Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







jueves, 24 de noviembre de 2016

Alegres amigos...




PARA LOS ALEGRES


    «Con gusto os veo: os he tenido afecto
a vosotros, que, en tantas ocasiones,
me aliviasteis con un saludo amable,
me disteis bondadoso y leal trato
y la franca alegría del artista,
y sus rasgos de ingenio me brindasteis.
Lejos estoy ahora de vuestra amena tierra,
hermosa y placentera, de donde brota siempre tanta vida,
y cuyo idioma, empero, jamás pude entender. 
¿Me perdonáis? ¿Ya habíais olvidado
a este hombre descarriado que, con placer dudoso
y cientos de preguntas pueriles en su pecho,
se sentó a vuestra mesa desbordante?
¿Qué era yo? Un peregrino extraño a la existencia
a quien sólo placían los contactos huraños,
y que, libre, sin trabas y estentóreo,
corrió todas las calles de las ciudades vuestras.
Fui un niño a quien mimasteis y dejasteis
estar con los mayores en la mesa; pero que se escapaba
porque, sobre la cerca, le llamaba, hechizándole,
un par de rosas rojas, un pájaro, o el viento.

    Construisteis, creasteis, resolvisteis problemas...
Yo no puedo: me arrastran a lo largo del mundo,
sin descansar, hacia una meta ignota,
que cada día se halla más lejana.
Y siempre he de escuchar extraños sones
que, bajo tierra, y en la eterna noche,
murmuran gravemente, tristemente, como un oscuro río,
cuyo canto terrible me estremece.
Y ese clamor que surge del abismo
lleno de horror he de escuchar por siempre,
hasta que, en su confuso coro mágico, 
me arrebate la Noche a su regazo.»


Hermann Hesse


... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



    No creo necesario comentar el poema de Hesse, con la excepción de declarar que todo lo expresado en él lo he vivido. Hubo una época, en mi juventud, en que tuve unos cuantos de esos alegres amigos. Y eso me proporcionó, sin duda alguna, momentos muy gratos y divertidos, casi felices. Pero recuerdo asimismo que, ya en aquel entonces, en mi mente se proyectaban otro tipo de tendencias... De hecho llegué a escribir, en ese tiempo, un poemita al respecto, que titulé «Canto de la Huida». Es decir, que ya entonces, a pesar de la juventud y lo agradable y alegre de aquellas relaciones, mi espíritu apuntaba hacia otros derroteros... El por qué de esto, lo desconozco. ¿Será que existe en realidad algo así como un destino, un sello que marca el rumbo de la propia vida?
    En cualquier caso, lo acepto. Recuerdo con gratitud aquellos alegres momentos de juventud, las risas, los paseos en compañía, la complicidad en tantas cosas buenas... Pero, también recuerdo que entre esos encuentros, entre esas pequeñas fiestas amistosas, siempre hallaba un instante para mirar hacia otro lado. Y entonces cualquier horizonte me parecía que brillaba de un modo especial, atrayéndome, llamándome, empujándome hacia lo que quizá sea mi destino.
    No conservo los versos de aquel poemita, el del «Canto de la Huida», y casi mejor que sea así, porque seguro que eran malos; no en el fondo, pero sí en la forma. No obstante, el título ya dice por sí solo de qué iba la cosa. Ya entonces, años setenta, aun estando entre esos alegres amigos, planeaba sobre mí una extraña sombra azulada que me impelía a huir de esa sociedad alegre y divertida, para quizá poder encontrar un horizonte nuevo. Un horizonte en el que me imaginaba abrazando a un sueño... Un sueño que ahora mismo, aunque me lo propusiera, no sabría expresar en palabras. Porque muchos sueños están hechos de esas fibras casi etéreas que parecen proceder de otro mundo, y no son explicables en nuestro lenguaje cotidiano, porque ninguna explicación sería en absoluto plausible para las habituales mentes cortadas y vulgares que viven a ras de suelo. 
    Ya sé que estoy algo loco, y tal vez mañana no sepa el sentido de lo escrito esta noche. Pero mañana... Mañana sé que la puerta del misterio seguirá abierta. Y que ese sueño seguirá brillando en el horizonte. Los locos caminantes, los bebedores de estrellas, los que dormimos de lado y soñamos con los valles de la luna, es sabido, creemos en estas cosas. Y nada nos va a hacer cambiar nuestra mirada.  
     

Antonio H. Martín
(24 de noviembre, 2016)
    
    




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imagen: de Münchhausen (1943)
música: El viaje - Erik Satie y Michael Nyman

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Cuentos de hadas





"El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas que me contaron en mi infancia, más que en la realidad que la vida me ha enseñado."

Friedrich Schiller
(The Piccolomini, III, 4)


"Un día, en la mitad del invierno, cuando los copos caían del cielo como plumas, una reina estaba sentada junto a una ventana cuyo marco era de ébano. Y mientras cosía, alzó la vista para mirar los copos y entonces se pinchó el dedo con la aguja y tres gotas de sangre cayeron a la nieve..."

