. Si no se hubiera convertido en un árbol sagrado probablemente hubieran terminado talándolo, por ello se ha protegido de un modo diferente a cómo suelen hacerlo el resto de las cosas. Por tanto, cometeríamos un grave error si juzgáramos a este árbol con criterios ordinarios".


Chuang Tzu


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Es muy curioso este afán de Chuang Tse por recalcarnos el valor de la inutilidad, cosa que hace en muchas de sus fábulas. A nosotros, habitantes del siglo XXI, nos resulta cuando menos chocante, ya que se supone que el valor más preciado de esta sociedad es lo contrario, o sea, la utilidad. Un valor que no sólo viene a destacar la necesidad de ser útil, para encajar en la maquinaria social y poder así devengar sus comodidades, como en un fructífero intercambio de servicios, sino que alcanza incluso cotas de moralidad, como si poseyera un rango especial, con un brillo ético muy marcado.
Para muchos, ser útiles a la sociedad significa ser "solidarios", implicarse en los problemas de la comunidad y trabajar codo con codo para resolverlos, poniendo su grano de arena en la mejora de este mundo tan caótico; significa, ante todo, servir. Y eso conlleva una satisfacción particular, una sensación de "deber cumplido" que les deja una amplia sonrisa, una serenidad de ánimo, y ese grato cosquilleo de creer que la propia vida tiene un sentido, es decir, una función, una utilidad. La certeza de que uno no es un lastre para la sociedad, sino alguien que forma parte integrante de sus cimientos y de su progreso.

Pero viene el loco de Chuang, un jocundo sabio de hace más de dos mil años, y nos dice todo lo contrario. Defiende el valor de lo inútil, alegando motivos de supervivencia, y nos deja confundidos y un poco dudando de nuestra propia tabla de valores, que empezamos a ver como invertida y errátil... ¿Será posible que este original taoísta amante de la libertad tenga razón?
Como decía Thomas Merton: "A Chuang Tzu no le dicen nada las palabras y las fórmulas acerca de la realidad, sino la captación existencial directa de la realidad en sí misma. Tal captación es, por necesidad, oscura y no se presta a análisis abstractos."
Y continúa: "...La totalidad de las enseñanzas, el camino contenido en estas anécdotas, poemas y meditaciones, son características de cierta mentalidad que aparece por doquier en el mundo, un cierto gusto por la simplicidad, por la humildad, la autodifuminación, el silencio y, en general, la negativa a tomar en serio la agresividad, la ambición, el empuje y la prepotencia que debe uno exhibir para funcionar dentro de la sociedad."

Así pues, debe haber algo oculto en esa aparente inutilidad, algo muy positivo. El árbol de esta historia se salva de la tala gracias a su aureola de cosa que no sirve para nada. Una fama que él se esforzó en conseguir a través de años de arduo trabajo, hasta lograr una especie de invisibilidad. La gente que pasaba por su lado ni se fijaba en él, porque normalmente la gente sólo se fija en aquello de lo que puede sacar algún provecho. Así que pasó el tiempo y este roble fue creciendo y viviendo su vida de árbol sin molestia alguna, sin interrupción, fuera del peligro que conlleva la depredadora atención humana.
Está bien, llego a entender los beneficios que esta actitud puede otorgarnos, pero... ¿quién de entre los normales se siente seducido por el silencio? ¿Quién de entre ellos estaría dispuesto a autodifuminarse y a renunciar a los brillos del reconocimiento social? ¿Quién daría la espalda a esa sensación de utilidad e importancia que parece ser la culminación de la sociedad en que vivimos?
Sinceramente, creo que entre los normales no hay nadie con esta intención. Porque en el mismo momento en que se sintiera atraído por ella, dejaría de ser normal.

