Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







viernes, 13 de febrero de 2015

Demonios en la ventana




    Hace unas semanas volví a encontrarme con el amigo Alberto Linde, quien aprovechando uno de sus viajes, cuya ruta pasaba cerca de aquí, vino a hacerme una inesperada visita, que resultó ser, como siempre, grata y aportante, enriquecedora. Uno de esos encuentros que se agradecen y de los que se guarda un buen recuerdo durante mucho tiempo. Después de comer en un tranquilo y acogedor restaurante, con vistas a la montaña, pasamos toda la tarde en casa, ante un buen fuego, a salvo del frío temporal Hermann, que azotaba entonces la pequeña ciudad y que después de unos días relativamente suaves, en los que se gozaba de mañanas soleadas, había traído de golpe el crudo espíritu del invierno, con un viento helado y lluvias casi constantes. De modo que no resultaba nada atractivo hacer lo de otras veces, que era dar largos paseos por la ciudad y más allá de ésta, por los prados y los montes cercanos, o siguiendo la sinuosa orilla del río.
    Como era de esperar, una vez acomodados en la templada biblioteca, nuestra conversación se centró en el tema de los sueños. Muchas otras materias suelen entrar en juego en nuestros encuentros, pero la de los sueños es sin duda la más frecuente y a la que dedicamos más tiempo. Sobre todo porque Linde siente por ella una especial predilección, y porque también yo he tenido siempre un gran interés por todo lo referente a esas travesías del inconsciente, en ocasiones alucinantes y henchidas de misterio. En principio tratamos sobre sus propios viajes oníricos, muchas veces fabulosos, como de cuento de hadas, con su punto mágico y enigmático, y siempre atractivos, con paisajes de una estética memorable, casi edénica, que es lo que le indujo hace tiempo a definir a esa esfera como «el país del sueño».  Pero luego le sugerí que pasáramos a hablar también de mis últimos sueños. Los cuales, por su extraña naturaleza, me preocupaban un poco.
    En ocasiones el inconsciente emplea un raro lenguaje, difícil de interpretar. Al menos así resulta para quienes no son expertos onirólogos o psicoanalistas, como es mi caso. Y el amigo Alberto tampoco es un traductor de sueños, sino sólo un avezado soñador. Suele comprender y valorar muy bien sus personales viajes al país del sueño, pero cada inconsciente individual (aparte de la posible presencia de elementos arquetípicos) posee un lenguaje particular, y hay que conocer las circunstancias espaciales, temporales y psíquicas que le son propias, para llegar a descifrar lo que un sueño en concreto quiere expresar. Pero, no obstante, necesitaba contarle algo de esos sueños para conocer su opinión al respecto; describirle el tono y algunos de los detalles de unos sueños que, aun sin llegar al nivel de las pesadillas, sí adolecían de una extraña tensión que los hacía especialmente inquietantes.   
    Uno de esos sueños, quizá el más extraño, era éste: 

    Al entrar en mi dormitorio, que estaba en el piso superior de la casa, descubrí con estupor que había allí dos demonios, apostados en el alféizar de las ventanas. Y, aunque al principio se les veía de espaldas, estaba claro que querían entrar... Uno de ellos, el más viejo, con una apariencia entre primate y gárgola y un pelaje de color castaño oscuro, pero con un brillo de inteligencia casi humana en la mirada, me observaba fijamente de reojo. Sin moverse, sin decir nada ni emitir sonido alguno, pero clavando en mí una mirada amenazante, opresiva, que en algún momento llegó a parecerme incluso como acusadora... Y en cierto instante del sueño, mientras yo me acercaba hacia la ventana con el deseo de cerrarla, este demonio introdujo uno de sus nervudos brazos en el cuarto, posándolo sobre mi cama... Le demostré entonces que, a pesar de mi delgadez, aún conservaba algo de fuerza y agarrando, no sin aversión, su brazo izquierdo estirado, tenso, duro y frío, que pesaba como plomo, conseguí sacarlo fuera. Y cerrar la ventana.
    El otro demonio, con una apariencia mucho más cerca de lo animal, no llegó a meter ninguna parte de su cuerpo en el cuarto. Era claramente más joven, y tenía una mirada algo enloquecida. Su labio inferior presentaba una forma como de pico de pelícano, pero exageradamente alargado y puntiagudo. Éste llegó a mirarme de frente, con sus pequeños ojos negros desorbitados, y en su ida mirada se leía la misma intención del otro demonio: la de entrar en mi cuarto. 
    Por fortuna, también conseguí cerrar esta otra ventana, y con ello terminó el sueño. Al menos hasta donde puedo recordar. Pero la escena, descrita aquí tan brevemente, duró en el sueño unos largos minutos que me parecieron interminables, aparte de un tanto angustiosos. No entendía qué hacían allí esos demonios y menos aún por qué querían entrar en mi casa. Y mis movimientos estaban además como frenados por una fuerza invisible. Como ocurre en algunas desesperantes pesadillas, eran excesivamente lentos, como si el aire fuera espeso, de una rara densidad acuosa y turbia, o como si la propia voluntad se enfrentase, como digo, a barreras invisibles, internas, pero reales y efectivas. Tardé mucho, demasiado, en cerrar esas ventanas... Quizá por un bloqueo motivado por el asombro y el miedo. La sensación que más recuerdo es esa de no comprender la situación, de no entender el objeto de la visita de esas presencias en ese concreto y preciso lugar, tan íntimo y personal. Pero al mismo tiempo tenía muy claro que esos seres representaban una ominosa amenaza y no podía permitir, de ninguna manera, que entraran en mi casa.
     
