Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AMB







domingo, 27 de diciembre de 2015

Hechizo de luna




     «En la soledad de la terraza, una de las veces, Axel lloró el vacío del mundo. Sin embargo, conservó su ánimo resignado y fatalista.»

Isak (Karen) Dinesen
(Cuentos de invierno - 1942)

  
    «Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía.»
    «Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con el hombro cualquier rincón del aire.»
    
Julio Cortázar
(El otro cielo - 1966)


    «Enamorarse es un triste error, una equivocación que, como un invasor hechizo lunar, anega nuestra conciencia, nos hipnotiza, nos embruja y acaba colocándonos indefectiblemente ante una pared de frío, encerrándonos en algún lejano rincón de un laberinto nebuloso y oscuro, aparentemente sin salida. Después, afortunadamente, con el paso del tiempo, podemos comprobar que hay un modo de salir, pero en esos momentos de bruma nos es imposible verlo.
    Pero también en esto hay excepciones. Y en algunos raros casos, resulta ser todo lo contrario... Algo así como encontrar la puerta azul de un paraíso perdido, el mágico puente que nos lleva a un mundo de ensueño, del que no quisiéramos salir nunca.
    Hay una única compañía que es indispensable, absolutamente necesaria, sin la cual no se puede vivir, y es la de uno mismo. Me estoy refiriendo, por supuesto, a esa relación armónica básica que es ser amigo de sí mismo. Pero cuando sucede lo otro, cuando se abre de buena manera la ventana con paisaje azul y se da esa otra relación, entonces es como si ese "sí mismo" completara el círculo de su vida.
    Como decía, rara vez ocurre, pero sin duda existe esa magia.»

Alberto Linde
(El laberinto de los sueños - 2015)

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       No he leído aún el cuento del amigo Cortázar, por lo que no puedo saber con exactitud a qué asunto se refiere, aunque me suene mucho... Pero esas frases suyas (leídas al azar) las he sentido en relación con la posterior cita del amigo Linde, y por eso las pongo. Y lo mismo me pasa con las frases de Karen Dinesen, que he encontrado también por azar, si es que eso del azar existe...
    La razón de esta entrada está en las palabras del viajero Linde, que me envió hace poco y están sacadas de una obrita que está escribiendo sobre la materia de los sueños, en la que es experto. Me parece muy bien que se desenmascaren ciertos espejismos, pero que al mismo tiempo se deje la puerta abierta a la extraña pero posible situación de que tras algunos de ellos se encuentre un fondo de realidad. De que, en algunos casos, sea efectivamente agua eso que vemos brillar en el horizonte del desierto.  
    En cuanto a lo de enamorarse..., de momento prefiero no pronunciarme. Es, sin duda, un tema interesante, pero difícil y complejo, del que hablaré en otra ocasión, cuando las runas sean favorables.


Antonio H. Martín
(27 de diciembre, 2015)



                                            

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imágenes: Leonid Afremov


lunes, 21 de diciembre de 2015

Arbórea




«Cuando venga la muerte, que lo haga en silencio, sin gestos bruscos ni ácidas preguntas, sin hielo y sin fuego. Y que se acerque despacio, envuelta en su oscura capa de definitiva noche... Sólo quiero ver su ojos, la magia o la sombra de su mirada.»

Alessandro Castelli
(En el umbral - 1982)


    Sin llegar a lo de aquella canción de hace años, en la que el intérprete expresaba su deseo de tener un millón de amigos, puedo decir con sinceridad y sin fantasear ni literaturizar nada, que una de las íntimas alegrías que he encontrado en esta vida es la de tener muchos amigos. Todos ellos han sido y son siempre amables conmigo, me acompañan en los días solitarios, escuchan mis palabras, mis risas o lamentos, y me miran con comprensión en las horas tristes, e incluso danzan para mí a veces para darme ánimos.
    Son cientos de amigos, todos hermosos, bellos, alegres, hasta los más oscuros. La demás gente suele mirarlos poco más que como si fueran objetos inanimados y los llama «árboles». Yo no puedo menos que llamarlos amigos...
    Da igual que sean castaños, robles, fresnos, nogales o abetos... A todos, sin distinción, los considero mis amigos. No es sólo por su inestimable valor, ni por su estética, sino sobre todo por otra cosa que no sabría explicar... 
    Se trata de uno de mis pocos afectos que, usando términos hinduistas, se aparta de lo meramente «rajásico» y se acerca algo a la esfera de lo «sáttvico». Sin querer significar con esto nada fuera de lo común.
    En cualquier caso, benditos sean por siempre estos amigos árboles. Estos verdes compañeros de viaje, junto a los que puedo escuchar el seductor y amable susurro de la brisa (que a veces me cuenta historias), o la titánica  música del viento. Bajo cuya amplia sombra puedo guarecerme cuando el sol aprieta en verano, y cuya silueta desnuda, en invierno, se recorta por la noche contra un cielo lleno de estrellas, al que parecen tocar con sus largas, cimbreantes y afiladas manos, cual puentes entre la realidad y el sueño, como si acariciaran suavemente el infinito...  
  

