Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







jueves, 31 de marzo de 2016

El zen del frío




    De pequeño, Daniel era aficionado a la serie de televisión "Kung Fu". No era su favorita, pero sin duda estaba entre sus preferidas. Aunque las historias, ambientadas en el viejo oeste americano, solían parecerle flojas y los números de artes marciales, que invariablemente salpicaban cada capítulo, dejaban mucho que desear (dado que el actor no era experto en esas artes), le atraía el personaje protagonista, un monje shaolin llamado Kwai Chang Caine que andaba buscando a su perdido hermano en las lejanas tierras americanas. Le atraía su relación casi mística con la vida y el mundo, su valiente soledad y su forma de enfrentarse a los problemas que encontraba en el camino, que eran muchos.
    De esta serie le gustaban sobre todo las escenas en flashback, cuando el monje guerrero recordaba su pasado y se veía a sí mismo en el templo zen en el que fue adiestrado. Allí, entre la paz y el silencio del templo, en desnudas salas adornadas sólo con velas o en adustos jardines casi vacíos, su maestro ciego (quien gustaba de llamar a su joven alumno con el mote de "pequeño saltamontes") le transmitía el conocimiento mediante métodos simples pero eficaces.
    Así que Daniel, buscando el necesario contraste con la aburrida rutina del colegio (donde los profesores, ya fueran de física, lenguaje o matemáticas, solían impartir las lecciones a bofetadas), procuraba no perderse ningún capítulo de este "Kung Fu" televisivo que proyectaban semanalmente. Porque tenía la seguridad de que en el colegio sólo querían enseñarle cosas que no le interesaban en absoluto, cosas que se suponía iban a convertirle en un buen ciudadano y hombre de provecho, cosas que nada tenían que ver con su visión de la vida. Mientras que esa serie de televisión le mostraba otras cosas mucho más cercanas, atractivas e importantes.
    Con el tiempo preferiría ver películas como "Cuentos de la luna pálida de agosto", de Kurosawa, pero aún era un niño y las aventuras que le ofrecía la pequeña pantalla eran todo cuanto podía ver en casa (aparte de cómics y libros ilustrados), y lo que le servía en gran parte como compensación para contrarrestar ese pozo gris que para él representaba la absurda y a veces agobiante cotidianidad del colegio. En las aulas todo apuntaba a convertirle en un ser normal y uniformado, en un servidor más de la mediocridad, en otro actor del teatro del mundo. Pero esa serie de "Kung Fu" le hablaba de que era posible otra clase de vida, una vida libre y con conciencia propia, una vida individual y auténtica. No lo razonaba así entonces, pero era eso lo que sentía. 
   
    Influido por esto, cogió la rara costumbre de salir en las noches de invierno al porche de la casa en camiseta... Cuando venían las gélidas oleadas, como aves grises y afiladas, se quedaba muy quieto, respiraba hondo y dejaba que éstas pasaran a su través... El resultado es que inmediatamente desaparecía la sensación de frío, y podía estar allí un buen rato sin sentirla, sin tiritar ni siquiera un poco, tranquilo y a gusto, casi como si estuviera en una noche de verano. Recuerda especialmente cómo el frío le traspasaba en esos momentos, para después dejarle en paz, sin volver a tocarle, como si respetara su osadía... Esto le hacía sentirse feliz, como si hubiese conectado con el lado mágico del universo, con una extraña fuente de poder que normalmente permanecía oculta tras el velo de una realidad que, al parecer, tenía mucho de ficticia.
    Y sucedió así regularmente, hasta que una noche fue descubierto por su familia, y le prohibieron terminantemente hacer esas locuras, que podían costarle un serio resfriado. No volvió a hacerlo. Pero le quedó grabado en la memoria el poder de la mente, y la certeza de que un cambio en el tono de la propia actitud podía variar los efectos de fenómenos naturales, como el frío o el calor. Lo que también funcionaba (como comprobó en otras ocasiones) con asuntos interiores, como la tristeza o la ira.
    Claro que por aquel entonces, con sólo once o doce años, se decía amigo del viento. Y la nieve era como su aliada. Una tarde de viento, cerca del crepúsculo, le podía transportar a una esfera de ensueño, como si el aire le trajera el aroma de un invisible paraíso cercano. Y una buena nevada transformaba el mundo para él de tal manera que se sentía directamente en ese paraíso.

