´ «Aquel que mira hacia fuera, sueña... Aquel que mira hacia dentro, despierta.» Carl Gustav Jung Andaba yo buscando en internet vídeos de física cuántica, cuando me encontré con esta joya... Uno de los mejores documentales que he visto, sobre un tema de lo más importante y valioso: el viaje de la conciencia y su sentido en el universo. En él se relacionan los modernos conocimientos cuánticos con antiguas sabidurías, como la védica, la azteca, la taoísta, la griega o la egipcia. Que el universo se compone de ondas de energía que vibran en diferentes frecuencias, ya lo habíamos leído hace algunos años en los libros de Carlos Castaneda (por poner un ejemplo no científico). Pero resulta muy curioso que eso ya lo supiera el señor Buda y otros iniciados hace miles de años... Curioso y emocionante. Según esto, está claro que Buda y los demás eran unos "videntes" (en el sentido que Castaneda da a ese término) y podían "ver" los distintos flujos de energía sin necesidad de instrumento tecnológico moderno alguno, obviamente, sino sólo mediante antiguas técnicas de meditación que activaban la propia energía, reconduciéndola por los canales apropiados y abriendo las puertas de la percepción. De ahí su conocimiento de que la auténtica realidad se halla oculta tras un velo (al que los védicos llamaron Maya), que viene a ser como una especie de tupida ilusión colectiva que nos impone una imagen distorsionada y ficticia del mundo, tanto a nivel físico como psíquico. Y de ahí también que las diferentes cosmologías de esas antiguas culturas tengan una significativa conexión con las actuales teorías de la física cuántica. Ahora se dice que lo que conocemos como "realidad" es sólo una sucesión de proyecciones holográficas, pero eso ya era sabido en épocas remotas, aunque los antiguos lo expresaran de otra manera que hoy nos suena como alegórica, fantástica o mitológica. Me pregunto ahora, no obstante, si el pobre burro que antiguamente estaba sujeto durante muchas horas al día a una noria o una carreta, o el pobre perro que está (aún en este tiempo presente) encadenado o encerrado de por vida al cuidado de unas gallinas, tenían y tienen la oportunidad de liberar su conciencia y escapar de la ilusión que los aprisiona... Y hago esto extensivo, por supuesto, a los pobres seres humanos, que transitamos por este mundo laberíntico y conflictivo de mentiras bien anudadas, desorientados, perdidos en lo que parece una galería de sombras, y con el espejismo de un falso horizonte ante nuestra engañada mirada. Quiero creer que sí. Que todos los seres tenemos esa oportunidad, que somos capaces de saltar por encima del velo o de romperlo, de hacer una fisura en el mismo para mirar al otro lado y tener una visión muy diferente de la realidad. Un camino seguramente arduo, que para muchos se presentará como escalar una áspera y resbaladiza montaña, como cruzar un mar de hielo, como internarse en las tinieblas de una caverna que parece conducir al infierno... Pero un camino posible y necesario. Un camino hacia la libertad de la conciencia. Quiero creer que esa puerta siempre está abierta... Un tema sin duda apasionante. Sinceramente, las dos horas que dura el documental se me hicieron cortas. Podremos estar de acuerdo o no con determinadas cuestiones... Puede, por ejemplo, no gustarnos oír eso de que el pensamiento racional es fundamentalmente divisorio y nos impide conectar con la espiral de la vida... Porque somos muy celosos de nuestros pensamientos y nuestras culturas. Pero si nos paramos a reflexionar un poco nos daremos cuenta de que efectivamente es así. O también nos pueden dejar perplejos afirmaciones como la de que "las circunstancias no importan, sólo el estado de conciencia importa"... O esta otra que dice que "no somos nuestra mente"... Y sin embargo hay una sutil sabiduría en esas palabras. En todo caso creo que, por encima de cualquier tipo de prejuicio, merece la pena ver este documental y, sobre todo, escucharlo y pensarlo. El mundo puede cambiarse a mejor. Por supuesto que sí. Pero tengo que repetir aquí esas viejas palabras, a las que nadie quiere nunca hacer caso, que dicen que la auténtica