Antonio H. Martín
(21 de diciembre, 2015)


          





martes, 24 de noviembre de 2015

Suzuki y los Anunnaki




    «—Cuando las dudas te asalten hasta el punto de que corras peligro —dijo—, haz algo pragmático al respecto. Apaga la luz. Perfora la oscuridad. Averigua qué puedes ver.»

Carlos Castaneda
(El lado activo del infinito - 1998)


    No es que el sosegado y lúcido señor Suzuki tenga nada que ver con los míticos e inquietantes Anunnaki (ahora tan nombrados), como pudiera deducirse del título de este escrito. No, en absoluto. Pero se me ocurrió poner su serena y nítida imagen aquí —aunque sólo sea tangencialmente—, frente a ese turbio y laberíntico espejo mitológico, para ver qué pasaba... Permítaseme, como el torpe intento de un pequeño y sencillo ejercicio de juego de abalorios.

    El 9 de julio de 1936, el doctor Daisetz Teitaro Suzuki (gran experto en budismo Zen y autor de numerosas obras eruditas sobre esa materia) participó en un ciclo de conferencias y debates en un Congreso Mundial de Religiones al que había sido invitado. El congreso se celebró en el Queen's Hall de Londres, y el tema sobre el que debía disertar era nada menos que el "Supremo Ideal Espiritual"... Pero Suzuki abordó el asunto con su habitual sencillez, y con una honesta claridad lo desbrozó y lo dejó limpio, despojándolo de su rigidez y altisonancia. Transcribo aquí una parte de su conferencia, las palabras que pronunció justo después de haber estado rememorando ensoñadoramente su casa con tejado de paja en el lejano Japón: 

