Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







lunes, 27 de octubre de 2014

Con la sonrisa...



«Vera ars velat artem»

    Venía con la sonrisa puesta, igual que hace cinco años, cuando la vio por primera vez. Una sonrisa clara y abierta, luminosa, con destellos de no sabía qué lejana y fantástica dimensión, como si fuese un hada que se hubiera escapado del bosque del paraíso, cruzando la nebulosa frontera de crepúsculo que separa ambos mundos. Alberto Linde la reconoció en seguida, como en aquella antigua mañana, entre la multitud de difusas siluetas que pululaban por la estación. Se acercó, como entonces, seguro de sí mismo y de quien tenía enfrente y, según un antiguo saludo que aprendió en su juventud, le puso una mano suave sobre el hombro y le dio un par de besos en las mejillas. Igual que hizo aquella primera vez. Y ella, quizá asombrada por ese clásico saludo, ya pasado de moda, se rió, como también entonces. Y en su risa, volvió él a reconocer íntimamente a la amiga del alma que el aire del destino había cruzado en su camino hace tiempo. 
    En esa populosa estación, entre las muchas siluetas que circulaban casi invisibles e inaudibles por las galerías, inánimes figuras de museo que se difuminaban fuera de su círculo de atención, sintió que volvía a soplar aquella brisa de otoño del otro tiempo, esa brisa que parecía cambiar el ritmo de las horas y que introducía en la atmósfera un azul inesperado, encantado y profundo. Una rara y amada música que se superponía a cualquier otro sonido y que, de alguna manera, transformaba el universo. Esa magia inefable que, como la piedra áurea de la alquimia, convertía a la vulgaridad en algo singular, logrando la imposible conjunción de los contrarios, haciendo de puente embrujado y disipando la niebla de la distancia entre los mundos...
   
    Tres cosas habían sucedido en el día anterior. En primer lugar, había leído en el periódico ese precepto clásico de «Vera ars velat artem» (el arte verdadero oculta el artificio), y había tenido que reconocer que su arte no era tal, y que él no tenía que esconder ningún artificio, porque no lo había. Sus escritos y sus pinturas no eran arte, sino sólo la expresión mínima pero sincera de su vieja voz de caminante. Era la música de su alma, que intentaba volcarse en palabras y en imágenes, no por querer crear arte sino por dar forma a lo que se movía en su interior. Una galería poblada de múltiples figuras sombrías, opacas, o iridiscentes y alegres (según el aire que era capaz de respirar, según la luz que era capaz de ver) que necesitaba salir a la luz de la consciencia.  
    Luego, en segundo lugar, se dio cuenta de que había conseguido cumplir uno de los sueños de su infancia: vivir en Disneylandia. Pero el problema, según reconoció muy poco después, era que hacía casi cincuenta años que Disneylandia había dejado de interesarle... No es que viviera exactamente en Disneylandia, pero el pueblo donde habitaba ahora se parecía mucho a una especie de parque de atracciones (aunque no tuviese atracción alguna). Casi todos los días venían gentes desde muy lejos para visitarlo, y se pasaban muchas horas pateando sus calles, en parejas o en grupos. Y en sus paseos solía oír Alberto comentarios del tipo de... «¡Pero qué bonito es este pueblo!», «¡Me encanta! Es tan tranquilo...», «¡Mira que escudos nobiliarios hay en esas casas; son del siglo XVIII!.», «¡Pero has visto qué flores tan preciosas!»... Y hacían fotografías continuamente, como quien está visitando un museo, o como si fuesen pueriles nipones acaparadores de datos. Más tarde observaba, continuando su paseo, que esos viandantes, ya algo cansados de no encontrar por ninguna parte el Mont St. Michel ni nada parecido, buscaban un sitio donde descansar y solían parar en la única terraza pública que había en el casco viejo. Justo donde él vivía. Y ahí se pasaban largas horas comiendo, bebiendo y conversando ruidosamente, entre risas y gritos infantiles sin control alguno. Con lo que se le hacía imposible, durante el día, entrar en su casa, para leer, escribir, pintar o simplemente echarse una siesta. Porque el murmullo de las voces se asemejaba a una estridente cascada.     
    No, en realidad no era Disneylandia, pero tenía muchas similitudes. Por todas partes se veían Mickey Mouses y Minnies casi a diario, sobre todo los fines de semana. Y también había llegado a ver al jocoso Goofy, al avaro Tío Gilito, al Pato Donald, y a sus sobrinos, a Pinocchio, y a su padre, en incluso al perro Pluto y a los gatos Fígaro y Lucifer... Así que si no era propiamente ese parque californiano, floridano o parisino del emporio Disney, se le parecía mucho. Sin embargo, y a pesar de no interesarle ya desde hace tiempo, echaba de menos que en este "parque" no se encontrase ninguna Blancanieves, ninguna Cenicienta, ninguna Aurora ni ninguna Bella (sobre todo ésta última). Sólo estaban las madres de los sobrinos de Donald (que ya no eran tres sino muchos más) y las centenarias abuelas de los siete enanitos. Pero quizá era porque no había sabido mirar con la suficiente atención...
    Y por último, ya por la noche, había ocurrido algo un tanto singular. Iba ya a retirarse, aprovechando que el gentío había desaparecido, cuando vio que el dueño del mesón, el de la terraza de marras, se disponía a barrer el suelo de todos los sucios vestigios turísticos. Pero le encontró sentado en una silla, con evidentes signos de cansancio, y, inopinadamente, se ofreció Alberto a hacer él esa labor. El buen hombre lo rechazó al principio, pero Alberto insistió y entonces cogió el cepillo y el recogedor y estuvo barriendo tranquilamente durante cerca de media hora, sin que se le cayeran los anillos (porque no tenía ninguno), dejando aquello casi como una patena. Y le gustó mucho hacerlo. No sólo por sentirse útil, sino también porque con ese sencillo acto fue consciente de que estaba barriendo otras cosas... Su aborrecimiento, su animadversión y su hastío hacia esa gente ruidosa, que caminaba por el mundo como si fuese un parque de atracciones. Y con ello, barría asimismo su pesar.
    Comprendió esa noche que lo que él llamaba «el contramundo» nacía de su propia actitud, de su reacción, de su queja continua, del enclaustramiento en que se había recluido. Un encierro que quería ser defensa y refugio, pero que no hacía sino asfixiarle. Barrer esa terraza fue como barrer toda esa basura, la de fuera y la de dentro, y después de hacerlo sintió que cambiaba el color del aire, que un nuevo preludio despuntaba en el horizonte. No sabía de qué se trataba, no era adivino, pero la sensación era de alivio. Quizá, sin pretenderlo, con una simple escoba, se había despojado del peso de la nada...

