Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sobre la ironía




Sobre la ironía

(sub specie aeternitatis)


«... Y en caso de que el lobo estepario, a quien no faltan facultades y disposición para ello, lograra en el laberinto de su infierno acabar de cocer y de transpirar esta bebida mágica, entonces estaría salvado.»

Hermann Hesse
(Tractac del lobo estepario)



    Empecé a conocer la obra de Hermann Hesse allá por el año 1974. Era aún muy joven y para mí fue todo un descubrimiento. Mis lecturas apuntaban en aquella lejana época hacia ciertas materias un tanto especiales. Me atraían temas como la parapsicología (antigua metapsíquica), porque me parecía ver en los fenómenos paranormales un atisbo de otras posibles realidades, más seductivas que la realidad comunmente aceptada. Y me interesaba también, por supuesto, todo lo atinente a la investigación de los enigmas del universo, tanto en el campo de la astrofísica como en el de la arqueología, o en cualquier otro. Pero confieso que mis inclinaciones se deslizaban más bien hacia terrenos que estaban fuera de lo normal, hacia el supuesto lado oculto de las cosas. Era, ya entonces, un amante del misterio, de lo esotérico, de lo numinoso. Prefería perderme en utopías y mitologías de todo tipo antes que en rigurosos estudios científicos. Quizá por una innata predilección hacia lo fantástico, que huía de la asepsia y la rigidez de la ciencia tradicional. No es que me atrajera lo oscuro o lo sucio. Me atraía lo diferente, aquello que parecía darte alas y ofrecer la posibilidad de otros vuelos de la conciencia, más allá de la normalidad. En definitiva, por no sé qué antigua tendencia interna, lo que más me seducía era intentar traspasar la gruesa y tupida cortina de Maya y descorrer el velo de Isis. En aquellos años juveniles ya era un enamorado de la magia.   
    Recuerdo que devoraba revistas especializadas como Karma-7 o Mundo Desconocido, además de la revista-libro Planeta (que aquí se editó con el nombre de Horizonte). No me interesaba, por ejemplo, el tan traído y llevado tema "ovni" (demasiado frecuente y sensacionalista, sin nada demostrable y donde todo se reducía a luces esquivas en el cielo). Pero me fascinaba, en cambio, todo lo relacionado con el antiguo Egipto, y asimismo cualquier teoría o hipótesis que intentase esclarecer el pasado de la humanidad, más allá de la historia convencional. Lo que entonces llamaban, algo ostentosamente, «arqueología enigmática» y ahora simplemente pseudoarqueología, como queriendo ridiculizarla.  
    Comenzaba, mientras tanto, a explorar tímidamente el budismo y el hinduismo. Formas de pensamiento que se alejaban de lo que aquí se conocía normalmente, de las filosofías y religiones convencionales, y ofrecían un modo diferente de ver la vida y el mundo. Ya por entonces había leído algo de Krishnamurti, de Paul Brunton y de Vivekananda, entre otros. Y me fascinaban libros como El Egipto Secreto y La India secreta, de Brunton, o El tercer oído, de Marcel Belline. Libros que tocaban de cerca, cada uno a su manera, los temas citados de la parapsicología, la arqueología enigmática y la filosofía esotérica.   

    Y en esa época fue cuando llegó a mis manos el Siddharta, de Hesse. No es que tuviese nada de fantástico ni de misterioso, pero, desde el primer momento, enlacé con el espíritu de esa novela y me identifiqué con su protagonista. La historia de ese joven samana que iba en busca del conocimiento desde una actitud libre y personal, sin plegarse a ninguna normativa estipulada, tocaba mi propia fibra de caminante individual. Siddharta llega incluso a conocer personalmente al mismo Buda y tiene con él una breve y profunda conversación, pero, aun admirándole (a él y a su doctrina), prefiere seguir su camino en solitario para encontrar su propio destino, su propia forma de llegar al conocimiento. 
    Me gustó Hesse desde el principio. Y poco a poco me fui introduciendo en su obra. Fue una alegría encontrarme en la Feria del Libro (mi librería madrileña habitual, al aire libre) con el Demian, que disfruté mucho. Y más tarde con El lobo estepario, que si bien no entendí lo suficiente al principio, me puso en contacto muy directamente con la conflictiva pero interesante personalidad de su autor. De Hesse leía todo lo que encontraba, y me fui familiarizando con su mundo personal, con sus problemas y actitudes, con su credo y su pensamiento, con su filosofía de vida. Notaba, extrañamente, a pesar de mi juventud —o quizá precisamente por ella—, una corriente de relación íntima, una empatía con ese señor suizo alemán con serio aire de intelectual, que dejaba traslucir en sus libros un especial espíritu aventurero (en un sentido interior, psíquico). Le veía como a una especie de poeta romántico contemporáneo, mezclado con sabio oriental.
    Hesse estaba entonces muy de moda y se leía mucho, junto con Freud, Aldous Huxley, Jung, Lovecraft, Kerouac, Alan Watts y Erich Fromm. Era la bendita época en que a los jovenes les encantaba leer las significativas fantasías, más o menos poéticas y filosóficas, de Antoine de Saint-Exupéry o de Richard Bach.
    Y entre todas mis lecturas de entonces —que fueron muchas y variadas—, fui colocando a Hermann Hesse en un lugar principal. Hasta convertirlo en algo así como mi mentor. Por eso que digo de que encontraba una especial afinidad con su actitud y su pensamiento. Hasta hice, pocos años después, un largo viaje en tren sólo para visitar el paisaje donde había vivido. Paisaje que ya conocía íntimamente, gracias a las descripciones de sus libros, pero que quería ver de cerca, que deseaba pisar y respirar. 
    De Hesse aprendí mucho. No sólo de su forma de ver las cosas, el mundo y la vida, sino que me abrió también un amplio e importantísimo abanico de lecturas, que me enriqueció y que de otro modo quizá no hubiera conocido, al menos no en conjunto ni tan prontamente. Gracias a él me habitué, gozosamente, a leer a Hölderlin y a Novalis, a Hoffmann y a Goethe; y en otro orden, a Jung, a Nietzsche, a Lao Tse y a Suzuki. Para mí fue como asomarme a una gran terraza, desde la que podía ver paisajes nunca antes vistos y que me ofrecían una perspectiva del mundo diferente, rica y seductora, evocadora de la magia, en la que me sentía (extrañamente) como si regresara a un antiguo y olvidado hogar inconsciente y primitivo.
  
    A lo largo de todos estos años, he ido revisitando ocasionalmente las obras de Hesse, y aún hoy en día sigo encontrando nuevos frutos en ellas. Releer suele ser productivo (y sorprendente a veces) en autores ricos y complejos que admiten diversos niveles de lectura. En muchas ocasiones son aspectos ya conocidos y asimilados, pero que con el tiempo uno llega a ver de forma sensiblemente diferente, quizás porque la madurez nos hace verlos de modo más agudo y penetrante.
    Hace poco me he vuelto a encontrar con un importante tema que aborda en su Lobo estepario: el tema de la ironía. Una ironía sabiamente mezclada con un fino y especial sentido del humor. Este tema de la ironía no lo entendí bien en un primer momento. Evidentemente, comprendía el significado normal de la ironía, pero no el sentido en que lo manejaba Hesse.
    Aparte de en su sentido habitual, de burla refinada, se habla también a veces de «la ironía del destino», refiriéndose a cuando la vida coloca al individuo en un lugar muy alejado, o incluso contrario, respecto del que deseaba. Pero no es ese tampoco el sentido que hay tras la ironía del lobo estepario...    
    Decía Lin Yutang que la mejor fórmula de vida es ésta: "Realidad + Sueños + Humor = Sabiduría". Y lo explicaba con este comentario: «La sabiduría, o el más alto tipo de pensamiento, consiste en atenuar nuestros sueños o idealismo con un buen sentido del humor, apoyado por la realidad misma.»* Y algo por ahí se mueve el sentido de la ironía de Hesse. Pero no es exactamente así.  
    