    «Déjenme despertar y enfrentarme a la realidad. Pero, ¿qué son estas realidades a las que ahora me enfrento? No ustedes, no este edificio, no el micrófono, sino el Supremo Ideal Espiritual, estas palabras tan altisonantes. Proceden de mí. No puedo seguir soñando por más tiempo. Debo hacer que mi mente regrese a su objetivo, el Supremo Ideal Espiritual. Pero realmente no sé qué es lo Espiritual, ni qué es lo Ideal, ni qué es el Supremo Ideal Espiritual. No me siento capaz de comprender exactamente el verdadero significado de estas tres palabras, tan conspicuamente colocadas ante mí.
    »Aquí, en Londres, salgo del hotel en que estoy alojado y veo en las calles innumerables hombres y mujeres andando, o, más bien, corriendo apresuradamente, pues, para mí, no es que estén andando, sino realmente corriendo. Puede que decir esto no sea del todo correcto, pero yo lo veo así. Además sus expresiones son más o menos tensas, sus músculos faciales están intensamente contraídos; deberían estar más naturalmente relajados. Las calles están atestadas con toda clase de vehículos, autobuses, coches y demás. Parecen estar apresurándose en una corriente continua —en una corriente incesantemente continua— y uno no sabe cómo dar un paso en esta frenética carrera de vehículos. Las tiendas están decoradas con toda clase de cosas, la mayor parte de las cuales no parecen ser necesarias en mi pequeña casa de tejado de paja. Cuando veo todas estas cosas, no puedo evitar preguntarme a dónde está yendo a parar la llamada civilización moderna. ¿Cuál es su destino? ¿Está buscando el Supremo Ideal Espiritual? ¿Son las tensas expresiones de sus gentes en algún modo simbólicas de su complacencia en contemplar la espiritualidad de las cosas? ¿Están realmente difundiendo su espiritualidad hasta los más lejanos confines del globo? No sé. No puedo responder.
    »Pero, veamos; lo espiritual aparece generalmente contrastado a lo material, lo ideal a lo real o práctico, y lo supremo a lo trivial. Hablar acerca del Supremo Ideal Espiritual, ¿significa realmente deshacerse de lo que parece ser material, no idealista sino práctico y prosaico, no supremo sino por entero vulgar? Es decir, ¿significa dejar de lado nuestra vida en esta gran ciudad? Cuando hablamos de espiritualidad, ¿hemos de deshacernos de todas estas cosas? ¿Está la espiritualidad totalmente separada de lo que vemos a nuestro alrededor? No creo que esta forma de ver las cosas, aislando el espíritu de la materia y la materia del espíritu, sea una forma provechosa de contemplar nuestro entorno. Por lo que respecta a esta interpretación dualista de la realidad entendida como materia y espíritu, ya hice algunas referencias en mi charla del otro día.
    »De hecho, la materia y el espíritu son uno, o, más bien, representan dos aspectos distintos de una misma realidad. El sabio tratará de apropiarse de la realidad en vez de andar mirando sucesivamente a un lado y a otro, contemplándola a veces como materia y a veces como espíritu. Pero cuando sólo se tiene en cuenta la vertiente material, nada espiritual aparece en la materia. Si sólo se hace hincapié en la vertiente espiritual, la materia quedará completamente ignorada. En ambos casos, el resultado es el mismo: parcialización, mutilación de la realidad, que debería ser preservada de forma total e íntegra. Me atrevería a decir que, cuando nuestras mentes están convenientemente equilibradas y son capaces de captar la realidad que no es ni espíritu ni materia y que sin embargo es, naturalmente, espíritu y materia, Londres, con toda su materialidad, resulta supremamente espiritual; y no sólo eso, sino que cuando nuestras mentes carecen de ese equilibrio, todos los monasterios y templos, todas las catedrales y órdenes eclesiásticas con ellas relacionadas, todos los lugares sagrados con su sagrada parafernalia, con todos sus fervientes adoradores, con todo lo que se incluye bajo el denominativo de religión, me atrevo también a decir que no son nada salvo materialidad, montones de basura, sumideros de corrupción.» 
     

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    Últimamente se suele hablar mucho de los «Anunnaki», una supuesta raza exterior que —según afirman algunos investigadores— es la que al parecer creó a los seres humanos, a los Homo Sapiens, hace muchos miles de años, con el objeto de que los sirvieran de diferentes maneras, principalmente como trabajadores esclavos, pero después también como una extraña y sutil forma de alimento... Esto de los Anunnaki es toda una historia delirante, como una fabulosa mitología, pero es curioso acercarse y echar una mirada, porque contiene muchos datos interesantes. 
    Cuentan que esta «creación» de los seres humanos fue llevada a cabo después de diversos experimentos de manipulación genética...
    En principio, extrajeron  los óvulos de varias primates Homo Erectus, y estos fueron fertilizados con el esperma de jóvenes astronautas Anunnaki y posteriormente reimplantados en los úteros de las hembras homínidas. Pero lo que resultó de ese experimento fueron seres deformes y enfermos, como aberraciones genéticas. Más adelante, en un segundo paso, otros óvulos fecundados fueron también implantados, pero esta vez en úteros de hembras Anunnaki. De ello surgió un ser humano primitivo (se supone que el Homo Neanderthalensis). Al primero de ellos lo llamaron Adamu, que significa «aquel que como arcilla de la tierra es», y a su pareja Ti-Amat. Es decir, los Adán y Eva bíblicos (¡adiós darwinismo!)...
    Pero con el tiempo, tras varias generaciones, los genes de los descendientes de Adamu y Ti-Amat se fueron degradando, perdiendo la esencia Anunnaki y regresando a su estado salvaje anterior. No servían los Neanderthales para sus fines, eran demasiado primitivos, agresivos y torpes. No eran lo bastante hábiles para manejar las herramientas necesarias para trabajar en las minas de oro, que era el material que los Anunnaki habían venido a buscar a la Tierra, por razones de supervivencia, con la intención de crear con él una especie de escudo que reparase la dañada atmósfera de su mundo.
    Entonces, hace unos cien mil años, el dios Enki (alto mandatario y también experto genetista de los Anunnaki), quien había ideado y llevado a cabo las anteriores manipulaciones, realizó un tercer experimento involuntario, sin proponérselo y usando su propia simiente. Que quizá fue lo que dotó a los nuevos seres de una mayor sensibilidad e inteligencia. Tuvo una ocasional cópula con dos mujeres terrestres que excitaron sus sentidos, cuando las encontró desnudas mientras se bañaban en un río. Y de esa doble unión nació la primera pareja de Homo Sapiens. A él lo llamó Adapa («el primer hombre») y a ella Titi. Unos nuevos Adán y Eva...