    Muchas nevadas han pasado desde aquel tiempo, y muchos vientos. Hoy se abriga en invierno todo lo que puede y caldea su habitación por las noches con una buena estufa. Pero, de vez en cuando, aún se aventura a salir de casa alguna de esas noches, aunque esté helando intensamente, y camina durante una hora por las solitarias calles del pueblo. Cuando siente el afilado mordisco del frío, que le impele a volver a casa, se acuerda de aquellos años lejanos y sigue caminando aún un rato más. Como si buscara aquel hechizo de la infancia, aquella ilusión, que le permitía lograr que el aire helado pasara a través suyo, casi como si no tuviera cuerpo, o como si éste se abriera para dejar que el frío le traspasase sin afectarle.
    De acuerdo en que posiblemente aquello se debía a una simple sugestión. Pero el caso es que le funcionaba, al menos en aquel entonces, y mientras todos andaban envueltos con jerseys, abrigos, gorros y bufandas, Daniel iba con el torso casi desnudo, y caminaba por la noche helada como si estuviera en el paisaje amigo de un sueño. Era su pequeño zen del frío.
    ¿Pero se atrevería hoy, en alguno de esos paseos nocturnos de crudo invierno, a quitarse la chaqueta y la camisa y quedarse sólo en camiseta? Dos poderosas razones le aconsejaban lo contrario. Una, el ridículo que representaba la posibilidad de ser visto por alguien del pueblo. No solía pasear nadie a esas horas intempestivas, las calles estaban vacías, pero casi siempre se cruzaba con el coche de algún vecino que inexplicablemente circulaba por ahí, viniendo o yendo no sabía ni de dónde ni adónde... Y otra, el riesgo claro de que, debido a su edad, pudiese pillar un severo resfriado, de esos que hacen que se tenga fiebre alta y te dejan unos días baldado sin poder levantarte de la cama.
    Pero, aun así, hay ciertas locuras que nunca desaparecen del todo, y Daniel, a pesar de los años, sigue siendo un adicto a ese tipo de locuras...


Antonio H. Martín
(31 de marzo, 2016)


   