    Una vez más, el amigo Alberto me cuenta sus cosas y me pide que las escriba. Bien podría hacerlo él mismo, pero confía más en mi modo de escribir. No por una diferencia evaluable de estilo, sino por otras cuestiones. Tal vez porque sabe que le conozco bien, porque hay una buena sintonía entre los dos (que tenemos a veces experiencias similares) y porque intuye que cualquier hecho se ve mejor desde la visión distante y cercana del amigo. Y, según me ha dicho en más de una ocasión, porque al leer en mis letras sus propias vivencias, las ve con más claridad y las vive de otra manera... No sé qué pensar al respecto, pero me gusta relatar sus cosas.
    Sobre lo que narraba al principio, de ese encuentro en una estación... el señor Linde, una vez más, no ha querido añadir más detalles. No me hacen ninguna gracia estos silencios suyos, estos lapsos que te dejan un poco a la intemperie, con un sabor agridulce en la boca, como si la película se hubiera roto por la mitad o se hubiese ido la luz por una repentina tormenta. Pero, en fin, conociéndole como le conozco, seguro que más adelante me dirá algo más. No creo que lo haga por jugar al escondite conmigo (tratándose de mí no tendría ningún sentido). Quizá es porque se trata sólo de otro de sus sueños, y necesita tiempo para evocarlo bien, para asimilarlo y, de alguna forma, revivirlo. En todo caso, me quedo con esa imagen de que, fuese quien fuese, venía con la sonrisa puesta... 


Antonio H. Martín 
(27 de octubre, 2014)


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imagen: de Beauty and the Beast - Walt Disney Productions
música: Green Waves - Secret Garden