    Debo aclarar que nunca antes había soñado con demonios. Sí, algunas veces, con monstruos de diferentes formas, colores y tamaños, con animales raros y con curiosas figuras de aspecto más o menos alienígena, pero nunca expresamente con demonios. Consultamos, Alberto y yo, varios diccionarios oníricos y todos coincidían en que soñar con diablos tiene relación con el desorden y la perversión. Se habla en ellos de un signo positivo de consecución y de éxito, pero alertando asimismo sobre los peligros que puede entrañar ese éxito, en el sentido de que puede «encadenarnos» de alguna forma. En definitiva, vienen a decir que soñar con demonios tiene que ver con épocas de «gran desorientación, de temores y poca racionalidad». En uno de esos libros se lee lo siguiente: «Soñar con seres infernales generalmente se interpreta como estar frente a terrores irracionales o sentimientos de culpabilidad que nos roen internamente. Es como si el sueño fuera el reflejo distorsionado de nuestra conciencia, con sus temores reales o imaginarios.»
    Ni entonces ni ahora logro entender con claridad qué sentido tuvo ese sueño. ¿Terrores irracionales? ¿Sentimientos de culpabilidad? ¿Desorientación...? No acierto a relacionarlo con mi existencia personal, ni siquiera vagamente. Pero lo que es innegable es que soñé con esos demonios, y que tenían la nítida intención de invadir mi casa, que en el mundo de los sueños suele representar nuestra vida interior o la propia conciencia. Lógicamente, aun sin entender su significado, el estado de ánimo que me dejó ese sueño enigmático y temeroso fue de confusión y de angustia.
    
    Después de conversar un rato sobre el tema, sin llegar a una interpretación plausible, Alberto guardó silencio y al cabo de unos minutos me dijo que tenía que exorcizar esos demonios. Porque seguramente se trataba de figuras psíquicas que estaban amenazando mi integridad. Quizá procedentes de mi propio inconsciente y cuya presencia, en ese caso, venía a alertarme de algún peligro o a avisarme de que algo importante no funcionaba correctamente. O que tal vez (aunque esto fuera más raro y forme parte de la particular concepción, con cierto olor a fantasía, de mi amigo; la cual, por supuesto, respeto) fuesen entidades de alguna ajena y extraña galería del mundo del sueño que deseaban invadir mi espacio y «vampirizarlo», aprovechando alguna pequeña grieta de debilidad, algún resquicio caótico dentro del orden de mi consciencia. 
    Vació su pipa en el cenicero, en silencio y con gesto serio, como quien inicia una especie de rito, y a continuación sacó una bolsita de cuero que guardaba en la chaqueta, de la que extrajo unos polvos extraños de color ligeramente verdoso, que no pude identificar. Le pregunté si era algún opiáceo, pero negó con la cabeza y se abstuvo de decirme de qué se trataba. Mezcló esos polvos con algo de tabaco, encendió la pipa y me invitó a que la fumara despacio, indicándome la conveniencia de que cerrara los ojos y me dejase llevar...