    Los Anunnaki vendrían a ser las entidades (según algunos, de apariencia reptiliana) que los pueblos antiguos consideraban como dioses, y otros como demonios. O ambas cosas, como dioses-demonios. Entidades poderosas, guerreras, soberbias y arrogantes, crueles y vengativas que, como «tiranos del cielo y de la tierra», podemos encontrar fácilmente en las mitologías de todo el mundo. Desde Mesopotamia o Egipto, hasta México, China, India o Escandinavia.
    Seres en realidad físicos, no divinos ni etéreos sino de carne y hueso, pero muy superiores en conocimientos y tecnología. Seres que se alimentaban de nuestras energías, y que aún lo hacen hoy en día, según dicen esos investigadores, aunque no seamos capaces de verlos. Son los que ordenaron a los hombres de la Antigüedad, en muchas partes del mundo, que hicieran sacrificios de animales en su honor. Y también sacrificios humanos, como, por ejemplo, en los templos aztecas o mayas, donde las víctimas eran llevadas a un estado de pánico, para luego, entre otras cosas, poder beber su sangre impregnada por la adrenalina generada por el miedo. 
    Son los que instigan e inducen en la mente del hombre, antiguo y moderno, no sólo la hipnótica esclavitud a un mundo mediocre y rutinario, sino también el que haya continuas guerras y conflictos (otra forma de sacrificio humano). Y no porque vayan luego a devorar los cuerpos de los muertos o a beberse su sangre... Parece ser que del lamentable hecho de una guerra, con su tensión, su violencia y su odio, se desprenden abundantes energías psíquicas que constituyen el principal alimento de esos seres. Como si fueran una especie de vampiros de otras esferas.
    Quizás —añado yo— incluso de cualquier simple alteración nerviosa cotidiana, de cualquier tensa emoción, ya sea ira o tristeza, emanan porciones de esa energía de baja frecuencia, energía que se pierde, que se escapa de nosotros y que sirve a esos seres (nuestros supuestos creadores) como alimento. Al igual que ocurre con aquellos otros seres de lejanas dimensiones, del espacio o de la conciencia, de los que hablaba Castaneda en sus extraños libros. Los seres inorgánicos que llamaba «voladores» y que serían los ocultos predadores del ser humano:

    «—Lo que estoy diciendo es que no nos enfrentamos a un simple predador. Es muy ingenioso, y es organizado. Sigue un sistema metódico para volvernos inútiles. El hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcanzar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un animal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil.» (Carlos Castaneda)

    Los detalles que he contado antes (que me hacen recordar a las teorías de Erich von Däniken) proceden mayormente de los libros de Zecharia Sitchin, en los que expuso su personal interpretación de las antiguas tablillas sumerias con escritura cuneiforme que se encontraron en Nínive. Y aunque haya investigadores que ponen en duda casi todo lo escrito por Sitchin, lo cuento aquí como un curioso ejemplo de esa intención de esclarecer y hallar el tesoro de realidad que subyace en la profunda cueva de las mitologías. El ufólogo y astrólogo David Parcerisa, por ejemplo, fue en principio defensor y difusor de esos libros, y hasta llegó a grabar una serie de vídeos documentales sobre ellos. Pero ahora, después de consultar directamente la fuente, las antiguas escrituras sumerias, se desdice, en un ejercicio de honestidad, y afirma que su anteriormente admirado Sitchin manipuló datos y se inventó muchas cosas... A pesar de lo cual, el interés por esa enigmática historia sigue vigente. 
    Como decía antes, se trata de toda una delirante mitología. Pero no más delirante ni fantástica que cualquier otra. Y no hay que olvidar que en ella se hallan muchos puntos de contacto con todas las demás, dando la sensación de que fuera la mitología base, la fuente de la que todas las demás han bebido. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, se encuentran casi las mismas historias que se cuentan de los Anunnaki en las tablillas de arcilla sumerias. En este sentido, se puede considerar a la Biblia hebrea como un gran plagio, una copia de las escrituras de Sumer, donde lo único que se ha hecho es cambiar los nombres y manipular algunos conceptos y situaciones en beneficio de la religión cristiana.
    Personalmente, no me hace gracia descender de una mezcla entre un primate y un anunnaki extraterrestre (sea éste reptiliano o no)... Pero he de reconocer que sin esa hipotética intervención externa es posible que estuviéramos, dentro del océano de la evolución, sumergidos aún en un nivel simiesco... 
     
