(ahm)
.................................................
(...) La autonomización total del paisaje respecto al protagonismo humano no se da hasta la pintura del Romanticismo. La mente romántica está tan insaciablemente —y tan infructuosamente— anhelante de alcanzar la totalidad y la unicidad que erige al Espíritu de la Naturaleza en el genuino representante estético de su ansia: ésta es la razón de que el paisaje, cada vez más importante desde la crisis renacentista, se constituya en la principal manifestación de la pintura romántica.
La ideología romántica es un viaje sin retorno hacia la unidad de una Belleza Esencial que es tan inexistente como irrenunciable. Este círculo vicioso le otorga toda su heroicidad y todo su patetismo. Ante "lo misterioso Uno primordial (Ur-Eine)", como lo califica Nietzsche, la conciencia romántica se enardece y se desgarra intuyendo que aquél es la fuente que nutre su creatividad y, al mismo tiempo, el abismo en el que se condena su vitalidad. Ante el "Alma del Mundo" —esta interconexión armonizadora y utópica que el pensamiento romántico toma prestada a la tradición neoplatónica— la sensibilidad romántica se conmueve en una combinación de gozo y melancolía. Y éste es el mismo doble sentimiento que el romántico siente ante una Naturaleza que tanto le sugiere y tanto le niega.
Casi toda la obra de Caspar David Friedrich refleja esta Sehnsucht, pero hay un cuadro que lo hace con insuperable maestría: "El viajero sobre el mar de nubes". La composición de la tela gira alrededor de la central autoridad del "viajero" que, como es muy habitual en los personajes de Friedrich, se halla de espaldas al espectador. Este procedimiento acrecenta la fascinante ambivalencia de este hombre solitario, en el que puede adivinarse, ya la desolada percepción de su propia pequeñez ante la inmensidad, ya el vigor titánico que rememora Nietzsche al situar su encuentro con el Superhombre a seis mil pies de altura o que hace exclamar a William Blake: "Grandes cosas se realizan al encontrarse, cara a cara, el hombre y la montaña".
El cuadro de Friedrich parece haber sido pintado en el momento mágico en que el hombre se enfrenta al Infinito. Encaramado, en apariencia, en el mismo borde de las rocas, la atracción del abismo se abre ante él con su doble rostro de terror y delicia. El mar de nubes —como el otro mar friedrichiano, el que parte de los muelles de Greifswald— invita al viajero a la navegación hacia la hermosura de lo inconmensurable. La gran tensión romántica entre la Belleza y la Destrucción ofrece al amante del Infinito sus frutos contradictorios. Miedo y dulzura se hermanan tal como ocurre en "El Infinito", de Leopardi:
"...e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondossima quiete
io nel pensier ni fingo, ove per poco
il cor non si spaura...
..............................................
..............................................
.......... Cosí tra questa
immensità s'annega il pensier mio:
e il naufragar m'e dolce in questo mare"
La mayor parte de los cuadros de Friedrich está guiada por la duda ilimitada que la contradictoria visión del Infinito, tan magistralmente explicada en los versos leopardianos, suscita en el hombre romántico. Es una "duda cósmica" que es fundamental en el momento de desvelar equívocos: el paisaje romántico no tiene nada que ver con las degradaciones bucólicas o pastoriles al que, con frecuencia, se ha asimilado, sino que es sustancialmente trágico. El artista romántico no se siente arropado por la Naturaleza, sino seducido y anonadado; el artista romántico celebra la Naturaleza, mas esta celebración no es sólo un canto a la Belleza primigenia, sino también al sacrificio aniquilador que se cierne sobre los hombres. Al igual que en los grandes himnos de Hölderlin y Wordsworth, al igual que en las sinfonías de Beethoven y Schumann. (...)
Rafael Argullol
..................................................
No voy a añadir nada a la brillante exposición del profesor Argullol. Sólo decir que "El viajero..." es uno de mis cuadros preferidos de Friedrich, y que hace muchos años ya tenía una pequeña reproducción suya ante mi mesa. Cuando estaba en esa lucha interior, en esa tensión entre el "hacerse" y el "deshacerse", tan propia de la juventud, contemplar la pintura de Friedrich me animaba, me daba fuerzas para seguir hacia delante. Veía en ella la imagen del caminante solitario que miraba con asombro pero sin miedo, directamente, el rostro de su destino.
Dice Argullol que el cuadro "parece haber sido pintado en el momento mágico en que el hombre se enfrenta al Infinito". Algo así es lo que sentía. Terror y delicia, sí, miedo y dulzura... El infinito tiene ese doble rostro. Pero ante su presencia, ante ese mar de nieblas entre las cumbres, el caminante, el viajero del alma no se desalienta, sino que, por el contrario, se siente crecer.
Las tensiones y las luchas se suavizan con los años. Uno se va aclimatando a las circunstancias y aceptando sus, al parecer, irremediables limitaciones. Hay que saber adaptarse, dice la mansa voz del agua... Pero, siempre queda algo de aquello, el fuego no está, ni mucho menos, extinguido. A pesar de todo, aunque las fuerzas disminuyan, uno guarda en su pecho la simiente de lo que fue y sigue anhelando los mismos sueños del ayer. La Sehnsucht no es ninguna marea pasajera, ningún viento que huye abrasado por el sol de la realidad, sino algo que cala muy hondo en el corazón del hombre romántico. Muy hondo, y para siempre.
¿Por qué esta atracción del abismo?, preguntará quizás algún curioso lector, desconocedor del tema. Pues porque el romántico siente que en ese abismo, vertiginoso y terrible, seductor y exaltante, está oculto el tesoro que anhela. Sabe, o intuye, que sólo tiene que rasgar el peligroso velo de niebla, para encontrarse con aquello que ama. Los románticos son (somos) así...
Antonio H. Martín
(28 de abril, 2013)
____________________
libro: La atracción del abismo / un itinerario por el paisaje romántico
- Rafael Argullol
capítulo: "Paisajes de la nostalgia"
(Editorial Bruguera - Barcelona, 1983)
imagen: El viajero sobre el mar de nubes - Caspar David Friedrich
.jpg)



.jpg)
.jpg)
.jpg)

