Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







jueves, 28 de marzo de 2013

El puchero de oro



    Recuerdo gratamente mi lectura de La historia interminable, de Michael Ende. La leí hace mucho, durante las idas y venidas del trabajo, sentado en el autobús o de pie en un vagón del metro, abstrayéndome con facilidad entre la típica multitud de hora punta, cuyo ruido no me llegaba. Para mí fue una especie de viaje, como si me introdujera mediante algún hechizo en ese país de fantasía y me viese rodeado de paisajes y escenarios maravillosos. Los cuales, además, tenían mucho que ver con mi propio mundo interior... Más que la historia en sí, lo que me atraía era demorarme en ciertos rincones de ese bosque imaginario. Rincones que enlazaban con algunos de mis más fantásticos sueños, lo que les confería, aparte de su indudable valor estético y de la fascinación de lo onírico y lo numinoso, la riqueza añadida de una emotiva connotación personal.
    Todo ello unido a la lúdica y gozosa sensación de estar casi siempre traspasando las barreras del inconsciente universal, colándome por algunas puertas abiertas y deambulando por las galerías y caminos, plagados de sorpresas y tesoros, de la vasta y apasionante esfera de lo mítico.      
    Y recuerdo asimismo que cuando llegué a su última página y posteriormente cerré el libro, fue como si me arrebataran de ese mundo de magia, tan apreciado en muchos aspectos, y me dejasen de golpe en una clase de orfandad, desnudo de nuevo frente a ese otro mundo de la cotidianidad más mediocre y vulgar: el autobús, el metro, los ruidos de la extraña multitud, la tensión del reloj, las miradas ausentes, vacías...
    Aunque parezca exagerado, lo cierto es que no me gustó nada tener que volver... Y comprobar, en medio del desierto de lo real, que la historia en la que hacía unos instantes me refugiaba, no era, después de todo, tan interminable. A pesar de que se suponía que uno podía seguir escribiéndola, añadiendo nuevas páginas personales.
 
    Pero esa lectura tenía y tiene un muy noble precursor, porque años antes había leído El puchero de oro, del maestro Hoffmann. Y todo cuanto acabo de decir sobre la novela de Ende, se amplifica aquí hasta límites insospechados, porque se trata del mejor cuento de hadas que he leído nunca.
    Su protagonista, el estudiante Anselmo, dice en un momento del relato: "Una estrella particular reina sobre mí en ciertos momentos importantes y mezcla con la realidad cosas fabulosas, en las que nadie cree, y que a menudo me parecen brotadas de lo más profundo de mí mismo. Pero en seguida adquieren fuera de mí un valor distinto y se convierten en los símbolos místicos de esa categoría de lo maravilloso que, a cada instante, en la vida se ofrece a nuestra mirada."
    Palabras sobre las que la filóloga Carmen Bravo-Villasante, en su ensayo dedicado a Hoffmann, comenta: "El que el ser humano pueda presentir lo fabuloso que encierra en sí mismo y en el Universo, le da una dimensión de profundidad tan enorme que no es raro que sienta vértigo. El enraizamiento con lo mítico, mediante el mundo de la fábula, contribuye a esta sensación de infinito."
    Así me sentí, mientras leía esa encantadora y chispeante fábula: en contacto directo con lo infinito. Al menos en el sentido de adentrarme en el mundo de infinitas posibilidades de la imaginación y la fantasía, en ese inmenso océano en que navegan nuestros más audaces sueños. Y no es que me ocurra lo mismo con cualquier cuento de hadas... Recuerdo, por ejemplo, uno de Goethe, "La nueva Melusina", que a pesar de la maestría de su lenguaje no consiguió transportarme ni emocionarme, en ninguno de sus pasajes. Demasiada complejidad conceptual... Y esto lo digo aun sabiendo la fascinación que ejerció sobre el filósofo y crítico literario Walter Benjamin... Y es que esto de las lecturas tiene que ver, como todo en la vida, con uno mismo y su particular ánimo y modo de mirar.
    Sin embargo, en "El puchero de oro", ya desde su comienzo, uno se hace amigo del, en principio, desafortunado Anselmo y le acompaña en todas sus vicisitudes, compartiendo sus miedos y zozobras, así como el asombro y la emoción ante el encuentro con la esfera de lo mágico.
    El deseo íntimo de Hoffmann era ser reconocido como músico. No fue así, pero para mí que en "El puchero de oro" se respira musicalidad en todas y cada una de sus veladas. Y no lo digo refiriéndome sólo a la armonía de su escritura, sino principalmente porque se escucha esa música especial, mistérica, que nos comunica con la dimensión de los sueños antiguos, esos viejísimos sueños inmortales que recorren desde siempre la médula de la mente humana.
    Y ya que menciono a la música, apunto que Marcel Brion, prominente estudioso del romanticismo alemán, anotaba en uno de sus libros sobre esta materia que había un evidente paralelismo entre "La olla de oro" y "La flauta mágica", añadiendo que esto se debía a la pasión que Hoffmann sentía por la música de Mozart. Y continuaba diciendo:

    "... Y también porque en las dos anécdotas existe el esquema típico de la historia de una iniciación. La aventura de Tamino y la del estudiante Anselmo se reducen, en sus esenciales elementos, a una lucha entre las fuerzas de la luz y las de la noche por la posesión de un alma destinada a la elección, a la conquista del conocimiento y de la felicidad. La benevolencia de Lindhorst le ayudará al estudiante Anselmo a triunfar en las pruebas que deben demostrar sus méritos y la constancia de su fe, voluntad y amor; pero la bruja, hija del Dragón, a fin de separar a Pamina y Tamino —cuya boda sería el símbolo de la Iluminación— impide su ascensión, de la misma manera que la Reina de la Noche contraría a Zoroastro. Pero mientras que los 'elegidos', entre los que se cuenta Tamino, apenas sobrepasan el nivel —bastante alto en el siglo XVIII— de una iglesia masónica, cuyo mejor ejemplo sería el clero de Isis y de Osiris, Anselmo, por su parte, alcanzará la suprema metamorfosis, la entrada en el reino de los Espíritus; vivirá en Atlantis, lo cual, tanto en el lenguaje de Hoffmann como en el de Novalis, significa el paso al mundo superior de las inteligencias libres, de las fuerzas elementales y espirituales, de los héroes —como los llamaban los iniciados en los misterios orgiásticos, en la Antigüedad— llamados a vivir eternamente."

    Después de esto me parece que se requiere dibujar un conciso resumen del cuento, para que quien no lo haya leído aún sepa más o menos a qué atenerse. Pero no lo voy a hacer yo. Prefiero transcribir el claro y sápido dibujo, rico en detalles y no tan breve, que efectuó Rosa María Phillips, en el prólogo de la edición que tengo ahora sobre la mesa:

    "La olla de oro, una de las primeras novelas cortas de Hoffmann y su obra maestra, contiene ya todos los ingredientes de la magia del autor. Anselmo, un estudiante de teología a quien el mundo se opone constantemente —los muebles le cierran el paso, el sombrero se le cae al saludar y jamás acierta a cumplir como es debido con los ritos de la vida práctica—, oye la voz de cristal de Serpentina, ser sobrenatural, y se prenda de sus ojos azules. La escena ocurre bajo un saúco y la Razón, encarnada en un transeúnte, se encarga de prevenir al lector contra lo absurdo y contra la demencia que empieza a apoderarse de Anselmo, abrazado al tronco del saúco y lleno de angustia porque Serpentina se ha ido. Llega entonces un respetable burgués amigo de Anselmo, lo lleva a su casa y a su bella hija de ojos azules, y a partir de entonces todas las visiones del joven tienen explicación lógica. Por recomendación de su amigo, Anselmo entra al servicio del archivero Lindhorst, en la realidad poética príncipe de las salamandras, y se encarga de copiar jeroglíficos que, al principio, el estudiante no comprende, pero que Serpentina, hija del archivero, le ayuda a descifrar. Así se entera Anselmo de la identidad de Lindhorst y del premio fabuloso que le aguarda si persevera en su amor por Serpentina. Ésta, encarnada en una pequeña serpiente verde y de ojos azules, representa en la simbología de Hoffmann la obra del artista realizado, y la Atlántida prometida por Salamandra-Lindhorst es la felicidad y la gloria del creador que ha sabido edificar su paraíso.
    "Engañado por el sentido común y víctima del hechizo que el Mal, en la persona de una vieja vendedora de manzanas —en realidad una 'vil zanahoria'— ha preparado a fin de separar a Anselmo de Serpentina y de la Atlántida, para lanzarlo a la vida burguesa mediante los ojos azules de Verónica (la hija del respetable amigo), Anselmo deja de creer en Serpentina, única condición admitida por ella para el amor, y es castigado por Lindhorst a permanecer dentro de una botella de cristal.
    "Hay además de Anselmo, otros jóvenes encarcelados en botellas de cristal —los poetas malogrados—, pero indiferentes al castigo porque, insensibles a él, pueden ir a las tabernas y cantar el Gaudeamus a viva voz, o sea llevar una vida burguesa y razonable.
    "Finalmente, sobreviene el arrepentimiento de Anselmo, Serpentina acude a su llamado, y se desencadena la lucha entre el Bien, representado por Lindhorst, espíritu elemental, y el Mal, o sea la 'vil zanahoria' con el disfraz de la vieja vendedora de manzanas. Triunfa la Salamandra, un papagayo se come a la zanahoria, y Anselmo sale de su cárcel de cristal para marcharse con Serpentina a la Atlántida. Hoffmann se confiesa incapaz de narrar la vida de Anselmo en la Atlántida, y recibe una deliciosa carta, firmada por Salamandra-Lindhorst, que le invita a su casa, donde el relato es terminado felizmente. Mientras Hoffmann escribe con fluidez, inspirado por el ambiente mágico del lugar, Lindhorst retoza en el fuego del ponche que ha ofrecido a su visitante."