    Pongo por caso, a modo de ilustración, un vulgar ejemplo que se aproxima a ese tipo de ironía:
    Cuando un conocido nos saluda por la calle con una sonrisa y sabemos, a ciencia cierta, que esa sonrisa está vacía, que quien nos la dedica está actuando, porque ese alguien ha demostrado sobradamente con hechos que lo suyo es pura teatralidad; y nosotros no respondemos entonces con un gesto adusto de rechazo, sino que sonreímos igualmente. Esta sonrisa nuestra, aparentemente cortés, es una expresión de ironía. No estamos en realidad saludando a esa persona desde una básica amabilidad o simpatía, sino que estamos diciendo: «Sé bien quién eres, ya no puedes engañarme, y mi sonrisa de respuesta, aunque no lo parezca, es en el fondo un gesto de sano desprecio. Puedo emular la apariencia de tu falso saludo, pero no tienes ni idea del frío del que procede...»
    Esto viene a significar que de esa persona nos da todo igual. Es alguien que nos resulta absolutamente indiferente, que ya no puede tocarnos. De manera que, aparte lo anterior, también nos estamos diciendo a nosotros mismos: «No sé si lo sabe, creo que no, pero yo sí sé que este individuo está superado, fuera de mi círculo de afectos, apartado, completamente anulado; y eso me hace sentirme bien, liberado del engaño en que caí en otro tiempo.»
    El diccionario nos dice respecto de la ironía lo siguiente: "Burla fina y disimulada. Tono burlón con que se dice. Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice." Me quedo, en este caso, con la primera acepción. Es, efectivamente, una burla disfrazada. Nos burlamos del tipo falsamente sonriente, y nos reímos al mismo tiempo de lo absurdo e idiota de la situación. Nos reímos desde una cierta altura y distancia. Porque esa persona no puede afectarnos de ninguna manera. Está infinitamente lejos de poder hacerlo. Le devolvemos la sonrisa educadamente, pero envolviendo finamente en ella la burla que nos produce su saludo y su misma presencia. 
    Sin embargo, es necesario aclarar un punto esencial en esto, porque si no puede quedar algo oscuro y ambiguo. Y es que nuestra risa interior de ese momento, a pesar de la burla que conlleva, no significa que nos estemos riendo del pobre diablo, que ondea su falso saludo sin sospechar que hace tiempo que fue desenmascarado. No nos reimos de él. Nos burlamos de su impostura, sí, pero nuestra risa es altamente irónica. Es decir, que con ella estamos disipando la relativa gravedad de la escena, estamos sobrevolando la situación. Por eso señalaba antes lo de la altura y la distancia. La ironía de nuestro saludo es una expresión de nuestra libertad. No es una reacción o un ataque solapado de defensa ante la impostura del otro, sino el lenguaje natural que resulta de sentirnos liberados, de estar por encima de esa telaraña. 
    Se podría preguntar, no obstante, aquí lo siguiente: ¿Pero en qué consiste esa «relativa gravedad»? ¿Tanto pesa el que alguien nos salude falsamente? ¿No es eso algo habitual en una sociedad que se basa precisamente en las apariencias, el teatro y la falsedad? Puede que el ejemplo puesto sea demasiado vulgar..., pero quería indicar que el peso está en lo que actos como ese pueden provocar en individuos medianamente sanos e inocentes, en el peligro de que terminen siendo perjudicados, hasta el punto de deformar en algún aspecto su visión de la realidad. Gracias a esa humorística y fresca ironía, nadie va a poner en duda, en ningún momento, su creencia en la amistad y en las relaciones humanas. Es decir, es como si se pensase en esos momentos: «Sé que tu saludo es engañoso, pero me río de él, porque no me engaño sobre lo que significa. Tu engaño no es más que humo para mí.» 
    Aunque el ejemplo no sea del todo válido, sino sólo una aproximación, creo que señala de lejos el camino. En esto consiste, según mi apreciación, lo valioso de esta clase especial de ironía. No nos aporta alas para escapar de la realidad, pero nos eleva mentalmente, porque dejamos de ser sus esclavos. Nuestra risa irónica es en el fondo una singular magia que disuelve la solidez de la realidad, o al menos que resta peso a su volumen, que la «livianiza». Y esta superior ironía, que nos permite vivir algo por encima del chato y a veces angustioso nivel de la normalidad, es aplicable a cualquier situación existencial. A la vida en general. Podemos usarla ante cualquier suceso que nos ocurra, y gracias a su «hechizo» saldremos airosos de múltiples e insidiosas telarañas, que lo que buscan es atraparnos y oscurecer nuestra visión.  

    Como experiencia propia, que se acerca también en algún grado a ese nivel de ironía, puedo contar lo siguiente:
    Recuerdo una tarde de cuando estaba haciendo el servicio militar obligatorio. Nos encontrábamos, los llamados reclutas (término muy similar a reclusos), en formación dentro de un patio. Hacía mucho frío. Y el aguerrido oficial que nos instruía nos estaba regalando un «bonito» discurso sobre no sé qué aspectos de la rutina cuartelaria. Todos nos sentíamos aburridos y cansados, después de una pesada mañana de instrucción, y estábamos deseando que acabase pronto aquello para disfrutar del par de horas de paseo, antes de cenar la bazofia que servían en el comedor y volver a recluirnos en los barracones para pasar la noche, que era cuando se podía olvidar un poco la casi insufrible realidad que nos había tocado en suerte.  
    En uno de esos momentos, me sucedió algo singular... Y me dio por sonreír abiertamente. Los compañeros más cercanos me miraban raro, preguntándose a qué venía mi cara de contento, con esa extraña sonrisa que no encajaba con lo ingrato de la situación. Quizá pensando en que me había asaltado agradablemente algún buen recuerdo, o que me estaba evadiendo, imaginando, por ejemplo, el próximo «rebaje» de fin de semana en que podría volver a casa. Pero no, no era eso. Lo que había ocurrido de improviso es que, por unos instantes, me había elevado sobre todo aquello. Me ví por encima, observando la absurda imagen de aquellos jóvenes en posición de firmes en un gélido patio, oyendo un discurso idiota con ínfulas bélicas, que no les interesaba lo más mínimo. Viviendo una realidad impuesta y desapacible, que en esos momentos sentía no sólo como absurda, sino además sin sustancia, sin solidez, como una ficción, una especie de necia pesadilla de la que despertaríamos en cualquier momento, encontrándonos en la acogedora tranquilidad de nuestros hogares.
    Mi sonrisa fue irónica, en el sentido que he intentado explicar antes. Y a punto estuve de reírme a carcajadas. Me contuve por razones obvias, pero no por falta de ganas. Vi con claridad, como digo, la insustancialidad de la situación, la comedia en que nos habían metido. Y ver eso desde fuera, desprendidamente, liberadamente, me provocó una sensación de inusitada alegría. No es que llegara a ser la estelar risa de los Inmortales, que se menciona en «el lobo estepario». Ni siquiera fue una risa. Pero se acercaba algo, iba por buen camino.
    En momentos así, uno se hace consciente de la comedia, con lo cual se da cuenta de que todo es un teatro. Y entonces conecta con una realidad más alta. Desde ahí, desde esa altura, que es mucho más real que la otra del teatro, es desde donde surge la risa, o la sonrisa, desde donde brota la ironía. Este sentimiento, y esta toma de consciencia, es lo que nos hace reír o sonreír ante una situación necia y absurda, de la que nos sabemos interiormente libres.   
    Es esta especial ironía (que se acerca algo, repito, a la de los Inmortales del «lobo estepario») la que disuelve en parte el conflicto entre ideal y realidad, entre los sueños de una vida noble y con sentido y la cotidianidad de un mundo que parece enmarañarse a cada momento en el remolino de lo absurdo y lo caótico. Es un poco, en el fondo, como aquel tren pintado en el muro de la celda, del que hablaba aquí hace unos días. Una salida mágica que nos permite, en esos momentos, sobrepasar los límites. Como un oportuno puente sobre aguas turbias, o una bocanada de aire fresco que nos salva de una atmósfera que puede ser asfixiante. 

