Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







sábado, 7 de junio de 2014

Un recuerdo de Dream's Land



    Desde muy joven tuvo Alberto Linde el anhelo de viajar al País del Sueño, al que siempre, sin conocer la causa, consideraba como su verdadero hogar. Y la magia de la vida le fue favorable, porque muchas veces viajó allí. Aún lo sigue haciendo, y algo hemos contado en este lugar de sus últimos viajes, siendo ya mayor... En las más de las ocasiones esto ocurría mientras dormía, pero también tuvo la suerte algunas veces de visitarlo despierto. Fueron aquellos momentos en que los demás decían que se encontraba como ausente, porque no atendía a sus llamadas y en la mirada tenía una luz distante y extraña.
    Alberto estaba muy contento con estos viajes, que compensaban la aridez del mundo real. Cuando aprendió a escribir y a expresarse con cierta soltura, los anotaba en pequeñas libretas, que luego leía a solas en su habitación por la noche, y eso le ayudaba a recordar y a revivir sus viajes. Pero poco a poco fue alimentando otro deseo: el de tener alguna imagen concreta, material, de esos viajes. Algo que no sólo estuviera en su interior y que pudiese mostrar a sus amigos, que solían decir que esas aventuras eran sólo visiones de su mente alucinada y fantasiosa.
    Hubiera dado el joven Alberto un cuarto de su vida porque existiera una máquina especial que fotografiara o filmara los sueños. Pero esto no se había inventado. No bastaba con que a veces se animara a dibujar algún boceto o incluso a pintar en una acuarela el escenario de alguno de sus viajes. Nadie creía que eso fuese real.   
    Pero... un buen día Alberto, cuando aún era adolescente, conoció en un mercadillo de las afueras de la ciudad a un extraño personaje. Se hacía llamar «Braulio, el mago» (eso decía en un pequeño cartel, escrito a mano con letra gótica), y en su puesto exponía objetos diversos y enigmáticos, como pócimas, ungüentos, figurillas de dioses de tierras lejanas, libros de cuentos orientales y pinturas y fotografías raras que mostraban paisajes nada familiares, que al joven le parecieron como de ensueño.
    Todo le llamó poderosamente la atención a Alberto, que se quedó parado ante ese puesto, observando cada detalle. Pero sobre todo, en lo que más se fijó fue en las imágenes. Algo había en ellas que le recordaba a sus viajes...
    El tal Braulio, un hombre de barba gris y amable sonrisa, que aparentaba unos sesenta años, se le quedó mirando atentamente, y al cabo de unos minutos se acercó a él y le dijo:

    —Muchacho, eres un soñador nato, ¿verdad? Un viajero...

    Alberto se quedó muy asombrado y al principio no supo qué contestar. Pero aquel hombre no le intimidó en absoluto. Al contrario, sintió en seguida como si le conociera desde hace tiempo y fuese alguien de su entera confianza. Así que se atrevió a contestar:    

    —Sí, lo soy. Pero... ¿cómo lo sabe usted?
    —No te inquietes por eso. Entre mis artes no está el de la adivinación, pero sé reconocer una mirada entre mil. Y tú eres de los nuestros...
    —¿De los suyos? ¿Y quiénes son ustedes?
    —Nosotros somos los viajeros. Los que tenemos el don de entrar en el fabuloso País del Sueño. Vamos allí muchas noches como quien regresa a su casa después de un fatigoso día...

    No fue necesario decir más. Alberto se quedó allí mucho rato, casi toda la mañana, hablando con ese mago Braulio a quien parecía conocer a pesar de no haberlo visto nunca antes. Le contó de sus viajes, de sus propias incursiones en ese remoto y cercano País, y de la emoción que sentía cuando estaba allí. Y le habló también de su problema, de que ninguno de sus amigos le creía y de que le encantaría poder llevar consigo alguna prueba de que esos viajes eran ciertos, y no una simple fantasía. 
    
    —No es habitual traer nada de allí —dijo entonces el mago—. La barrera de niebla que separa ambos mundos suele destruir cualquier objeto que queramos llevarnos. Son las leyes, muchacho, y nada podemos hacer. Pero... también hay, a veces, algunas excepciones...
    —¿Excepciones? ¿Qué quiere decir? ¿Es que hay alguna posibilidad de...?
    —Escucha, chico, escucha bien: siempre hay posibilidades. El tejido de lo imposible es muy tupido y grueso, pero siempre hay en él alguna grieta, alguna fisura por la que se puede colar lo posible. 

    A Alberto le empezó a latir el corazón con fuerza. ¿Sería este señor un mago de verdad? ¿Tendría la fórmula que tanto deseaba? ¿Podría ayudarle a traer alguna prueba tangible de la existencia de sus viajes?
    El mago Braulio, después de decirle a Alberto que esperara, se introdujo en su vieja furgoneta, que tenía aparcada muy cerca, y volvió al poco rato con una pequeña caja de madera en las manos. 