revolución es siempre interior. Que, indefectiblemente, cualquier cambio empieza por uno mismo. Mientras vivamos sumergidos en la cenagosa esfera del mercado, idiotizados por los programas televisivos y las estúpidas revistas de actualidad. Mientras nuestros sueños, deseos y anhelos se limiten a conseguir una u otra cosa para alcanzar determinado estatus social que nos proporcione confortabilidad e ilusión de poder. Mientras vivamos en ese oscuro pantano, plagado de falsos brillos, estaremos irremisiblemente perdidos. Hacia el final del reportaje, se citan estas palabras de Joseph Campbell: «No creo que la gente esté buscando el significado de la vida, más bien buscan la experiencia de estar vivos.» Qué puede importarnos realmente la cantidad de materia, atómica u oscura, y las diferentes energías de que se compone el universo, su finitud o infinitud y el número de planetas, estrellas y galaxias que lo habitan, a no ser como medio para avanzar tecnológicamente y enriquecer las enciclopedias... Y, en definitiva. qué puede importarnos el origen y significado de todo ello, más allá de la pura curiosidad, científica o filosófica... El sentido último de la vida será siempre la vida misma. Lo que buscamos y queremos, por encima de todo, es vivir, sentir que estamos vivos. En fin, acabo ya con el largo comentario y os dejo con este interesante documental, titulado simplemente "Sobre Física Cuántica y Conocimiento Oriental". Casi ciento veinte minutos que se hacen muy merecedores de nuestra atención y que están compartimentados en los siguientes capítulos: 1º - Akasha .................................................. (3:28) 2º - La espiral .............................................. (33:50) 3º - La serpiente y el loto ............................ (1:05:28) 4º - Más allá del pensamiento ..................... (1:33:40) Si encontráis tiempo y ánimo para ello, no os arrepentiréis de haberlo visto. Antonio H. Martín (27 de febrero, 2016)
«Lo observo alejarse, vencido y vencedor, ya olvidado en esta ciudad en la que no tiene sitio, y pienso que da a la vez testimonio de la existencia absoluta del hombre y de su absoluta imposibilidad.» Jean-Paul Sartre El viejo Luigi tenía un sueño: Meterse en casa... Un piso alto, donde el ruido del mundo sólo llegara amortiguado, suave, lejano, casi inaudible. En invierno, cerrar bien las ventanas y encender la estufa. Una tenue lámpara, el caldeado salón en penumbra, y quedarse allí tranquilo, durante muchas horas, entre los libros, viendo cómo todo pasa despacio, sin prisa alguna, como hacen las nubes cuando casi no hay viento. Recogerse en el sillón, frente a la terraza que da al cielo del oeste y, entre Cortázar, Dunsany y Goethe, escuchar el lento resonar de los minutos, gotas de mansa lluvia, como quien navega en una barca por un lago tranquilo. Darle de vez en cuando pequeños cortes al hilo del tiempo, con las tijeras verdes que encontró en aquel otro sueño de hace años, y también horadar poco a poco los espejos con la aguja brillante, la que le regaló la anciana costurera, hasta ver que se puede mirar al otro lado. Después, esos momentos de confluencia entre sus ojos, la lectura y el cielo tras el cristal, hasta sentir que de lejos se acerca la música, una extraña melodía hecha de silencios, agua y estrellas, pero con voz de violín, saxo o piano, un raro aroma de luces, un sabor sin tiempo... Es entonces cuando se abre la puerta invisible, y una magia sencilla e íntima se cuela dentro de la casa como una caricia, esmaltando todas las cosas, también a él mismo. Y fuera brilla la luna, como una sonrisa de la noche. El viejo Luigi... abandonó hace tiempo su sueño. Pero, algunas veces, lo recuerda. Antonio H. Martín (24 de febrero, 2016)