lunes, 21 de marzo de 2016

La máquina de los sueños





      Conozco al amigo Alberto Linde, el viajero onírico, desde hace muchos años, y mientras veía la otra noche la antigua película "La Máquina del Tiempo", de 1960 (basada en la novela homónima de H. G. Wells, de 1895), recordé una curiosa escena en su compañía, de hace sólo unos meses. Sucedió durante una de nuestras tranquilas e íntimas conversaciones nocturnas después de los habituales paseos por el valle. Me habló de un deseo muy querido, de un fuerte anhelo de sus primeros años. Sonreía al recordarlo, pero me confesó que entonces casi llegó a obsesionarle... Se trataba de que cuando empezó a tener sueños importantes, sueños lúcidos y sorprendentemente intensos, le atrajo tanto ese mundo interior y mágico que se le ocurrió la peregrina idea de que le encantaría tener una "máquina de los sueños"... Es decir, no una máquina generadora de sueños sino una que grabase los suyos propios, para después poder verlos atentamente en una pantalla, como en un cine o un televisor.
    Ya por aquel entonces, hacia el final de su infancia, a los nueve o diez años, era muy consciente de que esa máquina no existía y de que seguramente era imposible de construir, pero se deleitaba imaginando su realidad. Y tenía muy claro que si lograse tener esa fantástica máquina en su poder no haría más que dos cosas en esta vida. La primera, soñar, y la otra mirar sus sueños en esa pantalla durante horas y horas, olvidándose del mundo. No concebía entretenimiento ni ocupación más interesante ni más valiosa. Ninguna otra cosa le parecía ni siquiera comparable. Así que todo lo que haría sería eso: soñar y luego ver y revivir sus aventuras ante una pantalla. No saldría casi de casa ni tendría casi relación alguna con nadie. Tal era la fuerza con que le atraían el juego y la danza de esferas brillantes y multicolores del universo de sus sueños.
    Le pregunté por la causa de ese extraño deseo, y me respondió que la idea había surgido, probablemente, porque le costaba mucho soportar la sensación que tenía después de despertar. Una sensación decepcionante, como de exilio y de pérdida. Recordaba, por un lado, que en uno u otro sueño había sido inmensamente feliz, y el contraste con la prosaica y algunas veces amarga realidad del mundo cotidiano le dejaba abatido y sin ánimos. Y por otro, que en muchas ocasiones sabía con certeza que había encontrado en algunos de sus sueños tesoros inapreciables, que luego, en la vigilia, era incapaz de recuperar. No tesoros de oro y joyas, sino auténticos tesoros de vida, como fórmulas mágicas, caminos de cuento de hadas que llevaban a paraísos, a paisajes y ciudades en los que uno quería quedarse mucho tiempo, o incluso para siempre. Por eso pensaba que sería ideal tener esa máquina de sueños. Aparte de para revivir aquellas aventuras oníricas y volver a maravillarse con ellas, también para poder reencontrar esas fórmulas mágicas, esos caminos ocultos...
    Con el tiempo fue consiguiendo tal maestría en su modo de viajar, a lo que mucho más tarde llamaría El País del Sueño, que olvidó lo de la máquina. Ya no le era necesario imaginar ni desear tal artilugio porque podía elegir volver a determinados sueños sólo con su voluntad. La manera en que llegó a esa asombrosa pericia es un misterio, hasta para él mismo, pero supongo que era algo que estaba y está en su particular naturaleza de soñador nato. Al igual que en algunos hay una natural predisposición para la pintura o la música, él había nacido con una rara habilidad para soñar.
    Sobre ese punto, Alberto siempre ha preferido mostrarse más bien reservado. Pero no por hacerse el enigmático ni por ninguna otra presunción o arrogancia, ausentes en su carácter, sino porque se trata de algo tan personal y tan poco expresable en el lenguaje cotidiano, que considera que es mejor quedarse callado y correr un tupido velo sobre el asunto.

    Después de comentarme su recuerdo de la máquina, me preguntó directamente qué me parecía semejante idea. Si a mí también me gustaría disfrutar de ese increíble artefacto y poder luego observar mis sueños como en una película... En principio, no supe qué contestar y necesité más de un minuto para imaginarme en esa inusitada actividad. Aunque complicada y algo estrambótica, como de ciencia ficción, la idea me gustó. No todos los sueños, desde luego, porque en mi caso muchos son ciertamente olvidables, pero sí algunos sueños... Esos de los que uno se despierta con una intensa sensación de haber vivido, como difícilmente ocurre en la normal existencia de todos los días. Así que asentí y le dije que me gustaría tener esa experiencia, al menos alguna vez.
    En ese preciso momento sonó el timbre de su teléfono móvil. Debía ser una llamada de carácter privado, porque Alberto salió a la terraza para contestar. Me quedé solo en el salón, fumando tranquilamente mi cigarro y apurando lentamente la copa de vino. Dándole vueltas a esa idea de la máquina de sueños... A través de la ventana se veía la luna, en cuarto creciente y rodeada de pequeñas nubes que se encendían con su presencia. Estaba muy a gusto en mi sillón, la noche era serena y silenciosa y mi mejor amigo estaba ahí cerca, en la terraza. De modo que, pasados unos veinte minutos o media hora, me quedé adormilado y tuve un leve sueño...



    Soñé, o imaginé, que Alberto, con una rara sonrisa, después de oír mi respuesta a su pregunta sobre la máquina, se levantaba e iba hacia el sofá sobre el que había dejado su maleta. La abrió y sacó de ella un estuche de tela dura, como los que se usan para llevar los ordenadores portátiles. Lo puso en la mesa baja ante la que nos sentábamos, y al descorrer la cremallera me encontré frente a un extraño aparato...
  
    —Ahí la tienes —me dijo escuetamente.
    —¿Cómo? ¿Estás de broma? ¿Quieres decir que...?
    —Sí, aunque no la buscaba, porque no me hacía falta, la encontré. De una extraña manera, pero la encontré. Ésta es una máquina de los sueños como la que deseaba cuando era niño.
    —No me lo puedo creer, Alberto, es imposible. No existe una máquina así.
    —Eres libre de pensar lo que quieras, amigo. Lo único que puedo hacer es dejártela un tiempo para que la pruebes, y ya me contarás.