    —Mira, muchacho, aquí dentro está la solución a tu problema. No es la gran solución, pero al menos te ayudará a traer un diminuto recuerdo del País del Sueño, para que puedas verlo y tocarlo en este mundo y puedas mostrar a tus amigos que tus viajes son auténticos. 

    Alberto tomó la caja con emoción sin atreverse a preguntar, y menos a abrirla delante del mago y entre tanta gente extraña como había por allí. Se imaginó que dentro había algún mágico talismán o algo parecido. Un pergamino con un antiguo hechizo que le permitiría pasar de un mundo a otro algo en sus manos, algún objeto o imagen que no desapareciera más allá de la frontera. 
    Le dio las gracias con torpes palabras y quiso ya despedirse. Tenía prisa por ir a su casa y en la intimidad de su cuarto abrir la caja y descubrir la identidad del tesoro. Pero el mago le retuvo un poco más, diciéndole:

    —Espera, muchacho. Debes saber antes un par de cosas. En primer lugar, que lo que hay dentro de esa caja sólo puede usarse cuando viajes en noches de luna llena o en algunos atardeceres, y sólo una vez cada cierto tiempo... Cuando sea el momento apropiado lo sabrás, porque el artefacto tiene una sensibilidad especial y no funciona siempre. Y en segundo lugar, y esto es lo más importante: recuerda que lo más valioso es el don de poder viajar al País del Sueño, y no el traer algo de él. Que tus amigos te crean o no, en el fondo es irrelevante. Algún día sabrás, si no lo sabes ya, que siempre que viajas allí te traes de vuelta algo en tu interior, un sentimiento singular, una íntima alegría que no puedes enseñar más que con gestos y que no te sirve para convencer a nadie, pero que, sin embargo, es el mejor tesoro que de ese País maravilloso podemos llevarnos. 

    No pensó Alberto en esos momentos en el valor de las frases que acababa de escuchar, sino que se fijó solamente en la palabra «artefacto»... Así que era una especie de máquina o artilugio... ¿Sería posible que fuera la máquina de grabar sueños que siempre había deseado? 
    Se despidió del mago, dándole de nuevo las gracias y prometiéndole que volvería pronto para contarle lo que fuese. Y se fue casi corriendo hacia su casa, esquivando como pudo la masa de gente que llenaba el mercado. Allí, después de cerrar la puerta de su habitación con llave y correr las cortinas, se sentó en la cama y se dispuso a abrir la pequeña caja de madera...              
    Con los ojos muy abiertos y a punto de llorar por la emoción, Alberto descubrió que, efectivamente, se trataba de una máquina. ¡Nada menos que de una máquina fotográfica! ¡Lo que siempre había soñado! Era una cámara pequeña, más o menos del tamaño de un paquete de tabaco, como algunas cámaras modernas, pero parecía ser muy antigua, con el cuerpo hecho de una madera oscura, como de caoba. Y tenía una extraña forma ovoide que en nada recordaba a las cámaras normales. De hecho, a no ser por el pulido y brillante objetivo, semejante a una gema, resultaba difícil pensar en una cámara fotográfica. 
    El joven Alberto estaba muy excitado, quería probar ese aparato mágico cuanto antes... Apareció por un momento la sombra de la duda y se le ocurrió pensar que quizá se tratase de un fraude. ¿Pero qué sentido tendría? No había pagado nada por ella. ¡Era un regalo! ¿Por qué iba a haberle querido engañar el supuesto mago? ¿Para burlarse de él? Eso era absurdo. Y además, algo en la mirada de ese hombre le decía que todo era cierto, que lo que tenía entre las manos era un artefacto mágico que le iba a permitir fotografiar algunas escenas de sus sueños. La duda se esfumó rápidamente. Alberto recordó entonces la advertencia de don Braulio, lo de que tenía que esperar a una noche de plenilunio. Para eso faltaban aún varios días. ¿Tendría paciencia para esperar tanto? Ah, pero también le había dicho que la máquina podía funcionar en algunos atardeceres...
    Se asomó por la ventana para ver el cielo. Quedaban aún unas horas para el ocaso, pero le pareció que las nubes presagiaban un encendido atardecer. O así quiso verlo. En realidad no tenía idea de a qué se refería el mago con eso de «algunos atardeceres», pero intuyó que hablaba de esos atardeceres especiales, esos cuya belleza parece rozar el infinito y que hacen que los espíritus sensibles se queden mirando con una sensación extraña, mezcla de nostalgia y de anhelo. Sí, eso debía ser: se refería el mago a esos atardeceres que recuerdan vagamente al País del Sueño.
    Alberto guardó cuidadosamente la cámara en su caja y ocultó ésta en el más alto anaquel de la biblioteca, detrás de su colección de libros de fantasía. Luego salió a la calle y se dedicó a pasear por el parque sin rumbo fijo. Estaba ansioso porque llegara el atardecer...