lunes, 20 de octubre de 2014

El peso de la nada



    Hay ocasiones en las que aun cuando uno pudiera caminar por el mismísimo paraíso no se daría cuenta practicamente de nada y, en consecuencia, todos sus tesoros y bellezas pasarían desapercibidos. Toda su magia sería sólo una bruma anodina, vacía y sin apenas presencia. Porque en esas ocasiones se ha perdido la visión y la sensibilidad...
    Son rachas sombrías que nublan e incluso llegan a cegar. No se trata de cargar en exceso las tintas ni de dramatizar (nunca ha sido ese mi ánimo), pero he de reconocer que en esos momentos resulta muy difícil ver luz alguna sobre el camino. Intenta uno mirar hacia el horizonte, con el deseo de ver más allá del área gris en que se encuentra, pero ese horizonte no es visible. Estará por ahí, lógicamente, más cerca o más lejos, con una linealidad recta, quebrada u ondulante, pero al no poder verlo es como si no existiera. Todo se vuelve distancia y lejanía. Una distancia vaga e imprecisa en la que uno deja de tener contacto con los seres y las cosas, en la que las voces pierden su sonido y se hunden, inexplicablemente, en un profundo y agobiante silencio. No porque dejen de ser voces, sino porque carecen de sentido. Es como tocar las frías y oscuras manos de la nada. Como respirar un aire sin oxígeno, como beber un agua espesa que no puede saciar la sed.
    En momentos así, cualquier música se transforma en ruido, cualquier presencia en un bulto molesto que interrumpe nuestro caminar, cualquier saludo en un insulto, cualquier risa en un gesto de burla y cualquier recuerdo en una tristeza. 
    Quizá no tenga sentido hablar del peso de la nada. Pero aunque no sepa explicarlo... la nada pesa. 
    Son sólo ocasiones, que pueden durar minutos, horas, días o incluso semanas, pero ocasiones tan sólo. Que mañana se irán, como una fiebre, como una niebla, como una ceguera transitoria, como un paseo por la noche más oscura, sin luna y sin estrellas. 
    Mañana...
       

Antonio H. Martín 
(20 de octubre, 2014)



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música: Edward leaves - Alexandre Desplat
álbum: New Moon

jueves, 16 de octubre de 2014

Vita nuova



«Te quiero como para invitarte a pisar hojas secas una de estas tardes. Te quiero como para salir a caminar, hablar de amor, mientras pateamos piedritas. Te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles. Te quiero como para ir contigo a los lugares que más frecuento, y contarte que es ahí donde me siento a pensar en ti. Te quiero como para escuchar tu risa toda la noche. Te quiero como para no dejarte ir jamás. Te quiero como se quiere a ciertos amores, a la antigua, con el alma y sin mirar atrás.»

Jaime Sabines


    Después de leer este cariñoso poemita del mexicano Sabines, Alberto Linde se volvió a mirar a la luna, que ya perdía su plenitud y entraba en cuarto menguante, y reflexionó sobre si estos versos tenían que ver con él... El caso es que había algo en ellos que le provocaba cierta resonancia, pero no acertaba a precisar qué era en concreto. Puede que esos simples versos enlazaran con algún recuerdo, pero no sabía con cual. ¿Quizá con su amiga lejana? ¿O tal vez con quien fue su mujer durante muchos años?... No lo sabía. Hacía tiempo que estaba volcado en sus sueños, y para Alberto estos formaban un mundo aparte, separado de la realidad y de su historia. Con lo cual, historia y realidad se habían vuelto algo difuso, medio borroso, que era difícil definir, que era difícil reconocer, con un perfíl impreciso, fluctuante, que rozaba lo irreal. 
    Andaba ya avanzando, con pasos lentos pero seguros, el mes de octubre, pardo y gris. Era otoño, su estación preferida, pero no era muy consciente de ese hecho. Había notado la caída de las hojas, y ya había pisado algunas, pero sin sentir aquella sensación de antaño. Se veía claramente un cambio de tonalidad en el azul del cielo, que era ahora como más profundo, pero tampoco se había parado Alberto a pensar en lo que eso significaba.
    Volvió entonces al poema: «te quiero como para volvernos chinos de risa, ebrios de nada y pasear sin prisa las calles». Le hacía gracia ese verso, le gustaba mucho, pero no sabía bien por qué. Su vida de ahora era nueva, distinta. No había ningún lazo con el pasado. Los recuerdos eran como las imágenes que uno ve en un museo, una galería de cuadros que se recuerdan sólo a medias. Y, en todo caso, cuadros que habían pintado otros, imágenes que se correspondían con otras vidas, que no eran la suya.  
    Fuera del mundo de sus sueños, Alberto solía caminar muy a menudo. Le gustaba «pasear sin prisa las calles», pero tenía problemas a la hora de reconocer ciertos signos. Como si algo se le hubiera roto por dentro, o le hubiese cambiado. Y a veces tropezaba con alguna sombra... No todas eran iguales. Las había duras y frías, y con estas era con las que chocaba algunas veces, aunque no pudiera entenderlo. Sin embargo, había otras que le gustaba acariciar. Sombras aterciopeladas, o sedosas, en las que le apetecía demorarse un tiempo, porque se encontraba a gusto en su interior, como si fueran amigas. Pero, al igual que el beso tiene un fin en sí mismo, que no va más allá del límite de unos pocos segundos, a esas sombras también había que dejarlas, si no te dejaban ellas antes... Parece que todo había que dejarlo alguna vez. Porque siempre había un final para cualquier historia.    
    Efectivamente, su vida era nueva. No había ningún lazo con el pasado. Vivía en otro mundo, conocía a otra gente. Las caras y las voces eran otras. Pero algo sí reconocía en este fluir del río del tiempo... A pesar de los cambios, de fuera y de dentro, se reconocía a sí mismo como el protagonista de la historia. Y los colores y los sabores, los sentires y pensamientos, las vibrantes imágenes y los sonidos que una vez vivieron y fueron intensamente vividos conservaban su fuerza. En cualquier caso, le había gustado ese simple poema de Sabines, que le había hecho recordar que en su vida había existido eso que llaman amor. Esa aventura envuelta en caricias, besos y misterio. Ese enigma maravilloso que parece conjugar todo un mundo.  
    No sabía si esa historia tenía o no sentido, más allá de sus sueños, pero era la suya. Y eso se merecía un abrazo, y quizá también un beso... De esos que nunca se lleva el viento, porque son para siempre; de esos que saben a luz de luna y brillan como las estrellas. Luz tenue y lejana, pero que acompaña en la soledad de la noche... 