Hermanos Grimm
(Blancanieves



    Cuando recuerdo los cuentos de hadas que me contaron en la infancia o leí después en la juventud, he de reconocer que lo que los distingue de otras historias, de aventuras o del género que sea, es el denominador común de la magia. En todos ellos fluye en el aire esa corriente azul y brillante, o esa fina lluvia esmeralda que embellece cualquier paisaje y llena de luz cualquier encuentro.
    Todo ello, por supuesto, entreverado con las amenazadoras sombras del peligro y el misterio. Porque no se trata, en absoluto, de un material melífluo, almibarado y pueril, donde sólo hay cómodos encantamientos, preciosos castillos o palacios, amables príncipes azules, guapas cenicientas que devienen princesas, duendes benignos y finales felices... En los cuentos de hadas no sólo hay hadas, también hay ogros, duendes malignos, seres retorcidos y perversos, monstruos deformes y oscuros, y brujas (que pueden ser buenas o malas, según la magia que hayan decidido abrazar). Y también dragones...
    Junto a las brumosas montañas azuladas del lejano horizonte, encantadas de sueños, junto a los verdes e idílicos valles, hay asimismo pantanos de tristeza, ríos hediondos y cuevas tenebrosas. Y en una de éstas seguro que se esconde un dragón que guarda un tesoro maravilloso... Un dragón que puede ser elemental y violento, con el que hay que luchar a muerte, o que quizá sea un viejo sabio disfrazado, con escamosos bigotes, que hemos de conquistar con sensibilidad e inteligencia. Respondiendo difíciles acertijos o haciéndole ver la nobleza de nuestra aventura, lo puro de nuestro intento.  
    No es necesario leer a Bruno Bettelheim* para darse cuenta del simbolismo de estos relatos. Es fácil ver que se trata, en muchos casos, de parábolas de la misma vida. Es decir, que retrataban la realidad, pero disfrazándola con personajes y entornos de fantasía. A veces con fines educativos, que hoy podríamos llamar subliminales, y otras veces por el simple pero intenso placer de dar rienda suelta a esa fantasía. Que es esa materia luminosa de la que tanto carece el mundo actual, y a falta de la cual solemos mirar la vida con hosquedad o aburrimiento. 
    Independientemente del nivel de credulidad o de incredulidad, según la edad con que nos acerquemos a ellos, los cuentos de hadas siempre nos sorprenden con símbolos, imágenes y situaciones que nos tocan muy de cerca. Tal vez porque entroncan con el inconsciente colectivo, que es esa memoria universal de donde nacen los mitos y que está, de alguna manera, presente en la mente de todos. 

    Siempre quise vivir en uno de esos cuentos. Y alguna vez lo hice, felizmente, por ejemplo en un sueño que no recuerdo bien ahora, más allá de alguna fugaz imagen, pero que me llenó de luz en su momento. De todas formas, me atrevo a afirmar que también lo estoy viviendo ahora mismo... Y no sólo yo, sino muchos de nosotros. Puede que no sean cuentos al uso los nuestros, que no sean del estilo de los Hermanos Grimm, de Hoffmann, Tieck, Eichendorff o Brentano, ni de ningún otro, pero son los cuentos que nos ha tocado vivir. Nuestros cuentos.
    Suena fatuo o ingenuo, quizá, decir que muchos estemos viviendo en un cuento de hadas. Pero... no hay que olvidar que la vida... Sí, esta vida nuestra, tan aparentemente vulgar y vacía, está llena de magia, o rodeada por ella. Lo sepamos ver o no, esa corriente azul y brillante o esa fina lluvia esmeralda está por todas partes. Porque... ¿qué sería la vida sin la magia? ¿Un desierto plagado de necesidades y olvidos, de huecos y de sombras? ¿Una selva llena de alimañas en la que sólo habitan la caza, la lucha y la muerte? 
    El mundo es una gran esfera encantada. Y está lleno de hadas y de duendes, de ogros, brujas y dragones. Pero junto al más oscuro pozo, medio oculta entre el limo, puede hallarse la fúlgida semilla de la magia... Y esa es la única llave que abre las puertas del paraíso. 
    Todo es, en el fondo, como un cuento de hadas.          
   


Antonio H. Martín
(9 de noviembre, 2016)





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*The Uses of Enchantment. The Meaning and Importance of Fairy Tales - Bruno Bettelheim (1975, 1976)

imagen 1: Lily Collins, como Blancanieves, en Mirror Mirror (2012)
imagen 2: de Little Women (1933)

lunes, 12 de septiembre de 2016

Rey de sí mismo





    Hace unos días, una buena amiga que estaba de viaje en Oporto, en el norte de Portugal, me trajo a su regreso un bonito recuerdo de allí. Se trata de un pequeño folleto publicitario que contiene fotografías de la preciosa librería LELLO (que ahora es una especie de museo), y contiene además una selección de poemas de Pessoa.   
    De esos poemas escojo ahora éste:


No tengas nada en las manos
Ni un recuerdo en el alma,

Que cuando te pongan
En las manos el último óbolo,

Al abrir tus manos
Nada te caerá.

¿Qué trono te quieren dar
Que Atropos no te lo quite?

¿Qué laureles que no se marchiten
En los arbitrios de Minos?

¿Qué horas que no te conviertan
De la estatura de la sombra

Que serás cuando te vayas
Por la noche y al final del camino?

Coge las flores pero suéltalas,
Apenas las hayas mirado.

Siéntate al sol. Abdica
Y sé rey de ti mismo.



Fernando Pessoa
(in Odes - Ricardo Reis)



    Como nota final, quiero decir que creo, sinceramente, que ser rey de sí mismo es el mayor reino que uno puede conquistar. No es tarea fácil, en absoluto, porque continuamente te asedian los conflictos y las contradicciones, desde dentro y desde fuera. Pero si uno llega a conseguirlo, si logra llegar a una especie de dominio, de control sobre esas circunstancias fluctuantes de la vida, internas y externas, la vida misma responde y el camino, antes áspero y abrupto, se allana y se suaviza. De manera que se puede respirar mucho mejor, e incluso sonreír ante cada amanecer. 
    La vida va a seguir siendo oscilante, porque ésa es su manera de ser. Pero siendo rey de sí mismo vamos a saber oscilar con ella. Da igual las vueltas que dé. La sombra que encontremos al final del camino no nos va a robar las flores que acariciamos durante nuestro caminar.