Esta sociedad se ha esforzado desde siempre en aleccionarnos sobre una determinada tabla de valores, y en esa tabla no tienen cabida actitudes inútiles, ni alegrías íntimas, ni sueños ni silencios al atardecer... Sino, sobre todo, la consecución de un lugar, de un puesto, de un hueco dentro de su ingente maquinaria. La sociedad exije al individuo que sea útil, y le convence, enajenándole, de que todo lo demás que le pasa por la mente no tiene importancia alguna, que son sólo pájaros fantásticos de un cuento utópico, sin esencia, sin peso, sin realidad.
Así que, muchos se resignan y guardan sus sueños, sus tímidos intentos de una vida distinta, en el invernáculo de un triste olvido, en el polvoriento armario de los secretos que nunca saldrán a la luz, y se convierten en sirvientes, en árboles talados. Todo por seguir el comando de la sociedad, por entrar en ese laberinto mecánico con la correspondiente chapa de identificación sobre la solapa.

Pero, también están los extraños... Esos que no están dispuestos a pasar por el aro, los obstinados, que cubren su utilidad con una cortina de humo, los invisibles, que viven al margen de un mundo que no aceptan y caminan sobre baldosas de colores que los otros no pueden ver, los que no renuncian a sus sueños, porque estiman que son lo más valioso que pueden nunca atesorar. Con ellos no vale ese comando, ese imperativo de la sociedad, con ellos no vale el mundo.
Estos extraños suelen, como el roble de la fábula, ser invisibles, y crecen en el borde del camino sin que nadie se fije en ellos. No les llama la atención lo más mínimo la arrogante importancia que marca el paso en el otro lado, ellos están afuera, lejos, dentro de sí mismos. Se escurren entre los vericuetos de la ciudad y adoptan formas diversas, disfraces para pasar desapercibidos, para ser confundidos con cualquier otro. Pero interiormente su vida es intensa y propia, sin concesiones a nada ni a nadie, excepto a la misma vida.
Son los extraños inútiles, que no sirven prácticamente para nada, pero cuyos pasos sobre la arena dejan una huella indeleble, una que quizá algún día descubra asombrado cualquier infausto obediente, haciéndole pensar en que es posible recuperar los sueños perdidos y vivirlos...


Antonio H. Martín
(13 de febrero, 2011)


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- foto: "Frosted Leaf Orion", por Masahiro Miyasaka

miércoles, 9 de febrero de 2011

La diosa del absurdo




Así andaba este caminante hace unos veinte años, en estas charcas de lodo naufragaba mi alma...

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Estoy escuchando el concierto para violín en la menor de Bach... La música suena emocionada y brillante en esta tarde gris y vacía, indiferente al mundo que la rodea, sola en medio de un pesado silencio. Da igual lo que yo piense, o como me sienta. Ella seguirá cantando, seguirá leyéndome su viejo y amoroso poema, entre árboles y brisas.
Delante de mí hay un libro de Paul Gauguin, con su autorretrato en la portada... Él también está solo, también es indiferente; y me mira con sus ojos de fuego, altivos y serenos, llenos de fuerza y desprecio. Me siento empequeñecido y pobre ante esta música y esta mirada salvaje, ante estos dos rostros auténticos.
Continuo sumido en la miseria, en la irrealidad de una vida cobarde y sin sentido. Ya ni merece la pena hablar más de ello. ¿Para qué? Antes me quejaba de que un día era igual a otro; igual en su nervioso deambular por entre la basura del mundo; igual en su contradictorio acatamiento a la vulgaridad. Hoy ya debería hablar de años, años que se parecen demasiado entre sí, años llenos casi hasta el borde de miseria, de podredumbre, de la interminable y agotadora repetición de lo absurdo.
Mi vida es absurda, esto es evidente. ¿Pero, por qué no hago nada para remediarlo...? Esto otro pertenece a los misterios del absurdo mismo. ¿O debería decir, esto pertenece al misterio de la cobardía humana, de mi cobardía?