Suelen decir los escépticos aquello de que la muerte es algo definitivo, de que no existe ningún más allá y que después de cruzar el umbral la persona desaparece para siempre en la nada... Yo, sin embargo, sin encerrarme en el escepticismo (ni tampoco en creencia alguna), me inclino a pensar que lo que en verdad ocurre no es que el yo desaparezca en la nada, sino que se diluye en el todo. Es decir, que lo concreto abandona su forma temporal y se reintegra en lo abstracto de donde surgió. De esta manera, la conciencia sigue viva más allá de la muerte. Ya no se llama María ni Martín, ni Lucía ni Pedro, ni Juana ni José, pero continúa existiendo dentro de la corriente universal, como una gota de agua en el ancho y profundo río de la vida. Para quizá, en algún otro instante del tiempo, volver a concretarse en una nueva forma. ¿Recuerda esa gota, mezclada con el infinito, la vida personal que tuvo antes? ¿A los seres a los que amó y los lugares en que vivió? Seguramente sí, pero ya desde fuera de la ego-burbuja en la que estuvo encerrada durante esa existencia. Si me leyese algún escéptico, en seguida concluiría que esto que digo es otra simple proyección del deseo de continuidad. Pero lo digo desde una sencilla lógica objetiva, no como resultado de deseo personal alguno. Al igual que se afirma que la energía no desaparece sino que se transforma, mi modo de mirar y pensar me dice que es muy probable que suceda exactamente lo mismo con la conciencia. Cuando termina un camino siempre nos encontramos con algo, nunca con nada. Puede ser la ciudad o el pueblo que andábamos buscando, un valle, un bosque, un prado, un río, un lago, un mar, un desierto, una montaña, o el comienzo de otro camino, de otro nuevo sueño... Nunca con nada. El viaje de la conciencia, de una forma u otra, continúa hasta el infinito. Antonio H. Martín (10 de febrero, 2016)
De vez en cuando me apetece dar paseos por este cuaderno, que ya empieza a estar viejo, como quien se pasea por un museo íntimo, lleno de cuadros y espejos, y ocasionalmente me encuentro con textos que me gustan. No porque tengan algún valor literario, sino porque enlazan con asuntos del presente, o porque están situados un poco más allá de la línea regular del tiempo, rozando una esfera continua e indeleble, lo que me gusta denominar como "el tiempo infinito"... No obstante, siempre resulta curioso observar las diferencias temporales. Los tonos particulares de muchos "entonces" no concuerdan con los de ahora. Pero hay otros, esos que digo que me gustan, en que sí. Y ese es el caso de este breve escrito, que titulé en su día "Movimiento". Un texto simple, que no se adentra en honduras, pero que valora ese movimiento vital y habla de lo gris e inútil de la inmovilidad. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Ahora mismo, en este preciso instante en que empiezo a escribir estas líneas, estamos viajando... Todo está viajando siempre, pero eso se reduce a un dato demasiado amplio para un individuo normal, algo que no le sirve para sentirse en movimiento. Nuestra conciencia personal no es consciente de ese gran movimiento cósmico en que estamos inmersos; a lo sumo puede imaginarlo, “saberlo”, pero no sentirlo. Y ocurre que necesitamos de una conciencia directa del movimiento, sin intermedios ni lejanías, porque eso nos transmite la sensación de estar vivos. En el viejo Oriente puede que esto no fuera necesario, pero nuestra mentalidad occidental requiere esa premisa de la movilidad para encontrar sentido a la existencia. Para nosotros el movimiento se traduce en vida y la quietud, la inmovilidad nos recuerda demasiado a la muerte, como si fuera su sombra. Seguramente es por eso por lo que nos esforzamos en estar siempre activos, corriendo de acá para allá y haciendo cien cosas distintas, para tener esa sensación de estar vivos, de ser, de que estamos eludiendo al vacío. Cuando era joven formaba parte del típico grupo de amigos que van siempre juntos a todas partes, que siempre se cuentan sus cosas y comparten sus experiencias. Y recuerdo que lo que más nos interesaba, dentro del grupo, era la fuerza que algún compañero podía transmitir en determinado momento; el entusiasmo con que nos contaba su experiencia nos hacía partícipes de la misma y nos “movía”, aunque estuviéramos cómodamente sentados en sillones o butacas. De manera que el movimiento puede ser inducido por simples gestos o palabras, y además ser algo mental y no sólo físico. Lo importante, entonces, es el sentimiento. En otras muchas ocasiones en que no aparecía el brillo