Antonio H. Martín
(12 de septiembre, 2016)





domingo, 7 de agosto de 2016

Nevermore... Forever




    Recordó el viejo Daniel, en una noche de agosto con estrellas y una preciosa luna en cuarto creciente, movido por los caprichosos aires de la memoria, aquel relato de Edgar Allan Poe en el que se repetía la palabra —como un grito desesperado— de "Nevermore! Nevermore!"... O sea, el famoso poema de El cuervo, con el que quizá se sintió identificado en otro tiempo.
    Hoy, sin embargo, desde una cierta serenidad, pensó que le hubiese dicho al amigo Poe que se quitara esa niebla de la cabeza y dejase que su corazón volara libremente. Y respecto al cuervo (a no ser que quisiese tenerlo como animal de compañía), le hubiera aconsejado que volviese a abrir la ventana para que se fuera con viento fresco y se llevara su oscura música a otra parte.
    A estas alturas de la vida, rayando los sesenta, ciertas nubes románticas habían quedado ya obsoletas. Habían caducado. Nubes pasajeras de un desvaído color azul, pálido y algo tristón, que, afortunadamente, ya no cubrían su cielo. 
    Así que aceptaba hoy ese oscuro "Nevermore" casi como si fuese una luz, un mágico y alegre rayo de luna entre las sombras. Como si fuera una buena música, de esas que te hacen sonreír y bailar, por fuera y por dentro.
    La verdad es que entre las raras estimaciones de un lobo estepario siempre tendrá mucho más valor un adiós que un hola. Porque un lobo de esa clase y con esa edad, más allá de un paisaje, de un árbol o una estrella, de algún buen libro o alguna buena música, aunque a primera vista pueda parecer lo contrario, ya prefiere no saludar a nadie.
    Porque ha llegado a la conclusión de que cualquier encuentro es ficticio, de que el río pasa sin cesar (cambiante y siempre nuevo), las sombras sólo son sombras, y los destellos sólo brillos fugaces que en seguida se traga la oscuridad. 
    Rica oscuridad, no obstante, metamórfica y brillante, porque en sus múltiples laberintos continúa latiendo la vida, que es lo único que verdaderamente importa.  

    Así que al buen amigo Poe le hubiese aconsejado, con la mejor intención, que intentase cambiar su patético Nevermore por un alegre, sereno y musical Forever... Por eso de que la vida sigue respirando a pesar de los laberintos y las sombras. Por eso de que la música y la magia continúan vivas, a pesar de cualquier muerte. 
    
    
Antonio H. Martín
(7 de agosto, 2016)

sábado, 16 de julio de 2016

La llamada




    La voz del otro lado del teléfono me transmitió secamente la noticia, y para mí fue como si me cayera una piedra sobre el pecho... No una piedra cualquiera, sino una muy grande y pesada, que me dejó como clavado en el suelo, sin saber qué decir ni qué pensar y casi con dificultad para respirar. Era la voz de mi padre, que con un tono frío, distante y extraño me comunicaba la reciente muerte de mi amigo Alberto Linde.
    No es que considerara a mi amigo inmortal. Sabía, lógicamente, que estaba sujeto, como todos, a cualquier eventualidad, al ataque fulminante de una enfermedad inesperada o al malhadado azar de un accidente. Pero..., hacía sólo dos días que habíamos hablado. ¿Cómo era posible que...?
    No obtuve más detalles sobre el triste asunto. Mi padre me dijo que desconocía las circunstancias, pero que había sido avisado por un amigo común del fallecimiento la noche anterior de Alberto. Cuando terminó la llamada, yo estaba como hundido en una nube gris que se iba oscureciendo poco a poco. Miré el reloj, la once y cuarto de la mañana... ¿Sería posible que aún estuviera soñando? Fui al cuarto de aseo, me lavé la cara, me miré fijamente en el espejo y hasta me pellizqué el brazo. No, no soñaba, estaba despierto. ¿Alberto, muerto...?
    Me dirigí a la cocina para prepararme un café, sin saber muy bien qué estaba haciendo. Me sentía como alucinado. Y al beber el primer sorbo, la taza se me resbaló de las manos y cayó con estrépito sobre el suelo. ¿Había recibido una llamada de mi padre diciéndome que mi mejor amigo estaba muerto? Pero... ¡si mi padre murió hace años! ¿Qué especie de pesadilla estaba viviendo?
    Dormido o no, pensé que lo mejor sería llamar a Alberto, para confirmar lo que fuese. Pero su teléfono estaba desconectado. No me alarmé por eso, porque sabía de la poca relación que tiene Alberto con los teléfonos, pero ese silencio me dejó de nuevo inmerso en la perplejidad de esa pesadilla... 


Antonio H. Martín
(16 de julio, 2016)

      

viernes, 8 de julio de 2016

Lugares y deslugares





    «Librerías, bibliotecas y locales donde los jóvenes se reúnen para ensayar música... A esos sitios yo los llamo lugares, frente al 'deslugar'. Son lugares humanos donde habita la memoria, la emoción y donde establecemos una relación de iguales, creativa. Son lugares donde existe un optimismo del sentir y del pensar. Si le quitamos estos sitios a la ciudad, podrían existir urbes de muchos edificios, pero la ciudad es otra cosa. La ciudad nace frente a la fortaleza medieval como lugar de libertad y espacio cívico. Los lugares sin librerías se parecen a lo que Dante describe en los infiernos como los malditos sitios tristes.»