Reconozco en mí la existencia de dos fuerzas antagónicas que, logicamente, chocan entre sí. Una quiere romper, la otra conservar. Una quiere saltar las barreras e intentar un vuelo imposible y mágico sobre el abismo. La otra, sin embargo, quiere guardar las formas, el grato y pacífico sabor de lo conocido, y mantener una vida sedentaria y tranquila, sin grandes problemas, amante del detalle, de lo delicioso y lo bueno, pero temerosa de todo aquello que brilla en medio de la noche de una forma extraña e inquietante.
Sé, de algún modo que no puedo explicar, que por encima de estas dos fuerzas hay un puente mágico, oculto entre la niebla. Alguna vez he llegado a vislumbrarlo en sueños, o en ciertos momentos especiales en que la magia diluye los contornos de la realidad y uno puede ver más allá de sus fronteras. Pero, ¿de qué me ha servido?
Por lo tanto, reconozco en mí la existencia de una tercera fuerza, la más poderosa, la que ejerce una mayor influencia sobre mi vida. Esta fuerza imponente, que aplasta mis días y los convierte en nada, se llama idiotez.
Soy un fiel sirviente de esta gran fuerza, a la que llamaré mi diosa. He cumplido con sus exigencias durante muchos años. Todos los días, o casi todos, al levantarme por la mañana, le he dado mis saludos más cordiales y he prometido, sumiso, ofrecerle mis pobres y humildes horas, para que pueda engrosar su templo, para que pueda seguir enriqueciendo su ingente museo de horas muertas, de días absurdos y años vacíos.

Lo único que ocurre en contra de esta servil adoración es que hay ciertas noches, como ésta, en que me da la locura, me vuelvo extraño y traiciono mi promesa de fidelidad. Entonces, misteriosamente y sin que tenga parte consciente en semejante hazaña, rompo mi compromiso de total y absoluta entrega a mi diosa, y me escapo, oculto en la oscuridad para que ella no me vea, hacia campo abierto, hacia la noche profunda, donde brillan las estrellas y el viento canta libre entre las sombras. Allí vuelvo a ver el mágico puente, envuelto en la niebla, en cuyo centro alguien con mi misma cara me invita a subir...

Ojalá descubra algún día dónde guarda mi diosa la llave de su templo. No para robarla, ni para romper sus tristes trofeos. Sólo para sorprenderla mientras duerme en su absurdo sueño y arrancarle del pecho la medalla de su poder.


Antonio H. Martín
(13 de abril, 1990)

sábado, 5 de febrero de 2011

Poe-ma sin nombre


No fui en mi infancia como los otros,
nunca ví como los otros vieron.
Mis pasiones yo no podía
hacer brotar de fuentes iguales a las de ellos;
y era otro el canto que despertaba
mi corazón para la alegría.
Todo lo que amé lo amé solo.

Así en mi infancia, en el alba
de mi tormentosa vida, irguióse,
desde el fondo de todo bien o todo mal, 
desde cada abismo, encadenándome,
el misterio que envuelve mi destino. 


Edgar Allan Poe




jueves, 3 de febrero de 2011

El extranjero



    —¿A quién amas más?, dí, hombre enigmático,
¿a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu
hermano?
    —No tengo padre ni madre, ni hermana ni
hermano.
    —¿A tus amigos?
    —Utiliza usted una palabra cuyo significado
no conozco hasta el momento.
    —¿A tu patria?
    —No sé en qué latitud está situada.
    —¿A la belleza?
    —La amaría de corazón, diosa e inmortal.
    — ¿Al oro?
    —Lo odio como odia usted a Dios.
    —Entonces, ¿qué es lo que amas, extraordinario extranjero?
    —¡Amo las nubes... las nubes que pasan...
allá... allá... maravillosas nubes!


Charles Baudelaire

(Le Spleen de Paris - Petits poèmes en prose)


martes, 1 de febrero de 2011

Nota al "espíritu de las profundidades"




Quiero aclarar algo referente a la entrada anterior:
Me temo que mis palabras muevan a confusión y den a entender que establecía una relación entre ambos espíritus jungüianos y la distinción que a mí me gusta hacer entre la mirada del mundo y la del sueño. Nada más lejos de mi intención.
Ya dije al principio que la reflexión poética de Jung "me hace recordar"... Pero nada más que eso. Es evidente que ambas dicotomías están muy lejos de significar lo mismo. Mi error fue nombrar al espíritu de las profundidades y confundirlo aparentemente con el regreso al hogar....
Está claro que mi escrito se basa en algo más personal, que es lo que me sugirió el poema del redescubrimiento del alma. A eso, al alma individual y al regreso a la misma es a lo que me refería. Y me ratifico en lo que dije de que el alma está conectada a ese espíritu de las profundidades, mucho más cerca de ese océano de lo inconsciente. Pero quizá mezclé ambas cosas inconscientemente... Así que me he visto en la necesidad de aclararlo.
No soy en absoluto un experto en psicoanálisis, y mi forma de escribir suele ser un tanto impulsiva, a la par que intuitiva. De ahí que en ocasiones no quede bien definido lo que quiero expresar.
Espero que esta nota sirva para aligerar un poco la maraña de mi texto.