del entusiasmo, nos dedicábamos a pasear sin rumbo por las calles, buscando inconscientemente algo que nos moviera por dentro; siempre intentando escapar de esa ciénaga llamada aburrimiento. Aburrirse es como estar parado en medio de un mundo detenido y vacío. Nada nos divierte ni nos entretiene, nada nos llama la atención, nada nos dice nada..., nada nos mueve. Es una sensación desagradable, molesta y hasta angustiosa: “¿Qué me está pasando? O ha llegado el fin del mundo, o yo estoy muerto...” Sabemos que la vida tiene sentido, porque recordamos otros momentos en que así lo sentíamos, pero el aburrimiento es la desconexión de la vida, una especie de abismo que se abre entre la vida y la conciencia, y se hunde lenta y silenciosamente en la nada. Necesitamos el movimiento tanto como el aire. Y, como decía, no nos sirve de nada ver otro movimiento que no sea el nuestro. Saber que algo ahí afuera se mueve, que el universo entero se mueve, sólo importa si nos ayuda a movernos. Al igual que nadie puede respirar por nosotros, es imprescindible que sintamos el movimiento, que lo hagamos nuestro; en cualquier caso, el movimiento debe ser interior, individual, consciente. Echando una breve mirada sobre el lejano Oriente, se me presenta la figura del venerable Buda; creo que él solía afirmar que estaba totalmente quieto, que no se movía ni un milímetro, porque había escapado a la presión de la rueda del Samsara, porque estaba fuera de esa rueda y podía ver y sentir el mundo directamente, más allá del velo de Maya. Pero seguro que si pudiéramos mirar en su interior encontraríamos que dentro del venerable Siddharta Gotama había mil universos danzando con la música del infinito... El movimiento no precisa de la apariencia para ser lo que es; quien se mueve por dentro puede parecer una piedra y, sin embargo, estar lleno de vida. Moverse es vivir, la vida es movimiento; pero cuántas veces estamos metidos hasta el cuello en un remolino de actividades, enredados en cien cosas diferentes, sin conseguir “movernos” realmente del sitio. Cuántas veces toda esa múltiple y frenética actividad no es más que un laberinto insoluble que nos detiene y nos encierra. ¿Es movimiento el alocado y absurdo vuelo de una mosca? Moverse, vivir en definitiva, no es dar manotazos al aire ni serpentear en el agua densa de las cosas. Moverse es simple y llanamente abrir el pecho y percibir el aire y la luz de la vida, llenarse con su sabor, con su aroma y caminar al son de su música. Moverse es dejarse llevar por ese viento. Antonio H. Martín (Octubre, 2008 - Febrero, 2016)
____________________ imagen 1: Reaching for the Stars - NuaHs imagen 2: eTech Wall - JohnnyBg
«Qué cansado es esto de vivir para nada... —pensó Sergio Gómez, mientras vaciaba la última copa de esa noche. Luego subió a su cuarto, cerró las cortinas (estaba ya cerca el amanecer) y se acostó para intentar dormir. Aunque sabía que, como mucho en dos horas, volvería a estar despierto. Despierto e igualmente cansado.» Alessandro Castelli (Cuaderno de penumbra - 2004) ¿Por qué nos parece tan diferente el tiempo de antes del tiempo de ahora? Porque se supone que la medida del tiempo no ha variado entre una y otra época... Así que, ¿por qué esa diferencia? Lo que ocurre es simplemente eso que todos sabemos de que nuestra percepción del tiempo es subjetiva. No es en absoluto lo mismo la duración de una hora conversando tranquilamente con un amigo, que la duración de una hora esperando en la estación la llegada del tren. Es decir, la duración objetiva sí es la misma, de sesenta minutos, pero nuestra percepción varía considerablemente según una u otra circunstancia. Es por eso que recordamos los años de la infancia y la adolescencia como mucho más largos, en comparación con los de ahora. Porque entonces vivíamos el tiempo de una manera mucho más intensa. Habitábamos bien despiertos y atentos en cada hora del día, casi en cada minuto. Y cada jornada era una aventura, con sus emociones, sus peligros y alegrías, sus descubrimientos y sus pequeños tesoros. Eso alargaba el tiempo, o lo ensanchaba, y trescientos sesenta y cinco días se convertían, como por arte