    
    Aquí termina la historia. El amigo Alberto no me contó más detalles. Algunas veces está muy hablador y otras no. Imagino que porque en esa aventura en concreto ocurrieron cosas que prefiere no relatar. No sé si por ser malas o, por el contrario, por ser muy buenas y muy íntimas. Lo único que le pude sonsacar, amistosamente, fue que al final de aquella tarde el cielo se encendió, como esperaba, con un impresionante atardecer, de esos en los que parece formarse como una irisada y enigmática niebla que evoca la entrada al remoto País del Sueño y atrae con fuerza a ciertos caminantes. Y también que por la noche consiguió hacer otro de sus queridos y fascinantes viajes a esa tierra de fábula, para nosotros casi del todo desconocida... En cuanto a la cámara, aquí pongo una copia de la fotografía que realizó y que tuvo a bien regalarme. Según me aseguró, fue tomada durante ese mismo sueño. La imagen no es de buena calidad, e incluso se la ve algo borrosa. Pero hay que tener en cuenta que aquella extraña cámara de madera, a pesar de su magia, era ya muy antigua; y además era la primera vez que Alberto la usaba, con lo que probablemente no supo hacer los ajustes necesarios. Sobre si aún la conserva y si ha hecho después otras fotografías de sus sueños, mi amigo no quiso decirme nada. 



Antonio Martín Bardán
(7 de junio, 2014)


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imagen: A Garden of Dream's Land - Albert Lynde 
     

4 comentarios:

  1. Cuando era estudiante, hace ya unos cuantos años, para ir a la facultad atravesaba un pasadizo antiguo y semi abandonado,con tiendas tan viejas y abandonadas como el pasaje Gutiérrez, que asi se llamaba y se llama.Había un pequeño local repleto de antiguedades y cachivaches de menor valor y un hombre mayor, con unos pequeños "espejuelos" resbalándole por la nariz,siempre sentado tras el mostrador.Cuando yo pasaba nunca había gente, no se si en otro momento del día vendia algo, pero nunca se movía de allí y en el escaparate haciendole compañía una preciosa muñeca de porcelana.Aquella muñeca me sirvió para crearme mil historias fantásticas que me ayudaron en mi primer año duro en la Universidad y yo a diferencia de tu amigo siempre viajaba al País del Sueño de día, en las noches había que estudiar y cuando acababa el cansancio no dejaba paso a los sueños...Tu historia me ha traido a la memoria aquellos años mágicos, ahora,por desgracia tengo menos tiempo y también menos ganas de perderme en el país del sueño, asi que anima a tu amigo a que no deje de viajar, es mágico...

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    1. Preciosa experiencia esa, amiga. Me recuerda a ciertas librerías viejas que suele haber en los barrios antiguos. Como para meterse allí y no salir en un par de años, jeje. Lo digo en serio: ¡me encantan! El hombre del que hablas se parece un poco al mago Braulio, pero éste era, al parecer, algo más joven y sin espejuelos. De todas maneras, ambos tienen ese "signo" especial que los hace muy atractivos, ¿verdad? Como si fueran unos pozos de sabiduría y misterio. Gente especial con la que sin duda sería muy provechoso conversar.
      No sé si eres aficionada a escribir, pero estaría muy bien que relatases alguna de esas historias fantásticas que te inspiró aquel lugar y la muñeca de porcelana. Seguro que recordar cosas así es muy positivo para el ánimo.
      Entiendo lo de que tengas menos tiempo, pero... ¿menos ganas de perderte en el País del Sueño? Amiga, en ese país no nos perdemos nunca. Sólo nos ganamos...
      En cuanto a mi amigo, tranquila, porque Alberto es un soñador empedernido, de esos que no saben vivir sin soñar y viajar. Y aquí estoy yo para escribir lo que me cuente, cosa que últimamente hace a menudo.

      Un saludo.

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  2. Lo intentaré Antonio, en algún momento recuperaré la senda de la ilusión y la fantasía.Yo también espero que tu amigo te siga contando historias tan a menudo...Un saludo

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    1. Sin duda merece la pena intentar recuperar esa senda, amiga. La vida sin ella puede a veces resultar un poco (o un mucho) como un erial... Hay siempre muchas cosas buenas que pueden confortarnos en lo cotidiano, muchos gratos detalles, pero... ¿por qué privarse del plus que representa esa senda? La ilusión y la fantasía no tienen porque ser sólo asuntos privativos de la infancia y la juventud. Son un don que puede acompañarnos siempre. Pero para eso hay que darles la necesaria "chance"...
      Ojalá te animes a ello. ¡Y estaría de lujo que además escribieras sobre esas historias de la muñeca de porcelana! Desde aquí te invito a que lo hagas. Y si no tienes un blog, en este mismo cuaderno podrían ser publicadas, si te parece bien. Aunque asimismo podrías hacerlo en tu página de facebook... En cualquier caso, estaría muy bien poder leerlas. Todo lo que sea enriquecer esa biblioteca de la fantasía me parece sumamente positivo. Para ti y para todos nosotros, ávidos lectores de sueños e ilusiones.
      Ahora mismo llamo al amigo Albert Lynde y se lo cuento. Seguro que le encanta la idea.

      Cuando nos volvamos a ver, "entre juguetes", me dices qué opinas y decides... Un saludo, P.

      Antonio de Lakeness

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