    De todas formas, no me pronuncio sobre el tema. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Desde qué base podría argumentar a favor o en contra? No soy investigador ni explorador ni, por supuesto, científico. No soy paleontólogo ni historiador ni arqueólogo. No sabría descifrar ninguna tablilla con escritura cuneiforme sumeria o babilónica, ni ningún jeroglífico egipcio. Así que me tengo que conformar con lo que esos investigadores me cuentan. Confieso, eso sí, que el tema me atrae... Me atrae como me puede atraer cualquier leyenda o mito. Y confieso asimismo que algo intuitivo me dice que puede haber mucho de verdad en esta historia. Aunque esto chirríe en las sedadas y cómodas mentes bienpensantes de nuestra «civilizada» sociedad. 
    Por lo demás, ya sabemos lo que ocurre, lo que ha ocurrido siempre... Que el mundo académico, la ciencia oficial, mira a estas nuevas voces con evidente burla y menosprecio. Para ellos, los científicos con título, diploma y corbata, todo esto no es más que un conjunto de mentiras, más o menos bien anudadas. «Supercherías», suele ser el nombre asignado. Mentiras inventadas por algunos chicos listos con mucha labia que lo único que buscan es adquirir cierta fama y vender sus libros... En fin, allá ellos.
    Algún día se redescubrirá que la Tierra es plana (es broma irónica); o que la Luna es sólo un huevo hueco al que le han extraído la yema y la clara, un asteroide ahuecado que fue rellenado, hace muchos miles de años, con multitud de precisos y avanzados instrumentos de medición, vigilancia y control, como hoy afirman David Icke y otros investigadores y divulgadores cuyo nombre no recuerdo ahora. No hace falta ser selenógrafo para echarse las manos a la cabeza ante semejantes «alucinaciones teóricas»... Pero he de decir que para mí la Luna siempre será mi amiga, mi compañera íntima y ensoñadora de tantos y gratos paseos nocturnos, tanto si está ahí vigilándonos como una gigantesca máquina alienígena, como si es un simple satélite frío, desierto, ciego y mudo.
    Pero, bueno, quién sabe... Muchas extravagantes «locuras» del pasado han demostrado ser ciertas con el paso del tiempo. Sólo queda esperar a la idoneidad del momento histórico, a que el espíritu temporal abra una más de sus infinitas puertas, en el momento oportuno. Y puede entonces que lo que hoy es fantástico e increíble se torne en incuestionable realidad. 

    Lo que se me ocurre ahora pensar, ante todo esto (y lo hago con una sonrisa), es qué poco se alimentaron esos Anunnaki con la existencia del apacible, suave y sabio señor Suzuki... ¿Qué alimento podían encontrar ellos en este hombre? Un hombre que se quejaba en aquella conferencia de lo siguiente:

    «... Pero la principal dificultad estriba en cómo colocar mi casa con tejado de paja en medio de estos muros de Londres, tan sólidamente construidos; ¿cómo puedo construir mi humilde cabaña en medio de Oxford Circus? ¿cómo hacerlo en medio de este barullo de coches, autobuses y vehículos de todas clases? ¿Cómo puedo escuchar el salto de los peces y el canto de los pájaros? ¿Cómo se puede cambiar todo lo que exhiben los escaparates por el frescor de las hojas verdes cimbreadas por la brisa matinal? ¿Cómo encontrar la naturalidad, la sencillez, el absoluto autoabandono de la naturaleza en la extremada artificialidad de las obras humanas? Este es el gran problema que actualmente se nos plantea.»