Manuel Rivas

(escritor y poeta gallego - La Coruña, 1957)

(de una entrevista de Lola Gallardo - El Diario Montañés, 18 de junio de 2016)

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    ¿Qué podría yo decir ante estas palabras del señor Rivas? Para mí las librerías siempre fueron los atractivos bosques de palabras, cuyos árboles son, por supuesto, los estimados libros... Lugares encantados, donde la aventura y la fantasía se mezclan con el conocimiento; donde en sus múltiples y casi infinitos tomos de diferentes colores y tamaños uno puede encontrar un camino personal de vida, entre un amplísimo mosaico de muchos caminos distintos... Los libros, esos mágicos objetos, están llenos de voces. Voces que transmiten imágenes e ideas. Voces que ayudan mucho a que la mente se abra a nuevos horizontes. Voces que muestran paisajes, castillos y laberintos, que enseñan vías no halladas antes, ni siquiera imaginadas sino tan sólo quizá intuidas. Voces que nos hablan de otras vidas, de otros sentires y pensamientos, de otras miradas.
    ¿Qué es una ciudad sin librerías, sino un "deslugar", que aunque tenga muchos bares y restaurantes, un gran estadio deportivo y alguna discoteca se queda en una especie de desierto, en el que faltan esas voces necesarias, vitales, que nos muestran otros senderos para la conciencia, otras amplitudes, otras distancias? 
    Los libros son puertas mágicas que nos ayudan a ver dimensiones nuevas, nos ayudan a crecer, a sentir, a pensar y a vivir. Por eso, un lugar sin librerías es, como dice este poeta gallego recordando a Dante, un "maldito sitio triste". 
    Se agradece, en esos deslugares, que haya panaderías, tiendas de ropa, tabernas, restaurantes, pastelerías, estancos, supermercados... Todo ello es necesario. Pero, ¿dónde está el brillo de los libros, esos silenciosos amigos que pueden ocasionalmente llevarnos de la mano para descubrir que la vida puede ser también de otra manera...?  


Antonio H. Martín
(8 de julio, 2016)




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imagen 1: Inside Shakespeare and co- Paris bookshop
imagen 2: Audrey Hepburn, en Funny Face (1957)

sábado, 30 de abril de 2016

Retazos de un diario




    En esta soleada pero fría tarde, la última de este mes de abril, mientras intentaba poner un poco de orden en mi caótica y dispersa biblioteca, he tenido la peregrina idea de abrir uno de mis viejos cuadernos; que estaban allí, entre los libros, perdidos y casi olvidados. Y, tras sacudir el polvo de los años (en los dos sentidos), me he visto claramente en esos viejos espejos. Lo que me ha proporcionado interesantes momentos, a veces con acentos de asombro, en los que incluso he llegado a sonreír... Agradecido a esas letras, que actúan como pequeños puentes que enlazan tiempos lejanos, casi extraños al principio pero que pronto resultan fácilmente reconocibles. Y después, acompañado por los conciertos de Giuseppe Tartini (¡por fin vuelvo a oír música!), entre sus amables violines y violoncellos, se me ha ocurrido transcribir aquí algunos de sus fragmentos.
    Son retazos de las páginas de un diario de hace diez años (signos de otra vida distante), que ahora me sirven para despedir este lluvioso y frío abril y dar la bienvenida al alegre mayo, que presiento portador de sutiles y valiosos regalos.


AHM
(30 de abril, 2016)

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(24 de septiembre, 2006)

    Después de sentarse en su trono, el recién elegido rey habló así a sus súbditos:

    —Ya hemos perdido el aura dorada de la juventud. Y la plata de nuestros sueños hace tiempo que se agotó. Ya no quedan canciones ni bailes junto al fuego, y tampoco dulces melodías a la luz de la luna. Hasta las estrellas parecen haber perdido su brillo de antaño. Así pues, llegó la hora de la verdad. Preparad vuestras armas, porque a partir de mañana vamos a... matarnos.


    Al despertar de una tranquila siesta, me levanto y se me ocurre escribir las anteriores líneas. No de una forma premeditada, sino que, aún medio dormido, las veo ante mis ojos y siento que tengo que escribirlas. ¿Qué significa esto? ¿Qué me está pasando?

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(25 de septiembre)

    Son las cinco y media. Aún quedan casi dos horas de noche. Y me paro a pensar en aquella denuncia que me hacía cuando era joven: la de que no soy serio. Ya entonces, hace unos treinta años, me daba perfecta cuenta de mi problema vital. Sabía que no era serio y que sin seriedad no se llega a ningún sitio. Mis escritos empezaban pero nunca terminaban. Todo lo mío parecía siempre un juego, frágil e inútil. Nunca quise ser escritor, pero sí me gustaba escribir. Sin embargo, no podía pasar de la segunda o tercera página. Mi pensamiento se cansaba en seguida. No tenía la fuerza para continuar.
    Una cosa veo ahora clara: muchas palabras, cien páginas en vez de diez, no me van a servir de nada. No es eso la seriedad.

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    A mí no me circunda la luz, como a Nietzsche, pero no me engaña la sombra.
    Puedo quererla, porque amo la noche, porque amo el sueño. Pero la sombra no me engaña.

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    Una pregunta, ya en el mediodía:
    ¿Por qué no me deja mi conciencia degustar, saborear el no hacer nada?
    No trabajo, estoy todo el día metido en casa, tengo mucho tiempo libre, pero ¡siempre estoy haciendo algo! Todo sin importancia, claro, pero lo hago. Yo me defiendo bebiendo vino y gozando el consiguiente sueño. Pero cuando despierto, la sensación es aún más punzante: he perdido el tiempo durmiendo y no he hecho nada que merezca recordarse. ¿Cómo puede uno librarse de esta tensión?
    Pero ¿qué tengo que hacer? ¿Limpiar la casa, pintar las paredes, lavar la ropa, escribir un libro?... ¿Y si no tuviera que hacer ninguna de esas cosas?
    Quiero estar sentado frente a mi ventana, mirando cómo se mueven las copas de los árboles con esta brisa de otoño. Quiero ver durante horas cómo pasan las nubes y cómo el cielo va cambiando de color... Me encanta hacer todas esas cosas inútiles, que en realidad son un no hacer.
    Tengo que quitarme esta presión de encima, y respirar más hondo y más despacio. Y que cuando surja la acción —si surge—, sea siempre desde la serenidad.
    De la otra manera, uno hace cosas, pero nada que merezca la pena, porque todo está mal hecho. Yo, a mis 49 años, sé perfectamente que no soy "un hombre de provecho", esa chorrada que decían antes las madres y las abuelas. Ni lo soy ni lo seré nunca. Cada uno es como es. Mi vida siempre ha sido caótica y desordenada. Hay como una pequeña corriente interior que fluye discretamente bajo la superficie, como un riachuelo entre cavernas del cual sólo oigo a veces el murmullo, el susurro. Pero todo lo demás, como digo, es caótico y desordenado.
    Lo que quiero es entregarme a ese caos sin resistencia, dejarme llevar. Creo, sinceramente, que desde esta otra actitud podré oír mucho mejor el susurro de ese río.