de magia, en mil quinientos o en dos mil. Cuando recuerdo mi infancia, muchas veces me cuesta encajar las fechas con los hechos, y me pregunto cómo pudieron pasar tantas cosas en tan poco tiempo... Por ejemplo, entre los siete y los ocho años, transcurrió para mí un tiempo equivalente a más de cuatro años de los de ahora. Hoy, sin embargo, sucede lo contrario, que cuatro años se convierten fácilmente en tan sólo uno. De la misma manera, cuando uno recuerda su juventud y compara esa imagen de sí con la que encuentra hoy en el espejo, se puede llegar a preguntar si ambos seres son el mismo... Evidentemente lo son, pero hay tantos cambios entre una y otra visión que se produce el espejismo de que son diferentes personas. Nada que ver, nos decimos, entre aquel joven lleno de ilusión y de fuerza y éste de ahora que, aparte del desgaste físico, pareciera haber perdido aquellas facultades, lo que le deforma tanto con respecto al pasado que da la sensación de ser otro. Pero, a pesar de ello, creo que subsiste una línea de plata que —aunque no de un modo claramente perceptible— enlaza ambos tiempos... Hay un fondo personal (quizá nuestro ser más auténtico, nuestra alma o como queramos llamarlo) que está igualmente presente en ambas edades. Aparte de que podamos o no reconocernos en el deformador espejo de los años. Esta noche, por ejemplo, hace poco más de media hora, cuando he interrumpido estas notas para bajar a la cocina y combatir el frío con un café, me ha venido un bostezo, y al cerrar los ojos he visto fugazmente la imagen de un sueño, uno en que salía el escenario de un pequeño teatro nocturno en el que me sentí feliz... No sé con qué sentido me ha enviado el inconsciente esa imagen en ese momento, rescatada de mi amplia colección de sueños, pero el caso es que la he visto y me he quedado muy sorprendido. No porque el hecho tenga en sí nada de particular ni de extraño, sino porque ese sueño lo tuve, si mal no recuerdo, ¡hace unos cincuenta años! Lo que me inclina a creer que existe realmente esa línea de continuidad que mencionaba antes, una línea de plata (me gusta llamarla así) que enlaza todos y cada uno de nuestros diversos avatares temporales. Apunto lo del sueño porque en ese brevísimo instante del bostezo, al ver la vieja imagen, me he sentido, literalmente, dentro del sueño. Y la sensación ha sido muy clara: yo era exactamente el mismo de entonces... De modo que llego a la conclusión de que aparte de las medidas subjetivas del tiempo, de las diferentes percepciones del mismo, hay un fondo común e inalterable, intemporal, que está más allá de cualquier contingencia o eventualidad. Y también de que hay como una especie de velo, una ilusión, un espejismo que nos hace creer en cambios que en realidad no existen. No en un nivel interior y auténtico, sino sólo en una superficie leve, circunstancial, que toca a nuestro ser únicamente de forma aparente. Ese velo es lo que nos engaña, lo que nos induce a tomarnos algunos cambios como reales, como si nos afectasen directa y profundamente. Es lo que nos hace sentir que las pérdidas y las sombras son definitivas e irremediables y lo que deforma nuestra imagen en el espejo. Así que pienso que la forma de esquivar el tono amargo de la cita del señor Castelli que pongo arriba (de su "Cuaderno de penumbra"), es ser consciente de la capciosidad de ese velo, de esa mala ilusión. No es posible «vivir para nada», porque eso no es propiamente vivir, sino morir. Hay que evitar a toda costa ese cansancio absurdo, basado en algo que en realidad no existe. Es un espejismo que surge de una percepción distorsionada del tiempo, y de un olvido imperdonable de nosotros mismos, que nos sepulta bajo escombros ficticios y envenenados. Miremos, pues, atentamente al espejo y al mundo, y veremos que la línea de plata sigue viva, uniendo desde el fondo al paraíso gozoso y aventurero del ayer con este hoy que nos parece tan insulso y anodino. La insustancialidad del tiempo presente, que tan deprisa parece discurrir, y el vacío que lo acompaña son sólo sucios retales de ese velo múltiple y engañoso que, en favor de nuestra existencia, debemos romper.