    ¿Qué tipo de alimento podían hallar los Anunnaki en un hombre así, del que nunca se desprendían energías de baja frecuencia, y que sólo deseaba sentir y gozar la realidad pacíficamente en sus dos vertientes, de espíritu y materia? Con personas como el maestro Suzuki, a los Anunnaki les salió mal su plan de control mental sobre los seres humanos.
    Aunque bien es cierto que, desgraciadamente, ese perverso y funesto plan funciona hoy en día en otros muchos... Y no sólo mediante un control mental de tipo hipnótico, cuyos largos y oscuros brazos están ahogando a esta sociedad... (No hay más que mirar las noticias diarias del mundo y después observar los hábitos y aficiones de la gente actual, como su exacerbada pasión por los deportes de masas, su tendencia a diversiones idiotas o su gusto por músicas mediocres y muchas veces estridentes, cuando no directamente dementes, desequilibradas e insoportables para cualquier oído con un mínimo de finura.) Y no sólo mediante ese control mental, decía, sino que asimismo hemos de contar con las barreras metálicas, punzantes e infranqueables de una sociedad dura e injusta, cuya crueldad puede llegar hasta límites inimaginables. Una sociedad dominada y dirigida por los «amables» bancos (lobos hambrientos y sanguinarios con piel de oveja), y por ese grupo de «altos» vuelos (más bien, muy bajos) que llaman la Élite.
    En fin, un panorama muy negro el de este pobre, esclavo y enloquecido mundo. Ya sea culpa de los Anunnaki o de cualquier otra clase de demonios...
    Yo, por eso, de mayor quiero ser como el buen maestro Suzuki, y cambiar las cosas que me quiere vender el mundo por el frescor de las hojas verdes cimbreadas por la brisa.  


Antonio H. Martín
(24 de noviembre, 2015)


        


          


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música 1: The End (Varsity Blues) - Mark Isham (1999)
música 2: A Promise (Life as a House) - Mark Isham (2001)



viernes, 20 de noviembre de 2015

El teatro




    Pensaba, en sus mejores momentos, que la vida es un viaje de la conciencia, un largo y azaroso caminar a través del bosque enmarañado de las circunstancias, los hechos y las cosas. En el que uno iba creciendo, ensanchándose, evolucionando, a medida que conseguía iluminar las sombras del bosque con su mirada, según encontraba la forma de sortear los obstáculos y lograba pasar entre trampas y espinos, hasta llegar a campo abierto. 
    Pero no obstante, en muchos otros momentos, no tan buenos, el mundo de cada día le parecía como si fuera un teatro. Entonces se veía a sí mismo como un espectador que asistía a una extraña y caótica obra, cuyo sentido resultaba muchas veces incomprensible. Los actores, como en una moviente y nerviosa galería de figuras, venían, entraban en escena y, siguiendo el hilo de una historia aparentemente absurda, soltaban su texto entre gestos y posturas que parecían significar algo, pero que para él no significaban nada. Y después se iban, salían del campo de visión, abandonando el decorado y dejando en el aire la sensación, el clima emocional  de sus últimos gestos y palabras. Luego, en el siguiente acto, venían otros que, más o menos, hacían lo mismo y que igualmente acababan marchándose. Y ahí terminaba todo, al llegar la noche con su oscuridad, sus estrellas y su silencio.
    Pero a veces, durante algunas noches de luna, sucedía que después del final, una hora más allá de la última bajada del telón, de los saludos y los aplausos, o las hosquedades e indiferencias, éste volvía a subir, inexplicablemente... Y lo que se podía ver entonces era sólo un escenario vacío, sin voces ni figuras, unos decorados inertes, sin aliento, unas luces apagadas, algunos vagos recuerdos emotivos, de risas o de llantos, penas o alegrías, cuyo eco aún resonaba levemente en medio del sobrecogedor silencio. Y... a ese raro espectador, inquisitivo y asombrado, que se había quedado solo en el patio, sentado en su butaca de viejo terciopelo rojo, y que se resistía a irse. Como si esperase que detrás de la función hubiera algo más...


Antonio H. Martín
(20 de noviembre, 2015)



          

      

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imagen: Facundo Sanchez Sosa
música 1: Adagio Gayaneh - Aram Khachaturian
música 2: Masquerade Waltz - Aram Khachaturian 
pinturas vídeo: Bob Pejman

      

martes, 17 de noviembre de 2015

La ventana




    Una noche de invierno, mientras caía una intensa helada y las estrellas titilaban en un cielo nítido, expresivo, susurrante e invocador, decidió liarse la manta a la cabeza y tirar su casa por la ventana. Y se marchó persiguiendo un sueño. Uno muy atractivo y brillante que le pareció ver moviéndose, como danzando, entre las sombras de la lejanía. La casa cayó en las aguas de un frío y oscuro lago y se hundió. Para siempre. Más tarde, ocurriría lo mismo con su sueño.
    Hoy, en medio de una tierra desconocida, entre extrañas voces y vacíos silencios, sólo le queda... la ventana. Suspendida misteriosamente en medio de la nada, sujeta por hilos invisibles, como encantada por la luna. 