    Y después del resumen, que, a pesar de su carga explicativa, presumo que avivará los deseos de leer el cuento (si es que queda aún alguien en el ámbito de los aficionados a la fantasía que lamentablemente no lo haya hecho), quiero terminar este modesto edículo dedicado al maestro Hoffmann con otro sugerente apunte, debido también a la pluma de Rosa María Phillips:

    "Sería demasiado prolijo —y tal vez innecesario—, insistir en la extensa simbología de La olla de oro para explicar su profundidad y su riqueza imaginativa: en los relatos de Hoffmann, el lector participa activamente, e interpreta las cosas según su propio carácter. Los amantes del sentido común lamentarán el tiempo perdido en leer el presente volumen; los aficionados a la buena prosa y a la fantasía se hartarán de maravillas, y, de haber por ahí algún respetable funcionario que suela mirar al fuego con fijeza y se apasione por las lenguas desconocidas, que tome por campanillas de cristal las hojas de los árboles que se agitan al viento y pase a veces por desequilibrado, lo felicitamos: él es el lector ideal de Hoffmann."


    Tras el final del relato, a modo de epílogo, el autor se lamenta de no tener la misma buena suerte que el estudiante Anselmo, que ha logrado alcanzar el ideal junto a su amada Serpentina, y escribe lo siguiente:

    La visión que trajo ante mí Anselmo en su hacienda de Atlantis débosela, ciertamente, a las artes de la salamandra; y lo asombroso fue que cuando aquélla se desvaneció como una niebla encontré todo el relato escrito en un papel, sobre la mesa cubierta de terciopelo violeta, sintiéndome al tiempo como dolorido y quebrantado.
    ¡Oh, Anselmo! Dichoso tú, que has conseguido desprenderte de la carga de la vida vulgar y refugiarte en el amor de la hermosa Serpentina y vives feliz y alegre en tu posesión de Atlantis. Pero yo, pobre de mí..., pronto..., dentro de unos minutos, habré salido de este magnífico salón, que no es, sin embargo, una finca en Atlantis, y me veré en mi buhardilla, preocupado con las minucias de la vida miserable y con mi vista atraída por tantas desgracias que la rodean como de una niebla, que no me será posible ver nunca el lirio.
    El archivero Lindhorst me tocó en el hombro con suavidad, diciéndome:
    Vamos, vamos, amigo mío, no se lamente de ese modo. ¿No ha estado usted hace un momento en Atlantis y no tiene usted allí una linda posesión en la poesía que llena su inteligencia? ¿Qué es la felicidad de Anselmo sino la vida en la poesía, la cual le ha hecho comprender la sagrada armonía de todos los seres, que constituye el secreto profundo de la Naturaleza?

    Nada que añadir a las sabias palabras del archivero. Sólo decir que me han hecho recordar, con un cálido estremecimiento, que yo también poseo una casa similar, aunque sencilla. No en la mítica Atlantis, sino en las brillantes colinas de la lejana Orión. Y desde allí, cuando consigo viajar hasta tan lejos embarcado en alguno de mis mejores sueños, puedo observar cercanamente, desde la pequeña terraza de haya donde tengo las plantas de luna y los viejos cofres dorados con los recuerdos, envuelto en la suave brisa del anochecer, la mágica presencia de Sirio, la estrella azul...


Antonio H. Martín
(28 de marzo, 2013)


6 comentarios:

  1. Gracias, Antonio.
    No imaginaba que aún se recordase ese cuento. Lo escribí hace doscientos años...
    Me alegra saberlo.
    Por cierto, te comento que hace tiempo que yo también vivo en Atlantis, cerca de Anselmo y Serpentina. Aunque mi casa es más grande, jejeje.

