Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







domingo, 21 de septiembre de 2014

Transitoriedad




Vinieron entonces al anochecer, y encontraron a Juan planeando, pacífico y solitario en su querido cielo. Las dos gaviotas que aparecieron junto a sus alas eran puras como luz de estrellas, y su resplandor era suave y amistoso en el alto cielo nocturno.

Richard Bach


    Se aventuró Alberto esa mañana de septiembre a pasear por la vieja calle, donde había vivido en otro tiempo. No era su intención ver ni recordar nada, sólo lo hizo por cambiar un poco su ruta diaria y porque en esa parte de la ciudad se celebraba esa mañana una feria en la que podría ver animales, como hermosos caballos y lustrosas vacas, además de ovejas y cabras montesas. Animales domesticados, sí, encerrados en pequeños prados y en corrales, pero cuya mirada aún conservaba en cierta medida la luz de lo salvaje. Le pareció más interesante que ver a la gente de todos los días, porque aunque no estaba harto de la vida, sí lo estaba del mundo. Pero una vez allí no pudo evitar fijarse en el edificio con la fachada de color ocre. Dio una vuelta por el jardín y miró hacia arriba... Allí estaban, aún con las persianas bajadas, como hacía más de dos años, las cuatro ventanas. La que corresponde al salón y la pequeña terraza, la de la cocina, la del estudio y la del dormitorio. Las miró un poco tristemente, pero en seguida sacudió la cabeza y se dijo que eso pertenecía al pasado, que ya no tenía que ver con su vida. Y pensó en la transitoriedad de la existencia, en cómo las cosas que una vez fueron, un día dejaron de ser... Todo es como una galería de seres, imágenes y objetos que van pasando ante nuestros ojos y que van cambiando con el tiempo. A veces nos gustaría quedarnos en alguno de esos sitios, con alguna de esas presencias, con alguna de esas cosas, aromas, lugares o caricias. Pero la propia vida parece ser en ocasiones un barco que navega a merced del viento, en un mar proceloso, sin que tengamos mucho dominio sobre el rumbo, porque nuestro timón está medio roto o simplemente porque carecemos de él... Tal vez porque sea, efectivamente, como dijo el poeta Antonio Machado, que «todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar...» La vida es cambio, eso se sabe, y lo del pasar se tiene asumido, porque ahí está el claro aunque desconocido límite de la muerte. Pero hay ciertas cosas que uno no debería dejar pasar, porque con su marcha se va también, antes de tiempo, la propia vida.  
    Y según volvía a su actual casa, la vieja cueva que ahora habita, después de ver a los animales y observar su noble mirada, se acordó, sin saber por qué, de Richard Bach y de aquel librito que tan famoso era hace cuarenta años. ¿Qué había sido de ese escritor aviador?, se preguntó. Buscó en Internet y se enteró de algunos detalles... Por ejemplo de que el escritor aviador tiene ahora 78 años y que hace dos, en 2012, sufrió un grave accidente con su avión al cortar en su vuelo unas líneas de alta tensión, intentando un aterrizaje. Pero la Wikipedia no daba más datos.
    Recordaba muy bien el sentimiento que le provocó la lectura de su librito, Juan Salvador Gaviota. Entonces había leído aún muy poco y quizá por esa falta de práctica su sensibilidad literaria dejaba mucho que desear. Le atraía, eso sí, el mundo de la aventura. Pero no de cualquier aventura, del tipo de Mark Twain o Julio Verne (eso había quedado atrás, aunque con grato recuerdo). Lo que le atraía ya a esa edad era la aventura del saber; de un saber diferente, que enlazara con otras posibilidades de la realidad. Todavía no había leído a Hermann Hesse, y mucho menos a Jung. Pero en esos aún tiernos años se encontró con la obrita de Richard Bach (que entonces era muy leída y nombrada), y aquello le impactó positivamente. Y algo más tarde vio la película homónima y, sinceramente, le encantó. 
    Por aquella época conoció al amigo Jesús Gómez, un maestro de escuela (unos diez años mayor) que tenía el doctorado de Filosofía y Letras y que le introdujo en otra clase de lecturas, por ejemplo de Unamuno, de Sartre y de Albert Camus. Y este amigo le decía que ese librito de R. Bach tenía muy poco valor, mientras que él, por el contrario, lo defendía confesando que era como «su biblia»... Estaba claro que para el amigo Jesús el cuento de Bach no tenía calidad literaria, y seguramente tenía razón, pero no era ese el sentido con que Alberto lo valoraba. Para él había en esa fábula de gaviotas varios signos que le tocaban íntimamente... En primer lugar, el hecho de que habla de un ser que se vuelve solitario porque no comulga con el pensamiento de su comunidad, porque descubre una diferente forma de volar, lejos de lo vulgar, y es por eso rechazado. Y luego está lo del paso hacia el más allá, lo del cambio de planos de existencia, lo de que la velocidad perfecta es, simplemente, «estar allí»... Había mucha filosofía oriental en esa obrita de Bach, y a Alberto, que entonces empezaba a leer a Krishnamurti y a Vivekananda, aquello le gustó mucho. Por eso lo consideraba como su biblia. Era, en definitiva, una parábola casi infantil en su forma pero que incluía signos valiosos sobre el sentido de la vida.
    Y se preguntaba Alberto, después de pasear por la antigua calle, de mirar las ventanas tras las que estaba su hogar de entonces, donde vivió momentos felices, y de recordar luego el librito de Bach, qué quedaba de todo aquello... Todo es transitorio, sí, caduco, pasajero, y lo nuestro es siempre pasar, como las aguas del río, pero, ¿qué hay detrás de este transcurrir? Aparte de que quede o no una huella de lo vivido, un dibujo nítido o difuso en la memoria ¿no hay nada más?... Aquella hacía tiempo que no era su casa, y ya no veía al librito de Bach con los mismos ojos. ¿Significaba eso que todo lo anterior estaba perdido?
    Ya estaba cerca el amanecer y Alberto miró hacia el cielo del sur. Allí pudo ver de nuevo a la constelación de Orión, el gigante en la noche, y más abajo a Sirio, la estrella azul. Eso le hizo recordar sus viajes al mundo de los sueños y que algunas veces había visto al fabuloso pájaro... Con eso era suficiente. Nada se había perdido. El barco iba a merced del viento, sí, y el timón estaba medio roto, casi inservible, pero el viento era propicio, azaroso pero favorable. Y además, quien ha aprendido a volar, nunca lo olvida...           


Antonio H. Martín 
(21 de septiembre, 2014)