    En cuanto al lobo estepario, lo que le ocurría en realidad (como explica bien Ziolkowski en su libro)** es que se hallaba en una órbita más o menos intermedia dentro de su esfera vital (en cuyo centro se sitúa el ego burgués), en una especie de limbo entre la naturaleza y el espíritu, entre el mundo y el ideal. Cerca de la superficie, pero sin llegar a penetrar en el cosmos, que es donde viven los Inmortales. Estos han trascendido las limitaciones del ego burgués y habitan en la unidad fundamental de la vida, en donde no hay ya polaridades, o éstas están abarcadas, comprendidas por la amplitud del cosmos, que incluye todos los polos, la armonía y el caos.
    Pero el lobo estepario Harry Haller, a pesar de su alto grado de individuación, a pesar de su locura, aún no ha llegado al límite de la esfera. Penetra a veces en el cosmos, pero sólo durante breves momentos, y siempre debe regresar. Aunque lo desprecia, sigue enganchado al mundo. Porque, aun anhelando esas regiones del cosmos que ha visitado en ocasiones (en algunos mágicos instantes) no puede acceder a ellas como quisiera. De manera que tiene que resignarse a vivir en ese limbo gris e intermedio. Sin pertenecer realmente al limitado mundo vulgar (aunque habite en él) y sin poder entrar definitivamente en el cosmos. 
    Ante este dilema, los Inmortales le aconsejan como salida y solución (a través de algunos sueños y del «Opúsculo del lobo estepario», escrito sub specie aeternitatis) el arte de la ironía y el humor. Lo que se traduce en... «Vivir en el mundo, como si no fuera el mundo, respetar la ley y al propio tiempo estar por encima de ella, poseer, "como si no se poseyera", renunciar, como si no se tratara de una renunciación —tan sólo el humorismo está en condiciones de realizar todas estas exigencias, favoritas y formuladas con frecuencia, de una sabiduría superior de la vida».

    En una escena final del «Lobo estepario», cuando éste se encuentra en uno de los palcos del Teatro Mágico, como envuelto en una especie de sueño, se presenta el mismo Mozart y se dedica a manipular allí unos aparatos e instrumentos, dando vueltas a tornillos y clavijas. Con ello monta un rudimentario aparato de radio, lo conecta y se empieza a oír un concierto de Händel... El lobo estepario escucha indignado el defectuoso sonido de aquella primitiva radio, en la que ve un símbolo de la lucha a muerte contra el arte de la actual época, frívola y superficial, y se queja con vehemencia. Pero Mozart le responde que aquello es una valiosa parábola de la vida: «Cuando está usted escuchando la radio, oye y ve la lucha eterna entre la idea y el fenómeno, entre la eternidad y el tiempo, entre lo divino y lo humano.»  
    Y más adelante le aconseja: «Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír. Ha de escuchar la maldita música de la radio de este mundo y venerar el espíritu que lleva dentro y reírse de la demás murga.» 
    Poco antes, había recordado el lobo estepario unos versos que parecían proceder de los mismos Inmortales: 

        Nosotros, en cambio, vivimos las frías
    mansiones del éter cuajado de mil claridades,
    sin horas ni días,
    sin sexos ni edades...
    Es nuestra existencia serena, inmutable;
    nuestra eterna risa, serena y astral.

    De forma que todo se resolvía en risa, risa, risa... Y así es, esa parece ser la clave del misterio, la solución al dilema. Si no aprendemos a reírnos de las oscuridades y torceduras de este mundo, muy difícil nos va a resultar siempre convivir con él, habitar en sus calles y plazas, oír sus ruidos estentóreos, ver sus chillones colores de feria y relacionarnos con la gente normal. Si no miramos su absurda realidad a través del mágico prisma de la ironía, que disuelve el hierro de las sombras, esa realidad se convertirá (sobre todo en algunos casos particularmente sensibles) en una angustiosa prisión que nos amargará la existencia. 
    Me parece extremadamente problemático (por no decir imposible) el reírse de ciertas cosas, pero de otras muchas, casi de la inmensa mayoría de este mundo, sí que podemos reírnos. Es más, debemos hacerlo. En ello nos va la claridad mental, que nos permite ver a los seres y las cosas en su justa forma y medida. Y nos va también el poder gozar de una vida digna y alegre. Una vida de esas en las que llega uno al final del día, del mes o del año, con la sensación de que todo lo bueno que pudimos hacer, lo hemos hecho. O al menos lo hemos intentado, con las fuerzas y la lucidez que hayamos sabido encontrar.

    Mucho ha llovido desde 1974. Se andan muchos caminos en cuarenta años, se pisan muchos baches y se  ascienden algunas alturas. Hace ya mucho tiempo que no leo libros ni revistas sobre parapsicología ni sobre arqueologías enigmáticas. La aventura del saber ha continuado en mi caso por el camino de lo interior. Intentando traer a la consciencia retazos del inconsciente, pequeñas gemas, a veces, de esas galerías que visitamos en los sueños, y dejando abiertas puertas y ventanas a la brisa de la intuición.
    Lo que aprendí del budismo y el hinduismo, casi está olvidado. No por abandono o falta de interés, sino porque la cotidianidad mundana nos obliga a movernos por otros derroteros. Cambié, con los años, a Siddharta por el Lobo Estepario, pero no es más que una respuesta lógica al espíritu del tiempo.
    Sigo, como he contado, leyendo al maestro Hesse, en tardes de silencio o en noches de vigilia. Y, sobre todo, continúo ejercitando el arte de la ironía, que es lo que aún me deja sosegado y limpio ante ciertas suciedades de esta acre y absurda sociedad, que gusta de ondear la bandera de la hipocresía. Algunas veces, incluso, la alquimia de la ironía es tan fuerte y clara, tan fresca, que brota la risa con naturalidad. Como un arroyo de diminutas estrellas sonoras, que se adentra alegremente por el camino del día o de la noche, transformando rincones y esquinas, y dejando un especial aroma a su paso. Un aroma que recuerda a lejanos horizontes, a extraordinarios viajes y a lúcidos sueños, a teatros mágicos, y a esa otra risa astral que a veces se escucha en el interminable cielo de la noche, y que parece venir del otro lado de la luna. 


Antonio H. Martín
(31 de diciembre, 2014)






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(*) La importancia de vivir - Lin Yutang (1937)
(**) Las novelas de Hermann Hesse - Theodore Ziolkowski (1965) 
imagen 1: Carel Willink (1900-1983)
imagen 2: Donati's Comet - William Turner (1775-1851)

domingo, 21 de diciembre de 2014

Un tren a la luna




«El mundo de los sueños y el mundo despierto se encontraron en ese portal, y él conoció en ese momento el secreto del paso. Ya que en los momentos grandes de la vida cruzamos el portal en una especie de trance que quienes lo han conocido han descrito como una muerte menor.»

Dion Fortune
(La Magia de la Luna - 1978)*



    A pesar de su título, estas notas —y el texto que las sigue— no tienen ninguna relación con el imaginativo mundo de Jules Verne. Puede que algo de imaginación haya en ellas (a primera vista incluso parecerá que mucha), pero en un sentido muy alejado de las amenas aventuras y fantasías pseudo-científicas de ese escritor. Aquí se intenta entrar en ciertos aspectos del psiquismo que lindan con lo que se suele definir como esotérico. Sólo es un tímido acercamiento, un ligero roce con una de las muchas puertas del enigma, pero lo que hay más allá queda, si no dibujado y mostrado con nitidez, sí vagamente apuntado o delineado, en algunos trazos que quieren ser aproximativos.
    Por otra parte, he de reconocer que en el fondo esto procede sólo de una simple pero seductora intuición. No, evidentemente, del resultado de eruditas especulaciones metafísicas (de las que no soy capaz), y mucho menos de experimentos de laboratorio (de los que soy más incapaz aún). Pero se trata de una voz íntima en la que confío y que estimo como portadora —no obstante su aparente inverosimilitud— de bastantes visos de realidad.
    Lamentablemente, hay un nivel de claridad en la esfera intuitiva que no es expresable en términos racionales. No hay transferencia entre ambas esferas. Manejan lenguajes demasiado distintos entre sí. De hecho, cuando se intenta pasar a cualquier intuición por el tamiz de la razón se pierde en gran parte esa claridad, y lo que nos queda suele ser sólo una pálida imagen de aquello que antes veíamos como nítido y seguro. Sucede como con algunos sueños especiales, que al querer entenderlos desde la perspectiva de la vigilia se nos vuelven confusos e inefables, y lo que hace tan sólo unos momentos poseía una intensa claridad y una significación indudable, se transforma, a los ojos de la normalidad racional, en una visión nebulosa cuyo sentido no acertamos a comprender ni de lejos. Pasamos así de una vívida certeza a una incredulidad casi absoluta.  
    Supongo que de lo anterior se infiere, entre otras cuestiones, que la luna que se menciona en el título no es el astro que suele suavizar la oscuridad nocturna. Que yo sepa, no hay trenes que viajen a la Luna. Sino que es una figura retórica, una sencilla metáfora referente al mundo de los sueños y la magia. La luna como símbolo de ese mundo, como portal y asimismo como compañía y guía durante el viaje. En un sentido que puede ser poético, pero asimismo esotérico, hermético o místico. Y en relación a esto, aparece aquí de nuevo mi amigo Alberto Linde, del que últimamente he contado algunas historias, y que es quien desde hace tiempo intenta convencerme de que sus viajes al país del sueño no son lo que normalmente se entiende por sueños...