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(29 de septiembre)

    Dos cositas:
    A veces, o mejor dicho muchas veces, me gustaría poder desconectar mis oídos a voluntad. Sería gozoso evitar así la amalgama de ruidos circundante. Poder disfrutar de un amable silencio en medio de un entorno generalmente estridente y agresivo. Tengo unos tapones para ello, pero son insuficientes. Necesitaría, tal vez, unos cascos especiales, de obrero taladrador, para aislarme del ruido. Lo digo porque cuando estoy leyendo o escribiendo, y pasa por la calle un coche con su equipo de "música" a tope, con ese "bum-bum" que ahora está de moda, se me encoge el estómago y ya no puedo leer o me olvido de lo que quería escribir. 
    (Con los ojos es más fácil. Sólo tienes que mirar hacia arriba en vez de hacia abajo. Pero los oídos lo captan todo, mires donde mires...)
    Y la otra cosa es: ¿podría haber soportado en el año feliz de 1979, cuando vivía en mi casita de solitario, ver una imagen de mí mismo del futuro, la actual del 2006? Seguramente que no. Me habría reído de este payaso de ahora, de este ser débil y maniático, y habría creído que algo así era de todo punto imposible.

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(1 de octubre)

    Leo, por encima, el capítulo de Fernando Savater dedicado a la religión (de su "Diccionario filosófico"), y me encuentro con la actitud racionalista de siempre: que si las leyendas, que si las mentiras, que si todo son inventos para controlar, que si los "milagros" son patrañas para ignorantes...
    Según lo veo, el error de Savater (y de muchos como él) es confundir lo que hay detrás de la religión, o sea, su esencia, su verdad, con las legiones de "religionistas" o sectarios que la malinterpretan. 
    Recuerdo ahora cuando le comenté a mi amigo don Jesús (maestro docente y entendido en filosofías) el caso de alguien que predijo el hundimiento de un puente. Yo, joven entonces, se lo relaté con entusiasmo, y él, maduro y escéptico, en seguida me lo rebatió con detalles racionales...    
    O cuando le conté a mi antiguo amigo Isidro que había estado a punto de hacer un viaje astral, y me dijo que sólo eran imaginaciones, alucinaciones de la mente... ¿Alucinaciones provocadas por agua y tabaco? 
    También se lo comenté, esto último del viaje astral, a otro antiguo amigo, Paco, y me contestó, con su característica gracia de pueblo, que aprovechase la ocasión y me comprara un "opel astra"... Con razón solía yo llamarle, años atrás, "Franciscus Ludibundus"...
    En fin, sin comentarios. Los racionales, buenos o malos, son como ciegos. Por cierto, observo que Savater menciona frecuentemente a Freud, pero nunca a Jung.
    Creo que cada uno piensa como es. Para mí el mundo siempre será mágico. Y eso es algo que no puedo explicar ni a Savater ni a don Jesús ni a Isidro, y mucho menos a Paco. Savater diría que soy un pobre y simple "creyente", y yo tendría que darle la razón. 
    Reconozco que prefiero volar a pensar. ¿Pero no es acaso volar otra forma de pensamiento?

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(2 de octubre)

    ¿Por qué una rueda, cualquier rueda, del vehículo o la máquina que sea, es siempre redonda? Un cenicero, por ejemplo, puede ser de muchas formas: redondo, cuadrado, rectangular, triangular, trapezoidal, poliédrico, etc, etc. Pero una rueda, siempre y en cualquier caso, es redonda.
    ¿Por qué?, repito. Pues porque una rueda sólo puede ser redonda. Sus posibilidades formales se reducen a una. Sus aplicaciones prácticas son múltiples y variadas, casi infinitas, pero siempre y en todos los casos, ya digo, ha de ser redonda. 
    ¿A qué me suena esto? ¿No existe cierto paralelismo con el propio ser humano? Si un ser humano no es redondo, ¿qué es? Y sin embargo, ¿cuántos seres humanos "redondos" hay en el mundo? ¿O éstos no son, no somos, como la rueda sino, más bien, como el cenicero?
    Demasiadas preguntas para las diez de la mañana...

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(13 de octubre)

    Si con respecto a nuestro planeta Tierra somos casi invisibles, en cuanto al Sol o cualquier otra estrella ya no tenemos ni nombre.
    ¿Qué no-nombre tendremos si nos referimos a la galaxia en que viajamos, a la Vía Láctea?
    Del universo, mejor no hablar. Y mucho menos del infinito. Entonces, ¿a qué viene tanta importancia?

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(14 de octubre)

    Cuando miro a las estrellas, a veces siento, como esta noche, que estoy mirando directamente a la cara del misterio.

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    Uno ya es viejo, no cuando le empiezan a salir canas o a perder el pelo, o a fatigarse subiendo escaleras.
    Uno ya es viejo cuando se mira en el espejo y no se reconoce.
    Por mucho que se haga guiños e intente sonreír, el espejo permanece imperturbable. La imagen que tenemos delante, no hay duda, es la de un viejo. 
    Me entran ganas de reír. Y para celebrarlo, me bebo un ardiente vaso de vino.