Antonio H. Martín
(16 de octubre, 2014)


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música: The Parting - Michael Hoppe (1986)
intérprete: Vangelis  

sábado, 4 de octubre de 2014

Más allá del circo...




«Hay un punto de sabiduría más allá de los conflictos de ilusión y verdad, gracias al cual las vidas pueden volver a unirse.»

Joseph Campbell


    De joven tenía el deseo de comprarme una cámara réflex con teleobjetivo, con la intención de hacer cierta clase de fotografías. Después de mirar a los diversos horizontes con unos recién adquiridos prismáticos, me parecía que con esa cámara podría captar imágenes impresionantes, casi maravillosas, del mundo en que vivimos. Imágenes que darían una visión diferente de este mundo. No llegué nunca a tener esa cámara, pero me quedó la aficción de mirar a los paisajes por encima de los bajos niveles de la realidad. Con nada que suba un poco la vista, pensaba, veo una dimensión mucho más bella e interesante del mundo; y esa visión es la que de verdad me atrae. No es por eso por lo que soy un amante de alturas y lejanías, pero he de reconocer que aquellos prismáticos me acercaron a una estética más acorde con mis más íntimos anhelos. 
    Ayer, en uno de mis habituales paseos por el pueblo, oí que se acercaba un vehículo por detrás con la música a todo volumen. Una música de pachanga, fiestera. Y pensé que, siendo viernes, se trataría de uno de esos jóvenes que van por ahí circulando con su "pam-pam, bum-bum, chunda-chunda", que es el ruido que se lleva ahora, y que parece ser su seña de identidad. Con ella van pregonando que son felices, que les encanta el mundo tal como es, que tienen dinero, que son muy majos y que buscan mujer y diversión... En fin, un idiota más. Pero cuando el vehículo me sobrepasó, después de abrirse el semáforo, vi que se trataba de un camión, y no de uno cualquiera sino del que iba promocionando la función de circo que se iba a celebrar el día siguiente. El remolque se componía de un par de jaulas, y en ellas había dos tigres... Dos hermosos tigres, presos, encerrados y privados de su vida natural. Condenados por el ser humano a servir de distracción, a rellenar el tiempo vacío de la gente normal, profundamente aburrida, que necesita continuamente de estímulos y diversiones. Porque si no se ahogan en su propia miseria... 
    Me dolió la imagen. ¿A dónde va este mundo? ¿Qué es este mundo? La imagen no era nueva, en absoluto, pero uno nunca se acostumbra a esos bajos niveles de realidad, así pasen cien años. Hay cosas que rechinan, que triscan y crujen brutalmente para ciertas sensibilidades, y la mía es de esas. ¿Qué se puede hacer? No se me ocurre ahora nada. Excepto seguir buceando en los libros, mirar con afecto al cielo del atardecer, a la luna y las estrellas, y perderme después en los buenos sueños. Pasillos y galerías con encanto que nos hablan de otros niveles de la realidad, aunque rocen o incluso entren de lleno en la fantasía. Y quizá, algún día, me compre por fin esa cámara con teleobjetivo. Más que nada, para tener recuerdos visibles de esos otros niveles. Para no olvidar nunca que existen y que gracias a ellos podemos tener la sensación de que, a pesar de todo, este mundo merece la pena. 
    Coincide además que hoy es la onomástica de Francisco de Asís, e imagino que a él, como a mí, le gustaría liberar a esos pobres tigres y devolverles su dignidad natural. ¿Qué sería entonces del circo? No tengo ni idea, pero estoy convencido de que el valor de la vida y del mundo pasa ineludiblemente por cruzar primero una frontera, la que va más allá del circo... 


A. H. Martín 
(4 de octubre, 2014)