    Sobre el señor Linde quiero decir —como curiosidad— que no es ese su verdadero apellido. Y que, por supuesto, no tiene nada que ver con el físico teórico Andréi Dmítriyevich Linde, ni muchísimo menos con el gobernador bancario de este país, Luis María Linde... Eligió ese apellido, según me contó una noche, sentados ambos en la terraza de su casa con vistas al noroeste, simplemente por intuición. Después de que hubiera surgido, en una conversación anterior, la idea de emplear algunos de sus sueños para escribir relatos en mi cuaderno, me dijo esa noche que se había estado buscando un nuevo apellido, como pseudónimo, que encerrase un sentido en relación con esas futuras historias. Y lo encontró, intuitivamente, en Linde. El nombre se le presentó de pronto, mientras andaba barajando otras posibilidades, y le gustó. Le gustó por dos motivos. En principio porque, debido a su edad, se considera ya algo cerca de la frontera final, del límite entre los mundos, dimensiones, planos o como se los quiera llamar. Y en segundo lugar, porque ese nombre de Linde le evocaba a sus viajes oníricos. En el sentido de que siempre había que cruzar un límite para pasar de un mundo a otro, un umbral místico entre el país de la vigilia y el país del sueño, es decir, una «linde». Lo que sin duda tiene su lógica, siempre y cuando se crea en la realidad de ese otro país... Le pareció recordar, además, que en alguna novela del visionario escritor escocés George MacDonald (quizás en Lilith), esa frontera era llamada como «el borde de crepúsculo». Y eso también le animó a elegir el nombre de Linde. Quizá con esto, según observo ahora, lo que deseaba el amigo Alberto, más allá de omitir o disfrazar su verdadero nombre, era sobre todo el regalarme un personaje que podía tener cierto valor literario. Sinceramente, no es un tema que me interese demasiado, porque no soy yo precisamente lo que se dice un escritor, pero agradezco su intención. Para mí, el amigo Linde no pertenece en absoluto a la literatura, por mucho que pueda escribir y adornar las historias basadas en sus viajes y experiencias. Sino que es alguien de alma, carne y hueso, alguien cuya incuestionable realidad y presencia puedo encontrar y disfrutar de vez en cuando, en esos días raros en que hace una pausa en sus viajes y se pasea normalmente por este mundo.

    He hablado aquí de intuiciones. Gary Zukav (autor del libro sobre física cuántica La Danza de los Maestros del Wu Li) decía al respecto, entre otras muchas cosas interesantes, que... «La intuición sirve a la inspiración. Es la respuesta inmediata a la pregunta. Es el significado que toma forma en la niebla de la confusión. Es la luz que se acerca a las tinieblas». Bien, pues siguiendo esa respuesta inmediata es como he decidido escribir estas notas. Entendiendo que la intuición es una especie de valioso mensaje que no hay que dejar pasar, para que no ocurra lo que con ciertos sueños también valiosos: que se nos pierden irreversiblemente entre las nieblas de la vigilia. No sé si servirán para aclarar algo el tema o para oscurecerlo aún más. Me temo que será más bien esto último. Pero tenía la sensación de que debía escribirlas.
    En el texto literario que sigue a estas notas, se habla de cosas que no parecen creíbles, bajo ningún concepto. Y es fácil llegar a la habitual pero lamentable conclusión de que todo se reduce a un simple y fantasioso cuento chino. Que es la forma que suele tener el pensamiento occidental de quitarse de encima todo aquello que no comprende y que siente como molesto o enturbiador. Pero si me atuviera a esa norma laxa, propia de pensadores sin espíritu, me perdería unos cuantos tesoros que estimo como irrenunciables. Por ejemplo, sería incapaz de acercarme a la convicción del amigo Alberto Linde, cuando afirma, sin sombra de duda, que muchos de sus viajes al país del sueño son viajes reales, y que en absoluto hay que obviarlos como un fruto inane, sin esencia, maquinado por su imaginación.       
    Pero para poder aproximarse a un concepto de esa magnitud, primero hay que soltar amarras y estar dispuesto a dejarse llevar por vientos desconocidos y quizá por procelosas corrientes. Hay que atreverse a embarcar en una nave que conlleva una peligrosa aventura: la de buscar posibles nuevos conocimientos, que pueden ser muy valiosos, pero que hoy nos son absolutamente extraños, y con el riesgo de encontrar en la travesía probables e igualmente extraños abismos. Es, pues, perfectamente comprensible no querer osar esa empresa, porque, tomada con la debida seriedad y consecuencia, puede incluso hacernos zozobrar. Al fin y al cabo, lo que separa a la lucidez de la locura es sólo una fina lámina de conciencia, que suele ser frágil y prefiere permanecer en sitio seguro, en el refugio de lo conocido, y no aventurarse en los oscuros océanos del misterio.
    No obstante, en esto, como en otras facetas o vertientes de la vida, funciona a veces la fuerza de la empatía —y también de la simpatía—, que en algunos individuos (entre los que me cuento) viene dada mediante la inexplicable pero luminosa vía de la intuición. Y gracias a esta fuerza podemos sentirnos atraídos por conceptos diferentes, singulares, novedosos, sin que por ello corramos ningún peligro de desestabilización.
    Aunque acabo de recordar ahora mismo algo que me excluye en parte de ese conjunto... No me atrevo a afirmar, por ejemplo, como hace el señor Zukav, que tengamos una personalidad «multisensorial», que es consciente de su alma, en contraste con la personalidad normal, de sólo cinco sentidos, que es inconsciente a ese respecto. Y no me atrevo porque en mi caso particular esto funciona sólo en algunas ocasiones, no de una forma continua. De manera que lo dejo ahí, por no decir lo que no merezco decir. Seguramente es como asevera Zukav, pero yo me excluyo entonces de la lista. Tengo, a veces, esa intuición y desde ahí puedo sentir empatía con la realidad de mi amigo y con otras realidades aparentemente fantásticas e inverosímiles, pero no siempre me sucede así. No es que sea un perdulario, pero, lamentablemente, en mi conciencia hay altibajos, no una coherente continuidad. De ahí que no me quiera incluir en esa diferente clase «multisensorial», al parecer sensiblemente superior, que es siempre consciente de su alma y para la que fluye con frecuencia el aire clarificador e indicativo de la intuición.
    Para mí el alma es una realidad incontrovertible (lo he dicho otras veces), pero no siempre tengo la consciencia de esa realidad. Es decir, no en todas las ocasiones siento su presencia. Con lo cual en mí falla, es defectuosa, esa supuesta «multisensorialidad».
  