Lo que acabo de escribir puede que a algunos les suene a necedad o a simple fantasía, y también puede que lo sea. No soy ningún sabio del tiempo... Pero, sinceramente, es así como lo veo y como lo siento. Antonio H. Martín (18 de enero, 2016) ____________________
«En la soledad de la terraza, una de las veces, Axel lloró el vacío del mundo. Sin embargo, conservó su ánimo resignado y fatalista.» Isak (Karen) Dinesen (Cuentos de invierno - 1942) «Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía.» «Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con el hombro cualquier rincón del aire.» Julio Cortázar (El otro cielo - 1966) «Enamorarse es un triste error, una equivocación que, como un invasor hechizo lunar, anega nuestra conciencia, nos hipnotiza, nos embruja y acaba colocándonos indefectiblemente ante una pared de frío, encerrándonos en algún lejano rincón de un laberinto nebuloso y oscuro, aparentemente sin salida. Después, afortunadamente, con el paso del tiempo, podemos comprobar que hay un modo de salir, pero en esos momentos de bruma nos es imposible verlo. Pero también en esto hay excepciones. Y en algunos raros casos, resulta ser todo lo contrario... Algo así como encontrar la puerta azul de un paraíso perdido, el mágico puente que nos lleva a un mundo de ensueño, del que no quisiéramos salir nunca. Hay una única compañía que es indispensable, absolutamente necesaria, sin la cual no se puede vivir, y es la de uno mismo. Me estoy refiriendo, por supuesto, a esa relación armónica básica que es ser amigo de sí mismo. Pero cuando sucede lo otro, cuando se abre de buena manera la ventana con paisaje azul y se da esa otra relación, entonces es como si ese "sí mismo" completara el círculo de su vida. Como decía, rara vez ocurre, pero sin duda existe esa magia.» Alberto Linde (El laberinto de los sueños - 2015)
No he leído aún el cuento del amigo Cortázar, por lo que no puedo saber con exactitud a qué asunto se refiere, aunque me suene mucho... Pero esas frases suyas (leídas al azar) las he sentido en relación con la posterior cita del amigo Linde, y por eso las pongo. Y lo mismo me pasa con las frases de Karen Dinesen, que he encontrado también por azar, si es que eso del azar existe... La razón de esta entrada está en las palabras del viajero Linde, que me envió hace poco y están sacadas de una obrita que está escribiendo sobre la materia de los sueños, en la que es experto. Me parece muy bien que se desenmascaren ciertos espejismos, pero que al mismo tiempo se deje la puerta abierta a la extraña pero posible situación de que tras algunos de ellos se encuentre un fondo de realidad. De que, en algunos casos, sea efectivamente agua eso que vemos brillar en el horizonte del desierto. En cuanto a lo de enamorarse..., de momento prefiero no pronunciarme. Es, sin duda, un tema interesante, pero difícil y complejo, del que hablaré en otra ocasión, cuando las runas sean favorables. Antonio H. Martín (27 de diciembre, 2015)
«Cuando venga la muerte, que lo haga en silencio, sin gestos bruscos ni ácidas preguntas, sin hielo y sin fuego. Y que se acerque despacio, envuelta en su oscura capa de definitiva noche... Sólo quiero ver su ojos, la magia o la sombra de su mirada.» Alessandro Castelli (En el umbral - 1982) Sin llegar a lo de aquella canción de hace años, en la que el intérprete expresaba su deseo de tener un millón de amigos, puedo decir con sinceridad y sin fantasear ni literaturizar nada, que una de las íntimas alegrías que he encontrado en esta vida es la de tener muchos amigos. Todos ellos han sido y son siempre amables conmigo, me acompañan en los días solitarios, escuchan mis palabras, mis risas o lamentos, y me miran con comprensión en las horas tristes, e incluso danzan para mí a veces para darme ánimos. Son cientos de amigos, todos hermosos, bellos, alegres, hasta los más oscuros. La demás gente suele mirarlos poco más que como si fueran objetos inanimados y los llama «árboles». Yo no puedo menos que llamarlos amigos... Da igual que sean castaños, robles, fresnos, nogales o abetos... A todos, sin distinción, los considero mis amigos. No es sólo por su inestimable valor, ni por su estética, sino sobre todo por otra cosa que no sabría explicar... Se trata de uno de mis pocos afectos que, usando términos hinduistas, se aparta de lo meramente «rajásico» y se acerca algo a la esfera de lo «sáttvico». Sin querer significar con esto nada fuera de lo común. En cualquier caso, benditos sean por siempre estos amigos árboles. Estos verdes compañeros de viaje, junto a los que puedo escuchar el seductor y amable susurro de la brisa (que a veces me cuenta historias), o la titánica música del viento. Bajo cuya amplia sombra puedo guarecerme cuando el sol aprieta en verano, y cuya silueta desnuda, en invierno, se recorta por la noche contra un cielo lleno de estrellas, al que parecen tocar con sus largas, cimbreantes y afiladas manos, cual puentes entre la realidad y el sueño, como si acariciaran suavemente el infinito... Antonio H. Martín (21 de diciembre, 2015)