    No me atrevo a calificar la experiencia alucinógena que tuve con esos polvos como «indescriptible». Pero indudablemente soy incapaz de describirla fielmente y con la suficiente claridad. Lo que sucedió en esos momentos sobrepasa mi entendimiento y mi capacidad de descripción. Ya sea que ocurriese en el interior de los laberintos de mi mente, o en alguna otra desconocida dimensión del país del sueño, o de cualquier otro, fue sin duda toda una experiencia... A la que tildo como «alucinógena» simplemente por asirme a una interpretación cómoda y tranquilizadora, pero sobre cuya auténtica naturaleza y esencia no tengo ninguna certeza racional. 
    El amigo Alberto no quiso ayudarme en esto. Se limitó a observar que era algo muy personal, y que sólo yo mismo podía comprender (aunque fuera en un nivel muy interior) lo que «allí» había ocurrido. Solamente para mí tenía un valor y un sentido.    
    Sólo puedo decir que, de una forma para mí ininteligible, volví a encontrarme en ese cuarto de mi sueño, y también con esos mismos demonios... Que hubo algo así como un tenso enfrentamiento, una especie de lucha psíquica, de la que, al parecer, salí vencedor. Porque lo último que recuerdo es que aquellos seres desaparecieron, esfumándose en la niebla y volviendo, supongo, a su infierno, que quizá sea el mío propio... Pero, en todo caso, demonios, miedos, angustias e infierno regresaron a su lugar subterráneo, lejos de la consciencia. Dejando que a través de mis ventanas, ya libres de ominosas y oscuras presencias, pudiese contemplar de nuevo un panorama límpido y brillante, profundo y sereno. El conocido y estimado panorama de luna, planetas y estrellas. Que, como escribí aquí hace poco, me sobrecoge y me fascina, por regalarnos una tenue visión, estremecedora y bellísima, del incógnito mapa del infinito.
    Como dije antes, no alcanzo a entender el significado del sueño ni qué oculta relación guarda con mi vida. Pero considero que el inconsciente nunca configura sus escenarios de forma gratuita. Y esos extraños polvos que me proporcionó el amigo Linde solucionaron el problema, fuera éste el que fuese. De modo que le estoy muy agradecido. Algo en mi interior estaba envuelto en el caos, y el humo de aquella pipa me ayudó a poner mi universo en orden. Prefiero, evidentemente, ver esa ventana nocturna que mira al infinito, junto con las otras pequeñas alegrías que abundan en la vida cotidiana, sin la sombra amenazadora de ningún demonio. Y espero que esos, u otros seres similares, no vuelvan a aparecer nunca más en mis sueños.
    Aquella noche, Alberto y yo fuimos a cenar al mismo restaurante de antes. Y aunque el cielo cubierto no nos dejó ver las estrellas ni la luna, a través del ventanal se podía adivinar, entre los remolinos del viento y la lluvia, que la magia y la belleza, aun invisibles, seguían estando presentes. Unas horas después, nos esperaba a ambos un nuevo viaje al país del sueño, que cada uno recorrería según su propia y singular manera de hacerlo, resucitando paisajes y mitos, o sombras y fantasmas personales. Porque el sueño, aparte de ser a veces un mágico puente hacia otras dimensiones (como defiende mi amigo), es sobre todo un eco del magma que nos fluye por dentro.   


Antonio H. Martín
(13 de febrero, 2015)



4 comentarios:

  1. tal vez para interpretar tu sueño, para encontrar el sentido que no encuentras, deberías analizar más el hecho de cerrar la ventana, que los demonios, a veces cuando un sueño nos angustia, nos centramos más en lo que nos provoca esa angustia, como en este caso los demonios, y dejamos escapar detalles que sí que podrían darle otro significado al sueño, si lo tiene
    yo no soy ninguna experta, pero leí varias cosas sobre los sueños porque me gusta ese tema y a veces lo más significativo del sueño, es, como creo que pasa en tu sueño, lo de lograr cerrar la ventana
    bueno, de todas formas, encuentres un significado o no, te deseo sueños más agradables
    miles de abrazos, Antonio

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    1. Gracias por tu comentario, Marga.

      He consultado el Diccionario de los sueños, de Amparo Castro (1999), y he encontrado lo siguiente:

      «Si la casa representa nuestro interior, la ventana es lo que nos comunica con el mundo exterior. A través de ella vemos los caminos que debemos emprender en la consecución de nuestros objetivos. Una ventana cerrada indica, por tanto, que estamos poco receptivos a los estímulos externos, a los que no hacemos caso, por lo que nos encontramos en un momento de inmovilidad, de paralización, que puede llegar a provocarnos sensaciones de aislamiento...»