    Aun así, puedo añadir algo en mi favor: mi noluntad. Hay, en efecto, en mí un antiguo no querer, una nolición que me acompaña casi desde que tengo uso de razón, y que consiste en negar constantemente y sin fisuras la interpretación que de la vida suele hacer el mundo «normal». Dicho así suena tremendo, y no sé bien si uso el término correctamente. Me refiero, no a una ausencia de voluntad, a una gris abulia, sino a una voluntad negativa con respecto a ese sistema de valores y conceptos que se da normalmente en la sociedad. Es también como algo intuitivo, que desde muy joven me ha prevenido contra la aceptación de ese sistema de valores. No sólo en cuanto a cuestiones de ética, costumbres y demás, sino en un sentido mucho más amplio y profundo, casi diría que ontológico. Y me siento orgulloso (no sé si neciamente) de que así sea. Quizás porque ese núcleo de rechazo, desprecio y negación, lo veo como mi más íntima seña de identidad. Como un estigma de «lobo estepario». Aunque imagino que más de algún entendido en estos temas lo verá como algo muy distinto. Tal vez como la extensión ad nauseam de un simple y no superado «síndrome de Peter Pan». Un punto de vista con el que no puedo estar de acuerdo, pero que en el fondo me es indiferente. Seguiré con ello, igualmente, hasta el final. Si, según esos entendidos, el nivel de madurez pasa ineludiblemente por la aceptación incondicional de una sociedad absurda e incomprensible, con su estrecha y asfixiante visión de la realidad, debo decir que esa madurez no me interesa.  
    No es el mundo exactamente como lo acabo de describir, no. Por fortuna, hay muchísima más variedad y riqueza en él. Lo que ocurre es que esa imagen negativa existe y muchas veces da la impresión de ser mayoritaria. Seguramente (o eso espero) se trata sólo de que «los malos» de la película hacen mucho ruido y no dejan ver con nitidez la amplitud y profundidad del bosque. Lo que nos engaña respecto a su cantidad y relevancia. Pero... es un tema que me duele, y me gusta desahogarme cargando las tintas y exagerando todo lo que puedo la negrura de esa parte de la sociedad, que por mí se podría ir directamente al diablo.  

    En todo caso, dejando ya aparte los asuntos personales y siguiendo con el tema, lo que sí merece ponerse aquí es la siguiente exposición de Gary Zukav, que no tiene desperdicio alguno:

        «El conocimiento en sentido cognitivo no puede ofrecernos más prueba de la existencia de la realidad no física que la que nos ofrece de la existencia de Dios. No es capaz. Una prueba de la realidad no física no existe con las dimensiones con las que la busca la mente racional. Por tanto, cuando desde la perspectiva de una personalidad dotada de cinco sentidos, nos preguntamos: "¿Existe la realidad no física?", lo que realmente nos estamos preguntando es: "Si no puedo probar la existencia de la realidad no física, ¿decido por ello que se trata de un sinsentido? ¿Decido que no existe respuesta o me ensancho hasta alcanzar un nivel en el que pueda darse una respuesta?"
        »Cuando una mente formula una pregunta que sugiere un nivel de verdad diferente, sea cual sea la pregunta, el camino seguido por el científico debe consistir siempre en esa acción de ensanchamiento, de persecución de la verdad. Por ejemplo, en cierto momento de nuestra evolución se formuló la siguiente pregunta: "¿Existen formas de vida más pequeñas que las que el ojo humano puede ver?" Partiendo de la percepción cinco-sensorial la respuesta fue negativa. Hubo alguien que no aceptó esa respuesta y se inventó el microscopio. A partir de ahí se formuló otra cuestión: "¿Existen partes de la naturaleza más pequeñas que las que pueden observarse a través del microscopio?", y, una vez más, 
la respuesta procedente de la percepción cinco-sensorial fue negativa; pero no nos detuvimos ahí, y gracias a ello descubrimos, y desarrollamos, un rico conocimiento de fenómenos atómicos y subatómicos.
        »A medida que creábamos herramientas para ver, se hacía realidad aquello que una vez se había considerado inexistente; pero, antes, nos vimos obligados a realizar aquella acción de ensanchamiento. El desafío, y la tarea, que se le presenta a una mente avanzada o en proceso de expansión es el de ensancharse hasta un nivel desde el que poder dar respuestas a cuestiones que no habían podido contestarse a partir de los niveles de entendimiento aceptados.»**      
                
    Lo de la existencia o inexistencia de Dios no es algo que me interese especialmente. Hay algo de tufo en ese nombre, por culpa, seguramente, de un mal uso del mismo por parte de los que se agencian su representación en este mundo en algunas religiones masivas. Para mí lo divino es otra cosa muy distinta, que nada tiene que ver con esa concepción patriarcal de un ser omnisciente y ubicuo (bondadoso o cruel), que desde su trono celeste rige nuestros destinos con mano de hierro, y que cuando algo no le gusta va y te manda un rayo, una enfermedad o un terremoto. Un ser terrible y vengativo que —según cuentan sus acólitos— si al morir resulta que no has seguido sus normas al pie de la letra te envía directamente al infierno. Todo eso lo veo más bien como una idea de Dios. Una idea muy humana que responde a un determinado carácter histórico, a un cierto «espíritu de la época». Una idea hace tiempo superada (al menos, por las mentes que han evolucionado), y que ha quedado como el tosco y duro reflejo de un tiempo oscuro.   
    Pero, en fin, todo se arregla con cambiar el nombre, que está excesivamente cargado y lleva sobre sus espaldas demasiados despropósitos, crueldades y violencias a lo largo de la Historia. Y mencionar, por ejemplo, el Tao, la Conciencia Universal o cualquier otro nombre de nuestra preferencia que no sea malsonante. Personalmente, me gusta hablar del Espíritu; así, en abstracto. Siguiendo, en parte, la nomenclatura de Carlos Castaneda, que provenía de los antiguos indios toltecas.  

    No sé si Gary Zukav es religioso. A veces me lo parece. Pero el ejemplo de Dios está aquí muy bien traído. Con una clara sencillez, Zukav nos pone en la pista del fondo de la cuestión. Que no podamos demostrar las zonas ocultas de la realidad, según los métodos convencionales, no tiene por qué significar que esas zonas no existen. Sería absurdo ofuscarse con la idea de que la realidad llega solamente hasta donde alcanza la sensibilidad de nuestros instrumentos y herramientas. Me parecería demasiado pretencioso y carente de sentido. Y sin embargo... en demasiadas ocasiones de la Historia se ha cometido ese crimen irremisible, y me temo que (aunque en menor medida) se sigue cometiendo hoy en día, en este tiempo nuestro tan moderno y abierto a las nuevas tecnologías y a diferentes formas de pensamiento. Hoy mismo he leído en un periódico esta simple pero indicativa frase del filósofo y pedagogo José Antonio Marina: «Soy un forofo de las nuevas tecnologías. Pero un burro con Internet sigue siendo un burro.»    
    Me encanta cuando Zukav dice eso de ensanchar la conciencia, para alcanzar el nivel necesario en que pueda darse una respuesta. Tanto eso como el sencillo ejemplo de los avances en el conocimiento del átomo, me parecen palabras necesarias. Y las relaciono con otras muchas lecturas de diferentes autores y distintas épocas, que venían a decir lo mismo. Afortunadamente, entre la tosquedad y la barbarie, entre esa marea ingente de vulgaridad que parece mantenerse incólume a través de los tiempos, siempre ha habido mentes preclaras. Y en ellas es donde se ve realmente que existe algo que podemos llamar evolución humana.      