Antonio H. Martín
(17 de noviembre, 2015)


          
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imagen: del vídeo "El flautista de Hamelin" (1985)
música: Four Last Songs - Richard Strauss
    (poemas: Hermann Hesse, Joseph von Eichendorff y otros)
    (soprano: Elisabeth Schwarzkopf)
    (director: George Szell)

    

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Humano, demasiado humano




«Donde los demás ven ideales, yo sólo veo lo que es humano, demasiado humano.»

Friedrich Nietzsche


«Tuvo Nietzsche talento y malicia de verdadero psicólogo —cosa poco frecuente en sus paisanos—, de hombre que ve muy hondo en sí mismo y apedrea con sus propias entrañas a su prójimo.»

Antonio Machado 



    No me considero especialmente dionisíaco. Y tampoco me estimo como epicúreo o hedonista. Aunque estas negaciones sean sólo relativas, porque hay muchas y diferentes formas de encontrar placer y de gozar la vida. Tantas como sensibilidades... Y cada uno elige la suya propia, o es elegido por ella. Pero, aunque lo anterior sólo tenga que ver parcialmente con el autor del Zarathustra (y sin querer —en absoluto— ser epígono de nadie), confieso que me hubiera gustado tener una vida como la suya.
    Nietzsche tuvo una vida intensa y profunda (aunque sobre todo fuera interiormente) a pesar de sus problemas y limitaciones. Una vida auténtica, me atrevo a decir. Eso es lo que me atrae. Y no me importa su final de locura. Un final provocado por sus enfermedades crónicas, o quizá por no poder soportar sus personales claridades y las exigencias que conllevaban. Nada menos que conseguir una «transvaloración de todos los valores»... O tal vez por no poder soportar el peso del mundo, un mundo sordo, ciego y extraño, demasiado ocupado en sus vulgares quehaceres y en sus nimias y pueriles diversiones, que nunca quiso escuchar esa voz en el desierto de Zarathustra, esa voz solitaria que luchó por desenmascarar trampas milenarias y sacar al hombre de su ignorancia, su indolencia, su esclavitud y su engaño.  
    Creo que sobra decir que no hago mío el pensamiento nietzscheano. En él encuentro contradicciones y desarmonías que no puedo aceptar. Y por supuesto no me gustan sus alardes, sus excesos, sus pretensiones o petulancias, esos niveles casi de endiosamiento en los que cae en muchas ocasiones. Quizá porque ya le andaba rondando la locura... Nietzsche, por problemas de vista, escribió sus últimos libros en forma aforística o fragmentaria, que más tarde pedía a algún amigo que pasara a limpio y que nunca releía. Y uno se puede acercar a cualquiera de ellos y estar de acuerdo con algún aforismo, para más adelante estar, por el contrario, en total desacuerdo con otro. Aceptar una parte y disentir con la siguiente: eso es lo que me ha ocurrido siempre con Nietzsche. 
    Pero en todo ello noto asimismo, aquí y allá, como una valiosa corriente de fondo que me seduce. Y, muchas veces, relámpagos de lucidez que me fascinan. Y lo que más admiro en el pensador Nietzsche es su seriedad, su autenticidad, su verdad. No sé realmente qué es lo que quería ser... Si un profeta o un aventurero que se atrevía a cruzar nuevas fronteras de la conciencia. Pero sea lo que fuere, luchó por ello hasta el final, con una absoluta entrega. Por eso digo que su vida fue auténtica. No creo, sinceramente, que hubiese ninguna impostura en su vivir. Nietzsche fue como fue porque no podía, literalmente, ser de otra manera. Había como un sello sobre su espíritu que le impedía ser de ningún otro modo.
    Su filosofía era eso: un amor a la verdad, al conocimiento, a la claridad de la conciencia. Como humano, demasiado humano, puede que este amor se expresara a veces de un modo compulsivo y neurótico, pero era sincero, era real. Nietzsche no fue, en definitiva, ningún payaso ni embaucador, ningún vendedor de mentiras y humo, ningún intelectual de salón. No uno de esos que sueltan su florido discurso más o menos académico, más o menos brillante y seductor, mientras piensan en la cena que les espera después, y que al día siguiente pueden decir algo muy diferente, si eso les conviene (a su estómago o a su cartera, o a ambas cosas). Como pasa, por ejemplo, con los políticos de hoy en día.
    El señor Nietzsche era un ser de verdad, auténtico. No un ridículo pelele ni un triste títere del mundo. Desde una primera sensibilidad romántica, desde un apasionado amor por la música y cualquier otra forma noble de arte, fue descubriendo lo que a sus ojos era una esclavitud mental que encadenaba a los hombres y convertía al mundo en un lugar triste y oscuro. Frente al «valle de lágrimas» de los cristianos, él propugnó entonces el sí a la vida. En ese aspecto entiendo su afecto a Dioniso, su anhelo por liberar al hombre de la tristeza por medio de la entrega a la alegría de vivir. Por eso escribió aquello de que no podría creer en ningún dios que no supiera bailar... De ahí surgió después su Zarathustra y su imagen del «superhombre». Que significaba una superación de la condición humana, un levantarse, un dejar de estar de rodillas ante dios alguno ni encogido ante ninguna sombra. Concepto que en absoluto tiene nada que ver con la posterior y nefasta impostura del nazismo, que tan sólo buscaba una forma, cruel e inhumana, de dominación. ¿Inhumana, o quizá demasiado humana...?