      Es lógico pensar que una ventana cerrada viene a significar aislamiento, un estar separado del exterior. Pero esto puede ser voluntario, si lo que queremos es no tener contacto con lo que vemos afuera. Hay momentos en que uno desea vivir como en una isla, momentos en los que no queremos salir al exterior ni que éste invada nuestro espacio, porque ese exterior en concreto nos perturba, nos amenaza o, simplemente, no nos gusta.
      Suelo tener las ventanas siempre abiertas. Lo menciono incluso en el poemita que encabeza este cuaderno. Y así estaban, efectivamente, en el caso de ese sueño. Lo de querer cerrarlas obedece a una respuesta lógica ante lo que se me presenta como un peligro. Evidentemente, no quiero que esos demonios entren en mi casa. Por eso no veo nada extraño en el hecho de querer cerrarlas, ni un sentido oculto en ello. Pero... sí me llama la atención un detalle de ese hecho, y es que me cueste tanto esfuerzo hacerlo... No tengo duda alguna sobre mi intención de cerrarlas, porque veo a esos demonios como enemigos, que vienen a hacerme daño. Pero me cuesta mucho conseguirlo, porque esos seres oscuros tienen mucho que ver conmigo mismo...
      Observo asimismo el detalle de que los demonios no están dentro de la casa, pero sí en ella. Porque las ventanas forman parte de la casa. Son sus ojos, su mirada. De manera que si la casa es mi interior, esos demonios están apostados en la fachada de ese interior, en la parte externa de una pared de mi casa. Es decir, que son (al menos en esos momentos) un elemento más de mi consciencia.
      Lo que ocurre es que resultan ser elementos aparentemente extraños, porque proceden directa e inesperadamente del inconsciente. Sin pasar por un reconocimiento anterior. Vienen sin previo aviso... Y adoptan la apariencia de demonios, seguramente porque representan factores de mí mismo que no quiero aceptar, factores que veo como negativos. Uno tiene una mirada torva y algo siniestra, y el otro una mirada como de loco. Y presiento que tanto uno como otro son partes recónditas de mí mismo que me miran desde la lejanía del inconsciente. Una lejanía que amenaza en ese sueño con convertirse en consciente y formar parte de mi conciencia habitual. Asunto éste que intento y al final consigo evitar cerrando las ventanas.
      Me cuesta mucho cerrar las ventanas, porque de algún modo estoy luchando en esa acción contra mí mismo. Intentando poner orden en un cierto caos interno. Me impresionó la mirada del primer demonio, el viejo. No es que me reconociera en ella, pero había algo en esa mirada que me decía que ese demonio me conocía muy bien...

      Afortunadamente, el amigo Linde me ayudó con sus artes a superar ese trance y se pudo, si no solucionar, sí pacificar el problema, y los demonios se fueron, volvieron a las nieblas de lo inconsciente. Como decía en el relato, espero no soñar más con seres como esos y que todo siga en calma. Pero está claro que hay que atender a los mensajes del inconsciente, porque siempre vienen a decirnos algo importante.

      Un abrazo, Marga.

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  2. Eso, más que un sueño, es una pesadilla...

    Vivo bastante al margen de los sueños y con la edad se agudiza este distanciamiento. A decir verdad, muchos de mis sueños tienen bastante que ver con las vivencias cotidianas. Mis sueños dorados se remontan a la infancia...

    Siento ser un "soso" en esta materia...

    Un abrazo

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    1. Hola, Luis Antonio.

      No llegó a ser pesadilla, pero casi. Digamos que fue un sueño «difícil»... Aunque considero que con final feliz, dentro de lo que cabe.
      Vivir al margen de los sueños, amigo, no me parece correcto. El inconsciente siempre se esfuerza en darnos sustanciosos mensajes que tienen mucho que ver con nuestra vida. Aunque se trate de sueños envueltos en la cotidianidad. No te distancies de tus sueños sólo porque no tengan ese esplendor de la infancia. Todos los lenguajes son válidos, si consiguen expresar y comunicar. Y en lo cotidiano, más allá de paisajes dorados y felices, se cuela igualmente la magia de la vida.
      Así que estimo que deberías atender a esos «sosos» sueños, porque seguro que en ellos se encuentran detalles que quieren decirte algo importante, que sin duda te interesa.

      Un abrazo, profesor. Gracias por leer este cuaderno de viajes interiores, sueños y pensamientos.

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