    Me quedé mirando fijamente al aparato. Una caja negra metálica de poca altura, sin adorno de ningún tipo, con los lados pintados de un azul oscuro brillante. Por supuesto, no daba crédito, pero viniendo del amigo Linde...
    Pensé vagamente en aquella película ("Brainstorm", creo que se llamaba) en la que había una máquina que registraba en una cinta las experiencias y visiones internas de quien la usaba. Y luego, conectándose a la máquina, otra persona podía ver y sentir esas mismas experiencias y visiones como si fueran propias. Ahora que había tantos avances tecnológicos, con ayuda de la mecánica cuántica, ¿habrían inventado por fin una máquina que grabase los sueños?  
    Y empecé, casi sin darme cuenta, a fantasear sobre su uso. La verdad es que sería muy grato poder ver algunos sueños, pensé. Sobre todo esos tan vívidos, los raros y los felices, que te dejan la sensación de querer regresar a ellos. Y además estaba el atractivo de esa peculiaridad onírica del cambio de perspectiva, por la que cambia el punto de vista y uno puede ver la escena desde sí mismo, como protagonista de la historia, y un segundo después desde fuera, como un espectador que, en una especie de desdoblamiento, se ve a sí como si fuera otro, pero sintiendo que es uno mismo... Imaginé que sería alucinante poder observar todo eso en una pantalla.
    Así que agradecí a Alberto el préstamo de la máquina, a pesar de mi lógica incredulidad, y me quedé con ella. Luego seguimos hablando un rato más del tema de los sueños y a continuación de otras cosas. Pero ya no pude evitar durante esa velada mirar de vez en cuando de reojo a la extraña máquina, ansiando el momento de estar a solas con ella en la intimidad de mi habitación.
    Al abrir la máquina me encontré, para mi decepción, con un moderno ordenador portátil de última generación. Con un diseño nuevo y muy estilizado pero básicamente lo mismo de siempre. Es decir, la típica pantalla y el típico teclado. Solté una carcajada (no exenta de un hilo de amargura) y me pregunté después, cuando ya había superado la sorpresa, el por qué de esa broma... Porque no es el amigo Linde muy amigo de bromas, y menos en lo referente al tema de los sueños. 
    Al día siguiente, inquirí a Alberto sobre el asunto. Y nos reímos a gusto mientras tomábamos el desayuno. Aunque yo lamentaba por dentro el haber sido tan ingenuo. Después, poniéndose serio, me dijo lo siguiente:

    —Amigo, la máquina de los sueños existe de verdad, no lo dudes. Pero está en ti. No es necesario ningún artefacto manufacturado para ver de nuevo aquellos sueños que te impresionaron en su momento. Es ciertamente posible rastrear esa huella , y no sólo volver a verlos sino volver a vivirlos...       

    Quedé de acuerdo, porque por lo que me había contado de sus experiencias era realmente como decía. Pero le reconocí asimismo que eso era algo para mí muy difícil de conseguir, casi imposible. Porque no todos tenemos su habilidad para soñar. Y entonces el amigo Alberto me prometió que me enseñaría algunos de sus secretos para viajar.
    Alberto Linde se fue esa misma tarde, de regreso a su lejana casa en las montañas. Pero se le olvidó llevarse ese estuche con la caja negra. En cuanto lo descubrí, pensé en llamarle para decírselo, pero..., bueno, me lo había prestado por un tiempo, así que no ví ninguna urgencia en ello. Y esa noche, antes de acostarme volví a abrir el maletín y puse sobre mi mesa ese moderno ordenador. Al encenderlo me pidió una contraseña de acceso, y no se me ocurrió otra cosa que escribir "máquina-de-los-sueños"... Y, extrañamente, funcionó. El sistema operativo se puso en marcha y en la pantalla salió un menú en el que se me pedía que tecleara una fecha o un nombre. Y supuse, fantaseando de nuevo, que se refería a mis sueños. Por supuesto que no pensé en ese momento que era imposible que respondiera adecuadamente, porque no había ningún registro de mis sueños en esa máquina, pero la lógica onírica suele pasar por alto ese tipo de detalles. Así que escribí en el teclado una fecha en concreto, una en que recordaba haber tenido un buen sueño. 
    Fue impresionante ver cómo tomaba forma en la pantalla la imagen de aquella casa, bajo una luz de atardecer, y la de alguien que en ese entonces la habitaba y que me miraba sonriente desde la puerta, invitándome a entrar... 
    