    Y, en fin, después de este largo prefacio, paso ya a hacer una breve presentación del texto que constituye el origen de estas notas. Notas que no pensé, en un principio, que se iban a inflar tanto. Pero me he dado «pluma libre» y he terminado subiéndome a la parra. Pido disculpas por ello, a quien eventualmente se acerque a leerlas. No hay, sin embargo, exención en cuanto al fondo de lo escrito. Porque, como decía temer al comienzo, no creo haber aportado ninguna claridad al tema. He ido rellenando los párrafos con algunos datos generales, e incluso con algunos personales, con aproximaciones y pensamientos circulares y a veces tangenciales, pero sin llegar al centro de la cuestión. Asunto que dejo al pensamiento y al juicio de cada uno.
    ¿Qué opino en definitiva sobre los asertos del amigo Alberto Linde, en cuanto al carácter de algunos de sus sueños? Según él, son auténticos viajes a esa zona misteriosa que gusta llamar «el país del sueño», y que no se sabe dónde se encuentra ni de qué está hecha... Y yo le creo, pero lo hago guiado por mi intuición, no por ninguna certeza demostrable.
    ¿Se trata quizá de eso que antes llamaban «viajes astrales»? ¿De esos desplazamientos del cuerpo luminoso, que puede así alcanzar remotas lejanías y hasta acceder a otras dimensiones del espacio-tiempo? ¿Cómo saberlo?... Sinceramente, pienso que todo es posible en un universo infinito. Y procuro siempre ensanchar mi mente lo bastante como para no dejar nunca de sorprenderme y maravillarme con nuevos saberes.
    Esta tarde, mientras paseaba por las afueras de la ciudad, he oído la voz lejana de quien parecía ser un pastor llamando a sus ovejas. He mirado hacia arriba, hacia la montaña, y después de aguzar la mirada he llegado a ver a una diminuta figura, que casi no se distinguía del entorno. ¡Qué pequeño se veía ese hombre con respecto a la montaña! ¿Cómo podía él saber lo que estaba pasando unos metros más arriba, en la cima, o lo que ocurría en la otra ladera? Él mismo era casi inapreciable. Sólo una hormiga con una visión limitada que podía abarcar una pequeña franja del terreno que lo cicundaba. Sin duda, ese hombre conocía la montaña, y tenía su imagen completa bien aprendida. Pero... ¿qué sucede cuando se trata de otra montaña, una muy grande y desconocida? Entonces hay que caminar casi a ciegas, descubriendo el terreno paso a paso. Y, mientras tanto, uno puede ir forjándose ideas sobre esa gran montaña. Pensar una cosa u otra, calculando desde la imaginación su extensión y su altura. Leves aproximaciones tan sólo, muy ligeras y frágiles certezas. Pequeños trazos de una vasta realidad que nos supera. 

    ¿Y qué pienso sobre el fragmento de relato que viene a continuación? Lo leí hace ya muchos años, y me gustó mucho. Fue como un alivio confirmar que, aunque fuera en las páginas de un libro, había una salida. La magia, a veces, nos muestra caminos insospechados, increíbles, que parecen de mentira, simples cuentos chinos... Pero, creo firmemente en ese tren que, aun siendo un sencillo dibujo de colores, viaja hacia la luna de los sueños.
    ¿Me siento esta noche algo quimérico? ¿Me dejo mecer, en este solsticio de invierno, por los brazos de la utopía? Puede ser. ¿Qué más da? En ocasiones, lo que nos suena como imposible, lo que vemos sólo como un iluso e inocente dibujo de nuestra imaginación sobre una pared de la celda, puede esconder una brillante realidad que está aún por descubrir. 
    Todo depende, nunca me cansaré de decirlo, de nuestra capacidad de mirar y de ver. De la música oculta que seamos capaces de captar en medio de las olas del ruido. Hay que ensanchar la consciencia. Y con cada ensanchamiento, con cada nueva dilatación, con cada apertura, nos entrará en la mirada, en la misma alma, otro fragmento más del profundo e inmenso azul del universo. 


Antonio H. Martín
(21 de diciembre, 2014)

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    En su «Biografía sucinta» (Kurzgefasster Lebenslauf), que escribió a los cuarenta y ocho años, Hesse pasa más allá de su presente y sigue contando su vida hasta el final, fantaseando sobre los sucesos futuros. Según esta perspectiva imaginaria, nos narra que después de llegar a la conclusión de que sus esfuerzos en el mundo del arte son insuficientes e inútiles, ya que nunca será capaz de una obra que se equipare en hondura y brillo a ciertas obras maestras de Hoffmann o de Mozart, decide abandonar y dedicarse a la magia. 
    El tío Hermann (permítaseme este trato cariñoso, que vengo usando desde hace años), tenía muy claro ya a esa edad que es en la magia donde está la solución al conflicto de la existencia, el puente para lograr la unión de los contrarios. Por supuesto que también el arte es una forma de magia, pero discierne Hesse que todo cuanto hubiese podido llegar a hacer en ese noble campo ya estaba hecho por genios como Hoffmann, Novalis y Mozart. ¿Para que esforzarse en expresar lo que ya está expresado, y además de forma magistral? Cualquier labor que saliera del propio taller sería tan sólo como una pálida sombra de aquello. Así que lo deja. Pero, por fortuna, le queda la salida de ejercitar sus conocimientos mágicos; lo cual se le da muy bien, por tener una inclinación y una soltura naturales para ello. 
    Más tarde, problemas con el mundo le llevan al encierro. Allí tendrá oportunidad de demostrar, después de un breve y alegre regreso a la esfera del arte, sus conocimientos de magia...  


A. H. M. 

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    «... Así que dejé a un lado este trabajo y por fin me dediqué por completo a la magia práctica. Si mi sueño de artista había sido una ilusión vana, si yo no era capaz ni de una Olla de oro ni de una Flauta Mágica, al menos había nacido para mago. Por el camino oriental del Lao Tse y del I Ging había yo avanzado ya lo suficiente como para conocer perfectamente el carácter casual y mutable de la llamada realidad. Ahora, gracias a la magia, obligaba a esa realidad en el sentido de mi voluntad, y debo reconocer que aquello me satisfacía mucho. Sin embargo, también debo reconocer que no siempre me limité a ese benigno jardín llamado magia blanca, sino que de vez en cuando me dejé arrastrar por la pequeña llama viva dentro de mí, hacia el lado negro.
    Con más de setenta años, cuando dos universidades acababan de distinguirme con el título de Doctor Honoris Causa, fui llevado ante los tribunales, acusado de seducir a una joven por medio de la magia. En la cárcel pedí que se me permitiera dedicarme a la pintura. El permiso me fue concedido. Amigos me trajeron colores y utensilios y pinté sobre el muro de mi celda un pequeño paisaje. Así que volví de nuevo al arte y todos los naufragios que había vivido como artista no me impidieron en absoluto apurar una vez más esta dulce copa, construir como un niño que juega un pequeño y amado mundo de juguete y saciar mi corazón con él, despojarme una vez más de toda sabiduría y abstracción y buscar el goce primitivo de la procreación. Volvía, pues, a pintar, mezclaba colores y mojaba pinceles, una vez más bebía extasiado todos estos infinitos encantos: el sonido alegre y claro del bermellón, el sonido pleno y puro del amarillo, el profundo y conmovedor del azul y la música de sus mezclas hasta el gris más lejano y pálido. 
    Feliz como un niño me entregaba al juego creativo y pintaba un paisaje en el muro de mi celda. Contenía casi todas las cosas que me habían alegrado en la vida: ríos, montañas, mar y nubes, campesinos en la siega y muchas otras cosas bellas que me solazaban. En medio del cuadro avanzaba un tren muy pequeño. Iba hacia una montaña y tenía la cabeza metida ya en ella como el gusano en la manzana; la locomotora había entrado en un pequeño túnel de cuya oscura abertura salía humo algodonoso.
    Nunca me había fascinado tanto mi juego como esta vez. Gracias a este retorno al arte olvidé no sólo que era prisionero y reo y que tenía poca probabilidad de terminar mi vida en otro sitio que no fuera la cárcel: a menudo olvidaba incluso mis prácticas mágicas y me sentía ya bastante mago cuando creaba con el pincel un árbol diminuto, una pequeña nube clara.
    Mientras tanto la llamada sociedad, con la que de hecho había roto por completo, hacía todo lo posible por burlarse de mi sueño y por destruirlo una y otra vez. Casi a diario venían por mí, me conducían bajo vigilancia a habitaciones extremadamente antipáticas, donde en medio de mucho papel estaban sentadas personas desagradables, que me interrogaban, no querían creerme, me increpaban y tan pronto me trataban como a un niño de tres años como a un criminal redomado. No hace falta ser un reo para conocer este curioso y verdaderamente infernal mundo de las oficinas, del papel y de las actas. De todos los infiernos que el hombre por no sé qué extraña razón se ha creado, éste me ha parecido siempre el más infernal. No necesitas más que querer cambiar de domicilio o casarte, solicitar un pasaporte o una cédula de vecindad, para que te encuentres en medio de este infierno, tengas que pasar horas agrias en el espacio sin aire de este mundo del papel, te interroguen personas aburridas pero apresuradas y sin alegría, te increpen, no halles más que incredulidad para las más simples y verídicas declaraciones y te traten tan pronto como a un escolar, tan pronto como a un criminal. En fin, todo el mundo lo conoce. Yo me hubiera asfixiado y secado en el infierno del papel si mis colores no me hubieran consolado y divertido, si mi cuadro, mi pequeño y bonito paisaje, no me hubiese dado nuevamente aire y vida.
    Una vez me encontraba delante de este cuadro en mi prisión cuando vinieron apresurados los guardianes con sus aburridas citaciones a sacarme de mi feliz trabajo. Sentí cansancio y algo como náusea ante todo el tinglado y esa realidad tan brutal y sin espíritu. Pensé que era ya hora de poner fin a la tortura. Si no me permitían dedicarme a mis inocentes juegos de artista sin molestarme, tendría que servirme de aquellas artes más serias a las que había dedicado tantos años de mi vida. Sin magia este mundo era inaguantable. 
    Me acordé de la regla china, contuve durante un minuto la respiración y me liberé de la ilusión de la realidad. Amablemente les pedí a los guardianes que tuvieran un momento de paciencia, ya que tenía que montarme en el tren de mi cuadro para revisar una cosa. Como de costumbre se rieron tomándome por loco.
    Entonces me hice pequeño y entré en mi cuadro, subí al pequeño tren y me metí con él en el pequeño túnel negro. Durante un rato se vio aún el humo algodonoso saliendo del agujero circular, después el humo se disipó, y con él todo el cuadro y yo con él.
    Los guardianes se quedaron atrás, profundamente perplejos.»