Antonio HM.



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- Piedra labrada, en la Casa de la Torre, de Bollingen, refugio de Jung.
- C. G. Jung en su estudio de Küsnacht.

lunes, 31 de enero de 2011

El espíritu de las profundidades




EL REDESCUBRIMIENTO DEL ALMA

C. G. Jung


He regresado, otra vez estoy aquí...
Estoy contigo; luego de largos años de vagar
Otra vez he regresado a ti.
¿Debería contarte todo lo que he visto, experimentado, bebido
en mi interior?
¿O no quieres oír nada acerca de todo el ruido de la vida y el
mundo?
Pero una cosa debes saber, una cosa he aprendido, que hay
que vivir esta vida.
Esta vida es el camino, el más buscado, el camino hacia lo
incomprensible, que llamamos divino.
No hay otro camino.
Todos los caminos son senderos falsos.
Yo hallé el camino correcto, me condujo hacia ti, a mi alma.
Regreso, moderado y purificado.
Entonces yo estaba totalmente absorto en el espíritu de los tiempos
y pensaba en forma diferente que el alma humana.
Pensaba y hablaba mucho acerca del alma; sabía muchas palabras
eruditas acerca del alma; la juzgaba y hacía de ella
un objeto científico.
No consideré que el alma no puede ser objeto de mi juicio
y conocimiento. Mucho más son mi juicio y mi conocimiento
el objeto de mi alma.
Por lo tanto el espíritu de las profundidades me presionaba
para que hablara a mi alma, para que la llamara como un ser vivo
e independiente cuyo redescubrimiento significa la buena
fortuna para mí. Me había perdido de mi alma, durante muchos
años.
El espíritu de las profundidades ve el alma como un ser
independiente, vivo, y con ello contradice al espíritu de los tiempos
para quien el alma es algo dependiente de la persona,
que se deja ordenar y juzgar, es decir, algo cuyo alcance
podemos captar.
Ante el espíritu de las profundidades, este pensamiento es
presunción y arrogancia. Por lo tanto, el gozo de mi redescubrimiento
fue humilde... Sin el alma no hay forma de salir de este tiempo.


Carl Gustav Jung

("Memorias, sueños, reflexiones")


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Esta reflexión del maestro Jung me hace recordar esos momentos sumamente especiales y gratificantes, en los que sentimos que regresamos al hogar interior, a ese hogar del que estábamos tan alejados... Es entonces como si se permutara la pérdida y el desasosiego por la alegría del reencuentro, por la paz de estar de nuevo en la vieja y añorada casa.
Quizá la vida se compone de eso, de encuentro, desencuentro y reencuentro, como en un vaivén de olas que vienen, se van y luego vuelven. Y que aunque nunca sean las mismas, sí lo son en el fondo, porque forman parte de la interminable danza del mar.
Jung nos habla asimismo del espíritu de las profundidades, en contraposición al espíritu de los tiempos... Me gusta mucho esa imagen, y es así como lo siento. Algo parecido intentaba yo expresar, humildemente, con aquello de la diferencia entre la mirada del mundo y la mirada del sueño. La primera está atada a los acontecimientos y cosas cotidianas, condicionada por lo que oye y ve, por lo que la rodea; mientras que la segunda tiende a escuchar y mirar de forma muy distinta, como si bebiera de una fuente interna que la hace traspasar el velo del mundo.
Es, efectivamente, un regreso al alma, esa entidad luminosa que llevamos dentro y que está directamente conectada al espíritu de las profundidades, al océano del inconsciente... Esa entidad que nos habla a menudo, con el lenguaje que le es propio: el lenguaje del sueño.