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(26 de diciembre)

    Cuando el saxo empezó a sonar demasiado lento y dulzón, Martín despertó de su sueño y supo que aquél no era el lugar donde debía estar, que aquél no era su sitio. Cruzó el mar de cuerpos y buscó la puerta de salida. Afuera corría un aire frío, cortante, hiriente, pero lleno de libertad y con olor de estrellas.
    Y la luna, sola y brillante, sonreía...



Antonio H. Martín
(Diario de un obstinado - 2006)




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imagen: A Night to Remember - Albert Dros


      

lunes, 25 de abril de 2016

La biblioteca del Edén




UN SUEÑO


(Hermann Hesse)



    Huésped de un monasterio, en las montañas,
entré en su biblioteca cuando todos
salían a rezar sus oraciones.
En los muros fulgían, al crepúsculo,
mil lomos de vetusto pergamino
con raras inscripciones. Acuciado
por mi sed de saber elegí un tomo
al azar, con fruición, y leí: "El último
paso para la incógnita cuadratura del círculo."
Pensé al punto: "Este libro lo he de llevar conmigo."
Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro,
en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía:
"De cómo Adán comió también fruta de otro árbol."
¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida!
Adán es inmortal, por consiguiente...
—"Mi estancia aquí —me dije— no es inútil."
Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos
ostentaba, lucientes, los colores del iris;
pintado a mano, el título rezaba: "Analogía
del sentido y carácter
de los colores y de los sonidos.
Demuéstrase a quien lea
que cada tono musical es réplica
de un único color, directo o refractado."
¡Oh, cómo destellaban a mis ojos
los cromáticos coros, colmados de promesas!
Me vino una sospecha, confirmada
a cada nuevo tomo que escogía:
¡era la biblioteca del Edén!
Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi entraña
con mi hambre espiritual iba a saciarse,
pues dóndequiera que se detuviese
mi rápida mirada interrogante
un tejuelo me daba respuesta promisoria:
para todo apetito que sintiera
había el fruto allí con qué saciarlo:
aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante,
aquel que satisface las ansias del maestro.
Allí estaba el sentido íntimo y puro
de toda ciencia y toda poesía,
la hechicera virtud que sabe el modo
de inquirir, con sus claves y su léxico,
sutilísima esencia del espíritu
guardada en esotéricos, magistrales volúmenes:
llaves que dan acceso
a toda disposición y todo enigma
y llegan como gracia a quien las pide
en el momento mágico preciso.

    Entonces coloqué con mano trémula
sobre el atril uno de aquellos códices
y descifré la magia de sus signos
como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas
y, felizmente, aciértase. Y muy pronto yo, alado,
traspuse los espacios astrales del espíritu
y me hallé en el Zodíaco, y en este —¡oh, maravilla!—
cuanto a la intuición de los humanos
—hija de una experiencia milenaria—
se abrió en revelación de alegorías
armonizaba ahora con nexos siempre nuevos:
viejos saberes, símbolos y hallazgos,
preguntas trascendentes, nuevas siempre,
recién alzado el vuelo
volvían a acordarse unos con otros,
así que en mi lectura (minutos, tal vez horas)
volví a hacer el camino que hizo la Humanidad
y dentro de mi espíritu cobijé de consuno
el íntimo sentido
de su saber más viejo y más reciente:
vi y leí sus figuras jeroglíficas,
desplegadas a veces, otras apareadas,
otras veces dispersas, luego en orden perfecto,
y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos,
figuras alegóricas de ágil caleidoscopio,
a cada paso ungidas de sentido novísimo.

    Y como atención tanta fatigara a mis ojos
hube de levantarlos para darles descanso;
entonces vi que no me hallaba solo:
en el mismo salón, cara a los libros,
hallábase un anciano —quizá el bibliotecario—
atareado y grave, rodeado de tomos;
¿qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos?,
¿en qué consistía su afanoso trabajo?
Quise saberlo al punto; para mí, ciertamente,
era de entidad suma saberlo; le observé:
Con delicados dedos seniles, requería
un volumen tras otro volumen, y leía
las palabras escritas en los lomos; soplaba
con sus pálidos labios sobre el título —¡un título
lleno de seducciones, garantía infalible
de inagotables horas de exquisita lectura!—,
lo borraba con suaves presiones de su dedo
y, sonriendo, escribía otro título nuevo;
daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, y de idéntico modo
le cambiaba su título por otro diferente.

    Le contemplé, perplejo, largo tiempo,
sin poder comprender qué estaba haciendo;
me volví a mi tratado, del que solo leyera
los primeros renglones, pero ya no encontraba
la procesión de símbolos que antes me llevó al éxtasis;
habíase disuelto, de mi mirada huía
aquel cosmos de signos por el que avancé apenas,
tan rico en precisiones del sentido del mundo;
daba vueltas, nublábase e iba perdiendo fuerzas
y acabó evaporándose sin dejar otro rastro
que los pardos reflejos del huero pergamino.
Sentí en mi hombro una mano, y levanté la vista:
a mi lado encontrábase el solícito anciano.
Me puse en pie. El, sonriendo, cogió mi viejo libro
—un hondo escalofrío recorrió mis entrañas—
y aplicó a su tejuelo la esponja de su dedo;
en el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo
seguido de preguntas y promesas vitales
—novísimos reflejos de antañones problemas—
con pluma cuidadosa de calígrafo experto.
Y luego, silencioso,
partióse con su pluma y con mi libro.


Hermann Hesse



... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...