Hermann Hesse
(Biografía sucinta - 1925)





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(*) citado por David Goddard en La Torre de la Alquimia (1999)
(**) El Lugar del Alma (cap. VI. La luz) - Gary Zukav (1989)
imagen 1: Paisaje con luna (B.i.g.)
imagen 2: "El balcón de Klingsor" (casa de H. Hesse - Montagnola)

  

jueves, 18 de diciembre de 2014

Este barco de vida que es el planeta...




    Encuentro en la bitácora del poeta Antonio del Camino (Verbo y penumbra), un vídeo con el discurso que hizo el presidente de Uruguay, José Mujica, en ocasión del reciente homenaje que recibió en Guayaquil. 
    Como dije hace casi un mes en el artículo dedicado a Pablo Iglesias, líder del grupo Podemos, entiendo muy poco de política, pero hay cosas que te llegan de una forma natural. Y este discurso me parece muy digno de ser escuchado y reflexionado. Me agradan la "bonhomía" y la sinceridad que transmite este viejo señor. Y por ello tengo el gusto de ponerlo aquí.
    Habla de cosas elementales, y las trata también de una forma elemental y directa, sin ambages, sin perderse en circunloquios politiqueros ni embarrarse en especulaciones de un supuesto alto nivel que terminan no diciendo nada; sino con esa claridad que viene del sentimiento más básico y humano, con el lenguaje de un hombre campechano, de la calle, que habla sobre lo que conoce, sobre lo que ha vivido y sigue viviendo de cerca.
    Este señor Mujica confiesa no creer en el más allá. No es, en ese aspecto, de los míos. Pero se le nota que sí cree, y con fuerza, en el más acá. En cualquier caso, cree en la vida y en que es necesario luchar por ella, para que no sea el valle de lágrimas que algunos se empeñan en hacernos creer como inevitable. 
    Una vez más, tengo que decir aquello de que no es este cuaderno el sitio idóneo para estas cosas, pero merece la pena incluir un discurso donde se dice que... 
    «Lo imposible cuesta un poco más.»
    Que viene a significar que, aparte de lo difícil que pueda resultar, en realidad no es imposible. Me parece un buen mensaje. 


A. H. Martín 
(18 de diciembre, 2014)


        

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imagen: Milky Way over Piton de l'Eau - Luc Perrot (25-Jun-2012)

lunes, 15 de diciembre de 2014

Los espejos y el humo...




    En un cuento de 1919, Hermann Hesse nos narra un lejano día de feria en la ciudad del montañoso país de Faldum. Leí este märchen* hace mucho tiempo, pero recuerdo claramente, junto a otros, el detalle de que entre las muchas barracas de esa feria había una en la que se vendían espejos. Más de cien estaban allí expuestos, de todas las formas y tamaños, centelleando bajo el sol de aquella antigua mañana. Y lo más importante: recuerdo también que en ese puesto de espejos, sucedieron cosas extraordinarias... 
    Al principio, después de ver el vídeo que pongo a continuación, de "El vendedor de humo", me vino a la memoria ese cuento de Hesse (titulado, precisamente, Faldum), pero de una manera confusa. Creí, influido por el vídeo, que era el mismo vendedor de espejos de quien provenían los milagros que allí se vieron ese día. Pero no. Al releer el cuento, después de más de treinta años, he podido comprobar que esos asombrosos hechos surgían del poder de un hombre extraño, un forastero que había venido del bosque ese día de feria, y que en su visita a la ciudad decidió pararse junto a ese puesto de espejos. Mostrando desde allí, a todos los presentes, los maravillosos portentos de que era capaz. 
    ¿Y en qué consistían esos milagros? Pues nada menos que en la magia de transformar los deseos en realidad. Que es lo mismo que hace, a su manera, El vendedor de humo. De ahí mi confusión.
    Aun teniendo buena memoria, ésta construye a veces puentes y pasadizos extraños entre los recuerdos, como a su antojo, y, en una primera impresión, podemos confundir las cosas. No sé si porque esos recuerdos se van diluyendo con el tiempo, por falta de interés e importancia, o porque el inconsciente hace de las suyas y cambia ciertos detalles del tejido de la memoria por algún secreto motivo. El caso es que había olvidado completamente la figura del forastero, y en su lugar había puesto a la del vendedor de espejos. Quizá —como apuntaba antes— por culpa del vídeo, que, a pesar de ser lo que me hizo recordar el cuento, también empañó mi memoria del mismo. Y esto por remitirme hacia un recuerdo que tenía medio olvidado, desde un escenario y una situación similares. Con lo cual la imagen presente que nos evoca a la otra imagen pasada se superpone en la memoria, creando una distorsión en el dibujo de la tela; como otra memoria fantasma, falsa o simplemente confusa, mezclada de una forma equívoca.
    Tanto es así, que incluso llegué en un primer momento a dar por cierto que la magia esa, como de genio o de duende, tenía que ver directamente con los espejos, como si estos actuaran de talismanes o algo parecido. Asunto que me aclaró la relectura del cuento, donde vi que el fenómeno procedía del mismo forastero, de su palabra y su mirada, sin la intermediación de ningún objeto.

    Estas curiosidades y obviedades me sirven de introducción al siguiente vídeo de "El vendedor de humo", que, a pesar de estar dedicado —supongo— a un público infantil o juvenil, y de ser un simple entretenimiento que quiere ser divertido, me gustó encontrar paseando por la red y quiero compartir aquí. Porque está muy bien realizado (al estilo de Disney o Pixar) y porque, efectivamente, resulta divertido y grato de ver.
    Y asimismo, para recomendar la lectura de ese cuento de Hesse, Faldum**, que a través de un ambiente bucólico, que recuerda a las viejas novelas decimonónicas de Gottfried Keller, nos introduce en el mágico y apasionante mundo de los cuentos de hadas.  
    Por lo demás, sólo añadir que, a pesar de las similitudes formales, el poder del forastero de Faldum era muy superior al del vendedor de humo. Y sus intenciones muy distintas... Entre una y otra magia, se haya nada menos que la diferencia que separa la esfera de la ilusión, de lo ficticio y perecedero —hecha de simples burbujas, de la esfera de la vida auténtica, con fondo real, hondas raíces y madera de verdad. Esfera ésta última que aun sin llegar a ser intemporal, tiene una fecha de caducidad muchísimo más dilatada. La primera dura lo que una lluvia de verano. La segunda, en cambio, toda una vida.  
    

