Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







lunes, 23 de marzo de 2015

El bucle


´

    «Una vez más es de noche, una hermosa noche de otoño, solitaria y callada. Y una vez más estoy aquí sentado, en el pequeño cuarto de estudio, con la ventana abierta, en compañía de los libros, mis viejos amigos; con los cigarrillos, que enciendo a cada momento, uno tras otro; con un poco de coñac, lo último que quedaba en la botella; y con la caja de música, que ahora me ofrece una sentida melodía al piano de Mark Isham, un bello nocturno.
    »Aquí estoy, una vez más, pensando en mi vida, en esta vida mía tan pobre, tan confusa, tan extraña. Cada día que pasa se convierte en un nuevo reproche, en una sombra más, en otro eslabón de esta cadena que me ata y me domina. Cada día encuentro más difícil la lucha, más imposible salir de este largo túnel, de este pozo sin fondo, y me parece más increíble el mañana.
    »¿Qué encontraré al final? ¿Será como dice Hesse, que todo sufrimiento tiene un límite y que a partir de ese límite o desaparece o se transforma, que asume el color de la vida? ¿Llegaré yo a ese límite? ¿Podré aguantar hasta el final?
    »Estoy cansado. Cansado de lo que me rodea, cansado de mí mismo, de mi dolor, de mi hastío, de mi debilidad, de mi propio cansancio. Durante mucho, mucho tiempo he arrastrado mis alas por el suelo, y ya no soy capaz de volar, he olvidado cómo hacerlo, qué secreto mecanismo hay que poner en marcha para que las alas se muevan con fuerza suficiente para poder elevarse por encima de toda esta miseria. 
    »¿Qué hallaré al final de este camino, de este túnel largo y oscuro, de este confuso laberinto en el que me pierdo día tras día?
    »Aquí estoy yo, un extraño caminante en la noche, buscando el sol entre las sombras, siempre esperando que llegue la mañana de un día nuevo, mil veces soñado y deseado, y mientras tanto encerrado en mi propia pesadilla, en mi propia locura, en mi propia noche, de la que sólo yo tengo la llave...»


A. H. Martín
(Diario de un obstinado - 11 de octubre, 1987)

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    Nada menos que veintiocho años han pasado desde que escribí las anteriores líneas. Se podría decir que casi toda una vida... Y por eso me asombra, asomado como estoy esta noche fría y lluviosa al vértigo del tiempo, que algunos matices puedan repetirse, más o menos de una forma idéntica, al cabo de los años. 
    Las circunstancias han cambiado mucho en todo ese tiempo. Casi hasta el punto de hacer irreconocible lo que fue. Pero parece que hay una esencia de fondo que puede resurgir en determinados momentos; como si un eco del pasado tuviera aún cierta vigencia en este presente... Quizá porque uno no ha cambiado tanto, y ante algunas historias la reacción sigue siendo más o menos la misma. Y la sensación que se tiene entonces es como si uno estuviese atrapado en una especie de bucle...
    Recordaba yo aquella lejana noche lo que decía el maestro y amigo Hermann Hesse, eso de que «todo sufrimiento tiene un límite y a partir de ese límite o desaparece o se transforma, asume el color de la vida»... Lo cual, de ser cierto, supone que uno no ha llegado aún a ese límite. Que todavía no se ha asumido ese sufrimiento y que, por tanto, continua habiendo una resistencia, una lucha interior, un no querer aceptar lo inevitable. Y eso, lógicamente, se expresa como una persistencia del sufrimiento. Un sufrimiento que ni ha desaparecido ni se ha transformado, sino que tan sólo ha permanecido oculto, esperando agazapado a que cualquier revés de la vida lo volviese a dejar libre, para seguir mordiendo la delicada piel de las horas.
    Nada que ver, como digo, las circunstancias de entonces con las de ahora. Hoy mi vida es tan diferente que hasta me cuesta recordar aquel tiempo. Pero parece que lo circunstancial tiene poco que ver con el fondo del ser, y ante la adversidad uno reacciona de forma muy similar a como lo hizo en otra época. Porque uno, aparte de los cambios, de llevar una vida distinta, de habitar otra casa, muy lejos de la anterior, de vestir otros trajes e incluso mirar de otra manera al mundo, sigue siendo, en esencia, exactamente el mismo que fue.  

    Quizá esto se deba simplemente a una noche un tanto turbulenta, con su dosis de amargura, una noche cuya sombra está algo más afilada de lo normal... Y tal vez mañana mismo haya desaparecido esta oscura bruma. No lo puedo saber con certeza. Pero de lo que sí estoy seguro es de lo que decía al final de ese escrito: que la llave que abre la puerta de salida está, hoy igual que entonces, en mi poder. El bucle del que hablaba antes no es más que una niebla momentánea, una ráfaga de sombra que nos engaña la mirada, aprovechando algún ligero y torpe decaimiento de la atención.
    Y lo que hace desaparecer al sufrimiento, o lo que lo lleva al límite convirtiéndolo luego en vida (es decir, en algo que ya no tiene nada que ver con sufrir), no es, fundamentalmente, un cambio en lo exterior, una modificación de lo circunstancial, sino un cambio interno. Algo que parece magia y que consiste en lograr poner una enigmática sonrisa en medio del océano de sombras, una pequeña llama entre el hielo. En saber alzar la propia voz en el opresivo pozo del silencio, hasta llegar a rozar las estrellas de afuera...
    Sí, sin duda eso es magia. Y estoy convencido de que en un mapa secreto de nuestra mente está bien marcado el lugar de la fuente que se esconde en cualquier desierto. Sólo hay que coger el pincel y pintar la frescura del agua sobre la arena. En el fondo, sepámoslo o no, todos somos magos. 