    El sonido de unos pasos me indicaron que Alberto volvía de la terraza, y me desperté de mi duermevela. Con el sueño bailando y brillando aún en mi mente. Y en seguida se lo conté, antes de que se difuminase. Había pasado casi una hora, y me sentía como si hubiera viajado a otro mundo, aunque creía no haberme dormido del todo... Nos reímos a gusto, como en mi sueño. Y exactamente como en mi sueño, me dijo que la máquina de los sueños existía, pero que estaba en el interior. Y añadió también esa promesa de mostrarme algunos secretos para viajar. Me dijo que puede que él tuviera ciertas habilidades desde niño, pero que todo se podía aprender. Sólo había que dejarse guiar, llevar un buen farol y andar el camino. 
    Y, bueno, esa fue la escena que recuerdo de hace unos meses con el amigo Alberto Linde. Ahora pienso que estaría muy bien tener una máquina del tiempo, pero creo que una máquina de los sueños estaría mucho mejor.  


Antonio H. Martín
(21 de marzo, 2016)


  


viernes, 18 de marzo de 2016

Flores




«No basta abrir la ventana
para ver los campos y el río.
No es suficiente no ser ciego
para ver los árboles y las flores.
También es necesario no tener ninguna filosofía.
Con filosofía no hay árboles: no hay más que ideas.
Sólo hay como una cueva en cada uno de nosotros.
Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo fuera;
y un sueño de lo que podría ver si la ventana se abriese,
que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.»

Fernando Pessoa
(Poemas de Alberto Caeiro)


«Los sueños no son creaciones premeditadas y arbitrarias, sino fenómenos naturales, que no son otra cosa que lo que representan. No engañan, no mienten, no falsean ni encubren, sino que anuncian ingenuamente lo que son y piensan. Sólo son enojosos y equívocos porque no los comprendemos. No emplean artificio alguno para ocultar algo, sino que dicen lo que forma su contenido, tan claramente como les es posible a su modo. Podemos también comprender por qué son tan peculiares y difíciles: la experiencia muestra concretamente que se esfuerzan constantemente en expresar algo que el Yo no sabe y no comprende.»

Carl G. Jung
(Psychologie und Erziehung



    Hace un par de noches soñé que viajaba a un país lejano. El sueño era complicado y estaba lleno de detalles que no puedo recordar ahora con exactitud. Bueno, ni con exactitud ni con aproximación. Sólo quedan vagas sensaciones. Pero sí recuerdo algunas cosas... Recuerdo que, embarcado en un tren, veía desde la ventanilla que estaba, inexplicablemente, en México, donde nunca he estado realmente. Observé que ante mí pasaban pequeños núcleos urbanos, con casas blancas y gente tranquila que me gustaron mucho. Y durante unos momentos el tren fue muy despacio, y pude asomarme y ver muy de cerca unas flores silvestres que estaban junto a las vías. Ver esas flores, rojas, violetas y amarillas, me emocionó de tal manera que lloré. Lloré como hace mucho tiempo no lo hacía. Lloré de alegría. Más tarde sucedieron otras cosas extrañas, como hablar con un caballo... Pero eso ya es otra historia.