Antonio H. Martín 
(15 de diciembre, 2014)


     


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(*) Märchen = en alemán, cuento de hadas
(**) Sobre el cuento de Faldum, por Hermann Hesse, conozco dos ediciones en las que está incluido: 
- "El camino difícil" (Ediciones Librerías Fausto - Buenos Aires, 1975)
- "Cuentos maravillosos" (Edhasa - Barcelona, 1993)
imagen: del vídeo El vendedor de humo
vídeo: PrimerFrame - Escuela de Animación (2012)

            

viernes, 12 de diciembre de 2014

Celephaïs




    En octubre de 2009 puse aquí un relato de Lovecraft —La llave de plata— que tiene ese ambiente onírico con destellos de magia que tanto me gusta. Porque entronca con experiencias que me han acompañado gozosamente, con mayor o menor intensidad, a lo largo de toda mi vida, desde la encantada y nebulosa infancia hasta el presente; y que para mí son especialmente valiosas. De estas opalescencias oníricas abunda mucho más el mundo personal de mi amigo Alberto Linde, que es un experto soñador y hace, con asombrosa facilidad, frecuentes viajes al país del sueño. Pero no me puedo quejar de mi propio bagaje, que también tiene sus pequeñas gemas.
    Y he recordado esta noche otro relato similar, también de Lovecraft, que esencialmente viene a contar lo mismo. Pero se trata de un tema que nunca me cansaré de mostrar. El del soñador que se adentra en esas remotas dimensiones interiores, desde una postura desilusionada frente al mundo, y logra encontrarse, después de mucho vagar, con rincones maravillosos y paisajes de fábula, y hasta con increíbles ciudades llenas de tesoros estéticos y, en ocasiones, místicos, enigmáticos o numinosos, de un valor incalculable, como sólo se da en el mundo de los sueños. Toda una aventura anímica que marca a quien la vive, que desde entonces queda tocado por un estigma singular que le vuelve extraño para el mundo durante el resto de sus días.
    Este relato pertenece, como el anterior, a la época dunsaniana de Lovecraft, cuando aún escribía influido por la obra de Lord Dunsany (poseído por una fuerte seducción hacia la belleza y el misterio), y todavía no se había sumergido en lo que sería su estilo posterior y definitivo, el del llamado "terror cósmico". Por supuesto que el cuento es sobradamente conocido por los aficionados al género, pero no me resisto a ponerlo aquí, en este cuaderno nocturno, por si hubiera alguien que no lo hubiese leído y se haya perdido el extraordinario viaje de este soñador. Para mí es un placer transcribirlo y publicarlo, porque quedará como una mágica huella, como una preciosa marca de marfil en este cuaderno, en contraste con las torpes reflexiones que aquí se muestran habitualmente.
    Tengo que aclarar que esta afición mía por este tipo de relatos no es en absoluto nueva. Incluso me he atrevido a veces a poner mi propio granito de arena, con cuentos como La Torre de Erynia o El cristal del tiempo (simples aportaciones de aficionado). Pero últimamente me estoy entregando más a ella. Quizá debido al amigo Linde, que casi cada semana me cuenta sobre sus viajes al país de más allá del borde del crepúsculo. Y también movido por la interesantísima lectura, de hace algunos meses, del libro de memorias del maestro Jung, que hizo resurgir en mí recuerdos de antiguos viajes oníricos que andaban perdidos en el mar del inconsciente, aparte de motivar otros nuevos. Toda una riqueza, que agradezco profundamente y de la que no pienso prescindir, ni ahora ni nunca. 
    Y ya me callo. Os dejo con el soñador que en ese mundo se hace llamar Kuranes y su reencuentro con un viejo sueño de su infancia, en el que había descubierto, cuarenta años atrás, «durante toda la eternidad de una hora», la esplendorosa y fascinante ciudad de Celephaïs.      


Antonio H. Martín 
(12 de diciembre, 2014)

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Celephaïs

H. P. Lovecraft


    En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y la costa que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadas de alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regiones donde el mar se junta con los cielos. También en un sueño consiguió el nombre de Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás le fue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y se hallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que no había demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido. Había perdido sus tierras y dineros, y no se preocupaba de los hábitos de la gente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuanto escribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo había mostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundo inmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútil el intentar traspasarlos al papel. Kuranes no era un hombre moderno, y no tenía las miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar a la vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan sólo aspiraba a la belleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mostraron, se volvió hacia la fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre los nebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.

    No hay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visiones de juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas a medio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemos estorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas selvas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.
    
    Kuranes volvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con la casa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, donde vivieran trece generaciones de antepasados, y donde hubiera ansiado morir. Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega; atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió el largo camino blanquecino hacia el pueblo. La villa parecía muy antigua, con sus límites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes se preguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o la muerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de las ventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. Kuranes no se demoró, antes bien prosiguió trabajosamente, como al reclamo de alguna meta. No osó desobedecer su llamada por miedo a que se revelase como una ilusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no conducen a destino alguno. Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía del casco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de las cosas... el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero se desplomaban abruptamente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde el cielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de las acechantes estrellas. La confianza le urgió a proseguir sobre el precipicio, en el abismo por donde descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuridad, incorporeidad, sueños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían ser sueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de los soñadores de todos los mundos. Entonces pareció abrirse una falla en la oscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante a lo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montaña cubierta de nieves al pie de la orilla.

    Kuranes se despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias a aquel fugaz vistazo supo que no se trataba sino de Celephaïs, en el valle de Ooth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durante toda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuando se había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina le acunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscos próximos al pueblo. Entonces se había resistido, cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar había estado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora se sentía igualmente molesto de despertar, ya que había reencontrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.

    Pero Kuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó al principio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que uno debía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado y pudo contemplar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galeras llenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monte Aran meciéndose con la brisa marina. Pero esta vez no se vio bruscamente arrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colina herbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped. Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendorosa ciudad de Celephaïs.

    Kuranes fue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó el burbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombre tantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente de piedra que llevaba a las puertas de la ciudad. Todo seguía como antes; ni las murallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuas de bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas que conociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. Al entrar en la ciudad, cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderes y los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y le ocurrió lo mismo en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes tocados de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe en Ooth-Nargai, sino tan sólo juventud eterna. Entonces Kuranes fue por la calle de las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes y marineros, así como extrañas gentes llegadas de las regiones donde el mar se junta con el cielo. Allí estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillante donde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listas para zarpar las galeras de lugares lejanos. Y contempló también al monte Aran alzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árboles balanceándose y su cima blanca rozando las nubes.

    Más que nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a los lejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, y buscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo. Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocupara antaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido. Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a los remeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta el cielo. Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzar por fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galera no llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entre nubes de algodón teñidas de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegó a divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidas indolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. Al fin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que pronto arribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, que ha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla por los cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudad apareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.

    Durante muchos meses, Kuranes buscó en vano la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos, nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómo encontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. Una noche sobrevoló oscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, a una gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guías portaban resonantes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañoso distrito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró un muro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimas y los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manos humanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. Más allá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines y cerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas y blancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arroyos cristalinos, estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a la gente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros, abejas y mariposas. Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral de piedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba una gran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silenciosa ciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo o aspecto nunca antes visto. Hubiera bajado a preguntar por el camino a Ooth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugar más allá del horizonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, y el estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra, tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis volviera de sus conquistas para arrostrar la venganza de los dioses.

    Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras que bogan hasta Seranman a través de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de maravillas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacerdote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encontraba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. Kuranes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí por siempre.

    Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos blasones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veían las casas y pueblos que Chaucer y gentes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre arenas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para desvelar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.

    Y Kuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vagabundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paleto disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.


Howard Phillips Lovecraft
(1920)


             

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imagen: Celephais - Eilidh
vídeo: Konstantinos Koutsoliotas
música: Midnight in Moscow (Balalaika)