    Huésped de un monasterio, en las montañas, entré en su biblioteca cuando todos salían a rezar sus oraciones. En los muros fulgían, al crepúsculo, mil lomos de vetusto pergamino con raras inscripciones. Acuciado por mi sed de saber elegí un tomo al azar, con fruición, y leí: "El último paso para la incógnita cuadratura del círculo." En seguida, pensé: "Este libro me lo tengo que llevar." Vi luego otro volumen en cuarto, piel con oro, en cuyo lomo, en letras pequeñas, se leía: "De cómo Adán comió también fruta de otro árbol." ¿De otro árbol? ¿De cuál?: ¡del de la Vida! Adán es inmortal, por consiguiente...
    "Mi estancia aquí —me dije— no es inútil." Hallé, en esto, un infolio que, en lomo, cantos y ángulos ostentaba, brillantes, los colores del iris. Pintado a mano, el título rezaba: "Analogía del sentido y carácter de los colores y de los sonidos. Demuéstrase a quien lea que cada tono musical es réplica de un único color, directo o refractado." ¡Cómo destellaban a mis ojos los cromáticos coros, llenos de promesas! Me vino una sospecha, que se confirmaba a cada nuevo tomo que escogía: ¡era la biblioteca del Edén!
    Toda la sed de ciencia que abrasaba a mi interior, mi hambre espiritual, iba a saciarse, pues donde quiera que se detuviese mi rápida mirada interrogante un rótulo me daba una respuesta promisoria. Para todo apetito que sintiera, había allí el fruto con qué saciarlo: aquel que, temeroso, anhelaba el estudiante, y aquel que satisface las ansias del maestro. Allí estaba el sentido íntimo y puro de toda ciencia y toda poesía, la hechicera virtud que sabe el modo de inquirir, con sus claves y su léxico. La muy sutil esencia del espíritu guardada en esotéricos y magistrales volúmenes. Llaves que dan acceso a toda disposición y todo enigma y llegan como un regalo a quien las pide en el momento mágico preciso.

    Entonces coloqué con mano trémula sobre el atril uno de aquellos códices y descifré la magia de sus signos, como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas y, felizmente, se acierta. Y muy pronto yo, alado, traspuse los espacios astrales del espíritu y me hallé en las estrellas. Y en éstas —¡oh, maravilla!— cuanto atañe a la intuición de los humanos (hija de una experiencia milenaria) se me abrió en revelación de alegorías, armonizando ahora con nexos siempre nuevos. Viejos saberes, símbolos y hallazgos, preguntas trascendentes, nuevas siempre, recién alzado el vuelo volvían a acordarse unos con otros. Así que en mi lectura (minutos, tal vez horas) volví a hacer el camino de la Humanidad, y dentro de mi espíritu cobijé unidos el íntimo sentido de su saber más viejo y el más reciente. Vi y leí sus figuras jeroglíficas, a veces desplegadas, otras apareadas, unas veces dispersas, y luego en perfecto orden. Y aquéllas combinadas después en nuevos símbolos, figuras alegóricas de ágil caleidoscopio, a cada paso ungidas de un nuevo sentido.

    Y como tanta atención fatigaba mis ojos, tuve que levantarlos para darles descanso. Entonces vi que no me hallaba solo... En el mismo salón, frente a los libros, estaba un anciano —quizá el bibliotecario— atareado y grave, rodeado de tomos. ¿Qué objeto, qué sentido tenían sus desvelos? ¿En qué consistía su afanoso trabajo? Quise saberlo al punto. Para mí, ciertamente, era de suma importancia saberlo. Así que le observé... Con delicados dedos seniles, cogía un volumen tras otro, y leía las palabras escritas en los lomos. Soplaba con sus pálidos labios sobre el título (¡un título lleno de seducciones, garantía infalible de inagotables horas de exquisita lectura!), lo borraba con suaves presiones de su dedo y, sonriendo, escribía otro título nuevo. Daba luego unos pasos, cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, y de idéntico modo le cambiaba su título por otro diferente.

    Le contemplé, perplejo, largo tiempo, sin poder comprender qué estaba haciendo. Luego me volví a mi tratado, del que sólo leyera los primeros renglones. Pero ya no encontraba el proceso de símbolos que antes me llevó al éxtasis. Se había disuelto. Huía de mi mirada aquel cosmos de signos por el que avancé apenas, tan rico en precisiones del sentido del mundo. Daba vueltas, se nublaba e iba perdiendo fuerzas y acabó evaporándose sin dejar otro rastro que los pardos reflejos del huero pergamino. Sentí entonces una mano en mi hombro, y levanté la vista... A mi lado se encontraba el solícito anciano. Me puse en pie. Él, sonriendo, cogió mi viejo libro (un hondo escalofrío recorrió mis entrañas) y aplicó a su rótulo la esponja de su dedo. En el cuero, ahora limpio, trazó un título nuevo seguido de preguntas y promesas vitales (novísimos reflejos de antiguos problemas) con pluma cuidadosa de calígrafo experto. Y luego, silencioso, se fue con su pluma y con mi libro.


Hermann Hesse


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traducción: Mariano y Agustín Santiago Luque 
versión prosada: Antonio H. Martín

lunes, 18 de abril de 2016

La sombra de Chopin




    Hace ya algún tiempo que el amigo Alberto no me cuenta sus sueños... Y yo no le pregunto ni quiero indagar al respecto, porque sus razones tendrá. Pero no creo en absoluto que la causa sea que haya dejado de soñar. Me cuesta mucho imaginar al onírico señor Linde sin sus sueños. Pero de lo que sí hablamos hace poco fue de música, que de alguna forma está relacionada con los sueños. Fue por un comentario que le hice sobre los nocturnos de Chopin.
    El tema es que desde hace más de tres años no escucho casi nada de música, por motivos personales que no viene ahora al caso comentar. Pero una tarde, de hace unos meses, cuando iba a echarme una siesta después de comer, se me ocurrió poner un disco, para que me relajara y me ayudase a descansar y quizá entrar en algún leve sueño. Y pensé en Chopin y en sus nocturnos, que de joven disfrutaba con frecuencia. Pero la elección no fue nada correcta, porque a los pocos minutos me tuve que levantar y quitar el disco. Aquella música preciosa y dulce, a ratos lánguida y acariciante, que me deleitaba en la juventud, no sólo me puso algo nervioso sino que empezó a atraparme y a empujarme con una sutil pero fuerte mano de hierro hacia un estado de depresión.
    ¿Cómo era eso posible? ¿Tanto había cambiado con los años mi forma de leer sus notas, mi modo de sentirlas? ¿Había quizá menguado mi nivel de sensibilidad?