    Hablan los físicos modernos de que hay once dimensiones en el universo. Las tres dimensiones visibles de este mundo, la cuarta del tiempo, una quinta (que desconozco a qué se refiere), y seis más, absolutamente desconocidas. Según sus cálculos y ecuaciones parece que debe ser así... Digo "universo", pero parece que ya se habla habitualmente (ya era hora) del multiverso o de universos paralelos. Dice la Teoría de Cuerdas que posiblemente el Big Bang fue el resultado de un choque (o varios) entre dos de esos universos paralelos, y que no fue el primero sino que hubo más, y los seguirá habiendo. Es decir, que el Big Bang no fue, realmente, una singularidad. A mí, que no sé nada de física, ni clásica ni moderna, me parece lógico que por fin se vea así. Porque siempre me sonó a imposible el que el universo hubiera surgido de la nada. ¿Qué provocó esa extraordinaria condensación de energía y su posterior deflagración? ¿Y dónde estaba anteriormente y de qué forma esa energía condensada o dispersa? ¿En la nada? ¿Qué es "la nada"? ¿Qué sentido puede tener eso de "la nada", si es imposible que algo así exista...? Hablar de un vasto océano indiferenciado, de un magma primigenio, y, por contra, de un orden conformado y armonizado, de caos y de cosmos, lo entiendo, pero el concepto de la nada me parece absurdo.
    Las antiguas sabidurías ya hablaban de una sucesión de "creaciones", de universos que surgen, se expanden y luego se destruyen, para formar nuevos universos. Después del Ragnarok nórdico, en el que morirán todos los dioses y sus mundos, vendrá el amanecer de un nuevo universo con otros dioses y otros mundos. Y esto parece que ha sido, es y será siempre así. A las edades de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro las seguirán nuevas edades, en un nuevo ciclo... De manera que el universo que conocemos puede haber nacido con ese famoso Big Bang, pero esto no representa más que un capítulo en la interminable historia de la vida. Una historia sin principio y sin final. 
    Sea como fuere, y sin querer meterme en laberintos que me caen demasiado grandes, yo me quedo con esas flores silvestres que me hicieron llorar de alegría, las que me encontré en un sueño.
    Lo que significa ese sueño no puedo saberlo, pero me quedo con la afirmación de Jung, de que los sueños nunca mienten... Y en cuanto a Pessoa, no hay problema, porque yo no tengo ninguna filosofía, más allá de cuatro ideas poco hilvanadas, pero dictadas por el corazón. 


Antonio H. Martín
(18 de marzo, 2016)






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imagen 1: de B.I.G. (Banco de Imágenes Gratuitas)
imagen 2: Alan Cleaver


lunes, 7 de marzo de 2016

Casas que caminan...




    Hace tiempo escribí aquí algo sobre esa antigua verdad de que el hogar está en el corazón y en ninguna otra parte... Lo que no quiere decir que no sea necesario además encontrar algún sitio en el mundo en el que podamos sentirnos en casa. Ese lugar sería el refugio, acogedor y seguro, la pequeña torre donde se concentra y se expresa, libre y satisfactoriamente, la personal dimensión de "lo nuestro", con sus objetos, sus colores y aromas, sus iconos y fetiches, con todo aquello que conforma nuestro mundo individual y se traduce en reconocimiento y sensación de compañía. En definitiva, en nuestro hogar.
    Muchas veces ese encuentro no se consigue fácilmente, y puede incluso llevar casi toda una vida el hacerlo. Hay quienes aún están en la búsqueda, después de mucho tiempo, procurando no perder del todo ese frágil hilo de la ilusión y la esperanza, a pesar del curso de los años, que se suceden cada vez con mayor rapidez, y siguen confiando en poder hallarlo algún día.
    Pero también hay otras ocasiones en que es la casa quien busca dueño... Sí, casas solas, vacías, viejas y abandonadas, sin moradores, sin inquilinos, sin voces ni risas, sin presencias. He visto muchas, y parecen llamarte a través de sus tristes ventanas, por las que no se asoma nunca nadie.
    Imaginemos que una buena mañana algunas de esas casas, cansadas de la soledad, del vacío y el silencio, decidieran levantar sus cimientos y saliesen a caminar por el mundo. No sólo para buscar a alguien amigo que quiera residir en ellas, sino sencillamente para ver nuevos paisajes, nuevos horizontes y distintas perspectivas, y quizá también para encontrar un sentido a su existencia. Enfrentadas, como cualquier ser humano, entre temores y asombros, al misterio de la vida y a las penumbras de un destino incierto, azaroso e imprevisible. Quizá porque las casas, como ocurre con algunos animales de compañía, terminan impregnándose del carácter de quienes las habitan o habitaron. 
    Parece imposible, pero como la imaginación no tiene límites...


Antonio H. Martín 
(7 de marzo, 2016)