    ¡Saludos!

    Hoffmann

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  2. Oiga, Sr. Hoffman, me alegra verle por estos pagos, donde tan bien se le conoce y se le trata... Espero además, que en su posesión de Atlantis, se hayan añadido a Anselmo y Serpentina, la bella Coppelia, que habrá cobrado mejor vida de la que le dio en esta dimensión...

    Por lo demás, ya ve que realmente los que mucho y bien saben de literatura fantástica y romanticismo de su hermosa época, no le han olvidado en absoluto, ya que precioso e inabarcable artículo le dedican. Tanto, que creo que T. Gautier y el mismísimo Poe, andan rabiando por no ser merecedores de tal honor... aunque por allà al fondo, creo ver aplaudiendo a los Grimmm, tan deudores de su inspiración.

    En fin! siempre un placer, encontrarle por estos pagos o cualesquiera otros.



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  3. Antonio, se transluce de este texto y de otros anteriores, que eres todo un experto en 'romanticismo alemán', amigo.

    Magnífico artículo sobre Hoffman... e intuyo que mucho más podrías haber dicho y explicado sobre el mismo y su influencia posterior en toda la literatura fantástica.

    Me encantó, tu análisis.

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    1. Hola, Crystal.

      No sé qué dirá el señor Hoffmann, si es que dice algo más, pero me extrañaría que Coppélia (o sea, Olimpia) esté también en Atlantis, dado que era una autómata. Pero, en fin, a saber. En este mundo de la fantasía todo es posible.
      Gracias por tus amables palabras para con mi artículo. La verdad es que todo ese ámbito del romanticismo alemán me encanta, y me lo paso muy bien leyéndolo y también escribiendo sobre él. A veces pienso que tuve que nacer en un cuento de hadas, jeje.

      Un abrazo, amiga. Gracias por pasarte.

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  4. Sobre Coppelia, a eso me refiero cuando digo que quizás le haya dado mejor destino del que le dió cuando la creó... pero aún así, como autómata... ¿porqué no había de quererla en Atlantis? al fin y al cabo, es quizás uno de los mejores doppelgänger, que ha dado la literatura fantástica.

    Y uno de los más bellos ballets que existen. Fue el primero que vi cuando niña, y me enamoró ese personaje.

    Un abrazo mío y otro del 'hombre de arena' (que es un incomprendido buen amigo)

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  5. Srta. Cristal00k:

    Está usted muy enterada, por lo que veo.
    Como dijo antes el amigo Antonio, en el mundo de la fantasía todo es posible, así que le voy a confesar un secreto... Cuando se estrenó ese precioso ballet francés yo hacía tiempo que andaba viajando por el éter, buscando mi parcela en Atlantis, pero una vez allí tuve oportunidad de seguir observando los sucesos del mundo que había dejado atrás, así que pude verlo, como tantas otras cosas no tan gratas... Y, por supuesto, me gustó y me sentí halagado por el hecho de que Saint-Léon, Nuitter y Délibes hubiesen elegido mi relato "Der Sandmann" como fundamento para el mismo. Presumo que conocerá usted mi gran afición por el mundo de la música...
    Pero a lo que iba: en cuanto a la bella Olimpia (que en el ballet llamaron Coppelia, por ser "hija" del malvado Coppelius), debo decirle que, por una de esas raras circunstancias que suelen ocurrir en la esfera de lo fantástico (que es en donde vivo), dejó de ser una autómata para convertirse en una mujer real, aquella de la que se enamoró el entonces desdichado Nathanael.
    Y tengo el gusto de revelarle que sí, efectivamente, Olimpia/Coppelia reside aquí, en la fabulosa Atlantis, junto a su amado Nathanael. Quizás porque esta esfera es muy dada a construir puentes y tiende a unir aquellos caminos que en el mundo de allí abajo son aparentemente inconciliables.
    Pero, como le decía, no es ya una autómata, ni tiene ese cariz un tanto siniestro de "doppelgänger", sino que es un ser vivo y auténtico. Aunque no de carne y hueso, aspectos que aquí no nos hacen ninguna falta. En cualquiero caso, lo cierto es que el destino de Olimpia, tal y como se merecía, ha sido de lo mejor.
    Espero con estas líneas haber dado gusto a sus amables deseos. Un placer dirigirme a una dama como usted, aficionada a la lectura inquisitiva y la buena música.

    Reciba los afectuosos saludos de este viejo consejero que vivió como poeta, compositor y pintor.

    Hoffmann

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