    Recuerdo que cuando entonces, con unos diecisiete años, relacionaba los nocturnos de Chopin con Lovecraft... Nada que ver un artista con otro, por supuesto, pero coincidió que cuando descubrí su música en la radio (grabándomela en una cassette que luego escuchaba muchas noches) estaba al mismo tiempo dedicado a varias lecturas del maestro de Providence. No eran los horrores de los relatos de Lovecraft lo que relacionaba con los nocturnos, evidentemente, sino ciertos pasajes en historias de su época dunsaniana en los que se entregaba a descripciones paisajísticas, que a mí me parecían poéticas, y hablaban de los viejos tejados coloniales de su amada Providence. La visión desde una colina al atardecer de esos tejados inclinados y como encantados, con ese fondo de nubes encendidas, y más tarde con Aldebarán despuntando en el horizonte le provocaban una intensa emoción, según contaba, y yo me quedé prendado de esa visión, emocionándome también.
    ¿Pero qué relación podía tener esto con la música de Chopin? Seguramente porque eran sus nocturnos lo que escuchaba mientras leía esos pasajes. Y en mi mente se estableció una singular y extraña conexión entre una cosa y otra. Así de simple.

    Pero hoy hace ya muchos años que no leo a Lovecraft, y dudo que pudiera volver a hacerlo, más allá de esos pasajes que mencionaba. Y lo mismo me ocurría con Chopin, hasta que llegó esa tarde en que tuve la idea de poner el disco de sus nocturnos. Y la verdad es que fue lamentable notar cómo me ganaba la tristeza con una música que antes amaba y que en ese momento sentí como una sombra fría que empezaba a hundirme. Casi como si me viese inmerso en uno de los opresivos ambientes de las novelas de Lovecraft... 

    El amigo Linde dijo que entendía mi negativa reacción, que le parecía natural, pero que el subjetivo vínculo entre Chopin y Lovecraft no explicaba nada. Porque ese vínculo se había establecido en relación a ciertos pasajes estéticos de Lovecraft que, en definitiva, muy poco tenían que ver con el tono general de su obra, dedicada exclusivamente al miedo más intenso, a lo que él llamaba "terror cósmico".
    Y después me comentó que recordaba haber leído un artículo de juventud de Hermann Hesse en donde el lobo estepario avisaba de lo "peligroso" de ciertas obras de Chopin, sobre todo de algunos de sus nocturnos. Se decía allí algo como que no debía uno entregarse demasiado a esas obras, a pesar de su evidente belleza, porque eso conllevaba un riesgo que podía incluso derivar en pensamientos de suicidio. Sobre todo si quien las escucha es un joven hipersensible, que anda todavía por el mundo con el corazón demasiado al descubierto.
    Al momento me pareció comprender de qué se trataba... Demasiada delicadeza, una sombra melancólica que se te iba clavando poco a poco en el pecho y un sutil pero venenoso acento como de desesperación. 
    Alberto estuvo de acuerdo, y añadió que él lo que veía en los nocturnos de Chopin era una música exquisita, pero tocada casi siempre por la sombra de la tristeza. Aunque en ocasiones se presenta en ellos de repente un torrente de rebeldía, la tónica general suele ser de tristeza y de resignación, como si el compositor estuviese recordando amadas cosas perdidas o anhelando utópicos paisajes imposibles.
     El pobre amigo Chopin no hizo más que expresarse a sí mismo, derramar en las partituras de sus nocturnos sus más íntimos sentimientos. Con indudable belleza y maestría, sí, incluso genialidad. Pero también con esa al parecer ineludible sombra de tristeza. Murió antes de cumplir los cuarenta (se cree que de tuberculosis, enfermedad que entonces era considerada como "romántica"...) y nos dejó la apasionada, dulce y noble huella de su música, de sus sueños, sus alegrías y su dolor.
    Quizá sus poéticos nocturnos (me comentó asimismo Alberto, poniéndose un poco romántico), sean un emotivo homenaje a lo pasajero, a la fragilidad de una existencia inevitablemente transitoria. Sensibles baladas dedicadas a esas alegres flores que encontramos en el camino, esas sonrisas de colores... Y también a esos pequeños pero brillantes rincones de magia, a esos puntos de luz que a veces nos sorprenden en medio de la oscura niebla de la noche, y que sabemos que en breve, al igual que las flores, se desharán entre las implacables manos de un tiempo que nunca regresa.

    Después de escuchar sus palabras, se me ocurrió que quizá sería una buena idea el poner de nuevo en la caja de música ese disco de nocturnos. Como para ilustrar con las notas del piano lo que habíamos estado hablando y homenajear así un poco al amigo Chopin, contra el que nada teníamos... Pero sonriendo me dijo que mejor que no, que cada música tenía su tiempo. Y que no tenía nada de triste esa noche, ni tenía por qué tenerlo. De modo que no se puso disco alguno y salimos con nuestras copas medio llenas al fresco aire de la terraza. Para escuchar, durante un buen rato, la música del silencio.

       
Antonio H. Martín
(18 de abril, 2016)