Antonio H. Martín
(23 de marzo, 2015)


        

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imagen: Theodor Kittelsen (1857-1914)
música: On the Threshold of Liberty
álbum: Vapor Drawings (1983) 
autor: Mark Isham
          

miércoles, 4 de marzo de 2015

Ceniza de espuma...



(Dedicado a la amiga Rafaela, en el infinito...)


Fue un día


    Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin que yo te lo pidiese, en mi corazón, como un desconocido cualquiera, rey mío; y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. 
    Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días olvidados.
    Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son los mismos que resuenan ahora de estrella en estrella.


Rabindranath Tagore
(Gitánjali - Ofrenda lírica)*


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    El poeta Tagore murió en 1941, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas arrojadas al Ganges, según la costumbre hindú. Y ocho años después, otro poeta, Juan Ramón Jiménez, escribía lo siguiente:
     
    Estando yo un día en la playa que yo sé, cogí con mi mano la espuma de una ola que me gustó, como una fresca ceniza de nácar, que se quedó en mi palma.
    Sin saber por qué, una idea se me hizo en un instante palabra, palabra segura y natural; y yo dije alto: «Es ceniza de Tagore».
    ¿Por qué lo dije yo? Tú lo viste. Y me viste en la palma de mi mano aquella ceniza de espuma que no se me iba, que centelleaba como si estuviera viva.
    El Ganges se llevó hacia el mar total la preciosa vida de Tagore, ya en cenizas de la quema de su cuerpo. Y el poeta se unió en ceniza al mundo por medio del mar. (...)

    No soy lector de Tagore, más allá de algún que otro poema, pero quiero dedicar estas letras suyas al recuerdo de una querida amiga, Rafaela Marcos Gómez, buena maestra de escuela y buena lectora, mujer inteligente, luchadora y llena de alegría a la que conocí en mi juventud y con la que mantuve durante años muy interesantes conversaciones, sobre literatura, filosofía y religión, en largos paseos por la ciudad o por el campo; o sentados ante una taza de té en el salón de su pequeña y acogedora casa de Madrid (en donde solía estar también la que era entonces mi compañera, que había sido alumna suya cuando niña). Largas y amenas tertulias que entre risas, bromas y veras, nos dejaban siempre un buen sabor a amistad y a vida que nunca podré olvidar.
    Nos conocimos, curiosamente, por leer a Hermann Hesse, como me ha ocurrido con otros buenos encuentros a lo largo y ancho de esta vida... Se enteró por un maestro compañero del mismo colegio, don Jesús Gómez Pinto, filósofo, político y escritor (de cuya casa era yo asiduo), de mi preferencia por los libros de ese autor romántico y estepario, que a ella le gustaban mucho, y después de oírme hablar en las reuniones empezó a verme como una especie de joven Siddharta... Lo cual no deja de ser muy exagerado, pero que entiendo, dada mi presencia en aquellos tiempos, con menos de veinte años, pelo negro largo, sin casi afeitar y con un brillo aventurero e inquisitivo en la mirada, como si fuera un samana del bosque... Pero, bueno, eso no viene ahora al caso. 
    Rafaela sí que era muy aficionada a poesías, filosofías y misticismos orientales, y le gustaba mucho Tagore. Solía ver, en mis visitas a su casa de Madrid, un pequeño retrato de Tagore en un lugar principal de su vitrina, junto a otras imágenes de Jesús y de Buda, y algunos otros místicos o profetas cuyo nombre no recuerdo. Por eso le dedico estas letras. No porque sea hoy una fecha señalada. No recuerdo ahora exactamente cuando murió, sólo que fue ya hace algunos años. No sé si su cuerpo fue incinerado o enterrado. Y no he ido a ninguna playa a coger con la mano la espuma de ninguna ola... Pero he encontrado esta noche, entre mi revuelta biblioteca, un librito dedicado a Rabindranath Tagore y eso me ha traído su recuerdo. Leyéndolo por encima, se me ha presentado la cálida imagen de la amiga Rafaela, su voz risueña, su chispeante mirada... Y, sinceramente, la he echado de menos.
    Es por eso que, dentro de la esfera del infinito, en el círculo de lo que escapa a los límites del espacio y el tiempo, le dedico estas letras. Esté donde esté ahora su conciencia, su risa, su mirada, me encantaría que le llegase algo, aunque fuese sólo una mínima parte, del cariño con que las escribo. Porque sé, de buena tinta, que a Rafaela le hubiese gustado mucho este humilde, nocturno y estepario cuaderno, que no llegó a conocer. Y porque seguro que le gustaría también mucho saber que aún la recuerdo. Imposible para mí el no hacerlo.       

    En el poema de Tagore, donde dice «rey mío», yo hubiese escrito... «magia». Porque es sin duda la magia la que ha puesto su sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida. Cualquier otra cosa, fuera de esto, la siento como secundaria, e incluso terciaria o cuaternaria. Sin magia, sin sus mensajeros sueños, fulgentes o sombríos, el mundo y la misma vida me sabrían a nada.    


Antonio H. Martín
(4 de marzo, 2015)    






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(*) versión de Zenobia Camprubí
imagen 1: Atardecer en la playa (de B.i.g.)
imagen 2: Rabindranath Tagore (1861-1941)
imagen 3: Albert Einstein y Rabindranath Tagore