    Y, en fin, aquí me paro. Porque no soy especialista en filosofía ni tengo erudición alguna sobre la obra de Nietzsche. Sólo soy un simple y ocasional lector que se siente atraído por su figura, por su pasión, por su afán de romper espejismos. Mi vida también ha tenido momentos de intensidad y, algunas veces, ciertas claridades, más o menos profundas. Pero nada que ver con la existencia del «ermitaño de Sils-Maria». Cuando pienso en Nietzsche me viene la imagen de la fuerza interior, que a pesar de mil debilidades exteriores encuentra siempre el modo de expresarse. Así que, como decía al principio, me hubiera gustado tener una vida como la del difícil amigo Nietzsche.      


Antonio H. Martín
(11 de noviembre, 2015)    





                             



viernes, 23 de octubre de 2015

Sueños con luna




    «... Poseía ese don glorioso aunque funesto, común a los poetas y los niños, por el que con unos pocos detalles insignificantes el alma construye para sí todo un cielo donde habitar.»  

Algernon Blackwood
(El valle perdido - 1910)


    Me dijo hace poco el amigo Alberto Linde que en el país del sueño todas las noches son de luna llena. Al menos, en todos los sueños a los que él había viajado. El sentido de esto se nos escapa... Pero quizá se trate de algo bien simple: es evidente que la luz de la luna llena ayuda mucho a ver con mayor nitidez en un escenario nocturno, y seguramente el inconsciente se sirve de ello para mostrar cualquier detalle valioso del sueño. Aparte del efecto estético que esa luz supone proyectada sobre cualquier paisaje, dotándolo de un cierto encanto, que —no se sabe bien por qué— le da un toque como de magia.
    No creo que Alberto esté de acuerdo con esta apreciación, porque para él (como he señalado otras veces) lo que llama «país del sueño» nada tiene que ver con lo que normalmente consideramos como sueños, sino que se trata de algo así como otra dimensión, con lo cual el propio inconsciente no actúa sobre las características del sueño, ni en un sentido ni en otro. De modo que si en uno de esos sueños o viajes se ve una luna llena es porque efectivamente la hay, no por causa de una manipulación del inconsciente personal del individuo que está viviendo la historia.     
    Mis propios sueños son últimamente demasiado complejos, enrevesados y sin gracia como para contarlos, enredados en exceso en cuestiones que tienen mucho que ver con lo trivial y mundano. Pero no así los de mi amigo, que continúa haciendo sus particulares «viajes» por tierras que muchas veces rayan —o incluso entran de lleno— en la esfera de lo fantástico. Hasta ahora sólo me ha contado pequeños fragmentos sueltos de esos sueños, pero es muy probable que pronto rompa su reserva y me narre alguno de ellos más completamente, con lujo de detalles, visión de conjunto y sentido de historia, con lo que podré escribirlo yo aquí. A mi manera particular, pero intentando siempre ser fiel al relato original de mi amigo.  
    Espero que sea uno de esos sueños con luna llena...


Antonio H. Martín
(23 de octubre, 2015)