En otra página del mismo libro nos dice Jung: "Colmado de orgullo humano y enceguecido por el presuntuoso espíritu de los tiempos, busqué durante mucho tiempo mantener al otro espíritu alejado de mí. Pero no me detuve a considerar que el espíritu de las profundidades desde tiempos inmemoriales y para siempre poseía un poder mayor que el espíritu de los tiempos, que cambia con las generaciones y se marchita con las flores del verano... El espíritu de las profundidades cogió mi entendimiento y todo mi conocimiento y los colocó al servicio de lo inexplicable y paradójico, o más bien, lo que así les parecería a las personas de esta época. Me robó el poder para hablar y escribir acerca de nada que no estuviera a su servicio, es decir al servicio de la fusión del sentido y la insensatez..."

¿Otra forma del "tirano interior" del que hablaba Nietzsche? En todo caso, lo que está claro es que existe, y puede condicionar de por vida el comportamiento y la manera de pensar y sentir de cualquiera; de cualquiera que tenga la suficiente sensibilidad para oír su voz. Pero ese condicionamiento no es ninguna prisión, sino una orden clara y contundente que obliga a la impecabilidad, que no nos permite hacer otra cosa que no sea seguir el camino correcto, y atender sólo a aquello que es realmente valioso. Ya dije en una ocasión que ese "tirano" es el mejor de los amigos...

Y por otra parte, seguramente Jung, después de haber vuelto al hogar primigenio de su ser y haber redescubierto el tesoro tanto tiempo olvidado de su alma, se quedó allí ya para siempre... Pero no todos tenemos la entereza y determinación del doctor suizo. Muchos de nosotros somos más frágiles de voluntad, más inconstantes y olvidadizos. Y nuestra veleidad nos lleva a abandonar lo encontrado, a perder lo conseguido; y casi sin darnos cuenta nos hayamos otra vez en medio del laberinto, sin saber ni por dónde entramos ni cómo salir...
La voz del espíritu de los tiempos nos llama con fuerza de vez en cuando, nos engatusa con sus oropeles y, literalmente, nos arrastra... Así que, después de un período de ceguera, hemos de volver a buscar aquello que ayer teníamos en las manos.
Lo mejor en estos casos es nadar en esa laguna de silencio de la que hablé hace tiempo. Porque allí es mucho más fácil escuchar la voz grave y fuerte del espíritu de las profundidades.


Antonio H. Martín
(31 de enero, 2011)




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- "Tower of Subconsciousness", por Jacek Yerka (2008)
- C. G. Jung

martes, 25 de enero de 2011

El beso



Hacía meses que no se veían, un largo tiempo de lejanía, de vacío, de queridos recuerdos que sólo podían ver si cerraban los ojos. Para ellos eran como años... No había podido ser, no hubo camino para el encuentro. Las circunstancias estaban en contra, el viento soplaba de proa, y todo actuaba como un muro infranqueable.
Se refugiaban en sus cartas, que se escribían casi a diario, en las que volcaban sus sentimientos, en las que dejaban rastros de su respirar y su deseo, trazos del cuadro que necesitaban ambos pintar, porque en ello les iba la vida. Pero aquellas cartas no colmaban la distancia. Sólo eran suspiros... Suspiros que se perdían en la niebla.

Pero al fin llegó el ansiado momento. Pudieron de nuevo encontrarse una noche, casi a escondidas, junto a la escalera marmórea de un palacio olvidado, y allí se volvieron a besar...
Y con ese beso saciaron todo lo perdido, colmaron el vacío de los días, se colgaron de las olas del viento y sellaron su amor.

"¿Qué es esto que nos pasa? ¿por qué no puedo vivir sin ti?" --dijo él, mientras le brillaba la mirada.
"Ay, no preguntes nada, amor mío, sólo bésame."

Y no hubo más palabras, sólo el susurro de la luna, el murmullo de las nubes y la danza de la penumbra, que seguía el ritmo de la brisa en esa noche única.


Antonio H. Martín
(siglo XIX)

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- "El Beso" (1859)
- por Francesco Hayez (1791-1882)
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- "El Invierno" (1725)
- Antonio Vivaldi (1678-1741)